EL MALEFICIO DE UNAS BODAS.--«LA SOLEDAD DE DOS EN COMPAÑÍA».--¡PARA
SIEMPRE!--IMÁGENES EN LA NIEBLA.--LA FLOR DEL ROMERO.--RETRATOS, VERSOS,
RISAS Y SOLLOZOS.
EN vano quiso disimular Regina, bajo las apariencias de un luto
acomodaticio, la helada y triste soledad de sus bodas, pues todo tuvo en
el solemne día la expresión tosca y ceñuda del remordimiento y del
reproche. La casita montés de los Alcántaras, futuro nido de la gentil
pareja, yacía en un silencio medroso y áspero, henchido de
incertidumbres y zozobras; no había allí la menor señal de fiesta,
ornato ni alborozo; ni galas en los roperos, ni flores en los búcaros,
ni alegría en los semblantes, ni regocijo en los corazones. Marta y su
madre se fatigaron inútilmente sin conseguir que las estancias mostrasen
mayor comodidad y compostura; un aire de enojo y desabrimiento
estremecía los arcaicos muebles, convulsos por el ímpetu y el desorden
con que la novia agitó puertas y llaves, cómodas, cofres y alacenas,
para ceñirse, al fin, un vestido negro y ajado, torpe disfraz de
impacientes ambiciones, antiguo jirón de mal sufridas pesadumbres.
Huyendo Velasquín de la gente, con mil escrúpulos y reparos, aislóse en
huraña reserva, fué y vino desde su casa al arrabal, como una sombra
vigilante, y precipitó los desposorios, incapaz de resistir por más
tiempo tan violenta situación, en pugna con su carácter comunicativo y
apacible.
Don Fermín Pérez, médico y amigo muchos años de la familia, fué, después
de algunas pláticas con doña Mercedes, el padrino de la boda; ofició de
madrina Eugenia, con grande inquietud y no pocos llantos; y una turbia
mañana de Diciembre, al filo del amanecer, pasó la breve comitiva, sin
escolta y sin lujo, por el desierto arrabal, camino de la iglesia. La
hora, el silencio, la soledad del paisaje, aterido y brumoso; los
hervores y retumbos de aguas y espumas en los negros cantiles; la luz
naciente de la aurora, que parecía enferma en un cielo cobarde: aquella
grandiosa y lúgubre decoración del invierno puso en la frente y en el
alma de Regina livores trágicos y escalofríos de angustia.
Una vez en el templo, bendijo á los novios don Amador, pálido y mustio,
como si actuara en los funerales de ambos jóvenes, á quienes él mismo
bautizó en las primicias de su apostolado parroquial; mirábalos á sus
pies, impacientes y ansiosos, en actitud de reos, bajo la abrumadora
pesadumbre de un íntimo terror... y en las penumbras de la iglesia, al
cobijo de pilares y doseles, se dibujaban, en tanto, muchos perfiles
curiosos, ceños delatores y sonrisas burlonas.
Un quejido amargo, entre sollozo y clamor, vino á quebrar el murmullo
de los latines que el párroco desgranaba; era _la novia de Gabriel_ que
gemía siempre en los desposorios, añorante del suyo malogrado. Puestas
las rodillas en el suelo, torcida la cintura como el tallo de una flor,
caída la frente sobre las húmedas lanchas, lloró _Gabriela_ con
desgarradora expresión de locura, con trágicas voces de plañidera y
suplicante.
Volviéronse los novios, trémulos de pavor, hacia aquella Melpómene, sin
recordar que su plañido era el obligado acompañamiento de las bodas
torremarinas desde hacía muchos años; pasóle á Velasquín por el alma un
gélido soplo de mal agüero, y aunque pidió á los ojos de Regina calor y
luz para confortarse, aquellos ojos brillaron como estrellas en noche
helada, hermosos y duros como piedras preciosas...
Al regresar del templo don Fermín se despidió en la cancela, con la
disculpa de urgentes visitas profesionales, y Adolfo y Regina se
hallaron solos en el saloncito familiar de la muchacha, revuelto por las
impaciencias de aquellas últimas horas. Prevaleció en sus manos, uncidas
ya al vínculo indisoluble, el temblor de miedo iniciado en la iglesia, y
mirándose como absortos, se hablaron al fin, advirtiendo en el timbre de
sus palabras la expresión de extrañeza que suelen causar las voces
desconocidas. Ya estaban unidos para siempre. ¿Era cierto?... ¡Para
siempre!... Y aquel «siempre» en que los dos reflexionaron con insólita
admiración, causóles diversa inquietud.
--¡Siempre!--decíase Adolfo, con ansias infinitas de poseer y de amar en
plazo sin riberas. Miraba suya á la moza, y un delicado sentimiento le
contenía, prudente y humilde, en los umbrales de la felicidad, pues al
trasluz de la palabra «siempre», sinónimo de vida perdurable, aquella
mujer adorada con tan frenéticas prisas, con tan locos apetitos, le
inspiró á Velasquín ahora un deseo mezclado de pavor y reverencia.
Y Regina, cayendo en vertiginosas meditaciones, en previos análisis de
inconsciente perversidad, tuvo un amago de tedio y de protesta.
--¡Siempre suya!--pensó, abrumada de súbito por la perspectiva de una
esclavitud interminable, sin descanso ni variaciones. Siempre junto á un
hombre, tal vez demasiado perfecto, con los ojos muy grandes, los
dientes muy blancos, el bigote muy obscuro, la sonrisa muy pronta, dulce
la palabra, el ademán cortés; tan fino, tan elegante, tan... iba á decir
«monótono»...; pero, arrepentida, avergonzada de aquel examen burlón,
ajeno á su voluntad, quiso escaparse del terrible «siempre», que la
oprimía con la sensación espantosa de un sudario, mortaja de libertades
y rebeliones. Sedienta de placer, empujó hacia sus despiertos sentidos
todas las inquietudes de la madura juventud, y sonrió complaciente al
esposo, que ya la envolvía en sus brazos...
Al amanecer otra mañana sobre el nuevo hogar, en plena embriaguez de su
ventura, sintió Velasquín, más agudo y determinado que antes, el terror
misterioso que se cernía sobre el raro suceso de su boda. Allí, en el
mismo lecho de las nupcias, detrás de aquel biombo colocado por Regina
entre la cama y el salón, cayeron las primeras ilusiones como rosas
marchitas de la noche á la alborada. Halló Adolfo debajo de sus besos un
vacío indefinible, una hermosura inerte, carne bella y curiosa no
consagrada por los perfumes del sentimiento, el carmín de una boca
glacial, donde no puso el corazón de la mujer ni la burbuja de un
suspiro.
El miedo, la pena de estas novedades y de otras que presentía, lanzaron
al mozo por la casa adelante, con el impaciente afán de quien busca y no
encuentra alguna cosa. Torpe y distraído, paseó por la estrechez de los
aposentos, que cabían, casi todos, en la holgada y señorial anchura de
una estancia del palacio vecino; y entre el desquiciado menaje del
reciente hogar, las caras de la servidumbre se le aparecían á Adolfo
tétricas y hostiles, contagiadas también de una secreta desazón. Hasta
el jardinero mostró un cariz sombrío, como si olvidase que, libre de
simientes y de podas, quedaba reintegrado á la marina, «con galones de
segundo» en la tripulación del _Reina_; cuando Velasco le salió al
encuentro para recoger, al fin, una sonrisa franca en el esquivo hogar,
el segundo de á bordo bajó la frente en sombras de incógnita culpa,
igual que si fuese cómplice de aquel triste desbarajuste donde el
señorito buscaba alguna cosa confusamente perdida.
Y mientras la esposa, por su propia mano, trató de componer los
desarreglos de la morada, salió Adolfo á la calle con aquel mismo
impulso de pesquisa y ansiedad que le había movido por las revueltas
habitaciones. Desde la altura del barrio lanzó una mirada temerosa á la
bahía, entoldada de brumas, y al vetusto caserío. Le pareció que el
pueblo, amodorrado, le mostraba una faz hostil, el hosco semblante de
quien se niega á responder á una pregunta. Y volviendo la cabeza, posó
los ojos en el _Robledo_, camposanto de sus memorias: miraba al robledal
sin conocerle; crispada y amarilla la arboleda, semejaba un fatídico
brote del paisaje, un brazo nervudo y fibroso de la costa, que alcanzaba
las nubes con los dedos de su mano brusca. De repente, Velasquín
enrojeció al poner su alma en contacto con una multitud de recuerdos
penetrantes y dulces. Un cendal de la niebla entre los robles fué la
cortina que en el espíritu del visionario se alzó entre la conciencia y
la memoria: el jirón intangible dióle la semejanza de un traje femenino,
y tuvo luego en la excitada mente de Adolfo la silueta gentil de una
persona y el ritmo grave y lento de un paso de mujer.
--¡Ana María!--murmuró Velasquín con involuntaria emoción--. Y en el
amable nombre palpitaban todos los gérmenes de sus remordimientos...
Era la niña de Ramírez imán de muchas ilusiones en la ilustre y opulenta
casa del muchacho. La madre y los dos hijos no acertaban, en los últimos
tiempos, á encender esperanza alguna donde la imagen de la moza no
surgiera, como un resplandor alegre del porvenir...
Pero aquella mañana invernal en que un recién casado mira al _Robledo_
con el corazón oprimido, ¿dónde están las felices promesas, la arrogante
y hermosa actitud de Adolfo, realizando ilusiones de dos familias, largo
tiempo inclinadas á unirse en una?
Esto se preguntaba el mozo, doliéndole en el alma que la realización de
aquellos planes sonrientes no hubiera podido navegar en el río de fuego
de sus amores.
¿Por qué, de improviso--se decía--, un afán más duro que todas mis
fuerzas ha tirado de mí, lejos de tales propósitos?
Y estremecíase, confuso de haber hecho daño sin poderlo remediar, de
haber sido causa de dolor y de vergüenza para su madre, tan tiernamente
amada, para sus mejores amigos, para su hermano, á quien Adolfo quería
con entusiastas devociones. ¡Que la roja lumbre de la pasión no pudiese
arder junto á la llama apacible de los cariños familiares!... Porque
Adolfo pensaba en la niña del _Robledo_ con ternura sedante y
confortadora, llena de adivinaciones y deleites, como los que gozaba en
el santuario de su propia familia.
Bajo el dominio de una amarga tristeza, envolvió en amplio ademán el
amigo paisaje, aludiendo acerbamente:
--¡Todo se acabó!
Y volvió las espaldas al bosque deshojado, á la marina brumosa, al
pueblo ceñudo, horizontes en querella con su porvenir. Siguió andando
hacia la sierra salvaje, hacia la costa brava, como quien busca senderos
piadosos, confines indulgentes para norte de su destino. En la tortura
de una ondulación, la serranía dejó ver el camposanto, con su pálida
toca de nubes sobre los graves maderos en cruz; y con brusco temblor
cayó el mozo en la cuenta de que por allí sólo se iba al abismo de la
muerte, más negro que la noche. De aquel lado agonizaba el sol. Toda la
desgarradora tristeza de los crepúsculos norteños, se condensaba en el
remoto confín del argomal bravío, entre las aguas grises y el cielo
melancólico. Parecía que el mundo se acababa en aquel jirón de la sierra
hincado en el mar, allí donde el tiempo hacía su fuga trágica en los
atardeceres, galopando sobre un plantel de cruces que el humano dolor
puso en la tierra...
* * * * *
Vuelve sobre sus pasos Velasquín, perseguido por la penosa sensación de
infinita soledad que reina en el alto paraje, allí donde parece que se
acaba el mundo.
La costumbre y el cariño llevan al muchacho, por detrás de la casita que
ya es suya, hacia el hondo valle en tendal junto á la población
marinera. ¡Pero también de aquí le espantan los temblores de su corazón!
Señora del valle la casa de Velasco, extendiendo sus límites con poderío
solemne, infunde al mozo un respeto nunca por él sentido desde las
amigas veredas. Toda la traza noble de su palacio parece que le acusa:
huyen los linderos bajo la neblina que deshilacha el monte; las mieses,
yermas, baldías, ondulan tiritando; el boscaje, desnudo y agresivo sobre
un fondo de nubes aborregadas, ofrece la impresión medrosa de lanzas y
monstruos, brazos sin cuerpos y cuerpos sin cabeza, fugitivos y
amenazadores. En la fábrica elegante y jovial del edificio todos los
huecos duermen con mueca de indignación y enojo; diríase que el palacete
versallesco está vacío y sólo guarda los secretos de una tragedia
impune. Pero bien sabe Adolfo Velasco de dos almas que allí padecen
silenciosas desde el momento en que el ingrato mozo, poseído de la
pasión súbita y recia, rasgó leyes de hidalguía, quebrantó resoluciones
familiares é impuso, tras una escena dura y triste, el juramento de
casarse con la de Alcántara. Y harto sabe también que no traspasará
Regina los umbrales de aquel palacio soñoliento y fuerte, cerrado á
todas las traiciones. Persuadido de todo ello, retrocede Adolfo con la
pesadumbre del fracaso, caídas las alas del espíritu; nada busca ya,
puesto que tiene la certeza de haber perdido muchas cosas...
Su mocedad y su buen ánimo le traen de pronto una esperanza firme: se
yergue con altivez y valentía y sacude sus cobardes pensamientos.
Considera que si todo lo que ama y pretende fuera de la casita del
arrabal se le resiste huraño, él sabrá vivir para su gran pasión...
Razonando de esta suerte pone unos sonoros pasos sobre la tosca ruta,
con la cabeza muy alta, orgulloso y apremiante, hacia el amor de su
mujer. La convencerá de que deben partir para una larga excursión. Si
aquí toda grata apariencia huye entre sus manos de novios, ellos se
bastan á sí mismos para ser felices: irán lejos de mudos reproches y
semblantes severos, hasta desbordar el triunfo de su corazón en un himno
de juventud y de independencia...
Pálido y risueño, Adolfo silba un aire montañés cuya letra campesina y
jactanciosa, desgrana mentalmente:
«La flor del romero
la van á cortar...
Si la cortan que la corten,
á mi lo mismo me da,
porque la flor del romero
para mí no ha de faltar...
La flor del romero
la van á cortar...»
Por el atajo que le lleva á su casa en pocos minutos, un arroyo que baja
de la finca de Ramírez sale al encuentro del joven. Ha llovido, y el
agua, crecida y mugiente, rompe su margen y balbuce, sabe Dios qué
remotas tristezas.
Pero Velasquín silba con ímpetu su tonada, para acallar el rumor de
aquel llanto que viene del _Robledo_ y cruza el valle, en querella
lastimosa.
Salta el mozo sobre el gemido de la corriente; las espumas le salpican y
le tiembla en los labios la canción... Cuando se acoge al portal de su
casa, aún le persigue, en tumulto, la muchedumbre de pesares que
vislumbró al otro lado del dintel; y como resumen de todo lo que pierde
y abandona á la parte de allá, un nombre se impacienta en su corazón:
¡Ana María!
Es inútil. Adolfo no quiere caer en más ansiedades: alegre y
desesperado, canta, á voz en grito, al subir las escaleras:
«... porque la flor del romero
para mí no ha de faltar...
La flor del romero
la van á cortar...»
Todo está en la casa igual que dos horas antes. Mientras en la cocina se
oye trastear con acompañamiento de suspiros, en el jardín Pablo hace un
hoyo profundo que parece una sepultura; cava que te cava con afán, casi
con furor, las caídas de la herramienta en el suelo repercuten al borde
de la pared: pun... pun... con eco sordo y triste.
En una sala del piso bajo, Eugenia, oculto el rostro en la sombra de un
cofre abierto, apila vestidos, estuches y papeles, con trazas de
preparar un gran equipaje. Pero no debe de ser así, porque la voz, un
poco empañecida de la trajinadora, repite:
--Son recuerdos... recuerdos...
Allí al lado, atisba Marta con mucha curiosidad las cajas en forma de
ataúd, los trajes en desuso, los legajos prendidos en pálidas ligaduras,
que trascienden á perfumes añejos y á historias olvidadas. En algunos
manuscritos, los renglones cortos acusan cantares; y atrevida, la
muchacha, tiende su mano hacia el archivo yacente, con la tentación de
cantar las coplas.
--Serán del difunto don Jaime--alude en voz queda.
Los ágiles dedos han desplegado ya un papel.
--¡Pero, chiquilla!--censura la que está hincada junto al cofre. Y se
arma de respetuosa solemnidad, previniendo:
--Son «autógrafos» del pobre señorito...
Con la unción de quien reza en un libro santo, Marta se inclina
palpitante para leer:
¡Qué noche más triste,
qué noche más larga!
¡Soledad y silencio... El insomnio...
las horas que pasan
dejando una pena, dejando un vacío
y un sabor de ceniza en el alma!...
Dios de los amores,
oye mi plegaria:
enciende en los cielos
tu luna de plata;
desata la voz de los vientos;
que corran veloces las aguas;
tiende en lo infinito
la secreta escala,
y haz que venga á mis brazos la dulce
prenda de mis ansias...
--¡Qué precioso!--murmura la moza. Regina, que despacito y sin objeto
entró en la estancia está allí escuchando, presa del hastío que á veces
la sobrecoge en medio de su inútil actividad.
--Dame eso--dice á Marta, con el brazo extendido hacia el papel.
En cuanto la muchacha, confusa y diligente, la complace, sube la
señorita, y se repliega en el sofá de su breve salón, donde ya se ha
encogido escalofriada y temblorosa, en varias crisis de estéril
cansancio, desde que salió Adolfo. Apenas si dirige una mirada á los
versos de su padre, que tiene en la mano. ¿Para quién serían?
Esto es lo único que se le ocurre en aquel instante en que la musa
paternal roza su oído, al través del tiempo.
--¿Para quién serían?--repite.--Y vuelve los ojos hacia el retrato del
poeta, que desde el muro responde á la curiosidad con una sonrisa
enigmática.
--Para mi madre, no--prorrumpe la monologuista con despecho, iniciando
una protesta de mujer casada contra el libertinaje de los maridos. Mas,
á poco, sonríe con desdén y con mofa: ¿Qué valor, qué virtud tiene en el
mundo la fidelidad?... Sólo quien ama es fiel. Y, ¿hay quien ame, en el
sentido espiritual y elevado de la palabra?... Regina lo duda. Aquel
escepticismo tiene aire y forma en el desquiciado camarín de los
novios; allí dentro de las vidrieras cerradas, alrededor de los muebles
en desorden, un precioso ramo de camelias está en la alfombra marchito,
y la Venus que decora la estancia, cubre su hermosura con un chal de
Regina, mientras que Jaime, desde el retrato, riela en torno una sonrisa
de muerto, y su esposa hunde en la pared de enfrente la cansada
expresión, desde otra pálida fotografía. Este incrédulo matiz plañe con
el sordo grito de las cosas:--Como no se cree en el alma de las flores,
no se aguarda á que agonicen en un vaso piadoso; como no se cree en la
belleza de la escultura, ofende su desnudez con sensación de frío; por
desprecio á la estética, los muebles danzan, desorientados y hostiles;
porque se duda del cielo, los difuntos se asoman á sus imágenes para
sonreir con inquietud, para mirar con angustia...
Y el colmo de la incredulidad pone su trágica nota en la palidez
caliente de la desposada, que no cree en el amor, y que suspira viendo
morir sus postreras ilusiones en la misma aurora del tálamo...
Aún tiene la dama los versos á su alcance, y aún dice
maquinalmente:--¿Para quién serían?
Busca en la composición algún indicio, con ese falso interés de los
ociosos que tratan de engañar su aburrimiento:
...dejando una pena, dejando un vacío;
y un sabor de ceniza en el alma...
--¡Miente, miente mi padre!--prorrumpe con ímpetu, casi con
crueldad:--«El vacío, la pena, la amargura», quedan en el alma después
de ese goce bárbaro que tiene el dulce nombre de amor... Ya nada me
promete la vida, porque ya conozco todos los amores del mundo...
¡Mienten los poetas!--grita iracunda.
Pero su voz es apagada por otra, sentimental y varonil, que sube por la
escalera, cantando:
«Si la cortan que la corten,
á mí lo mismo me da...
La flor del romero
la van á cortar...»
Y al asomarse Adolfo al saloncito, con la sonrisa y el cantar en los
labios, quédase mudo ante la actitud de su esposa, que no ha hecho nada
y tiene un aire de cansancio triste.
Ella le ve tan perplejo, que se compone el rostro con una mueca gentil,
y dice, á guisa de explicación:
--La Venus y yo, tenemos frío...
--¡Es singular!--piensa él, hallando mucha semejanza entre la mujer y la
escultura: el mismo semblante helado, igual sonrisa yerta, y un aire
impasible, una quietud inerte dentro del chal obscuro...
Yace un papel á los pies de la desposada, y Velasquín le recoge,
advertido por ella: Son versos de mi padre...
El mozo, muy aficionado á las sentimentales poesías, lee á media voz,
con interés:
Gustar quiero en mis labios ardientes
de tus labios la miel regalada,
sentir en mi carne la dulce caricia
de tu carne en amor inflamada,
mientras en mi oído tu boca murmura
un «escucho» dulcísimo. El alma
sedienta de amores
con fatal calentura se abraza...
¡Reina, dame un beso,
de esos besos largos que nunca se acaban!
Al extinguirse el acento, ligeramente conmovido, el lector se vuelve
insinuante hacia su mujer, y sonríe:
--Parecen de actualidad.
Estalla en los labios de ella una risa loca.
--Ya sé, ya sé para quién fueron--alude--. No se me había ocurrido:
¡Para Silvia!
--¿Quién era Silvia?
--Una «reina» del boulevard, íntima de mi padre.
Y sigue riendo la dama, nerviosa hasta el punto de romper en sollozos.
Supone el marido que la emoción de los recuerdos sugiere aquella crisis
de risas y llantos, y acude hacia el sofá con tan amable impulso, que
Regina presiente la repetición de la estrofa: _¡Reina, dame un beso!_...
y prorrumpe amarga, casi violenta:
--No heredo yo la «sed de amores del alma» que mi padre sentía.
Adolfo retrocede. El también tiene frío. Un frío penetrante que le
taladra el corazón.