Este descomedido elogio me llevó á hacer una observación sobre mí

mismo. No quiero guardármela, porque es de mucho interés, y quizás

sirva de explicación á aparentes contradicciones de mi vida. Yo,

que tan torpe había sido en aquel asunto de Irene, cuando ante mí

no tenía más que hechos particulares y aislados, acababa de mostrar

gran perspicacia escudriñando y apreciando aquellos mismos hechos

desde la altura de la generalización. No supe conocer sino por vagas

sospechas lo que pasaba entre Irene y mi discípulo, y en cambio, desde

que tuve noticia cierta de una sola parte de aquel sucedido, lo ví y

comprendí todo hasta en sus últimos detalles, y pude presentar á Irene

un cuadro de sus propios sentimientos y áun denunciarle sus propios

secretos. Aquella falta de habilidad mundana y esta sobra de destreza

generalizadora, provienen de la diferencia que hay entre mi razón

práctica y mi razón pura; la una incapaz, como facultad de persona

alejada del vivir activo, la otra expeditísima como don cultivado en

el estudio. Todo lo que dije á Irene al confesarla, y que tanto la

pasmó, fué dicho en teoría, fundándome en conocimientos académicos

del espíritu humano. ¡Ella me llamaba adivino, cuando en realidad

no mostraba más que memoria y aprovechamiento! ¡Bonito espíritu de

adivinación tenía este triste pensador de cosas pensadas antes por

otros; este teórico que con sus sutilezas, sus métodos y sus timideces

había estado haciendo charadas ideológicas alrededor de su ídolo,

mientras el sér verdaderamente humano, desordenado en su espíritu,

voluntarioso en sus afectos, desconocedor del método, pero dotado del

instinto de los hechos, de corazón valeroso y alientos dramáticos,

se iba derecho al objeto y lo acometía!... Ved en mí al estratégico

de gabinete que en su vida ha olido la pólvora y que se consagra con

metódica pachorra á estudiar las paralelas de la plaza que se propone

tomar; y ved en Peñita al soldado raso que jamás ha cogido un libro

de arte, y mientras el otro calcula, se lanza él espada en mano á la

plaza, y la asalta y toma á degüello... Esto es de lo más triste...

Sacóme de mis reflexiones Irene, que dejó de llorar para obsequiarme

con nuevas lisonjas. Hélas aquí:

--Usted no tiene precio... Es la persona mejor del mundo... Manuel le

respeta á usted tanto, que para él no hay autoridad como la del amigo

Manso... Si ahora le dice usted que es de noche se lo creerá. No hace

más que lo que usted le mande.

«Te veo venir, palomita--pensé sonriendo en mi interior.--Ahora

quieres que yo te case... Temes, y lo temes con razón, que haya

inconvenientes... Primero: doña Javiera se opondrá; segundo: el mismo

Manuel... (estos soldados rasos son así...) después de su triunfo y

de haber tomado la plaza con tanto brío, no tendrá gran empeño en

conservarla. Es de la escuela de Bonaparte... Veo, Irenita, que no

pierdes ripio... ¿Con que yo mediador, yo diplomático, yo componedor y

casamentero...? Es lo que me faltaba.»

Díjele esto en espíritu, que es como se dicen ciertas cosas. Y en aquel

punto parecióme oir ruido en la puerta que á la sala daba. Otra prueba

de mis facultades adivinatorias. Doña Cándida estaba tras las frágiles

maderas, oyendo lo que decíamos. Para cerciorarme, abrí la puerta.

Desconcertada al verse sorprendida, la señora hizo como que limpiaba la

puerta con un gran zorro que en la mano traía.

--Hoy sí que no te nos escapas, Máximo--me dijo.

--Pues qué, señora, ¿me va usted á enjaular?

--No; es que hoy tienes que quedarte á comer con nosotras.

Desde el rincón en que estaba, Irene me hizo señales afirmativas con la

cabeza.

--Bueno--respondí.

--No tendrás las cosas ricas de tu casa... Dime, ¿te gustan los

pichones? Porque tengo pichones.

--Á mí me gusta todo.

--Ayer me han regalado una anguila, ¿te gusta?

--¿Qué más anguila que usted?

No; esto también lo dije en espíritu... Luego se tocó el bolsillo,

donde sonaban muchas llaves. Yo temblé como la espiga en el tallo.

--Tengo que salir á buscar algunas cosas... Mira, Irene te va á hacer

un pastel que á tí te gusta mucho.

Miré á Irene, que se apretaba la boca con el pañuelo, muerta de risa,

y con las lágrimas corriendo todavía por sus pálidas mejillas. ¡Pastel

de risa y llanto, qué amargo eras!

XLII

¡Qué amargo!

--Yo tengo que salir. Melchora vendrá pronto--dijo Calígula

entrando.--¿Pero qué tienes, niña? ¿por qué lloras? ¿La has reñido,

Máximo?... Nada, nada, tonterías. Vete á la cocina y te distraerás.

¿Harás el pastel? Mira, Máximo te ayudará, que de todo entiende...

¿Sabes lo que puedes hacer también? Sacar la vajilla, mantel,

servilletas; ahí está todo en el baul grande. Toma las llaves.

Distráete, tonta, ¿qué es eso? ¡Ay Máximo, en diciendo que vienes

tú aquí, esta joven filosófica se desconcierta!... Por supuesto,

Máximo, que á tí no te gusta el cocido. Te voy á dar de comer á la

francesa. ¡Verás qué bien! una cosa atroz... Oye, Irene, la lumbre

está encendida. Todo va á ser frito, asado, y nada de cazuela ni

guisotes. Vamos, que ya quedará acostumbrado el mocito para volver otro

día. Abur, abur. Cuidado, Irene, que al volver me lo encuentre todo

arreglado.

--¡Qué cosas tiene mi tía!--me dijo Irene cuando nos quedamos

solos.--Le va á matar á usted de hambre. Aquí no hay nada, ni

tenedores... Eso que mi tía llama la vajilla son unos cuantos platos

desiguales que aún están en los baules. ¡El comedor! Falta que haya

mesa para los tres. Hasta ahora hemos comido en un veladorcito de

hierro que tiene una pata menos y hay que calzarlo con una caja de

galletas... Se va usted á divertir... Le juro á usted que yo preferiría

mil veces comer el rancho de un hospicio á vivir más tiempo con mi tía.

No olvidaré nunca la expresión de antipatía, de horror, de asco que ví

en su semblante.

--Pues usted ha venido aquí por su gusto... Vuelvo á mi tema.

--Sí; pero creí venir de paso--me respondió con una decisión que me

parecía nueva en ella.--Vine como se va á una estación de ferrocarril

para tomar el tren.

Y luego arrogante, altiva, como no la había visto nunca, revelándome

una energía que me pasmó, me dijo:

--Créalo usted, pronto saldré de aquí, ó casada ó muerta.

Me dejó frío...

--Pero, en fin, Irene, será preciso que nos resolvamos á ayudar á doña

Cándida. Si no, es fácil que al levantarnos de la mesa, tengamos que ir

á comer á una fonda.

Echóse á reir. Hízome seña de que la siguiera. Me enseñó el comedor,

que era una pieza digna del mayor estudio. Viejo estante de libros sin

cristales y con cortinillas verdes hacía de aparador; pero no se vaya á

creer que allí estaba la vajilla, á no ser que por tal se conceptuaran

dos avecillas disecadas, dos tinteros de cobre, una cabeza de palo

semejante á las que usan los peluqueros para exhibir sus trabajos, un

perro de porcelana, dos ó tres platos de dudoso mérito, una zapatilla

mora, un puño de espada, una ratonera y otras baratijas, que eran lo

que la señora no había podido vender de sus antiguos ajuares.

--Este es el museo de mi tía--dijo Irene burlándose.--Ahora, explaye

usted sus miradas por esta suntuosa _salle à manger_. Ella dice que es

del gusto de la _renaissance_ por esas dos arquitas talladas que tiene

ahí, y por aquel cuadro de la cacería. Ambas cosas se hallan en tal mal

estado, que nada ha podido sacar por ellas... Vea qué estilo nuevo de

mueblaje. Es moda vieja esa de sentarse en sillas para comer. Aquí nos

sentamos en baules y cajas, y ponemos la mesa, ¿dónde dirá usted?... En

días de gran ceremonia, sobre el veladorcillo que se trae del gabinete;

en días comunes, sobre una tabla que se coloca encima de los brazos

de aquel sillón. Hoy es día de demasiada suntuosidad, y voy á traer

la mesa de la cocina. No tema usted que haga falta allí: la cocina

funciona poco en esta casa, y hoy me parece que harán el gasto los

fiambres. Esto está montado á la alta escuela, amigo Manso... Aprenda

usted para cuando se case...

Bien comprendía yo el horror de Irene á la casa de su tía, y aquella

enérgica frase: «ó muerta ó...» Ella me la quitó de la boca para

remacharla así:

--¿Comprende usted ahora lo que le dije hace poco? ¿Vivir así es

vivir?... Y si yo no me ocupo de salvarme, de abrirme un camino, ¿quién

lo va á hacer?

--¡Es verdad, es verdad!

--¡Yo he pensado tanto en esto, he cavilado tanto...! Difícil es

abrirse un camino, en las circunstancias mías... una pobre chica sola,

sin padres, sin guía...

Complacíame mucho verla tan expansiva.

--Ahora, si usted quiere, añadió, vamos á traer la mesa de la cocina.

Amigo, es preciso trabajar. Si no...

Llevóme á la cocina, que me sorprendió por dos cosas, por su mucha

limpieza y porque no se veía allí, fuera del caldero que á la lumbre

estaba y que despedía rumoroso vapor, ningún síntoma, señal, ni indicio

de cosa comestible.

--Eso sí--observó Irene,--hay que hacer justicia á mi tía. Todo el día

se lo pasa fregoteando la cocina. Á ver, Manso, coja usted por ahí.

--Yo la llevaré solo... Si puedo muy bien...

--No, no, que quiero hacer ejercicio. Me gusta esto. Obedezca usted...

coja por ese lado.

Levantamos la mesa, y andando yo hacia atrás, pasito á paso, ella

riendo, yo también, llevamos nuestra carga al comedor.

--Bueno... Ahora manteles, vajilla... Hay que abrir esos baules...

Pruebe usted las llaves, pues sólo mi tía entiende bien esto. Todavía

no se han vaciado los baules en que se trajo todo cuando la mudanza.

--Vengan esas llaves... abriremos.

Después de diversas y no fáciles probaturas, abrimos los tres baules

y dimos con aquel en que la loza estaba. Fué preciso para extraerla

de lo profundo, sacar antes el _Año Cristiano_ en doce tomos, algunas

colchas, un bastidor de bordar y no sé qué más.

--Vaya, vaya... ya tenemos platos... la sopera... precisamente es lo

que menos se necesita... pero venga... En fin, no está del todo mal.

En lo que hay escasez es en el ramo de cubiertos... Mi tía y yo con un

par de tenedores nos arreglamos; pero no sé si nuestro convidado...

¡Ah! sí, en el otro baul, allí donde están las escrituras de las fincas

que fueron de mi tía, los papeles viejos y documentos, debe de haber un

juego de cubiertos... Y si no, en el museo está una daga que dicen es

de Toledo...

Yo no podía contener la risa... Y por fin, la mesa fué puesta, y no

quedó mal. El mantel limpio, recién comprado, y alguna cristalería

nueva dábanle excelente aspecto.

--Ahora falta lo principal--dijo Irene.--Veremos cómo sale del paso...

Será una comedia graciosa, tremenda... Fíjese usted en lo que dirá al

entrar... Como si la oyera...

Fatigada del trabajo, se sentó en una de las dos sillas que yo traje de

diferentes regiones de la casa, y apoyó el codo desnudo en la mesa y la

sién en el puño, dedicándose á observar las rayas del mantel. Yo, de

pié al otro extremo, observaba las de la bata de ella, de color claro,

veraniega y tan almidonada, que por donde quiera que iba, la tela tiesa

producía vibraciones extrañas y una música... Dejemos esto.

--¿Le parece á usted, le parece si esta vida, si esta casa son para

desear seguir en ella?... ¿No está justificado que yo, por cualquier

medio, quiera emanciparme?... Y lo más particular es que así me he

criado. Pero es tan distinto mi genio; soy tan contraria á este

desorden, á esta miseria, como si hubiera estado toda mi vida en

palacios...

--Medios tenía usted de sobra para emanciparse, como joven de mérito.

Usted no debía dudar que se emanciparía, sin precipitarse por malos

caminos.

--Los caminos, amigo Manso, se nos ponen delante, y hay que seguirlos.

No sé si es Dios ó quién es el que los abre. Vea usted... le voy á

contar...

Y no ya un codo, sino los dos puso sobre la mesa, y vuelta hacia mí,

frente á frente, á manera de esfinge, me hizo estas revelaciones que no

olvidaré nunca:

--Pues mire usted, cuando yo era chiquita, cuando yo iba á la escuela,

¿sabe usted lo que pensaba y cuáles eran mis ilusiones?... No sé

si esto dependía de ver la aplicación de otras niñas ó de lo mucho

que quería á mi maestra... Pues bien, mis ilusiones eran instruirme

mucho, aprender de todas las cosas, saber lo que saben los hombres...

¡qué tontería! Y me apliqué tanto que llegué á tomar un barniz...

tremendo... La vocación de profesora duróme hasta que salí de la

escuela de institutrices. Entonces me pareció que me asomaba á la

puerta del mundo y que lo veía todo, y me decía: «¿qué voy yo á hacer

aquí con mis sabidurías?...» No, yo no tenía vocación para maestra,

aunque otra cosa pareciera. Cuando habló usted á mi tía para que fuera

yo á educar á las niñas de don José, acepté con gozo, no porque me

gustara el oficio, sino por salir de esta cárcel tremenda, por perder

de vista esto y respirar otra atmósfera. Allí descansé, estaba al menos

tranquila; pero mi imaginación no descansaba...

¡Error de los errores! ¡Y yo que, juzgándola por su apariencia,

la creía dominada por la razón, pobre de fantasía; yo que ví en

ella la mujer del Norte, igual, equilibrada, estudiosa, seria, sin

caprichos!... Pero atendamos ahora.

--Yo he sido siempre muy metida en mí misma, amigo Manso. Así es que

no se me conoce bien lo que pienso. ¡Me gusta tanto estar yo á solas

conmigo pensando mis cosas, sin que nadie se entrometa á averiguar

lo que anda por mi cabeza...! En casa de D. José yo cumplía bien mis

deberes de maestra, yo ganaba mi pan; pero ¡ay! si supiera usted,

amigo, lo que padecía para vencer mi tristeza y mi resistencia á

enseñar... ¡qué cargante oficio! ¡Enseñar gramática y aritmética!

Lidiar con chicos ajenos, aguantar sus pesadeces... Se necesita un

heroismo tremendo y ese heroismo yo lo he tenido... Pero estaba llena

de esperanza, confiaba en Dios, y me decía: «aguanta, aguanta un poco

más, que Dios te sacará de esto y te llevará á donde debes estar...»

¡Error, crasa y estúpida equivocación! Y yo que la tenía por... Pero

chitón, y oigamos.

--¡Y qué agradecida estaba yo al interés que usted se tomaba por mí!

Pero como yo me guardaba bien de contarle á usted mis pensamientos,

usted no me comprendía bien... Usted veía y admiraba en mí á la

maestra, mientras que yo aborrecía los libros; no puede usted figurarse

lo que los aborrecía y lo que ahora los aborrezco... Hablo de esas

tremendas gramáticas, aritméticas y geografías...

¡Y yo que creía...! ¡Y para esto, santo Dios, nos sirve el estudio!

Para equivocarnos respecto á todo lo que es individual y del corazón...

Yo la oía y me pasmaba de la magnitud de mis errores. Pero no me

gustaba declararlos y confesar mis torpezas. Al contrario, podía en

aquel momento mostrarme agudo, pues con los datos positivos y de verdad

que acababa de obtener podía filosofar otra vez á mis anchas, como lo

había hecho lucidamente una hora antes.

--Mire usted, Irene,--le dije envalentonándome mucho y empleando ese

acento, esa seguridad que siempre tengo cuando generalizo.--Lo que

usted acaba de decirme no me sorprende mucho. Yo, sin comprender bien

lo que usted pensaba, advertía que el fondo difería muchísimo de la

superficie. Tenemos cierta práctica de estas cosas, ¿me entiende usted?

Así es que á todos los engañaría usted menos á mí... La antipatía á los

libros de enseñanza no estaba tan bien disimulada como otros secretos

de usted más ó menos tremendos. Y tanto lo creo así, que me parece

podría seguir y marcar, sin equivocarme, la evolución, así decimos,

de su pensamiento. Usted nació con delicados gustos, con instintos

de señora principal, con aptitudes de esas que llamo sociales, y que

constituyen el arte de agradar, de vivir bien, de conversar, de hacer

honores y de recibirlos, todo con exquisita gracia y delicadeza.

Faltan las condiciones atmosféricas para desarrollar esos instintos

y esas aptitudes; y por lo mismo que le faltan, usted las desea,

aspira á ellas, sueña con ellas... y véase por qué inesperado camino

se las depara la Providencia. Cumple usted fatalmente la ley asignada

á la juventud y á la belleza; usted cae en eso que antes se llamaba

las redes del amor... cosa muy natural; pero que, á más de natural,

resulta ahora oportunísima, porque... Hablemos con claridad. Si Manuel

se casa con usted, como creo, y tal es su deber, tendrá usted lo que

desea, será usted lo que debe ser... vaya usted contando: esposa de un

hombre notable; señora de una excelente casa, donde podrá darse toda

la importancia que quiera; dueña de mil comodidades, coche, criados,

palco...

--Cállese usted, cállese--me dijo poniéndose roja, y echándose á reir y

escondiendo la cara.

--No, si esto no quiere decir que vaya usted por malos caminos. Al

contrario, la mayor cultura trae, generalmente, mayores ventajas en

el orden moral. Será usted una excelente madre de familia, una buena

esposa, una señora benéfica, distinguidísima, que sirva de modelo...

Lucirá usted...

--Cállese usted, cállese usted...

Y la perspicacia que en época anterior me había faltado para

comprenderla, la tuve entonces para ver claramente toda la extensión

de sus ambiciones burguesas, tan desconformes con el ideal que yo

me había forjado. En el fondo de aquellos pruritos de sociabilidad

¡había tanto de común y rutinario!... Irene, tal como entonces se

me revelaba, era una persona de esas que llamaríamos de distinción

vulgar, una dama de tantas, hecha por el patrón corriente, formada

según el modelo de mediocridad en el gusto y hasta en la honradez, que

constituye el relleno de la sociedad actual. ¡Cuánto más alto y noble

era el tipo mío! La Irene que yo había visto desde la cumbre de mis

generalizaciones; aquel tipo que partía de una infancia consagrada á

los estudios graves y terminaba en la mujer esencialmente práctica

y educadora; aquella Minerva coetánea en que todo era comedimiento,

aplomo, verdad, rectitud, razón, orden, higiene...

--Lo que yo aseguro á usted--me dijo,--es que mis deseos han sido

siempre los deseos más nobles del mundo. Yo quiero ser feliz como

lo son otras... ¿Hay alguien que no desee ser feliz? No... Pues yo

he visto á otras que se han casado con jóvenes de mérito y de buena

posición. ¿Por qué no he de ser yo lo mismo? Yo se lo he pedido á Dios,

Manso. Para que me concediera esto, ¡he rezado tanto á Dios y á la

Virgen...!

¡También santurrona!... Era lo que me faltaba ya para el completo

desengaño... Horror del estudio; ambición de figurar en la numerosa

clase de la aristocracia ordinaria; secreto entusiasmo por cosas

triviales; devoción insana que consiste en pedir á Dios carretelas,

un hotelito y saneadas rentas; pasión exaltada, debilidad de espíritu

y elasticidad de conciencia: he aquí lo que iba saliendo á medida que

se descubría; y sobre todas estas imperfecciones, descollaba, como

dominándolas y al mismo tiempo protegiéndolas de la curiosidad, un

arte incomparable para el disimulo, arte con el cual supo mi amiga

presentárseme con caracteres absolutamente contrarios á los que

realmente tenía. ¿Dónde estaba aquel contento de la propia suerte,

la serenidad y temple de ánimo, la conciencia pura, el exacto golpe

de vista para apreciar las cosas de la vida? ¿dónde aquel reposo y

los maravillosos equilibrios de mujer del Norte que en ella ví, y por

cuyas cualidades, así como por otras, se me antojó la más perfecta

criatura de cuantas había yo visto sobre la tierra? ¡Ay! aquellas

prendas estaban en mis libros; producto fueron de mi facultad pensadora

y sintetizante, de mi trato frecuente con la unidad y las grandes

leyes, de aquel funesto don de apreciar arque-tipos y no personas. ¡Y

todo para que el muñeco fabricado por mí se rompiera más tarde en mis

propias manos, dejándome en el mayor desconsuelo!... No sé á dónde

habría llegado yo con estas lamentaciones internas si no apareciera

doña Cándida cuando menos la esperábamos...

--¡Ah!... ¡angelitos! Veo que habeis trabajado bien... la mesa

puesta... ¡Jesús qué lujo! ¿Pero es verdad, Máximo, que te quedas á

comer? Yo creí... como eres tan raro, y nunca has querido sentarte á mi

mesa...

Irene sofocaba la risa. Yo no sé lo que dije.

--No es que no tenga qué darte. Por si comías con nosotras, he traido

aquí...

De un pañuelo empezó á sacar varias cosas envueltas en papeles, un

trozo de pavo trufado, un pastelón, lengua escarlata, cabeza de jabalí

y otros fiambres... Cuando pasó Calígula á la cocina para traer platos

en que poner su compra, Irene me dijo con expresión desdeñosa:

--Ahí tiene usted á mi tía... Cuando llega dinero á sus manos compra

fiambres y no come otra cosa. Dice que no puede perder la costumbre de

las buenas comidas, y sólo cuando está en la miseria pone una olla al

fuego...

Un momento después nos asomábamos Irene y yo al balcón. Había que

esperar algún tiempo para que la comida estuviese dispuesta, y no

sabíamos cómo pasar el rato, porque ni ella ni yo teníamos muchas ganas

de hablar.

--Dígame usted, Irene--le pregunté con interés profundo.--Si Manuel

tuviese ahora un mal pensamiento y...

No me dejó concluir. Respondióme con una grandísima descomposición de

su semblante que anunciaba dolor y vergüenza, y después me dijo:

--Me mata usted sólo con suponerlo... Si Manuel... Me moriría de pena...

--¿Y si no se moría usted?... Se dan casos...

--Me mataría... tengo fuerzas para matarme y volverme á matar, si no

quedaba bien muerta... Usted no me conoce...

¡Y qué verdad! Pero ya empezaba á conocerla, sí.

Doña Cándida nos desconcertó presentándose de improviso para decirme:

--Te tengo una botellita de Champagne que me regalaron el año pasado...

¡Verás qué buena! Ya pronto comemos. Melchora ha venido ya, y al

momento va á freir la carne y á hacer la tortilla.

--¡Tortilla para comer... tía!

--¿Tú qué sabes, tonta? No me gustan bazofias... aborrezco las ollas.

¿No eres de mi opinión, Máximo?

--Sí señora; todo lo que usted quiera...

--Dentro de un momento ya podeis venir. ¿Qué hora es?

¡Qué banquete más triste! Faltaban en él las dos cosas que hacen

agradable la mesa, es decir, alegría y comida. Nos sirvió primero

Melchora una desabrida tortilla, que verdaderamente no sé cómo la pude

pasar. Luego vino un plato de carne, escaso y seco, al cual dió doña

Cándida el retumbante apodo de _filet à la Maréchale_.

--Es riquísimo, Máximo. Aquí tienes un plato que nadie sabe hacerlo ya

en Madrid más que yo...

--Cuando digo que se van perdiendo las tradiciones culinarias.

Irene me hacía guiños, gestos y mohines graciosísimos para burlarse de

la comida, de su tía y de la menguada mesa, en la cual no aparecieron

ni en efigie los pichones y la anguila anunciados.

--Aquí tienes un pavo trufado--declaró Calígula,--que lo ha hecho

expresamente para mí el señor de Lhardy... Luego te daré un platito

á la francesa, que te gustará mucho... Vamos, destapa la botella de

Champagne...

--Pero, señora, si esto es sidra, y no de la mejor...

--Te digo que es del propio _Duc de Montebello_. Tú entenderás de

filosofía; pero no de bebidas...

--Pero qué... ¿vamos á comer otra tortilla?

--Es el platito de que te hablé... _haricots à la sauce provençale_...

Lo hace Melchora á maravilla.

--Si usted me permite una franqueza, señora, le diré que esto me parece

una cataplasma... pero en fin, se puede pasar...

--¡Mal agradecido!... Prueba este pastel... Irene, ¿no comes?... Así es

todos los días; se mantiene del aire como los camaleones.

Y en efecto, Irene apenas comía más que pan y un poco del famoso _filet

à la Maréchale_. Considerando su sobriedad, pasé á reflexionar otra vez

sobre el tema eterno.

El amigo Manso · 第 18 / 21 段