III

EL MALEFICIO DE UNAS BODAS.--«LA SOLEDAD DE DOS EN COMPAÑÍA».--¡PARA

SIEMPRE!--IMÁGENES EN LA NIEBLA.--LA FLOR DEL ROMERO.--RETRATOS, VERSOS,

RISAS Y SOLLOZOS.

EN vano quiso disimular Regina, bajo las apariencias de un luto

acomodaticio, la helada y triste soledad de sus bodas, pues todo tuvo en

el solemne día la expresión tosca y ceñuda del remordimiento y del

reproche. La casita montés de los Alcántaras, futuro nido de la gentil

pareja, yacía en un silencio medroso y áspero, henchido de

incertidumbres y zozobras; no había allí la menor señal de fiesta,

ornato ni alborozo; ni galas en los roperos, ni flores en los búcaros,

ni alegría en los semblantes, ni regocijo en los corazones. Marta y su

madre se fatigaron inútilmente sin conseguir que las estancias mostrasen

mayor comodidad y compostura; un aire de enojo y desabrimiento

estremecía los arcaicos muebles, convulsos por el ímpetu y el desorden

con que la novia agitó puertas y llaves, cómodas, cofres y alacenas,

para ceñirse, al fin, un vestido negro y ajado, torpe disfraz de

impacientes ambiciones, antiguo jirón de mal sufridas pesadumbres.

Huyendo Velasquín de la gente, con mil escrúpulos y reparos, aislóse en

huraña reserva, fué y vino desde su casa al arrabal, como una sombra

vigilante, y precipitó los desposorios, incapaz de resistir por más

tiempo tan violenta situación, en pugna con su carácter comunicativo y

apacible.

Don Fermín Pérez, médico y amigo muchos años de la familia, fué, después

de algunas pláticas con doña Mercedes, el padrino de la boda; ofició de

madrina Eugenia, con grande inquietud y no pocos llantos; y una turbia

mañana de Diciembre, al filo del amanecer, pasó la breve comitiva, sin

escolta y sin lujo, por el desierto arrabal, camino de la iglesia. La

hora, el silencio, la soledad del paisaje, aterido y brumoso; los

hervores y retumbos de aguas y espumas en los negros cantiles; la luz

naciente de la aurora, que parecía enferma en un cielo cobarde: aquella

grandiosa y lúgubre decoración del invierno puso en la frente y en el

alma de Regina livores trágicos y escalofríos de angustia.

Una vez en el templo, bendijo á los novios don Amador, pálido y mustio,

como si actuara en los funerales de ambos jóvenes, á quienes él mismo

bautizó en las primicias de su apostolado parroquial; mirábalos á sus

pies, impacientes y ansiosos, en actitud de reos, bajo la abrumadora

pesadumbre de un íntimo terror... y en las penumbras de la iglesia, al

cobijo de pilares y doseles, se dibujaban, en tanto, muchos perfiles

curiosos, ceños delatores y sonrisas burlonas.

Un quejido amargo, entre sollozo y clamor, vino á quebrar el murmullo

de los latines que el párroco desgranaba; era _la novia de Gabriel_ que

gemía siempre en los desposorios, añorante del suyo malogrado. Puestas

las rodillas en el suelo, torcida la cintura como el tallo de una flor,

caída la frente sobre las húmedas lanchas, lloró _Gabriela_ con

desgarradora expresión de locura, con trágicas voces de plañidera y

suplicante.

Volviéronse los novios, trémulos de pavor, hacia aquella Melpómene, sin

recordar que su plañido era el obligado acompañamiento de las bodas

torremarinas desde hacía muchos años; pasóle á Velasquín por el alma un

gélido soplo de mal agüero, y aunque pidió á los ojos de Regina calor y

luz para confortarse, aquellos ojos brillaron como estrellas en noche

helada, hermosos y duros como piedras preciosas...

Al regresar del templo don Fermín se despidió en la cancela, con la

disculpa de urgentes visitas profesionales, y Adolfo y Regina se

hallaron solos en el saloncito familiar de la muchacha, revuelto por las

impaciencias de aquellas últimas horas. Prevaleció en sus manos, uncidas

ya al vínculo indisoluble, el temblor de miedo iniciado en la iglesia, y

mirándose como absortos, se hablaron al fin, advirtiendo en el timbre de

sus palabras la expresión de extrañeza que suelen causar las voces

desconocidas. Ya estaban unidos para siempre. ¿Era cierto?... ¡Para

siempre!... Y aquel «siempre» en que los dos reflexionaron con insólita

admiración, causóles diversa inquietud.

--¡Siempre!--decíase Adolfo, con ansias infinitas de poseer y de amar en

plazo sin riberas. Miraba suya á la moza, y un delicado sentimiento le

contenía, prudente y humilde, en los umbrales de la felicidad, pues al

trasluz de la palabra «siempre», sinónimo de vida perdurable, aquella

mujer adorada con tan frenéticas prisas, con tan locos apetitos, le

inspiró á Velasquín ahora un deseo mezclado de pavor y reverencia.

Y Regina, cayendo en vertiginosas meditaciones, en previos análisis de

inconsciente perversidad, tuvo un amago de tedio y de protesta.

--¡Siempre suya!--pensó, abrumada de súbito por la perspectiva de una

esclavitud interminable, sin descanso ni variaciones. Siempre junto á un

hombre, tal vez demasiado perfecto, con los ojos muy grandes, los

dientes muy blancos, el bigote muy obscuro, la sonrisa muy pronta, dulce

la palabra, el ademán cortés; tan fino, tan elegante, tan... iba á decir

«monótono»...; pero, arrepentida, avergonzada de aquel examen burlón,

ajeno á su voluntad, quiso escaparse del terrible «siempre», que la

oprimía con la sensación espantosa de un sudario, mortaja de libertades

y rebeliones. Sedienta de placer, empujó hacia sus despiertos sentidos

todas las inquietudes de la madura juventud, y sonrió complaciente al

esposo, que ya la envolvía en sus brazos...

Al amanecer otra mañana sobre el nuevo hogar, en plena embriaguez de su

ventura, sintió Velasquín, más agudo y determinado que antes, el terror

misterioso que se cernía sobre el raro suceso de su boda. Allí, en el

mismo lecho de las nupcias, detrás de aquel biombo colocado por Regina

entre la cama y el salón, cayeron las primeras ilusiones como rosas

marchitas de la noche á la alborada. Halló Adolfo debajo de sus besos un

vacío indefinible, una hermosura inerte, carne bella y curiosa no

consagrada por los perfumes del sentimiento, el carmín de una boca

glacial, donde no puso el corazón de la mujer ni la burbuja de un

suspiro.

El miedo, la pena de estas novedades y de otras que presentía, lanzaron

al mozo por la casa adelante, con el impaciente afán de quien busca y no

encuentra alguna cosa. Torpe y distraído, paseó por la estrechez de los

aposentos, que cabían, casi todos, en la holgada y señorial anchura de

una estancia del palacio vecino; y entre el desquiciado menaje del

reciente hogar, las caras de la servidumbre se le aparecían á Adolfo

tétricas y hostiles, contagiadas también de una secreta desazón. Hasta

el jardinero mostró un cariz sombrío, como si olvidase que, libre de

simientes y de podas, quedaba reintegrado á la marina, «con galones de

segundo» en la tripulación del _Reina_; cuando Velasco le salió al

encuentro para recoger, al fin, una sonrisa franca en el esquivo hogar,

el segundo de á bordo bajó la frente en sombras de incógnita culpa,

igual que si fuese cómplice de aquel triste desbarajuste donde el

señorito buscaba alguna cosa confusamente perdida.

Y mientras la esposa, por su propia mano, trató de componer los

desarreglos de la morada, salió Adolfo á la calle con aquel mismo

impulso de pesquisa y ansiedad que le había movido por las revueltas

habitaciones. Desde la altura del barrio lanzó una mirada temerosa á la

bahía, entoldada de brumas, y al vetusto caserío. Le pareció que el

pueblo, amodorrado, le mostraba una faz hostil, el hosco semblante de

quien se niega á responder á una pregunta. Y volviendo la cabeza, posó

los ojos en el _Robledo_, camposanto de sus memorias: miraba al robledal

sin conocerle; crispada y amarilla la arboleda, semejaba un fatídico

brote del paisaje, un brazo nervudo y fibroso de la costa, que alcanzaba

las nubes con los dedos de su mano brusca. De repente, Velasquín

enrojeció al poner su alma en contacto con una multitud de recuerdos

penetrantes y dulces. Un cendal de la niebla entre los robles fué la

cortina que en el espíritu del visionario se alzó entre la conciencia y

la memoria: el jirón intangible dióle la semejanza de un traje femenino,

y tuvo luego en la excitada mente de Adolfo la silueta gentil de una

persona y el ritmo grave y lento de un paso de mujer.

--¡Ana María!--murmuró Velasquín con involuntaria emoción--. Y en el

amable nombre palpitaban todos los gérmenes de sus remordimientos...

Era la niña de Ramírez imán de muchas ilusiones en la ilustre y opulenta

casa del muchacho. La madre y los dos hijos no acertaban, en los últimos

tiempos, á encender esperanza alguna donde la imagen de la moza no

surgiera, como un resplandor alegre del porvenir...

Pero aquella mañana invernal en que un recién casado mira al _Robledo_

con el corazón oprimido, ¿dónde están las felices promesas, la arrogante

y hermosa actitud de Adolfo, realizando ilusiones de dos familias, largo

tiempo inclinadas á unirse en una?

Esto se preguntaba el mozo, doliéndole en el alma que la realización de

aquellos planes sonrientes no hubiera podido navegar en el río de fuego

de sus amores.

¿Por qué, de improviso--se decía--, un afán más duro que todas mis

fuerzas ha tirado de mí, lejos de tales propósitos?

Y estremecíase, confuso de haber hecho daño sin poderlo remediar, de

haber sido causa de dolor y de vergüenza para su madre, tan tiernamente

amada, para sus mejores amigos, para su hermano, á quien Adolfo quería

con entusiastas devociones. ¡Que la roja lumbre de la pasión no pudiese

arder junto á la llama apacible de los cariños familiares!... Porque

Adolfo pensaba en la niña del _Robledo_ con ternura sedante y

confortadora, llena de adivinaciones y deleites, como los que gozaba en

el santuario de su propia familia.

Bajo el dominio de una amarga tristeza, envolvió en amplio ademán el

amigo paisaje, aludiendo acerbamente:

--¡Todo se acabó!

Y volvió las espaldas al bosque deshojado, á la marina brumosa, al

pueblo ceñudo, horizontes en querella con su porvenir. Siguió andando

hacia la sierra salvaje, hacia la costa brava, como quien busca senderos

piadosos, confines indulgentes para norte de su destino. En la tortura

de una ondulación, la serranía dejó ver el camposanto, con su pálida

toca de nubes sobre los graves maderos en cruz; y con brusco temblor

cayó el mozo en la cuenta de que por allí sólo se iba al abismo de la

muerte, más negro que la noche. De aquel lado agonizaba el sol. Toda la

desgarradora tristeza de los crepúsculos norteños, se condensaba en el

remoto confín del argomal bravío, entre las aguas grises y el cielo

melancólico. Parecía que el mundo se acababa en aquel jirón de la sierra

hincado en el mar, allí donde el tiempo hacía su fuga trágica en los

atardeceres, galopando sobre un plantel de cruces que el humano dolor

puso en la tierra...

* * * * *

Vuelve sobre sus pasos Velasquín, perseguido por la penosa sensación de

infinita soledad que reina en el alto paraje, allí donde parece que se

acaba el mundo.

La costumbre y el cariño llevan al muchacho, por detrás de la casita que

ya es suya, hacia el hondo valle en tendal junto á la población

marinera. ¡Pero también de aquí le espantan los temblores de su corazón!

Señora del valle la casa de Velasco, extendiendo sus límites con poderío

solemne, infunde al mozo un respeto nunca por él sentido desde las

amigas veredas. Toda la traza noble de su palacio parece que le acusa:

huyen los linderos bajo la neblina que deshilacha el monte; las mieses,

yermas, baldías, ondulan tiritando; el boscaje, desnudo y agresivo sobre

un fondo de nubes aborregadas, ofrece la impresión medrosa de lanzas y

monstruos, brazos sin cuerpos y cuerpos sin cabeza, fugitivos y

amenazadores. En la fábrica elegante y jovial del edificio todos los

huecos duermen con mueca de indignación y enojo; diríase que el palacete

versallesco está vacío y sólo guarda los secretos de una tragedia

impune. Pero bien sabe Adolfo Velasco de dos almas que allí padecen

silenciosas desde el momento en que el ingrato mozo, poseído de la

pasión súbita y recia, rasgó leyes de hidalguía, quebrantó resoluciones

familiares é impuso, tras una escena dura y triste, el juramento de

casarse con la de Alcántara. Y harto sabe también que no traspasará

Regina los umbrales de aquel palacio soñoliento y fuerte, cerrado á

todas las traiciones. Persuadido de todo ello, retrocede Adolfo con la

pesadumbre del fracaso, caídas las alas del espíritu; nada busca ya,

puesto que tiene la certeza de haber perdido muchas cosas...

Su mocedad y su buen ánimo le traen de pronto una esperanza firme: se

yergue con altivez y valentía y sacude sus cobardes pensamientos.

Considera que si todo lo que ama y pretende fuera de la casita del

arrabal se le resiste huraño, él sabrá vivir para su gran pasión...

Razonando de esta suerte pone unos sonoros pasos sobre la tosca ruta,

con la cabeza muy alta, orgulloso y apremiante, hacia el amor de su

mujer. La convencerá de que deben partir para una larga excursión. Si

aquí toda grata apariencia huye entre sus manos de novios, ellos se

bastan á sí mismos para ser felices: irán lejos de mudos reproches y

semblantes severos, hasta desbordar el triunfo de su corazón en un himno

de juventud y de independencia...

Pálido y risueño, Adolfo silba un aire montañés cuya letra campesina y

jactanciosa, desgrana mentalmente:

«La flor del romero

la van á cortar...

Si la cortan que la corten,

á mi lo mismo me da,

porque la flor del romero

para mí no ha de faltar...

La flor del romero

la van á cortar...»

Por el atajo que le lleva á su casa en pocos minutos, un arroyo que baja

de la finca de Ramírez sale al encuentro del joven. Ha llovido, y el

agua, crecida y mugiente, rompe su margen y balbuce, sabe Dios qué

remotas tristezas.

Pero Velasquín silba con ímpetu su tonada, para acallar el rumor de

aquel llanto que viene del _Robledo_ y cruza el valle, en querella

lastimosa.

Salta el mozo sobre el gemido de la corriente; las espumas le salpican y

le tiembla en los labios la canción... Cuando se acoge al portal de su

casa, aún le persigue, en tumulto, la muchedumbre de pesares que

vislumbró al otro lado del dintel; y como resumen de todo lo que pierde

y abandona á la parte de allá, un nombre se impacienta en su corazón:

¡Ana María!

Es inútil. Adolfo no quiere caer en más ansiedades: alegre y

desesperado, canta, á voz en grito, al subir las escaleras:

«... porque la flor del romero

para mí no ha de faltar...

La flor del romero

la van á cortar...»

Todo está en la casa igual que dos horas antes. Mientras en la cocina se

oye trastear con acompañamiento de suspiros, en el jardín Pablo hace un

hoyo profundo que parece una sepultura; cava que te cava con afán, casi

con furor, las caídas de la herramienta en el suelo repercuten al borde

de la pared: pun... pun... con eco sordo y triste.

En una sala del piso bajo, Eugenia, oculto el rostro en la sombra de un

cofre abierto, apila vestidos, estuches y papeles, con trazas de

preparar un gran equipaje. Pero no debe de ser así, porque la voz, un

poco empañecida de la trajinadora, repite:

--Son recuerdos... recuerdos...

Allí al lado, atisba Marta con mucha curiosidad las cajas en forma de

ataúd, los trajes en desuso, los legajos prendidos en pálidas ligaduras,

que trascienden á perfumes añejos y á historias olvidadas. En algunos

manuscritos, los renglones cortos acusan cantares; y atrevida, la

muchacha, tiende su mano hacia el archivo yacente, con la tentación de

cantar las coplas.

--Serán del difunto don Jaime--alude en voz queda.

Los ágiles dedos han desplegado ya un papel.

--¡Pero, chiquilla!--censura la que está hincada junto al cofre. Y se

arma de respetuosa solemnidad, previniendo:

--Son «autógrafos» del pobre señorito...

Con la unción de quien reza en un libro santo, Marta se inclina

palpitante para leer:

¡Qué noche más triste,

qué noche más larga!

¡Soledad y silencio... El insomnio...

las horas que pasan

dejando una pena, dejando un vacío

y un sabor de ceniza en el alma!...

Dios de los amores,

oye mi plegaria:

enciende en los cielos

tu luna de plata;

desata la voz de los vientos;

que corran veloces las aguas;

tiende en lo infinito

la secreta escala,

y haz que venga á mis brazos la dulce

prenda de mis ansias...

--¡Qué precioso!--murmura la moza. Regina, que despacito y sin objeto

entró en la estancia está allí escuchando, presa del hastío que á veces

la sobrecoge en medio de su inútil actividad.

--Dame eso--dice á Marta, con el brazo extendido hacia el papel.

En cuanto la muchacha, confusa y diligente, la complace, sube la

señorita, y se repliega en el sofá de su breve salón, donde ya se ha

encogido escalofriada y temblorosa, en varias crisis de estéril

cansancio, desde que salió Adolfo. Apenas si dirige una mirada á los

versos de su padre, que tiene en la mano. ¿Para quién serían?

Esto es lo único que se le ocurre en aquel instante en que la musa

paternal roza su oído, al través del tiempo.

--¿Para quién serían?--repite.--Y vuelve los ojos hacia el retrato del

poeta, que desde el muro responde á la curiosidad con una sonrisa

enigmática.

--Para mi madre, no--prorrumpe la monologuista con despecho, iniciando

una protesta de mujer casada contra el libertinaje de los maridos. Mas,

á poco, sonríe con desdén y con mofa: ¿Qué valor, qué virtud tiene en el

mundo la fidelidad?... Sólo quien ama es fiel. Y, ¿hay quien ame, en el

sentido espiritual y elevado de la palabra?... Regina lo duda. Aquel

escepticismo tiene aire y forma en el desquiciado camarín de los

novios; allí dentro de las vidrieras cerradas, alrededor de los muebles

en desorden, un precioso ramo de camelias está en la alfombra marchito,

y la Venus que decora la estancia, cubre su hermosura con un chal de

Regina, mientras que Jaime, desde el retrato, riela en torno una sonrisa

de muerto, y su esposa hunde en la pared de enfrente la cansada

expresión, desde otra pálida fotografía. Este incrédulo matiz plañe con

el sordo grito de las cosas:--Como no se cree en el alma de las flores,

no se aguarda á que agonicen en un vaso piadoso; como no se cree en la

belleza de la escultura, ofende su desnudez con sensación de frío; por

desprecio á la estética, los muebles danzan, desorientados y hostiles;

porque se duda del cielo, los difuntos se asoman á sus imágenes para

sonreir con inquietud, para mirar con angustia...

Y el colmo de la incredulidad pone su trágica nota en la palidez

caliente de la desposada, que no cree en el amor, y que suspira viendo

morir sus postreras ilusiones en la misma aurora del tálamo...

Aún tiene la dama los versos á su alcance, y aún dice

maquinalmente:--¿Para quién serían?

Busca en la composición algún indicio, con ese falso interés de los

ociosos que tratan de engañar su aburrimiento:

...dejando una pena, dejando un vacío;

y un sabor de ceniza en el alma...

--¡Miente, miente mi padre!--prorrumpe con ímpetu, casi con

crueldad:--«El vacío, la pena, la amargura», quedan en el alma después

de ese goce bárbaro que tiene el dulce nombre de amor... Ya nada me

promete la vida, porque ya conozco todos los amores del mundo...

¡Mienten los poetas!--grita iracunda.

Pero su voz es apagada por otra, sentimental y varonil, que sube por la

escalera, cantando:

«Si la cortan que la corten,

á mí lo mismo me da...

La flor del romero

la van á cortar...»

Y al asomarse Adolfo al saloncito, con la sonrisa y el cantar en los

labios, quédase mudo ante la actitud de su esposa, que no ha hecho nada

y tiene un aire de cansancio triste.

Ella le ve tan perplejo, que se compone el rostro con una mueca gentil,

y dice, á guisa de explicación:

--La Venus y yo, tenemos frío...

--¡Es singular!--piensa él, hallando mucha semejanza entre la mujer y la

escultura: el mismo semblante helado, igual sonrisa yerta, y un aire

impasible, una quietud inerte dentro del chal obscuro...

Yace un papel á los pies de la desposada, y Velasquín le recoge,

advertido por ella: Son versos de mi padre...

El mozo, muy aficionado á las sentimentales poesías, lee á media voz,

con interés:

Gustar quiero en mis labios ardientes

de tus labios la miel regalada,

sentir en mi carne la dulce caricia

de tu carne en amor inflamada,

mientras en mi oído tu boca murmura

un «escucho» dulcísimo. El alma

sedienta de amores

con fatal calentura se abraza...

¡Reina, dame un beso,

de esos besos largos que nunca se acaban!

Al extinguirse el acento, ligeramente conmovido, el lector se vuelve

insinuante hacia su mujer, y sonríe:

--Parecen de actualidad.

Estalla en los labios de ella una risa loca.

--Ya sé, ya sé para quién fueron--alude--. No se me había ocurrido:

¡Para Silvia!

--¿Quién era Silvia?

--Una «reina» del boulevard, íntima de mi padre.

Y sigue riendo la dama, nerviosa hasta el punto de romper en sollozos.

Supone el marido que la emoción de los recuerdos sugiere aquella crisis

de risas y llantos, y acude hacia el sofá con tan amable impulso, que

Regina presiente la repetición de la estrofa: _¡Reina, dame un beso!_...

y prorrumpe amarga, casi violenta:

--No heredo yo la «sed de amores del alma» que mi padre sentía.

Adolfo retrocede. El también tiene frío. Un frío penetrante que le

taladra el corazón.

Agua de Nieve (Novela) · 第 39 / 54 题