III.

De estas consideraciones sobre el influjo del dinero o de la riqueza en

el individuo, quisiera yo pasar a discurrir con mayor extensión sobre el

influjo de la riqueza en la cultura y poder de las naciones; pero no

haré más que consignar aquí algunos ligerísimos conceptos. Me arredra el

temor de extraviarme, y la conciencia de mi poquísimo saber en Economía

Política, ciencia que, al cabo, después de mucho cavilar, han venido

todos los autores a coincidir con Aristóteles en que trata del dinero,

o, en general, de la riqueza, por donde la llama Crematística el sabio

de Estagira. Y es mayor infortunio aún que el de mi propia ignorancia,

el de que,

Después de haber revuelto cien mil libros

De aquesta ciencia enmarañada y torpe,

nadie logra saber a las claras lo que es riqueza. Todas las definiciones

son discordantes; y resulta que la ciencia empieza por no saber definir,

determinar y declarar el objeto de la ciencia misma. Ni está más

adelantada en la definición de las otras palabras científicas, como

valor, precio, capital, industria y cambio; lo cual no es extraño,

porque ignorándose aún lo que es riqueza, que es la idea o palabra

fundamental, por fuerza se ha de ignorar o se ha de estar en desacuerdo

sobre lo restante.

Malthus decía: «Después de tantos años de investigaciones y de tantos

volúmenes de descubrimientos, los escritores no han podido entenderse

hasta ahora sobre lo que constituye la riqueza; y mientras que los

escritores que se emplean en este negocio no se entiendan mejor, sus

conclusiones no podrán ser adoptadas como máximas que deban seguirse.»

Dedúcese de aquí, por sentencia y autoridad de Malthus, que no debemos

seguir las máximas ni hacer caso alguno de cuantos economistas le

precedieron en los siglos XVI, XVII y XVIII, y en el primer tercio del

presente. Todos estos economistas no sabían lo que decían, según

Malthus; y cuenta que entre ellos están Smith, Say, Storch, Ricardo,

Gioja, Mac-Culloch y otras eminencias. No han adelantado más

posteriormente otros sabios en dar estas definiciones. Stuard Mill

desiste de definir lo que es riqueza, y dice que basta que en la

práctica lo entendamos, con lo cual sigue adelante. Bastiat se enreda en

sus _Armonías_ con otros economistas rivales, y trata de probarles que

son unos ignorantes o unos necios que desconocen lo que es el valor.

En efecto, uno de estos economistas se empeña en demostrar que el valor

de una cosa consiste en el obstáculo vencido para producirla; de lo cual

deduce que, mientras más fácil se haga la producción, disminuyendo los

obstáculos, menos valor tendrán las cosas; de modo que, mientras más

cosas haya, seremos más pobres. Conviene, pues, crear obstáculos para la

producción, a fin de que, costando mucho el producir, valgan mucho

también las cosas producidas, y seamos ricos. Imposible parece que tales

ideas se sostengan, y hasta que se impugnen con seriedad. Entre tanto,

Bastiat, que está razonable en este punto, entiende luego el cambio, no

como es, sino como debiera ser; y sobre este cambio modelo, ideal y

fantástico, levanta todo un edificio científico que trae enamorados a

nuestros jóvenes economistas. En el cambio, no cabe duda que debe darse

siempre lo superfluo por lo necesario, y ganar, por lo tanto, todos los

cambiantes. Pero ¿es esto lo que en realidad acontece? ¿No es, al revés,

frecuentísimo el que, por vanidad, por moda, por capricho, o por

extravagancia, demos lo necesario, no ya por lo superfluo, sino hasta

por lo dañino? Se dirá que ambos cambiantes satisfacen una necesidad, y

que en este sentido ganan. Pero si por necesidad se entiende un vicio,

una manía, una mala costumbre, un apetito bestial, ¿cómo hemos de

convenir? Pues que, ¿ganan los chinos comprando opio para envenenarse

con él? ¿Ganan y prosperan los jornaleros que, de los cinco o seis

reales que tienen de jornal, emplean dos o tres en vino y uno en tabaco,

matando quizás de hambre a sus mujeres y a sus hijos? ¿Gana el marido,

débil o vano, que se empeña para que su mujer tenga palco en la Opera?

¿Gana, en suma, el que no ahorra, el que consume más de lo que produce,

el que sobre sus rentas gasta su capital, el que tiene habilidad para

adquirir diez y tiene _necesidad_ de consumir treinta o ciento? Claro

está que no gana, sino que pierde, y al fin se arruina. Y lo que sucede

con los individuos, ¿no puede suceder, y no sucede también con las

naciones?¿Así como hay individuos poco hábiles para producir y muy

hábiles para gastar, no puede haber, y no hay, naciones con las mismas

cualidades? La holgazanería, el despilfarro y la ineptitud, ¿no pueden

darse en una nación como se dan en un individuo?

Yo no temo que ninguna nación europea, por muy plagada que esté de los

mencionados achaques, venga al fin a perderse y a destruirse, como se

destruyeron y perdieron aquellos imperios colosales del centro del Asia;

como se hundieron aquellas poderosas civilizaciones, asombro del mundo

antiguo. Yo no temo que a Madrid, a Sevilla, a Lisboa o a Florencia, les

venga a suceder lo que a Sidon y Tiro, Susa, Ecbatana, Nínive, Bactra y

Babilonia. Aunque consumiesen mucho más de lo que produjesen, el castigo

se limitaría a largos períodos de forzada abstinencia y de lastimosos

apuros, a que el atraso con relación a otros pueblos de Europa fuese

mayor, y a que siguiesen arrastrándonos y llevándonos como a remolque

las demás naciones. Pero tal es la fe que yo tengo en la virtud

progresiva, en la energía vital de la civilización europea, que ni

siquiera puedo concebir que muera una nación que esté en su seno

poderoso y vivificante. Sin embargo, la abstinencia de que hemos

hablado, los apuros, el ir a remolque y la vergüenza del atraso y de la

inferioridad, no dejan de ser rudo castigo.

Para discurrir, partiendo de un punto fijo, sobre estos asuntos tan

difíciles, convendría primero explicarse el por qué de ciertos fenómenos

que ofrece la moderna civilización europea, fenómenos al parecer

contrarios a todo aquello que en las antiguas civilizaciones se notaba;

de donde proviene el que haya hoy sentencias, que se dan por

axiomáticas, y que son enteramente contrarias a otras sentencias que

poco ha pasaban por axiomáticas también.

En lo antiguo, y al decir en lo antiguo no vamos muy lejos (Miguel

Montaigne y Machiavelli pensaban así), la rudeza y la pobreza se creía

que daban bríos y nervio a las naciones mientras que la riqueza y la

cultura las enervaban. Pobre era Alejandro y venció al rico Darío;

pobres y rudos eran los romanos y subyugaron los ilustrados, cultos y

ricos reinos de Macedonia, Siria y Egipto. Cuando los godos invadieron

la Grecia, se refiere que intentaron quemar todas las bibliotecas; pero

un astuto y discreto capitán de los godos hubo de persuadirles de que

con las bibliotecas los griegos se hacían afeminados, muelles y

cobardes, y que así era conveniente dejarles los libros para tenerlos

siempre bajo el yugo. De esta suerte las bibliotecas se salvaron.

En nuestros días, por el contrario, si una nación se propusiese

debilitar a otra, procuraría hacerla ignorante y pobre. La ciencia y la

riqueza, lejos de enflaquecer hoy a los pueblos, les dan energía y

pujanza; pero, bien consideradas las cosas, no hay en esto la menor

contradicción. En lo antiguo, solía ser uno de los más usuales modos de

adquirir riqueza el despojar a los vecinos por medio de la guerra. En el

día de hoy, si bien estos despojos, estos robos violentos siguen

haciéndose, no se hacen en tan grande escala. Las costumbres más suaves

no lo consienten. La guerra, además, este modo de despojar violentamente

una nación a otra, se ha hecho harto costosa. Los _gastos de producción_

suelen en la guerra moderna ser mucho mayores que lo _producido_, si

_producido_ puede llamarse lo que se toma contra la voluntad de su

dueño. De aquí, en primer lugar, que apenas se emprenda ya guerra alguna

con el propósito de enriquecerse; y en segundo lugar, que los pueblos

enriquecidos sean los que tienen más medio de hacer la guerra y más

probabilidad de vencer. Antes, los pueblos se hacían fuertes y guerreros

a fin de enriquecerse; en el día los pueblos se enriquecen con el

propósito de ser fuertes y guerreros. Sin duda que será un progreso más,

cuando los pueblos se enriquezcan sólo para ser más morales, más felices

y más ilustrados; pero esto aun está lejos. La manía de dominar y de

prevalecer sobre los demás no se curará en muchos siglos.

Sostienen hoy no pocos autores, Buckle entre otros, tan celebrado por

todo el mundo, que la Economía Política conspira de un modo

incontrastable a que terminen las guerras sangrientas, a que la utopía

de la paz perpetua venga a realizarse. Por esto, sin duda, y por otras

razones no menos singulares, han llegado a tan loco extremo la

admiración, la adoración y el fanatismo por la Economía Política. Para

Buckle, Adam Smith ha hecho más por la humanidad que todos los sabios,

que todos los profetas y que todos los genios inmortales que han nacido

de madre y que han revestido carne humana en este pícaro mundo. Ni las

leyes de Solon, de Numa y de Manú, ni todos los libros de filosofía, ni

los mismos Evangelios, importan un pito comparados con la _Riqueza de

las Naciones_. Según Buckle, la _Riqueza de las Naciones_ es «el libro

más importante que se ha escrito jamás; su publicación ha contribuido en

mayor grado a la dicha del humano linaje que el talento reunido de todos

los hombres de Estado y de todos los legisladores, de quienes nos

conserva la historia un recuerdo auténtico.»

Todo esto podrá ser verdad; pero también lo es que, desde el año de

1776, en que salió a luz por vez primera el libro divino, salvador,

redentor y pacificador, las guerras han sido tan frecuentes como siempre

y mil veces más espantosas por los millones de hombres que en ellas

miserablemente han perecido. Cuando no hay guerra, hay una cosa tan

mala, tal vez peor que la guerra: la paz armada. El dinero se gasta

desatinadamente en sostener ejércitos inmensos, y los hombres más

robustos, jóvenes y fuertes de Europa, apartados de todo trabajo útil,

están siempre con las armas en la mano, acechándose, espiándose y

amenazándose. Cierto que la Economía Política y el libro maravilloso de

Adam Smith no han puesto remedio a tanto mal. Si algo ha de ponerle

remedio, ha de ser la filosofía, la religión mejor entendida que en

otros siglos, y el exceso mismo del mal, que tal vez acabe por hacerle

imposible.

Los medios de destrucción se aumentan por tal arte que es de temer que

dentro de poco puedan matarse en un minuto millones de hombres; puedan

dispararse en un segundo más bombas, balas y metralla que un siglo ha se

disparaban en treinta o cuarenta años; y tales y tan estruendosos podrán

ser los disparos, que el coste de uno solo baste a mantener durante un

año a toda una familia. Horrorizados de tanto gasto y de tanta efusión

de sangre, los hombres políticos clamarán, y claman ya muchos, por la

paz y aun por el desarme; no porque Adam Smith y sus discípulos los

hayan convencido. No creo yo que Napoleón III tenga el corazón de

mantequilla y de jalea; pero el tremendo espectáculo del campo de

batalla de Solferino, de tantos millares de cadáveres, hubo de oprimirle

y angustiarle el corazón, decidiéndole a la paz, aun antes de cumplir su

promesa de hacer libre a Italia hasta el Adriático. Adam Smith y todas

sus teorías no tuvieron parte alguna en esta determinación.

Si algún pensamiento económico impide la guerra o la hace más difícil en

lo venidero, es independiente de la ciencia: no es menester haber leído

a los economistas para concebirle. El pensamiento es sencillo y claro:

es el pensamiento de lo mucho que la guerra cuesta. Los Gobiernos,

además, tienen casi siempre que acudir a empréstitos para hacer la

guerra. Los que prestan el dinero tienen interés en que el del dinero

prestado sea lo más crecido posible; por donde, aun sin contar con otras

causas, el papel de la Deuda baja, y la fortuna pública padece.

Los que tienen que perder, los hombres acaudalados, son, por

consiguiente, pacíficos; y como los que tienen dinero mandan en el día

más que nunca y ejercen una influencia grandísima sobre la opinión,

resulta que las guerras son condenadas por la opinión, cuando no hay un

fuerte estímulo de egoísmo que induzca a hacerlas; como, por ejemplo,

abrir un nuevo mercado para los productos nacionales; introducir en

algún país poco culto la libertad de comercio, las obras divinas de Adam

Smith, el opio u otra droga peor, a cañonazos y a bayonetazos;

entretener y recrear y embriagar al pueblo con gloria para que no se

fastidie y se subleve; y tal vez deshacerse, siguiendo las doctrinas de

algún economista, de aquella parte de la población que está de sobra,

que no tiene cubierto preparado en el festín de la vida, que turba o

rompe el justo equilibrio que debe haber entre el producto y el consumo,

entre los que subsisten y los medios de subsistencia.

Además de la guerra material y sangrienta, ha tomado en nuestros días

más auge que nunca otra guerra que trae a la humanidad infinitos bienes,

y que la lleva en volandas, no ya por el camino real del progreso, sino

por una trocha o atajo. Pero, como _no hay atajo sin trabajo_, de esta

otra guerra, que es la industrial y comercial, nacen temerosas

perturbaciones, duros padecimientos, horribles desengaños y

desconsoladoras ruinas. No me incumbe explicar esto ni hacer aquí la

sátira del modo de ser de las sociedades modernas. Remito al lector a

los socialistas, hijos legítimos de los economistas y sus más crueles y

acérrimos adversarios. Aun que la Economía Política no tuviese más

pecado que el haber criado a sus pechos al socialismo, no podría ser

absuelta del todo. Por lo demás, el socialismo, salvo que hasta hoy no

es más que un conato, un _desideratum_, una aspiración, es, según

algunos, esto es, será con respecto a la empírica y pedestre Economía

Política, lo que son las matemáticas sublimes con respecto a las cuatro

reglas de la Aritmética. La ciencia social o dígase la Sociología

(¡híbrido y ridículo vocablo!) está aún por inventar, aunque sostengan

lo contrario los positivistas. Lo malo es que los problemas que esta

ciencia ha planteado y no ha resuelto, y la crítica audaz, inteligente y

destructora con que ha hecho vacilar la fe en el orden social existente,

tienen a los hombres todos llenos de recelo, dentro de cada Estado,

presumiendo siempre que pueda sobrevenir la violencia a resolver los

intrincados problemas de la ciencia novísima; a desgajar de sus

cimientos todo el edificio de la sociedad con el fin de fundarle sobre

otros mejores y más sólidos. De aquí el que no haya sólo guerra o paz

armada entre unos Estados y otros, sino también guerra o paz armada,

esto es, peligro y sobresalto constante, dentro de cada Estado. En todo

lo cual no parece que ha puesto remedio la Economía Política, sino que

ha venido a empeorarlo.

No crea el discreto lector que no conozco lo que podrá decir de mis

divagaciones en este escrito. Sírvame de excusa el haberle llamado

_meditación_, y el ser la meditación sobre un asunto tan vasto y tan en

relación con todos los asuntos como es el dinero. Para tratarle a fondo,

y con la claridad, el orden y el método convenientes, me hubiera sido

necesario escribir un grueso volumen. ¿Pero por qué, se me dirá, has

elegido tan vasto asunto, cuando no pensabas escribir ese grueso

volumen, sino un artículo de periódico? A lo cual respondo: que la falta

de dinero, la penuria pública, los apuros del Tesoro, las lamentaciones

que oigo por todas partes, la esperanza que muestran algunos de que los

economistas nos van a salvar, la poca confianza que advierto en otros en

la eficacia saludable de los economistas, los discreteos de todos, los

medios que tantos proponen, convertidos en arbitristas, para llevarnos a

puerto de salvación, y las diversas explicaciones que dan sobre las

causas del grave mal que padecemos, todo me ha impulsado con

irresistible vehemencia a meditar y discurrir sobre estos asuntos, en

los cuales confieso mi escaso o ningún saber. Pero, considerándome yo

como vulgo, como profano, todavía he creído que, si no útil, al menos

podría ser entretenido y curioso el exponer lo que cavila el vulgo, lo

que alambica y divaga sobre el particular. Así es que me he hecho eco

fiel del vulgo en esta meditación, adornándola con algunas sentencias

morales sacadas de la lectura de los filósofos. No se extrañe, pues, que

yo no pruebe nada, que yo no concluya nada, que no presida un

pensamiento dominante a todo este escrito mío.

Mucho temo dilatarle haciéndome pesado; pero se me ocurren varias

observaciones que no tengo valor para pasar en silencio.

Es la primera que, en el estado actual de la civilización, y aun estoy

por afirmar que siempre, no acontece con las naciones lo que con los

individuos, los cuales, como ya dijimos, pueden ser sabios, santos o

poetas y ser pobres. Una nación, si es inteligente y activa, por santa,

por sabia y por heroica y poética que sea, tiene que hacerse rica

también. Si se queda pobre, da marcadas y evidentes señales de que no es

inteligente, o de que no es activa, o de que padece alguna enfermedad

secular de que no ha logrado curarse.

Decía, en 1629, el Padre Maestro Fray Benito de Peñalosa y Mondragón, en

un curiosísimo libro que dio a la estampa, que el ser España muy

católica y muy monárquica, y el tener otras tres excelencias más,

causaban su despoblación y su ruina. Lo mismo asegura Buckle, en

perfecta consonancia con el Padre Peñalosa, a quien ha adivinado y no

leído. Nuestra religiosidad y nuestro amor y fidelidad a los reyes nos

han traído tan perdidos y tan atrasados. En cambio, según el mismo

Buckle, en Escocia ha habido y hay gran prosperidad y progreso. Allí,

aunque también tienen la desgracia de ser sobrado religiosos, han tenido

la fortuna y la excelente cualidad de ser muy desleales a sus soberanos.

Los escoceses, dice Buckle, han hecho la guerra a casi todos sus reyes,

han decapitado a varios, han asesinado a otros; y hasta han vendido a

uno de ellos, por cierta suma de dinero que les hacía mucha falta. Esta

cordura de los escoceses les ha valido el prosperar y el progresar, y

sobre todo la gloria de que el salvador Adam Smith nazca entre ellos.

La extraña doctrina que acabo de exponer, idéntica en Buckle y en

Peñalosa, no puede refutarse o censurarse con ironía. Es menester

desecharla con seriedad. No es asunto de burla. No. La riqueza y la

prosperidad y la cultura no acuden a los pueblos, porque los pueblos

abandonen a Dios y maten o vendan a sus príncipes.

En un individuo, tal vez la bondad y excelencia del carácter han sido

obstáculo a la fortuna: en un pueblo, no queremos ni podemos creerlo.

Por consiguiente, si España está hoy pobre y atrasada, culpa es, no de

sus virtudes sino de sus vicios; no de buenas calidades, sino de malas.

Dan otros por causa de nuestro atraso y de nuestra pobreza la aridez y

esterilidad del suelo, que ofrece pocos recursos; pero aunque dicha

aridez y dicha esterilidad fuesen ciertas, como una nación no vive sólo

del suelo, sino del ingenio y de la laboriosidad de sus hijos, no podría

esta falta ser origen del mal. En los siglos pasados y en los presentes

hubo y hay naciones ilustres que han florecido en suelo estéril. El

suelo del Atica es un ejemplo de esto, y a su esterilidad atribuye

Tucídides el que allí viniese a formarse tan glorioso y próspero Estado,

porque, en los principios de la civilización griega, los hombres huyeron

de los terrenos fértiles, invadidos o infestados continuamente de

ladrones y piratas, y vinieron a refugiarse en Atica, para estar al

abrigo de las depredaciones y devastaciones. Venecia, que fue tan

poderosa y rica, tuvo también un origen semejante, y fue fundada en unas

lagunas por gente fugitiva de los bárbaros invasores de Italia. La misma

Escocia será todo lo pintoresca y linda que se quiera, pero no hay quien

no convenga en que naturalmente es estéril; sin duda, más estéril que

España. Lo propio puede afirmarse de Holanda y de otros muchos países,

si apartamos de ellos con la imaginación lo que por mejorarlos han hecho

ya el arte y el ingenio.

Pensadores hay que se van al extremo opuesto, y atribuyen la

inferioridad soñada o verdadera de nuestra civilización a la abundancia

de mantenimientos y a la facilidad de la vida para la gente pobre. Esto

dicen que afloja todo resorte de acción y que hace al pueblo débil y

propenso a la servidumbre: mientras que en los países donde el pueblo ha

tenido que luchar mucho y que vencer grandes obstáculos para ganarse la

vida, luego que los vence y vive, es más digno y enérgico, y menos

sufrido de ninguna especie de yugo y de sujeción. Ponen por ejemplo de

tal aserto la India y el Egipto, y no se ha de negar que son ejemplos

que tienen fuerza. Sostienen, además, que la causa del atraso de Irlanda

y de su humillación han sido la abundancia y la baratura de las patatas.

Más razón llevan, a mi ver, los que piensan así, que los que atribuyen

el atraso, o mejor dicho el estancamiento a la esterilidad del suelo;

pero yo no me atrevo a dar la razón ni a unos ni a otros; y sobre todo,

en el caso particular de España. No creo que ni el clima, ni el suelo,

ni la fertilidad, ni la exuberancia de la naturaleza y de sus productos,

sean ni hayan sido entre nosotros como en la India y en el antiguo

Egipto, ni hayan podido nunca producir efectos semejantes.

Dicen otros pensadores, que piensan poco, que todo nuestro mal proviene

de los malos Gobiernos. Sentencia es esta indigna de refutación. Ningún

país, a no estar bajo el yugo de una tiranía invencible, tiene más

gobierno que el que se da y merece. Cuanto hay en España de más

enérgico, de más ilustrado, de más discreto, la ha gobernado ya. Apenas

habrá quedado hombre de alguna nota en todos los partidos que no haya

sido Ministro. Si todos han sido inhábiles, fuerza es conjeturar que

España no da más de sí.

No falta tampoco quien atribuya nuestro atraso al ningún amor al

bienestar y al lujo; a que nos contentamos y conformamos con vivir mal,

y, no sintiendo el aguijón del deseo de goces, no nos movemos al

trabajo. Este raciocinio es absurdo por la falsedad de la premisa en que

se funda. Todos los hombres, y peculiarmente los españoles, salvo algún

extravagante, prefieren comer _foie-gras_ y pavo trufado a comer

chanfaina y revoltillos; vestir ricos paños y terciopelos, a vestir

bayeta; vivir en un palacio, a vivir en una choza; y andar en coche, a

andar a pie. No es una ciencia oculta el saber que hay coches, buena

cocina, excelentes manjares, telas de seda, joyas de oro y pedrería, y

otros muchos deleitosos objetos, ni es menester tener un alma muy

levantada para ambicionarlos. No hay nadie que no los ambicione. Si del

deseo, del afán de ser ricos, dependiese la riqueza, España sería una de

las naciones más ricas del mundo.

Síguese, pues, que no sabemos por qué es pobre España, a no ser que

afirmemos, y a esto me inclino yo, que somos pobres por una calidad

opuesta a la que acabamos de mencionar: por el amor al lujo, por el

despilfarro, por el desorden, porque somos indiscretamente muy rumbosos

y generosos, y sobre todo, porque no sabemos gastar y gastamos sin

discernimiento y sin lucimiento. De este defecto adolecen y han

adolecido siempre en España los particulares y el Estado.

En tiempo de Felipe II, cuando estábamos en la cumbre de la prosperidad,

cuando dominábamos y despojábamos tantas regiones, cuando

La tierra sus mineros nos rendía,

Sus perlas y coral el Océano;

Campanella se pasma de que tanta riqueza se disipe sin saber cómo, y de

que siempre estemos sin un real y pidiendo prestado. «_Est_, dice,

_admiratione dignum, quomodo consumatur tanta divitiarum vis, sine ullo

emolumento; cum videamus Regem fere perpetua inopia laborare, atque

etiam ab aliis mutuo accipere._» Lo mismo ocurría entonces entre los

particulares que en el Estado. En ningún país se puede decir con más

verdad que en España, que no se sabe dónde se va el dinero. Al caer la

dinastía austriaca, que se había enseñoreado de lo mejor del mundo,

Madrid era (permítaseme lo vulgar de la expresión) un corral de vacas.

¿Dónde estaban los palacios, los templos, los monumentos, las estatuas?

En parte alguna. ¿En qué gastamos las riquezas de América? ¿En qué

empleamos el botin de los pueblos subyugados?

La inopia nos trabajaba entonces tanto o más que en el día, y la inopia

nos humilló y nos hizo bajar de la altura en que nos habíamos puesto.

En el día de hoy, el movimiento ascendente de la civilización europea

nos lleva en pos sí, y no puede negarse que en medio de mil disgustos,

de mil apuros y de doscientas mil mortificaciones de amor propio

nacional, España progresa y se mejora; pero _buenos azotes le cuesta_.

La torpeza en el producir y la mayor torpeza en el gastar tienen la

culpa de estos azotes.

Yo soy un libre-cambista teórico furibundo. Bastiat y Cobden me han

convencido: pero en la práctica me asusto del libre-cambio. ¿Qué hay en

España que pueda competir libremente con los productos extranjeros? El

vino quizás; y con todo, salvo el vino de Jerez, los demás vinos

españoles suelen ir a Francia, les echan un poco de zumo de moras, de

alumbre y de raíz de lirio, y nos le vuelven a vender, dándonos una sola

botella en el precio que recibimos por una o dos o tres arrobas. Esto

es, que damos cincuenta o sesenta botellas por una del mismo líquido,

con la ligera modificación del alquimista o boticario.

¿Qué mar de vino, qué rió de aceite no tendrá que gastar cualquiera rica

dama andaluza para comprar un vestido de casa de Worth? Pues ¿si la dama

es de Almería y tiene que comprarse el vestido de Worth con el producto

del esparto? Entonces tendrá que mondar y desnudar centenares de leguas

cuadradas para vestir su lindo y airoso cuerpo. De casi todos nuestros

cambios, más o menos libres, puede decirse lo mismo. Hasta el precio del

trasporte nos es perjudicial, estableciendo natural y fatalmente un

derecho protector en contra de nuestras voluminosas, groseras y pesadas

mercancías. Y todo esto, sin contar con el fraude, con la burla, con lo

que vulgarmente se llama primada. Por cuentecillas de vidrio de colores,

por clavos y otras baratijas, tomaban los compañeros del capitán Cook

cuanto había de bueno y exquisito en Otahiti. Algo de esto, aunque en

menor proporción, ocurre siempre en los cambios entre un pueblo

adelantado y otro más atrasado. A menudo se dan objetos que tienen un

verdadero valor, por otros que no tienen ninguno, sino el de la moda o

el capricho. La sola palabra _chic_, abreviatura del nombre de un

menestral borracho que bailaba el can-can primorosamente, ha producido a

todas las industrias parisienses, legítimas e ilegítimas, un número

considerable de millones.

Se dirá que éstos no son argumentos serios; que si la palabra _chic_ es

tan productiva, debemos inventar nosotros otra palabra que lo sea más;

que en nuestras manos está echarle al vino, desde luego, todos los

polvos y drogas que le echan en Francia, o descubrir, fabricar o

confeccionar algunos primores por los cuales nos den tanto o más que lo

que damos por los vestidos de Worth. Pero a esto se contesta que, aun

siendo nosotros capaces de tales invenciones, no acertaríamos a darles

valor, porque aún no tenemos el prestigio y la autoridad que se

requieren. Además que, según aseguran muchos autores y pretenden haber

demostrado, los españoles estamos dotados de una incapacidad invencible

para todas aquellas artes e industrias que conducen a hacer más

agradable, más cómoda, más dulce la vida. Personas muy religiosas y

patrióticas, entre ellas un académico de la Historia, en su elegante

discurso de recepción, han sostenido que esta ineptitud, calificada de

sublime, es una prueba de nuestro gran ser, de nuestros pensamientos

levantados y celestiales, de nuestro severo espiritualismo. Buckle

coincide también en este pensamiento, como coincide con el P. Peñalosa,

pero explicándolo todo a su manera. Según él, la causa principal de esto

son los terremotos, frecuentísimos y terribles en España, los cuales nos

traen siempre asustados y contritos, y no acaban de quitarnos el temor

de Dios, con lo cual no es posible el progreso. Se infiere, por lo

tanto, que por culpa de los terremotos no tenemos chic, ni tenemos un

sastre como Worth, ni una fabricadora de sombreros como Mme. Virot, ni

un abaniquero como M. Alexandre: en suma, no sabemos hacer nada o casi

nada primoroso. Nuestro orgullo, además, nos impide buscar salida para

nuestras mercancías, encomiándolas, presentándolas y ofreciéndolas con

insistencia. Casi todos los españoles tenemos por artículo de fe y por

norma de nuestra conducta mercantil aquello de que _el buen paño en el

arca se vende_, y cuanto paño fabricamos nos parece bueno.

Deduzco yo de todo lo dicho que en España pudieran por ahora salir

fallidas las leyes del libre cambio, porque al fin no hay ley ni regla

sin excepción, y que, a no ser por otra ley más poderosa, la ley de

afinidad europea, que nos hace seguir el movimiento ascendente de toda

esta gran república o confederación de naciones, las agonías que pasamos

pudieran convertirse en muerte. Entre tanto, es indudable para mí, y

para todo el que no esté obcecado por vanas teorías, que España consume

hoy mucho más de lo que produce. Y esto, no sólo el Estado, sino también

la sociedad. En balde nos afanamos por enjugar el déficit. Es menester

trabajar mucho más o gastar mucho menos. Es menester, sobre todo, no

pedir prestado; no seguir trampeando.

Prescindiendo de la honra de España que ha sido puesta en la picota y

sacada a la vergüenza en muchas casas de contratación, las condiciones

con que nos dan dinero son espantosas, judaicas, usurarias por modo

heroico. Cada millón nos cuesta más de cuatro, que si hoy son nominales,

podrán ser efectivos, si por un milagro de la Providencia llegamos a

salir de la miseria presente. Hacemos un contrato aleatorio; jugamos con

nuestro porvenir; de suerte que, si alguna vez tenemos el gusto de

mejorar de fortuna, este gusto se acibarará con el disgusto de deber

realmente cuatro a quien no nos prestó más que uno; de proporcionarle

una moderada ganancia de 400 por 100 en el capital. Entre tanto, los

intereses que pagamos son por lo menos de un 12 por 100. Tal vez nos

arreglemos por tal arte que sean de un 16 o de un 18.

Cualquiera trato o negociación que se haga, o se haya hecho o se esté

haciendo, para obtener dinero, disimulará tal vez el sacrificio a los

ojos profanos; pero no le mitigará. Es seguro que el dinero que tomemos,

por enrevesado que sea el método de tomarle, nos ha de costar lo mismo o

más que por el método sencillo y expeditivo de emitir Treses. Trasmitida

la operación al idioma pintoresco del vulgo, será siempre _tirar de los

pies a un ahorcado_.

Dicen los que entienden de Hacienda, que es menester proporcionarse

recursos y que no nos los podemos proporcionar con menos sacrificios. Si

esto es así, Dios me libre de criticar al Sr. Ministro de Hacienda. Lo

único que yo diré y digo es que el artificio de tomar prestado de un

modo tan ruinoso no es muy ingenioso, ni muy sutil, ni muy peregrino, y

que, si la ciencia de la Hacienda consiste en eso sólo, se puede suponer

que no hay tal ciencia de la Hacienda, y que el último patán puede hacer

lo mismo que el profesor más hábil.

He vacilado y vacilo aún en publicar esta _Meditación_, harto rara;

estos desordenados pensamientos míos, que la angustia en que vivimos y

el terror que infunde en algunos corazones la ciencia económica

española, me han inspirado, sin poderlo yo remediar.

Repito asimismo que aquí no se aducen otras razones que las del mero

sentido común más rastrero; y que desde la bajeza de este sentido común

a la altura de la ciencia ha de haber una distancia infinita.

Todo esto lo reconozco y lo proclamo. Sin embargo, tal es el amor que

tenemos a nuestros hijos, y la presente _Meditación_ es hija mía, que

aunque haya nacido enclenque y ruin; no he de atreverme a matarla. Más

bien me atreveré a darle vida, aunque sea vida efímera y trabajosa,

publicándola en un periódico, y exponiéndome por amor paternal a las

iras o al menosprecio de los sabios, que tal vez hacen en este momento

la felicidad de la patria. Tal vez murmuramos, como murmuraba la chusma

a bordo de las carabelas la víspera de aquella feliz y memorable aurora

en que por vez primera aparecieron a los ojos espantados de los europeos

las risueñas y fecundas costas del Nuevo Mundo. Tal vez murmuramos, como

murmuraban los israelitas en el desierto porque no llegaban a ver la

Tierra Prometida; y eso que el Maná y las codornices que les daba su

Moisés no costaban nada, y los millones que nos da nuestro Moisés

cuestan mucho.

En fin, sea como sea, yo me atrevo a publicar esta endiablada

_Meditación_. Al cabo, no soy esparciata para dar muerte a mis hijos

enfermizos, aunque tenga que ser esparciata y tengamos que ser

esparciatas todos los españoles para tragar la salsa negra, si siguen

las cosas así.

Considere el pío lector que esta _Meditación_ es como un entretenimiento

y nada más, y sea verdaderamente pío, que harto lo exige el caso. Lea mi

_Meditación_ sobre el dinero como quien lee un libro de cocina cuando

tiene hambre, y hallará en mi _Meditación_ algún consuelo y alivio.

Si por dicha, que no es de esperar, mi _Meditación_ no pareciese muy

mala, tal vez me animaría yo a escribir otra sobre las contribuciones y

los empréstitos de España, diciendo siempre lo que dice el vulgo y nada

más que lo que dice el vulgo, sin meterme en honduras.

Algo de todo · 第 11 / 15 题