«Quién sabe,--me dije,--si una crítica completamente sana y fría

podría llevarte á declarar que aquellas supuestas, soñadas y

rebuscadas perfecciones constituirían, caso de ser reales, el estado

más imperfecto del mundo... Eso de la mujer-razón que tanto te

entusiasmaba, ¿no será un necio juego del pensamiento? Hay retruécanos

de ideas como los hay de palabras... Ponte en el terreno firme de

la realidad y haz un estudio serio de la mujer-mujer... Estos que

ahora te parecen defectos, ¿no serán las manifestaciones naturales

del temperamento, de la edad, del medio ambiente?... ¿De dónde

sacaste aquel tipo septentrional más frío que el hielo, compuesto

no de pasiones, virtudes, debilidades y prendas diferentes, sino

de capítulos de libro y de hojas de Enciclopedia? Observa ahora la

verdad palpitante, y no vengas con refunfuños de una moral de cátedra

á llamar graves defectos á lo que en realidad es tan sólo accidentes

humanos, partes y modos de la verdad natural que en todo se manifiesta.

La pasión es propio fruto de la juventud, y el arte de disimular que

tanto te espeluzna es una forma de caracter adquirida en el estado de

soledad en que ha vivido esa criatura, sin padres, sin apoyo alguno.

Un poderoso instinto de defensa le ha dado ese arte, con el cual sabe

suplir la falta del amparo natural de la familia. Ese disimulo ha sido

su gran arma en la lucha por la vida. Se ha defendido del mundo con

su reserva. Y esa ambición que tanto te desagrada no es más que un

producto del mismo desamparo en que ha vivido. Se ha acostumbrado á

deberlo todo á sí misma, y de ahí ha venido el prurito de emprenderlo

todo por sí misma. Arrastrada por la pasión, ha tenido flaquezas

lamentables. Su agudeza y su prudencia han sido vencidas por el

temperamento... Hay que considerar lo extraordinario de las seducciones

con que luchaba. Enamorada, la atraía el galán de sus sueños; pobre,

la atraía el joven de posición. ¡Amor satisfecho y miseria remediada!

Estos grandes imanes, ¿á quién no llevan tras sí? El espíritu

utilitario de la actual sociedad no podía menos de hacer sentir su

influjo en ella. Hé aquí una huérfana desamparada que se abre camino, y

su pasión esconde un genio práctico de primer orden...»

¡No sé qué más pensé! Levantéme de aquella antipática mesa, hastiado de

alimentos fríos y desabridos, de las sillas que rechinaban amenazando

desbaratarse, de los cuchillos á los cuales se les caía el mango, y

de aquella anfitrionisa insoportable, cuyas farsas rayaban ya en lo

maravilloso.

Irene me acompañó á la sala; nos sentamos, pero no hablábamos nada.

Caía la tarde y nos rodeaban sombras melancólicas. La tristeza de

haber estado todo el día sin ver al objeto de su cariño, la tenía muda

y tétrica. Y á mí me ponía lo mismo un nuevo trastorno de que fuí

acometido á consecuencia de lo que arriba dije. Consistía mi nuevo mal

en que al representármela despojada de aquellas perfecciones con que la

vistió mi pensamiento, me interesaba mucho más, la quería más, en una

palabra, llegando á sentir por ella ferviente idolatría. ¡Contradicción

extraña! Perfecta, la quise á la moda Petrarquista, con fríos alientos

sentimentales que habrían sido capaces de hacerme escribir sonetos.

Imperfecta, la adoraba con nuevo y atropellado afecto, más fuerte que

yo y que todas mis filosofías.

Aquella pasión suya terminada en flaqueza de caracter; aquella reserva

interesantísima, que permitía suponer siempre un más allá en los

horizontes de su alma; aquella decisión de triunfar ó morir; aquel

mismo resabio utilitario, todo me enamoraba en ella. Hasta su graciosa

muletilla, aquella pobreza de estilo por la cual llamaba _tremendas_

á todas las cosas, me encantaba. ¡Oh! ¡cuánto más valía ser lo que

fué Manuel, ser hombre, ser Adán, que lo que yo había sido, el angel

armado con la espada del método defendiendo la puerta del paraíso de la

razón!... Pero ya era tarde.

Y en aquella oscuridad, á la cual llegaban tímidas luces del

crepúsculo y el amarillo resplandor de los faroles públicos, la ví

tan soberanamente guapa, que tuve miedo de mí mismo y me dije: «es

necesario que yo salga de aquí, no sea que mi sentimiento se sobreponga

á mi razón y diga ó haga las tonterías de que hasta ahora, á Dios

gracias, me he visto libre.» Y en efecto, peligros noté en mí de

ponerme en ridículo, si permitía salir alguna parte de la procesión que

por dentro andaba. Yo me sentía mozalvete, calaverilla y un si es no

es cursi... Dije tres ó cuatro frases de fórmula y me marché... porque

si no me marchaba... Casos se han visto de caracteres profundamente

serios, que en un momento infeliz han caido de golpe en los sumideros

de la tontería.

XLIII

Doña Javiera me acometió con furor.

Hízome temblar de espanto, porque su cólera era para mí hasta entonces

desconocida, y siempre había yo visto en ella mucho angel, afabilidad

y suma tolerancia. Lo mismo fué entrar yo en la casa, á las seis del

domingo, que corrió hacia mí con gesto amenazador, tomóme de un brazo,

llevóme á su gabinete, cerró...

--Pero, señora...

Yo no comprendía, ni en el primer momento supe dar á sus bruscos modos

la interpretación más conveniente. Creí que me quería sacar los ojos;

creí después que se sacaba los suyos. Gesticulaba como actriz de la

legua, y respirando con gran fatiga, no acertaba á expresarse sino con

monosílabos y entrecortadas cláusulas:

--Estoy... volada... Me muero, me ahogo... Amigo Manso, ¿no sabe usted

lo que me pasa?... No resisto, me muero... ¿No sabe usted?... Manuel,

¡qué pillo, qué ingrato hijo!...

--Pero, señora...

--¿Le parece á usted lo que ha hecho?... Es para matarlo... Pues se

quiere casar con una maestra de escuela.

Y al decir _maestra de escuela_, alzaba la voz con alarido de agonía,

como el que recibe el golpe de gracia...

--Alguna pazpuerca muerta de hambre... ¡qué afrenta, Virgen,

re-Virgen!... Parece mentira, un chico como él, tan listo, de tanto

mérito... Vamos, esto es cosa de Barrabás... ó castigo, castigo de

Dios... Señor de Manso, ¿no se indigna usted, no salta bufando?...

Hombre, usted es de piedra, usted no siente... ¿Pero usted se ha hecho

cargo?... ¡Una maestra de escuela!... de esas que enseñan á los mocosos

el _pe á pa_... Si le digo á usted que estoy volada... á mí me va á dar

algo... no sé cómo no le hice así y le retorcí el pescuezo cuando me

lo dijo... Ahí tiene usted un hombre perdido... adios carrera, adios

porvenir... ¡Jesús, Jesús! Y usted no se sulfura, usted tan tranquilo...

--Señora, vamos á comer. Serénese usted y después hablaremos.

El criado anunció que la comida estaba dispuesta. Antes de pasar al

comedor, mi vecina me dijo del modo más solemne del mundo:

--En el señor de Manso confío. Usted es mi esperanza, mi salvación.

--Yo...

--Nada, nada. Usted es para mi hijo lo que llaman un oráculo. ¿No se

dice así?

--Así se dice.

--Pues si usted no le quita de la cabeza esa gansada, perdemos las

amistades.

Estaba escrito que todo lo malo y desagradable de aquellos días me

pasara al tiempo de comer en mesa ajena. Y la de doña Javiera se

parecía bien poco á la de doña Cándida en la riqueza de los manjares

y régimen del servicio. Contraste mayor no se podía ver. La mesa de

mi vecina ofrecía desmedida abundancia, variedad de manjares sabrosos

y recargados, servidos en vajilla nueva y de relumbrón. Era festín

más propio de gigantes glotones que de gastrónomos delicados. Y las

consecuencias del berrinche no se conocían ni poco ni mucho en el

apetito de la señora de Peña, á quien observé aquel día tan bien

dispuesta como los demás del año á no dejarse morir de hambre. Lo poco

que habló fué para incitarme á que me atracase de todo, diciéndome

que no comía nada, para elogiar á su cocinera y para reprender á

Manuel porque hablaba demasiado alto y nos aturdía á todos. Este

entró cuando ya habíamos tomado la sopa. Estaba sumamente jovial. Le

conocí que había visto á su víctima; mas no podía suponer dónde ni

cómo. Probablemente habría sido en la misma casa caligulense, pues

no era difícil para Manuel embaucar á doña Cándida y aun prescindir

completamente de ella. Durante toda la comida, doña Javiera no perdía

ripio de reñir á su hijo, fulminando contra él los rayos de sus bellos

ojos ó los de sus frases agudas y mortificantes. Á mí me traía en

palmitas, quería que de todo comiese, cosa imposible, y me atendía y me

obsequiaba con cariñosa finura. Cuando me despedí, después de hablar un

poco sobre el consabido conflicto, le dije:

--Déjele usted de mi cuenta... yo lo arreglaré.

Y ella:

--En usted confío. Dios le bendiga á usted por la buena obra que va

á hacer... Cada vez que lo pienso... ¡Una maestra de escuela! Estoy

abochornada. ¡Qué dirá la gente!... Será cosa de no poder salir á la

calle.

Y cuando salí y ví á Manuel que entraba en su cuarto, le indiqué que le

esperaba en mi casa. Doña Javiera salió conmigo á la escalera, y en voz

bajita, con semblante esperanzado y risueño, me dijo:

--Eso es; póngale usted las peras á cuarto. Duro en él... Dígale usted

que no quiero maestras ni literatas en mi casa, y que mire por su

porvenir, por su carrera... Como si no tuviera hijas de marqueses en

que elegir... Y lo que es yo me muero si se casa con esa... Á mí que no

me venga con mimos, porque no le perdono...

--Yo lo arreglaré, yo lo arreglaré.

XLIV

Mi venganza.

Cuando Manuel se presentó ante mí, parece que tenía gran impaciencia

por decirme:

--¿Ha hablado usted con mamá?

--Sí, tu mamá está furiosa. No le entra en la cabeza que te cases con

Irene--le respondí;--y la verdad es que no le falta razón. Ahora parece

que os vais á poner en pié de aristócratas, y te convendría una buena

boda. Ya ves que la pobre Irene...

--Es pobre y humilde; pero yo la quiero.

El gato saltó de mis rodillas. ¡Con qué gusto lo acariciaba...! y al

compás de aquellos pases por el lomo del nervioso animal, ¡qué de

pensamientos brotaban en mí, todos luminosos y cargados de razón!...

Formé un plan y lo puse en práctica al instante.

--Dime con franqueza lo que piensas... Pero no me ocultes nada; la

verdad, la verdad pura quiero.

--Déme usted antes consejos.

--¿Consejos? Venga primero lo que tú sientes, lo que deseas...

--Pues yo, querido maestro, si usted me pregunta lo que siento, le

diré con toda franqueza que estoy como fuera de mí de enamorado y de

ilusionado; pero si usted me pregunta si he hecho propósito de casarme,

le contestaré con la misma franqueza que no he podido adquirir todavía

una idea fija sobre esto. Es cosa grave. Por todas partes no se

oye otra cosa que diatribas contra el matrimonio. Luego tan jóvenes

ambos... Hay que pensarlo y medirlo todo, amigo Manso.

--¿Tienes algún recelo,--le dije violentándome mucho para aparecer

sereno,--de que Irene, esposa tuya, no corresponda á tus ilusiones, á

ese tu entusiasmo de hoy...?

--Eso no, no tengo recelo... Ó porque la quiero mucho y me ciega la

pasión, ó porque ella es de lo más perfecto que existe, me parece que

he de ser feliz con ella...

--Entonces...

--Además, ya ve usted... la oposición de mi madre. Usted conoce á

Irene, la ha tratado en casa de D. José. ¿Qué idea tiene usted de ella?

--La misma que tú.

--¡Es tan buena; tiene tanto talento...! Nada, nada, amigo Manso, yo me

embarco con ella.

--¿Crees que no te pesará?

--Me hace usted dudar... Por Dios. Pregunta usted de un modo y da unos

flechazos con esos ojos... ¡Qué sé yo si me pesará ó no...! Considere

usted la época en que vivimos, las mudanzas grandísimas que ocurren en

la vida. Las ideas, los sentimientos, las leyes mismas, todo está en

revolución. No vivimos en época estable. Los fenómenos sociales, á cual

más inesperado y sorprendente, se suceden sin interrupción. Diré que

la sociedad es un barco. Vienen vientos de donde menos se espera, y se

levanta cada ola...

Yo meditaba.

--¡Casarme! ¿Qué me aconseja usted?...

--¿Serás capaz de hacer lo que yo te mande?

--Juro que sí,--me dijo con entereza.--No hay nadie en el mundo que

tenga sobre mí dominio tan grande como el que tiene mi maestro.

--¿Y si te digo que no te cases?...

--Si me dice usted que no me case,--murmuró muy confuso mirando al

suelo y poniendo punto á su perplejidad con un suspiro,--también lo

haré...

--¿Y si además de decirte que no te cases, te mando que rompas

absolutamente con ella y no la veas más?

--Eso ya...

--Pues eso, eso. No te aconsejaré términos medios. No esperes de mí

sino determinaciones radicales. De no casarte, rompimiento definitivo.

Aconsejar otra cosa, sería en mí predicar la ignominia y autorizar el

vicio.

--Pero ya ve usted que eso... renunciar, abandonar... Usted no puede

inspirarme una villanía.

--Pues cásate.

--Si realmente...

--Yo concedo que por circunstancias especiales te resistas á unirte

á ella con lazos que duran toda la vida. Yo convengo en que podrías

considerar este casorio como un entorpecimiento en tu carrera...

Podrías aguardar á que dentro de algún tiempo, cuando tu notoriedad

fuera mayor, se te presentara un partido brillantísimo, una de estas

ricas herederas que se pirran porque las llamen ministras... Eres

medianamente rico; pero tu fortuna no es tan considerable, que puedas

aspirar á satisfacer las exigencias, mayores cada día, de la vida

moderna. La riqueza general crece como espuma y las competencias de

lujo llegan á lo increible. Dentro de diez ó quince años quizás te

consideres pobre, y quién sabe, quién sabe si las posiciones oficiales

que ocupes ofrezcan un peligro á tu moralidad. Piénsalo bien, Manuel,

mira á lo futuro, y no te dejes arrastrar de un capricho que dura unas

cuantas semanas. Ten por seguro que si te dispensan la edad, entrarás

en el Congreso antes de tres meses. Al año, ya tus grandes facultades

de orador te habrán proporcionado algunos triunfos. Te lucirás en las

comisiones y en los grandes debates políticos. Puede ser que á los

dos años de aprendizaje seas lugarteniente de un jefe de partido, ó

coronel de un batalloncito de dragones. De seguro acaudillarás pronto

uno de esos puñados de valientes que son la desesperación del Gobierno.

Te veo subsecretario á los veinte y seis años, y ministro antes de

los treinta. Entonces... figúrate: un matrimonio con cualquier rica

heredera americana ó española remachará tu fortuna, y... no te quiero

decir lo que esto valdrá para tí...

Él me miraba atento y pasmado. Yo, firme en mi propósito, continué así:

--Ahora examinemos el otro término de la cuestión. La pobre Irene...

Es una buena chica, un angel; pero no nos dejemos arrastrar del

sentimentalismo. De estos casos de desdicha está lleno el mundo. La que

cae, cae, y adivina quien te dió... Supongamos que tú, inspirándote

ahora en ideas de positivismo, das por terminada la novela de tus

amores, la rematas de golpe y porrazo, como el escritor cansado que no

tiene ganas de pensar un desenlace. La víctima llorará mucho; pero

los ríos de lágrimas son los que al fin resisten menos á las grandes

sequías. Al dolor más vivo dale un buen verano y verás... Todo pasa, y

el consuelo es ley del mundo moral. ¿Qué es el Universo? Una sucesión

de endurecimientos, de enfriamientos, de trasformaciones que obedecen á

la suprema ley del olvido. Pues bien, la joven se oculta, se desmejora;

pasa un año, pasan dos, y ya es otra mujer. Está más guapa, tiene más

talento y seducciones mayores. ¿Qué sucede? Que ni ella se acuerda

de tí, ni tú de ella. Es verdad que su pobreza la impulsaría quizás

á la degradación; pero no te importe, que la Providencia vela por

los menesterosos, y esa discreta y bonita joven encontrará un hombre

honrado y bueno que la ampare, uno de esos solterones que se acomodan á

la calladita con los restos del naufragio...

--Por vida de las ánimas--gritó Peña con ímpetu, sin dejarme

acabar,--que si no le tuviera á usted por el hombre más formal del

mundo, creería que está hablando de broma. Es imposible que usted...

Lo que yo decía hubiera sido insigne perfidia, si no fuera táctica, que

mi discípulo descubrió antes de tiempo. Anticipándose á mi estratagema,

me descubría lo que yo quería descubrir. No me quedaba duda de la

rectitud de su corazón...

--No siga usted--exclamó levantándose.--Yo me marcho: no puedo oir

ciertas cosas...

Y yo entonces me fuí derecho á él, le puse ambas manos sobre los

hombros, hícele caer en el asiento. Cada cual quedó en su lugar con

estas palabras mías:

--Manuel, esperaba de tí lo que me has manifestado. Al suponer que

yo bromeaba, veo que sabes juzgarme. No estaba seguro de tu modo de

pensar, y te armé una argumentación capciosa. Ahora me toca á mí hablar

con el corazón... ¿Quieres un consejo? Pues allá va... No sé cómo has

esperado á pedírmelo; ni sé cómo has creido que fuera de tu conciencia

hallarías la norma de tu conducta... Para concluir: si no te casas,

pierdes mi amistad; tu maestro acabó para tí. Toda la estimación que te

tengo será menosprecio, y no me acordaré de tí sino para maldecir el

tiempo en que te tuve por amigo...

Me dió un abrazo. En su efusión no dijo más que esto:

XLV

Mi madre...

--Déjala de mi cuenta... Yo la aplacaré haciéndole ver... Ella no

conoce á Irene, no sabe su mérito. Le diré que la memoria de mi madre

me impone la obligación de tomar bajo mi amparo á esa pobre huérfana,

de cuya familia tiene la mía antiguas deudas de gratitud... Sí,

lo declaro: sépanlo tú y tu madre. La maestra de escuela es ahora

mi hermana; su desgracia me mueve á darle este título y con él mi

protección declarada, que irá hasta donde lo exijan el honor de un

nombre y el decoro de una familia.

Yo me entusiasmaba, y á cada palabra me ocurrían otras más enérgicas.

--Las preocupaciones de tu madre son ridículas. Dejémonos de

abolengos, pues si á ellos fuéramos, cuán malparados quedarías tú, tu

madre y todos los Peñas de Candelario.

--Sí--gritó él con entusiasmo,--abajo los abolengos.

--Y no hablemos de entorpecimiento en tu carrera... ¡Si te llevas un

tesoro; si es tu futura capaz de empujarte hasta donde no podrías

llegar quizás con tu talento...! Sí; que tiene ella pocos bríos en

gracia de Dios. Manuel, no hagas caso de tu mamá, ten mucha flema. Doña

Javiera cederá; déjala de mi cuenta...

Lo que después hablamos no tiene importancia. Quedéme solo, y entre

triste y alegre. Ví que lo que había hecho era bueno, y esto me daba

una satisfacción bastante grande para ahogar á ratos mis penas pensando

en ellas.

Y aunque doña Javiera subió aquella misma noche á preguntarme el

resultado de la conferencia, no quise hablar explícitamente:

--Convencido, señora, convencido--fué lo único que le dije.

Ella insistía que yo estaba mal cuidado en mi habitación de soltero con

ama de llaves, á manera de presbítero.

--Usted no quiere seguir mi consejo, y lo va á pasar mal, amigo

Manso... Esto no parece la casa de un profesor eminente. ¿Qué le pone

de comer esa Petra? Bodrios y fruslerías; alimentos pobres que no dan

sustancia al cerebro... Si tendré que venir yo todos los días á ponerle

de comer... Luego necesita usted una casa mejor. ¡Ah! señor mío, en

la calle de Alfonso XII estaremos bien. Yo me encargo de arreglarle

á usted su cuartito, y ponérselo como un primor. No, no venga usted

dando las gracias... Soy muy llanota, y usted se lo merece. No faltaba

más...

Estas finezas se repitieron dos ó tres veces, hasta que un día,

sabedora mi vecina de la resolución de su hijo y de mi consejo, se me

presentó cual pantera africana, y después de alborotar con retahila de

espantables imprecaciones, se me puso delante, gesticuló mucho pasando

una y otra vez sus manos muy cerca de mis ojos, y al fin pude entender

lo siguiente:

--Con que usted... Miren el falsillo, el tramposo; en vez de predicar á

Manuel para quitarle de la cabeza su barbaridad, le predica para que me

traiga á casa la maestra... Señor Manso, es usted un mamarracho.

Y con la confianza que solía tomarme, correspondiendo á las suyas, me

atreví á responderle:

--El mamarracho ha sido usted, señora doña Javiera, al suponer que yo

podría aconsejar á su hijo cosa contraria al honor.

--No hable usted así, que estoy volada...

--Vuele usted todo lo que quiera, pero en este asunto no me oirá usted

hablar de otra manera.

--Pero Sr. D. Máximo... ¿qué se ha figurado usted, que mi hijo está ahí

para que me lo atrape la primera esguízara...?

--Poco á poco, señora. Por mucha que sea la nobleza de usted, no

logrará hacer pasar por cualquier cosa á mi protegida, porque sepa

usted que Irene es mi protegida, hija de un caballero principalísimo

que prestó á mi padre grandes servicios. Soy agradecido, y esa señorita

huérfana no sufrirá desaires de ningún mocoso mientras yo viva.

--¡Eh! ¡eh! aquí tenemos al caballero quijotero... ¿Sabe usted que se

va volviendo cargante? Mi hijo...

--Vale menos que ella.

--Vale más, más, óigalo usted, más.

Y á cada sílaba alzaba la poderosa voz. Sus gritos me ponían nervioso.

--Bonito servicio me ha hecho usted... Y lo que es ahora... de verano,

amigo Manso.

--Por mi parte, de la estación que usted guste. Los chicos se casarán,

y en paz.

--No le doy la licencia--exclamó doña Javiera puesta en jarras.

--Se la dará usted.

Y á pesar del furor de mi amiga y vecina, yo, sereno ante ella, no

podía vencer cierta inclinación á tratar humorísticamente aquel grave

tema.

--Vaya, vaya... con los humos de esta señora... ¿Es su hijo de usted

algún Coburgo Gotha?...

--No ponga usted motes, caballero. Si somos gotas ó no somos gotas, á

usted no le importa. Y por lo que valga, sepa que de muchas gotitas se

compone el mar. No hay orgullo en mi casa, pero sí honradez.

--Pues también la hay en la mía... Vaya, vaya. Cuando se lleva el niño

una verdadera joya, una mujer sin igual, un prodigio de talento, de

belleza, de virtud... hija de un caballerizo...

--¡Hija de un caballerizo!...--repitió la ex-carnicera con cierto

aturdimiento,--de esos monigotes que van al lado del coche real...

brincando sobre la silla... Si digo... Vivir para ver.

--Y el mejor día, sépalo usted, señora de Peña, me voy al ministerio

de Estado, revuelvo el archivo de la cancillería, y le saco á mi

protegida un título de baronesa como una casa... Chúpate esa.

--¿De veras, hombre?--dijo ella mezclando á la cólera un grano de

risa.--Con que baronesa... Algo tendrá el agua cuando la bendicen.

--Sí señora...

--Ella será todo lo baronesa que usted quiera; pero si apuesta á fea,

no hay quien la gane. No la he visto más que una vez después que es

profesora... qué alones, ¡bendito Dios! Es un palo vestido. Cosa más

sin gracia no se ha visto. Parece una de esas traviatonas... No sé cómo

mi niño ha tenido el antojo...

--Ha tenido muy buen gusto. La que lo tiene perverso es usted.

--No me gustan las mujeres sabias... ¡Una licenciada! ¡qué asco! La

sabiduría es para los hombres, la sal para las mujeres.

Diciendo esto, parecíame algo desenojada.

--Siga usted, siga usted--me dijo--elogiando á su ahijada. Es de las

que destetaron con vinagre... Si la veo entrar en mi casa, creo que de

un repelón...

--No será usted tan fiera... La admitirá usted, y al poco tiempo la

querrá muchísimo.

--¿De veras...?--exclamó con dejo chulesco.--Voy viendo que el señor

catedrático no ha inventado la pólvora y es primo hermano del que asó

la manteca.

--Qué le hemos de hacer... Por de pronto va usted á hacerme el favor de

mandar á su criada que me planche dos camisas. Petra está mala...

--¡Ay! sí señor--respondió con oficiosa prontitud, levantándose.

--Otro favorcito... Aquí tengo mi americana, á la cual le faltan

botones...

--Sí, sí, sí, venga.

Empezó á dar vueltas por mi habitación como buscando quehaceres.

--Más favorcitos: Aquí tengo unas camisas que no recibirían mal un

cuello nuevo.

--Ya lo creo; venga.

--Y aquí me tiene usted hoy, sin saber lo que he de comer...

--¡Virgen! no faltaba más. Baje usted... ó le mandaré lo que guste...

--Bajaré... Hoy no me vendría mal que subiera una chica á arreglar un

poco esto... La pobre Petra...

--Subiré yo misma. ¿Qué más?

--Que es preciso dar la licencia á Manuel.

La risa, la complacencia, su deseo anhelante de servirme luchaban con

su inexplicable orgullo; pero me hacía gracia oirle decir entre risueña

y enojada:

--No me da la gana... Pues me gusta...

--Vaya, que sí lo hará usted.

--Me llevo esto.

Aludía á mi ropa, que recogió con diligencia y examinaba con ojos de

mujer hacendosa.

--Subiré en seguida... Traeré una de las chicas para que me ayude.

¡Virgen, cómo está esta casa! Pero verá usted, verá usted qué pronto la

ponemos como el lucero del alba.

Y desde la puerta me miró de un modo particular.

--Aquello, aquello...--le grité.

--Que no me da la gana... Usted tiene ganas de oirme. El buen señor es

pesadito...

XLVI

¿Se casaron?

Pues ya lo creo. ¿No se habían de casar, si esto era la solución lógica

y necesaria? Conciencia y Naturaleza lo pedían con diversos gritos. Yo

tuve empeño particular en conseguirlo. Agradecida á mí debía vivir la

tórtola profesora toda su vida, pues sin el pronto auxilio del buenazo

de Manso, es seguro que no hubiera podido realizarse el salvamento que

se deseaba. Porque indudablemente Manuel Peña estaba indeciso aquella

noche que le amonesté, y si era poderosa su pasión, también lo eran sus

perplejidades, sus preocupaciones, y la influencia que sobre él tenían

amigotes casquivanos y su amante mamá. Así, tengo el orgullo de haber

resuelto, en sentido del bien y con sólo cuatro palabras apuntadas

al corazón, aquel difícil pleito. No me gusta elogiarme, y sigo mi

narración... Pero como no quiero atropellar los acontecimientos,

retrocedo un poco para decir que no habían pasado veinte minutos desde

que partió mi vecina diciendo aquello de _Pesadito_, etcétera, cuando

sonó la campanilla.

_Una criada._--La señora que baje usted á ver unos muebles.

--Bueno; allá voy, que me estoy vistiendo.

Al poco rato, tilín...

--La señora que haga usted el favor de bajar á ver unas cortinas.

Era que la de Peña, ocupada en hacer compras para arreglar su nueva

casa, no se decidía en la elección de cosa alguna sin previa consulta

conmigo. Yo era para ella el resumen de toda la humana sabiduría en

cuanto Dios crió y dejó de criar. Mayormente en cuestiones de gusto,

mis caprichos eran leyes.

Bajé. Toda la sala estaba llena de muebles de lujo, comprados en

famosas tiendas, y un francés tapicero presentaba muestras de

cortinajes, portieres y telas diversas.

El amigo Manso · 第 19 / 21 段