Irene me trataba siempre con la consideración más grande. Aunque nada

debía sorprenderme, yo me sorprendía de verla tan conforme al tipo de

la muchedumbre, de verla más distinta cada vez ¡Dios mío! del ideal...

¿Pues no se dió á organizar, con otras señoras, rifas benéficas y

funciones y veladas para sacar dinero y emplearlo en hospitalitos que

no se acaban nunca? También la ví presidiendo una junta de señoras

postulantes, y su marido me dijo que le gastaba algún dinero en

novenas y festejos eclesiásticos. Para que nada faltase, un domingo

por la tarde la ví graciosamente ataviada, de negra mantilla, peina

y claveles. Iba á los toros, y preguntándole yo si se divertía en

esa fiesta salvaje, me contestó que le había tomado afición y que

si no fuera por el triste espectáculo de los caballos heridos, se

entusiasmaría en la plaza como en ninguna parte...

Sentencia final: era como todas. Los tiempos, la raza, el ambiente no

se desmentían en ella. Como si lo viera... desde que se casó no había

vuelto á coger un libro.

Pero hagámosle justicia. En su casa desplegaba la que fué maestra

cualidades eminentes. No sólo había introducido en la mansión de

los Peñas un gusto desconocido, teniendo que sostener más de una

controversia con su suegra, sino que también supo mostrarse altamente

dotada como señora de gobierno. Con esto y su tacto exquisito, unas

veces cediendo, otras resistiendo, supo conquistar poco á poco el

afecto de su mamá política. Tenía, sin género de duda, grandes dotes

de manejo social y arte maravilloso de tratar á las personas. Manuel

empezó á recibir en su salón, por las noches, á algunas personas de

viso y á otras que aspiraban á tenerlo.

Cómo trataba Irene á los distintos personajes; cómo atraía á los de

importancia; cómo embaucaba á los necios, cómo sacaba partido de todo

en provecho de su marido, era cosa que maravillaba. Yo veía esto con

pasmo, y doña Javiera estaba asustada.

--Es de la piel del diablo--me dijo un día,--sabe más que usted.

¡Verdad más grande que un templo y que todos los templos del mundo!--Lo

más gracioso es que doña Javiera, que siempre había dominado á cuantos

con ella vivían, fué poco á poco dominada por su nuera... Casi casi

le tenía cierto respeto parecido al miedo. Á solas la señora y yo

hablábamos de las recepciones de Irene, y nos hacíamos cruces.

--Esta nació para hacer gran papel.

--Buena adquisición hizo Manolito, ¿no lo dije?

--Como siga así y no se tuerza...

--¡Oh! si ella es buena, es un angel...

Y á veces nos consolábamos mutuamente con tímidas murmuraciones.

--Veremos lo que dura. No me gustan tantos tés, tanto recibir, tanto

exhibirse.

--Pues ni á mí tampoco... Quiera Dios...

--Se ven unas cosas...

¡Execrable ligereza la nuestra! Ella y él se amaban tiernamente.

El amor, la juventud, la atmósfera social cargada de apetitos,

lisonjas y vanidades criaban en aquellas almas felices la ambición,

desarrollándola conforme al uso moderno de este pecado, es decir, con

las limitaciones de la moral casera y de las conveniencias. Esto era

natural como la salida del sol, y yo haría muy bien en guardar para

otra ocasión mis refunfuños profesionales, porque ni venían al caso ni

hubieran producido más resultado que hacerme pasar por impertinente y

pedantesco. Las purezas y refinamientos de moral caen en la vida de

toda esta gente con una impropiedad cómica. Y no digo nada tratándose

de la vida política, en la cual entró Manuel con pié derecho, desde que

recibió de sus electores el acta de diputado. Mi discípulo, con gran

beneplácito de sus amigos y secreto entusiasmo de su esposa, entraba en

una esfera en la cual el devoto del bien, ó se hace inmune cubriéndose

con máscara hipócrita ó cae redondo al suelo, muerto de asfixia.

L

¡Que vivan, que gocen! Yo me voy.

Para ellos vida, juventud, riquezas, contento, amigos, aplauso, goces,

delirio, éxito... para mí vejez prematura, monotonía, tristeza,

soledad, indiferencia, tormento y olvido. Cada día me alejaba yo más

de aquel centro de alegrías que para mí era como ambiente impropio de

mi espíritu enfermo. Me ahogaba en él. Además de esto, cada vez que

veía delante de mí á la joven señora de Peña, mujer de mi discípulo,

aunque no discípula, sino más bien maestra mía, me entraba tal congoja

y abatimiento que no podía vivir. Y si por acaso la conversación me

hacía encontrar en ella un nuevo defectillo, el descubrimiento era

combustible añadido á mi llama interior. Cuanto menos perfecta más

humana, y cuanto más humana más divinizada por mi loco espíritu, á

quien había desquiciado para siempre de sus fijos polos aquel fanatismo

idolátrico, bárbara devoción hacia un fetiche con alma. Todos los

días buscaba mil pretextos para no bajar á comer, para no asistir á

las reuniones, para no acompañarles á paseo, porque verla y sentirme

cambiado y lleno de tonterías y debilidades era una misma cosa. El

influjo de estos trastornos llegó á formar en mí una nueva modalidad.

Yo no era yo, ó por lo menos, yo no me parecía á mí mismo. Era á ratos

sombra desfigurada del Sr. Manso como las que hace el sol á la caída de

la tarde, estirando los cuerpos cual se estira una cuerda de goma.

--¿Pero qué tiene usted?--me dijo un día doña Javiera.

--Nada, señora, yo no tengo nada. Por eso precisamente me voy. Entre

dos vacíos, prefiero el otro.

--Se queda usted como una vela.

--Esto quiere decir que ha llegado la hora de mi desaparición de entre

los vivos. He dado mi fruto y estoy demás. Todo lo que ha cumplido su

ley, desaparece.

--Pues el fruto de usted no le veo, amigo Manso.

--Es posible. Lo que se ve, señora doña Javiera, es la parte menos

importante de lo que existe. Invisible es todo lo grande, toda ley,

toda causa, todo elemento activo. Nuestros ojos, ¿qué son más que

microscopios?

--¿Quiere usted que llame un médico?--me dijo la señora muy alarmada.

--Es como si cuando una flor se deshoja y se pudre llamara usted al

jardinero. Coja usted unas tijeras y córteme. Ya la luz, el agua, el

aire, no rezan conmigo. Pertenezco á los insectos.

--Vaya usted á tomar baños.

--De eternidad los tomaré pronto.

--Nada, nada; yo llamo á un médico.

--No es preciso; ya siento los efectos del gran narcótico; voy á tomar

postura...

Doña Javiera se echó á llorar. ¡Me quería tanto! Aquel mismo día

vino Miquis acompañado de un célebre alienista, que me hizo varias

preguntas á que no contesté. Cuando les ví salir, me reí tanto, que

doña Javiera se asustó más y me manifestó de un modo franco el vivísimo

afecto con que me honraba. Yo la oía cual si oyera mi elogio fúnebre

pronunciado en lo alto de un púlpito y en frente de mi catafalco... Y

tal era mi anhelo de descanso, que no me levanté más. Prodigóme sin

tasa mi vecina los cuidados más tiernos, y una mañana, solitos los dos,

rodeados de gran silencio, ella aterrada, yo sereno, me morí como un

pájaro.

El mismo perverso amigo que me había llevado al mundo sacóme de él,

repitiendo el conjuro de marras y las hechicerías diablescas de la

redoma, la gota de tinta y el papel quemado, que habían precedido á mi

encarnación.

--Hombre de Dios--le dije;--¿quiere usted acabar de una vez conmigo y

recoger esta carne mortal en que para divertirse me ha metido? Cosa más

sin gracia...

Al deslizarme de entre sus dedos, envuelto en llamarada roja, el

sosiego me dió á entender que había dejado de ser hombre.

Los alaridos de pena que dió mi amiga al ver que yo la había abandonado

para siempre, despertaron á todos los de la casa; subieron algunos

vecinos, entre ellos Manuel, y todos convinieron en que era una lástima

que yo hubiese dejado de figurar entre los vivos... Y tan bien me

iba en mi nuevo sér que tuve más lástima de ellos que ellos de mí, y

hasta me reí viéndoles tan afanados por mi ausencia. ¡Pobre gente! Me

lloraban familia y amigos, y algunos de estos fueron á las redacciones

de los periódicos á dedicarme _sentidas frases_. En cuanto lo supo

Sainz del Bardal, agarró la pluma y me enjaretó ¡ay! una elegía, con la

cual yo y mis colegas de Limbo nos hemos divertido mucho. Aquí llegan

todas estas cosas y se aprecian en su verdadero valor.

Á mi hermano, Lica, Mercedes, doña Jesusa y Ruperto les duró la

aflicción qué sé yo cuántos días. Manuel se puso tan amarillo, que

parecía estar malo; Irene derramó algunas lágrimas y estuvo dos semanas

como asustada, creyendo que me veía asomar por las puertas, levantar

las cortinas y pasar como sombra por todos los sitios oscuros de la

casa. Ni que la mataran, entraba de noche sola en su cuarto. ¡También

supersticiosa!

Pero todos se fueron consolando. Quien se quedó la última fué mi doña

Javiera del alma, tan buena, tan llanota, tan espontánea. Según datos

que han llegado á mi noticia, más de una vez fué á visitar el sitio

donde estaba enterrado el que fué mi cuerpo, con una piedra encima y un

rótulo que decía que yo había sido muy sabio.

De doña Cándida sé que oyó algunos centenares de misas, y que siempre

que entraba en casa de Peña, donde diariamente desempeñaba el papel de

la langosta en los feraces campos, me había de nombrar suspirando, para

mantener vivo el recuerdo de mis virtudes. Á mi noticia ha llegado,

por no sé qué chismografía de serafines, que no se puede calcular ya

el dinero que le han dado para misas por mi reposo, el cual dinero

suma tanto, que si se aplicara por los demás, ya estaría vacío el

Purgatorio. De las casas de mi hermano y de Peña saca la señora con

estos giros de ultratumba mediana rentilla para ayudarse. No hablo de

la admiración que nos causa á todos los que estamos aquí el fecundo

ingenio de Calígula, porque debe suponerse.

Y á medida que el tiempo pasa se van olvidando todos de mí, que es

un gusto. Lo más particular es que de cuanto escribí y enseñé apenas

quedan huellas, y es cosa de graciosísimo efecto en estas regiones

el ver que mientras un devoto amigo ó ferviente discípulo nos llama

en plena sesión de cualquier academia el _inolvidable Manso_, si se

va á indagar donde está la memoria de nuestro saber, no se encuentra

rastro ni sombra de ella. El olvido es completo y real, aunque el uso

inconsiderado de las frases de molde dé ocasión á creer lo contrario.

Diferentes veces he descendido á los cerebros (pues nos está concedida

la preciosa facultad de visitar el pensamiento de los que viven), y

metiéndome en las entendederas de muchos que fueron alumnos míos,

he buscado en ellos mis ideas. Poco, y no de lo mejor, ha sido lo

descubierto en estas inspecciones encefálicas, y para llegar á

encontrar eso poco y malo, ha sido preciso levantar, con ayuda de otros

espíritus entrometidos, los nuevos depósitos de ideas más originales,

más recientes, traidas un día y otro por la lectura, el estudio ó la

experiencia.

De conocimientos experimentales he hallado grandísima copia en Manuel

Peña. Lo que yo le enseñé apenas se distingue bajo el espeso fárrago de

adquisiciones tan luminosas como prácticas, obtenidas en el Congreso y

en los combates de la vida política, que es la vida de la acción pura

y de la gimnástica volitiva. Manuel hace prodigios en el arte que

podríamos llamar de mecánica civil, pues no hay otro que le aventaje

en conocer y manejar fuerzas, en buscar hábiles resultantes, en vencer

pesos, en combinar materiales, en dar saltos arriesgados y estupendos.

También he dado una vuelta por el vasto interior de cierta persona, sin

encontrar nada de particular, más que el desarrollo y madurez de lo

que ya conocía. En cierta ocasión sorprendí una huella de pensamiento

mío ó de cosa mía, no sé lo que era, y me entró tal susto y congoja

que huí, como alimaña sorprendida en inhabitados desvanes. Después

vine á entender que era un simple recuerdo frío, mezclado de cálculo

aritmético. Por el teléfono que tenemos me enteré de esta frase:

--No, tía, ya no más misas. Decididamente borro ese renglón.

Rara vez hacía excursiones hacia la parte donde está el pensar de mi

hermano José. No encontraba allí más que ideas vulgares, rutinarias y

convencionales. Todo tenía el sello de adquisición fresca y pegadiza,

pronta á desaparecer cuando llegara nueva remesa, producto insípido de

la conversación ó lectura de la noche precedente. Como etiqueta de un

frasco, estaba allí el lema de _Moralidad y economías_. José no pensaba

más, ni sabía hablar de otra cosa.

Como si hubiera encontrado la piedra filosofal, se detiene aún en

aquel punto supremo de la humana sabiduría. ¡Moralidad y economías!

Con esta receta ha reunido en torno suyo un grupo de sonámbulos que

le tienen por eminencia, y lo más gracioso es que entre el público

que se ocupa de estas cosas sin entenderlas, ha ganado mi hermano

simpatías ardientes y un prestigio que le encamina derecho al poder.

¿Será ministro? Me lo temo. Para llegar más pronto ha fundado un

periodicazo, que le cuesta mucho dinero y que no tiene más lectores que

los indivíduos del grupo sonambulesco. Sainz del Bardal lo dirige y se

lo escribe casi todo, con lo cual está dicho que es el tal diario de lo

más enfadoso, pesado y amodorrante que puede concebirse. De los grandes

atracones que ha tomado el miasmático poeta para cumplir su tarea,

contrajo una enfermedad que le puso en la frontera de estos espacios.

Cuando lo supimos, se armó gran alboroto aquí y nos amotinamos todos

los huéspedes, conjurándonos para impedirle la entrada por cuantos

medios estuvieran en nuestro poder. Dios, bondadosísimo, dispuso

alargarle la vida terrestre, con lo que se aplacó nuestra furia y los

de por allá se alegraron. Propio de la omnipotente sabiduría es saber

contentar á todos.

Un día que me quedé dormido en una nube, soñé que vivía y que

estaba comiendo en casa de doña Cándida. ¡Aberración morbosa de mi

espíritu que aún no estaba libre de influencias terrestres! Desperté

acongojadísimo y hubo de pasar algún tiempo antes de recobrar el

plácido reposo de esta bendita existencia en la cual se adquiere

lentamente, hasta llegar á poseerlo en absoluto, un desdén soberano

hacia todas las acciones, pasos y afanes de los séres que todavía no

han concluido el gran _plantón_ del vivir terrestre y hacen, con no

poca molestia, la antesala del nuestro.

¡Dichoso estado y regiones dichosas estas en que puedo mirar á Irene,

á mi hermano, á Peña, á doña Javiera, á Calígula, á Lica y demás

desgraciadas figurillas con el mismo desdén con que el hombre maduro ve

los juguetes que le entretuvieron cuando era niño!

MADRID.--Enero-Abril de 1882.

FIN DE LA NOVELA

ÍNDICE

PÁGINAS

I.--Yo no existo. 5

II.--Yo soy Máximo Manso. 8

III.--Voy á hablar de mi vecina. 19

IV.--Manolito Peña, mi discípulo. 27

V.--¿Quién podrá pintar á Doña Cándida? 33

VI.--Se llamaba Irene. 43

VII.--Contento estaba yo de mi discípulo. 49

VIII.--¡Ay, mísero de mí! 60

IX.--Mi hermano quiere consagrarse al país. 69

X.--Al punto me acordé de Irene. 73

XI.--¿Cómo pintar mi confusión? 79

XII.--¡Pero qué poeta! 82

XIII.--Siempre era pálida. 89

XIV.--¿Pero cómo, Dios mío, nació en mí aquel propósito? 92

XV.--¿Qué leería? 101

XVI.--¿Qué leía usted anoche? 112

XVII.--La llevaba conmigo. 121

XVIII.--«Verdaderamente, señores...» 127

XIX.--El reloj del comedor dió las ocho. 135

XX.--¡Me parecía mentira! 138

XXI.--Al día siguiente... 146

XXII.--«Esto marcha.» 151

XXIII.--¡La historia en un papelito! 158

XXIV.--Tiene usted que hablar. 166

XXV.--Mis pensamientos me atormentaban. 174

XXVI.--Llevóse el dedo á la boca imponiéndome silencio. 178

XXVII.--La de Irene dominaba á las otras tres. 188

XXVIII.--«Habla Peñita.» 195

XXIX.--¡Oh, negra tristeza! 204

XXX.--¿Con que se nos va usted? 209

XXXI.--¡Es una hipócrita! 215

XXXII.--Entre mi hermano y yo fluctuaba una nube. 221

XXXIII.--¡Dichoso corazón humanitario! 226

XXXIV.--¡Y al fin entré por tu puerta, casa misteriosa! 234

XXXV.--«Proxenetes.» 244

XXXVI.--¡Esta es la mía! 249

XXXVII.--Anochecía. 261

XXXVIII.--¡Ah! ¡traidor embustero! 269

XXXIX.--Quedéme solo delante de mi sopa. 277

XL.--Mentira, mentira. 283

XLI.--La pícara se sentó con la espalda á la luz. 290

XLII.--¡Qué amargo! 299

XLIII.--Doña Javiera me acometió con furor. 314

XLIV.--Mi venganza. 318

XLV.--Mi madre. 323

XLVI.--¿Se casaron? 329

XLVII.--No me dejaba á sol ni sombra. 334

XLVIII.--La boda se celebró. 338

XLIX.--Aquel día me puse malo. 343

L.--¡Que vivan, que gocen! Yo me voy. 349

El amigo Manso · 第 21 / 21 段