SOBRE SHAKSPEARE

Mi amigo el estudioso y entendido joven D. Jaime Clark me pone en un

grande apuro. Publica una traducción de los dramas de Shakspeare y me

pide que escriba yo un breve prólogo. Esta distinción honrosa, este

aprecio que de mí hace D. Jaime Clark, me lisonjea por extremo; pero el

apuro no es menor para mí.

¿Cómo, por breve que el prólogo sea, he de prescindir del autor

traducido y he de limitarme a juzgar la traducción solamente? Fuerza es

decir algo sobre Shakspeare, y esto es lo difícil, lo enojoso para mí,

sobre todo en pocas palabras.

Shakspeare es el ídolo literario de Inglaterra. El influjo civilizador,

la preponderancia política de esta gran nación, en todo el auge ahora de

su fortuna, riqueza, prosperidad y brío, han difundido y acrecentado la

gloria del poeta amadísimo entre cuantas naciones pueblan la faz de la

tierra. ¿Qué podré yo añadir a las alabanzas de Shakspeare dadas en

Alemania por Wieland, ambos Schlegel, Lessing y tantos otros críticos y

poetas, que le aclaman el príncipe de los dramáticos y la fuente de

inspiración de donde ha surgido el genio de la moderna y hermosa poesía

alemana? ¿Cómo hablar, cómo escribir de Shakspeare después del encomio

hecho por Víctor Hugo, ciclópeo monumento, serie de ditirambos

desaforados, estatua colosal, fundida en una imaginación de fuego por un

entusiasmo que raya en delirio, y abrillantada y retocada después por un

cincel de diamante? ¿Cómo atreverme a desplegar los labios o a dejar

correr la pluma, habiendo leído la apoteosis bellísima, el saludo

sublime que Emerson envía a Shakspeare desde el otro lado del Atlántico?

Mi espíritu frío, tardo para los raptos de admiración, aunque no incapaz

de ellos, harto indeciso y vacilante para no ver el contra al lado del

pro, y tranquilo hasta la pesadez, es imposible que siga, ni desde muy

lejos, el remontado vuelo encomiástico de los precitados autores.

Shakspeare, dicen, es inconcebiblemente sabio: los demás sabios que ha

habido en el mundo dejan al menos que su sabiduría se conciba.

Shakspeare ni esto deja. En punto a facultad creadora Shakspeare es

único. No se puede imaginar nada mejor. Shakspeare está más por cima de

Milton, Cervantes o el Tasso, que éstos del vulgo.

De la venida de Shakspeare al mundo no han hecho algo tan

sobrenaturalmente importante como la encarnación de un Dios; pero han

hecho más, según el gusto y forma con que tales encarecimientos pueden

hacerse en el día. Shakspeare, dice Emerson, es en historia natural una

producción del globo que anuncia nuevas mejoras; alguna casta nueva, con

relación a la cual seamos los hombres de las demás castas lo que el mono

es con relación al hombre.

Ni mi escasa anglomanía, ni mi poco fervor romántico, ni mis inveteradas

preocupaciones en pro de la medida, orden, reposo y arreglo de los

poetas griegos y latinos, ni mi amor a mi propia casta y nación y a los

grandes ingenios que ha producido, entre los cuales Cervantes, y Lope, y

tal vez. Tirso, se levantan a mis ojos sobre Shakspeare, consienten que

yo adopte por míos tan superlativos encomios.

Me veo, pues, en la precisión de rebajar el mérito del autor, que mi

amigo Clark presenta al público de España, en vez de ponderarle y

sublimarle. Harto me aflige tener que hacer un papel tan ingrato; pero

no me faltan consuelos.

En primer lugar me remito a Emerson y a Víctor Hugo para el que busque

elogios. Añadir es casi imposible. Declaro con sinceridad que en España

no creo que hay en el día más que un hombre que, si se pone a encomiar a

Shakspeare, acierte a decir algo que supere a Víctor Hugo y a Emerson en

epinicios agigantados y en hipérboles sonoras. Claro está que este

hombre es D. Emilio Castelar, el Víctor Hugo de la cátedra y de la

tribuna.

En segundo lugar me consuela la consideración de que, si yo rebajo a

Shakspeare, siempre le dejaré bastante alto para los españoles,

poniéndole, como le pongo, ya que no a la altura de Cervantes, al nivel

de Calderon, y casi hombreándose con Lope.

En tercer lugar, por último, y como tercer consuelo, me parece que más

bien acudo en favor del traductor asegurando a los lectores que

Shakspeare no es impecable, que no presentándole como el limpísimo

dechado, donde, sin lunar ni falta, resplandecen todas las bellezas

poéticas, o como la joya soberana donde se han acumulado a manos llenas,

sin mezcla de falsa pedrería ni de metales de baja ley, las perlas, los

diamantes y el oro puro de la más acrisolada inspiración. Los lectores

podrán hallar oscuridades, confusiones, rarezas, groserías y bufonadas

en estos dramas y achacárselas al traductor. Sepan desde ahora que son

del poeta. El traductor, escrupulosamente fiel, lo traduce todo con

exactitud pasmosa. Nos hace un inmenso servicio. No nos da un arreglo de

Shakspeare, suprimiendo y poniendo a su antojo. Nos da a Shakspeare tal

cual es: con sus defectos y con sus bellezas; con sus aciertos y con sus

extravíos; con sus bajezas y sus sublimidades. Por D. Jaime Clark va a

tener el público español al propio Shakspeare, sin cambio, ni enmienda,

ni disfraz alguno, en nuestra lengua castellana. Donde Shakspeare habla

en prosa, Clark habla en prosa; donde en verso libre, en verso libre;

donde en versos aconsonantados, en versos aconsonantados. El estilo del

traductor se ajusta también al del autor, y ya es enérgico, conciso y

sublime, ya culterano, ya natural, ya claro, ya oscuro, ya elegante y

sostenido, ya bajo y rastrero. El Sr. Clark quiere, más que traducir,

calcar a Shakspeare, y creo que lo consigue. Vamos, por consiguiente a

tener a todo Shakspeare por primera vez en castellano. Menester será

juzgarle, rápidamente al menos, pero con la misma imparcialidad que si

fuera nuestro compatriota.

Disto mucho más que de los encomios exagerados de Víctor Hugo y Emerson,

del desdén y de las burlas de Voltaire y su imitador Moratin. Confieso

que el análisis que hace Voltaire del Hamlet me ha arrancado varias

veces lágrimas de risa: mas no por eso he dado nunca la razón a

Voltaire. Ya sé que lo sublime lo bello, lo grande es lo que se presta a

la parodia.

Mi vacilación y mi duda están en otra cosa. ¿Hasta qué punto eran

requisito indispensable, condición precisa de todo lo que hay de

profundo y de íntimamente verdadero en el Hamlet, las rarezas de estilo,

las _excentricidades_ de que se muestra acompañado? ¿Serán defectos,

reales defectos los que Voltaire y Moratin señalan como tales,

consistiendo sólo la falta de estos críticos en no ver y reconocer en

todo su brillo y hermosura los numerosos aciertos que hacen que toda

falta se borre y se olvide? ¿Estos defectos, aunque inevitables, dados

la época en que Shakspeare escribió y el público a quien se dirigía,

son, a pesar de todo, defectos? ¿O por último, no son defectos los que

Voltaire y Moratin señalaban, sino excelencias y perfecciones que no

comprendían? Para responder a estas preguntas, para decidirme por

cualquiera de estos términos, necesitaría yo mucho tiempo, larga

meditación y escribir luego un tomo y no algunas páginas. Aun así no sé

con certeza si cesaría mi vacilación y me aventuraría a dar un fallo

definitivo.

Sea como sea, y sin dar el fallo, nadie niega que Shakspeare es un

ingenio de primer orden. Ni Voltaire ni Moratin lo negaron.

La gloria de este poeta empezó cuando vivía y escribía sus dramas.

Después no se ha eclipsado nunca y ha ido e irá creciendo cada vez más

con el andar del tiempo. Pero la grandeza de las montañas no se ve ni se

mide de cerca. Aunque se sabe poco de la vida de Shakspeare, parece

probable que le conocieron y trataron muchos hombres eminentes de la

brillante época en que vivió Raleigh, Bacon, el conde de Essex, Milton,

Hales, Keplero, Belarmino, Alberico Gentile, Paolo Sarpi, Vieta y otros

mil le conocían. Ninguno despreció su talento: ninguno dejó de estimar

el mérito de sus dramas; pero ninguno tampoco le rindió aquel culto,

aquella adoración que hoy le rinde lo más ilustre, instruido,

inteligente y dichoso del linaje humano. Hasta que llegó el siglo XIX,

exclaman sus más fervientes admiradores, hasta que llegó este siglo,

cuyo genio es Hamlet viviente, no pudo haber lectores que entendiesen la

tragedia de Hamlet. Ahora la literatura, la filosofía y el pensamiento

todo, son Shakspeare. Su espíritu es el horizonte más allá del cual nada

vemos, nada descubrimos, aunque nos esforcemos con ansia por columbrar

lo venidero.

Singular sería que siendo Shakspeare tan adorado entre los extraños, lo

fuese menos entre los propios; entre los ingleses, que son tan

patriotas. En Inglaterra ha tenido el gran dramático multitud de

biógrafos, críticos, comentadores y panegiristas. Los que en España han

escrito sobre Cervantes son en número cortísimo comparados con los que

en Inglaterra han escrito sobre Shakspeare. Nuestras alabanzas a

Cervantes son tibias en comparación de las que se han dado a Shakspeare

en Inglaterra. Por lo demás, mucho parecido en todo: hasta en ciertos

infantiles y candorosos regalos que lo mismo se han hecho por allá a

Shakspeare, que a Cervantes por acá. Ambos han resultado filósofos,

médicos, abogados y buenos oficiales o maestros en casi todos los

oficios; pero en verdad, ambos eran ingenios legos, y Shakspeare más que

Cervantes, si bien todo lo sabían por penetración, por viveza de

ingenio, por agudeza y perspicacia en la serena mirada para observarlo,

abarcarlo y comprenderlo todo a primera vista.

En lo que no han tenido que afanarse tanto los eruditos ingleses como

los españoles, es en averiguar quiénes eran, de dónde procedían los

personajes que ponía en acción su poeta. Don Quijote, Sancho, Dulcinea,

Sanson Carrasco, los Duques, Clara, Dorotea, Lucinda, Cardenio,

Altisidora, Maese Pedro, y tantos otros, no tienen antecedentes, y es

menester buscarlos con fatigosa diligencia en los archivos, y revelar

luego al mundo la interesante verdad de que todos estos personajes

vivieron vida real, y fueron bautizados en tal o cual parroquia. Pero

los personajes de Shakspeare, así como las acciones que ejecutan o en

que intervienen, están, antes que en sus dramas, en crónicas, poemas y

leyendas, o en otros dramas, que Shakspeare refundía.

Pocos autores han tomado más de los otros que Shakspeare. Todo lo que le

parecía bello, sublime, divertido, agradable, gracioso, lo tomaba sin

escrúpulo donde lo hallaba. Ha dicho un discreto, que en literatura, no

sólo se disculpa, sino que se glorifica el robo cuando le sigue el

asesinato. Shakspeare sabía esta máxima, y no dejó de asesinar a cuantos

robó. De los autores robados nadie se acordaría si no hubieran sido

robados. Todos murieron: mas Shakspeare vive, y los personajes que

aquellos autores crearon o evocaron a una vida vaga y como de sombra, y

a una luz indecisa, crepuscular e incierta, han sido traídos por

Shakspeare a la radiante y meridiana luz de la gloria inmortal, y a una

vida más firme, más clara, más real que la de todos los héroes de la

historia.

Este es, sin duda, el mayor mérito, el mayor misterio, el encanto más

poderoso del genio de Shakspeare. Por este lado, y este lado es el más

importante, pocos poetas se le adelantan en todas las modernas

literaturas. Eminentes han existido algunos que, en mi sentir, sólo han

logrado personificar las virtudes o los vicios, producir tipos o

símbolos con habla y figura humana: el hipócrita, el avaro o el

misántropo; pero la fuerza creadora para no limitarse a la abstracción,

a la generalización, a un concepto destilado y extraído de lo real por

medio del discurso, y vestido luego de cuerpo por la fantasía, y sí para

producir individuos verdaderos, definidos, determinados, complejos en su

carácter y condiciones, como son todas las criaturas humanas, y con más

vida y más perfecta vida que la vida que da naturaleza: este don, este

arte, pocos le han tenido como Shakspeare. Ofelia, Desdémona, Julieta,

Miranda, Beatriz, Hero, Lady Macbeth, Otelo, Hamlet, Shylock, Falstaff,

Yago y tantos otros, viven en la mente de los hombres con mayor firmeza

y consistencia, que los más ilustres y claros varones que fueron en

realidad: que todos los gloriosos sabios, héroes, políticos y capitanes

que vivían en el mundo, mientras que estos personajes fantásticos iban

saliendo del cerebro de Shakspeare, provistos ya del elixir de perpetua

juventud y vida, desde el año de 1589 al de 1614. Después, lejos de

evaporarse, lejos de desvanecerse tales creaciones, han adquirido mayor

brío y virtud inmortal, se han bañado en nuevos fulgores de gloria, se

han revestido de cuantos hechizos logra crear el arte humano. El

escultor las ha fundido en bronce o las ha dado cuerpo en el mármol; el

pintor ha empleado en ellas todo el primor de sus pinceles y las más

ricas tintas de su paleta; el grabador ha agotado la finura y maestría

de su buril, y el músico ha buscado y hallado, para expresar sus

pasiones, las melodías más conmovedoras y las armonías más profundas.

Grande ha sido el valor de Shakspeare para conseguir esto: pero ha sido

mayor su fortuna. ¿Quién duda, sin embargo, de que la fortuna es el más

poderoso elemento del valor?

Fausto, Margarita y Mefistófeles, y Werther y Carlota, en la literatura

alemana, y sólo D. Quijote, Sancho, Dulcinea y D. Juan Tenorio, en la

española, son los personajes que por la notoriedad, la fama, y el fulgor

glorioso, pueden compararse a los personajes de Shakspeare, en las otras

literaturas europeas.

Pero ¿depende esto de que en los dramas de Lope, Tirso, Calderon,

Moreto, Alarcón y Rojas, de que en todo nuestro gran teatro español no

haya más personajes que D. Juan, con tanto aliento de vida, con tanta

predestinación para la inmortalidad, como los héroes shakspearianos? La

verdad es que no hay en nuestro gran teatro español otros personajes que

vivan como aquellos. ¿Fue mengua de nuestros poetas o de la fortuna?

Shakspeare escribió para un pueblo que empezaba a ser grande, que iba a

extender su imperio, a mejorar su civilización castiza y propia, a

difundirla y a hacerla valer por todas las regiones del mundo. Como

escribió para el pueblo, escribió inspirado y lleno de los pensamientos

y sentimientos del pueblo, y su mente y sus obras están henchidas de lo

porvenir; contienen en germen todo el espíritu de Inglaterra en el día.

Nuestros dramáticos escribieron también para el pueblo, inspirados y

llenos de los sentimientos del pueblo, pero de un pueblo que moría, de

un pueblo cuya civilización castiza y propia iba a desaparecer, y cuyo

espíritu de entonces no había de ser el espíritu de ahora. De aquí que

aquellos héroes hablen una lengua que apenas entienden ya los españoles,

y expresen sentimientos e ideas de que los españoles mismos ya no

participan. ¿Cómo, pues, han de entenderlos los extranjeros, cuando los

españoles no los entienden ya?

Aquellos poetas, con todo, eran también soberanos; pero ni ellos, ni sus

héroes, pueden hoy vivir como Shakspeare y los suyos. Vista y reconocida

su grandeza; no se les puede negar otro destino, que ya empieza a

cumplirse. Para el vulgo de otros países, y aun para no pocos de sus más

eruditos escritores, no sólo la potencia política, sino la potencia

intelectual de España, se ha extinguido ya. La Revista de Edimburgo,

encomiando a Fernán Caballero, supone que en Quevedo acabó nuestra

literatura, y que después, hasta Fernán Caballero, nada hemos tenido

digno de mentarse. Taine asegura que la literatura española feneció a

mediados del siglo XVII. Considerada, pues, nuestra literatura como una

literatura muerta, y nuestra civilización como una civilización pasada,

es de esperar que los eruditos, arqueólogos y humanistas, nos

desentierren o nos acaben de desenterrar, para hacernos justicia, y que,

ya que no vivan nuestros poetas como Shakspeare, ni unos héroes como

otros, sean Lope y Calderon, como Esquilo y Sofocles, y valgan y vivan

sus personajes, como Prometeo y Edipo y otros anticuados personajes del

teatro griego.

Por lo pronto, ocurre una cosa muy triste, pero inevitable, que se

explicará con un ejemplo. Tengo yo un amigo pintor. Ha pintado

lindamente a Fausto y Margarita, y a Julieta y Romeo. Varias veces le he

rogado que pinte algo tomado de nuestra literatura dramática. Ha

contestado, sin consentir réplica ni hallarla yo: nadie entendería mi

cuadro, nadie reconocería los personajes, nadie sabría la acción, como

no diese yo de antemano a cada espectador del cuadro un pliego de papel

escrito, donde se explicase todo por menudo. Mi amigo el pintor tenía

razón de sobra.

En cambio la vida de Shakspeare y de sus héroes es clara, notoria y

contemporánea vida. La generalidad del público conoce ya de fama a

muchos de estos héroes, o los conoce por imitaciones o por estampas y

pinturas, o por las óperas en que aparecen cantando. Bueno es que los

conozca tales como son, en su primitiva fuente, en Shakspeare mismo.

La traducción de D. Jaime Clark vale para esto como pocas traducciones.

Para quien no sepa con toda perfección la lengua inglesa, y sea nacido

en España, esta traducción será más útil y mil veces más agradable que

el original inglés y que toda traducción francesa por buena que sea.

Creo que debo terminar felicitando a mi amigo D. Jaime Clark por su

excelente trabajo.

Algo de todo · 第 14 / 15 题