IV

LUCES DE OCASO.--LOS ACHAQUES DE REGINA.--TINIEBLAS DE UN NAUFRAGIO

MORAL.--LA ISLA DE LAS ROSAS PÁLIDAS.

NO sin grande asombro advirtió doña Mercedes que la niña del _Robledo_

se consolaba del fracaso de su boda con excesiva prontitud. En la

indiferencia de la muchacha al afrontar la conversación sobre este

suceso; en el modo digno y prudente con que aludía á la pesadumbre de

Carlos sin mentar la propia, adivinó la dama un altivo sentimiento,

mezcla de piedad y desdén, que la llegó á herir. ¿No merecía Adolfo

siquiera ni el tributo de una lágrima?

Olvidando un instante el dulce cariño de Ana María, irguióse en el pecho

clemente de la señora el orgullo maternal. Repitió aquella pregunta

delante del primogénito, y entonces Manuel, con viva elocuencia,

refirióle á su madre la peregrina historia; analizó, á fuer de agudo

psicólogo, los sentimientos de la muchacha; expuso claramente cómo en su

inexperto corazón había ella confundido el afecto fraternal, la antigua

simpatía que Adolfo le inspiraba, con la fuerza latente de otro amor más

hondo y entrañable, y, sin más rodeos, añadió que había jurado hacer

feliz á la hija de Carlota.

--Ya lo sabe ella--dijo por fin.

--¿Ella? ¿Quién es ella?--inquirió la viuda estupefacta.

--¡Ella!--repitió Velasco también. Y con la voz un poco temblorosa

corroboró al punto:

--Ella es la madre... pero yo he renovado á la hija mi juramento.

Fué menester que se explicara con más claridad para que doña Mercedes le

comprendiera; y así que la dama hubo entendido cuanto Manuel se

proponía, quedó absorta, contemplando á su hijo con ternura y

admiración. Apareciósele en aquel momento como un ser providencial, como

una especie de caballero andante que tenía la noble misión de traer al

_Robledo_ auras de libertad para la _Bella durmiente_, anuncios de

castigo para el _Ogro_ y certidumbres de ventura para el _Hada gentil_.

Y para que todo fuese milagroso y sublime, el amor de Ana María se

revelaba de súbito, como un premio de Dios á su elegido.

Arrobada y gozosa, doña Mercedes sintió, sin embargo, un ligero escozor

en la conciencia, al comprender que con la nueva alianza se excluía en

absoluto á la pobre ausente de todo pacto posible con la felicidad. Pero

una idea luminosa hizo sonreir á la señora de Velasco.--«Ella es la

madre»--, pensó, repitiendo mentalmente unas palabras que se le habían

quedado en la memoria, clavadas allí por la fuerza de un agudo

sentimiento. Y se puso á escribirle una carta á su amiga Carlota,

insinuando, entre muchas confidencias maternales, exhortos blandos y

tímidos sobre amores y deberes: indicaba, con prudentes alusiones, que

la felicidad de los hijos, por buenos que ellos sean, se cumple casi

siempre á costa del sacrificio de los padres, y concluía en términos de

muy delicada sinceridad... El resplandor de una vida feliz puso en aquel

pliego luces alegres de ocaso: á la anciana señora le parecía fácil y

sabroso que una madre abdicara en sus hijos las más íntimas ilusiones, y

la tremante pluma instiló en el papel toda la suavidad de un corazón

envejecido entre caricias y dulzuras; apacible corazón que nunca supo la

tormenta espantosa de aquel otro á quien consultaba, joven y pujante,

constreñido entre un pasado de angustias y el secreto de un trágico

presente.

Carlota hizo su renuncia tácita y plena al porvenir con grave

sencillez:--«Si antes daba con gozo mi hija á un niño bueno, ¿cómo no

dársela con gratitud al mejor hombre del mundo?»--Así escribió. Y los

rasgos de su letra, fina y elegante, no se estremecieron con el vendaval

que en el pecho de la mujer soplaba, deshojando la abierta rosa de la

juventud hasta dejar el tronco, perenne y vivo, de espinas erizado...

Grande júbilo sintió doña Mercedes con esta carta, y viendo disiparse

las dóciles nubes de su cielo, puso mayor diligencia en las

negociaciones de paz iniciadas con Adolfo poco después de su boda. La

costumbre de ser feliz no daba espacio en la dama al rigor de la madre;

érale menester que volviese pronto al hogar el hijo pródigo, y para

lograrlo impuso la sola condición de no admitir á la intrusa, á la

gentil diablesa que con sutiles artificios arrebató al caro Benjamín de

la amistad y compañía de sus deudos.

Manuel sirvió de parlamentario, muy complacido; pero Velasquín, lleno de

gratitud hacia quienes le tendían aquel grato puente de reconciliación,

temió ofender á Regina excluyéndola en absoluto de las futuras paces.

Decidióse al fin á explorar el ánimo de su esposa, con mucha delicadeza,

y no sin asombro le halló conforme á cuanto doña Mercedes exigía.

Así volvieron á su acostumbrada intimidad los de Velasco. Adolfo

concurría á la casa de su madre, sin mentar nunca á su mujer, y los dos

hermanos, cazando juntos, departiendo de intereses y negocios,

procuraban no aludir en sus conversaciones á los de Ramírez, apartados

siempre en su esquivo robledal. Sobre los secretos dolores del hogar

amigo derramaba la piadosa vejez de doña Mercedes la luz de su sonrisa

inextinguible, dulce puesta de sol, dorada lumbre de crepúsculo en un

campo de tragedias silenciosas.

Pasaba mientras el tiempo sin que Velasquín pudiese emprender con Regina

el proyectado viaje. Cayó la esposa en languidez extraña y profunda;

atribuyendo Adolfo á trastornos de salud aquellas inquietudes y

endebleces, llamó á don Fermín, y éste dió, por casualidad, un dictamen

conforme á la opinión del marido: impresiones violentas, luchas y

anhelos del presente, venían sobre las amarguras de lo pasado á

determinar una perturbación nerviosa, reflejo, tal vez, de otras ya

padecidas. Y el achaque ofició de piadoso velo para que Velasquín no

advirtiera las sombras de un corazón que juzgaba suyo. Eugenia dijo que

ya en dos ocasiones había caído su niña febril y delirante, con «mal

cansado», como si estuviese hechizada; pero, el médico, sonriente,

aseguró que las dolencias de señoritas mimosas se curaban siempre al

año del casorio, cuando el amor florecía...

Después que Adolfo erró en sus emociones de recién casado, como en selva

tenebrosa, una paz algo triste, pero confortable, descendió á su

espíritu optimista; amoroso y creyente, halló razón de sus crueles

sorpresas en el repentino quebranto de salud que le entregaba para la

intimidad una mujer distinta á la novia que le sedujo; esforzábase él en

cumplir las prescripciones del doctor, suponiendo que al sanar la esposa

hallaría de nuevo á la vehemente enamorada, acaso convertida en madre

para mayor ventura. Y ella se dejó asistir, felicitándose de aquel

pretexto que la permitía sumirse en sus fracasos definitivos, sin

malograr las ilusiones del esposo. Le vió tranquilizarse, después de las

primeras alarmas, y se esforzó entonces en sostener la felicidad de

Adolfo con un débil conato de misericordia.

En la total quiebra de ambiciones y propósitos, la dama rubia no salvó

más que los indicios de sus energías: el tenue hervor de la conciencia

sólo alcanzaba á producir burbujas fugaces de contradictorios

sentimientos en la helada superficie de aquella perezosa voluntad; el

hilo de la compasión, casi roto, ataba flojamente el recuerdo de Carlos

Ramírez, y entonces, una ola indecisa de carmín sonrojaba el rostro de

la coqueta, que con villanos manejos aprisionó al enamorado mozo; si la

pobre fibra de la gratitud palpitaba un instante por Velasco, juguete de

la ambiciosa, las náuseas del tedio entorpecían aquel graciable

instinto, y apenas si un impulso de bondad y un hábito de educación

lograban contener en la boca de Regina frases ó gestos crueles contra

Adolfo; y si amables visiones de la infancia hacían temblar en aquellos

labios el nombre de Ana María, el amor propio y la soberbia alzaban

contra el generoso remordimiento su aguijón cobarde y fino, como punta

de alfiler. En aquel naufragio moral quizá pugnasen, con un poco de

ansia, el orgullo y la codicia, para salir á flote: la certeza de haber

triunfado sobre otra mujer de rumbo y donaire, era asomo de ilusión que

sobrenadaba en el grave hundimiento de muchas ilusiones, y la esperanza

de asirse todavía á la felicidad, por algún cabo suelto del destino,

trepidaba con barruntos de fe en el roto cordaje de la ambición.

Pero era tan sorda y tímida la lucha de aquel ser tundido por las

decepciones más violentas, que la ruin marejada no rompía el hielo de la

indolente postura que Regina tomó en su nuevo estado.

Al conseguir sus propósitos, con burla del sufragio popular, y sobre la

oposición de una familia poderosa, hallóse la de Alcántara presa en los

brazos de un hombre á quien no quería. La misma facilidad con que le

sedujo, fué para la seductora causa de menosprecio: no era su tipo aquel

muchacho sonreidor y gentil, que se dejaba encantusar igual que un nene.

Adolfo no tenía «aspectos»; de una sola vez se le veía en todas sus

fases, porque no cambiaba nunca su expresión ingenua y plácida, galante

y dulce.

Así pensaba Regina, estableciendo con fría censura, comparaciones en que

su marido quedaba siempre desairado.

--Carlitos--meditaba--es más hombre que Adolfo, y ofrece otras

sorpresas, otras seducciones; en sus pupilas arde un fuego triste, un

sol de drama que penetra hasta el corazón.

Y al llegar á la parte conmovedora de sus monólogos íntimos, reía en

carcajadas estridentes y agudas, amargas como la hiel.

--¡El corazón!--decíase--; ¡qué de alusiones sentimentales para ese

músculo que funciona á instancias de la materia, exactamente igual que

el resto del organismo!... ¡El corazón! ¡Qué mote tan precioso, para un

pedazo de carne donde la sangre afluye, con todas sus perversiones y

averías! En metáfora, mi pobre corazón es una tierra floja en la cual

ningún sentimiento echa raíces...

Y sintiéndose completamente desasida de cuanto puede atar al mundo una

existencia, irritábase al ver que su destino estaba ya trazado, que

todos los senderos de su porvenir tenían en el horizonte el yugo del

matrimonio, la cadena del amor... ¿Del amor?

Esta pregunta era de una tristeza desgarradora al rebosar en labios de

Regina. Para ella, la esperanza del amor yacía con las alas rotas,

inerte, imposible...

Y á cada inquieta consulta, los descubrimientos de la recién casada

respondían obstinados y crueles:--El amor es carne, es instinto, como

fruto del corazón.

La clara inteligencia de la moza arrojaba su luz tímidamente sobre

tantas obscuras negaciones. Si la vida no cumplía ninguno de sus

ofrecimientos, si todo era fugaz y mentiroso en el mundo, ¿cómo una

parte inmensa de los seres humanos sembraba optimismos uno y otro día,

cosechando, al fin, realidades y venturas?... ¿Por qué el mito de la

felicidad subsistía al través de las generaciones?

En sus vagos discursos, deshilvanados y tristes, Regina escuchaba como

un eco obsesionante la confusa advertencia: _El bien es el placer; el

mal es el dolor..._ Pero ¿el dolor que ella sufría, se originaba de

algún mal, ó existía un mal como consecuencia de su dolor?... Estaba á

punto de saltar hecho pedazos aquel entendimiento, en la esclavitud de

tales indagaciones.

Presa en el círculo vicioso de sus lecturas, la dama balbucía delirante:

_El bien es el placer..._ ¿Cómo se entiende? ¿Cuál es el primero, el

originario?... ¿Será preciso obrar el bien para ser feliz, ó ser feliz

para obrar el bien? Y se oprimía las sienes, estallantes de dudas y

sutilezas, concluyendo por confesar:--_Sólo sé que no sé nada..._ Ella

vivió buscando placeres con ciego frenesí, y á lo largo de su juventud

todos los goces amargaban con el ácido sabor del mal de la vida. _Cuanto

más elevado es el ser, más padece_, recordaba la filósofa á este

propósito. Y trataba de engreirse con frágil orgullo, débil hasta en sus

vanidades. Así se hundía en las nieblas de un dañino apocamiento, con

trazas tan decadentes, que nadie puso en duda su enfermedad.

Se atormentaba Adolfo con las prisas de poner correctivos eficaces á la

extraña dolencia. Alejada de los novios, como era de razón, la corte de

amigos que la dama tuvo, sin familia y sin relaciones, era menester

buscarle rutas alegres fuera de allí.

El marido, que ya frecuentaba los acostumbrados lugares en la ciudad,

gozando como siempre la supremacía de su linaje y fortuna, achacaba un

poco el retraimiento de su mujer á la violenta situación en que ambos

estaban frente á los de Ramírez, y á la expectante curiosidad del

vecindario. Pero en vano insistía en hacer aquella excursión, base de

olvidos y mudanzas; siempre que él hablaba de partir, suspiraba la

señora con tal pesadumbre, que el viaje quedábase en suspenso, mientras

la vida conyugal languidecía en actitud impaciente, supeditados á la

resolución de la dama todos los planes del nuevo matrimonio. Estaba

convenido que en ausencia suya se hiciesen obras de consideración en la

casita del arrabal y que los excursionistas trajeran un mobiliario á su

gusto para aquel breve estuche de los primeros años de amor. Andando el

tiempo, Adolfo no desconfiaba de ver entrar á su esposa, con todos los

honores que le correspondían, en el palacio del valle.

Después de apremiantes instancias, Regina dijo que marcharían cuando

llegase su ajuar de novia, encargado por Velasquín con mucho boato. Fué

un pretexto para detenerse aún, asustada por la idea de lanzarse otra

vez al mundo, tan inútilmente paseado por la viajera rubia. En sus

enormes decaimientos surgían de pronto afanes infantiles, caprichos

inocentes como los de una niña. Dió en suponer que entre su ropa blanca

pudiera llegar de París alguna solución milagrosa para sus graves

conflictos. Y aquella criatura, tan profundamente decepcionada en

cientos de agudos desengaños, estuvo pendiente del arribo de un baúl que

entre lazos y blondas alumbró unas prendas vulgares de íntimo uso.

Mientras acomodó Marta en los armarios el flamante equipo, lloraba

Regina, como si en su horizonte se hubiera puesto para siempre el

sol...

A menudo Adolfo, compasivo y amante, hablaba á su mujer de una inmediata

aurora de venturas.

--Te pondrás buena... tendremos un hijo--murmuraba en fervientes

«escuchos».

Y ella fingía un asomo de complacencia, que rebosaba amargo desdén.

¡Tener un hijo! !Bah! Aquella ambición era insoportable á la flaqueza de

Regina. Le hacía daño pensar en cosas fuertes, y arrojaba con terror

aquel grandioso pensamiento, que le dolía en la cabeza con peso

irresistible. Sintiéndose impotente y acabada, le parecían una burla á

su incapacidad las dulces ilusiones del marido...

Desde el mes nebuloso de la boda corrieron otros cuatro, y aún Regina

respondía á las instancias de Velasquín:

--Saldremos la semana que viene...

Ya florecía la primavera. Las tardes, crecientes y apacibles, se

extasiaban sobre el cielo y el mar, y la dama rubia avizoraba el celaje

benigno, con la vaga expresión de quien no sabe por dónde ha de venir

una sonrisa de la esperanza. En la quietud de aquella triste demora,

hasta el paisaje inmóvil parecía esperar algún suceso.

Adolfo llegó un día á su casa muy alegre, portador de tan grata noticia,

que imaginó llevar con ella la salud á su mujer.

Doña Mercedes había hecho partícipe de sus nuevos planes de felicidad al

hijo pródigo, y sintiéndose él consolado y tranquilo en el corazón y en

la conciencia, supuso que ofrecía iguales beneficios á su esposa,

comunicándola el raro secreto.

Habló impaciente, con el aire misterioso y las palabras en tumulto:

--¿No sabes?... Ana María es novia de Manuel.

Fué como una puñalada aquel repentino informe, que dejó convulsa el alma

de Regina. Sin darse exacta cuenta de lo que estaba oyendo, interrogó:

--¿Novia de tu hermano?

Y ya, penetrándose de la noticia, se asió á la duda con zozobra:

--¿Es de veras?

--De veras... Mi madre cree que se casarán pronto.

--¡Ah!... Se casarán pronto...

El eco de aquella frase silbó en los labios de la dama y dejó en aquella

boca contraída la huella cruel de una burla doble y terrible.

--¿Qué dirá Carlota... y qué dices tú?

--¿Cómo?

--La novia de Manuel se iba á casar contigo hace poco tiempo... Y su

madre huyó, locamente enamorada de tu hermano.

--¿Tú sabías?...

--Carlos, sin darse cuenta de ello, me ha contado la historia del drama

y de la fuga.

--¡Ah, sí; pobre mujer!... También yo supe, hace poco, muchas tristezas

del _Robledo_.

Se quedó el mozo meditabundo. Su madre, para conmoverle, para uncirle á

su compromiso con Ana María, habíale iniciado en los amores y dolores de

la silenciosa tragedia. Pero en aquel tiempo, Velasquín, borracho del

licor de sus antojos, no percibió el perfume de aquellas rojas flores de

pasión y tormento que ahora, de improviso, tomaban alto y puro relieve

en su conciencia.

La vigorosa juventud de Adolfo penetraba en el devastado corazón de

Carlota con más sigilo y certidumbre que la ancianidad de doña Mercedes.

Y con profunda lástima pensó el caballero en aquella hermosa mujer, sola

en lo alto de la vida, cerrando voluntariamente los ojos á la única

estrella de su camino. La conducta hidalga de Manuel hallaba dulce

premio en el amor de un ángel: Ana María Ramírez era un espléndido

regalo para el hombre más descontentadizo. Seguro de ello, Velasquín,

imaginó que mientras á su hermano le sonreía tan apetecible recompensa,

Carlota ahogaba detrás de sus labios sonrientes un sollozo en que rugían

la soledad y el desconsuelo, con todo el humano poder de una pasión que

asaltaba á la pobre criatura en el desamparo de su peregrinaje, como

animal dañino que acecha al inerme viajero.

Cuantas sublimes resistencias pudiesen existir en el corazón de una

madre, le parecían al mozo insuficientes para conllevar el sacrificio de

Carlota. Y sobre estas cavilaciones, en que Velasquín sentía rodar un

imaginario rumor de lágrimas, se alzó la voz inquieta de Regina. Creyó

la dama adivinar los pensamientos del esposo, y extraviándose en sus

conjeturas, fulminó un dicaz comentario:

--Pues ya «estábais» lucidos tú y la fugitiva...

Pero el joven murmuró con fervor, únicamente:

--Carlota es una santa.

Cambiando de tono, obsesionada y envidiosa, dijo entonces la mujer, como

si hablase consigo misma:

--Las santas son felices.

Adolfo ya miraba á su interlocutora con más atención.

--¿Felices?--interrogó admirado.--Ella padece enorme desventura.

--¿Porque sufre? ¿Porque ama? Eso es gozar, es sentir, y comerse la vida

á mordiscos amargos y dulces... Lo terrible es no tener creencias, ni

amores, ni rumbos, ni hambre ó sed de cosa alguna, y fracasar siempre y

no saber de quebrantos ni de gozos, hasta morir de hastío, sin pena ni

gloria.

El joven, sentado cerca del balcón, alzóse con miedo; su mujer hablaba

sordamente, blanco el semblante y sombríos los ojos como nunca.

Un chispazo de luz quiso alumbrar en el corazón del esposo la torva sima

abierta debajo de aquellas frases; mas el rostro de la habladora tomó un

cariz tan lastimero y doliente, que al punto Velasco, enternecido, se

acercó á ella con piedad.

--Te exaltas, hija mía--pronunció,--cálmate; ya hablaremos despacio de

todas esas cosas.

Ella, viéndole crédulo y niño, engañado por dos mujeres con tanta

facilidad, le vibró de soslayo su desdén en una mirada, y se encogió de

hombros con suma indiferencia. Pensaba que era inútil dar calor aparente

de vida á los ecos de una tumba: sus palabras, audaces y fuertes, á ella

misma le habían hecho daño; tuvieron la resonancia sepulcral de un

recinto donde no hubiese más que el polvo de un cadáver...

Sintió que Velasquín la arropaba en el sofá, besándola con dulzura en

los cabellos. Y quedó sola, inmóvil, dudando si aquella quietud que la

invadía era el anuncio de una buena hora para dormir ó para morir. La

breve y dura plática le causó profundo cansancio y dejó en su boca una

estela salobre, como si la hubiera acariciado la brisa del mar; aquel

triunfo orgulloso sobre otra mujer, única satisfacción positiva de sus

errores, hundíase de repente con inesperada burla, y el marido que á

Regina le quedaba entre los brazos perdía su único valor para ella,

puesto que dejaba de ser el codiciado botín de una victoria.

Bajo la inmovilidad de la dama se alzó una impotente cólera contra Ana

María, y subió hacia Velasquín la marejada de los desdenes, como si

ambos jóvenes arrebatasen con traición su presa á la triunfadora: pecaba

Adolfo--según tales argucias--en valer menos que su hermano, y Ana María

en fingir que lo ignoraba, para inutilizar á una rival temible y

emprender sin peligros la valiosa conquista del Velasco de más fuste,

del hombre original sobre cuya cabeza interesante había nevado en pleno

estío. Aquellas prematuras canas de Manuel adquirían, de súbito, un

altísimo precio para Regina; y la adusta indiferencia que su cuñado la

demostraba, fué de pronto un estímulo que le obligó á admirarle.

Pero rendida en aquel sordo y leve pugilato de odios y admiraciones,

dejóse hundir entre las nieblas del sueño. Poco después, bajó sus

párpados caídos, á una luz indecisa, como de tarde moribunda, imaginó

ver en casa de Ramírez el salón principal del laboratorio convertido en

escenario de muy extraña comedia: don Juan vociferaba, con los puños

crispados, amenazador y furioso, pero su expresión de voluptuosidad y de

placer daba la certidumbre de que era muy feliz de semejante guisa;

Carlitos, en un extremo de la sala, lloraba en los brazos de su madre, y

sobre los humanos relieves de la piedad y de la pena, tenía el grupo tal

aroma divino de amores y de gozos, que á la visionaria le dieron mucha

envidia aquellas dos criaturas tristes; allá, en otro rincón, Manuel y

Ana María se hablaban en secreto: el rocío del llanto y la santa ciencia

del sacrificio daban á la hermosura de la niña un aire de madona, tan

solemne y tan noble, que Manuel de seguro la quería por aquel tinte de

bondad y excelsitud, en tanto que ella se inclinaba con respeto y

ternura hacia los surcos que el dolor y las vigilias pusieron en la

frente del mozo.

Flores muertas, animales disecados, fósiles y moluscos, esqueletos y

plantas, parecían descansar en cómodas posturas, á lo largo de las

paredes, bienhallados con sus apariencias de vida, y con ojos invisibles

abiertos á la escena; mientras los peces vivos, en sus casas de cristal,

formaban en torno al cuadro una cinta de trémulos colores.

--Pues, señor,--decíase Regina con despecho--aquí todos gozan, todos

tienen un destino y un fin, una pasión, un impulso...

Y al sentirse fallida y miserable en aquel raro centro de actividad, fué

quedándose inerte, petrificada, con sensación de frío y de reposo, como

si fuera á morirse.

Pero la muerte así, no era medrosa ni cruel; al contrario, muy

tranquila, muy suave, bajaba desde la cabeza, destrenzando á la dama los

cabellos y echándole en los ojos la pálida sombra de un cipresal;

después la besaba en los labios, con una ráfaga de hielo que extinguía

dulcemente la voz y los suspiros de la moribunda; y, por fin, le hacía

un pequeño tajo en el corazón, por el cual se le escapaban á Regina los

residuos de sus odios y sus amores, en flujo apacible y benéfico... ¡Qué

descansada se quedó!... ¿Era aquello estar muerta, como Daniel, como

Jaime, como todos los huéspedes del camposanto, tendido en el

argomal?... ¿Estaría disecada, igual que los peces del laboratorio?...

Un átomo vivo de la memoria fluctuó en la rubia cabeza desmayada, y, de

repente, aquel punto animado del pensamiento se arrebató con locos

terrores:--¿Qué habrá detrás de los cipreses, al otro lado de la sombra

y del frío, de la quietud y el descanso?--gritó el minúsculo vigía de la

inteligencia.--Y la voluntad, alarmada por la terrible pregunta,

estremecióse toda y despertó.

--Señorita, el correo--anunciaba Marta, presentando una bandeja.

Regina tardó un rato en reconocerse. Examinó los muebles y la estancia,

y, hallándose al abrigo del sofá, entre edredones y cojines, fué

recordando cómo se había muerto, después de una sorprendente

conversación con Adolfo... Sí, era verdad: la hendedura del corazón

prevalecía; rencores y cariños, aun aquellos tan leves y menudos que le

quedaban como un poso de sus luchas para vivir y amar, se derramaron

totalmente durante aquel sueño indefinible. Sintióse ligera y helada,

igual que una vedija de nieve.

--Morir, ¿no es soñar?--se dijo.--¿No podría suceder que yo estuviese

muerta y que soñara pasajes de mi vida?

--¿La señora no quiere abrir sus cartas?--insinuó la doncella.

--Sí quiero; dámelas--respondió la «difunta» con grato acento.

Extendiendo la mano, recogió los sobres, uno de los cuales, con orla de

luto, llamó su atención.

--Letra del doctor Marín--dijo.

Y para su «mortaja» (que era un vestido muy elegante), meditó:

--¡Si estaré viva!... Parece que reconozco la escritura de las gentes;

que hablo acorde; que tengo agilidad y memoria... ¿Habré resucitado?

Se echó á reir, y el oro de su voz sonó con hechizo de metal puro,

estremeciendo á Marta, que no presentía aquella explosión alegre.

--¿Está peor la señora?--interrogó sorprendida, temiendo que delirase.

--Al contrario; estoy muy bien--dijo ella, asombrada de escuchar su

propia voz y entender sus razones. Y rasgando el sobre de luto inclinó

los ojos tranquilamente hacia la carta del doctor Marín, mientras la

doncella salía del aposento.

Por el balcón penetraba un perfumado soplo de la tierra, henchida ya de

brotes en la preñez fecunda del verano, y las horas, cuajadas de sol, se

mecían con deleite sobre el infinito desdoblamiento del mar.

La escritura, un poco difícil, ocupaba el pliego que extendió Regina y

aun cruzaba la página postrera formando cuadritos. Bien conocía esta

costumbre la lectora, porque el galeno amable complacióse en escribirle,

varias veces, atravesados renglones en cuya confusión clareaba su antojo

por la moza andariega, camarada y confidente un día del consolado

viudo. A una sola carta contestó Regina, y la más fogosa epístola del

doctor cruzóse en el camino con un lacónico impreso en que la viajera

rubia participaba su celebrado enlace... Ahora decía Rafael Marín que él

también se casaba: una prima suya, cordobesa, mujer de mucho ángel y

rica dote, hacía tiempo esperaba aquella decisión del primo viudo.

Dábase el mozo importancia con su brillante boda, muy picado por los

desdenes de Regina; y este anuncio feliz iba á modo de epílogo al final

de otra nueva muy triste: la niña del doctor se había muerto; al nacer

la primavera comenzó á entristecerse, y cuando las rosas abrieron sus

capullos cerró la nena para siempre los ojos. Quedábase allí en el

cementerio lindante con el mar, dormidita debajo de una cruz. El doctor

se trasladaba á Córdoba con su hijo, á establecer el hogar nuevo.

Una ráfaga de remota tristeza pasó por el semblante de Regina, como si

le llegara de muy lejos, de otro mundo quizá, aquel papel fechado la

víspera en San Simón.

Parecióle á la dama haber amado en otra vida á la pobre nena del doctor

Marín, y hasta haber sido novia de un mozo enlutado y sonriente, único

poblador de una isla admirable, con árboles muy viejos y rosas muy

pálidas.

Y entornando los ojos como para retener fugitivas imágenes, vió Regina

al médico diciéndola adiós, á la triste hora del crepúsculo, con los

niños de la mano, mientras ella bogaba hacia la costa buscando la

felicidad.

¡Tampoco estaba en la ribera!--se duele al recordar que persiguió la

ilusión de ser feliz al través de los mares y de los mundos. Y sin dolor

ni amargura se quedó pensando en la isla verde y florida, desde la cual

demandó á la costa patria un refugio placentero, sabe Dios cuándo, tal

vez en época ilusoria.

En la imaginación doliente de la dama es la isla un vergel abandonado,

un plantío de cipreses y cruces donde duerme la niña de Marín, mientras

su padre corre detrás de una ilusión.

Por aquel escenario de fuga y abandono pasa tranquilamente una moza

descalza, muy contenta, con un dedo sobre sus labios rojos, en señal de

silencio. La reconoce Regina, y, al verla sonreir con vivo gozo piensa

que esta criatura es digna de guardar el vergel de los sueños, la isla

de las ilusiones; porque va pisando, sin ruido y sin alardes, rosas de

felicidad deshojadas bajo sus pies desnudos...

La dama rubia no tiene envidia como antaño, ni humor para hacer

experiencias inverosímiles, como cierta noche primaveral en que se

descalzó persiguiendo un mito. Pero le queda la memoria de sus

ambiciones de ventura; tiende la mirada al paisaje, suspira y repite:

--¡La felicidad no estaba en la ribera!...

V

AMOR CON AMOR SE CURA.--EL PROFETA DEL ALMIREZ.--MENTIDEROS

TORREMARINOS.--UN CORAZÓN POR BLANCO.

ARDE el estío. Murmura el robledal con tumulto de tenues rumores, y

Carlos Ramírez pasea bajo la fronda en solitaria meditación. Parece más

alto; inclina la cabeza como si le pesara la corona de la juventud;

suspira y se detiene á menudo. El amor le duele como un mal de la vida,

y el desengaño le agobia; pero sus pensamientos, que vuelan por el

bosque á la par de los malvises, son tranquilos. Es que la dura

pesadumbre del mozo tiene una alegría: Carlota ha resucitado en la

impenetrable ausencia, al saber que su hijo no gime como adolescente,

sino que sufre como hombre, iniciado en la ciencia trágica del amor.

Sabia en amar la madre y en sufrir, fué clemente doctora para disponer

los remedios al herido de amores; y á maternal milagro trascendía la

convaleciente actitud que tomó el muchacho apenas sus lágrimas cayeron

sobre las cartas benéficas de Carlota. A la pobre ausente le sirvió de

ocupación divina consolar á su hijo; en la dulce tarea hallaba algún

recurso la propia desventura, porque el secreto amoroso de aquella

triste alma se derretía en halagos y promesas, derramándose en el papel

como en un cauce bienhechor. La piedad y el sentimiento vibraron de tal

modo en la pluma de Carlota, que, bajo el influjo de la eficaz medicina,

Carlos sintióse renacer, lo mismo que si su madre le alumbrara á otra

existencia más consciente y profunda; y la maravillosa caridad sostuvo

al mozo en tan confortable sosiego, que no se atrevió á pedir goce

mayor, cual si temiera romper con su codicia el hechizo de aquel

hallazgo. Pero la ausente ofreció, pródiga, más bellas realidades,

vertiendo en sus renglones la esperanza de entrevistas futuras y de una

felicidad posible. Y Carlitos espera también animoso, porque la dicha de

su hermana se proyecta como un sol nuevo en el horizonte amaneciente del

muchacho.

Al resplandor suavísimo de aquella aurora que en su cielo sonríe, el

doncel siente resucitar los fervores de su infancia; cree en los

milagros celestiales y en las compensaciones providentes; reza y confía.

Como si Carlota pudiera descender desde las nubes, volviendo hacia sus

hijos con luminosa traza de aparición, le gusta al muchacho peregrinar

por las cumbres de la selva, absorto en santos consuelos, seguro de que

un día las virtudes de su madre resplandecerán sin una sombra, con la

diadema doble del mérito y el infortunio...

Ya entre el vecindario «se corre» que la dama fugitiva ha parecido, y

que vive, en olor de santidad, en un convento francés.

Don Celso Ortiz asegura esta especie con sones cavernosos, mientras

prepara un específico sensacional contra la polilla.

--Aquí hay un conato de crimen, una coacción inicua--murmura, dale que

dale en el almirez.

--Esa señora--afirma, estornudando al mezclar alcanfor en su

menjurje--no se ha recluído de tan extraño modo por la propia voluntad,

exponiendo fama y dicha... Aquí existen vestigios de secuestro, rastros

de monomanía religiosa ó síntomas de terror insuperable...

--Una _perra_ de cerato simple--le interrumpen. Él despacha, cobra, tose

y augura:

--La familia del _Robledo_ no puede acabar bien. Tiene una vena

dramática en pugna con el sentido común.

Felipe Alonso, que abre unos ojos tristísimos sobre los manejos del

charlatán, suspira resignado. Suele sentarse en la rebotica cuando no

encuentra á quién colocar algún discurso altisonante; y allí se encoge

pasivo, en actitud de oyente, seguro de que don Celso no le deja

intervenir en su peroración. Después, el bello Alonso toma justa

venganza del humillante mutismo, apropiándose las invenciones y hasta

las frases del boticario, para hincharlas y lucirlas al través del

puerto. Estos dos rivales de la oratoria popular se temen y se buscan,

se odian y se necesitan: don Celso crea; Alonso propala; el anciano echa

á volar la fantasía con inventos peregrinos, desde la cárcel de su

laboratorio, y el joven vagabundo difunde aquellas imaginaciones; pero

aunque goza éste las primicias de la pública emoción, no sabe disimular

en sus _speechs_ el sello originario, un rojo tinte de volcán y

tragedia, que hace á las gentes decir:

--«Eso» ha salido de la botica...

Entonces el inventor gusta sus triunfos, porque los curiosos acuden á la

fuente madre de los chismes, y pierden interés las divulgaciones que

siembra Alonso en el Casino y en las demás tertulias.

Mas ahora tardará el boticario novelero en sentir los halagos de la

popularidad: sus pronósticos ofrecen dudas, á fuerza de no cumplirse;

sus noticias se han desacreditado, como cierto betún para las canas,

completamente fallido; y durante los calores estivales, la botica,

situada á pleno mediodía en el chicharrero de la calle Real, no goza el

favor de los desocupados, aunque el aburrimiento profundo de Felipe

Alonso caiga en aquel cuchitril ardiente, lleno de moscas y de mareantes

perfumes, donde el mármol y el cristal hacen más visible la ausencia del

aseo. La facundia del químico se derrocha esta vez sin esperanzas;

conoce él sus fracasos, y sabe que en las filas disidentes de sus

adeptos esgrime armas victoriosas la Bernalda «joven», mustia y

frenética por la broma del amor y del barniz.

Pero la inventiva del boticario es tenaz, y sube con la temperatura,

como el barómetro; así, el viejo proporciona á su agente y enemigo

augurios y revelaciones acerca de lo que vuelve á ser «cuestión

palpitante»; y aunque no vendrá igual que antaño la ronda de curiosos á

indagar el origen de tales rumores, en risueña parranda, el farmacéutico

sonríe complacido y arremete con ímpetus á su preparación contra la

polilla, de enorme utilidad en la canícula.

Mientras funciona el almirez ilustre de la calle Real, vase el

declamador buen mozo á predecir, con voces misteriosas, graves sucesos

en la familia de Ramírez: mas en vano gesticula en actitud interesante,

y finge alarmas, y augural balbuce:

--«Según tengo entendido»...

La gente mira incrédula al _Robledo_, y ni los más inclinados á la

catástrofe y á la fatalidad, advierten que en la serena fronda se inicie

drama alguno: adormecida está en la altura, con beatitud amable, como si

prestara oído á la solemne respiración del Cantábrico; y el cantar de

las aguas corrientes brota de las entrañas de la selva con tan mansos

rumores, que hasta los más pesimistas y agoreros oyen en su voz un

romance de paz.

Si la señora de Ramírez se apareciese allí donde su hijo ambula

esperándola, de seguro el vecindario sonreiría con benevolencia,

creyendo á Carlota un ángel en quien Dios hacía gala de prodigios.

Indulgentes brisas de caridad rondan el bosque, y el rumor de que ha

devolver la dama del _Robledo_, tiene una dulzura placentera que Felipe

Alonso no puede amargar con los vaticinios del boticario...

En esto, las de Estrada descubren una tarde el grupo significativo y

alegre de la viuda de Velasco--casi nunca vista en la población

--apoyándose en la niña de Ramírez, y con la escolta galante de

Manuel. Van de compras: cruzan la plaza, y bajo los portalones se hunden

en la tienda más rica de la ciudad.

Cuando aparecen otra vez al sol, todos los visillos del trayecto están

atacados de epilepsia contagiosa, encima de los cristales.

Manuel mira hacia los balcones con sabia sonrisa, como si penetraran sus

ojos al otro lado del fino cendal que cubre á las señoras, arrodilladas,

impacientes y febriles.

Y al sorprender la risueña observación de Velasco enrojece Ana María, y

se turba.

Ya no es preciso más para que cuenten aquella noche las de Estrada que

otra vez hay barruntos de boda en el _Robledo_: asienten las de

Bernaldo; las del juez aseguran, y ármase un guirigay estrepitoso, del

cual llegan rumores á cada paseante de la alameda, donde el estío reune

á la gente de buen humor. A coro acciona y comenta el grupo mujeril:

--¡Iban tan entusiasmados!...

--Ella se puso muy encarnada...

--¡Está monísima!

--¡Qué buen mozo es él!

--Las canas le favorecen.

--Es tan arrogante como Adolfo...

--Y más formal.

La alcaldesa dice que los Velascos son de una raza de caballeros tan

cumplidos, que de seguro Manuel quiere enmendar la culpa de ingratitud

cometida por Velasquín.

--Pues hay pocos hombres de ese temple--exclama Filomena Bernaldo.

Ordóñez toma parte en la conversación:

--Con mujeres como Ana María, ya puede ser Velasco un caballero.

--Adolfo no lo fué--murmura Jacoba Estrada, que se muere por el doctor.

Pero él replica impávido:

--Un caso de locura no se repite con frecuencia.

--¡Buen desfacedor de agravios tenemos aquí!--ríe muy relamida la

celosa.

Y el joven se conduele agresivo:

--¡Si no estuviera «tan alto» el _Robledo_!...--Después lanza, burlón,

una pregunta al corro:

--¿No compran ustedes las bolas que vende el boticario para defender

terciopelos y lanas?

Todos sonríen mirando á Filo; la sensible doncella, dándose por aludida,

responde con mucho desdén que ya es viejo ese específico... «de la calle

Real», porque el año anterior puso ella unas cuantas bolas en la piel...

¡y se le picó toda!...

--¿Se le ha picado á usted la piel?--compadece Estraduca, tímido y

desolante, asomando la nariz por detrás de sus hijas.

--Sí, señor. La tengo completamente picada.

--¡Pobre criatura!... Pero ¿y de qué, de qué?

--Pues de la polilla.

--¿Es posible? ¿de veras?

--¡Si era de nutria, hombre!--advierte Jacoba con un codazo

irrespetuoso. El regocijo gárrulo de las mujeres empapa la vocecilla

tremante, que gime aún, con la obsesión del duelo:

--¡Pobre Filomena!...

Cuando agoniza la velada, ya es público en Torremar el hidalgo proceder

con que los Velascos saben cumplir compromisos de amor; y la imaginada

boda presta al _Robledo_ un relieve de tales proporciones, que, mediante

absurda suposición, cuéntase á la de Heredia enclaustrada por un voto y

se dice que la merced pontificia está á punto de volverle su

libertad... ¡Tal eficacia tuvieron una sonrisa burlona en labios de

Manuel y una llama de rubor en el rostro gentil de Ana María!...

* * * * *

Ligera y fugaz como una sombra, desde que «resucitó» con el corazón

exhausto en el blando nicho de chales y almohadones, camina la de

Alcántara con inconsciente rumbo, igual que si le hubiesen puesto una

venda en los ojos. En su propia casa, al tropezar á sus familiares,

sonríe con la misma dulzura á Pablo y á Velasquín; tal sonrisa es

perenne, yerta y remota, como la de un retrato, ó de una estatua. Ya la

joven sale en el _Reina_; cruza la playa; monta á caballo, y asiste á

misa. Adolfo está muy contento viéndola así, por más que á veces sienta

una vaga inquietud vislumbrando en los ojos de su mujer el frío detrás

de la penumbra, como si aquellos cristales tenebrarios franquearan un

sepulcro. Hay una triste sensación de ausencia en las pupilas de la

dama: diríase que duerme con los párpados abiertos ó que vela con el

espíritu en fuga. Velasquín está receloso y le dice á menudo:

--¿Sufres?... ¿Qué sientes?

Regina responde:

--No sufro nada. No siento nada... ¡nada!--corrobora con un ligero

espasmo de extrañeza.

Y en Torremar produce grande asombro el aspecto apacible y saludable de

aquella dama que se recobra al mundo cuando todos la creían achacosa y

doliente.

No ha pasado la primera semana sobre la singular resurrección, y una

tarde Regina se entretiene en tirar al blanco en pugna con Velasquín,

desde el rudo camino de la costa: en palique y en chanza, agujereando un

papel prendido en los matorrales del argomal, suben al cementerio, y

junto á la cerca, Adolfo propone á su mujer colocar desde allí, á

porfía, una bala en un pino solitario de la otra linde; tira el

caballero, y acierta; la señora apunta y dispara: una cruz del plantel

cruje; un grito amargo y desgarrador emerge de las flores que rodean al

herido leño.

Velasquín, pálido y afanoso, empuja la puertecilla y avanza entre losas

funerales; Regina corre detrás, sin miedo ni susto, rauda y leve como

una pluma, que el aire lleva; al llegar los dos al pie de la cruz, el

marido incorpora á una mujer, inerte en el suelo, y la esposa distingue

entre los brazos del símbolo piadoso un nombre: ¡Gabriel!

Cuando la triste desmayada vuelve en sí, mediante la asistencia de ambos

jóvenes, mira á la cruz y prorrumpe en lamentos:--¡Gabriel!

¡Gabriel!--murmura.--¡Está sangrando!... ¡Le han herido en el corazón!

Y furiosa de repente, arranca puños de flores y se los echa al rostro á

la culpable. Luego, huye veloz y frenética, gritando su desventura.

Absorta Regina, la ve correr, la oye gritar, contempla el agujero de la

cruz, repara en la palidez de su marido, y sacudiéndose los pétalos de

rosas que le salpican el traje, sonríe con absoluta indiferencia.

Los ayes de _la novia_ repercuten en el acantilado bravío, mezclándose

al rumor de la marejada en el silencio augusto del anochecer; y cuando

Velasquín y su esposa llegan á la población, ya en el alto argomal las

florecillas silvestres entornan con sueño los dorados ojos. Se duele el

joven del percance, culpándose de no hacer prevenido el posible error de

aquel disparo; aún se figura contemplar la cruz, temblorosa y traspasada

sobre las imploraciones de la suplicante; y un estremecimiento piadoso

le sacude, conmovido, en mitad de la senda: teme que el espanto de la

loca alborote á la gente, y que en la desenfrenada fantasía popular

adquiera visos de profanación aquel suceso fortuito; pero Regina escucha

sus palabras como si llegasen de muy lejos, como si no le concerniesen

ni á ellas tuviera cosa alguna que responder. El acento pesaroso de

Velasquín es para la dama un ruido más, un rumor que se une al de las

olas y que envuelve y apaga con dulzura los estridentes gritos de

_Gabriela_...

Alarmado por tan singular actitud, Adolfo se confunde y entristece

porque no halla razón á la indiferencia extraña de su esposa. Cayendo la

noche tornan los dos al hogar mudo y áspero, donde las incertidumbres

del mozo vuelven á insinuarse, mientras el señorío de Torremar,

congregado en el paseo, celebra al aire libre una de sus veladas

domingueras, no ya en plácemes de boda como la anterior, sino en

derroche de vilipendios contra Regina de Alcántara, que otra vez sale de

aventuras á dejar en su camino una huella de escándalo. Y del coro de

vivas murmuraciones surgen con fuerte aroma exótico, entre mal

disimulados celos, un elegante perfil y un haz de cabellos rubios que

ondulan como bandera de rebeldía, malignos y seductores...

Agua de Nieve (Novela) · 第 40 / 54 题