II.

Sentadas ya estas bases, voy a discurrir y a filosofar un poco sobre las

relaciones del dinero (y en general de toda riqueza) con las costumbres

y con las más altas facultades del espíritu humano. Empezaré por

combatir algunos errores.

El primero y más capital consiste en creer que, en nuestros días, es el

dinero más estimado que en otras épocas. Nada más falso. En el día de

hoy, los hombres son como siempre; pero si alguna mudanza ha habido, ha

sido favorable. Casi se puede afirmar que los hombres se han hecho más

generosos.

Fácil me sería acumular aquí una multitud de ejemplos históricos, desde

las más remotas edades hasta ahora, a fin de probar que el interés ha

dominado al mundo desde entonces, y su imperio, lejos de aumentar,

decae. No quiero, sin embargo, hacer un trabajo erudito, sino una

meditación filosófica.

Los poetas satíricos, los novelistas, los autores de comedias de todos

los pasados siglos, han dado muestras de que en la época en que vivían

se estimaba más el dinero que en la presente. Aun los mismos refranes,

antiquísimos vestigios de lo que se llama sabiduría popular, vienen en

apoyo de lo que digo.--_Por dinero baila el perro._--_Cobra y no pagues,

que somos mortales._--_Dádivas ablandan peñas._--_Ten dinero, tuyo o

ajeno._--_Quien tiene dineros, pinta panderos._--Y así pudiera yo seguir

citando hasta llenar un pliego de impresión. Pero aún citaré otro refrán

que, por ser España un país tan católico, debe considerarse como la

hipérbole más subida de que todo se logra con dinero; de que todo se

compra y se vende, hasta lo más venerable y santo. El refrán dice: _Por

mi dinero, Papa le quiero_.

En los países de una cultura atrasada, se advierte un fenómeno, que,

conforme nos vamos civilizando y puliendo un poco más, mengua, ya que no

desaparece del todo. Es este fenómeno la deshonra, el descrédito, la

vehemente sospecha, y aun el horror que rodea al que es pobre, el cual

es aborrecido, cuando no es despreciado. El refrán antiguo español

declara que _El dinero hace al hombre entero_: esto es, que el dinero es

garantía de rectitud, de probidad y de entereza en quien le tiene. Más

lejos va aún otro refrán que dice: _La pobreza no es deshonra, pero es

ramo de picardía_. Nuestro inmortal Cervantes, haciéndose eco de este

sentimiento general, afirma, no una sola vez, que es dificilísimo _que

un pobre pueda ser honrado_. El reverendo Fray José de Valdivielso, en

su _Poema de San José_, no acierta a concebir que el Santo, padre

putativo de Nuestro Divino Redentor, y descendiente de reyes, pudiese

ser pobre y vivir de un oficio mecánico: así es que asegura que San José

era carpintero por distracción, y no para ganarse la vida:

Pues debió de tener juros reales,

Cual descendiente de señores tales.

Bien se puede apostar que a nadie se le ocurriría, en nuestro siglo,

disculpar a San José de haber sido carpintero, y suponer que tenía

Treses o Billetes hipotecarios.

Ni por la nobleza de sangre se disculpaba la pobreza; antes el tener

dinero ha sido en todos los siglos origen de hidalguía. _Dineros son

calidad_, _Más vale el din que el don_, son refranes que corroboran mi

aserto.

La profunda veneración que inspiran el dinero y quien le posee ha sido

siempre idéntica. Lo que ha disminuido algo es el horror o el desprecio

al pobre, y ciertas asechanzas de que el rico debía de verse, en lo

antiguo, perpetuamente circundado. El hombre prudente y discreto tenía,

no hace muchos años, en todas partes, y en el día tiene aún, en no

pocas, que hacer, si puede, un gran misterio del estado de su hacienda,

sobre todo si es o era muy rico o muy pobre: si es muy pobre, para que

no le desprecien; y si es muy rico, para que no le roben o le maten. De

aquí, de esta espantosa disyuntiva entre ser despreciado o amenazado de

muerte, nació aquella sentencia de los moralistas, que hoy en los países

cultos nos parece tan necia y tan absurda, de que lo que había que

desear era una medianía de fortuna, a fin de vivir feliz y tranquilo, ni

envidioso ni envidiado. Porque, a la verdad, si el dinero es un bien,

mientras mayor sea el bien, debe ser más apetecible, y no se concibe la

_áurea mediocritas_, celebrada por Horacio y por todos los poetas de

otros tiempos, sino recordando que el hombre acaudalado estaba de

continuo expuesto a que le matasen o maltratasen para robarle, ya el

emperador o el príncipe bajo cuyo imperio vivía, ya la plebe codiciosa.

Y cuando a la riqueza no iba unido un alto grado de poder, era más

constante el peligro, y casi imposible de conjurar. No creo yo que el

odio profundo que tuvimos en la Edad Media a los judíos proviniese sólo

de que eran el pueblo deicida, sino de que eran ricos. Las frecuentes

matanzas de judíos que hubo en España acaso no hubieran llegado a

realizarse, si los judíos hubieran tenido la prudencia de quedarse

pobres. Algo parecido puede afirmarse de los frailes en estos últimos

tiempos, luego que perdieron el poder y conservaron la riqueza, si bien

el escándalo ha sido menor, porque la dulzura de las costumbres, la

mayor abundancia de dinero y de bienestar, y el más concertado y

político modo de vivir de los hombres, han disminuido el aborrecimiento

de los que no tienen a los que tienen.

Prueba de esta confianza de los que tienen es que ya, en los países

cultos, nadie o casi nadie atesora. Pocos años ha, todos los que podían

atesoraban. La literatura popular está llena de historias y leyendas de

tesoros ocultos, guardados por un dragón, por un gigante o por un

monstruo terrible, que nada menos se necesitaba para que no los robasen.

Estos tesoros estaban, o se suponía que estaban, tan hábilmente

escondidos, que era menester un don sobrenatural para descubrirlos. De

aquí se originó la idea de los zahoríes, que descubrían los tesoros. La

ciencia de los zahoríes, perdiendo hoy su carácter poético y

sobrehumano, ha llegado a trasformarse en la Estadística, disciplina

auxiliar de la Economía Política, con respecto a la cual, viene a ser lo

que es la Anatomía con respecto a la Fisiología. La Estadística es un

verdadero primor de ciencia, y a fin de que de ella formen pronto los

profanos el concepto que merece, podemos definirla la ciencia que nos

cuenta los bocados. Por esta ciencia se averigua cuánta harina, cuánta

carne, cuántas judías y cuántos garbanzos se devoran al año; lo que se

gasta en ropa y en calzado; lo que se produce y lo que se consume. Todo

esto sería más fácil de averiguar si la gente, temerosa de que le

imponga el Gobierno más contribución, no disimulara un poco lo que

gasta, aparentando darse aún peor trato del que suele.

Sin embargo, el afán de ocultar la riqueza y de disimular que se tiene

algún dinero ha desaparecido casi del todo en nuestra edad. En las

pasadas era tanto el peligro que corría el dinero saliendo a relucir,

que legítimamente tenía que ser usurero quien le prestaba. El crédito,

que pone en movimiento las fuerzas productivas, apenas era conocido

entonces.

Hoy, por el contrario, el desenfado, la movilidad, la animación del

dinero, que se presenta sin temor en todas partes, menos en España, y

que se agita y circula, es lo que hace creer a los hombres poco

pensadores que vivimos en un siglo metalizado; que ahora no se piensa ni

se habla sino de dinero. ¡Qué error tan craso! Pues ¿por ventura es más

reverenciada, más adorada la imagen que sale por las calles y plazas,

aun cuando sea en muy devota procesión, y doblando todos a su paso la

rodilla, que la divinidad misma, oculta siempre en el fondo del

santuario, por temor de que la profane el vulgo con sus miradas, y hasta

cuyo nombre es incomunicable y desconocido a cuantos no están iniciados

en sus misterios?

Hay asimismo otras muchas razones para que en el día se estime menos el

dinero. Es la primera, que hay más. Es la segunda, que con el crédito

llega más fácilmente a todas partes. Es la tercera, que produce menos

intereses. (Ninguna de estas tres razones militan hoy en España. Los

economistas explicarán por qué.) Es la cuarta, y quizás la más poderosa,

que nuestro siglo, como más civilizado que los anteriores, es también

más espiritualista.

Y aquí no puedo menos de detenerme a condenar la ridícula manía de los

que dan en acusar de materialista a nuestro siglo. ¿Qué siglo hubo nunca

más espiritualista que el nuestro? La música es el arte más espiritual

de todos y florece ahora con florecimiento extraordinario. Apenas hay

tonto, el cual, si hubiera vivido dos o tres siglos ha, no hubiera

gozado más que en comer, que no goce ahora, o por lo menos que no diga

que goza, oyendo la música más sabia y alambicada. Juan Ruiz, Arcipreste

de Hita, afirma que sólo hay dos cosas esenciales que mueven al hombre:

a saber: _mantenencia_, y otra que no me atreveré a mentar, aunque el

Arcipreste la mienta, escudado con Aristóteles:

Si lo dixiese de mió, sería de culpar;

Dícelo grand filósofo; no soy yo de reptar.

¡Tan materialista era el concepto que en el siglo XIV tenía un sacerdote

católico, en la católica España, de los móviles esenciales de las

acciones humanas! Fuera de estos móviles no acertaba a descubrir otro

móvil. ¡Cuánto han variado las cosas en el día! La música mueve también

al hombre y no hay quien no guste de ir al teatro Real.

Pero el espiritualismo de nuestro siglo es sintético, y ésta es la causa

de que algunos, que no le comprenden, acusen de materialista a nuestro

siglo. En los pasados, o no se hacía caso de la materia y se la dejaba a

sus anchas como cosa perdida y dada al diablo, cayendo los que tal

hacían en el molinosismo, o se la maltrataba y castigaba como a súbdito

rebelde por donde venían las gentes a dar en el ascetismo más cruel. En

nuestra época, tratan las gentes de rehabilitar la materia, en el buen

sentido de la palabra, y la purifican cuanto pueden. La materia al fin

es obra de Dios, y, aunque algo pervertida por el pecado, no es cosa tan

abominable como se asegura. Al fin ella ha de resucitar y ha de ir al

cielo, si bien trasfigurada y gloriosa. Por eso no me parece mal que

vayamos puliéndola, perfeccionándola, hermoseándola y sutilizándola en

este mundo. Para pulirla suelen los hombres, en ciertos países

adelantados, lavarse ya todos los días, costumbre rara, cuando no

desconocida de la cristiandad, ciento o doscientos años hace, y contra

la cual aún fulminan sus anatemas el piadoso señor Veuillot y otros

santos padres. Por eso no se comprendía bien la significación del

principio de aquella oda de Píndaro: _Alto don es el agua_. Antes al

contrario, el agua era mirada con horror y con miedo, como causa de los

mayores males, sobre todo para las personas de cierta edad. De aquí el

refrán hidrofóbico tan acreditado: _De cuarenta para arriba, ni te

cases, ni te embarques, ni te mojes la barriga_. Un hombre de setenta

años, cuándo o dónde no había, o no ha caído en desuso este refrán,

debe, o debía de tener su piel cubierta de más estratificaciones que

nuestro globo. Si en este descuido de la materia, que hubo en los siglos

pasados, es en lo que consiste el espiritualismo, se debe preferir ser

materialista. Pero se me antoja que el verdadero espiritualismo consiste

en limpiarse, mondarse y purificarse, así el alma como el cuerpo. Un

hombre limpio no es capaz de sentir tan bestiales apetitos como un

hombre sucio. En muchos tratados de moral, escritos por frailes, que de

seguro se lavaban poco, he leído precauciones tan inauditas para evitar

la tentación, que me pasman y me hacen imaginar que los hombres y las

mujeres de entonces serían como la yesca, la pólvora y el fuego. Uno de

estos autores aconseja que, cuando haya que entregar algo a una mujer,

se ponga lo que ha de entregarse en alguna mesa o en algún otro sitio, y

no se dé con la mano, a fin de evitar el más ligero frote o casual

tocamiento, y añade que las personas de diferente sexo, cuando estén más

próximas, deben estar por lo menos a una distancia de cuatro varas. La

efervescencia, que supone este exceso de precaución, provenía sin duda

de la poca agua, la cual refresca, molifica y hasta espiritualiza.

Ello es lo cierto que la concupiscencia no es tan feroz en el día como

en tiempos pasados. ¿Cuánto no sorprenden aquellos penitentes

solitarios, que después de crueles y largos ayunos aun no podían domar y

poner freno a ciertas malas pasiones, que representaban en su lenguaje

místico llamándolas _el asnillo_? ¿Cuánto no espanta, por ejemplo, aquel

San Hilarión, que no comía más que una docena de higos secos al día, y

tuvo que acortarse la ración en más de la mitad, porque se sentía muy

bravo y emberrenchinado? En este sentido somos también más

espiritualistas ahora. Mientras entonces el estudio de la Teología

sobreexcitaba los sentimientos y encendía en amor el alma afectiva, amor

que con facilidad podía torcerse a mala parte; hoy, estudiando los

jóvenes briosos, desde sus tiernos años, negocios tan serios como la

Filosofía de Krause o la Economía Política, se hacen por fuerza más

morigerados y menos traviesos; adquieren una gravedad que les cae muy

bien; y todo el fuego y lozanía de la imaginación se les va, no en

coplas y requiebros a las muchachas, sino en ditirambos dulcísonos en

prosa rimada, ora al libre-cambio, ora al desestanco de la sal, ora a

otro objeto del mismo orden, que allá en lo antiguo ni se sospechaba

siquiera que pudiese ser blanco de tantos disparos poéticos y de raptos

líricos tan maravillosos.

Estos síntomas de _espiritualización_ se notan hoy por donde quiera. Ya

con la homeopatía, hasta los achaques de la materia se curan casi

espiritualmente. No se toman remedios, sino se toman, por decirlo así,

las virtualidades, el espíritu, la sombra vaporosa de los remedios.

¿Quién sabe si dentro de poco se inventarán también alimentos

homeopáticos, de que ya son precursores el extracto de carne de Liebig y

la Revalenta, y nos nutriremos con la virtualidad o la esencia eléctrica

e imponderable de los pavos y de los jamones, en vez de nutrirnos del

modo vulgar y grosero que ahora se usa?

Los recientes descubrimientos de los fisiólogos prueban la grosería con

que la naturaleza procede hasta hoy en esto de la nutrición. Asegúrase,

como verdad evidente, que en menos de un mes mudamos por completo todos

los átomos o moléculas de nuestro organismo y tomamos otros. El alma, el

principio oculto de la vida, la virtud plasmante, la energía informante,

_la forma óntica_, como la llama un sabio amigo mío, es sólo lo que

permanece. Lo demás cambia sin cesar. La vida es, pues, no por estilo

poético y figurado, sino con toda realidad, un rió, un torbellino, un

torrente impetuoso. Un caballero, de regular corpulencia, que llegue a

vivir setenta años y que pese seis o siete arrobas, puede asegurar que

ha tenido, asimilado y poseído como parte de su organismo, desde su

nacimiento hasta la hora de su muerte, unas 5.000 o 6.000 arrobas de

sustancias, las cuales, si no están dotadas de gran densidad, tal vez

formen un volumen de uno, dos o tres kilómetros cúbicos. Pregunto yo,

¿para qué es este jaleo, esta mudanza, esta incesante trasmigración de

materia, cuando la forma persiste; cuando, si tenemos una berruga,

conservamos siempre la berruga? ¿No sería mejor, y no es posible que se

descubra, el que no perdamos sustancias con tanta frecuencia, y el que

no tengamos tampoco que reponerlas de continuo? Esta si que sería

Economía, si llegara a descubrirse. ¿Qué es la vida más que un

desenvolvimiento de calórico, un fuego, una llama? Y qué, ¿no podremos

jamás sacar de su estado latente ese fluido imponderable y sutil, sin la

combustión de muchas sustancias? ¿No llegaremos nunca a producir el

fuego que mueva nuestras máquinas, sin tener que consumir toda la Flora

exuberante y gigantea de las edades primitivas, y a conservar el calor

vital sin destruir tantas formas, y sin devorar tantos seres? Yo veo

señales claras de que se acercan los tiempos de estas invenciones. La

frenología y el magnetismo han venido a demostrar las armonías íntimas y

misteriosas que enlazan el espíritu y la carne. La electro-biología es

una ciencia que empieza ahora, y que tiene aún que dar mucho de sí. Tal

vez no esté muy lejos el dichosísimo y gloriosísimo día en que,

alimentados de un modo menos grosero, se volatilicen nuestros cuerpos, y

se sostengan en el aire, y lleguen a ser ubicuos y compenetrables, y

hasta diáfanos y luminosos.

Por todas estas consideraciones y por otras que callo, a fin de no hacer

muy prolija la digresión, tengo por cierto que nuestra edad, si peca por

algo, es por _pneumatosis_ o sobra de espiritualismo.

Y sin embargo, se me dirá, en este siglo tan espiritualista, se ama el

dinero poco menos que sobre todo. Convengo en que hay este amor, pero no

en que no le haya habido siempre, y quizás más vivo. No voy a

disculparle ahora, pero sí a explicarle.

Al compás que una sociedad vaya siendo más perfecta y bien organizada,

el dinero irá adquiriendo una virtud más significativa (aproximándose a

la infalibilidad) de que es inteligente, laborioso y precavido quien le

posee. El dinero representará entonces el talento, el trabajo y otras

muchas virtudes. El no tener dinero significará, casi equivaldrá a ser

holgazán, ignorante y para poco. No hemos llegado aún, por desgracia, a

este grado de perfección social, y hay aún muchas personas que adquieren

mal el dinero. Mas como el confesar que el mayor número le adquiere mal,

aun dado que esto fuera cierto, sería ocasionado a gravísimos peligros,

y daría pretexto a los pobres para odiar a los ricos, todas las personas

razonables y amigas del orden y del sosiego públicos, debemos creer y

creemos que no hay dinero mal adquirido, mientras un tribunal no pruebe

lo contrario. Por donde legítimamente, y echando a un lado la mala

pasión de la envidia, el ser rico significa, y tiene que significar, que

vale más quien lo es que el que es pobre. En resolución, el dinero es y

tiene que ser la medida exacta del valer de una persona.

Cierto que hay algunas rarísimas virtudes y prendas superiores al

dinero, que no traen dinero, y que, en el momento en que se tuviesen o

ejerciesen con el fin de adquirir dinero, dejarían de ser tales

virtudes; pero tales virtudes tienen su precio en ellas mismas. La

virtud por excelencia es tan preciosa, que nada hay en la tierra que

pueda pagarla. Por esto me ha parecido siempre ridículo todo premio

ofrecido a la virtud. Quien se pusiera a ser virtuoso para ganar el

premio, no sería virtuoso. Ni siquiera suelen ganarse con la virtud la

fama y el respeto de los hombres, porque es difícil de averiguar si el

virtuoso lo es por firmeza y rectitud de alma o por apocamiento, necedad

o cobardía; y los hombres, como no sea la virtud muy manifiesta,

procuramos siempre atribuirla a dichas calidades negativas. Así es que,

en casi todos los idiomas antiguos y modernos, la palabra _bondad_,

apartada de su sentido recto, significa simpleza, como _dabbenaggine_ en

italiano, _euetheia_ en griego, _bonhomie_ en francés, etc., etc. Pero

como la virtud es y debe ser también superior a la vanagloria, el

virtuoso, no sólo debe serlo aún a trueque de ser pobre, sino a trueque

de pasar por un solemne majadero.

Ciertas declamaciones y diatribas contra los vicios, la corrupción y el

lujo, me han parecido siempre más propias de la envidia o de la sandez

que de un espíritu recto y juicioso. Cuando se dice, por ejemplo, el

hombre de bien está arrinconado y desatendido y vive pobremente, y tal

bribón habita en un palacio y da fiestas espléndidas; la mujer honrada

anda a pie por esas calles, llenándose de lodo, y tal manceba va con

sedas, encajes y joyas, en un soberbio coche; cuando esto se dice,

repito, yo no puedo menos de reírme en vez de conmoverme. Pues qué, ¿se

quiere que la probidad se pague con palacios, y la castidad con

diamantes y trenes? Entonces los mayores galopines se harían probos para

vivir a lo príncipe, y las _suripantas_ echarían la zancadilla a

Lucrecia y a Susana, a fin de conseguir por ese medio lo que por el

opuesto logran ahora. La verdad es que el mundo anda menos mal de lo que

se cree.

Mucho tiene que sufrir la virtud; pero si no tuviera que sufrir ¿sería

virtud? ¿Qué mérito tendría? Y sin duda que la piedra de toque, en que

se aquilata y contrasta el sufrimiento, es esta duda en que deja el

virtuoso a los demás hombres acerca de si su virtud es tontería,

impotencia o amilanamiento y poquedad de espíritu. Hombres hay que no

resisten a esta prueba. Han tenido valor para quedarse pobres, pero no

le tienen para pasar por tontos. Mujeres honradas ha habido que tienen

valor para vivir con poco dinero, mas no para que crean que ha faltado

quien se le quiera dar. ¡Dios nos libre de esta gran tentación de evitar

la nota de mentecatos y para poco! ¡Dios libre a las mujeres honradas de

esta gran tentación de evitar la nota de faltas de donaire y atractivo!

Fuera de estas excelencias y sublimidades de nuestro ser, apenas hay

otra calidad en el hombre que no tenga por medida el dinero. La ciencia

especulativa y la poesía más elevada se sustraen sólo a dicha medida. Ni

la ciencia especulativa, ni la poesía más elevada, están por lo común al

alcance del vulgo. Al sabio y al poeta rara vez la fama puede

consolarlos de ser pobres, si lo son. Los pensamientos sublimes, y la

delicadeza y el primor del estilo, son prendas que pocos saben estimar.

La gloria es casi siempre tardía para este linaje de hombres. Pocos

semejantes suyos aciertan a comprender lo que valen. Así es que su fama

va cundiendo y acrecentándose por autoridad, disputada y contradicha a

menudo, y tan lenta y pausadamente, que el sabio y el poeta suelen

morirse sin gozar de aquel respeto y aun adoración que más tarde se

tributa a su memoria.

El mismo sabio, y más aún el poeta, por excelente crítico que sea, no se

pueden consolar con la conciencia y seguridad de su valer, por los demás

hombres desconocido o negado. No saben a punto fijo si el juicio que

forman sobre ellos mismos está torcido por el amor propio.

Una obra de ingenio es harto difícil de juzgar, y la buena reputación

que adquiere se debe a pocos sujetos entendidos que logran imponer su

opinión, a veces al cabo de muchos años, cuando no de siglos. Los demás

hombres se someten a esta opinión por pereza, o porque habiendo ya

muerto el autor de la obra, les importa poco que sea celebrado y

ensalzado. La idea de que la fama de aquel autor redunda en honor de la

patria o de la humanidad toda, contribuye a que, contenidos por cierto

egoísmo, sean pocos los hombres que tiren a destruirla. Por lo demás, la

gloria de los grandes escritores suele ser póstuma y sumamente vana. De

cada mil personas que citan, por ejemplo, a Homero como al primer poeta

épico, diez a lo más, en los países cultos, le han leído, y de estas

diez, nueve se han aburrido o dormido leyéndole: una sola ha gustado

acaso de aquellas bellezas y excelencias.

La poesía, pues, en su más elevada acepción, así como la virtud en su

acepción más elevada, tiene sólo la recompensa en ella misma, en la

creación de lo ideal, en la fijación y depuración de la belleza, que

aparece escasa, mezclada con elementos extraños y fugitiva en el mundo,

y a quien el poeta aparta y sustrae de lo feo, y da una vida inmortal, a

fin de que gocen de ella las pocas almas que por su propia hermosura son

capaces de comprenderla.

Entiéndase, con todo, que, salvo las mencionadas archi-sublimes

excepciones, nada es más falso en cierto sentido que aquello de que

_honra y provecho no caben en un saco_. Al contrario, cuando el público

no honra es cuando no enriquece, y siempre enriquece cuando honra. El

más o el menos de enriquecer depende de circunstancias que nada tienen

que ver con la honra. En los países ricos y prósperos, el buen poeta

que, por la condición de su ingenio, se hace popular y famoso, se hace

también rico. Y, aparte el respeto que se le debe, Adam Smith se

equivocó al suponer que los comediantes, cantores y bailarines, ganaban

mucho dinero en compensación del decoro que perdían en su oficio, el

cual, si fuese más honrado, sería ejercido por más personas hábiles, y

esta concurrencia haría bajar el precio. Los susodichos artistas están

mucho mejor mirados en el día que en tiempo de Adam Smith, y no por eso

abundan los buenos, ni se venden baratos sus servicios. Se venden caros,

porque hay pocos que sean aptos para hacerlos; y porque la manera de

pagarlos se presta a que subsista la carestía, compartiéndose la carga

entre muchísimas personas.

Resulta de lo expuesto, y aún resultaría más claro si me extendiese

cuanto pide la magnitud del asunto, que por la misma naturaleza de las

cosas, y sin que deba nadie quejarse de ello, ni hacer un capítulo de

culpas a nuestro siglo, ni a los pasados, ni a los hombres de ahora, ni

a los de entonces, lo más universalmente respetado, amado y reverenciado

es el dinero, y por lo tanto, aquel que le posee. Aun las mismas almas

celestiales y puras, enamoradas del amor, de la gloria y de todo lo

bueno y santo, andan también enamoradas del dinero, como medio excelente

de que tengan buen éxito aquellos otros enamoramientos etéreos.

La generalidad de los hombres ama más el dinero que la vida. Cualquiera

persona, por poco simpática que sea, cuenta de seguro con unos cuantos

amigos que aventurarían por ella la vida, que le harían el sacrificio de

su existencia. ¡Cuántos salen al campo en duelo a muerte por defender a

un amigo! Casi nadie, sin embargo, sacrificaría por un amigo su caudal,

ni la vigésima, ni la centésima parte de su caudal. Se está un hombre

ahogando, se está otro quemando vivo en una casa incendiada, y, dicho

sea en honra de la humanidad, rara vez falta quien por salvarle se

aventure, se arroje a las ondas embravecidas o a las llamas. Sin

embargo, el héroe salvador quizás ha rehusado algunos días antes dar una

limosna de dos reales a la persona salvada ahora tan generosamente.

Viceversa, los agraciados estiman siempre más el sacrificio que se hace

por ellos de una pequeña suma de dinero, que el de la vida misma. Y esto

por mil razones muy justas. La vida se sacrifica o se expone por

cualquiera cosa; el dinero no. No hay pelafustán que no tenga una vida

que exponer como cualquiera otra vida; pero no todos tienen dinero que

exponer o sacrificar. El funámbulo, el domador de fieras, el albañil

subido en un andamio, el minero que penetra en una mina insegura, en

fin, casi todos los hombres exponen su vida por cualquier cosa, por un

miserable jornal, por una mezquina cantidad de dinero. ¿Qué hizo más

Edgardo por Lucía de Lammermoor, qué hizo más D. Suero de Quiñones por

la señora de sus pensamientos, que lo que puede hacer y hace a cada

instante, con menos estruendo, el último perdido, por ganar unas cuantas

pesetas? Por consiguiente, una considerable suma de pesetas vale más que

los arrojos de Edgardo y que las bizarrías de D. Suero.

Es evidente que el pobre, aunque puede amar, no puede expresar su amor

de un modo tan claro y tan brillante como el rico. Así es que los ricos

suelen ser más amados que los pobres, aun por las mujeres

desinteresadas.

El dinero da asimismo mérito intrínseco, y el no tenerle le quita, le

merma o le anubla. El dinero da buen humor, urbanidad, buena crianza, y,

como diría cierto diplomático, _soltura fina_. Nada, por el contrario,

ata y embastece más que la pobreza. El pobre es tímido y encogido, o

anda siempre hecho una fiera. Toda palabra en boca del rico es una

gracia, por donde, la misma confianza que tiene de que sus gracias van a

ser reídas y aplaudidas, le da ánimo e inspiración, para ser gracioso.

El pasmo con que todos le miran, el gusto con que todos le oyen, hace

que parezca gracioso, aunque no lo sea. Pero lo es, y no cabe duda en

que lo es. Yo, por ejemplo, he oído en boca de un señor muy rico todos

los cuentecillos más groseros y sucios que refieren los gañanes de mi

tierra, y que ya ni el atractivo de la novedad debieran tener para mí ni

para nadie, y sin embargo, me he reído como un bobo, me han hecho mucha

gracia, y los he encontrado llenos de aticismo en boca de dicho señor.

Creo, además que, en efecto, lo estaban, porque yo no me movía a reírlos

ni a celebrarlos con falsa risa, ni por interés alguno. La seguridad, la

superioridad, el magnetismo sereno, que trae consigo el tener dinero,

producían este fenómeno.

No se debe extrañar, pues, que las personas ricas sean amadas y

admiradas. En el día las amamos con más desinterés que antes. Nunca, por

ejemplo, ha habido menos hombres mantenidos por mujeres que en esta

época, si se exceptúa bajo la forma legítima, aunque desairada, del

_coburguismo_. En otras edades era frecuente, casi general, y no estaba

mal mirado el _coburguismo_ ilegítimo masculino, desde Ciro el Menor con

Epiaxa, reina de Cilicia, señora es de creer que ya jamona, a quien

aquel héroe sacaba mucha moneda, hasta los galanes caballeros de la

corte de Luis XIV y Luis XV.

Lo que es el _coburguismo_ femenino, legitimo, o ilegítimo, sigue hoy

como en las primeras edades del mundo, desde Raab y Dalila hasta la

gallarda y elegante Cora. Este _coburguismo_ es más disculpable que el

masculino. Lope de Vega le disculpaba diciendo:

No estaba pobre la feroz Lucrecia,

Que, a darle Don Tarquino mil reales,

Ella fuera más blanda y menos necia.

Y Ariosto, con la leyenda _El Perro precioso_, inserta en el _Orlando_,

le disculpa mucho más. Yo no le disculpo, pero le excuso, aunque no sea

más que por el desinteresado amor y la admiración sincera que infunde el

hombre rico, como no sea una bestia, aun en las almas más escogidas y

nobles.

El hombre rico se hace en seguida gran conocedor de las bellas artes y

de la literatura, y las protege, remedando a Lorenzo el Magnífico y a

Mecenas; adorna y hermosea su patria con soberbios monumentos, como

Herodes Atico; y hace, por último, otros cien mil beneficios.

Aunque no haya sido muy moral ni muy amante del orden antes de ser rico,

luego que lo es, el mismo interés le presta por lo menos una moralidad y

una religiosidad aparentes que no dejan de ser útiles.

Infiero yo de todo lo dicho que no debemos achacar a corrupción de

nuestro siglo, ni a perversidad del linaje humano, este amor entrañable

que todo él profesa al dinero. ¿Qué otra cosa ha de amar en la tierra,

si no ama el dinero, que las representa todas, las simboliza y las

resume? Lo cierto es que casi todo lo útil, lo conveniente, lo práctico

que se hace en el mundo, se hace por este amor. El dinero es la fuerza

motriz del progreso humano, la palanca de Arquímedes que mueve el mundo

moral, el fundamento de casi toda la poesía, y hasta el crisol de las

virtudes más raras. La mayor parte de los hombres que desprecian o

aparentan despreciar el dinero, lo hacen por despecho y envidia; imitan

a la zorra, diciendo: _no están maduras_. Los que aman con sinceridad la

pobreza, los que la creen y llaman _dádiva santa desagradecida_, o son

locos, o son santos: son Diógenes o San Francisco de Asís; a no ser que

entiendan por pobreza cierta virtud magnánima que consiste en poseer y

gozar todas las cosas con desdén y desprendimiento, como si no se

poseyesen ni gozasen.

No hay nada en este mundo sublunar que proporcione más ventajas que el

tener dinero. Los pocos inconvenientes que trae, o son fantásticos, o

son comunes a toda vida humana, o se van allanando o disipando con la

cultura.

Era antes el principal, como ya he dicho, el peligro de muerte en que se

hallaba de continuo el acaudalado, como no ocultase mucho sus riquezas.

Para ser impune, paladina y descuidadamente rico, era menester ser

tirano, señor de horca y cuchillo, o algo por el mismo orden, que diese

mucho poder y defensa. Este inconveniente va desapareciendo ya casi del

todo.

Otro inconveniente, que encuentran en el dinero los corazones

extremadamente sensibles y los espíritus cavilosos, es fantástico y

absurdo. Consiste en el temor de ser amado por el dinero y no por uno

mismo. Nada más ridículo que este temor. Ya hemos probado que el dinero

es más que la vida. El dinero es, por consiguiente, una parte esencial

de la persona. Un filósofo alemán diría que el dinero se pone en el yo

de una manera absoluta. Más necio es, pues, atormentarse, porque quieren

a uno por el dinero, que atormentarse porque quieren a uno porque es

limpio, bien criado, elegante, instruido etc.; calidades todas que se

adquieren artificialmente lo mismo que el dinero; que se deben al dinero

en más o en menos cantidad. Acaso no sea yo mejor que el último mozo de

cordel de Madrid, ora física, ora intelectual, ora moralmente

considerado, y con todo, suponiéndome soltero, cualquiera linda dama

podría tener aún el capricho de enamorarse de mí, sin que nadie lo

censurara; pero, si del mozo de cordel se enamorase, todo el mundo

tendría esta pasión por una extravagancia o por una locura. Luego, en

último resultado, lo que mueve a amar, a no ser extravagantísimo el

amor, es el dinero, o algo que representa dinero, o que se adquiere con

dinero. Lo que yo he gastado en instruirme, pulirme, asearme y

atildarme, no es más que dinero.

Finalmente, la mayor y más envidiable ventaja que el dinero proporciona,

es la autoridad y respetabilidad que da a quien le tiene, y la justa

confianza que quien le tiene inspira.

Algo de todo · 第 10 / 15 题