no son demasiado grandes? Esto para el Papa será bueno. ¡Qué cosas
inventan! ¿Pues y estas otras que parecen de alambre? Si me siento en
ellas, adios mi dinero... Y todo desigual; cada pieza es de diferente
forma y color. Á mí me gustan cosas que hagan juego... Estas cortinas,
Sr. de Manso, parecen de tela de casullas; pero la moda lo manda...
Sobre todo dí mi opinión, y la señora, muy complacida, renunció á
adquirir muchos objetos de dudoso gusto, á los cuales puse mi veto.
--Si quisiera usted darse una vuelta por la nueva casa, amigo D.
Máximo...--me dijo más tarde.--Porque yo no sé lo que harán los
pintores si no hay una persona de gusto que les diga... pues...
Yo mandé que en el comedor me pintaran muchas liebres, codornices
muertas y algún ciervo difunto. No sé lo que harán. Dicen que ahora
se adornan los comedores con platos pegados en el techo. Antes los
platos se usaban para comer. No entiendo estas modas nuevas. Usted me
aconsejará. Lo mejor es que se plante usted en la casa y lo dirija
todo á su gusto... Eso; disponga á su antojo, y quite y ponga lo que
le parezca... Me figuro que en los salones será moda también colgar
las sillas del techo... y poner las arañas en el suelo... Mire usted,
Sr. de Manso, se me ocurre una cosa. Esta tarde no tiene usted nada
que hacer. ¿Vámonos á la casa nueva? Ahora me van á traer el coche que
he comprado. Lo estreno hoy, lo estrenaremos, y usted me dirá si es
de buen gusto, si tiene los muelles blanditos y si los caballos son
guapetones... Verá usted qué casa, aunque aquello está todo revuelto
y lleno de yeso y basura. Virgen, ¡qué calma la de esos pintores y
estuquistas! Ya ve usted: aquí he tenido que meter todos los muebles,
y está la sala tan atestada, que no se puede dar un paso en ella. ¿Con
que vamos allá?
Á todo accedí. La señora fué á vestirse. Al poco rato me mandó llamar
para que viese una bata que le probaba la modista.
--Me parece muy bien, señora. Le cae á usted que ni...
--Que ni pintada. Eso ya lo sabía yo... Á mí todo me cae bien. ¿No es
verdad, Mansito? Todavía doy yo quince y raya á más de cuatro farolonas
que van por ahí.
Y al quitarse la bata probada, quedó la señora un poco menos vestida de
lo que es uso y costumbre, sobre todo delante de caballeros extraños.
--¡Eh! no se vaya usted, hombre; confianza, confianza. Ya saben todos
que no soy gazmoña. ¿Qué se me ve? nada. Ya estaba usted enterado de
que por mis barrios...
Al decir _por mis barrios_, se pasaba suavemente las manos por los
hermosos, blancos y redondeados hombros. Y continuó la frase así:
--... no se usan almacenes de huesos... Eso se deja para ciertas
sílfides que yo me sé... ¡Qué alones! En fin, no quiero enfadarme.
Vistióse prontamente.
--Lo que es sombrero--me dijo mirándome como si se mirara al
espejo,--no pienso ponérmelo. Mi cara no pide teja... ¿no es verdad?...
Venga la mantilla, Andrea... Date prisa, mujer, que está el señor
catedrático esperando.
Decidido á complacerla, la acompañé, estrenando coche y dándonos mucho
tono por aquellas calles de Dios. Yo me reía y ella también. Por el
camino, la conversación ofrecióme oportunidad para decirle algo de la
famosa licencia, y al oirme se enfadó, aunque no tanto como antes,
alzando demasiadamente la voz.
--Vamos, que me está usted buscando el genio... Pues le tengo
fuertecito. Si vuelvo á oir hablar de la maestra... ¿Á que mando parar
el coche y le pongo á usted en medio del arroyo?...
En la casa ví horrores. Había puertas pintadas de azul, techos por
donde corrían ciervos, angelitos dorados en los zócalos, muchos vidrios
de colores por todas partes, papeles de follaje verde con cenefa
de amaranto, bellotas de plata en las jambas, rosetones con ninfas
tísicas ó hidrópicas, cisnes nadando en sulfato de hierro, y otras mil
herejías. Para la extirpación general de ellas habría sido preciso un
gran auto de fé. Era tarde ya para hacerlo, y sólo pude disponer algo
que remendara y corrigiera el daño; pero sin dejar de hacer á mi vecina
cumplidos elogios del decorado de su suntuosa vivienda.
También estuvimos á ver la que me destinaba, que me pareció muy bonita.
Doña Javiera hizo la distribución previa, anticipándose á mis gustos y
deseos.
--Aquí el despacho; la librería en este testero; allí la cama del señor
de Manso, bien resguardada del aire y lejos del ruido de la escalera;
acá el lavabo. Voy á ponerle tubería con grifo para más comodidad...
Asomémonos. Estas sí que son vistas. Así, cuando usted tenga la cabeza
pesada de tanto estudiar, se asoma al mirador y se traga con los ojos
todo el Retiro. Desde aquí puede mi señor catedrático hacerle el amor
á la ermita de los Ángeles que se ve allá lejos, y discutir á bramidos
con el león del Retiro...
La verdad era que yo estaba profundamente agradecido á mi cariñosa
y providente vecina. No pude menos de manifestárselo así... Pero en
cuanto tocaba, aunque de soslayo, la temida cuestión, ya estaba la
señora hecha un basilisco. No obstante, al día siguiente encontréla
más amansada. Ya no decía: _la maestra de escuela_, sino _esa pobre
joven_... Por la tarde, cuando la señora y sus criadas estaban
arreglando mi cuarto, volví á la carga y me dijo sin irritarse:
--Es usted más sobón... Lo que usted no consiga con su machaca,
machaca, no lo consigue nadie... Pero no, no me dejo engatusar... No
hablemos más de ello. Si sigue usted, me vuelo...
--Pero, señora...
--Callarse la boca. Si me enfado, cojo el zorro... y por la puerta se
va á la calle.
Me amenazaba con echarme de mi propia casa. Y parecía que había tomado
posesión de ella, mirándola como suya, y disponiendo de todo á su
antojo. No podía quejarme, porque con pretexto de la enfermedad de
Petra, que estaba medio baldada, doña Javiera y sus criados habían
puesto mi casa como el oro. Nunca había visto en derredor mío tanto
arreglo y limpieza. Daba gusto de ver mi ropa y mis modestos ajuares.
En varias partes de la casa, sobre la chimenea y en mi lavabo,
sorprendí algunos objetos de lujo y de utilidad que no me pertenecían.
La señora de Peña los había subido de su casa, obsequiándome
discretamente con ellos.
Á medida que su amabilidad me proporcionaba nuevas ocasiones de
complacerla, disminuían sus _voladuras_ con motivo de la licencia, y al
fin tuve tal maña para agradarla y complacerla, ora dándole dictámen
sobre sus aprestos de lujo, ora dejándome cuidar y atender, que una
tarde me dijo:
--Para no oirle más, Mansito... que se casen... Lo que usted no consiga
de mí... Tiene usted la sombra de Dios para proteger niñas.
XLVII
No me dejaba á sol ni sombra.
Bendiciones mil á mi cariñosa vecina, que sin duda se había propuesto
hacerme agradable la vida y reconciliarme con lo humano. ¡Ley de las
compensaciones, te desconocerán los que arrastran una vida árida, en
las estepas del estudio; pero los que una vez entraron en las frescas
vegas de la realidad...! Abajo las metafísicas, y sigamos.
Fatigadillo estaba yo una mañana, cuando... tilín. Era Ruperto, que me
pareció más negro que la misma usura.
--Mi ama que vaya luego...
--Ya me cayó que hacer. ¿Qué ocurre? Voy al instante.
Hallé á Lica muy alarmada porque en el largo espacio de tres días no
había ido yo á su casa. En verdad era caso extraño; me disculpé con mis
quehaceres, y ella me puso de ingrato y descastado que no había por
donde cogerme.
--Pues verás para lo que te he llamado, chinito. Es preciso que
acompañes á D. Pedro...
--¿Y quién es D. Pedro?
--¡Ay qué fresco! Es el padre de Robustiana, ese señor tan bueno... Es
preciso que le busques papeleta para ver la Historia Natural.
--¡Qué más Historia Natural que él y toda su familia!
--No seas sencillo. Es un buen sujeto. Acompáñale á ver Madrid, pues el
buen señor no ha visto nada. Á uno de los chicos hay que colocarlo...
--Á todos los colocaremos... en medio de la calle.
--¡Chinchoso! El ama es muy buena. Máximo, buena mano tuviste... Si no
hay otro como tú...
--¿Y José María?
--¿Ese? Otra vez en lo mismo. Ya no se le ve por aquí. Parece que lo
del marquesado está ya hecho.
--Saludo á la _señá_ marquesa.
--Á mí... esas cosas...
No obstante su modestia y bondad, lo de la corona le gustaba. La
humanidad es como la han hecho, ó como se ha hecho ella misma. No hay
nada que la tuerza.
--Yo quiero mi tranquilidad--añadió.--José María está cada vez más
_relambido_... pero con unas ausencias, chinito... Ya se acabó lo de la
comisión de melazas, y ahora entra lo de la comisión de mascabados.
Á poco vimos aparecer á mi hermano, y lo primero que me dijo, de muy
mal talante, fué esto:
--Mira, Máximo, tú que has traido aquí esta tribu salvaje, á ver cómo
nos libras de ella. Esto es la langosta, la filoxera; no sé ya qué
hacer. Me tienen loco. También tú tienes unas cosas... El uno pide
papeletas, y me va á buscar al Congreso; la otra pide destinos para sus
dos lobatos... En fin, encárgate tú, que los trajiste, de sacudir de
aquí esta plaga.
--Los pobres--murmuró Lica,--son tan buenos...
--Pues ponerles en la calle--indiqué yo.
--¡No, no, que se le retira la leche!--exclamó con espanto
Manuela.--Habla bajo, por Dios... Pueden oir...
Hablando bajito, quise dar una noticia de sensación, y anuncié la boda
de Manuel Peña. Manuela se persignó diferentes veces. Mi hermano,
atrozmente inmutado, no dijo más que:
--Ya lo sabía.
Disimulaba medianamente su ira tomando un periódico, dejándolo,
encendiendo cigarrillos. Después, como al ir á su despacho, tropezara
en el pasillo con el célebre D. Pedro, que, sombrero en mano, le pedía
no sé qué gollería, montó en súbita cólera, no se pudo contener...
--Oiga usted, don espantajo--le dijo á gritos,--¿cree usted que estoy
yo aquí para aguantar sus necedades? Á la calle todo el mundo; váyase
usted al momento de mi casa, y llévese toda su recua...
¡Dios mío la que se armó! El titulado D. Pedro ó tío Pedro, pues sólo
mi cuñada le daba el _don_, dijo que á él no le faltaba nadie; su digna
esposa se atrevió á sostener que ella era tan señora como la señora;
los chicos salieron escapados por la escalera abajo, y Robustiana
empezó á llorar á lágrima viva. Muerta de miedo estaba Lica, que casi
de rodillas me pidió que pusiera paz en aquella gente y librara á mi
ahijado de un nuevo y grandísimo peligro. En tanto sentíamos á José
María dando patadas en su cuarto, en compañía de Sainz del Bardal, á
quien llamaba idiota por no sé qué descuido en la redacción de una
carta.
--Al fin se le hace justicia--pensé;--y no tuve más remedio que amansar
á D. Pedro y á su mujer, diciéndoles mil cosas blandas y corteses,
y llevándoles aquella misma tarde á ver la Historia Natural. Á los
chicos tuve que comprarles botas, sombreros, petacas y bollos. Lica
hizo un buen regalo á la madre del ama. Yo llevé al café por la noche
al hotentote del papá; y por fin, al día siguiente, con obsequios y
mercedes sin número, buenas palabras y mi promesa formal de conseguir
la cartería y estanco del pueblo para el hijo mayor, logramos
empaquetarles en el tren, pagándoles el viaje y dándoles opulenta
merienda para el camino.
¡Cuándo acabarían mis dolorosos esfuerzos en pró de los demás!
--Esto es una cosa atroz--dije para mí, parodiando á doña
Cándida.--Bienaventurado es aquel que enciende una vela á la caridad y
otra al egoismo.
XLVIII
La boda se celebró.
Era un martes... Como me agrada poco hablar de esto, lo dejaré por
ahora. Algo hay, anterior al acto de la boda, que no merece el olvido.
Por ejemplo: doña Cándida, enterada de los proyectos de Manuel por
éste mismo, vió los cielos abiertos, y en ellos un delicioso porvenir
de parasitismo en casa de los Peñas. Con todo, no podía contravenir
mi cínife la ley de su caracter, que exigía farsas extraordinarias en
aquella ocasión culminante, y así había que verla y oirla el día en que
fué á casa de Lica «á desahogar su pena, á buscar consuelos en el seno
de la amistad...»
--Porque la sola idea de que iba á vivir separada de la inocente
criatura, la llenaba de congoja. ¿Qué sería de ella ya, á su edad,
privada de la dulce compañía de su queridísima sobrina... única persona
que de los García Grande quedaba ya en el mundo? Pero el Señor sabía
lo que se hacía al quitarle aquel gusto, aquel apoyo moral... Nacemos
para padecer, y padeciendo morimos... Por supuesto, ella sabía dominar
su pena y aun atenuarla, considerando la buena suerte de la chica.
¡Oh! sí, lo principal era que Irene se casara bien, aunque su tía se
muriera de dolor al perder su compañía... ¡Y que no lloraría poco la
pobre niña al separarse de su tía para irse á vivir con un hombre!...
Era tan tímida, tan apocadita... Una cosa no le gustaba á mi cínife,
y era el origen poco hidalgo de Peña. Reconocía sus buenas prendas,
su talento, su brillante porvenir; pero ¡ay! la carne, la carne...
Irene se casaba con uno de los tres enemigos del alma. No se puede una
acostumbrar á ciertas cosas, por más que hablen de las luces del siglo,
de la igualdad y de la aristocracia del talento... En fin, era una
cosa atroz; y la señora, que por bondad y tolerancia trataría á Manuel
como á un hijo, estaba resuelta á no tragar á doña Javiera, porque
realmente hay cosas que están por encima de las fuerzas humanas... Ella
transigía con el chico; pero con la mamá... ¡imposible! Si al menos
no fuera tan ordinaria... ¡Quiá! no podía, no podía vencer Calígula
sus escrúpulos... ó si se quiere, dígase preocupaciones. Fuese lo que
quiera, tenía los nervios muy delicados, la sensibilidad muy exquisita
para poder sufrir el roce con ciertas personas... No, cada uno en su
casa y Dios en la de todos... Por lo demás, excusado es decir que todo
cuanto la señora de García Grande tenía era para su sobrina. Hasta
las preciosidades y objetos raros y artísticos, que conservaba como
recuerdo de la familia, se los iba á ceder... ¿Para qué quería ella
nada ya?... Maravillas tenía aún en sus cofres, que harían gran papel
en la casa de los jóvenes esposos... Y el sobrante de sus rentas...
también para ellos. ¡Válganos Dios! su sobrina necesitaría de ella más
que ella de su sobrina, y ocasión había de llegar en que la señora
sacara á Irene de algunos apuritos.
Oyendo esto, Lica se puso triste y la niña Chucha se secó una lágrima.
Quedóse doña Cándida á almorzar, y desde aquel día reanudó la serie de
sus diarias visitas á la casa, entrando en una era de parasitismo, que
no acabará ya sino con la funesta existencia de aquel monstruo de los
enredos y cocodrilo de las bolsas.
Yo me había propuesto no ver más á Irene, porque no viéndola estaba
más tranquilo; pero un día se empeñó Manuel en llevarme allá, y no
pude evitarlo. La que fué maestra de niños y después lo había sido mía
en ciertas cosas, se alegró mucho de verme, y no lo disimulaba. Pero
su gozo era del orden de los sentimientos fraternales, y no podía ser
sospechoso al joven Peñita que, á su modo, también participaba de él.
Hablamos largo rato de diversas cosas: ella me mostraba la variedad y
extensión de sus imperfecciones, encendiendo más en mí, al apreciar
cada defecto, el vivo desconsuelo que llenaba mi alma... Habló de mil
tonterías graciosas, y cada una de éstas era como afilada saeta que me
traspasaba. Su frívolo gozo recaía gota á gota sobre mi corazón como
ponzoña...
Un gran escozor sentía yo en mí desde el famoso descubrimiento;
sospechaba y temía que Irene, dotada indudablemente de mucha
perspicacia, conociese el apasionamiento y desvarío que tuve por ella
en secreto, con lo cual y con mi desaire, recibido en la sombra, debía
estar yo á sus ojos en la situación más ridícula del mundo. Esto me
acongojaba, me ponía nervioso. Á ratos me decía:
«¿Qué haré yo para quitarle de la cabeza esa idea? Y de que tiene tal
idea no me queda duda... Es más lista que Cardona y sabe más que todos
los tragadores de bibliotecas que existimos en el mundo. Imposible,
imposible que dejara de comprender mi... Y si lo comprendió, ¡cómo
se reirá del pobre Manso, cómo se reirán los dos en la intimidad
de sus soledades deliciosas!... Si me fuese posible arrancarle ese
pensamiento, ó al menos sembrar en su mente otros que, al crecer, lo
ahogaran y comprimieran...»
Y ella, cuando hablaba conmigo, bondadosa hasta no más, me miraba con
ojos que á mí me parecían llegar hasta lo más lejano y escondido de mi
sér. Luego tenían sus labios una sonrisita irónica que confirmaba mi
temor y me inquietaba más. Cuando me miraba de aquel modo, yo creía
oirla hablar así en su interior:
«Te leo, Manso, te leo como si fueras un libro escrito en la más clara
de las lenguas. Y así como te leo ahora, te leí cuando me hacías el
amor á estilo filosófico, pobre hombre...»
Pensar esto, y sentir que subía toda la sangre á mi cerebro, era todo
uno. Buscaba coyuntura de destruir, aunque fuera con sofismas, la
_tremenda_ idea de mi amiga, y al fin... No sé cómo vino rodando la
conversación. Creo que Peñita dijo que yo debía casarme. Ella lo apoyó.
Ví el único cabello de una feliz ocasión, y me agarré á él.
--¡Casarme yo!... No he pensado nunca en tal cosa... Los que
nos consagramos al estudio vamos adquiriendo desde la niñez un
endurecimiento... Quiero decir, que nos encontramos curas sin
sospecharlo... La rutina del celibato acaba por crear un estado
permanente de indiferencia hacia todo lo que no sea los goces calmosos
de la amistad...
Poco seguro de la idea, yo no podía encontrar bien tampoco las frases.
--Porque... llegamos á no conocer otro sentimiento que el de la
amistad... Es que el estudio toma para sí todas las fuerzas afectivas,
y nos apasionamos de una teoría, de un problema... La mujer pasa á
nuestro lado como un problema que pertenece á otro mundo, á otra rama
del saber y que no nos interesa. He intentado á veces cambiar la
constitución de mi espíritu, incitándole á beber en los manantiales de
donde, para otros, afluyen tantas corrientes de vida, y no he podido
conseguirlo... Ni quiero ni me hace falta. Me considero en la falange
del sacerdocio eterno y humano. También el celibato es humano, y ha
servido en todos los siglos para demostrar la excelencia del espíritu...
¿Conseguí algo con estas paparruchas? Para hacer más efecto, hablé con
Irene del tiempo en que ella daba lecciones á mis sobrinitas y del
cariño paternal que me había inspirado. Ya se ve... la semejanza de
nuestras profesiones, el compañerismo... Nada, nada, no pasaba.
Yo la veía mirarme, y podía jurar que decía para sí:
--No cuela, Mansito, no cuela. Conste que perdiste la chaveta como el
último de los estudiantes, y ahora, ni con toda la filosofía del mundo,
me has de hacer creer otra cosa. Las maestras de escuela sabemos más
que los metafísicos, y éstos no engañan ya á nadie más que á sí mismos.
XLIX
Aquel día me puse malo.
¡Qué casualidad!... Me refiero al día de la boda. Yo no quise ir...
Convengamos en que me entró un fuerte pasmo que me retuvo en cama.
Llovía mucho. Del cielo caía una tristeza gris, en hilos fríos que
susurraban azotando el suelo. Por doña Javiera, que subió á verme,
cuando concluyó todo, supe que no había ocurrido nada de particular,
más que la obligada ceremonia, los latines, la curiosidad de los
concurrentes, el almuerzo en la casa nueva y la partida de los dichosos
para no sé dónde... Creo que para Biarritz ó para Búrgos ó Burdeos.
Ello era cosa que empezaba con B. La paradita no hace al caso. Me
levanté en seguida, completamente restablecido, con asombro de doña
Javiera, que me notificó su resolución de vivir desde el siguiente
día en la nueva casa. Hablamos de Irene, y mi vecina me confesó que
empezaba á serle agradable, que yo tenía quizás razón al elogiarla,
y que si su hijo era feliz, poco le importaba lo demás. Contóme que
á Manolo le miraban todas las chicas con una envidia... ¡Vanidad
materna que no hacía daño á nadie! Después de almorzar se habían ido
los dos solos á la estación, en su coche, tan bien agasajaditos, entre
pieles... ¡Manolo estaba tan guapo...! Valía infinitamente más que
ella. Manolo _daba la hora_. La pícara maestra debía tener más talento
que Merlín, porque había sabido pescar al muchacho más bonito y de más
mérito de todas las Españas.
¡Virgen! ¡y cuánto lloró doña Cándida!... Mi hermano José también había
cogido un pasmo aquel día y no pudo ir. Estaba la _señá_ marquesa, Lica
por otro nombre, con su mamá y hermana, y además otras muchas personas
notables. Lo de la notabilidad no se me alcanzaba, y así lo manifesté
con mal humor á mi vecina. Ella insistió en designar como eminencias á
todos los concurrentes; discutimos, y yo concluí diciéndole:
--¿Apostamos á que estaba también el negro Ruperto?
--Y bien guapo; parecía una persona servida en tinta de calamares...
Eso; búrlese usted... ya verá D. Máximo ir gente grande á mi casa,
cuando Manolo empiece á figurar, y demos _tées_... Será aquello un
pueblo...
No recuerdo cuánto más charló su expedita é incansable lengua. Para
consolarse de su soledad, empezó á disponer la mudanza desde aquel
día. Aprovechando dos que estuve de expedición en Toledo con varios
amigos, la misma doña Javiera hizo la mudanza de todos mis muebles,
libros y demás enseres, con tanta diligencia y esmero, que al volver
encontré realizada la instalación y ocupé sin molestia de ningún género
mi nueva vivienda. En realidad, yo no tenía con qué pagar tantos
beneficios y aquella creciente adhesión, que parecía salirse ya de
los comunes términos de la amistad. Y como, por desgracia, mi antigua
sirvienta seguía paralizada de una pierna y de la otra no muy sana, mi
casa continuaba en manos de la señora de Peña, que á todo atendía con
extremada solicitud, dando motivo á murmuraciones de maliciosos amigos
y vecinos. Yo me reía de estas picardihuelas y un día hablé francamente
de ellas.
--Déjeles usted que hablen--me dijo con menos desparpajo del que solía
tener, antes bien algo turbada.--Riámonos del mundo. Á usted no le
hacen los honores que merece, ni le aprecian en lo que vale... Pues
á mí me da la gana de hacerlo y de traer á mi señor D. Máximo á qué
quieres boca. Es justicia, nada más que justicia, y estoy por decir que
es indemnización... ¿se dice así? Estas palabras finas me ponen siempre
en cuidado, por temor de soltar una barbaridad.
Lo que mi vecina me dijo me afectó mucho, hízome pensar y sentir, y
ha quedado por siempre grabado en mi memoria. ¿Provenía su afecto de
esa admiración secreta, inexplicable que suele despertar en la gente
ordinaria el hombre dedicado al estudio? He visto raros y notabilísimos
ejemplos de esto. Doña Javiera había puesto en circulación un extraño
apotegma: _la sabiduría es la sal de los hombres_. Cualquiera que fuese
el sentido de tal dicharacho, yo atribuía los obsequios de la vecina
á su temperamento un tanto acalorado, á su sensibilidad caprichosa
que tomaba vigor de la renovación de los afectos. Por eso me decía
yo: «le pasará esto, y llegará día en que no se acuerde de mí.»--Pero
no pasaba, no; por el contrario, la veía yo buscando la intimidad, y
apropiándose cada vez mayor parte de todo lo mío, principalmente en
los órdenes moral y doméstico, que son la llave de la familiaridad. Y
acostumbrado á aquella blanda compañía, á aquella diligente cooperación
en todo lo más importante de la vida, llegué á considerar que si me
faltaba la amistad fervorosa de mi vecina, había de echarla muy de
menos. Por eso, insensiblemente arrastrado, me dejaba llevar por la
pendiente, sin ocuparme de calcular á dónde llegaría.
No quiero dejar de contar ahora el regreso de Manuel y su esposa,
después de haberse divertido de lo lindo en su excursión de amor.
Según me dijo doña Javiera, no se les podía aguantar de empalagosos y
amartelados. Tanto se habían hartado de la famosa miel. En conciencia
yo deseaba que les durara aquel dulce estado todo lo más posible. Irene
me pareció más guapa, más gruesa, de buen color y excelente salud. Doña
Javiera, que todo me lo confiaba, me dijo un día:
--Parece que hay nietos por la costa. En cuanto yo vea que los menudea,
pongo casa aparte. No quiero hospicios en la mía.