Cuando Virgilio, inspirado por los antiguos versos de la Sibila, por la
esperanza general entre todas las gentes de que había de venir un
Salvador, y tal vez por alguna noticia que tuvo de los profetas hebreos,
vaticinó con más o menos vaguedad, en su famosa égloga IV, la redención
del mundo, todavía le pareció que esta redención no había de ser
instantánea, por muy milagrosa que fuese, y así es que dijo: _suberunt
priscae vestigia fraudis_: quedarán no pocos restos de las pasadas
tunanterías y miserias.
(a) Publicada en _La Revista de España_, en el año de 1870.
Si esto pudo decir el Cisne de Mantua, tratándose de un milagro tan
grande, de un caso sobrenatural que lo renovaba todo y que todo lo
purificaba, ¿qué extraño es que después de una revolución, al cabo hecha
por hombres, y no por hombres de otra casta que la nuestra, sino por
hombres de aquí, educados entre nosotros, haya aún no poco que censurar
y no poco de que lamentarse? Pues qué, ¿pudo nadie creer con seriedad
que la revolución iba en un momento a hacer que desapareciesen todos
nuestros males, todos los vicios y los abusos que la produjeron? La
revolución podrá, a la larga, si es que logra afirmarse, corregir muchos
de estos males, vicios y abusos; pero en el día es inevitable que
aparezcan aún. Aparecerían, aunque los que combatieron en Alcolea en pro
de la revolución hubieran sido unos ángeles del cielo, de lo cual ni
ellos presumen, ni nadie les presta el carácter, la condición y la
virtud sobrehumana.
Mediten bien lo que acabo de decir aquellos que vieron con júbilo la
revolución, que la aceptaron y hoy se arrepienten, y aquéllos también
que siempre la tuvieron por un mal y que siguen con más ahínco
teniéndola por un mal en el día de hoy. Medítenlo, y ya conocerán que no
hay mal ahora que no se derive de los pasados, como se deriva de la
premisa la consecuencia; como nace el retoño de la raíz de toda planta
antigua, si no se arrancó de cuajo y si no se extirpó; operación más
difícil de lo que se piensa.
No es esto afirmar que el estado de nuestro país sea delicioso,
envidiable y floreciente. Nada menos que eso. En nuestro país hay mucho
desabrimiento, muchísimo mal humor, y un disgusto enorme. Y no hay que
rastrear demasiado, ni que sumirse en oscuras profundidades para
desentrañar la causa. La causa es que _donde no hay harina, todo es
mohína_. El mal, fundamento de todos los males, es entre nosotros la
escasez de dinero, o para valernos de término más comprensivo, la
penuria o la inopia. En nuestra época nos dolemos más de este mal,
porque la aspiración y el conocimiento del bien contrario están más
difundidos, no porque el mal sea nuevo. _De atrás le viene el pico al
garbanzo_, como dice el refrán. Sería, pues, una insolencia exigir de la
revolución que renovara el milagro de pan y peces, o que convirtiera las
piedras en hogazas. ¿Qué ha de hacer la revolución sino lo que siempre
se ha hecho? Esto me retrae a la memoria el modo de saludar que suelen
tener en algunos lugares de Andalucía, y que no puede ser ni más castizo
ni más propio. Salen dos hidalgos a tomar el sol muy embozados en sus
capas, y se encuentran al revolver de una esquina.--«Hola, compadre,
dice el uno: ¿cómo vamos?»--Y el otro contesta: «Trampeando: ¿y V.,
compadre?»--«Trampeando, trampeando también,» replica el que hizo la
pregunta. Así nada tienen que echarse en cara, y se van juntos de paseo,
en buen amor y compaña.
Contra un achaque tan inveterado no sé qué remedio pueda haber. El arte
de producir oro, la Crisopeya, se ha perdido por completo, y ya no
tenemos más arte o ciencia en que cifrar nuestras esperanzas, a ver si
nos saca del atolladero, que la Economía Política. Dios ponga tiento en
las manos de los que la saben y la aplican a la gestión de los negocios
del Estado. Y no lo digo porque dude yo de la ciencia. ¿Cómo dudar,
cuando la ciencia es, ha sido y será siempre mi amor, aunque
desgraciado? Dígolo a tanto de que pudiera ocurrir con algunos
economistas lo que con ciertos filólogos que estudian un idioma, pongo
por caso, el chino o el árabe, tan por principios, con tal recondidez
gramatical y tan profundamente, que luego nadie los entiende, ni ellos
se entienden entre sí, ni logran entender a los verdaderos chinos y
árabes de nacimiento, contra los cuales declaman, asegurando que son
ignorantes del dialecto literario o del habla mandarina, y que no saben
su propio idioma, sino de un modo vernáculo, rutinario y del todo
ininteligible para los eruditos: pero lo cierto es que por más que se
lamenten, quizás con razón, no sirven para dragomanes.
Tal vez se explique esto de la manera que, yendo yo de viaje por un país
selvático, acerté a explicar en qué consistía que cierto compañero mío,
gran ingeniero, que se empeñó en guiarnos con su ciencia; no atinó
nunca, y por poco no nos hunde y sepulta en charcos cenagosos o nos
pierde en bosques sombríos, donde nos hubieran devorado los lobos. Yo
estaba siempre con el alma en un hilo, pero ni un instante dudé de la
ciencia. Lo que yo alegaba era que aquella tierra era tan ruda aún, que
no comprendía la ciencia y se revelaba contra ella. Volvimos entonces a
confiar la dirección de nuestro viaje al guía práctico y lego que antes
nos había servido, y así llegamos al término que nos proponíamos.
Pudiera suceder, por último, que constando la Economía Política, si no
me equivoco, de varias partes, como son: la creación de la riqueza, su
circulación, su repartición y su consumo, hayamos por acá estudiado a
fondo las partes últimas, y hayamos descuidado bastante el estudio de la
primera, considerándola acaso como imposible de aprender, y exclamando
humilde y cristianamente con el poeta:
Es el criar un oficio
Que sólo le sabe Dios
Con su poder infinito.
Vivo yo tan seguro de esta verdad, que nunca he querido engolfarme en el
_mare-magnum_ de la Economía Política, teniendo por tan complicada toda
esta maquinaria de las sociedades, que ni remotamente he caído en la
tentación de querer averiguar cuáles son los resortes que la mueven y
cuáles las bases sobre que se sustenta. Siempre he tenido miedo de que
venga a acontecer al economista lo que al niño que, movido de
curiosidad, rompe el juguete para ver lo que tiene dentro. Mi propósito,
al escribir esta obrilla, no es, por lo tanto, discurrir económicamente
sobre el dinero: dar lecciones sobre el modo más fácil de adquirirle.
¿Quién sabe, dado que yo averiguase este modo, si, a pesar de mi
acendrada filantropía, no me le había de callar, al menos por unos
cuantos años, aprovechándome de él para mi uso privado y el de algún que
otro amigo muy predilecto? Mi propósito es sólo hablar del influjo que
ejerce el dinero en las almas: esto es, que yo no trato aquí de Economía
Política, sino de Filosofía Moral, exponiendo algunos pensamientos
filosóficos acerca del dinero, ora nacidos de mi propia meditación, ora
de la mente profunda de los sabios antiguos y modernos que he
consultado.
No quiero, con todo, que se me tenga por tan ignorante de la ciencia
económica, que al hablar y filosofar sobre el dinero, no sepa lo que es
y confunda unas especies con otras. Hace un siglo que a nadie se le
hubiera ofrecido este pícaro escrúpulo que a mí se me ofrece ahora.
Entonces la generalidad de los mortales creía saber a fondo lo que era
dinero, y nadie veía ni la posibilidad de que sobre este punto naciesen
dudas, equívocos, ni disputas. Hoy, con la Economía Política, ya es otra
cosa. Tomos inmensos se han escrito para explicar lo que es el dinero y
lo que no es. Sin duda que todas aquellas verdades, por palmarias,
sencillas y evidentes que sean, que el interés de hombres poderosos o
astutos ha tenido algunas veces empeño en encubrir o tergiversar, se han
encubierto o se han tergiversado porque siempre ha habido infinito
número de páparos en el mundo. De estas verdades, las que se refieren al
dinero, al capital o a la riqueza, son las que han ofrecido más estímulo
a estas tergiversaciones y engaños; pero aunque no pueda negarse que los
economistas, que ponen, por decirlo así, definitivamente en claro estas
verdades, hacen un gran servicio al público, no puede negarse tampoco
que la mayor parte de estas verdades son de las que se llaman de
Pero-Grullo. Para quien ignora la burla que han hecho algunos hombres de
la credulidad de sus semejantes no es concebible, por ejemplo, que un
sabio economista emplee gravemente medio tomo de lectura en demostrar
que el dinero no es un mero signo representativo de la riqueza, sino que
tiene y debe tener un valor en sí; que una peseta, no sólo representa el
valor de cualquiera cosa que valga una peseta, sino que vale y debe
valer lo mismo que cualquiera cosa que valga una peseta, y que cuatro
cosas que valgan a real cada una, y que treinta y cuatro cosas que
valgan a cuarto. Todavía han empleado más fárrago los economistas en
demostrar otra verdad, de la cual es más inverosímil que nadie haya
dudado nunca, y en cuya demostración parece absurdo, a los que no están
iniciados en los misterios de la Economía Política, que nadie se afane
con formalidad. Es esta verdad que el dinero no es toda la riqueza, sino
una parte de la riqueza. ¿A quién ha podido nunca caber en el cerebro
que no es rico cuando no tiene dinero, y tiene trigo, olivares, viñas,
casas, hermosos muebles, alhajas, telas, etc.? Si todos estos objetos
los reduce mentalmente a dinero, los aprecia y los tasa, encontrará que
tiene una riqueza, por ejemplo, de dos millones de reales. Pero al hacer
la tasación, no hace más que determinar con exactitud el valor de lo que
posee, adoptando una medida común, que es el dinero. Si en vez de los
reales, de los escudos o de las pesetas, fuesen los bueyes la medida,
diríamos que tal propietario tenía una tierra que valía quinientos
bueyes, y tal empleado un sueldo de veinte bueyes al año. La ventaja del
oro o de la plata acuñados para moneda se deduce evidentemente de lo
expuesto. ¡Bendito y alabado sea Dios que nos ha hecho nacer en una
época en que todo se averigua y se explica tan lindamente! Un buey es
poco portátil, no cabe en el bolsillo, no pasa en todos los mercados,
gasta en comer y se puede morir, y el dinero ni come ni se muere. Además
un buey puede ser más gordo o más flaco, más chico o más grande, más
viejo o más joven; mientras que un escudo es siempre un escudo, goza de
eterna juventud, y tiene o debe tener el mismo peso y la misma ley.
Tal es la gran ventaja de que goza esta ciencia. Es tan clara, tan
pedestre y tan sencilla, que los niños de la doctrina pudieran
entenderla si quisiesen. Y sin embargo (¡cosa, por cierto admirable!),
apenas dan un paso desde terreno tan firme y seguro, y desde lugar tan
claro suelen caer los economistas en un mar sin fondo o en el seno
oscuro de la noche cimeriana. La Economía Política pasa a escape, salta
de la perogrullada al sofisma con una agilidad portentosa.
En esta misma cuestión de si los metales preciosos, el oro y la plata,
son mejores que los bueyes para moneda, ocurren dificultades y
contradicciones imprevista. Sirva de muestra lo siguiente: Si la deuda
que el Estado español ha contraído y sigue contrayendo se estimase en
bueyes, no se podría rebajar en un 5 por 100, en una vigésima parte, a
no ser que las siete vacas flacas del sueño de Faraón procreasen
infinitamente y llenasen el mundo todo de bueyes cacoquimios y
encanijados; pero estimada la deuda en pesetas, se ha hecho la rebaja
con la mayor suavidad, de una sola plumada, y casi sin que nadie se
percate de ello. Los bueyes, chico con grande, a no ser hijos de las
vacas flacas, siempre serían bueyes; pero las pesetas nuevas no son como
las antiguas, y el día en que la acuñación de la nueva moneda esté
terminada, podremos asegurar que en vez de deber, por ejemplo, 20.000
millones de reales, deberemos 19.000, a no ser que la alteración de la
moneda no rece con los acreedores del Estado, y les sigamos pagando los
intereses con arreglo a la ley antigua.
Pero dejando a un lado esta cuestión, conste que, si bien aquí usamos de
la palabra _dinero_ en la acepción de _capital_ o de _riqueza_, hacemos
perfectamente la distinción de estas cosas, como la han hecho todos los
hombres de todos los siglos, sin necesidad de que los economistas los
adoctrinen. La razón que nos lleva a llamar dinero a toda riqueza, es
que el dinero es una riqueza sin la que no se puede pasar. El dinero es
además un valor que circula más fácilmente que todos los demás valores,
y que los representa y los mide. El dinero no es toda la riqueza, sino
la parte móvil, líquida y más circulante de la riqueza. La sangre no es
toda la vida en el cuerpo, y sin embargo no viviríamos si la sangre no
circulara o si toda la sangre se nos escapase; aunque no es
completamente exacta la comparación, porque no hay comparación
completamente exacta. Nada hay en el cuerpo que pueda reemplazar a la
sangre; pero en la sociedad hay algo que puede reemplazar al dinero, y
este algo es el crédito, el cual no crea un átomo más de riqueza, pero
pone en circulación y presta movilidad y casi ubicuidad e mucha parte de
la riqueza que está parada e inerte. En suma, el dinero, aunque
reemplazable por el crédito, es una parte de la riqueza, y así por esto
como por ser la parte más viva, más enérgica y más circulante, es un
dolor que se pierda. La sociedad que no tiene dinero, o el individuo que
no tiene dinero, ya están aviados. Después de largos estudios han
deducido, pues, los economistas que el _dinero es indispensable al
hombre desde el momento que el hombre vive en sociedad_; aguda
sentencia, cuya verdad resplandece más que la luz del mediodía.