POR qué lloras, Ana María?
Al son de esta pregunta, hecha con varonil y cariñoso acento, se
estremece la joven y trata de esconder su pesadumbre; pero Manuel
Velasco, sorprendido de hallar á la niña de Ramírez tan afligida y
llorosa, en la gran sala del laboratorio, se acerca dulcemente con una
noble expresión de ternura.
Es muy temprano. La cobarde claridad de una mañana inverniza penetra por
los altos ventanales del salón y desciende hasta el suelo, como la
lumbre perezosa de un crepúsculo. Bajo esta luz tan desmayada y triste,
tiene el laboratorio un rígido semblante de aula desierta, de museo
abandonado: las recias paredes; el techo de obscuros artesones; las
puertas de hojas macizas; los estantes y anaqueles llenos de volúmenes,
de aparatos científicos é instrumentos de labor; la fauna y la flora,
disecadas y expuestas en aparadores y vitrinas, los metales, pedruscos,
fósiles, monstruos submarinos, reliquias de la prehistoria; todo parece
viejo, exangüe, descolorido, muerto, como si la naturaleza, agotada y
marchita, yaciese en libros apolillados, en aguas turbias y en cárceles
de cristal.
Una fuerte atracción guía con frecuencia los pasos de Ana María hacia
este recinto de soledad y de tristeza, donde las voces retumban solemnes
como en un templo. Si Manuel trabaja, la niña no le interrumpe: llega
hasta el dintel, clava allí la penumbra de sus ojos, escucha, sonríe, y
se aleja despacito, con la pena de no atreverse á entrar. Sólo algunas
veces llama para balbucir:
--Mi padre padece demasiado... Tengo miedo... Acude, por Dios...
En ocasiones, abriendo la puerta de repente, el discípulo ve una sombra
fugitiva que en el obscuro corredor deja rastros misteriosos, como el
perfume de un secreto...
Aquella mañana, cuando Manuel sorprende á la madrugadora embebida en sus
pesares tan temprano, se revela el más profundo cariño en la voz, que
pregunta:
--¿Por qué lloras, Ana María?
Y entre el desorden de los cabellos graciosos, ella levanta el semblante
apasionado y dulce para responder muy firme:
--No lloro por _él_... Te lo juro.
Lo mismo que Carlos una noche en el robledal, Manuel interroga con
sorpresa:
--¿No le querías?
--Sin duda, no. Sus traiciones sólo me inspiran lástima. Lloro porque mi
hermano sufre de un modo cruel y me siento incapaz de consolarle.
--Yo te ayudaré. No llores... le salvaremos.
Es tan enérgica y piadosa la expresión del amigo, que Ana María le
contempla mudamente, con aquella mirada suya rebosante de revelaciones,
que á Manuel le hace temblar.
--Buscaremos--dice él huyendo de tales miradas, breves y agudas como
gritos--una eficaz medicina para Carlos.
--¿Sólo para Carlos?--pregunta la moza, ingenua y anhelante.
--Pero ¡si á ti no te hacen falta! En cuanto él se cure serás tú
feliz... ¿No es cierto?
--¡Feliz... feliz...!--balbuce ella.
Y viéndola desfallecer con blancuras de lirio, Manuel la sostiene en sus
brazos al borde de la mesa donde se apoya, entre vasijas con líquidos de
colores, pinzas y bisturíes.
--Entonces... ¿le querías?--inquiere Velasco lleno de incertidumbre y de
piedad.
--No... no...
--Pues si vamos á curar á Carlitos, ¿por qué lloras?
Una cabeza muda y pálida rueda sobre el hombro del caballero, y todo el
busto de la muchacha, inerte y exánime, queda entre los brazos
acogedores. Guarda Velasco, junto á sí, un momento, la reliquia de
aquella frente pura y humilde, como trémula corola de una flor; levanta
después el dulce peso de la joven desvanecida, la tiende en un diván, y
angustiado, presuroso, rocía las heladas sienes, frota los pulsos
irregulares y acerca á la afilada naricilla un frasquito de sal. De
hinojos en el suelo, á los pies de la niña inmóvil, avizora en sus
labios el soplo de la blanda respiración; y hay en la arrogante figura
del discípulo, en su actitud devota y recogida una ternura paternal, un
resplandor de fuertes y contenidos amores.
Va creciendo la mañana, lluviosa y triste; en los sonoros ámbitos del
aula reina un silencio imponente. ¡Con que terrible melancolía se
dibujan allí los tesoros y los misterios del mar, las algas, las conchas
y las flores, las piedras y los moluscos, los pólipos gigantescos, las
osamentas prehistóricas; jirones arrancados á las entrañas de la vida,
yertos despojos de la ciencia militante! A la indecisa luz que vierte el
cielo en el ancho salón, se ven confusamente aletas enormes y
monstruosos tentáculos; arrecifes coralinos en miniatura; animales vivos
en redomas de cristal; frascos panzudos donde el alcohol sostiene cien
formas de vidas muertas...
Pero todo aparece sin el debido concierto ni la pulcritud que fuera
menester. Añorante de las próvidas manos de Carlota, esta gran cátedra
en que un solo discípulo estudia y vigila, tiene á la sazón un aspecto
de pesadumbre y de abandono. Aquí donde tuvieron sus gérmenes las
íntimas tormentas familiares, pasó antaño una ráfaga de heroísmo que dió
al laboratorio cierto rumbo y compostura. Cuando Carlota posaba sus
manos lindas y veloces en todo este arsenal languideciente; cuando ella
ponía su gracia y su entendimiento al servicio de la ciencia, entre el
sabio iracundo y el discípulo fervoroso, diríase que hasta en las vidas
inferiores y petrificadas del museo se encendía una promesa de
resurrección, un soplo invisible de inmortalidad. Y ahora que no
estallan las voces furibundas en el derrotado salón, ahora que la
heroína no ennoblece con sus lágrimas el semblante frío de esta ciencia
ruinosa, todo aquí tiene un tinte de fracaso, un perfume acre y mortal.
El biólogo, al recluirse mudo y hostil en su gabinete, ha dejado en
irreparable revolución las colecciones, y ha puesto en fuga al breve
personal que en su parte profana asistía á todos los menesteres del
instituto. Sólo un misterioso encanto, de muy hondas raíces y muy
fuertes ligaduras, abre todavía aquella puerta para que el discípulo de
don Juan trabaje, sueñe ó llore... Más bien parece que sueña ó que
llora, á juzgar por el desaliño de su mesa de labor y por el trágico
matiz del aula. Y aunque va y viene por ella el «hada del Robledo»,
algún otro hechizo, como el que Manuel sufre, la incapacita para
prevenir y atender aquellas minucias donde puso sus manos incansables la
_Bella durmiente del bosque_...
A esta luz grísea, en este marco singular, adquiere ternura conmovedora
el grupo de la niña aletargada con el caballero de hinojos á sus pies.
Ya éste se impacienta, aguardando un síntoma de reacción en aquel ser
angelizado y noble, en cuya frente el dolor finge un sueño. Tiene la
muchacha inclinada la cabeza hacia Manuel, y toda su figura grácil yace
desvanecida, con trazas de profundo cansancio, como si hubiese caído en
el sofá después de un peregrinaje azaroso y terrible. La dulce faz
dormida denuncia una temprana pena, y á la pálida boca parecen acudir,
en amargo pliegue, implacables tristezas de amores imposibles.
Aquel gesto delator pone tal semejanza entre la niña y su madre, que
Velasco, absorto y dolorido murmura:
--¡Carlota!... ¡Carlota!...
Como si este nombre la despertara, anhela el pecho de la joven, tiembla
un suspiro en sus labios y abre los ojos con angustioso esfuerzo, muy
turbada, muy sorprendida.
De repente se alumbra su memoria: ya sabe por qué está allí sin fuerzas
y sin voz; por qué Manuel le dice cariñoso y aturdido:
--Esto no vale nada... Ya pasó; no te asustes.
Pero ¿qué? El está de rodillas acariciando las manos yertas de la
muchacha: ¿cómo puede suceder semejante cosa?
--¡Dios del cielo!--prorrumpe Ana María, levantándose con vehemente
impulso de esperanza y emoción.
Y Velasco, que también se levanta, la mira ahora hasta el fondo de los
pensamientos, hasta hacerle bajar los melados ojos. Pero no está
conforme todavía; ha llegado el instante decisivo en que él debe conocer
todo el grave secreto que vislumbra. Toma familiarmente la barbilla de
la muchacha y alza aquel lindo rostro, entre nubes de rubor, diciendo:
--Mírame bien.
Ella obedece, trémula y roja. Una niebla de llanto se deshace sobre la
luz humilde, como albor de lámpara, que la pasión enciende en aquellos
ojos.
--Ya te miro--musita.
El discípulo de don Juan es un gran sabio, sin duda, en más de una
ciencia humana, porque no se deja engañar por el velo que en aquellas
pupilas obscurece á la delatora lumbre.
Ya leyó, de corrido, en el precioso corazón de la mujer que le oye
suspirar y le oye decir:
--¡Pobre ángel!
Y al comprobar sus temores, pálido y serio, sólo se le ocurre á Velasco
esta pregunta, tácita y honda:
--¿Por qué «entonces», te ibas á casar con otro?
--¡Oh, Dios mío!--gime la turbada niña, que sólo sabe mentar á Dios en
aquel apuro tan tremendo. Se ve descubierta. Comprende que ha mostrado
el tesoro de su alma, precisamente al hombre á quien más quería
ocultarle.
--Pero yo nada te he dicho--balbuce con timidez y asombro, sin
comprender que alude al oculto reproche del caballero, ratificando así
la inconsciente confesión de sonrojos y lágrimas en aquella hora
sentimental.
Manuel la contempla, ausente de sí mismo, envolviendo en una mirada
piadosa y limpia la juvenil hermosura que se le ofrece con tan ingenua
sencillez.
Alta, mimbreña, con el cabello tenebroso, la boca dulcísima, los ojos
enamorados y obscuros, la tez de una blancura mate y doliente, Ana María
Ramírez es el vivo retrato de su madre. Aquel ademán gentil para alzar
los cabellos sobre la frente, aquel hechizo de melancolía, la voz triste
y suave como una romanza, todo es en ambas semejante y original...
Meditando en ello, Manuel Velasco sueña y adora, mientras la niña,
confusa y atormentada, está á punto de echar á correr. El adivina su
movimiento de fuga y la detiene.
--Todo el mal que mi hermano os hace--dice con solemne tono--, yo juro
repararlo.
--¿Por lástima?
--Por amor.
--¡Ah!
Duda la niña, tremante y absorta, al borde de un abismo de felicidad,
que mide su corazón por primera vez. Y Velasco, viendo disiparse la
niebla de lágrimas en los radiantes ojos, sonríe y promete todavía:
--Por amor, te haré muy feliz...
No miente. Por un profundo y noble amor, lleno de caridad y devociones,
ha jurado hace tiempo ser la providencia de Carlos y Ana María. Cumplirá
su promesa por encima de todos los renunciamientos y de todos los
sacrificios. Y como la muchacha, sacudida por violenta emoción, está
pendiente de los labios que la sonríen, él acude á desvanecer los
temores y las sombras que adivina en su actitud interrogante.
Tiende los brazos, acogiendo á la niña como cuando era pequeña, y la
infeliz goza tan consolada ternura sobre aquel corazón amigo, que sus
dolores se deshacen en alegría inexplicable y muda, en tanto que Manuel
le dice:
--Antes que de nosotros, nos ocuparemos de tu hermano, ¿quieres?
--¡Sí, sí!... ¡Pobre hermano mío!
--Vamos á darle una carta que le alegre mucho... ¿De quién dirás?
--¿De quién?
--¡Si fuera de tu madre!
--¡Una carta de mi madre!--pronuncia Ana María con asombro rayano en
terror.--¡De mi madre!--repite. Y luego interroga fuera de sí:
--Entonces... ¿la escribes tú? ¿Sabes dónde está?
Tiene extraña prisa por separarse de Velasco; pero él, reteniéndola,
dícele de nuevo:
--Mírame á los ojos.
--Ya te miro--torna á responder seria y amarga.
--Me ves el corazón..., ¿no es verdad?... Escucha: tu madre escribe á la
mía, porque desde lejos vela por vosotros. ¿Supones que podría vivir sin
saber de sus hijos?
Ha puesto el mozo en estas frases calor de honradez y bálsamo de
oración, con tal eficacia, que la niña, un tiempo recelosa de la
asiduidad de Manuel en aquella casa, ya nada sospecha ni teme.
--¡Oh, mamá, mamá!--llora con infinita dulzura, sintiendo cómo las
caricias de su madre llegan, providentes y milagrosas, á curar su
infortunio.
Pasado el primer estremecimiento de la consoladora novedad, hablan largo
y tendido Ana María y Manuel. Buscan horizontes de esperanza bajo la
cerrazón de las nubes decembrinas, precisamente en el instante en que
unos novios vuelven de la parroquia, con más trazas de duelo que de
nupcias.
Al final del palique en que se engolfan la niña y el caballero, sabe
ella cómo su madre se esconde en un rinconcillo francés, entre Pau y
Lourdes, acechando la abrupta ribera española, donde por antojos de la
suerte se llegó á convertir en selva de corazones tristes cierto bravo
robledal. Y Manuel sabe, en confesión muy difícil y tímida, que una
mujer encantadora, con alma de ángel, amó en Velasquín un sueño, un
apellido... tal vez la semejanza con otro hombre que era el realmente
amado y que á la moza le parecía un imposible...