II

HISTORIAS RETROSPECTIVAS.--LA INFANCIA DE LA «BELLA DURMIENTE».--LA

ATRACCIÓN DEL ABISMO.--EL FAUNO.--LA MUJER Y LA MADRE.--UN IDILIO Y UN

JURAMENTO.--AROMAS DE CARIDAD.

MANUEL Velasco y su amiguita Carlota de Heredia crecieron casi á la par

en Madrid, al amor de dos hogares vecinos y felices, donde se unían los

privilegios de la opulencia y del blasón. Fué la niñez de ambos rapaces

una dulcísima historia de ternuras y ensueños románticos; los dos

mostraban igual aptitud y agudeza; los dos pertenecían á esa casta

infantil soñadora y precoz que pone los ojos llenos de curiosidad en

todas las secretas interrogaciones del mundo y otea el porvenir en las

noches azules pobladas de prodigios.

La vecindad y continuo trato; la similitud de gustos y caracteres; la

noble intimidad de sus familias, fueron parte á encender una suavísima

afición en aquellos corazones afectuosos: mayor ella, tres años, y más

viva de genio que el rapaz; madrileña, pero de origen andaluz, ponía su

gracia impetuosa, como un rayo de sol, en la arrogancia taciturna del

niño montañés, mientras el diminuto hidalgo, con el calzón á la rodilla

y el aire severo, se engreía al recibir los favores de Carlota.

Muchas veces sus padres, al verlos juntos y escuchar palabras de

aquiescencia en juegos y charlas, al sorprender sus actitudes inclinadas

siempre hacia la misma curiosidad, siempre vueltas á un anhelo

semejante, decían con fruición:

--Han nacido el uno para el otro...

Y un prematuro plan de boda consagraba estos cariños infantiles en la

vieja amistad de Heredias y Velascos, sin suponer por cuán diversas

rutas les había de encaminar el destino.

Espigaba en preciosa mujer la señorita de Heredia, cuando el hijo de

doña Mercedes, la señora de Velasco, empeñado ya en serios estudios,

fuese á trabajar en París cerca de un sabio naturalista español, oriundo

de la Montaña. Al partir Manuel, puso, con sutiles afanes, cierto anillo

familiar en un dedo muy mono de Carlota, para que prevaleciese en la

ausencia aquella mutua afición, esperanza de sagrados vínculos, y las

madres de los jóvenes aludieron al posible matrimonio siempre que

miraban al porvenir en sus horas de intimidad.

Un suceso imprevisto y venturoso fué en casa de los señores de Velasco

origen de emoción y de sorpresa: á Manuel le nació un hermanito cuando

nadie lo presentía. El nene, á quien llamaron Adolfo, aparecióse en el

mundo con traza muy alegre y gentil, como si quisiera ofrecer

compensaciones y ternuras en el hogar del ausente primogénito.

Para Carlota, amada lo mismo que una hija por los sorprendidos papás,

fué aquel infante un hallazgo feliz, los diez y seis años prometedores

de la muchacha se iniciaron en maternales sentimientos al sedoso roce de

la criatura. Como la de Heredia no tuvo hermanos ni vió en trato íntimo

seres tan frágiles y puros, prontos á recibir sus caricias, toda la

pujanza de un fino corazón de mujer se reveló en el pecho juvenil al

tocar la feble existencia de aquel niño de color de rosa que apretaba

sus puños chiquitines, en inconsciente ademán de rebeldía, como si ya

pudiera defenderse de las iniquidades del mundo.

Una infinita sensación de lástima y de cariño prendió en las entrañas de

Carlota: era el germen espiritual de futuros amores abnegados, amores de

madre que duermen en el seno de todas las mujeres buenas, esperando que

un grito de la vida les dé carne entre lágrimas. Meció la niña al recién

nacido con dulces cantos y le cuidó con desvelos y coqueterías de mamá

joven, mientras doña Mercedes, gozosa al lado del hijo chiquitín y de la

precoz madrecita, sintió reflorecer su apacible otoño...

En aquel ambiente de esperanzas y ternuras alzóse de pronto la silueta

arrogante de don Juan Ramírez, caballero maduro y altivo, aureolado con

dones de sabiduría y proceridad. Regresaba á Madrid después de una

fecunda excursión científica por los más afamados institutos biológicos

de Europa; y durante su permanencia en la capital de Francia había dado

muchas lecciones y consejos al devoto estudiante Manuel Velasco.

Los padres del discípulo se esforzaban en obsequiar al profesor insigne,

y como adorno de algunas fiestas íntimas que le ofrecieron,

presentáronle á Carlota con orgullo, ignorantes de que preparaban así la

desventura de su amiga. Desde el primer encuentro, don Juan Ramírez

depuso los prestigios de su ciencia y la corona de su notoriedad á los

pies de la joven; quedó prendado de ella con ese antojo súbito y potente

que á menudo se desarrolla en los hombres austeros llegados á la

plenitud de la vida en castas nupcias con el trabajo. Y la misma

vehemencia de su deseo por aquella mujer en capullo, tan delicada y

espiritual, vino á ejercer sobre ella una especie de sugestión.

El renombre de don Juan, su arrogante figura, la autoridad y la fuerza

que emanaban de toda su persona cegaron á la niña de tal suerte, que,

sin saber cómo, rindióse al nuevo hechizo, diciendo siempre que sí con

aire de sonámbula.

Cuento de brujas les pareció á los padres y á los amigos de la moza este

cautiverio amoroso. Lucharon para libertarla con prudentes razones: don

Juan la llevaba muchos años; contábanse de su vida íntima grandes

extravagancias y de su genio y costumbres se decían cosas alarmantes.

Pero Carlota, sin resistir de frente consejos y advertencias, mostró una

actitud apasionada y firme, basta comprometerse en promesa formal de

matrimonio.

Algo de la magia que el sabio ejerció sobre la niña fuese comunicando á

los señores de Heredia, los cuales, pasado el primer movimiento de

inquietud, padecieron también la sugestión de aquellos ojos, de aquella

invencible majestad. Pronto la influencia del temperamento dominador

extendióse como un contagio en los hogares amigos; hasta doña Mercedes

llegó á predecir que la risueña juventud de la muchacha hallaría un

gran destino ornando la gloriosa madurez de don Juan. Y ante la triunfal

conquista del maestro, ¿qué podía valer la remota ilusión del discípulo

ausente?

No eran egoístas los de Velasco: al suponer conveniencias y ventajas en

el matrimonio de Carlota, abandonaron sus propias ambiciones,

irrealizables quizá. Pensaban que á menudo los vientos de la vida

tuercen un destino sazonado, y que el de Manuel aún estaba en flor...

* * * * *

¡Cuán rápidamente se desvanecieron las esperanzas de la pobre niña! ¡Con

qué horrible desengaño expió la propia ligereza! Apenas celebróse el

matrimonio cayó el disfraz galante del maestro naturalista, inútil en la

ciencia sublime de cultivar cariños: enamorado de Carlota como un fauno

y celoso de cuanto ella amaba, la escondió en el _Robledo_, solar

montañés de la familia de Ramírez, y comenzó á tejer allí una existencia

obscura y salaz entre conatos de labores científicas y violencias de

animal en celo.

Fué un tránsito tan brusco el de la pobre criatura, desde la luz y la

felicidad hasta la sombra y el dolor, que en torno á su hundimiento se

alzaron espesas nubes, igual que cuando se derrumba una torre muy alta

herida por el rayo. Murieron los padres de Carlota pocos años después,

como atacados de un mal de penas ante la terrible equivocación de la

boda, en que la joven se abismó lo mismo que en una sima, y quedó la

triste á merced de su enemigo.

El logro y disfrute del amor fueron para el brutal esposo como un

cáustico que le alzase ampollas en muchos malos instintos, y la débil

mujer que sirvió de cebo á tales cobardías no las hubiera soportado sin

el milagroso caudal de ternuras que vino al fin á calmar la ardiente sed

de amores en su alma. Ni en los caminos más huraños del mundo apaga Dios

por largo tiempo toda luz á los pobres caminantes. Sólo quien cierra los

ojos con obstinación se sumerge en sombra inaccesible. Carlota la abría;

miraba alto, muy alto; avizoraba el horizonte con infinito afán, y en el

obscuro cielo descubrió una estrella. La historia del hallazgo celeste

cabe en pocas sílabas de profunda sencillez. Carlota fué madre...

Rodaban los años encima de esta ventura, más fuerte que los fortísimos

dolores de la maternidad, más grande que el infortunio de la mujer

sometida al esposo con indignación y repugnancia. Sentía Carlota la

vergüenza de la esclavitud y el terror del hundimiento; pero era madre,

y esta solemne realidad descendía á su alma con divina estupefacción, á

modo de anestesia contra todas las humanas tribulaciones. Estoica y dura

para sufrir, llevaba en los labios esa inextingible sonrisa de los

mártires, que luchan y mueren por un ideal sin que se nuble su gesto

heroico ni aun con los velos lívidos de la agonía.

Derivó así la existencia de Carlota á merced de los tormentos más

absurdos, sufridos con mansedumbre angelical; pero de pronto, en un

instante de revelación, vió la triste con espanto que no sólo el amor de

sus hijos le daba fuerzas para vivir: un astro nuevo se encendía en los

cerrados horizontes de la mujer y de la madre. Examinó ella entonces,

valerosamente, su corazón, y hallóle contrito y confeso, mas replicando

á las acusaciones de la conciencia con absoluta sinceridad; había

delinquido en amor de gratitud hacia un hombre; estaba picado de mal de

rebeldía...

Y mientras la mujer hacía estas confesiones, lloraba la madre con

supremo dolor.

* * * * *

Era Manuel Velasco un mozo cabal en la triste ocasión de fallecer su

padre: bizarro porte, don de gentes y vasta cultura, daban al

primogénito de la familia ilustre una singular virtud entre las mozas

casaderas de la aristocracia y de la burguesía. Andaba él por el mundo

con un desdén muy triste, que le hacía más interesante; sus treinta años

varoniles proyectaban una sombra de vicisitud, una huella implacable de

amargura. Con la barba crecida, y el aire serio, audaz y tímido á la

vez, Velasco supo inspirar vehementes pasiones, y no pocas mujeres

descollantes cayeron por él en fiebre de tristeza; mas no curaba de

semejantes angustias quien dentro del corazón tenía una añeja cicatriz

sangrando siempre, dulcemente enconada por la condolencia y el recuerdo.

Es ley de caridad en almas generosas embalsamar los dolores con el

perfume de los amores. Y el duelo de Carlota Heredia repercutía en el

alma de Manuel, despertando al amor continuamente; de las raíces de un

afecto infantil, delicado y fino, brotó la pasión, la pujante pasión de

la mocedad, ese impulso irresistible de una vida hacia otra, que en los

temperamentos contenidos y equilibrados suele persistir hasta la muerte.

Aquella marea de nobles afanes que no hallaba camino feliz hacia la

amada mujer, embatía en el pecho del mozo con sones de tempestad; y

aunque el respeto y las conveniencias refrenaban con exquisita

corrección la actitud del enamorado, sus propósitos más insignificantes

giraban, como por mágico resorte hacia el señero lugar donde la dulce

elegida alzaba en sus hombros de reina el peso de abrumadora cruz.

Una lástima aguda y vehemente atormentó á Manuel muchos años, conocedor,

por confidencias de su madre, del terrible martirio de Carlota. Todas

las fuentes del sentimiento, henchidas por la savia de un corazón que

sabía amar y comprender y perdonar, corrían sueltas y veloces á

ofrecerse en holocausto de aquel martirio; ya la existencia del mozo no

tuvo más oriente que el _Robledo_ montañés, donde la triste padecía.

Vivir cerca de ella, saturarse del amargo perfume de sus dolores, y al

lado suyo mirar hacia el ocaso donde mueren los días en un rayo de sol;

tales eran sus anhelos.

--Quizá--se decía--un crepúsculo sepulte la última jornada de semejante

desventura...

Al erigirle en jefe de la casa el fallecimiento de su progenitor,

mostrósele á Manuel una fácil senda hacia Torremar. Doña Mercedes vivía

suspirando por el nativo terruño desde el instante penoso de la viudez;

todo la llamaba en la montañesa orilla con sedantes recuerdos de otros

días mejores y lenitivos al dolor presente. Manuel apresuróse á

complacerla y dispuso que la madre fijara allí el nido de su ancianidad

melancólica. Levantarían una casa moderna, un palacete cómodo y firme en

mitad del valle; la vigilancia de estas obras servirían de distracción

al genio activo de la viuda, mientras Manuel, nada conforme con la vida

cortesana, hallaría un adecuado ambiente para vivir con blandura y

reposo, según sus aficiones singulares. Adolfo, que ya hombreaba,

compartiría los años entre la Universidad madrileña y las vacaciones

torremarinas. Y así decidido, el soñador enamorado logró la ventura de

aproximarse á la dama del _Robledo_.

Avecindados en Torremar doña Mercedes y su hijo, ofrecieron á su amiga

nobles testimonios de solicitud y compasión, hidalgas prendas de un

tutelar afecto henchido de piedades. Logró Velasco, al fin, mañosamente,

introducirse en aquel hogar tenebroso, y estrechar con ansia y ternura

las manos prisioneras de Carlota; creyó con esto la cautiva que

comenzaba á amanecer en sus prisiones, y sintió un consuelo

providencial, como si aliviasen sus doloridos hombros del bárbaro peso

de su cruz.

Eran entonces Carlitos y Ana María dos preciosas criaturas con los ojos

muy atentos á las inquietudes familiares: ella paciente, despierta y

sufridora; él apasionado, ingenuo y curioso; ambos gentiles y finos, de

viva inteligencia y noble corazón. Atravesaban aquellos meses de

medrosos descubrimientos, descritos á la de Alcántara por Carlos;

aquellos días de sombras y revelaciones, en que ambos rapaces se miraban

atónitos, presintiendo la tragedia, mientras gemía el robledal, obscuro

y doliente, bajo los cierzos invernales y las olas verberaban iracundas

en los cantiles.

La aparición benigna de Manuel en tan lúgubre escenario, tuvo forma de

prodigio venturoso. Para los pequeños, aquel hombre á quien apenas

conocían, adquirió la importancia de un ser divino, obrador de milagros

tan terribles como el de penetrar con aire indiferente por los

silenciosos corredores, abrir puertas con ímpetu y revolver á su talante

las salas del museo, mientras el sabio asentía con impenetrable rostro.

Hasta don Juan Ramírez estimó la vecindad de su antiguo discípulo como

un hallazgo feliz. La mirada profunda de Manuel; su carácter tenaz y

apacible al mismo tiempo; su exquisita prudencia; su solidez en

cuestiones científicas, ejercieron raro dominio sobre el feroz

misántropo. Con la ofrenda de libros nuevos y de investigaciones

recientes, penetró Velasco en el laboratorio del naturalista,

tendiéndole una mano salvadora en el único medio donde el biólogo era

asequible al trato y la intimidad. Logró de esta suerte conquistarle y

recoger con firmes puños el timón del malparado navío en que el maestro

naufragaba sobre las espumas de su demente cólera.

Llevó el mozo su actividad y su inteligencia al maltrecho laboratorio de

Ramírez, donde Carlota le ayudaba más que su marido; yacía éste quejoso

y meditabundo, ó revolvíase violento, raras veces constante en el

trabajo, mientras la señora, sonriente y dulce, prestaba su eficaz

concurso á todos los designios de Manuel, envolviéndole en una mirada

infinita de gratitud. La diligencia de Velasco, el interés y afán con

que abrió las ventanas del _Robledo_ á una brisa de renovación, eran

para el ánimo de Carlota estímulos heroicos. Adivinando en aquel

torrente de generosidad un homenaje á sus dolores, acaso un voto en aras

del amor imposible, quiso ella merecer tanta abnegación y armóse de

paciencia y de dulzura, basta erguir la noble frente sobre las sombras

del infortunio. Y así llegó á establecerse entre ambos amigos una lucha

sutil de abnegaciones: él, odiando á don Juan, se doblegaba á sus

antojos crueles, y sonreía con aire feliz para dar á Carlota ejemplo;

ella, atormentada siempre por su implacable verdugo, sonreía también,

sin que jamás rezumara de sus labios la hiel de sus martirios. Los dos

fingían engañarse mutuamente en este pugilato de finezas, y ambos tenían

la seguridad de vivir en irreparable desventura.

Mas, un tiempo, Manuel llegó á confundirse: la gratitud de la amiga

creció tanto, y la sutileza delicada de la mujer laboró de tal modo, que

el joven pudo imaginar á Carlota menos infeliz. Ella hacía esfuerzos

sobrehumanos para que los rumores de su tortura llegasen al laboratorio

fugazmente, y si estallaba una feroz escena entre el fauno y su víctima,

la valiente mujer, blanca de miedo, transida de indignación, buscaba un

motivo para acercarse á Velasco, sonreir y hablar, sin que la piadosa

máscara del rostro delatase la íntima tragedia: era el mismo sublime

disimulo que la madre se imponía delante de sus hijos.

Había una mezcla de orgullo y de piedad en este heroico silencio:

callaba Carlota por no herir el corazón de aquellas inocentes criaturas,

y callaba también porque temía, con angustiosa vergüenza, descubrir al

mundo, enteramente, el miserable suplicio á que un hombre vil la

sometía, en el cómplice misterio del dormitorio conyugal. Así la mártir,

vencida como un despojo inútil en la sorda marejada de sus terrores,

perecía en insensato abandono de su persona, sin más razón para vivir

que un átomo de instinto, sujeto, en crispatura doliente, á un grande

amor y á una bella gratitud.

Confuso Manuel por esta inalterable mansedumbre, llegó á pensar que su

maestro no era tan bárbaro como doña Mercedes le contara. También

Carlitos, ya sagaz y curioso, imaginó á su padre menos terrible. Y sólo

Ana María, al hacerse mujer, sorprendió con la aguda penetración del

sexo todo el espanto de la tragedia.

* * * * *

Siempre que Velasco refería á su madre sucesos de la casa de Ramírez,

entrevistos por el mozo entre penumbras, movía la dama la cabeza con

incertidumbre.

--Carlota disimula--aseguraba--Carlota disimula por altivez y caridad;

pero yo sé que su marido es un monstruo... Aunque ella finge tan

discretamente, hay cosas que no pueden ocultarse...

Y con desbordamientos de compasiones, aquella mujer inteligente y

virtuosa estimulaba en su hijo el amor á la cautiva. Por un exceso de

bondad caía doña Mercedes en semejante imprudencia. Adivinando la pasión

del joven no juzgaba peligrosa su intimidad en el _Robledo_; suponía que

era justo confortar á una criatura tan triste con los bálsamos de un

fraternal cariño y nunca pensó que flaqueasen la hidalguía de Manuel y

la virtud de Carlota. Influía también en la viuda un sentimiento sutil,

muy femenino y humano: don Juan Ramírez le arrebató del propio hogar la

novia elegida para el hijo, y después, secuestrada--como decía la

señora con encono--, la sacrificó años enteros... Si la infeliz estaba

sola, indefensa, ¿no era lícito quebrantar sus prisiones y recoger sus

lágrimas? Acaso la ingenua complicidad de doña Mercedes en la romántica

aventura tuvo un fondo secreto de optimismo. Fiel á sus ilusiones, por

la costumbre de haberlas realizado, esperaba todavía que la felicidad de

su hijo amaneciese en la bella sonrisa de Carlota. Forjóse la madre un

sueño con perfumes de leyenda: imaginaba la mano de Dios cayendo sobre

la frente de Ramírez en castigo ejemplar; moría el atroz verdugo, y su

víctima, libre y dichosa, daba su mano al caballero, al elegido... Todo

esto acontecía con la rapidez de los cuentos de hadas, al golpe mágico

de una varita de virtudes...

Convencida estaba la buena ilusa de que el biólogo se iba de este mundo,

cuando llegó Manuel á decirle que era Carlota quien desaparecía de la

escena. Sucedió una noche de estío, una hermosa noche de luna. Velasco

hablaba con estupor, ronco el acento y turbia la mirada.

--Ha huído--balbucía.

Un juramento grave y solemne le condenaba á la pasividad más dolorosa.

--No la puedo seguir... Lo he jurado--contestaba atónito á las

impacientes preguntas de su madre.

Doña Mercedes no comprendió por qué la triste, sometida mucho tiempo á

los ultrajes de un hombre indigno, huía precisamente cuando irradiaba en

torno suyo la solicitud de una tierna amistad. Y quedó inconsolable la

señora, que sólo sabía de cultivar piedades, flores y ternuras, en paz y

bienandanza...

Algunos días antes, Manuel halló á su amiga dibujando un esquema en la

soledad del laboratorio; inclinábase con profunda atención, casi oculta

la cara sobre el papel; pero la hubo de alzar para responder á cierta

consulta interesante. Entonces el caballero, muy alarmado, descubrió en

la mejilla de Carlota una señal violada, con matices de lirio. Y sin

darle tiempo á preguntar la causa de aquella maceración, ya la dama

aludía, confusa y roja:

--Fué contra un mueble; ¿sabes?... Tropecé anoche... Se me apagó la

luz...

Un amor y una pena tan elocuentes se reflejaban en el rostro de Velasco,

que la pobre mentirosa acabó de turbarse. El veía con implacable lucidez

la terrible escena de la noche anterior: el monstruo habría esgrimido

sus puños contra la turgente mejilla de la esclava; esta vez la huella

del tormento florecía al sol, como rebelde grito de la sangre...

Locas ideas de venganza atravesaron, lo mismo que centellas, el

pensamiento de Manuel; dijo alguna cosa vehemente y ruda, y crujieron

sus frases con llamaradas de pasión. Mirábale Carlota, con el llanto al

borde de las pestañas, mientras que un trozo del paisaje, abrazado al

silencio, sonreía en el balcón, franco á la dulzura de una tarde

estival. Puso un dedo la dama en su boca doliente, implorando:

--Calla, calla por Dios...

Y era tan apremiante y dulce su actitud, que el mozo con la mirada

febril, lívido el semblante y rota la palabra, se retrajo á la soledad

de su ternura, mudo y obediente. Pero desde aquel día, ni el discípulo

pudo resistir la presencia de su maestro, ni Carlota gozar la de su

enamorado. Del corazón de ella, fecundo por el riego de lágrimas

purísimas, brotó una rosa, la más ufana de la vida y del sentimiento: el

amor.

Carlota entonces fué tan valiente, que tuvo miedo de sí misma, ese miedo

grandioso y sublime que se llama también «temor de Dios», y que es forma

exquisita de arrogancia espiritual; hurtóse á las miradas profundas de

Manuel; midió los riesgos de su ternura, y lloró con inquietud

indecible, á la orilla floreciente del abismo. Quería la infeliz

soportar la doble cadena del martirio y de la tentación callando y

sufriendo; pero comprendió que en la brava lucha peligraban á cada

instante la dignidad y el deber; que eran pocas las defensas de un solo

pecho para tan fuertes y contrarios enemigos; que iba á rendirse, al

cabo, á las sugestiones invencibles de un dulce amor vestido de caridad

y gratitud.

Y tomó la heroica resolución de los débiles: decidió marcharse, sola con

Dios y su conciencia. Peor que el escándalo de la fuga fuera la

certidumbre de pecado. ¿Qué importaba que el mundo murmurase, si en el

cielo se sabía la verdad?

Pensando de esta suerte se afirmó en sus propósitos ante los tristes

descubrimientos que hizo Carlos en el drama. Ya nada la detuvo entonces;

aprovechando la terrible escena para urdir su viaje, despidióse con loca

prisa de Manuel, exigiéndole un juramento á la vez que le pedía un

favor: que Velasco no la siguiera, que no la preguntara... Después de

exigir dulce y amargamente, imploró con infinita humildad: que sus hijos

hallasen en el caballero, en el amigo, un apoyo...

De pie, vibrando de emoción, con los ojos entornados sobre las mazadas

orejas, esperó Carlota; una mirada, un gesto, podían delatar la lumbre

del pobre corazón sacrificado, y la inaudita resistencia de la madre se

alzó imponente contra el peligro. Pero Manuel no la detendría. Estuvo

oyéndola con pánico asombro, sin dilucidar más que una cosa, en el

deliquio de aquel instante horrible: la mujer que le hablaba de partir,

que le decía adiós... no era nada suyo; de niños fueron novios, eran

amigos siempre. Ni una fugaz promesa, ni una tímida confesión, le daba

derecho á contrariar los designios de la señora de Ramírez... ¿Qué

importaban, en la trascendencia de aquel grave minuto, las memorias del

pasado ni aun las adivinaciones sutiles del amor?... Juró el caballero

cuanto la dama quería, y prometió el amigo lo que imploraba la madre;

mientras que el enamorado, estulto y febril, vió desaparecer del

laboratorio á Carlota de Heredia, desgraciada y ausente, quizá para toda

la vida.

Con movimiento indefinible abalanzóse Velasco al umbral que ella pisó.

En el pasillo aguardaba Carlos silencioso, con señales de haber llorado

mucho. Se miraron los tres, con una sonrisa atónita y violenta, que daba

miedo. La madre y el hijo se alejaban, y el desolado amante iba

retrocediendo en su impulsivo afán, para seguir mirando á la fugitiva

desde el balcón. Pero la dama, presurosa, sin duda, bajó al camino real

por el atajo, á espaldas del laboratorio, y Manuel hallóse enfrente de

la belleza del bosque, apacible y melancólica como un paisaje copiado en

aguas quietas. Se mecía en el aire el sonoro repique de una campana y el

sol moría sobre el mar, en el ancho cielo azul...

Reflejo de la hermosura de la ausente le pareció á Velasco la suave

languidez con que fenecía la tarde; así en el rostro de la mujer amada,

embellecida por el dolor, se esparcía un vago tinte de crepúsculo,

rútilo y emocionante como los resplandores del ocaso, apetente y dulce

como las vendimias del otoño... Y la gracia luminosa del atardecer dió

al enamorado una imagen de la esquiva y espiritual hermosura, con tal

sensación de pesadumbre, que todo el torrente de su despecho se desbordó

en cóleras insensatas; sentía crueles repulsiones hacia cuanto le

quedaba en el mundo lejos de Carlota: ¿dónde pondría los ojos, que no

viera angustia y soledad?

El reloj de la sala, indiferente á estos mudos afanes, enardeció de

súbito las iras de Velasco; el isócrono _tic-tac_ parecióle un lúgubre

remedo del propio corazón, una burla de aquella implacable hora que

desgranaba los minutos con ofensiva impavidez; arrojó á la blanca esfera

un legajo de papeles que tuvo á su alcance, y el cristal, hecho añicos,

cayó estrepitoso entre las hojas desparramadas; pero el inmoble

centinela del tiempo, socarrón y firme, siguió burlándose: _tic-tac,

tic-tac..._

Arrepentido Manuel de su arrebato, huyó del maquinal soniquete,

lanzándose al misterioso corredor que aún guardaba del paso de Carlota

un ligero perfume. Por una puerta entornada vió surgir de la salita de

costura los cojines del sofá en desorden y el velador florido: una bata

que el mozo conocía mucho, prendida del cuello, con las mangas fofas y

vacías, le ofreció la fugaz impresión de unos brazos rotos en caricia

imposible... Cerró los ojos á las amadas huellas, y atravesando el

bosque, como un poseído, bajó al valle en la serena caída de la sombra.

* * * * *

Calmada la primera crisis de dolor y de sorpresa, la nativa bondad de

Manuel Velasco hizo explosión con gallardas manifestaciones. Acometiendo

como un héroe sus propósitos, empezó por volver al _Robledo_ y entrar en

derechura hasta la alcoba de don Juan: después que pudo resistir su

presencia, hablarle con acento indiferente y permanecer en el

laboratorio como antes, juzgóse vencedor en la más ruda batalla de su

vida; una resignación mansa y piadosa sucedió á los furores de su alma;

tal vez aquella virtud, mal conocida de los hombres, era un vestigio, un

aroma que la mártir dejó entre sus cadenas.

Pasó Velasco por el fino tamiz de su hidalguía la historia de los

recientes sucesos y sintióse culpable de la fuga de Carlota: él la puso

en cuidado con la solicitud desmesurada de su amistad, y por fin, con

las pruebas elocuentes de su pasión; y aunque le animó el consuelo de

haber contribuído á libertarla, para mejor aplacar las voces de la

conciencia dió, el enamorado, alcance de sagrada misión al imprevisto

juramento que concediera á la fugitiva. Desde aquel punto, un ideal de

egregia estirpe llenó la vida austera de Velasco: vivir para los hijos

de la amada; guardar como devoto penitente el culto á los recuerdos de

Carlota. Y sólo doña Mercedes, edificada y suspensa, vislumbró el

sublime idilio, apéndice de un drama obscuro y brutal...

Como un premio á la nobleza de Manuel, quebróse el incógnito de la

ausente; Carlota escribió á su amiga, á su segunda madre, la viuda de

Velasco; y con especial cordura y cálida elocuencia, justificó la dama

su grave resolución, abriendo por primera vez el arcano de sus dolores

en el refugio de tan ferviente amistad. La esclava de Ramírez habíase

convertido en modesta pensionista de un convento francés, en los Bajos

Pirineos: el hábito de los pesares y la toca de la virtud la hicieron un

rincón en la clausura religiosa, y allí recataba su infortunio, mirando

al porvenir con incertidumbre.

Estas noticias fuéronle compensadas con las que la viuda le envió, muy

tranquilizadoras, de Carlos y Ana María. Y tan dulces promesas obtuvo la

pobre madre que logró al cabo algún reposo; ya su cielo sombrío lucía

claros de sol, y amanecía en su horizonte esa ardiente esperanza del que

torna á la salud desde la orilla del sepulcro, mientras doña Mercedes,

secundada por Manuel, procuraba llenar un poco el vacío de Carlota en la

desierta casa de Ramírez.

El ilustre maníaco se había hundido en la obscuridad más absoluta: la

estampa recia y arisca de don Juan fué desapareciendo del laboratorio,

hasta encerrarse en su gabinete; llevóse allí unos aparatos científicos

y sepultó su rabia ó sus dolores en aquel extraño escondite, que tan

pronto parecía la celda de un penitente como el tugurio de un

nigromante. Sólo Ana María traspasaba el temeroso dintel, sirviendo al

sabio con una solicitud triste y silenciosa, que á él le atormentaba

como un reproche continuo, y, cuando en arranques de caridad ó

compasión, pretendía ella ofrecerle algún consuelo, huía el culpable,

ríspido y huraño, igual que un loco. Muchas veces, en estas sordas

crisis, mediaba Manuel, imponiéndose á fuerza de sugestiones y bríos, á

la demencia, la cobardía y la crueldad, ayuntadas en el carácter de

aquel hombre incomprensible, y arrancaba de su duro corazón algunas

chispas de luz... De aquellas victorias cobrábase con creces el

discípulo en la casta lumbre de unas pupilas de mujer, que acaso le

miraban con la elocuencia de un gran secreto. Carlitos, á distancia

siempre de su padre, más por la hurañía de éste que por los rencores del

muchacho, erraba por el _Robledo_, triste que triste, detenido allí por

la insinuación constante de aquellos dulces ojos que tanto agradecían á

Manuel su influencia sobre don Juan.

El mismo año, Velasquín, doctor en leyes, cansado peregrino de la

bulliciosa vida madrileña, se quedó en Torremar, formando parte de la

conspiración protectora establecida en torno á la casa de Ramírez; y con

las ocasiones y el trato, á la luz de la belleza y al brillo de las

lágrimas, el buen mozo se hubo de enamorar de Ana María. Por segunda vez

tejió la juventud una promesa con las ilusiones de doña Mercedes.

Juzgóse la niña afortunada con tan gallardo novio: varios indicios la

hicieron suponer alguna inteligencia entre su madre y la del

pretendiente; los anhelos de ésta parecíanle órdenes de la otra, y,

feliz con dejarse llevar por tan piadosas voluntades, renunciaba á un

ensueño remoto, apenas entrevisto del propio corazón que le dió vida...

Agua de Nieve (Novela) · 第 38 / 54 题