LAS ESCRITORAS EN ESPAÑA

Y ELOGIO DE SANTA TERESA(b).

Nada podría lisonjearme y agradarme más que el encargo que me habéis

dado de contestar al bello discurso que acabamos de oír. Su autor,

recibido hoy en el seno de esta corporación, está unido a mí por lazos

de parentesco, y, lo que es más estimable y grato, por amistad de mucho

tiempo, jamás interrumpida hasta ahora y que promete no serlo nunca.

(b) Discurso leído en la Real Academia Española, el 30 de Marzo

de 1879, en la recepción del Conde de Casa-Valencia.

Si la disposición de ánimo, que de este afecto nace, no tuerce mi

juicio, inclinándole a la benevolencia, me atrevo a afirmar que la obra

literaria, que el nuevo Académico nos ha leído, corrobora las razones

que para elegirle tuvisteis, siendo dichosa muestra de sobriedad,

tersura y sencilla elegancia de estilo y cumplido dechado de crítica

juiciosa.

Pero, por mucho que valga su discurso, el Conde de Casa-Valencia había

exhibido antes otros títulos de más valer para aspirar a tomar asiento

entre vosotros.

No pocas veces he discutido yo con él acerca de un punto importantísimo

en la historia de toda literatura, y singularmente de la española, en

nuestros días. Fundábase nuestra controversia en este aserto, que

dábamos por sentado: en nuestra España apenas tiene el escritor el

incentivo del lucro, o es tan ruin el incentivo que no debe suponerse

que sea él y no el amor de la gloria quien a escribir estimule.

La controversia era, pues, sobre si tal carencia, ineficacia o escasez

de incentivo, era un bien o un mal para las letras.

Como yo no vengo aquí a hacer pública confesión de mis culpas, no diré

si por carácter vacilo; pero sí confesaré que, salvo en ciertas

cuestiones de primer orden, en que sostengo siempre la misma opinión,

rayando en tenacidad mi consecuencia, suelo en muchas otras, que

considero secundarias, vacilar con demasía y no acabar nunca de

decidirme, fluctuando entre los más encontrados pareceres. Percibo o

imagino qué percibo cuantos argumentos hay en pro y en contra, y ya me

siento solicitado por unos, ya atraído por otros, en direcciones

opuestas.

En este asunto de las letras mal remuneradas me ocurre, mil veces más

que en otros, tan lastimosa fluctuación.

Prescindo del interés que como escritor me induce a desear que los

libros se vendan a fin de hallar en componerlos medio honrado de ganar

la vida. Y libre mi criterio de esta seducción, diré en breves frases lo

que en pro de ambos pareceres se presenta a mi espíritu.

Cuando era yo mozo, me encantaba la lectura de un tratado del célebre

Alfieri, cuyo título es _Del Príncipe y de las letras_. Nada me parecía

más razonable que lo que allí se afirma. Todavía, en tiempo del autor,

los poetas, los filósofos, los que componían historias, todos los

escritores, en suma, contaban poco con el vulgo, y esperaban o gozaban

remuneración por sus trabajos de algún magnate, monarca, tirano o señor

espléndido, que los protegía. Contra esto se enfurece Alfieri, declama

con severa elocuencia y se desata en invectivas y en raudales de

indignación. Para complacer al príncipe, magnate o tirano, a quien se

sirve y de quien todo se espera o teme, importa adular, encubrir a

menudo las verdades más provechosas al género humano y emplear un estilo

sin nervio. El escritor, pues, que se respete y que estime su misión en

lo que vale, es menester que se sustraiga y emancipe de la protección y

tutela del tirano, que aprenda y ejerza oficio manual para vivir

independiente, y que, de esta manera, escribiendo sólo por amor a la

gloria y por filantropía, esto es, por deseo santísimo y purísimo de

adoctrinar a los hombres y de hacerlos más virtuosos, componga obras

merecedoras de pasar a la posteridad, para bien de las generaciones

futuras, a quienes sirvan de guía y norte.

Todos estos razonamientos repito que me encantaban. Y yo daba gracias

fervientes al cielo porque me había hecho nacer en una edad en que las

cosas habían cambiado de tal suerte, que el escritor, contando con el

público, para nada necesitaba de tirano a quien adular, ni a fin de no

incurrir en su enojo se veía obligado a callar las más útiles y hermosas

teorías.

Después vinieron la contradicción y la duda. Esto que hoy se llama

público y que en lo antiguo con vocablo menos respetuoso se llamaba

vulgo, ¿no es tirano también? ¿No es menester adularle si queremos ganar

su voluntad? ¿No conviene decirle las cosas que le deleitan para tenerle

propicio? ¿No se necesita callar las verdades más sanas para que no se

enfade?

Si el público fuera en realidad equivalente al vulgo, si el público y el

pueblo fuesen la misma entidad, aún se podría sostener que posee, si no

reflexivo acierto para apreciar la bondad, la verdad o la belleza,

instinto semi-divino y casi infalible que le lleva a fallar sobre todo

ello con justicia. Pero, entre las muchedumbres que gozarán, a no

dudarlo, de tan noble instinto, y el escritor que a ellas se dirige,

siempre o casi siempre se interpone cierta capa social, aunque leve y

sutil, muy tupida, donde la voz se embota y apaga o el escrito se

detiene, sin llegar ante los ojos o sin penetrar en los oídos de ese

vulgo o de ese pueblo, que exento de prejuicios y con certera candidez

sabría decidir lo justo, si la voz o el escrito se pusiera a su alcance.

Detenidos éstos en la mencionada capa social, sólo de ella pueden los

escritores esperar hoy el galardón que apetecen. Lo malo es que las

gentes que forman esta capa social son, a mi ver, poco a propósito para

el fallo. Egoístas en grado sumo, se dejan arrastrar de la pasión o del

interés del momento. Hasta lo más excelso y trascendental se subordina a

la moda: ora por moda son creyentes; ora por moda son impíos. A la

adulación se hallan tan propensos como el más engreído tirano. Y suelen

carecer del buen gusto de que algunos tiranos, protectores de las

letras, han dado pruebas brillantísimas. Bien puede ponerse en duda que

haya habido jamás clase media bastante ilustrada para competir en tino,

al proteger la poesía y las demás letras humanas, con Pericles, Augusto,

Mecenas, Bembo, Leon Décimo, Lorenzo el Magnífico, Luis XIV de Francia y

el Duque de Weimar. Ni sé yo, si se ahonda y escudriña bien este

negocio, qué cosas tan útiles al linaje humano se hubieron de callar los

protegidos por no incurrir en el desagrado de sus egregios protectores.

¿Qué prohibiría decir, por ejemplo, el Duque de Weimar a Herder,

Wieland, Lessing, Goethe y Schiller? Yo me doy a entender que ellos

dijeron todo lo que quisieron, y que, sin miedo de perder el favor del

amable soberano que los hospedaba y regalaba con generosa magnificencia,

permítaseme lo familiar de la frase, se despacharon a su gusto.

No se opone esto a que Alfieri en general tuviese razón; pero es

menester hacer extensivo su argumento no sólo al escritor que se somete

a un príncipe, sino también al escritor que al público se somete. Por

donde vendrá a inferirse que la verdadera independencia y nobleza de

quien escribe está en el propio ser de su alma y no en la circunstancia

exterior de que viva asalariado por un príncipe o por un mercader de

libros que le paga con lo que del público cobra.

Sea como sea, en el día este segundo modo de ganar algo con las letras

es el único posible. Los príncipes no son señores de vidas y haciendas;

apenas se halla tirano, amable o no amable, que pueda disponer de la

fortuna pública para proteger a los poetas y literatos; y lo más natural

es que éstos se hagan pagar por el público su trabajo; porque no se ha

de confundir por ningún estilo el antiguo patrocinio de los príncipes

con lo que hoy se llama protección oficial. Esto, por muchas garantías

que se den y por más exquisitas precauciones que se tomen, tiene todos

los inconvenientes de los otros dos modos de protección. En lo tocante a

servilismo baja hasta lo ínfimo, pues no se trata ya de adular a los

Médicis o al distinguido y simpático Duque de Weimar, sino al Ministro,

tal vez zafio y oscuro, al Director, tal vez lego, y acaso, acaso, al

triste Oficial del Negociado. Las elegancias cortesanas, los primores

del estilo, la atildada compostura, que para ganar la protección de la

Corte se requerían, están aquí de sobra. Por todo lo cual entiendo que

de esta protección oficial, concedida en virtud de prosaicos

expedientes, sólo nace una literatura enfermiza y enteca, como planta

criada en invernáculo: libros de pacotilla, sin elevación ni libertad de

espíritu en quien los escribe, y desprovistos además de aquella

distinción y de aquella pulcritud aristocráticas, que siempre son un

mérito, no existiendo otros de más sustancia.

Así, pues, yo propendo a creer que es inútil, si no por todo extremo

nociva, la protección oficial a la literatura, y en particular a la

amena, y sólo comprendo que proteja y subvencione el Estado ciertas

producciones tan hondas, sutiles y tenebrosas, que se pueda presumir

razonablemente que no cuentan en una nación, medio culta siquiera, con

un público que pase de cien personas, como por ejemplo, un libro de

matemáticas sublimes, erizado de fórmulas, signos y figuras, y

atiborrado de cifras, misteriosas para el profano. Lo demás, o dígase

novelas, versos, historia, política, y hasta filosofía, el público debe

pagarlo, y si no lo paga, mejor es que no se escriba o que se escriba de

balde.

Casi se puede afirmar que tal es el caso en España.

Aquí renace la cuestión. ¿Esto es un mal o es un bien? Yo, a pesar de

mis vacilaciones, y a pesar del interés personal que me lleva a creer lo

contrario, creo que es un bien.

Todo el que tiene o imagina tener algo peregrino, bello y nuevo que

decir, de seguro que no se lo calla; lo dice, aunque no se lo paguen.

Por decirlo es muy capaz de pagarlo, si tiene dineros. ¿Hay mayor

hechizo que el de que nos escuchen o nos lean? Fiado en este hechizo,

trazó Leopardi el gracioso y lucrativo proyecto de una compañía o

sociedad de oyentes, que se haría pagar por oír a los autores. El

filósofo que inventa un sistema, el vidente que percibe al numen

agitando su alma, y el poeta a quien el estro hiere y aguija con

invencible brío, escribirán sus filosofías, sus poesías y sus visiones,

aunque nada les valgan. El escribir entonces será de veras sacerdocio:

algo de devotísimo y sagrado que no se tomará por oficio. Se escribirán

pocos libros medianos. Sólo se escribirán algunos buenos.

Y se escribirán muchos pésimos, por los alucinados de la gloria; pero

esto no obsta, porque el rió del olvido los arrastrará en su corriente,

a poco de haber salido a luz y sin dejar huella ninguna.

De que los libros no valgan dinero resultará que todos aquellos hombres

de entendimiento, que sirven para algo, harán mil cosas útiles y no

escribirán. Sólo escribirán los verdaderamente inspirados, los amantes

de la gloria, los punzados e impelidos por el estro, los que tienen algo

grande y nuevo que decir, o el que absolutamente no sirve para nada, y,

como ha seguido carrera literaria, se hace escritor, desesperado de no

poder ser otra cosa y para consolación en su desventura.

Infiero yo de aquí que no reflexionan derechamente los que, llenos de

terror de que haya tanto letrado en España, dicen que deben dificultarse

las carreras a fin de que muchos tomen oficio o se empleen en más

humildes menesteres; porque nuestras aficiones hidalgas o señoriles no

lo consentirán nunca; y, si el que estudia algo, aunque sea poco, se

convierte hoy en autor, cuando no estudie nada, y no espere regalo y

favor de las musas, como ya hacen muchos que no han cursado en las

Universidades, se convertirá en hacendista, y las cosas empeorarán. Un

poeta, por perverso que sea, es al cabo menos dañino que cualquiera

aspirante a ministro de Hacienda, o a banquero o a director del Tesoro.

El argumento no vale, sin embargo, sino para probar que no son dañinos

los muchos autores, y no para excitar a que se paguen sus obras.

Donde éstas se pagan bien, por lo rico y más próspero del pueblo para

quien se escriben, hay que lamentar hoy cierta plétora. Así en

Inglaterra. Tauchnitz, editor de Leipzig, hace una edición de autores

ingleses, contemporáneos los más. Es de presumir que sólo publica lo

mejor. Su biblioteca o colección, no obstante, consta ya de mucho más de

mil volúmenes. Convengamos en que esto pone grima. ¿Es posible que el

espíritu humano, por fértil que sea, tenga suficientes primores,

novedades y lindezas que decir, para llenar tantos volúmenes, o habrá

harto de repeticiones y de palabrería? Lo confieso: al ver esta viciosa

lozanía, esta intrincada selva o matorral de libros, que nacen donde se

pagan, casi me avengo a que no se paguen aquí o se paguen mal, a fin de

que sólo escriban los que por ilusión sandía se creen _genios_, o los

que tienen algo de _genios_ y no pueden menos de escribir. Los libros de

aquéllos pasarán y los pocos de éstos quedarán, como conviene que

queden, sin confundirse en el fárrago insulso de tanto como por oficio

se escribe.

Por otra parte, donde no valen dinero las obras literarias, los autores

no suelen ser tan prolijos en escribir, y esto es gran ventaja. Aunque

yo disto infinito de ser profundo, venero la profundidad, si bien me

guardo de confundir lo profundo con lo difuso. Y cierto que hoy se peca

gravemente en esto, donde los libros valen. Hay, verbigratia, una

Historia de Inglaterra, que se toma por modelo. No empieza la narración

sino doscientos años ha. El autor murió dejando escritos, en unos ocho

tomos de la citada edición de Tauchnitz, ocho años sobre poco más o

menos de dicha historia. Para escribirla toda hasta hoy hubiera sido

menester en el autor la facilidad del Tostado y la vida de Matusalen, a

fin de escribir doscientos tomos. Y hasta para leer toda la historia uno

que no leyese muy de priesa tendría que consumir lo mejor de su vida.

Si estas razones tengo para no sentir que el oficio de escritor sea bien

retribuido, no faltan razones desinteresadas para desear que lo sea. Y

es una de gran peso el considerar que no se logra escribir bien y sacar

a luz obras inmortales con larga meditación y estudio, sino que las

mejores obras suelen brotar de repente, y el autor las produce como por

milagro y caso divino, escribiendo veinte cosas malas o medianas antes

de atinar con una buena.

En los terrenos feraces, si se siembra trigo y se cultiva bien, el trigo

nace en abundancia; pero no dejan de nacer cizaña y otras yerbas

perniciosas; y, sin embargo, no es razón que, a fin de evitar que la

cizaña nazca, se quede por cultivar el terreno y no se eche en él buena

simiente. Ya vendrá en su día y sazón quien escarde el haza o sembrado,

y arranque lo que allí ha nacido de más, a fin de que el trigo crezca,

medre y cunda sin ahogo.

Esto, en las letras, lo hace la crítica. Porque yo me figuro, pongo por

caso, que había de haber un sin número de cantos o narraciones populares

sobre la guerra de Troya, y que sin duda algún sabio discreto desechó lo

más y escogió lo menos y más hermoso, y, enlazándolo entre sí con

artificio y orden, compuso los maravillosos poemas de la Ilíada y de la

Odisea. Y del gran moralista antiquísimo de los chinos, no ya por

presunción se colige, sino que a ciencia cierta se sabe, que de fatigosa

cantidad de sentencias, eliminando muchas, ya por vanas y frívolas, ya

por repetidas, reunió lo mejor y más sustancioso, y esto le dio la fama,

el crédito y la autoridad semidivina de que él goza entre los de su

nación y casta, con provecho y bienandanza de todos.

Por este lado, pues, yo me inclino a desear que se escriba mucho, aunque

se nos antoje que no es de mérito, porque sin tanta rapsodia no hubiera

salido la Ilíada, y sin tanta sentencia no hubiera podido extraer las

suyas el sabio Confucio.

En España, dejando en suspenso el decir si es bien o mal, ya que en mi

entender para todo hay razones, se escribe poco en proporción de lo que

en otros países se escribe. Y aun de eso poco que se escribe en España,

no suele ser lo peor lo que, por incuria o falta de estímulo, queda

inédito o pasa ignorado.

Notable prueba de lo que digo pudieran dar bastantes varones ilustres,

que ocuparon las sillas de esta Academia, cuyas obras, de gran

importancia unas, y otras de sabrosísima lectura, andan perdidas en los

periódicos, o existen manuscritas y expuestas a perecer, sin que nadie

las imprima y publique en colección: así, por ejemplo, los escritos de

D. Agustín Durán, de D. Antonio Alcalá Galiano, de D. José Joaquín de

Mora y de otros.

Los españoles son más aficionados al tumulto del espectáculo público que

a la soledad y al retiro, y más se avienen con emplear los oídos en

escuchar, que los ojos en leer las creaciones del ingenio, por donde

éste suele mostrarse, mejor que en el libro, en el teatro y en la

tribuna. De aquí que nuestra Academia elija gran parte de sus individuos

entre los autores dramáticos y los oradores.

De los últimos hay varios que apenas han dejado escritos, por faltarles

tiempo y aliciente para escribir, si bien por lo poco que dejaron es

fácil rastrear y columbrar cuánto hubieran acertado al hacerlo, si con

afán hubiesen dedicado a tales tareas las altas prendas de escritores

que los adornaban. Valga como muestra la bellísima cita, hecha por el

Conde de Casa-Valencia en el discurso a que contesto, de un artículo del

Sr. Ríos Rosas, _La mujer de Canarias_, única producción en prosa, que a

más del discurso de recepción aquí, confieso conocer, como trabajo

meramente literario, de tan eminente republico y tribuno.

El nuevo Académico, a quien tengo la honra de contestar, se cuenta entre

aquellos que vienen principalmente aquí a título de oradores, como

Pacheco, Olózaga, Gonzalez Bravo y el citado Ríos Rosas.

Su elocuencia parlamentaria y didáctica es harto digna de este premio.

Fácil y discreto en cuanto dice, une el Conde, a la elegancia de la

frase, la nitidez, la corrección y el método, que valen tanto para

hacerse comprender; la amenidad y la gracia, que atraen al auditorio y

ganan las voluntades; la firmeza que infunde el convencimiento; y la

circunspección, la mesura y el sereno reposo, que cuadran y se ajustan

tan bien con la índole del hombre de Estado.

Pero el nuevo Académico no ha lucido sólo en las Asambleas políticas las

dotes que como orador le distinguen, sino que, durante tres años, ante

numeroso y complacido concurso, ha dado en el Ateneo interesantes

lecciones sobre _La libertad política en Inglaterra_, las cuales, con

aplauso general y no escaso fruto de los que estudian seriamente la

política, corren impresas en tres volúmenes. En ellos, a más de campear

las excelencias que ya he encomiado, se atesoran no pocas noticias

históricas, para la generalidad de nuestros compatriotas desconocidas, y

muchas advertencias y máximas, sacadas con tino y agudeza de los mismos

hechos que se refieren.

Entre otros trabajos del Conde, es muy de alabar además uno bastante

extenso, publicado en la _Revista de España_, con el título de _La

embajada de Don Jorge Juan en Marruecos_, en el cual, no sólo se

descubren excelentes condiciones del estilo propio para la narración

histórica, sino la aptitud didáctica, sesuda y reflexiva de que el autor

da tantas señales en las precitadas lecciones.

De su discurso de recepción sería petulancia en mí el hacer aquí

panegírico. ¿Cuál mejor que vuestro aplauso? ¿Qué prueba más clara de su

mérito que el deleite e interés incesante con que le habéis oído?

Grande es mi deseo de contestar dignamente a dicho discurso; pero ni la

premura del tiempo, ni las dolencias y graves disgustos, que en estos

días me han aquejado, ni mi falta de serenidad y de paz interior,

habrían de consentirlo, aunque la pobreza de mi erudición y la cortedad

de mi entendimiento no lo estorbasen.

El tema sobre que versa el discurso no puede serme más simpático; pero

esto no basta.

Con ocasión de que las mujeres se complacen ahora en asistir a estas

reuniones, encarece mi amigo y compañero la capacidad que hay en ellas

para el cultivo de las letras y cuán útil y conveniente es que las

cultiven. En todo esto mi mente se halla en perfecta consonancia con la

suya. Nada diría yo, aunque supiera decirlo, para invalidar sus razones.

Lo poco que yo añada será para esforzarlas.

El ser espiritual de la mujer no me parece, con todo, igual al del

hombre, sino radicalmente distinto. Lo que el espíritu de ellas concibe

sería, a mi ver, monstruoso, si no diese señales de que es de mujer. Mas

esta desigualdad no implica diferencia de valer, ni presupone

inferioridad mucho menos. La diferencia está en las condiciones y

calidades: en algo que se siente de un modo confuso y que es difícil de

determinar y de expresar.

Pero la diferencia existe, y, aunque no sea más que por esta diferencia,

deben escribir las mujeres. Si sólo escriben los hombres, la

manifestación del espíritu humano se dará a medias: sólo se conocerá

bien la mitad del pensar y del sentir de nuestro linaje. En los pueblos

donde la mujer vive envilecida en la servidumbre, y no se la deja

educarse y saber, la civilización no llega jamás a completo

florecimiento: antes de llegar, se corrompe o se marchita. Es como si al

alma colectiva de la nación o casta donde esto ocurre se le cortase una

de las alas. Es como ser vivo que tiene la mitad de su organismo

atrofiado o inerte por la parálisis.

Si el alma de la mujer es diferente de la nuestra, hasta en la operación

más inmaterial debe notarse. Y yo creo justo y consolador sostener esta

diferencia. Si yo cayese en la tentación de hacerme espiritista y de dar

fe a la _palingenesia_, _metempsícosis_, o como quiera llamarse,

imaginando que renacemos en otros astros y mundos de los que pueblan el

éter insondable, entendería que la mujer siempre quedaba mujer; pues

tendría yo una desazón grandísima si me volviese a hallar, en Urano o en

Júpiter, con la linda señora, a quien hubiese amado en nuestro planeta,

aunque fuese de un amor más platónico que el de Petrarca por Laura,

convertida en caballero o en algo equivalente, según los usos de por

allá.

No puede ser mero accidente orgánico el ser de un sexo o de otro, sino

calidad esencial del espíritu que informa el cuerpo.

Repito, no obstante, que no implica esto que se dé inferioridad en las

mujeres, ni en el alma ni en los órganos que la sirven. Los españoles

nos hemos inclinado siempre a creerlas superiores en todo. El sublime

concepto que de ellas tenemos se cifra en cierta sentencia que Calderon,

no una, sino varias veces, pone en boca de sus galanes:

Que si el hombre es breve mundo,

la mujer es breve cielo.

Recuerdo que Juan de Espinosa, en cierto _diálogo_ que escribió _en

laude de las mujeres_, titulado _Ginaecepaenos_, se extrema en ponderar

lo superiores que son en todo las mujeres, valiéndose para ello de las

doctrinas escolásticas, de la historia, de la teología y de los

argumentos más raros y sutiles. Dice, por ejemplo, con _darwinismo_

profético y piadoso, que Dios sacó de lo menos acabado y perfecto lo más

perfecto y acabado. Del hombre sacó a la mujer, no sin menoscabo y

detrimento, pues que le sacó una costilla; y de la mujer, sin detrimento

ni menoscabo alguno, sacó un perfectísimo bacón, en quien quiso

humanarse. Otra observación no menos curiosa del _Ginaecepaenos_ es que

el hombre fue creado por Dios en cualquiera parte, mientras que a la

mujer la creó Dios en el Paraíso.

Dejando a un lado estas cuestiones, sobrado profundas, digo que la

mujer, aun cuando no escriba, influye benéficamente inspirando lo mejor

de cuanto se escribe. ¿Qué poesía, qué drama, qué leyenda, qué novela,

no tiene por asunto principal el amor de la mujer? Inspirado por su amor

y deseoso de conquistar su amor, canta casi siempre el poeta. Mas no

contentas las mujeres con tanta gloria, no satisfechas de inspirar sólo,

han querido y debido escribir también, a fin de que una de las faces de

nuestro espíritu, colectivamente considerado, no quede en la sombra, sin

dejar rastro y sin dar razón permanente de sí.

El nuevo académico, concretándose a nuestra patria, ha hablado con

elogio merecido y ha hecho el recuento de las mejores escritoras que

enriquecen el idioma castellano con sus producciones.

Es evidente que, en un discurso que por fuerza no ha de extenderse

demasiado, no puede esto hacerse por completo. España ha sido tierra

fecundísima en escritoras, y el Conde de Casa-Valencia ha tenido que

hablar poco de las que ha hablado y que dejar de hablar de muchas.

Con más reposo y tiempo, que los que tengo ahora, no me sería difícil,

ya que no completar, añadir algo, citando otras autoras de la época

cristiana, y hasta hablando de las poetisas muslímicas, que las hubo en

gran número y muy notables.

Un compañero nuestro, el académico correspondiente D. Gumersindo

Laverde, pronto, por dicha, llenará este vacío. Sé que reúne noticias

con diligencia, y que escribe sobre el asunto. Yo espero que Dios mejore

su quebrantada salud, así por lo mucho que estimo y quiero a tan

laborioso, entendido y modesto amigo, como para que el público goce del

libro que acerca de las escritoras españolas está componiendo, y que

será de seguro bueno y provechoso; como toda obra suya.

Quisiera yo, no obstante, añadir aquí algo, sobre lo que ha dicho el Sr.

Conde, en alabanza de nuestra gran poetisa doña Gertrudis Gomez de

Avellaneda; pero temo repetir lo que ya en algunos escritos míos, a que

me remito, dije de sus obras líricas y de alguna dramática.

La premura del tiempo me incita además a no hablar de la gran poetisa,

para consagrarme todo, en lo que puedo decir aún sin fatigar vuestra

atención, a otra mujer, a otra poetisa harto más asombrosa, hija de

nuestra España y una de sus glorias mayores y más puras; la cual, aun

considerándolo todo profanamente, me atrevo a decir, sin pecar de

hiperbólico, que vale más que cuantas mujeres escribieron en el mundo.

Mi pluma tal vez la ofenda por torpe e inhábil; pero mi intento es sano

y de vivo entusiasmo nacido. Mi admiración y mi devoción son tales, que

si respondiese mi capacidad a mi afecto, diría yo algo digno y grande en

su elogio.

Bien pueden nuestras mujeres de España jactarse de esta compatriota y

llamarla sin par. Porque, a la altura de Cervantes, por mucho que yo le

admire, he de poner a Shakspeare, a Dante, y quizás al Ariosto y a

Camoëns; Fenelon y Bossuet compiten con ambos Luises, cuando no se

adelantan a ellos; pero toda mujer, que en las naciones de Europa, desde

que son cultas y cristianas, ha escrito, cede la palma y aun queda

inmensamente por bajo, comparada a Santa Teresa.

Y no la ensalzo yo como un creyente de su siglo, como un fervoroso

católico, como los santos, los doctores y los prelados sus

contemporáneos la ensalzaban. No voy a hablar de ella impulsado por la

fe poderosa que alentaba a San Pedro Alcántara, a San Francisco de

Borja, a San Juan de la Cruz, al venerable Juan de Avila, a Bañes, a

Fray Luis de Leon, al Padre Gracian, y a tantas otras lumbreras de la

Iglesia y de la sociedad española, en la edad de oro de nuestra

monarquía; ni con el candor con que la amaban y veneraban todos aquellos

sencillos corazones que ella robó con su palabra y con su trato para

dárselos a su Esposo Cristo; sino desde el punto de vista de un hombre

de nuestro tiempo; incrédulo tal vez; con otros pensamientos, con otras

aspiraciones, y, como ahora se dice, con otros ideales.

En verdad que no es este el punto de vista mejor para hablar de la

Santa; pero yo apenas puedo tomar otro. No hay método además que no

tenga sus ventajas.

Para las personas piadosas es inútil que yo me esfuerce. Por razones más

altas que las mías, comparten mi admiración. Y en dicho sentido, nada

acertaría a escribir yo que ya no hubiesen escrito tantos teólogos y

doctores católicos de España, Alemania, Francia, Italia y otras

naciones, devotos todos de la admirable monja de Avila, y que, en

diversas lenguas y en épocas distintas, elogiaron sus virtudes, contaron

su vida y difundieron su inspirada enseñanza.

Aunque este escrito mío no fuese improvisado, aunque me diesen años y no

horas para escribirle, nada nuevo podría añadir yo de noticias

biográficas, bibliográficas y críticas, después de la edición completa

de las obras de la Santa, hecha por D. Vicente de la Fuente, con

envidiable amor, con afanoso esmero y con saber profundo.

Véome, pues, reducido a tener que hablar de la Santa sólo como profano

en todos sentidos.

Mis palabras no serán más que una excitación para que alguien, con la

ciencia y el reposo de que carezco, no en breve disertación sino en

libro, exponga por el método que hoy priva aquella doctrina suya, que

Fray Luis de Leon llamaba _la más alta y más generosa filosofía que

jamás los hombres imaginaron_.

Algo de esto ha hecho, para vergüenza nuestra, un escritor francés,

Pablo Rousselot, en libro que titula _Los místicos españoles_, donde, si

deja mucho que desear, aún nos da más que agradecer, ya que ha sido el

primero en tratar el asunto como filósofo, moviendo a algunos españoles,

a par que a impugnarle y completarle, a imitarle y a seguir sus huellas.

Tales son un distinguido compañero nuestro, que no nombro, porque está

presente y ofendería su modestia, y el filósofo espiritualista de Béjar,

D. Nicomedes Martín Mateos, a quien me complazco en mentar aquí y con

cuya buena amistad me honro.

La dificultad de decir algo nuevo y atinado de Santa Teresa crece al

considerar lo fecundo y vario de su ingenio y la multitud de sus

escritos; y más aún si tenemos en cuenta que su filosofía; _la más alta

y más generosa_, no es mera especulación, sino que se trasforma en

hechos y toda se ejecuta. No es misticismo inerte, egoísta y solitario

el suyo, sino que desde el centro del alma, la cual no se pierde y

aniquila abrazada con lo infinito, sino que cobra mayor aliento y poder

en aquel abrazo; desde el éxtasis y el arrobo; desde la cámara del vino

donde ha estado ella regalándose con el Esposo, sale, porque él le

_ordena la caridad_, y es Marta y María juntamente; y embriagada con el

vino suavísimo del amor de Dios, arde en amor del prójimo y se afana por

su bien, y ya no _muere porque no muere_, sino que anhela vivir para

serle útil, y padecer por él, y consagrarle toda la actividad de su

briosa y rica existencia.

Pero aun prescindiendo aquí de la vida activa de la Santa y hasta de los

preceptos y máximas y exhortaciones con que se prepara a esta vida y

prepara a los que la siguen, lo cual constituye una admirable suma de

moral y una sublime doctrina ascética, ¡cuánto no hay que admirar en los

escritos de Santa Teresa!

Divertida y embelesada la atención en tanta riqueza y hermosura como

contienen, no sabe el pensamiento dónde fijarse, ni por dónde empezar,

ni acierta a poner orden en las palabras.

A fin de decir, sin emplear muchas, algo digno de esta mujer, sería

necesario, aunque fuese en grado ínfimo, poseer una sombra siquiera de

aquella inspiración que la agitaba y que movía al escribir su mente y su

mano; un asomo de aquel estro celestial de que las sencillas hermanas,

sus compañeras, daban testimonio, diciendo que la veían con grande, y

hermoso resplandor en la cara, conforme estaba escribiendo, y que la

mano la llevaba tan ligera que parecía imposible que naturalmente

pudiera escribir con tanta velocidad, y que estaba tan embebida en ello

que, aun cuando hiciesen ruido por allí, nunca por eso lo dejaba ni

decía la estorbasen.

No traigo aquí esta cita como prueba de milagro, sino como prueba

candorosa de la facilidad, del tino, del inexplicable don del cielo con

que aquella mujer, que no sabía gramática, ni retórica, que ignoraba los

términos de la escuela, que nada había estudiado en suma, adivinaba la

palabra más propia, formaba la frase más conveniente, hallaba la

comparación más idónea para expresar los conceptos más hondos y sutiles,

las ideas más abstrusas y los misterios más recónditos de nuestro íntimo

ser.

Su estilo, su lenguaje, sin necesidad del testimonio de las hermanas, a

los ojos desapasionados de la crítica más fría, es un milagro perpetuo y

ascendente. Es un milagro que crece y llega a su colmo en su último

libro; en la más perfecta de sus obras: en _El Castillo interior o las

Moradas_.

La misma Santa lo dice: _El platero que ha fabricado esta joya sabe

ahora más de su arte_. ¡En el oro fino y aquilatado de su pensamiento,

cuán diestramente engarza los diamantes y las perlas de las revelaciones

divinas! Y este diestro artífice era entonces, como dice el Sr. La

Fuente, «una anciana de sesenta y dos años, maltratada por las

penitencias, agobiada por enfermedades crónicas, medio paralítica, con

un brazo roto, perseguida y atribulada, retraída y confinada en un

convento harto pobre, después de diez años de una vida asendereada y

colmada de sinsabores y disgustos.»

Así escribió su libro celestial. Así, con infalible acierto, empleó las

palabras de nuestro hermoso idioma, sin adorno, sin artificio, conforme

las había oído en boca del vulgo, en explicar lo más delicado y oscuro

de la mente; en mostrarnos, con poderosa magia, el mundo interior, el

cielo empíreo, lo infinito y lo eterno, que están en el abismo del alma

humana, donde el mismo Dios vive.

Su confesor el Padre Gracian y otros teólogos, con sana intención sin

duda, tacharon frases y palabras de la Santa y pusieron glosas y otras

palabras; pero el gran maestro en teología, en poesía y en habla

castellana, Fray Luis de Leon, vino a tiempo para decir que se podrían

excusar las glosas y las enmiendas, y para avisar a quien leyere _El

Castillo interior_ «que lea como escribió la Santa Madre, que lo

entendía y decía mejor, y deje todo lo añadido; y lo borrado de la letra

de la Santa delo por no borrado, si no fuere cuando estuviere enmendado

o borrado de su misma mano, que es pocas veces.» Y en otro lugar dice el

mismo Fray Luis, en loor de la escritora, y censurando a los que la

corrigieron: «Que hacer mudanza en las cosas que escribió un pecho en

quien Dios vivía, y que se presume le movía a escribirlas, fue

atrevimiento grandísimo, y error muy feo querer enmendar las palabras,

porque, si entendieran bien castellano, vieran que el de la Madre es la

misma elegancia. Que, aunque en algunas partes de lo que escribe, antes

que acabe la razón que comienza, la mezcla con otras razones, y rompe el

hilo comenzando muchas veces con cosas que ingiere, mas ingiérelas tan

diestramente y hace con tan buena gracia la mezcla, que ese mismo vicio

le acarrea hermosura.»

Entiendo yo, señores, por todo lo expuesto, y por la atenta lectura de

los libros de la Santa, y singularmente de _El Castillo interior_, que

el hechizo de su estilo es pasmoso, y que sus obras, aun miradas sólo

como dechado y modelo de lengua castellana, de naturalidad y gracia en

el decir, debieran andar en manos de todos y ser más leídas de lo que

son en nuestros tiempos.

Tuve yo un amigo, educado a principios de este siglo y con todos los

resabios del enciclopedismo francés del siglo pasado, que leía con

entusiasmo a Santa Teresa y a ambos Luises, y me decía que era por el

deleite que le causaba la dicción de estos autores; pero que él

prescindía del sentido, que le importaba poquísimo. El razonamiento de

mi amigo me parecía absurdo. Yo no comprendo que puedan gustar frases,

ni períodos, por sonoros, dulces o enérgicos que sean, si no tienen

sentido, o si de sentido se prescinde por anacrónico, enojoso o pueril.

Y sin callarme esta opinión mía, y mostrándome entonces tan poco

creyente como mi amigo, afirmaba yo, que así en las obras de ambos

Luises, como en las de Santa Teresa, aun renegando de toda religión

positiva, aun no creyendo en lo sobrenatural, hay todavía mucho que

aprender, y no poco de que maravillarse, y que, si no fuese por esto, el

lenguaje y el estilo no valdrían nada, pues no se conciben sin

pensamientos elevados y contenido sustancial, y sin sentir conforme al

nuestro, esto es, humano y propio y vivo siempre en todas las edades y

en todas las civilizaciones, mientras nuestro ser y condición natural

duren y persistan.

Pasando de lo general de esta sentencia a su aplicación a las obras de

la Santa, ¿qué duda tiene que hay en todas ellas, en la _Vida_, en _El

Camino de perfección_, en los _Conceptos de amor divino_ y en las

_Cartas_ y en _Las Moradas_, un interés inmortal, un valer imperecedero,

y verdades que no se negarán nunca, y bellezas de fondo, que las

bellezas de la forma no mejoran sino hacen patentes y visibles?

La teología mística, en lo esencial, y dentro de la más severa ortodoxia

católica, tenía que ser la misma en todos los autores; pero ¿cuánta

originalidad y cuánta novedad no hay en los métodos de explicación de la

ciencia? ¿Qué riqueza de pensamientos no cabe y no se descubre en los

caminos por donde la Santa llega a la ciencia, la comprende y la enseña

y declara? Para Santa Teresa es todo ello una ciencia de observación,

que descubre o inventa, digámoslo así, y lee en sí misma, en el seno más

hondo de su espíritu, hasta donde llega, atravesando la oscuridad,

iluminándolo todo con luz clara, y estudiando y reconociendo su ser

interior, sus facultades y potencias, con tan aguda perspicacia, que no

hay psicólogo escocés que la venza y supere.

Rousselot concede a nuestros místicos, y sobre todo a Santa Teresa, este

gran valor psicológico: la compara con Descartes: dice que Leibnitz la

admiraba; pero Rousselot niega casi la trascendencia, la virtud, la

inspiración metafísica de la Santa.

Puntos son estos tan difíciles, que ni son para tratados de ligera, ni

por pluma tan mal cortada e inteligencia tan baja como la mía.

Me limitaré sólo a decir, no que sé y demuestro, sino que creo y

columbro en _Las Moradas_, la más penetrante intuición de la ciencia

fundamental y trascendente; y que la Santa, por el camino del

conocimiento propio, ha llegado a la cumbre de la metafísica, y tiene la

visión intelectual y pura de lo absoluto. No es el estilo, no es la

fantasía, no es la virtud de la palabra lo que nos persuade, sino la

sincera e irresistible aparición de la verdad en la palabra misma.

El alma de la Santa es un alma hermosísima, que ella nos muestra con

sencillo candor: esta es su psicología: pero, hundiéndose luego la Santa

en los abismos de esa alma, nos arrebata en pos de sí, y ya no es su

alma lo que vemos, sin dejar de ver su alma, sino algo más inmenso que

el éter infinito, y más rico que el universo, y más luminoso que un mar

de soles. La mente se pierde y se confunde con lo divino; mas no queda

allí aniquilada e inerte; allí entiende aunque es pasiva; pero luego

resurge y vuelve al mundo pequeño y grosero en que vive con el cuerpo,

corroborada por aquel baño celestial, y capacitada y pronta para la

acción, para el bien y para las luchas y victorias que debe empeñar y

ganar en esta existencia terrena.

Lo que la Santa escribe como quien cuenta una peregrinación misteriosa,

lo que refiere como refiere el viajero lo que ha visto, cuando vuelve de

su viaje, no ganaría, a mi ver, reducido a un orden dialéctico: antes

perdería; pero sería, sin duda, provechoso que persona hábil acertase a

hacer este estudio para probar que hay una filosofía de Santa Teresa.

Yo, señores académicos, deseoso de responder pronto y lo menos mal que

pudiera a mi pariente y amigo, me comprometí para hacerlo hoy, sin

contar con los males y desazones que en estos días han caído sobre mí.

He tenido poco tiempo de que disponer: tres días no más, por esto he

sido más desordenado e incoherente que de costumbre. Vosotros, con

vuestra indulgencia acostumbrada, me lo perdonareis. Así me lo perdone

también este escogido auditorio, y el público luego.

La misma priesa me ha hecho ser más extenso de lo que pensaba. Para

decir algo sin escribir o hablar mucho, se requiere o tiempo y

meditación, o gran brío de la mente: y todo me ha faltado.

Por dicha, el Conde de Casa-Valencia, con el discurso que leyó antes,

recompensó, con paga adelantada y no viciosa, la paciencia que

gastasteis en oírme; y no dudo que seguirá pagando este favor,

auxiliándonos en nuestras tareas, con la discreción y laboriosidad que

le son propias y con la erudición y el ingenio de que nos ha dado hoy

gallarda muestra.

Algo de todo · 第 12 / 15 题