_Den lieb' ich, der Unmögliches begehrt._
(FAUSTO, segunda parte, acto II.)
Difícil es decir algo nuevo y bueno sobre Goethe, de quien tanto se ha
escrito. Hacer aquí un extracto de juicios y opiniones de otros, no nos
parece bien, y no se aviene además con la condición de nuestra tarea,
que ha de ser breve, no ha de abarcar en su totalidad a Goethe y sus
obras, y ha de concretarse a una: el FAUSTO. Sin embargo, aunque no
publicamos el FAUSTO completo, sino la primera parte, no es posible
hablar de ella sin hablar de la segunda, ni es posible tampoco hablar de
todo el poema sin dar alguna noticia sobre el ingenio, los estudios, la
índole y demás prendas del autor de dicha obra, la más importante, sin
duda, de cuantas Goethe compuso, y aquella por la cual vino a ser más
ilustre, y a merecer más alabanzas y aplausos en todas las naciones
civilizadas.
No hablaremos, pues, exclusivamente del FAUSTO; pero del FAUSTO
hablaremos principalmente; y, procurando prescindir de los juicios
extraños, tal vez se logre que los propios tengan alguna novedad, sin
que, por el prurito de buscarla, nos extraviemos.
EL FAUSTO es una obra dramática, y la primera parte, con el arreglo
indispensable para la escena, se representa en los teatros alemanes;
pero, así dicha primera parte aislada, como el conjunto que de ambas
tragedias o partes resulta, aspiran a tener muy superior importancia.
No basta para calificar el todo afirmar que es un poema. Toda narración
o acción escrita en verso es poema también. Para determinar aquello a
que el FAUSTO aspira, se requiere una previa explicación.
En la aurora de toda cultura humana, antes de que hubiese grandes
ciudades y de que se edificasen y aun se inventasen teatros, nació la
poesía; nació quizá al nacer el habla; y la poesía fue de dos modos
principales: lírica y épica. Un himno, un cantar, una mera copla, donde
el autor muestra su amor, su veneración, su ira, o donde nos trasmite la
expresión que del mundo exterior recibe, o donde expresa sus deseos,
temores o esperanzas, se llama poesía lírica: y se llama épica cuando
cuenta el poeta batallas, lances de amor y fortuna, sucesos, en fin, de
la vida de los hombres.
Ya se entiende que la tal división es muy posterior a lo dividido. Hubo
poesía lírica y épica siglos antes de que a nadie se le ocurriese
distinguir los géneros con los nombres que aquí les damos, o con otros.
Es de advertir asimismo, que, en la manera de hacer la demarcación y
deslinde de ambos géneros, ha habido graves diferencias, según el punto
de vista de los críticos en esta época o en aquélla.
No satisface, a la verdad, decir que lo narrativo es épico, y lírico lo
no narrativo. Odas, canciones, idilios, églogas hay, donde se cuentan
hechos, y nadie afirma resueltamente que sean épicas tales
composiciones. Se dan romances, cánticos triunfales, epitalanios, himnos
en loor de dioses, semidioses, héroes o santos, donde también se narra,
y no son épicos puros. Llamar épico-líricas a estas poesías porque
tienen en sí los dos caracteres, no resuelve la dificultad. Dentro de la
epopeya más tenida por epopeya, hay a veces mucho lirismo.
La existencia de uno y otro género es evidente; pero no aquieta al
espíritu el poner por fundamento de la distinción algo de tan externo
como el narrar o el no narrar. ¿Qué poesía no narra? ¿En qué obra
escrita no se cuenta algo, a no imaginarla compuesta de ayes, suspiros e
interjecciones?
Lo épico, por consiguiente, quizá se pueda distinguir con más
profundidad de lo lírico, si en este último género vemos la personalidad
del poeta, su singular inspiración, y en el otro género consideramos al
poeta como sabio popular, archivo con voz y con vida, y peregrino
observador y colector, que recoge, guarda y enlaza en el tesoro de su
memoria, y divulga luego, las tradiciones heroicas y religiosas, las
ideas sobre el universo y los dioses, y cuantas doctrinas, en suma, todo
pueblo impersonalmente ha ido creando en el árbol de las civilizaciones.
En este caso, los libros sagrados, serían épicos, y más aún, los de
aquellos países donde estos libros no se forjan y custodian en el seno
de una carta sacerdotal, sino que nacen espontáneamente, y por impulso
impremeditado y divino, del seno de la muchedumbre. Y en este caso, no
serían épicos sólo los poemas que narran, sino también los que enseñan,
ya toda una religión, ya toda una moral, ya por medio de reglas o
sentencias desligadas y por estilo de refranes, con tal de que se pierda
o se exfume la personalidad del poeta, y el contenido sustancial de la
obra aparezca como dictado por el pueblo mismo o por un numen que viene
a ser la propia conciencia del pueblo, la cual toma ser en la fantasía
como persona superior y del cielo.
En el principio de toda civilización, el vivir del pueblo, aparece
heroico y divino, esto es, consiste en empresas guerreras, en aventuras
y en hazañas, donde intervienen los dioses (que viven entonces
confundidos con los mortales y que se apasionan por ellos); como
auxiliares unos y como contrarios otros; de donde resulta el carácter
distintivo de la poesía épica, aquello que constituye la unidad de todo
gran conjunto o poema. Este carácter es guerrero y religioso a la vez y
por lo común el argumento del poema, viene a ser una empresa feliz del
pueblo para quien se escribe, cuyas virtudes, excelencias y energías
capitales, están cifradas y personificadas en un héroe castizo, de su
raza, si bien con no poco de Dios, engendro, concepción o encarnación de
alguna deidad, como Aquiles o Rama.
La epopeya, así entendida, requiere, como se ve, el momento dichoso en
que aparece el entendimiento colectivo de un pueblo: es la primera flor
de su cultura, y pide para abrirse la primavera. Y siendo además
indispensable, a fin de que la epopeya logre vida inmortal y clara, gran
primor de forma y nitidez y flexibilidad de expresión, es indispensable
también, la rarísima coincidencia de que, en ese momento inicial, en ese
florecer intuitivo de la inteligencia y de la fantasía de la
muchedumbre, posea ésta un idioma formado, rico y hermoso, como
aconteció en Grecia, cuando surgió por vez primera la _Ilíada_ o fueron
apareciendo los diversos cantos de que más tarde hubo de tejerse toda
ella.
De aquí que se cuenten muy pocas epopeyas con esta perfección genuina y
legítima. En unas, la rudeza o deformidad del lenguaje afea torpemente
la obra, y no permite que su beldad interior se exprese con limpieza y
brío. En otras, cuando el pueblo no ha de lograr en lo futuro un alto
desarrollo intelectual, tampoco se dan los gérmenes al principio, y de
aquí lo vano o rastrero del contenido épico. Y en otras, interviene una
casta superior sacerdotal, o si no casta, congregación o clase, que
quita a la epopeya mucho de lo popular, espontáneo y candoroso. En suma,
es difícil o fue difícil que la epopeya, así entendida, se diese de un
modo digno. Apenas se pueden contar más que las homéricas.
Importaba, además, que el pueblo, donde la epopeya iba a nacer, tuviese
el germen de una gran civilización propia, no ofuscada por recuerdos
distintos de otra civilización pasada o extraña; y que, si algo o mucho
tomaba de otras civilizaciones, fuese con tal brío plasmante, con tal
fuerza de asimilación, que lo disolviese todo, mezclándolo con el jugo
de sus entrañas, y que todo lo derritiese y fundiese con su calor
natural, y que luego esta masa, fundida y hecha sustancia propia, la
vaciase en molde, propio también, de donde saliera a luz, reluciente,
nueva, con forma adecuada y castiza, y con sello peculiar, indeleble.
De esta suerte puede afirmarse con fundamento que la Minerva griega
salió grande y armada, del cerebro de Homero; esto es, que filosofía,
historia, ideas religiosas y políticas, artes de la guerra y de la paz,
teatro, todo, en una palabra, se muestra, no ya sólo como germen
fecundo, sino como flor que va a abrir el cáliz y a dar fruto sabroso y
semilla abundante, en los versos divinos, de la _Ilíada_ y la _Odisea_.
Cuando un crítico italiano, a fin de ensalzar a Dante, igualándole a
Homero, dice que la Minerva italiana salió del mismo modo de la cabeza
del vate florentino, incurre en error evidente, hasta para quien mira
estas cosas del modo más superficial. La Minerva italiana estaba ya
nacida y harto crecida. Toda la literatura de los romanos, de Italia era
y en la memoria de los hombres vivía. Una religión con moldes definidos
e inflexibles, con sistema moral completo, había sido adoptada viniendo
de fuera; sobre estos fundamentos habían razonado y filosofado sabios
enciclopédicos como Alberto Magno y Santo Tomás de Aquino; y, por
último, no se ignoraba la antigua cultura helénica, anterior y posterior
al Cristianismo. Todo esto formaba ya un conjunto de conocimientos, un
sistema entero, informando una civilización italiana y católica. Dante
sería un hombre capaz de abarcarlo en su mente, hábil para expresarlo y
reflejarlo en sus versos, hasta donde era posible que tanto asunto en
sus versos cupiese; pero Dante no producía un documento inicial, sino un
reflejo brillante del saber y del sentir de muchas generaciones, reflejo
que sin duda podría iluminar y encender el ánimo de los hombres de su
edad y de los venideros. Ni se alegue que toda aquella doctrina era
antes propiedad de pocos eruditos, que estaba en latín o en otra lengua
muerta, y que Dante la divulgó en lengua viva, creando casi la lengua o
haciéndola apta para expresar tales conceptos: lo cual implica, sin
duda, mérito extraordinario, pero no tan subido que con el mérito y
valer de Homero podamos equipararle. Y esto con plena independencia del
valer de cada poeta, porque proviene de la misma naturaleza de las
cosas.
En la edad primitiva, el poeta es profeta, sacerdote, legislador,
teólogo, astrónomo, moralista, geógrafo, y todo a la vez; o más bien no
es nada de esto; apenas si es persona; su personalidad se exfuma y
desvanece en la penumbra crepuscular de la historia. Homero, Viasa y
Valmiki casi son _mitos_; son como los patriarcas, no ya de la sustancia
corpórea, sino del espíritu de las naciones; son como los héroes
epónimos, no de la asociación política, sino de la comunidad mental;
son, en suma, el eco inmortal y sonoro del verbo creador y del espíritu
fecundo de un noble pueblo que nace. Su obra abarca cielo y tierra. En
ella se reúne la candorosa enciclopedia de la edad divina. Nada falta.
Todo está allí por modo eminente.
Por espacio de muchos siglos no se entendió así la epopeya, antes bien,
con crítica más exterior que íntima, y fijándose en el asunto o trama, y
más que en la sustancia en la forma, se creó la epopeya artificial,
según ciertas reglas, y cantando las hazañas de algún héroe o de varios.
Así Virgilio escribió _La Eneida_, Camoëns _Los Luisiadas_, y _La
Jerusalen_ Tasso.
Cierto que se han dado algunas epopeyas espontáneas, en épocas, no de
primera juventud para un pueblo o raza, sino hallándose ésta, por siglos
destrozada y caída: pero tales epopeyas, sea cual sea el encanto que
haya sabido darles un singular poeta, en lo esencial, más que nacidas,
parecen desenterradas y resucitadas con ocasión de grandes esperanzas
que se despiertan en el pueblo vencido, no bien sus vencedores y
opresores son a su vez vencidos y oprimidos por otros.
Así brotó, transfigurado y esplendente todo el ciclo del rey Arturo y de
la Tabla-redonda, cuando los normandos, venciendo a los anglos, vengaron
a los bretones; el _Shah-Nameh_ de Firdusi, cuando los turcos, venciendo
a los árabes, vengaron a los pueblos del Irán; y hasta el Kalewala,
aunque más por esfuerzo de mera erudición que por flamante inspiración
poética, cuando Finlandia pasó al dominio de Rusia, vencidos los suecos,
sus dominadores antiguos.
Reconociendo otros poetas, o por virtud crítica o por atinado instinto,
que el tiempo de la gran epopeya había pasado ya, y viendo que hay
tesoros de materia épica, difusa e informe, quisieron reunirlos en
armónico conjunto; pero, careciendo ya de fe en aquello que cantaban,
pusieron en el canto cierta discreta ironía y burla y risa más o menos
disimulada. Así, por ejemplo, Ariosto escribió _El Orlando_, y Wieland
_El Oberon_, ya casi en nuestros días.
Consideraron otros que, si bien la epopeya heroica, tiene hoy que ser
anacrónica, no debe serlo la religiosa; y con esta idea más equivocada
aún, porque lo épico a lo divino implica mucho de infantil en el
concepto de la divinidad, o bien algo de tan metafísico y desnudo de
imágenes que no es poesía o es poesía narcótica, escribieron poemas
épicos religiosos, como Milton _El Paraíso perdido_, y Klosptock _La
Mesiada_.
Los más acertados, en nuestro sentir, fueron aquellos que, prescindiendo
de la epopeya grande y completa, donde todo se quiere explicar o
representar, redujeron la poesía épica a menores proporciones, y
eligieron por héroes y asuntos de la narración, no lo fundamental, sino
lo derivado del fundamento; no el misterio religioso y dogmático, sino
algún prodigio que realza el misterio; no la religión o el _mito_, sino
la leyenda o el cuento. En este género, acudiendo siempre a la
tradición, se han escrito obras muy bellas, y quizá una de las mejores,
sea de un español: _El Estudiante de Salamanca_. Otros poetas hasta de
la tradición han prescindido, desechando la colaboración del pueblo en
su obra, y han escrito cuentos, o bien tomando el argumento de la
historia más o menos anecdótica, o bien creándolo todo en la fantasía:
así Byron, en _El Corsario_, _Parisina_, _Lara_, _El Giaour_ y _La Novia
de Abidos_.
De todos modos, desde el renacimiento hasta más de mediado el siglo
XVIII, prevaleciendo el gusto llamado clásico, que se fundaba en
preceptos juiciosos, por más que en algunos puntos fuesen superficiales,
y hasta rayasen en arbitrarios (preceptos que Vida y Boileau habían
sacado de la interpretación de Aristóteles y de Horacio), la epopeya, en
la práctica al menos, no se aspiró a que fuese trascendental,
enciclopédica ni muy _docente_, y se redujo a narrar una acción gloriosa
de algún héroe nacional, o de toda Europa, o de todo el humano linaje,
agrupando en torno, como ornamento y con simétrica economía, varios
episodios bien traídos y no impertinentes, que no rompiesen la unidad
del poema, ni embarazasen demasiado la marcha de la acción, la cual
había de ir con el debido crecimiento de celeridad hacia su término y
final desenlace.
Lo _docente_ en grado superlativo quedó desechado y aun fue objeto de
burlas. Parecía en efecto que, dado el desarrollo actual de la ciencia,
quien tratase de enseñar mucho en su poema había de ser un delirante.
Todavía Moratin, al dar consejos burlescos a un poeta ridículo, le dice
que ponga en cifra en su epopeya todos los conocimientos humanos.
Botánica, blasón, cosmogonía,
Sacra, profana universal historia,
Cuanto pueda hacinar tu fantasía
En concebir delirios eminente.
Sin embargo, aun antes que se rompiera el yugo _clasicista_, el
filosofismo francés del siglo pasado había movido a los poetas de más
alientos a crear el poema que todo lo enseñase; pero los más desecharon
la acción, se limitaron al género didáctico, y trataron de escribir el
nuevo poema _De la naturaleza de las cosas_. En este sentido hubo
tentativas de Le Brun, Fontanes, Andrés Chénier y muchos otros.
Se hacían por entonces estudios más completos sobre el arte en general;
había nacido y hubo de divulgarse una a modo de ciencia moderna, llamada
filosofía de lo bello, estética o calología, y llegaron a comprenderse
con más profundidad crítica las diversas literaturas. Esto trajo
grandísimas ventajas, pero dio vida a extrañas aspiraciones, inspiró
sobrado menosprecio de reglas, que, por estar formuladas de un modo
empírico, no dejan de ser razonables y prudentes, y avivó en muchos el
deseo, y engendró el imposible propósito, no ya de enseñar una ciencia
en un poema didáctico sin acción, sino de enseñarlo todo en la acción
del poema, acción maravillosa y simbólica, cada uno de cuyos momentos
había de entrañar misterios profundos.
Nuestra ciencia metódica, dividida en multitud de ciencias que entre sí
se enlazan, fundada en un inmenso cúmulo de hechos que la observación y
la experiencia han ido suministrando, cuyo ser y valer estriban en el
más severo encadenamiento dialéctico, y cuya vida y organización
dependen de la rigorosa precisión de la definición, del lenguaje
técnico, de una árida y enojosa clasificación, y de una nomenclatura tan
útil como arrastrada y prosaica, se oponían y se oponen a la pretensión
de tales poetas. Los que han tenido dicho intento, y no han sido pocos,
han dado a luz por lo común monstruosos engendros. A nuestro ver, la
epopeya trascendental, menos realizable que la cuadratura del círculo,
que el movimiento continuo, y que el arte de hacer oro, es una mala
tentación, muy cercana de la locura.
El ejemplo de los metafísicos ha seducido y extraviado a los poetas;
pero los metafísicos tienen disculpa. Allá en las edades primeras, los
hubo también que abarcaron todas las cosas visibles e invisibles,
divinas y humanas, y se pusieron a explicarlas. En esto resplandece el
candor de la niñez. Así las escuelas de Elea, de Pitágoras y de otros.
En el día se concibe el mismo propósito, aunque por más difícil y largo
camino. Declamen cuanto gusten los positivistas, es innegable que el más
completo conocimiento de los seres o de sus calidades al menos, la
experiencia activa de siglos, y el haberse elevado el sabio, de la
observación y estudio de los hechos, a leyes generales de certidumbre
notoria, han infundido la natural e inevitable ambición de reunir y
enlazar dichas leyes bajo un principio único de donde emanen, de
someterlo todo al mismo fin y al mismo comienzo, y de fundarlo sobre
base inconcusa, encerrando, con la explicación debida, a Dios, al
universo y al hombre y sus destinos, dentro de un armonioso sistema. Si
al intentar esto no se ha logrado nunca llegar a la verdad, donde el
espíritu se satisface y aquieta, al menos se han creado obras pasmosas
de imaginación, como, por ejemplo, las de Leibnitz y las de Hegel.
Pero el error del poeta ha estado en no ver que el camino, por donde se
va a dicho término, no es ni puede ser el suyo. Ese camino es el de la
cavilación científica, del severo meditar, de los argumentos, antinomias
y silogismos, del método lógico, ya subiendo por el análisis, ya bajando
desde la síntesis, operaciones todas contrarias por naturaleza a la
poesía: la cual no puede construir ese palacio encantado, ora sea de la
verdad, ora del sofisma deslumbrador, sin que esto se oponga a que entre
en él cuando esté ya construido, y le célebre en un himno, en un
ditirambo, en un epinicio, o en una oda colosal. Claro se ve, por lo
dicho, que comprendemos a un poeta cantando dignamente en un rapto
lírico las Mónadas, la Armonía prestablecida, el eterno desenvolvimiento
de la Idea, o algo por el mismo orden. Lo que no comprendemos es que
cree él o fabrique algo por el mismo orden en toda una epopeya. La
epopeya, que nazca de tal prurito, será una pesadilla, un delirio, un
caos, una mesa revuelta, una fantasmagoría, y casi una borrachera, que
al mismo tiempo explicará y fundará poco o nada; que aburrirá a los
ignorantes por demasiado honda; y que tal vez por demasiado somera
provocará la desdeñosa sonrisa del filósofo y del hombre científico.
Sin embargo, de la manía de componer una obra poética de dicho género no
han adolescido sólo los locos, sino también hombres de juicio, de reposo
y de peso, entre los cuales, sin duda, descuella Goethe.
Si la empresa no fuera imposible, nadie mejor que él, de un siglo a esta
parte, hubiera podido realizarla en Europa. Veamos qué prendas tenía,
con qué elementos contaba, y examinemos luego la obra misma, el FAUSTO,
donde pretendió realizar su descomunal y titánico propósito.
Goethe no es poeta sólo: es el escritor por excelencia. Se comprende,
sin que por eso se apruebe, que Emerson, suponiendo un alma suprema, a
quien representa en el mundo, en diversas y elevadas funciones, cierto
número de varones egregios, haga de Platón el filósofo, de Montaigne el
escéptico, de Napoleón el hombre de acción, y el escritor de Goethe.
La mente de Goethe era terso y mágico espejo, donde se reflejaban el
mundo visible y el invisible, la naturaleza y la historia, lo real y lo
ideal, con brillantez y claridad no comunes. Y no era espejo meramente
pasivo, sino que ordenaba las imágenes y representaciones, las iluminaba
del modo más artístico, y hacía que unas resaltasen más y otras se
perdiesen o desvaneciesen en los últimos términos del cuadro, según
convenía a la evidente demostración de la verdad o a la aparición
celestial y limpia de la belleza.
Sabio a par que poeta, toda inspiración suya va precedida, moderada y
templada por la reflexión. Su anhelo constante de la verdad, hace que a
veces se le pueda tildar de indiferente y frío; pero la serenidad no le
abandona nunca.
Sin fe viva en nada sobrenatural, fijo y concreto, no es fácil que se
eleve Goethe a superiores esferas, a no ser por el ordenado empuje del
entendimiento discursivo. Tal vez no percibe la unidad soberana; tal vez
no es hondo en él el sentimiento moral, tal vez las más nobles cuerdas
faltan a su lira. Escritores mucho más pobres de ingenio, tienen acentos
más penetrantes y tocan y hieren mejor el alma humana. Pero Goethe se
adelanta a los demás poetas de su época y aun a no pocos de las pasadas,
porque todo lo comprende y de todo se vale hábilmente para su poesía.
Sus últimas creaciones parecen el resultado de ochenta años de
observación y de estudio. Hechos inconexos, doctrinas, experimentos y
especulaciones; todo se baraja y se agrupa con cierto orden en torno de
una idea capital: la equivalencia de los tiempos; la afirmación de que
las desventajas de una época existen sólo para los espíritus débiles y
enfermizos; la negación de que nuestra edad sea la edad de la razón por
contraposición a la edad de la fe; y el convencimiento de que la fe y la
razón viven en perpetuo sincronismo; de que la poesía y la prosa de la
vida se compenetran y funden; de que el mundo es joven y la humanidad
casi niña; y de que los patriarcas, videntes y profetas, se entienden
con nosotros, a través de las edades, y nos saludan y nos alargan la
mano, y nos animan a tener confianza y a escribir nuevas Biblias y a
unir la tierra con el cielo.
Como se ve, Goethe no era un creyente, si por creyente entendemos el que
cree en religión determinada; pero distaba mucho de ser un escéptico.
Nos inclinamos a afirmar que era optimista, como casi todos los grandes
pensadores alemanes, desde Leibnitz hasta que aparecen Schopenhauer y
Hartmann. Y en lo tocante a la bondad del espíritu del siglo, no ya de
creyente, sino de apóstol conviene calificarle.
Añádase a lo dicho otra condición esencial de su mente, que Emerson
señala muy bien, y que el mismo Goethe patentiza con complacencia en
_Poesía y Verdad_, que es su autobiografía. Para Goethe la vida vale más
como _teoría_ que como _práctica_. La especulación es más noble y alto
fin que la acción. Hasta la acción, por lo que más significa y vale es
porque la especulación vuelve sobre ella y la toma por objeto. ¿De qué
serviría, de qué valdría todo este Universo; a qué la pompa de los
astros, la armonía de las esferas, la armonía de las plantas y de los
animales, los sucesos de la Historia, la vocación de las razas, la
fundación y destrucción de los Imperios, las pasiones, los bienes y los
males, los amores y los odios, si no hubiese una inteligencia que lo
comprendiese todo, que lo pintase en su centro, y hasta que lo
reprodujese con más primor, orden, sentido y hermosura, que ello tiene
de por sí?
Esto pensaba Goethe, escritor por todos los poros, y en este pensar,
hasta nuestros propios actos, faltas, extravíos, dolores y miserias, son
objetos de la _teoría_.
Proceden del mencionado concepto, que la gente, por lo común, forma de
Goethe, raras acusaciones y defensas no menos raras.
Se supone que hay ciencias y artes, cuyas perfecciones y cultivo
requieren terribles experimentos. Se cuenta de algún pintor que se hizo
bandido y asesino para estudiar bien como mueren violentamente los
hombres; de cirujanos y naturalistas que, a fin de profundizar los
misterios del vivir y del morir, cometieron crueles anatomías y
disecciones en personas vivas; y aún del médico Vesalius que,
aprovechándose de su valimiento y privanza con el Sultán Amurates,
lograba que a menudo cortasen cabezas humanas delante de él para
enterarse a fondo de la contracción de los músculos, de los rápidos
estertores de la agonía y en cierto modo de cómo se desprende el
principio vital del cuerpo que está animando.
Se nos antoja que gracias a Dios, tales estudios experimentales no han
de ser muy necesarios para que nadie adelante en su oficio; pero si lo
fuesen, si a tanta costa hubiera de ganarse la maestría, valdría más
quedarse de simple oficial o de aprendiz que llegar a maestro.
Como quiera que ello sea, no nos atrevemos a creer que Goethe, aunque no
por medios tan sanguinarios, se complaciese en causar dolores, en
excitar sentimientos tiernos y fervorosos y en pagarlos mal luego, en
atormentar a algunas mujeres sencillas y enamoradas, y en otras lindezas
del mismo orden, a fin de estudiar bien en la naturaleza los
infortunios, las angustias, la desesperación y hasta la muerte por
corazón destrozado, que luego había de describir en sus más simpáticas
heroínas.
No nos incumbe escribir aquí la vida de Goethe; pero de seguro que, bien
estudiada y escrita, no había de dar motivo ni pretexto para tan dura
acusación.
Por otra parte, aunque la bondad o maldad moral sea independiente de los
escritos, esto es sólo en cierto grado y de cierta manera. La
diferencia, por ejemplo, entre el héroe o el mártir y el poeta que le
canta, está en que el uno tiene _constante_ y _perpetua voluntad_, y el
otro quizás no la tiene.
Figurémonos que tal poeta se echa a temblar si ve una espada desnuda y
hasta se asusta de un ratón; y todavía, si describe y representa con
hondo sentir y con verdadera expresión al mártir o al héroe, hemos de
creerle capaz de heroicidad y de martirio. Es mártir o héroe, si no
perpetuo, fugitivo y momentáneo, pues si no lo fuera, sería mentirosa y
vana su poesía, y toda persona de buen gusto la rechazaría como se
rechaza la moneda falsa.
Inferimos de lo expuesto, que aun creyendo lo peor de un buen poeta,
sólo podremos creer que peque por debilidad y no por maldad. Quien
siente y expresa lo bueno, lo noble, lo heroico y lo santo, puede ser
débil, pero nunca será impío, ni cruel, ni vil, ni perverso.
Para quien esto escribe, la prueba crítica del valer estético de una
obra de poesía, implica un certificado de valer moral para el autor. O
la poesía es mala o no es malo el autor de la poesía. Lo que dijo del
orador el preceptista hispano-latino, un autor griego lo dijo del poeta:
que había de ser ante todo _bacón bueno_.
Pero no todos ponen por condición indispensable en el buen poeta la
bondad moral; y así, cuando no acusan a Goethe de duro y sin entrañas,
le acusan de egoísta en grado superlativo: sostienen que todo lo
sacrificaba al cultivo de la propia inteligencia, a su serenidad y
olímpico reposo, mirándose a sí mismo como objeto preciosísimo que
exigía el más cuidadoso esmero.
La defensa que hacen algunos de Goethe en este punto, es peor que la
acusación. Presupone una doctrina más absurda que la de aquellos que
creen que para adelantar en ciertos oficios se necesitan terribles
experimentos. Es doctrina semejante a otra que está en moda, y que
consiste en afirmar que esto que llamamos _genio_ es una enfermedad que
proviene del mal de alguna entraña, o de la atrofia de todo un aparato,
a espensas del cual se desarrolla el cerebro, o de alguna perturbación
de todo o parte de nuestro organismo. Afirman, pues, que el genio es
como una divinidad que reside en el alma de quien le posee, y a cuyo
culto y manifestación debe el poseedor consagrar su vida y sacrificarlo
todo: amistad y amor de las mujeres, patriotismo y ley moral. Así los
singulares defensores de Goethe a quien aludimos, suponen que el poeta
sacrificó nobles afecciones y hasta sagrados deberes; pero, lejos de
condenarle, le encomian por ello. Su _genio_ lo exigía, de suerte, que
todos los egoísmos, frialdad de corazón e ingratitudes, que atribuyen al
poeta, se convierten en un remedo del sacrificio de Abraham, si bien
hecho al _genio_, Dios implacable y que no ceja como Jehová, salvando a
Isaac y contentándose con un cordero.
Lo cómico de esta apología no la salva de lo peligroso. ¡Pues no faltaba
más sino que bastase ser _genio_, o creérselo, para no cumplir con las
obligaciones, ponerse por cima de todo precepto y de toda Ley, desechar
del corazón todo santo y puro entusiasmo, y hacerse un egoísta frío y
repugnante, añadiendo a todo ello la insolencia de asegurar que se es
así por devoción y sacrificio costoso al _genio_ mismo, y que más bien
que censura, se merece admiración, alabanza y pasmo!
Lo juicioso es creer lo contrario: que lo que el _genio_ pide para su
culto, educación y manifestación, es la virtud y las bellas pasiones y
el verdadero sacrificio. Y esto no es afirmar que hayan sido santos
todos los hombres calificados de _genios_, sino que fueron _genios_, no
a causa de sus egoísmos, mezquindades y miserias, y sí, a pesar de todos
estos vicios, porque si no los hubieran tenido, no sólo hubieran valido
más como personas morales, sino como genios.
Por último, la defensa, a más de ser sofística, es inútil para Goethe,
en quien no vemos esas malas cualidades que le suponen, convirtiéndolas
en buenas o cohonestándolas por la inmoral doctrina del culto del
_genio_.
Goethe nada hizo para lograr su elevación y su privanza con el duque
Carlos Augusto de Gemirá, quien le amó tanto como Goethe pudo amarle, y
le admiró y le lisonjeó más de lo que el gran poeta le lisonjeaba. En la
corte de aquel amable príncipe, Goethe, más que cortesano, parecía el
príncipe, el _genio_ a quien todos servían y adoraban. Tan alta posición
no le ensoberbeció nunca, y se valió de ella para hacer bien a no pocas
personas, y singularmente a otros sabios, literatos y poetas, con noble
emulación a veces, con envidia nunca. La misma amistad profunda y
durable, que Goethe supo inspirar a multitud de personas,
compartiéndola, prueba que había calor y ternura en su alma. Por mucho
que se sepa, por elevadas que sean las prendas del entendimiento, no se
ganan así las voluntades cuando no se tiene corazón. El cariño que supo
inspirar a Gleim, a Herder, a Wieland, a Merch, a Kestner y a tantos
otros, prueba que Goethe era digno moralmente de aquel cariño y capaz de
sentirle. De su devoción y celo en el servicio del príncipe dan
testimonio los escritos privados y los documentos oficiales en que dicho
príncipe habla de él. El amor fraternal con que Goethe se unió a
Schiller; el influjo benéfico que ejerció en él; el mayor y más alto
influjo que Schiller, por repetidas confesiones de Goethe mismo, ejerció
en su alma; las _Xenias_, que escribieron juntos; las más bellas obras
del uno y del otro, que mutuamente se consultaban, se corregían y hasta
se inspiraban, prueban que Goethe no era egoísta, o al menos, que si lo
era, era el más amable y excelente de los egoístas.
En sus amores, hay que atender a la nada severa moralidad de la época en
que vivía. Y aun así, lo único censurable es el abandono de Federica
Brion, cuya apoteosis hizo luego el poeta en la Clara de _Egmont_, en
ambas Marías de _Clavijo_ y de _Goetz_, en la Mignon de _Wilchem
Meister_, y en la Margarita de _Fausto_. Pero la verdadera apoteosis de
Federica y la defensa de Goethe las hizo ella misma, cuando rehusó la
mano de Reinhold Lenz, diciendo que «La que había sido amada por Goethe
no podía pertenecer a otro hombre»; y cuando, más tarde, estando ya
Goethe en la cumbre de su gloria, decía ella a los que la compadecían:
«Era muy grande para mí, estaba llamado a muy altos destinos: yo no
tenía derecho a apoderarme de su existencia.» Palabras de santa
resignación y de amor a toda prueba, que ennoblecen a Federica, pero que
dan a la vez claro testimonio de que Goethe no fue tan malo; no destrozó
duramente aquel corazón, donde dejó tan sublime concepto de sí propio y
tan dulce recuerdo.
Contra la soñada impasibilidad de Goethe protestan otros amores, y
singularmente los que le inspiró Carlota Buff.
No se mató por ella; pero _Werther_ fue el precio de su rescate y de su
vida. La poesía le libró. Aquella tremenda y apasionada novela, por más
que en Goethe esté siempre el poeta _objetivo_, que se pone fuera de su
obra, que juzga y sentencia a sus personajes sin compartir sus
extravíos, que los mueve quedando él inmóvil, como el primer Cielo mueve
las otras esferas, contiene también en su protagonista al otro Goethe,
apasionado y vehemente, que el Goethe crítico y severo logró parar al
borde del abismo.
En otras relaciones amistosas o amorosas con mujeres, muestra siempre
Goethe pasión y no cálculo; fuego y no frialdad; ternura y no egoísmo.
La mujer del profesor Boehme le censuraba sus juveniles composiciones,
las enmendaba y podaba sin piedad, y le convencía al cabo de que eran
malas y hacía que él las quemase. ¿Qué poder y que autoridad no debe
ejercer una mujer sobre un poeta para obligarle a tamaño sacrificio?
Catalina Schönkopf rompió con Goethe, no por la frialdad sino porque la
atormentaba con celos. Ana Isabel Sohönmann inspira a Goethe las lindas
composiciones _A Lilí_ y tal vez es ella quien le deja. A la Baronesa de
Stein rindió Goethe un culto espiritual de amistad y de estimación, y,
ya en todo el goce de su celebridad la hizo juez del mérito de sus obras
e inspiradora de algunas. Por último, si Goethe se apasionó de Cristiana
Volpius, y vivió con ella en unión inmoral y escandalosa, enmendó al
cabo la falta, casándose. Su idea del amor, unido al deber, de la vida
santa y respetable del hogar, y de todo lo bello que pueda encerrarse en
dos existencias humildes y honradas, queda para siempre en el más puro
de los idilios, en su poema _Hermann_ y _Dorotea_, donde nos dejó
asimismo la expresión sincera de su amor a la patria alemana, duramente
humillada entonces por las conquistas napoleónicas.
Ya hemos dicho que no nos incumbe escribir aquí la vida de Goethe. Baste
lo apuntado rápidamente para desvanecer infundadas censuras.
Que él diese culto a su clara inteligencia y a sus otras facultades, no
se debe censurar sino aplaudir. Es un deber cuidar de los talentos que
Dios nos confía. Lo contrario, el no ganar nada por ellos o el
disiparlos malamente, es una ingratitud y un abuso de confianza.
Goethe supo cumplir con este deber que sus prendas intelectuales
requerían. Su insaciable y siempre despierta curiosidad le llevó a
estudiarlo y a aprenderlo todo: bellas artes, literatura de cuantos
pueblos la han tenido o la tienen, ciencias naturales, teología,
filosofía y hasta magia y otras ciencias ocultas. Su mente se enriqueció
con todo linaje de conocimientos.
Y no estudió y aprendió solamente en los libros, sino en el seno de la
naturaleza y en la revuelta corriente de la vida humana.
Su larga vida, su actividad infatigable, su inexhausta fecundidad hacen
que el conjunto de sus obras sea grandísimo y variado. Fue poeta lírico,
épico, dramático y didáctico, novelista, filósofo, botánico, zoólogo,
filólogo, autor de cartas y de memorias, de obras de estética y de
arqueología, y apenas parece que haya materia sobre la cual no dejase
algo escrito. Los naturalistas le colocarán siempre en muy elevado lugar
al escribir los anales de su ciencia; y los filósofos, al redactar la
historia de la suya, no pueden ni deben olvidarle.
Goethe siguió con honda penetración y con vivo interés el gran
movimiento filosófico, que se verificó en Alemania durante su vida.
Conservando su independencia, se apropió ideas de unos y de otros, según
se adaptaban más a la índole de su pensamiento, pero coordinándolas en
él, y poniéndoles el sello singular de su persona.
Sobre el deslumbrante hechizo de todo nuevo sistema, desde Kant hasta
Hegel, puso Goethe su alto espíritu crítico, su juicioso escepticismo un
mal llamado _sentido común_, porque más bien era raro y exquisito,
ciertas teorías leibnizianas, y un arraigado sentimiento religioso que
jamás lo abandonó en época de tanta incredulidad, y de tanta
fermentación y florecimiento de metafísicas nuevas.
Goethe creía en Dios; pero su inclinación natural le llevaba a buscarle,
no en el centro del alma, sino derramando el alma en la naturaleza,
donde Dios se le revelaba. Era, pues, más teósofo que místico. Así
propendía más hacia las doctrinas de Bruno, de Espinosa, y de Schelling,
que hacia las de Fichte; pero, del mismo modo que no se dejó llevar
jamás del sensualismo, hasta pensar que la realidad de las cosas y la
impresión que causan en nosotros pueden dar ser a la ciencia, tampoco su
sentido común consintió nunca en dar crédito a la creación de lo real
por lo ideal. Admite ambos elementos, y vagamente los concierta en un
método que llama empirismo intelectual, donde la intuición ejerce el
oficio de la observación del sensualista y de la especulación del
idealista.
Hegel atrae y repugna a la vez a nuestro poeta. Le enamora el eterno
desenvolvimiento de la idea, y su conciencia rechaza el cambio perpetuo,
y el pensamiento de que provenga ya nazca lo más de lo menos, lo
consciente de lo inconsciente, el ser del no ser. Para afirmar en su
mente la existencia de un Dios personal y de la inmortalidad del alma,
vuelve con amor a las monadas de Leibnitz. Dios le parece la monada
eterna e infinita. El alma humana, una monada superior e indestructible,
aunque limitada.
La moral de Goethe es poco severa, mas no por relajación, sino por
bondad propia, y por firme creencia en la bondad divina y en la flaqueza
humana. El Dios de Goethe es blando, indulgente y benigno, y a veces
hace casi un mérito del error en el hombre que yerra, porque yerra el
que aspira.
Pacífico, amante del orden, enemigo de la grosería, toda revolución
parece a Goethe un acontecimiento pavoroso. Los horrores de Francia le
indignan y aterran.
Y sin embargo, este conservador, este amigo de los poderes legítimos y
justos, tiene fe en la libertad y en el progreso, y comprende la
rebelión contra la tiranía y no cree en la duración de ningún gobierno
tiránico y violento.
Su sed de religión es grande y perpetua. Se crea una religión natural y
no le basta. Sin fe en el Cristianismo, sueña con nueva religión
positiva. Tal vez se finge monadas intermedias entre las que son almas
humanas y la que es Dios; y en estas monadas ve genios, espíritus
elementales, _demiurgos_, inteligencias misteriosas ya ocultas, que
mueven los astros, que dan vida a las plantas, que son la naturaleza
misma con personalidad y conciencia. A veces se inclina Goethe por esta
senda a un neo-platonismo flamante y a un paganismo espiritualizado; a
veces vuelve con ansia de fe a la doctrina de Cristo y lee
fervorosamente los Evangelios y los libros devotos.
Sus doctrinas sobre estética, de acuerdo con su filosofía fundamental v
con la natural condición de su espíritu, tienen no escaso valer en la
historia de esta ciencia nueva, y preparan la gran reforma y el
desenvolvimiento que Schiller llevó a cabo, bajo los auspicios y
siguiendo las huellas de Kant.
Diderot y Winkelmann son los dos autores que más influjo ejercen en las
teorías de Goethe sobre el arte, y que más relación tienen con ellas.
Goethe debe más, no obstante, a su propio sentir y pensar, iluminados,
desde su viaje a Italia, por la inteligente y fervorosa contemplación de
los tesoros artísticos que en aquel hermoso y privilegiado país se
conservan.
Goethe, que en un principio había sido _romántico_, como el romanticismo
se entendía entonces en su nación, y como lo muestran sus dos obras
capitales escritas antes de ir a Italia, el _Werther_ y el _Goetz de
Berlichingen_, volvió de allí completamente _clásico_, aunque clásico a
su manera, y no con el clasicismo sensualista de los franceses. Su
clasicismo es un término medio entre el de moda en Francia, y el nuevo
romanticismo alemán, si bien informado por más altas ideas, que no le
hacen transacción, sino síntesis.
No quiere Goethe la mera imitación, ni tampoco la fantasía pura y libre,
sino ambas facultades enlazadas, de cada uno de cuyos ejercicios nace
una _manera_, mientras que de la unión de ambos procede el _estilo_. Al
que imita solo, le llama _imitador_, al que inventa sin imitar,
_fantasmista_. El artista y el poeta verdaderos, son los que inventan
imitando. Lo _característico_, que debe entrar en toda obra de arte, lo
da la imitación: es como el esqueleto, la trama o el cañamazo de la
obra; y la vida, los músculos, la sangre, el color, el bordado, vienen
luego por la fantasía. De la combinación de estas cosas nace la belleza.
Artista minucioso, dibujante seco y mezquino es el que imita sólo: autor
de informes bosquejos el que sólo fantasea: la perfección estriba en
fantasear y copiar a la vez.
En la naturaleza está la beldad difusa, mezclada y en germen; está
también como prurito, como anhelo de realizarse cada vez más limpia y
completamente.
De ella debe extraerla el artista, escogiendo lo mejor y apartando lo
feo; pero, aun dada esta operación de extraer, la belleza no se crea,
sino se encarna e individualiza en una forma sensible. La aspiración del
artista y del poeta es lo ideal, pero ideal que debe ser individual al
mismo tiempo. El fin del arte es representar el todo en uno, y expresar
lo infinito en forma finita.
Goethe rechaza, en virtud de esta doctrina, la doctrina, la división,
entonces tan en moda del arte en cristiano y pagano. Para él no hay más
que un arte, cuyo fondo, cuya sustancia, por infinita y sublime que
quiera suponerse, debe entrar y ajustarse, con número y medida, y
exactitud y precisión, dentro de una forma limitada e individua.
La imitación busca a través de las cosas la idea primordial, la idea
madre, que en ellas se realiza impuramente, y que debe en el arte
realizarse con mayor pureza. En este sentido es lo artístico superior a
lo natural. Lo es también, porque de lo artístico se aparta todo lo
impertinente y lo insignificante que en la naturaleza está mezclado. Por
lo demás, para Goethe el arte tiene su fin propio: la creación de la
belleza. Bien es verdad que en esta creación va implicado un fin, moral
y social, utilísimo y benéfico: lo que llamó Aristóteles la purificación
de las pasiones: lo que Goethe llama el rescate, la redención o la
libertad.
Es evidente que lo _característico_, lo que se toma por imitación de la
naturaleza, puede y suele ser pasión dolorosa, acción llena de tumulto y
de pena, algo que en la realidad lastima, hiere, mata o aflige, en vez
de causar deleite. El arte, al reproducirlo y trasformarlo, cambia en
contentamiento la amargura, y encalma la desesperación. Así el terror y
la piedad se vuelven gustosos sentimientos, llenos de inefable dulzura.
Este cambio se debe al principio _suavizante_ de la belleza; a la
gracia, a la simetría, orden y medida de la forma. De aquí que, para
Goethe, el tipo ideal del arte en estatuaría, no fuese el Apolo, sino el
Laoconte, donde el dolor, la compasión, y el espanto, están suavizados
por la gracia divina de la belleza, hasta el punto de trocarse en
soberano y tranquilo deleite.
Con arreglo a este principio, Goethe se libertaba de sus pasiones
desgraciadas, de los recuerdos que más pesar le traían, de los deseos
que más le atormentaban y hasta de sus remordimientos, tomándolos por
objeto de su observación, haciéndolos asunto de su imitación, buscando
en ellos lo _característico_, y acudiendo luego con la poderosa fantasía
a bordar sobre aquella traza primera un poema, una leyenda o un drama;
una obra de poesía, que le dejaba consolado y libre, y que debía ejercer
sobre los demás hombres el mismo benéfico influjo que sobre él ejercía.
En este sentido bien pudo asegurar y aseguró Goethe que todas sus obras
de imaginación eran como fragmentos de sus confesiones. Fue, pues, poeta
_subjetivo_, si se atiende a que, por declaración propia, no hay una
sola de sus fábulas que no forme parte de su autobiografía; y objetivo,
por que él mismo se ponía como objeto de su observación, y, con otro
_yó_ independiente, creaba la obra, juzgaba y condenaba a sus héroes, y
absolvía al cabo o consolaba al menos con el bálsamo celestial, con el
calmante maravilloso de la beldad poética. Esta virtud consoladora y
purificadora del arte se logra hermoseando o sublimando, cuando el
objeto, la pasión o la acción, se prestan a ser sublimados o
hermoseados. Cuando no se prestan, el arte tiene otro recurso: lo cómico
o lo ridículo. Así, por ejemplo, un dolor de vientre o de muelas, la
simplicidad que se deja engañar, el miedo, el no tener dinero
suficiente, las enfermedades, el ser feo o canijo y otras cosas por el
mismo orden, no tienen más poesía, ni más consuelo que la risa, mientras
no pasan de cierto grado inferior. Cuando pasan de dicho grado, y tocan
en lo trágico, son malas representaciones artísticas, porque son
pasiones, defectos y dolores impurificables que no se hermosean. No
producen ya lo cómico, ni menos lo patético, sino lo deforme y lo
repugnante y asqueroso; realismo deplorable de que hoy padecen el drama
y la novela. Nada más contrario a la verdadera poesía que el hambriento,
el mendigo, el tísico o el jorobado. Estas son impurezas de lo real, que
ni en la poesía trágica ni en la cómica pueden hallar consuelo. Búsquese
el consuelo en la caridad, y el remedio en la ciencia, hasta donde fuere
posible.
Tal, en resumen, fue el hombre, y tales las prendas principales del
hombre que concibió y produjo el poema de FAUSTO.
La idea de FAUSTO le acompañó siempre: fue la mayor preocupación de su
vida. Su realización completa comprende también su vida toda. En su
primera mocedad Goethe empieza a escribir el FAUSTO; en su extrema
vejez, ya de ochenta años, es cuando le termina, o mejor dicho, no le
termina: aun después de su muerte deja pedazos, _paralipomenos_, que al
FAUSTO pertenecen, que son la parte póstuma del gran poema.
La misma energía de Goethe para desprenderse de sus personajes, aunque
los saque de su propio ser y para apasionarlos y moverlos, permaneciendo
él impasible y sereno, le hizo preferir al poema narrativo, una forma
más _objetiva_, perfecta e impersonal aún: el drama. En el drama el
poeta desvanece por completo su personalidad. Los personajes sólo
sienten, padecen, se mueven y llevan a término la acción.
Dramas comprensivos, como las epopeyas de que hablamos al empezar, se
habían dado ya en la historia de la poesía. ¿Qué otra cosa era el
Prometeo de Esquilo, que el mismo Goethe trató de escribir de nuevo y
del que escribió en efecto trozos notables? Además, prescindiendo de las
dificultades materiales; contando para tramoyista y pintor escenógrafo
con una exuberante y voladora imaginación; construyendo en el seno del
espacio sin límites un teatro ideal, donde quepan cielo, infierno y
creación entera, y proporcionándose una compañía de comediantes, donde
haya ángeles, diablos, ondinas, sílfides, Oberon, Titania, Ariel, dioses
del Olimpo, dioses subterráneos, todos los bienaventurados de la corte
celestial, el Padre Eterno, la Virgen María, brujas, monos y gatos, y
hasta estrellas, ríos, montes, y terremotos que hablen y accionen, el
estrecho cuadro dramático se ensancha hasta llenar la inmensidad y todo
cabe en él con holgura.
Esto no quita, sin embargo, que el FAUSTO, en su conjunto, sea tan
grande que no se pueda representar. Hasta para leído es dificultoso. La
síntesis de la obra no se abarca así como quiera. Figurémonos un cuadro
al ólio de media legua de largo. Sería menester, o verle desde muy lejos
con un telescopio, o irle recorriendo a caballo, a todo galope, para
conservar bien la impresión de lo que hubiese pintado en un extremo
cuando al otro extremo se llegase.
No se extrañe, pues, que vacilemos sobre el método que hemos de seguir
para dar una idea del FAUSTO, y que, por último nos decidamos por hacer
una división.
Consideremos primero el FAUSTO como drama sencillo, como drama humano;
esto es, no veamos en él sino la primera parte, descartando de ella todo
aquello que justifica, pide y exige la creación de la segunda. Y
hablemos después de la segunda parte, y de todo aquello que hace del
FAUSTO un poema misterioso, enciclopédico, filosófico y con pretensiones
o realidades de archi-profundo.
De aquí adelante vamos a cerrar todos los libros, menos el FAUSTO mismo,
y a emitir nuestro parecer, sin dejarnos guiar por el de nadie. Sólo
diremos que los pareceres de los críticos son diversos y aun
encontrados; y que los extranjeros suelen ser los más entusiastas
encomiadores de la segunda parte, como Blaze de Bury y Lerminier,
mientras que algunos críticos e historiadores alemanes de la literatura
alemana, de gran nota, como por ejemplo Gervinus y Kurz, no estiman la
segunda parte; llegan hasta una injusta severidad con ella; y aun ven en
ella una caída. Comparando a Goethe con Milton, afirman que el primer
FAUSTO es al segundo FAUSTO lo que es el _Paraíso perdido_ al _Paraíso
reconquistado_.
Adoptando, por lo pronto, la comparación, empecemos por el _Paraíso
perdido_.
Goethe tuvo el tino de no inventar asunto y protagonista para su drama:
el pueblo se los dio creados. La leyenda de FAUSTO era popular no sólo
en Alemania, sino en otros países de Europa. Sus lances y aventuras se
representaban en teatros de muñecos, en ferias y mercados, y encantaban
al pueblo. Poetas de valer habían ya gustado del asunto y del personaje
legendario, y habían tratado de escribir o habían escrito dramas sobre
FAUSTO. El ilustre Lessing había dejado empezado un FAUSTO, en drama.
Si prescindimos del nombre y del fundamento histórico del personaje, que
es centro de la leyenda, la leyenda es aun mucho más popular, más
antigua y más conocida y aplaudida en todos los pueblos cristianos. No
hay nación de Europa donde no exista la historia del sabio que se harta
de estudiar sin honra ni provecho; que reniega del saber, que no le
proporciona goces; y que, excitado por la rabia, por los desengaños, por
la ambición o por la sed de deleites, acaba por hacer pacto con el
diablo, a fin de divertirse y tener dinero, y lo que llaman ahora
posición, aunque después haya de pagarlo todo en los profundos
infiernos. El sabio, en efecto, se divierte merced al diablo que le
sirve bien: y, por último, por intercesión de algún santo, o por bondad
de la Virgen María, o por la infinita misericordia de Dios, suele dejar
burlado al enemigo malo, y logra irse al cielo. En nuestra literatura
tenemos esta leyenda en _Las Cantigas del Rey Don Alonso_, y en _Gonzalo
Berceo_; y algo semejante da asunto a Calderon para su famosa comedia
_El mágico prodigioso_.
El asunto estaba muy bien elegido y no podía ser más adecuado para
Goethe, que era un sabio como FAUSTO, y que si bien más dichoso, habría
tenido, como todos los sabios, no pocos instantes de amargura en que se
desesperan de pedantear, y de querer enseñar a los otros lo que ellos
mismos no saben; y dudan del valer y de la utilidad de sus escritos; y
exclaman remedando a Doña Mariquita.--Si yo llorara perlas, esto es, si
yo tuviese dinero, no tendría necesidad de escribir disparates;--y se
hallan en suma, muy predispuestos a darse al diablo si el diablo quiere
tomarse el trabajo de apoderarse de ellos y de comprarles el alma.
El mérito y la significación de tales historias, se patentizan en su
misma universalidad. No sólo las leyendas, sino también los hechos
históricos, que tienen la hermosura de las leyendas, están repetidas
varias veces. No es Hernán Cortés el único, por ejemplo, que echa a
pique las naves. Lo mismo habían hecho antes Agatocles en Africa, los
muladíes cordobeses en Creta, y los aragoneses y catalanes en Galípoli.
No es tampoco Guillermo Tell el primero, que obligado a ello por el
tirano, quita la manzana con un flechazo de la cabeza de su hijo. Estos
lances, o reales o inventados por la fantasía popular, vagan primero de
acá para allá, sin acabar de fijarse bien; sin que adquiera gran
consistencia y gloria el héroe del lance.
Después atina el pueblo con un héroe a quien el lance cuadra y se ajusta
como hecho a su medida. Y ya este héroe eclipsa a los otros y la leyenda
se encarna en él y cobra mayor realce y vida. Así FAUSTO, antes de que
Goethe le adoptase por hijo de su espíritu, había ya oscurecido a todos
los sabios que se han dado al diablo, desde que hay diablos y sabios en
el mundo.
Personajes, pues, por el estilo de FAUSTO, como en nuestra España, v.
gr., Don Juan Tenorio y Lisardo el Estudiante, están llamados a ser
joyas preciosas de todas las literaturas, y a inspirar los mejores
dramas, óperas, novelas y poemas, que pueden componerse. Para recorrer
el mundo en triunfo, sólo esperan que llegue en _genio_ que de ellos se
apodere, y, de materia épica algo informe que son todavía, los convierta
en seres artísticos, con más realidad y significación y brío, para vivir
en el alma y en la memoria de los hombres, que los héroes más reales y
conocidos de la historia; para convertirse en personajes reales, aunque
no hayan existido jamás, como sucedió con Semíramis y con tantos otros,
de quienes la crítica ha venido a averiguar más tarde que nunca
existieron.
Para el héroe legendario es una gran fortuna que un poeta de mérito se
apodere de él, pero mayor fortuna aún es la del poeta que logra dar con
el héroe. Don Juan debe mucho a Tirso, y Tirso más a Don Juan, Lisardo a
Espronceda y Espronceda a Lisardo. Del mismo modo debe mucho Fausto a
Goethe y Goethe a Fausto. No es extraño que Goethe se apoderase de él en
su primera juventud, y no le dejase durante más de 50 años, hasta
cumplir 82. ¿Cuánto no escribió Goethe en este medio siglo largo? ¿Qué
asuntos no trató? ¿Qué género de literatura no cultivó con éxito?
Limitándonos sólo al teatro, Goethe compuso dramas históricos como
_Egmont_, _Goetz_ y _Tasso_, comedias sentimentales, como _Clavijo_;
comedias aristofánicas; tragedias a la griega como _Ifigenia_; farsas;
algo semejante a lo que llamamos por aquí zarzuelas; comedias
satírico-literarias, por el orden de _El Café_, de Moratin, etc., etc.;
pero todo esto lo pensaba, lo escribía, lo abandonaba y quizá lo
olvidaba luego, mientras que en el FAUSTO estuvo trabajando toda la
vida. Concretémonos ahora, como hemos dicho, y con las restricciones que
hemos dicho, a la primera parte sola. Es evidente que, sobre lo
suministrado por el pueblo, Goethe ha creado una obra admirable.
Del estilo, del lenguaje, de la versificación, no hay alemán de gusto
que no se pasme, y que no asegure que es un dechado el FAUSTO. Hablemos
nosotros de la disposición de la fábula y de los caracteres.
Imaginemos, por un instante, que Fausto ve a Margarita y se siente
enamorado de ella antes de remozarse; que por amor de Margarita, a par
que por ambición y deseo de goces hace el pacto; que lo que luego
sucede, sucede del mismo modo; y que después de la muerte cruel de
Margarita, Fausto la llora, se arrepiente, hace penitencia, burla a
Mefistófeles y se va al cielo. Así tendríamos la leyenda toda en una
sola tragedia y no en dos. La obra ganaría así en regularidad y en
unidad, si bien perdería en grandeza. Era menester, por lo tanto, que el
amor de una mujer, por linda y por candorosa que fuese, no diera el
motivo principal de que sabio tan grande como Fausto se endiablase de
aquel modo. Y era menester que en la primera tragedia se diesen ya cosas
que presupusiesen y preparasen la segunda, dejando no pocos cabos
sueltos que enlazasen después la una con la otra. No nos fijemos ahora
en estos cabos.
Aislada la fábula de los amores de FAUSTO y Margarita, su disposición y
desenvolvimiento merecen más elogio que censura. Fausto, con todo el
ardor y el ímpetu de su renovada juventud se apasiona de la sencilla y
linda muchacha, y quiere lograrla pronto, sin que le arredren obstáculos
ni reflexione en malas consecuencias. Mefistófeles, fuera de las joyas
que lleva de presente a Margarita, apenas emplea más medios para ayudar
a la seducción, que los que podría emplear un lacayo listo de nuestras
antiguas comedias de capa y espada. Así es y así debe ser. Si en el amor
que Fausto inspira interviniese algún artificio o prestigio diabólico,
la belleza de este amor, casi toda su poesía, y más aún su ulterior
virtud, redentora y santificante, habrían de desvanecerse. El nacer de
este amor, el desenvolverse y el llegar a su colmo en el alma candorosa
de Margarita, son hechos meramente humanos, profundamente observados en
la realidad y expresados luego con superior hermosura en la ficción
dramática. La sencillez y naturalidad del lenguaje y la precisión y
concisión del estilo de Goethe, donde nada huelga, donde no hay
redundancia, ni vana pompa, ni falso y sobrecargado lirismo, dan a
cuanto dice Margarita seductor encanto. En este encanto está el misterio
de que Margarita, desde las primeras escenas, adquiera tal vida y se
destaque con tal verdad del cuadro y del alma del poeta que la crea, que
tenga ser propio y se grabe de un modo indeleble en toda memoria, como
si hubiera existido.
Su madre no aparece. Goethe tiene el buen gusto de no dejárnosla ver;
pero su madre existe. No sucede como en nuestras antiguas comedias,
donde casi nunca hay madre. En lugar de la madre, pone el poeta a un
personaje muy cómico, y bien caracterizado: a una vecina, ya de años,
vulgar, aficionada a conversación, falsa devota, y con otras malas
cualidades, que la hacen apta para mediar en cualquier intriga galante.
Los diálogos de Mefistófeles con Marta, que así se llama esta mujer,
tienen gran fuerza cómica: ora cuando Mefistófeles trae a Marta la nueva
de la muerte de su marido, ora cuando la requiebra y enamora.
En el jardín de Marta se ven y se hablan Fausto y Margarita. Margarita
queda ya cautiva, herida en el corazón, inflamada por un afecto
irresistible e inextinguible.
Sigue a esto un bellísimo soliloquio de Fausto en un bosque. Fausto
vacila. Orgulloso de verse amado, a pesar del ardor violento de los
sentidos, piensa, por el amor que Margarita le infunde, que debe
apartarse de ella, a fin de no perderla y engañarla. Conoce que sólo
puede darle un alma escéptica y gastada, en cambio de su alma juvenil y
pura. Menester es de la intervención elocuente del diablo para sacar a
Fausto de su vacilación. Mefistófeles le hace presente que el mal está
ya hecho, que el amor devora ya el alma de Margarita, y que no
satisfacerle, después de haberle encendido, sería la mayor de las
crueldades.
La hermosa canción, que canta Margarita mientras que está hilando en su
cuarto, deja ver en seguida el estado de su alma; muestra que se halla
poseída, completamente dominada por su galán amigo, y que no tiene más
voluntad que la suya. La canción prepara magistralmente la escena que
viene luego. Margarita que ya es toda de Fausto, quiere que Fausto sea
de Dios, y manifiesta su pesar de verle poco religioso. Fausto la
aquieta más con cariño que con razones, y por último concierta con ella
una cita.
Aquí hay pormenores sobre cuyo valer no nos atrevemos a decidir. Sin
duda es admirable la fuerza creadora de Goethe, que tan real nos
presenta a Margarita y que por tal arte la circunda de candor, que,
apesar de todas sus faltas, sigue pareciéndonos inocentísima, como si
hubiere en ella un numen maléfico que le roba responsabilidad y libre
albedrío. El amor ha sido obra del amor y no del diablo; pero en la
dirección que toma tan bella pasión, ya el diablo interviene. No en
balde ha logrado del mismo Dios el permiso de probar a Fausto; no en
balde ha hecho pacto con él. Son necesarios los delitos; importa que
nazca y vaya en aumento el terror trágico; pero a pesar de esto, y a
pesar de que mucho de diabólico ha de haber en la historia en que tan
importante papel hace el diablo, ¿no se pudiera haber excusado el
pormenor del narcótico, dado por Margarita a su madre para que durante
la noche no se desvele y la sorprenda en los brazos de su querido?
Aunque Margarita tenga la certidumbre de que el narcótico no hará mal a
su madre, ¿no es todavía horrible que se le dé, y que luego la tenga a
su lado, en aquel sueño violento, en aquel remedo de la muerte, mientras
ella se goza con el hombre a quien ama? En todo linaje de pecados hay su
más y su menos. No faltan mujeres que burlen a sus madres y a sus
maridos; pero estamos ciertos de que, de cada ciento, apenas habrá una
que no deseche el recurso del narcótico. Hasta los libertinos más sin
conciencia se nos figura que apurarán antes todos los medios; y, aunque
no hallen ninguno, se detendrán espantados antes de proponer a sus
amigas este medio de adormecer a la madre o al marido para tenerlas
luego con toda tranquilidad. Por otra parte, Margarita, que iba sola en
casa de Marta, mujer poco escrupulosa y que a todo se prestaba, ¿qué
necesidad tenía de infundir a su madre sueño profundo?
Se nos dirá que el infanticidio es peor; que el infanticidio es el más
odioso de los crímenes; pero el infanticidio era necesario para motivar
el suplicio de Margarita, cuya bondad queda a salvo merced al delirio.
Loca, arroja a su hijo a un estanque, donde se ahoga; mientras que a su
madre le da el narcótico deliberadamente, en todo el despejo de su
juicio, y sin que el narcótico quite ni ponga al argumento o desarrollo
de la acción. Es un refinamiento de _diablura_ y de realismo pecaminoso,
enteramente inútil y que está de sobra.
Crimen espantoso es también la muerte de Valentín dada a mansalva por
Fausto; pero era inevitable; se justifica estéticamente. Además, aquí se
perdonaría cualquiera defecto en el poeta, en caso de que le hubiese, en
gracia del carácter del rudo y honrado militar, hermano de Margarita. El
orgullo y la jactancia que le inspiraba ella, antes de su caída; la
rabia que le causa la pérdida de su honra; las palabras todas que
pronuncia antes y durante el duelo; y sus terribles reconvenciones a
Margarita, cuando está ya moribundo, todo esto es real y bello a la vez.
Goethe en tres o cuatro hojas, levanta una figura viva, que no se borra
nunca de la mente de nadie. Hablando con franqueza, Don Diego de
Pastrana queda muy por bajo de Valentín, en ser individual y propio.
Lo que ocurre en el aquelarre, donde Mefistófeles lleva a Fausto para
distraerle, sería en gran parte, no ya impertinente, sino también
inconveniente, si el drama fuese sólo drama, y no drama y poema
trascendental. Choca ver a Fausto bailando con una bruja joven, en
indecente jaleo y cantando coplas picarescas y lascivas, después de
haber muerto traidoramente al hermano de su querida y hallándose ésta en
el mayor peligro, desconsuelo y abandono.
El intermedio que lleva por título _Las bodas de oro de Oberon y
Titania_, es más extraño al drama, y estamos por decir que a todo el
poema trascendental, que _El curioso impertinente_ al _Quijote_, y que
el _Canto a Teresa_ al _Diablo Mundo_; con la diferencia de que _El
curioso impertinente_ y el _Canto a Teresa_ son dos obras de gran valer,
y que las tales _Bodas de oro_ valen poquísimo. Son unos epigramas
alusivos a cuestiones literarias y científicas de entonces, que
sospechamos no perderían su frialdad aunque se conociesen hasta los
ápices de las circunstancias y razones que movieron a Goethe a
escribirlos.
Después de este mal traído _intermedio_, la acción se acelera y
precipita, como debe, llegando a su término en la escena más patética,
sublime, apasionada, llena de verdad y de poesía, y más hondamente
conmovedora que jamás escribió poeta dramático en el mundo: la escena
del calabozo. Shakspeare lo haría tan bien; pero mejor jamás pudo
hacerlo. El terror de la próxima muerte en un patíbulo, los
remordimientos, la vergüenza, combaten el alma de Margarita. A todo se
sobrepone el amor, apenas vuelve a ver a Fausto. La lucha de sus
afectos, su dulzura, el extravío de su razón, la vacilación entre quedar
allí para morir, o seguir a su amado y salvar la vida, todo resalta
natural, apasionada y divinamente en sus palabras. Quiere seguir a
Fausto y cree notar que la mano de él está manchada con la sangre de
Valentín; quiere salvarse y se ofrece a su pensamiento que ella ha
asesinado a su madre y ahogado a su hijo. En todo el diálogo, cada
exclamación, cada frase es una joya poética. El tiempo pasa, y crece el
peligro en la demora. Mefistófeles aparece para dar priesa. Margarita se
llena de espanto al verle, y prefiere la muerte a aquella libertad
espantosa. Margarita se entrega resignada a las justicias divina y
humana, y pide a los ángeles que la protejan contra su amado, que viene
a salvarle la vida. El hombre a quien tanto ha amado le inspira entonces
horror. Los ángeles dicen desde las alturas:--¡Está
salvada!--Mefistófeles se lleva a Fausto solo, y el drama o la primera
tragedia termina.
Los caracteres meramente humanos del drama están trazados y aun acabados
de mano maestra: parecen más reales que la realidad. Marta y el fámulo
Wagner son dos personajes cómicos que pueden servir de modelos.
Margarita y su hermano están llenos de alta poesía, y no por eso dejan
de pertenecer a una humilde posición social y a una época en que no
estaba tan extendida como ahora la cultura.
La sencillez y naturalidad de ambos hace más distinta, viva, honda y
persistente la impresión que dejan.
Fausto es ya _criatura_ harto más complicada. Lo sobrenatural y lo
trascendental influyen en la formación de su carácter, y entran en él
como elementos lo alegórico y lo simbólico, pero despojándole
imaginariamente de estas condiciones, queda un ser verdadero, noble,
real y simpático, a pesar de sus errores y delitos. Se diría que Goethe,
cuya defensa hemos hecho y a quien no creemos malo, allá en los momentos
de mayor severidad contra sí mismo, cuando más descontento se hallaba de
su pensamiento y de su corazón, hundió en él la mirada aguda y
escudriñadora, hizo cruel examen de conciencia y sacó de allí las malas
pasiones, las iras, las envidias, las concupiscencias, los demás
apetitos viciosos, las tempestades, los desórdenes y las otras negras
tintas con que traza la figura moral de su héroe. Claro está que por
cima de todo ello, hay cierta esencial nobleza, cierta radical
excelencia en el alma de Fausto, y tal abundancia de motivos para
atenuar humanamente sus pecados, que nos mueven a desear el perdón del
Cielo para ellos y a conservar al pecador nuestra simpatía. Y claro está
igualmente que para que este perdón se logre, dada la violencia inicial
con que sale disparada el alma de Fausto en su extravío, es menester aún
mucho a fin de que describa la curva que debe describir en su
movimiento. Así, pues, al terminar la, primera parte, se ve que no
termina más que un episodio. El drama queda aún a gran distancia del
desenlace.
Mefistófeles, por último, es un personaje _extra-natural_. Goethe no
creemos que tuviese tratos con él, pero le pinta tan a lo vivo, que
cualquiera diría que le conoció de cerca. La índole de este diablo y su
consecuencia en palabras y en acciones, desde el _Prólogo en el Cielo_
hasta el fin de la segunda parte, acreditan la firmeza con que Goethe
trazó su imagen y atinó a prestarle vida. Mefistófeles tiene además el
mérito de ser el diablo fino de nuestra edad, el diablo que corresponde
a un Dios benévolo, el diablo de los optimistas y de los progresistas
pacíficos y por medios lentos y legales.
Lejos de ser un monstruo horrendo, si bien con toda la majestad de quien
estuvo cerca de Dios, y con toda la soberbia de quien aspiró a vencerle;
lejos de ser un revolucionario titánico casi un anti-Dios como el Satán
de Milton, apenas es malo de veras. Es un tuno, un galopin, un
bufonzuelo y poco más. El Padre Eterno confiesa que no le odia, que le
tolera y hasta que se divierte con él. En vez de creerle dañino, le
considera útil para los hombres, los cuales se echarían a dormir y no
harían nada memorable ni poético, si no se entregasen al diablo con
frecuencia. Mefistófeles, como Dios, gusta de oír sus epigramas y
chistes y le emplea en sus altos designios de promover la actividad
humana, anda bien avenido con Dios, suele hacerle visitas, y sale muy
satisfecho de que Dios le trate con cordialidad y confianza.
Por lo que se ve, el mal para nuestro poeta es chico mal y está
subordinado al bien al cual concurre, a pesar suyo. Así, Mefistófeles es
chico diablo. Aunque sabe y puede bastante, está en una posición
relativamente humilde, en la jerarquía de los espíritus.
Se columbra que Goethe comprende a Dios por cima de la naturaleza, y
llenándola toda e infundiendo en ella la hermosura y la vida. Para esto
ni para nada necesita ministros; pero es mayor riqueza y magnificencia
tenerlos; y así hay espíritus, inteligencias y genios, monadas más o
menos poderosas, unidas por lazos de amor divino, que crean, mueven y
cambian los mundos y cuanto en ellos hay. Cualquiera de estos genios
vale y puede mil veces más que Lucifer y que todos sus diablos. No es el
genio del Universo, no es el Espíritu del Macrocosmos el que se aparece
a Fausto. El que cede a su evocación y se le aparece es sólo el espíritu
de este nuestro pequeño planeta. Y con todo, este espíritu es tan
superior, tan inadecuado a la flaqueza del espíritu humano más valiente
y atrevido, que Fausto, al sentirle, se aterra, está a punto de morir y
reconoce que no puede entrar en relación con él. El Espíritu de la
tierra es quien da a Fausto la desesperada conciencia de su debilidad y
quien le provoca al suicidio. Los cánticos por la resurrección del
Salvador le traen de nuevo a la vida. Toda esta parte de la tragedia,
mientras no aparece Mefistófeles, está como en más altas esferas. La
aparición de Mefistófeles trae las cosas a una esfera más baja. No se
trata ya de infinitas aspiraciones, de sentir y de comprender en
ambiciosa mente humana a la naturaleza, a sus genios y a Dios, si no se
trata de algo más práctico y terreno.
Mefistófeles no es sobrenatural; es, según hemos dicho, _extra-natural_.
No es un espíritu dominador, creador y superior a todo o parte de la
naturaleza, sino un espíritu, semejante al humano, en lo que tiene de
más vulgar; astuto, travieso, grosero, cuya misma grosería no le distrae
de lo que es útil y le lleva a burlarse de lo bello y de lo sublime. Por
eso domina a los espíritus humanos, que no se elevan: pero a los que se
elevan, jamás los domina, aunque los sirva, deseosos de dominarlos.
En vez de anonadar a Fausto, como le anonadó con el Espíritu de la
tierra, Mefistófeles le hace reír con su aparición, al salir del cuerpo
del perro, rendido a los conjuros y amenazas. Cuando Fausto le obliga a
que él mismo se defina, Mefistófeles se define _una parte de aquella
fuerza que siempre quiere el mal y que hace el bien siempre_.
Mefistófeles quiere destruir, viciar y corromper; mas como sólo puede
hacer esto al por menor, concurre al bien general y a la creación entera
y continua, muy contra su gusto.
Fausto, al firmar con él un pacto, le trata como superior a inferior;
como un amo a un lacayo; y está casi seguro de que el diablo no ganará
nunca la apuesta; no le dará lo que él desea. No sólo no cae, por
decirlo así, bajo la jurisdicción y poder del diablo mucho de lo deseado
por Fausto, pero ni siquiera está comprendido por el espíritu diabólico;
porque está en regiones superiores, hasta donde dicho espíritu jamás se
encumbra. En el numen, que vive en Fausto, hay una fuerza interior mil
veces más pujante que todas las potencias del diablo. Lo malo es que
esta fuerza no se ejerce fuera de Fausto mismo. En él, crea de un modo
ideal cuanto quiere: fuera no puede nada. Pero de esas cosas ideales,
que Fausto crea en sí, concibe y apetece, el diablo sólo las mínimas y
de menos valía puede realizar en el mundo exterior: otras, ni siquiera
las entiende.
Aunque Mefistófeles, gracias a la fantasía del poeta, tiene ser propio y
personalidad independiente, todavía, para concebir nosotros mejor su
esencia, podemos figurárnosle como un resultado del análisis psicológico
del alma de Fausto. Es la parte más bestial y terrena de dicha alma, la
parte astuta y lista, que sirve para proporcionarse goces, riqueza,
poder, autoridad e influjo en este mundo; parte que Fausto había
descuidado y hasta atrofiado y desechado, a fin de entregarse a sus
altas sabidurías. Desengañado de estas altas sabidurías, y ansioso de
todo lo que por ellas había despreciado, se diría que vuelve a él
aquella parte más ruin de su alma, bajo la forma y con el ser de diablo.
Esta inferioridad diabólica respecto a Fausto y respecto a los demás
espíritus superiores, no se desmiente nunca. La ciencia, el progreso, la
subida de nivel de las almas humanas, han hecho del diablo un personaje
de poco más o menos. Su poder incontrastable no se ejerce ya sino en un
mundo ruin, entre brutos, que se empeñan en jugar y en ganar dinero para
parecer hombres, y en que por casualidad les salga algo bien para que se
diga que tienen entendimiento, y entre viejecillas ignorantes y
viciosas, que poseen algunos secretos y recetas, ignorando el por qué y
el cómo, de los mismos prodigios que obran, como son la bruja y los
gatos y los monos que la sirven y acompañan.
Fausto se siente tan rebajado de apelar a la inmunda poción de la bruja,
a fin de recobrar la mocedad, que casi está a punto de quedarse viejo y
de romper desde el principio el pacto con Mefistófeles sospechando lo
poco que el diablo puede, y vale y lo más poco que de él puede esperar
un noble espíritu.
El bien del diablo vale tan poco como el mal. Por cima del diablo, así
como hay bien, hay mal inmensamente mayor de que Mefistófeles no podrá
jamás curar el alma de Fausto. Fausto, para recibir algún bien del
diablo, así como para someterse a su dominio, tiene que ahogar esa
aspiración superior de su alma. Cuando vive y alienta con ella, el
diablo no le da el menor alivio para los tormentos que produce; pero
también el alma se sustrae por completo a todo influjo del diablo, y se
ríe de todos los pactos.
En la rara teogonía de Goethe, el diablo, no sólo está por bajo de lo
sobrenatural, término y mira de las aspiraciones del alma de Fausto,
sino también muy por bajo de lo natural, en cuanto lo natural tiene de
creador y de divino. Por esto, en la plebeya y estúpida sociedad del
aquelarre, donde Fausto por un momento se encanalla, Mefistófeles se
pavonea y triunfa; pero, en la segunda parte, cuando, por el esfuerzo de
la voluntad y por los milagros del saber y de la inteligencia de Fausto,
aparecen los genios antiguos, que imaginó Grecia, todos aquellos poderes
personificados de la naturaleza creadora e inteligente, Mefistófeles se
encoge, se humilla y casi se acobarda; Mefistófeles tiene que esconderse
y disfrazarse bajo la fea apariencia de una de la Forquiadas. No sólo en
poder, sino hasta en fealdad, superan a Mefistófeles aquellas antiguas
creaciones.
Aunque sea rápidamente, sin la detención que tan grande asunto reclama,
y a fin de no extralimitarnos y dar a este trabajo una extensión
impropia del objeto a que se destina, algo debemos decir de la segunda
parte del FAUSTO.
Varias personas han llamado al FAUSTO completo la _Biblia del
panteísmo_. Nada nos parece más injusto. Goethe no era resuelto
panteísta; pero, si en alguna obra suya se inclina al panteísmo, no es
por cierto en el FAUSTO, donde más bien le contradice.
Es verdad que para afirmar esto debemos dar por sentado que entendemos
la segunda parte, y es opinión muy común que nadie la entiende. Tal vez,
los mismos que la llaman _Biblia del panteísmo_, lo cual, en buena
lógica, presupone que la entienden, la apellidan _libro de los siete
sellos_, delirio, laberinto, enigma perpetuo. Nosotros, aunque parezca
paradoja, y se nos impute a arrogancia, afirmamos lo contrario: que todo
está clarísimo en la segunda parte.
¿Dónde, si no, está la oscuridad? ¿En qué consiste? ¿De qué procede? El
estilo terso, conciso, lapidario, epigráfico, y lleno de precisión de
Goethe, llega, en esta segunda parte, al último límite de la nitidez, de
la elegancia desnuda de hojarasca e inútiles adornos, y de la sobriedad
significativa e intencionada. ¿Cómo, pues, decir con tal estilo lo vago,
lo incierto, lo indeciso, lo que nadie entiende, ni tal vez el poeta que
lo escribió? Esto no puede ser.
La supuesta no inteligencia de la segunda parte, sólo puede explicarse
por dos maneras. Y por ambas, no ya el FAUSTO, sino la obra más clara y
más llana vendrá a ser ininteligible. El _Quijote_, pongamos por caso.
Aunque no creemos en la epopeya trascendental, comprensiva y
omni-docente, creemos que el poeta canta a veces lo que no se dice; va
más allá del punto a que llega el hombre científico con la reflexión y
con el estudio; y adivina y vaticina, y se eleva a esferas inexploradas,
adonde el saber humano no llegó todavía; pero si todo está en el ritmo o
en la poesía pura, es inútil traducirlo en prosa. No es inútil, es
imposible. En prosa será inefable. Sería tan necia pretensión como la de
querer explicar el efecto de la mejor sinfonía, y aun producirle igual,
haciendo un discurso sobre la sinfonía. Pero si lo importante no está en
el ritmo, y dialécticamente se revela en la frase, todo el mundo lo
entenderá, sin que se traduzca o comente. Al que no lo entienda, podrá
decírsele lo que el hidalgo manchego o el cura dijo una vez al barbero
que se quejaba de no entender a cierto poeta: «Ni es menester que le
entienda vuesa merced, señor rapista.»
La poesía y aun obras en prosa de carácter poético, pueden encerrar
hondas verdades, bajo el velo de la alegoría o del símbolo; pero, una de
dos: o el símbolo y la alegoría son trasparentes o no lo son. Si lo son,
todo se ve claro. Si no lo son, podrán escribirse mil y mil comentos, y
cada comentador imaginar que el poeta quiso decir esto, aquello, lo de
más allá, y aun cosas que al pobre poeta no se le ocurrieron en la vida.
Comentos tales se han hecho ya del _Quijote_. ¿Por qué extrañar que se
hagan del FAUSTO? Y si al FAUSTO se le culpa por esto de ininteligible,
¿por qué al _Quijote_ no se le pone defecto igual?
No está, pues, lo ininteligible de una obra en lo misterioso,
_exotérico_ o recóndito que se aspire a hallar en ella. Basta con que lo
_exotérico_, el sentido directo, tenga un valor y un significado. Y la
segunda parte del FAUSTO le tiene. ¿Es ininteligible, es oscuro, es
tenebroso el _Cantar de los Cantares_? Para un profano cualquiera nada
hay más inteligible. El _Cantar de los Cantares_ es un idilio, una
égloga, un poema de amor, donde el amado y la amada se requiebran de lo
lindo, se dicen mil ternuras, se hacen mil finezas, se ensalzan y
describen menudamente y con morosa delectación los primores y gracias
corporales de él y de ella, y se pintan los goces que han de lograr o ya
logran ambos, besándose, abrazándose y queriéndose mucho. Pero, si esto
es tan claro, entendido así, búsquese el sentido místico que dan al
_Cantar de los Cantares_ exegetas y teólogos y el _Cantar de los
Cantares_ habrá menester de comento, y aun con el comento nos quedaremos
a oscuras, y apenas habrá quien entienda una palabra. ¿Por qué no
afirmar lo mismo de la segunda parte del FAUSTO, si es lícito equiparar
en algo lo sagrado con lo profano?
No es de suponer tampoco que la difícil inteligencia del FAUSTO dependa
de la erudición previa que para entenderle se requiere. Basta, a nuestro
ver, con una cultura mediana. El comento erudito es inútil. Todos los
personajes míticos están caracterizados tan bien, que el ignorante podrá
ganar algo, allegar un caudal de erudición, si, con motivo de leer el
FAUSTO, adquiere y hojea algún Diccionario manual de la fábula; pero lo
que aprenda en dicho Diccionario añadirá poco a la comprensión del
poema. Lo mismo puede decirse de las doctrinas cosmogónicas, geológicas,
filosóficas etc., a que el FAUSTO alude. Lo que Goethe quiere decir lo
dice por entero, y no es menester acudir a otros libros para
explicarlos, a no ser que se desee saber de quién lo tomó o por qué lo
dijo. En este caso es dable decir del comento erudito lo mismo que del
filosófico: a saber, que dicho comento cabe tanto como en el FAUSTO en
el _Quijote_. También en el _Quijote_ hay quien investigue si tal pasaje
se tomó del _Amadís_ o del _Orlando_, si tal cuento o sentencia proviene
de Conon sofista o de la _Leyenda áurea_.
Veamos, pues, sencillamente, no lo que se supone o columbra en el
FAUSTO, sino lo que se dice, y esto en resumen y cifra brevísima, porque
tememos que nos tilden de prolijos. Para mayor prontitud y claridad,
marcaremos cada uno de los cinco actos en que esta segunda tragedia está
dividida.
ACTO I.--El destino de Fausto no puede encerrarse en el de Margarita.
Fausto tiene aún muy larga carrera. Aspira a todo, y para satisfacer sus
aspiraciones cuenta con varias potencias. Cuenta con Mefistófeles, esto
es, con el espíritu de astucia y de conducta para la vida, que ya le
devolvió la juventud y que podrá aún darle riqueza, poder, fama y
deleites materiales. Y cuenta, por cima de Mefistófeles, porque la magia
natural toca puntos más altos que la magia negra o hechicería, con la
ciencia, que le revelará los arcanos del universo, y con la poesía y el
arte, que realizarán para él la ideal hermosura.
No bien Fausto se recobra de sus violentas emociones, merced a un sueño
mágico, arrullado por cantos de genios y de ninfas, en un fertilísimo y
ameno vergel, las mencionadas aspiraciones empiezan sucesivamente a
realizarse, hasta donde la condición finita de Fausto y del mundo lo
consiente.
Fausto brilla en la corte del Emperador y encuentra que en ella puede
ser lo que se le antoje, merced a su propio mérito y al diablo.
Esto, no obstante, no le satisface. De las damas no hay una sola que le
haga impresión, y se enamora de Elena, personificación de la hermosura
corporal perfecta.
El diablo no tiene poder para proporcionarle a Elena. Lleno de turbación
le habla de las Madres, o dígase de las ideas ejemplares, de las formas
puras antes de unirse a la materia prima y producir los diversos seres;
las cuales Madres, cuyos misterios el diablo no entiende, viven en el
vacío eterno, fuera del tiempo y del espacio, y sólo por medio de
hondísima y solitaria contemplación, reconcentrándose en el meditar, y
arrojándose en horribles abismos, puede llegar a ellas un ánimo
atrevido. La empresa es tal, que el propio diablo no se atrevería a
acometerla. Fausto, sin embargo, la acomete, y el diablo le ve partir
con asombro, y duda de que vuelva del seno tenebroso, infinitamente más
profundo que el infierno, adonde se ha lanzado.
En este viaje de Fausto a ver a las Madres está la clave del poema; el
núcleo de la segunda parte. Nosotros creemos que el diablo tiene razón,
y que Goethe no la tiene. Fausto no vuelve en realidad. El Fausto vivo y
humano, el doctor melancólico, el remozado por la bebida mágica, el
amante natural, como son todos los amantes; de la natural, viva y real
Margarita, se queda por allá con las Madres, y sólo vuelve su sombra, su
idea pura, un símbolo, una alegoría tan diáfana y clara, que más no
puede ser.
De aquí que toda la segunda parte sea poesía, en virtud del estilo
bellísimo del poeta, de la riqueza lírica y gnómica que derrama, de mil
primores de todos géneros que sabe difundir en los pormenores; pero en
el conjunto, la segunda parte, o no es poesía o es poesía al revés.
Sin duda que el poeta, allá en los tiempos antiguos, con inspiración
inconsciente, con estro divino, agitado por un furor que le viene del
cielo, crea personajes y acciones, que entrañan y simbolizan grandísimas
verdades. Más tarde viene el crítico, el pensador dialéctico, el hombre
frío y reflexivo, y va desnudando del símbolo las verdades en él
ocultas, y deshace la poesía y crea la ciencia.
Éste, en nuestro sentir, es el procedimiento natural.
Pero Goethe procede del modo contrario. En la segunda parte del FAUSTO
es un poeta al revés: demuestra prácticamente lo que al principio
dijimos: que la epopeya trascendental y comprensiva es imposible ahora:
que es delirio querer realizarla.
Por lo expuesto, nos pasma tanto el encarnizamiento con que censuran
muchos de poco inteligible la segunda parte del FAUSTO. El defecto nos
parece que está en lo contrario: en que se entiende de sobra; en que
todo es símbolo; en que es una larga parábola de millares de versos; en
que ninguno de aquellos personajes nos puede ya interesar, porque no son
tales personajes, sino figuras alegóricas, que representan pensamientos
religiosos, morales, filosóficos, físicos, químicos y geológicos del
autor. Y francamente, una parábola, una alegoría tan continuada, sería
insufrible, si no fuese de Goethe. Parecería, además, una puerilidad
enojosa y cansada. ¿A qué esas imágenes, esos misterios, ese estilo
figurado, para exponer doctrinas? Aunque se ven a las claras bajo el
velo trasparente de la alegoría, aún se verán mejor sin ese velo.
La poesía se asemeja en esto a la religión. Imaginemos, por un instante,
y Dios nos lo perdone, que la de Cristo es como la explica Hegel. Será
así muy filosófica, muy profunda, muy interesante; pero, no bien se
acepte la explicación de Hegel, tendremos un ingenioso y dialéctico
trabajo, y lo que es religión no tendremos. Hegel, no obstante, está en
su derecho (entiéndase que somos partidarios de la absoluta libertad de
pensar); Hegel puede exponer racionalmente todos los dogmas, y
reducirlos a filosofía.
Lo absurdo sería que después, emprendiendo la misma caminata en
dirección inversa, agarrásemos la Idea, el Yo, el No-Yo, el Ser, el
No-Ser, el Llegar-a-Ser, el Prurito, la Voluntad, la Vida, la Muerte, el
Uno y el Todo, y convirtiéndolos en personas, fraguásemos la religión
del porvenir, ya con las filosofías de Hegel; ya con las de Hartmann; ya
con las de otro cualquiera. ¿Quién había de creer en religión semejante?
¿Qué apóstoles, qué confesores, qué mártires tendría? Y no es esto negar
que la ciencia, la doctrina, la afirmación, despojada del símbolo
inútil, sobrepuesto y anacrónico, no puede tenerlos.
Convenimos en que en religión, por razones largas de exponer aquí,
resalta más lo absurdo de tomar al revés estos caminos; convenimos en
que cabe en poesía lo alegórico, como gala de imaginación, como juego
ingenioso, y hasta como medio gráfico de que hagan las verdades más
impresión en el ánimo, y hasta como recurso mnemotécnico para que duren
con más persistencia y distinción en la memoria. Pero aun así, no se
comprende, parece producto del frenesí, parece una pesadilla, tan larga
alegoría.
No obstante, la segunda parte del FAUSTO, por cima de todo lo alegado en
contra, se lee con interés. Esto consiste, en que la alegoría poética
tiene y seguirá teniendo siempre alguna razón de ser. La verdad, velada
en la imagen o símbolo, seguirá siempre grabándose mejor en el alma de
las muchedumbres, que la verdad, o la teoría que pretenda pasar por tal,
expuesta con método didáctico rigoroso. Así la poesía será menos poesía,
será menos bella, será más fría y más sin alma; pero podrá ser útil.
Interesa además, e interesa principalmente la segunda parte del FAUSTO,
porque el lector, acaso sin percatarse de ello, la convierte en una
enorme poesía lírica, en una serie de ditirambos, en una obra, no épica
y objetiva, sino subjetiva en grado sumo, donde ya no hay más héroe que
Goethe; Goethe, disfrazado de Fausto, y empeñado en algo de monstruoso,
descomunal e imposible. Saludemos, pues, al altísimo poeta con las
mismas palabras con que saludaba a Fausto la profetisa Manto:
_Den lieb' ich, der Unmögliches begchrt!_
Yo amo a aquel que desea lo imposible.
Fausto, en este sentido, esto es, la sombra de Fausto, su idea, que
Goethe lleva en sí, vuelve del seno de las Madres. En una fantasmagoría
semi-real, en un teatro, delante del Emperador y de toda su corte,
Fausto hace que Elena y Paris aparezcan. Cuando Paris roba a Elena,
Fausto tiene celos, no puede contenerse, quiere quitar a Paris la beldad
que lleva en los brazos, y deshace el encanto con una explosión, cayendo
él como muerto.
ACTO II.--Todo este acto es un aquelarre pagano y clásico en
contraposición con el aquelarre romántico y correspondiente al
cristianismo, que se lee en la parte primera. Si alguna vez nos
olvidamos de la alegoría, y hasta nos parece que deja de haberla y que
tocamos algo real, es porque Goethe, en virtud de sus monadas, de sus
genios y espíritus elementales, de sus inteligencias misteriosas que
mueven las cosas naturales, casi cree en los seres que evoca, por donde
los seres que evoca toman cuerpo y dejan de ser figuras retóricas
solamente.
Para explicar la doctrina de este segundo acto sería menester escribir
tanto al menos como el acto contiene. Goethe es conciso y por
consiguiente difícil de extractar. Baste saber que ya el diablo, según
hemos dicho, hace aquí muy triste papel. Hasta _Homúnculus_, el engendro
raquítico de la ciencia pedantesca de Wagner, sabe más que él y le sirve
de guía.
Fausto, llevado de su anhelo incesante, penetra en el seno de la
Naturaleza, quiere desentrañar sus arcanos y el origen de los seres. Su
amor a Elena, esto es, su afán de poesía y de hermosura, no se entibia
sin embargo. Nada distrae a Fausto de este amor. Halla al centauro
Chiron, monta sobre sus espaldas, y corre en busca de Elena. La
profetisa Manto le indica el modo de dar con ella: le dice por qué
sendas debe bajar al reino sombrío de Plutón, en las más hondas raíces
del Olimpo, adonde ya bajó y de donde nunca volvió Orfeo; Fausto con no
menos brío que Orfeo, y con mejor fortuna, desciende al Orco en busca de
su amada.
ACTO III.--Aquí se advierte más aún el defecto de la realidad; lo frío
de la alegoría. Nada más bello, sin embargo, como forma. Es todo dichosa
imitación de la poesía griega antigua, combinada magistral y
armónicamente con lo caballeresco, trovadoresco y galante de la poesía
de los siglos medios.
Fausto tiene un castillo en la cima del Taigetes, y es capitán y
príncipe de guerreros salidos del seno de la noche cimeriana. Elena,
huyendo de Menelao, que la quiere sacrificar, se refugia en el castillo
de Fausto, quien la recibe como Amadís hubiera recibido a Briolanja o a
otra princesa menesterosa, que viniese a que la socorriera en su cuita.
Fausto, con sus guerreros, destroza el ejército de Menelao, y con sus
modales refinados enamora a Elena en seguida, que, por otra parte, como
es sabido, no era una roca de firme ni un mármol de fría.
Después de este doble triunfo, Fausto y Elena se retiran a Arcadia,
donde hacen vida bucólica. Allí tienen un hijo: Euforion. Remedo de
Hermes, apenas nace inventa y toca la lira, y quiere sometérselo y
apropiárselo todo y subir a los cielos.
Euforion se lanza en el aire y cae despeñado, cual nuevo Ícaro. Goethe
celebra en Euforion a Lord Byron, y lamenta su muerte. Es un episodio de
extraordinaria belleza. Euforion, además, es símbolo de la poesía
moderna, nacida de la antigua belleza clásica y de la ciencia reflexiva
de nuestra edad.
Muerto Euforion, el lazo que une a Fausto con Elena queda deshecho.
Elena vuelve al Orco; pero antes de partir abraza a su esposo y le deja
como prenda de amor la túnica y el velo. Estas vestiduras no son la
misma deidad; pero son divinas y tienen la fuerza de elevar a quien las
posee por cima de las cosas vulgares. En efecto, estas vestiduras
envuelven a Fausto y le suben hacia las regiones etéreas.
ACTO IV.--Prosigue en él la alegoría, y en nuestro sentir es el menos
divertido de todos. El emperador lucha con un anti-emperador, y con
auxilio de Fausto y de Mefistófeles le derrota. Fausto, que ha tratado
ya de calmar su anhelo infinito con la ciencia, con la poesía, en el
seno de la Naturaleza y en el seno de la belleza ideal, procura ahora
satisfacerle con el poder y el dominio.
ACTO V.--Todavía, ya en una extrema vejez, Fausto busca el bien supremo
en la filantropía, en hacer la felicidad de sus semejantes, en los
adelantamientos sociales. Con este empeño de adelantamientos, como el
sonido de las campanas le fastidia, hace que el diablo queme la cabaña
de Baucis y Filemon, emblema de la vida antigua, y queme además la
ermita, que estaba al lado y donde sonaban las campanas; esto es, acaba
con la religión, en nombre de lo cómodo y progresivo.
A pesar de su poderío, comodidad y bienestar, si bien Fausto impide que
entren a visitarle en su palacio la Deuda, la Necesidad y la Miseria, no
impide que el Cuidado entre y le aflija y le consuma.
En medio de sus proyectos benéficos de hacer la dicha de los hombres, de
crear un pueblo libre, industrioso y lleno de virtudes, Fausto muere. La
alegoría no puede ser más clara. Fausto ha deseado, ha buscado cuanto
hay o puede haber de bello en la sociedad humana, en la mente, en la
fantasía, en el arte y en la Naturaleza. Sólo no ha acertado a elevarse
por cima de todo esto, en alas de la fe, y no ha buscado jamás en Dios
el bien supremo. Pero Margarita (y aquí cesa la alegoría, y precisamente
en lo más sobrenatural, vuelve el poema a parecer real y a ser por lo
tanto más poético); pero Margarita, repetimos, que se ha salvado, ha
intercedido por Fausto cerca de la Virgen Santísima, y Fausto se salva,
a pesar del pacto con Mefistófeles, el cual queda burlado, aunque no muy
desesperado, a la verdad. Mefistófeles era un diablo de buen humor, y
sus bufonerías y chistes duran hasta lo último. Los ángeles tan bonitos
que vienen volando para llevarse el alma de Fausto, le hacen muchísima
gracia, y, si bien el pícaro no se siente inflamado de amor espiritual,
lo que es profana y lascivamente, les echa mil piropos y les dice sus
más atrevidos pensamientos y sentimientos. El acto, no bien desaparece
Mefistófeles, termina con una escena mística, en una Tebaida celestial,
donde los Padres del yermo, la Magdalena, la Samaritana, Santa María
Egipciaca, la misma Margarita, y los doctores extáticos, seráficos y
profundos, cantan dignamente de la caridad, de la redención, de la
gloria y del amor divino, mientras el alma de Fausto sube al cielo en
virtud de lo _femenino eterno_: expresión filosófica con que Goethe
designa a la Madre de Dios o al concepto de que procede, y con que pone
fea discordancia en los dichos cantares religiosos.
Tal es, en compendio, todo el poema de FAUSTO, del cual sólo la primera
parte va aquí traducida.
Sería tarea interminable si nos pusiéramos a hablar de cada una de sus
escenas y a buscar interpretaciones.
Sin interpretación alguna, como ya hemos dicho, todo tiene un sentido
simbólico inmediato por demás trasparente. No hay que interpretar el
poema hasta leerle.
Sus defectos están sobrepujados por sus bellezas. El sabio, el poeta, el
filósofo, el corifeo del gran siglo de oro de las letras alemanas se
muestra en este poema en todo su poder, y todo él con sus inmensas
facultades.
Él solo pudo acometer empresa tan grande sin caer en algo digno de risa.
¡Ay del poeta inexperto e iluso que, sin medir sus fuerzas, sin tener el
genio, la ciencia, la habilidad y la perspicacia crítica del poeta
alemán, se atreva a seguirle al seno de las Madres y quiera traernos de
allí a otro Fausto y a otra Elena! Lo más que nos traerá, con menos arte
y paciencia que Paracelzo o que Wagner, será un _Homúnculus_ ridículo,
que jamás saldrá de su redoma, cuya luz no guiará a nadie por los
caminos de lo ideal, y cuyo fuego amoroso, excitado por Galatea, no
derretirá y fundirá el vidrio, derramándose en el seno del Océano.
Sólo nos queda que añadir que en una traducción, por fiel que sea, se
pierden las dos terceras partes de las bellezas que estriban y se
sostienen en la energía y tersura de la expresión original.
Contentémonos, pues, con que, en nuestra fiel traducción, persista toda
aquella belleza íntima, que reside en el fondo, y no en la forma, y que
el lector atento sabe hallar y gustar, aunque la limpia y espléndida
estructura, el metro resonante y el hechizo de la rima hayan
desaparecido.