Con estas cosas me dormí profundamente. ¡Bendito sueño, y cómo reparó

mis fuerzas físicas y morales, y cómo templó todo lo que en mí estaba

destemplado, y qué equilibrios restableció, y qué frescura y aplomo

concedió á mi sér todo! Levantéme algo tarde, pero sintiendo en mi

cabeza despejo, lucidez, y mucha energía moral. Usando una figura de

género místico y muy bella, aunque algo gastada por el uso de tantas

manos de poetas y teólogos, diré que algún angel había descendido á mí

y consoládome durante mi sueño. Y, no obstante, yo no recordaba haber

soñado nada... Si acaso, si acaso, tuve ligerísima sensación de que se

celebraban veladas en honor mío.

La energía moral, cierta robustez hercúlea que advertí en mi conciencia

dábanme fuerzas físicas, agilidad, actividad... Fuí á clase; tenía

deseos de explicar, y subí á mi cátedra con secreta confianza en que

lo haría bastante bien. Ideas mil, vigorosas y claras, acudían á mi

mente, como disputándose la primacía de la exteriorización. Bien, bien.

Quisiera conservar lo que expliqué aquel día. Me sentí fecundo y con

una facilidad de expresión que me causaba asombro.

--«El hombre es un microcosmos. Su naturaleza contiene en admirable

compendio todo el organismo del universo en sus variados órdenes...

»Y no sólo en el desarrollo total de la vida demuestra el hombre ser

como una reducción ó esbozo del universo, sino que á veces se ve

palpablemente esto en un acto solo, en uno de esos actos que ocurren

diariamente y que por su aparente insignificancia apenas merecen

atención...

»Existe perfecta unión entre la sociedad y la filosofía. El filósofo

actúa constantemente en la sociedad, y la metafísica es el aire moral

que respiran los espíritus sin conocerlo, como los pulmones respiran el

atmosférico.

»Á veces el hecho aislado, corriente, ofrece, bien analizado, un

reflejo de la síntesis universal, como cualquier espejillo retrata toda

la grandeza del cielo.

»El filósofo actúa en la sociedad de un modo misterioso. Es el

maquinista interior y recatado de este gran escenario. Su misión es el

trabajo constante en la investigación de la verdad.

»El filósofo descubre la verdad; pero no goza de ella. El Cristo es la

imagen augusta y eterna de la filosofía, que sufre persecución y muere,

aunque sólo por tres días, para resucitar luego y seguir consagrada al

gobierno del mundo.

»El hombre de pensamiento descubre la verdad; pero quien goza de ella

y utiliza sus celestiales dones es el hombre de acción, el hombre de

mundo, que vive en las particularidades, en las contingencias y en el

ajetreo de los hechos comunes.

»Considerada en su conjunto y unidad, la filosofía es el triunfo lento

ó rápido de la razón sobre el mal y la ignorancia.

»Al fin, lo que debe ser es. La razón de las cosas triunfa de todo.

»Desde su oscuro retiro, el sacerdote de la razón, privado de los

encantos de la vida y de la juventud, lo gobierna todo con fuerza

secreta. Él sabe ceder al hombre de mundo, al frívolo, al perezoso

de espíritu las riquezas superficiales y transitorias, y se queda en

posesión de lo eterno y profundo. Se halla colocado entre dos esferas

igualmente grandes: el mundo exterior y su conciencia.

»La conciencia es creadora, atemperante y reparadora. Si se la compara

á un árbol, debe decirse que da flores preciosísimas, cuya fragancia

trasciende á todo lo exterior. Sus frutos no son la desabrida poma del

egoismo, sino un rico manjar que se reparte á todo el que tiene hambre.

»Estas flores y frutos suplen en la sociedad la falta de un principio

de organización. Porque la sociedad actual sufre el mal del

individualismo. No hay síntesis. La total ruina vendría pronto si no

existiese el principio reconstructivo y vigilante de la conciencia...»

Y tanto hablé que concluí por sufrir ligero aturdimiento. Observé

que algunos chicos bostezaban; pero otros me oían con gran atención.

Algunos de estos pedantuelos que todo lo quieren saber en un día y que

son harto pegajosos y marean al profesor con preguntillas, me dijeron

al salir que no habían entendido bien; á lo que respondí, entre bromas

y veras, que ya lo irían entendiendo á fuerza de cardenales, si eran

escogidos, y si no, que muy bien se podían pasar sin entenderlo.

Llamaba yo escogidos á los que tienen la piel delicada para apreciar

bien los palmetazos, pellizcos y carrilladas que da el grande y próvido

maestro de escuela, pues á los señores que tienen sus almas forradas

con cuero semejante al del rinoceronte, ni con disciplinas les entra

una sola letra.

XL

Mentira, mentira.

Dígolo porque ahora trae mi narración unas cosas tan estupendas, que

no las va á creer nadie. Y no porque en ellas entre ni un adarme

de ingrediente maravilloso, ni tenga el artificio más parte que

la necesaria para presentar agradable y bien ataviada la verdad,

sino porque ésta, haciéndose tan juguetona como la loca de la casa,

dispuso una serie de acontecimientos aparentemente contrarios á las

propias leyes de ella, de la misma verdad, con lo que padecí nuevas

confusiones. Empezó la fiesta por aquello de tener apetito fuera de

sazón, contraviniendo todo lo que ordenan la idealidad, la finura en

cosas de comer y hasta el buen gusto; después vino lo de volverme yo

elocuente en mi cátedra; luego pasó una cosa muy rara: Doña Javiera

se me presentó en mi casa á decirme que había roto toda clase de

relaciones con aquel marido provisional y temporero que llamaban

Ponce. Era, según ella decía, hombre ordinario, gastador, vicioso.

Tiempo había que la señora estaba harta de él, y al fin todo acabó.

Arrepentidísima de aquella larga distracción de mal género, la señora

pensaba hacerla olvidar con una vida arregladísima, de intachables

apariencias. El porvenir de su hijo, que entraba en el mundo rodeado de

esperanzas, lo exigía así. Ya la carnicería había sido traspasada, y

tal es la fuerza reparatriz del olvido, que áun la misma doña Javiera

no se acordaba de haber pesado chuletas en su vida. El mundo y las

relaciones hacían lo mismo. No hay cosa que tan pronto entre en la

historia como un pasado mercantil que al huir ha dejado dinero. Yo

observé en mi amiga visibles esfuerzos por plegar la boca, hablar

bajito, escoger vocablos finos y evitar un dejo demasiado popular. Su

vestido respondía bien á este plan de regeneración, que había empezado

por tormento de lengua y gimnasia de laringe. Todo ello me parecía muy

bien. La señora, sumamente expansiva conmigo, me dijo que parte de su

capital había sido empleado en comprar una casa, hermosa finca, allá

por los holgados barrios próximos al Retiro. Se reservaba el principal

y las cocheras, y alquilaría lo demás. Yo le daría un disgusto si no

aceptaba un tercerito muy mono que me destinaba, y que me alquilaría en

el mismo precio del de la calle del Espíritu Santo.

--Gracias, muchas gracias... no sé cómo pagar...

La señora tenía algo más que decirme. Aquellos días, encontrándose muy

sola, se había entretenido en hacer pantallas de plumas, cosa bonita y

vistosa, y tenía el gusto de ofrecerme una.

--¡Oh! gracias, gracias. Está preciosísima... Vaya que tiene usted unas

manos...

Aún había más. La señora, sentándose confiadamente en mi sillón,

frente al estante coronado de padrotes, me manifestó que no tenía

límites el agradecimiento que hacia mí sentía por haber abierto á su

hijo con mi enseñanza la brillante senda...

--Señora... por Dios... yo... No hable usted más...

Y no parecía sino que cuantos conocían á Manuel se disputaban

el enaltecerle y abrirle paso. Ni la misma envidia, con ser tan

poderosa, podía nada contra él. Se lo disputaban todas las academias y

corporaciones; en lo sucesivo no habría velada que no contara con él

para su completo lucimiento, y ya se hablaba de dispensarle la edad

para admitirle en el Congreso. Pez y Cimarra le habían ofrecido un

distrito; era seguro que Manuel sería pronto un orador parlamentario

_de p_ y _p_ y _doble h_, y al cabo de algunos años ministro. La señora

pensaba poner su nueva casa en altísimo pié de elegancia y lujo,

porque...

--Ya puede usted figurarse, amigo Manso, que mi hijo tendrá que dar

tés, y el mejor día se me casa con alguna hija de un título... Á mí

no me gustan oropeles, ni sirvo para hacer el _randibú_; como soy tan

llanota... pero no tendré más remedio que violentarme para que mi hijo

no desmerezca.

Todo me parecía muy bien, incluso la persona de doña Javiera, que

estaba, como dicen los revisteros de salones hablando de las damas

entradas en edad, más hermosa cada día. Allí era cierta la hipérbole.

Por doña Javiera parecía que no pasaban años, y los que pasaban, eran

seguramente años negativos que iban marchando al revés de los años de

todo el mundo, y la aproximaban á la juventud.

La señora, que no acababa nunca de exponerme sus confianzas, dióme el

encargo de explorar á Manuel para ver si se descubría el motivo de que

anduviera tan ensimismado por aquellos días, de que pasara fuera de

casa gran parte de la noche, cuando no toda ella, y de sus melancolías,

inapetencia y desabrimiento de caracter.

--Por supuesto, á mí no me la da... Esto es enamoramiento, ó soy tan

pava que no entiendo... Me han dicho que en la casa de su hermano de

usted y en otras á donde ha ido mi Manolo, todas las pollas se morían

por él, empezando por las hijas de los duques y marqueses...

Todavía le quedaba á mi vecina algo que decir; y era que cualquier cosa

que se me ofreciese...

--No tiene usted más que mandarme un recadito. La verdad es, amigo

Manso, que está usted muy mal servido. Esa Petra es buena mujer, pero

muy tosca, y no le cabe en la cabeza la casa de un caballero. Usted

necesita mejor servicio, otro tren, otro... no sé si me explico.

--Señora, mis medios...

--Qué medios, ni medios... Usted merece más; un hombre tan notable, una

gloria del país no debe vivir así...

Y temiendo sin duda ir demasiado lejos en su delicado y solícito

interés por mí, se retiró, después de convidarme á comer para el día

siguiente, que era domingo.

Esto que he referido entra en la lista de las cosas que entonces me

parecieron tan inverosímiles como mi apetito de la noche anterior;

pero aún hubo otro fenómeno más raro, y fué que en casa de José

encontré á éste y á Manuela partiendo un piñón. Creeríase ¡Dios del

cielo! que ni la más ligera nube había empañado nunca el sol de la

concordia entre marido y mujer. Ella estaba alegre, él festivo, aunque

me pareció observarle receloso y como en espectativa, bajo aquel

capisayo de jovialidad. Á mí me trató con una dulzura que nunca había

empleado conmigo. Corrió á cerrar una puerta por temor á que con el

aire que violentamente entraba me constipase. Aquel día todo era

plácemes. El ama se portaba bien. El médico de la familia la declaraba

excelente lechera, y aunque el familión continuaba en la casa viviendo

á mesa y mantel, todavía no había ocurrido ningún disgusto. Ocupadas en

vestir á Robustiana con la librea de pasiega, las tres damas no hacían

más que revolver telas, escoger galones y disputar sobre si sería azul

ó encarnado. De cualquier modo que fuese, mi adquisición había de

asemejarse mucho, luego que la vistieran, á la engalanada vaca que ha

obtenido el primer premio en la Exposición de ganados.

En un momento que estuvimos solos, díjome Lica:

--No sé qué le ha pasado á José María que está hecho un guante conmigo.

Todo es «mi mujercita por aquí y por allá.» Ahora quiere que hagamos

viaje á Paris. Mira, no me alegro de hacerlo sino por traerte algún

regalo, por ejemplo, un ajuar completo de tocador de hombre, como uno

que he visto ayer, en que todas las piezas tienen pintado el cuerno de

la abundancia... No sé, no sé, algún buen angel ha tocado el corazón

á José María. ¡Qué complaciente, qué amable! Pero no me fío, y siempre

estoy en ascuas cuando le veo tan _cambambero_...

Después de tal inverosimilitud, viene la más grande y fenomenal de

todas las de aquel día. Esta sí que es gorda. Estoy seguro que nadie

que me lea tendrá tragaderas bastante grandes para ella; pero yo la

digo, y protesto de la verdad de su mentira con toda mi energía.

Pásmese el que aún tenga fuerzas para pasmarse. El absurdo es que aquel

día doña Cándida me sacó dinero. ¡Se comprende que su peregrino cacúmen

hallara trazas y su audacia valor para pedírmelo; pero que yo se lo

diera!... ¡Si me resistía yo mismo á creerlo, aunque me lo comprobaban

con su elocuente vaciedad mis apurados bolsillos!... Ello fué, no sé

cómo, una emboscada, un lazo, un secuestro. Las circunstancias hicieron

gran parte, mi debilidad lo demás. Renuncio á detallar el hecho con

pormenores que suplirá el buen juicio de los que al leer se espeluznen

considerando que pueden verse en trotes semejantes.

Al retirarme la noche anterior, la noche fatal, prometí volver. No

lo hice, porque después de las confianzas de Peña me había entrado

cierta repugnancia de aquella casa y de sus habitadores. Fuí cuando

fuí, por un vivo ímpetu de mi conciencia. Padecí mucho cuando se me

presentó Irene, cuya vista renovó en mí las turbaciones pasadas: pero

ya entonces tenía yo en mi espíritu fuerza poderosa con que ocultarlas.

Ella estaba completamente desmejorada, repuesta ya de la fiebre, pero

sufriendo sus efectos, y yo me preguntaba confuso: ¿La debilidad

y la pena aumentan su belleza, ó la destruyen casi por completo?

¿Está interesantísima, tal como el convencionalismo plástico exige,

ó completamente despoetizada? El desquiciamiento que había en mí era

causa de que por momentos la viese en el primer concepto, por momentos

en el segundo. Cuando me saludó, su voz temblaba tanto, que casi no

entendí lo que me dijo. Vergonzosa y cohibida, se sentó junto á mí

y se puso á revolver una cesta de costura mientras yo me informaba

de si había subido Miquis y de lo que había prescrito. Doña Cándida

caracoleaba junto á los dos, ferozmente amable. Con la frescura que tan

bien cuadraba contra ella, le dije:

--Ahora me va usted á hacer el favor de dejarnos solos á Irene y á mí,

que tenemos que hablar. Estése usted por ahí fuera todo el tiempo que

guste; cuanto más mejor.

--¡Qué cosas tienes!... abur, abur. No quieres estorbos...

Y se fué riendo. Irene y yo nos quedamos solos en el gabinetito donde

había muchas cosas en desorden, y otras como arrinconadas en forma

condenatoria. Miré todo aquello; después, alzando los ojos á la

vidriera del balcón, ví un canario en bonita y pintoresca jaula.

--Ese es obsequio especial de D. José á mi tía--me dijo Irene, buscando

en la conversación corriente un fácil medio de hablar sin turbarse.

--¿Y usted, qué tal se encuentra?--le pregunté, como hacen estas

preguntas los médicos.

--Regular... perfectamente...

--¿Cómo entendemos eso? ¡Regular y perfectamente!

--Es bonito este canario... si lo oyera usted cantar...

--Como si lo oyera... Á quien quiero oir cantar es á usted... Si usted

me hiciera el favor de sentarse en esa butaca y contestarme á dos ó

tres preguntas...

--Ahora mismo, amigo Manso... Déjeme usted buscar una cosa que estaba

cosiendo para mi tía. Es una bata que deshizo y volvió á armar, y luego

desbarató para hacerla de nuevo. Esta es la tercera edición de la bata.

Aguarde usted... aquí tengo ya mi costura.

XLI

La pícara se sentó con la espalda á la luz.

Había entornado las maderas del balcón para atenuar la viva claridad

del día, y de esta manera su rostro estaba en sombra. Todos estos

procedimientos denotaban su práctica en el arte del disimulo.

--Vamos á ver: ¿cuándo vió usted por primera vez á Manuel Peña?

Inclinado el rostro sobre la costura, yo no podía verla bien mientras

me contestaba con humilde voz de escolar:

--Una noche, cuando entró con usted en el comedor á tomar un refresco...

--¿Habló él con usted en aquellos días?

--No, señor... Una tarde... yo entraba del paseo con las niñas, él

salía, bajaba la escalera... No sé cómo tropecé y caí.

--Una tarde... Y yo, ¿dónde estaba esa tarde?

--Se había quedado usted en el portal, hablando con un catedrático,

amigo suyo.

--Y poco más ó menos, ¿cuándo ocurrió eso?

--Antes de Navidad... Después le ví otra vez que salí con Ruperto. El

me siguió, empeñándose en hablar conmigo. Me dijo muchas tonterías. Yo

iba tan sofocada; no sabía qué hacer... Al día siguiente...

--Le escribió á usted una carta, que debía de ser larga. Se la mandó á

usted con la mulata. ¡Estas razas mezcladas son terribles!... Á media

noche usted leyó la carta, encerrada en su cuarto...

--Es cierto--respondió, sin levantar los ojos de su costura.--¿Cómo lo

sabe usted?

--Y otras noches también pasó usted largas horas leyendo cartas de

Manuel y contestándolas. Se acostaba usted muy tarde...

Tardó mucho la contestación, que fué un humilde «sí, señor.»

--Y en las noches de gran reunión solían ustedes verse á escape en el

pasillo, por algunas partes no bien alumbrado...

Con leve sonrisa me contestó afirmativamente. Y vedme ahí convertido

en el hombre más bondadoso y paternal del mundo, como esos viejos

componedores que salen en añejas comedias, y cuya exclusiva misión

es echar bendiciones y arreglar á todo el mundo. Sin saber bien qué

razones espirituales me llevaban al desempeño de este papel, me dejé

mover de mi bondad, y le dije:

--Se trata aquí de un buen amigo mío y discípulo á quien quiero mucho;

pero no le perdono el secreto que ha guardado en esto. Quizás haya

sido usted la más empeñada en rodear de sombras sus amores... Es usted

muy secretera. Hace tiempo que lo he conocido. No he sido engañado por

completo. Yo observaba en usted los síntomas del trastorno, y tenía

por seguro que en su vida había algo más de lo que constituye la vida

ordinaria. Y para prueba de que no me engañó la maestra, voy á ayudarla

en su confesión, como hacen los curas viejos con los chicos tímidos

que por primera vez van al confesonario. Usted vió á Manuel, que es

de los chicos más simpáticos que pueden ofrecerse á la contemplación

de una joven apasionada. Ambos se agradaron, se ofrecieron con mutuo

placer el regalo de las miradas, se comunicaron después por cartas,

y en este comercio epistolar en que se cambia alma por alma, la de

usted, que es la de que ahora tratamos, se fué empapando en ese rocío

de dulzura ideal que desciende del cielo... No dirá usted que no estoy

poético. Sigo adelante. Las cartas, algún diálogo corto, y por lo corto

más intenso; las miradas furtivas, por lo escasas más fulminantes,

iban sosteniendo en ambos la pasión primera, en la cual, quiero y

debo reconocerlo, todo era ternura, honestidad, nobleza, los fines

más puros y legítimos del alma humana... Las cualidades de Manuel

debían producir en usted efectos de otro orden, porque siendo él un

joven de gran porvenir, y que ya ocupa excelente posición en el mundo,

usted debía de sentir halagado su amor propio, debía de sentir además

algún estímulo de ambición... ¿por qué no declararlo francamente? La

enamorada gustaría de encuadrar sus sueños amorosos dentro de un marco

de positivismo... así, así, como suena... las cosas claritas... y

añadir á lo ideal una cosa extremadamente hermosa también, cual es ser

la mujer de un hombre notable, rico y rodeado de preeminencias mundanas.

La ví acercar más la cabeza á la costura, acercarla tanto que casi se

iba á meter la aguja por los ojos. De éstos se deslizó una lágrima

que fué á refrescar la sétima edición de la bata de Calígula. Ni una

palabra dijo Irene; mas con su silencio yo me envalentonaba, y seguí:

--Todavía su espíritu de usted no había adquirido fijeza; amaba, pero

sin llegar á ese afecto exaltado que no admite contradicción, y que

suele proponerse el dilema de la victoria ó la muerte. Pasaban días, y

con las cartitas, las miradas y alguna que otra palabreja se alimentaba

esa pasión, sin llegar á mayores. Pero había de llegar la crísis, el

momento en que usted perdiera la chaveta, como se suele decir, y esa

crísis, ese momento vinieron con la velada, aquella famosa noche en

que vió usted á su ídolo rodeado de todo el prestigio de su talento,

bañado en luz de gloria... Aquella noche firmó Manuel su pacto con la

suerte, abrió de par en par las puertas de su brillante porvenir...

¡Qué hermosura, Irene, qué dicha infinita suponerse unida para siempre

al héroe de aquella fiesta, al orador insigne, al que ha de ser pronto

diputado, ministro...!

Esta vez herí tan en lo vivo, que no fué una lágrima, sino un torrente

lo que bajó á inundar la metamorfoseada bata. Irene se llevó el pañuelo

á los ojos, y con voz de ahogo me dijo:

--Sabe usted... más que Dios...

--Quedamos en que aquella noche perdió usted la chaveta--añadí

bromeando.--Sigamos ahora. Desde aquel momento le entró á mi amiga el

desasosiego de un querer ya indomable y abrumador. Su alma aspiraba ya

con sed furiosa á la satisfacción de su ardiente anhelo. La persona

querida se salía ya de los términos de persona humana para ser criatura

sobrenatural. Se interesaban igualmente su corazón de usted, su mente,

su fantasía proyectista. Manuel era el angel de sus sueños, el marido

rico y célebre... Me parece que me explico... Parece que estoy leyendo

un libro, y sin embargo, no hago más que generalizar... Paciencia,

y hablaré un momento más. Entonces nació en usted el deseo de salir

de la casa de mi hermano... ¿Me equivoco? Usted necesitaba resolver

pronto el problema de su destino. Manuel se declararía más amante

después de la velada, y probablemente incitaría á su amada á procurarse

independencia. Usted se sintió con bríos de actividad. Su instinto de

mujer, su corazón, su talento no le permitían un triste papel pasivo.

Era preciso dar algunos pasos y alargar la mano para coger los tesoros

que ofrecía la Providencia... Pero ahora tenemos una cosa muy singular.

¿Es la Providencia ó el Demonio quien, permitiendo la trampa armada

por mi hermano, le facilita á usted lo que ardientemente desea, que

es salir de la casa, adquirir libertad y comunicarse fácilmente con

Manuel? Al fin y al cabo, los dos deben tener cierto agradecimiento

á José María, que puso esta casa, y á doña Cándida, que trajo aquí

á su sobrina para repetir confabulados el pasaje de las tentaciones

de San Antón. Usted vino á la ratonera sin sospechar lo que había en

ella; usted también creyó la patraña de que mi cínife había variado

de fortuna... Bueno: consigue usted su objeto; se pone al habla con

Manuel, que soborna á la criada, y se mete aquí. Las sugestiones de mi

hermano producen momentánea contrariedad. Para vencerla me llama usted

á mí. Intervengo. Quito de en medio el gran estorbo. Manuel, entre

bastidores, triunfa en toda la línea. ¿Y ahora qué queda por hacer?

Manuel y usted han de decidirlo.

Esto último que dije lo dije á gritos, porque el canario empezó á

cantar tan fuerte que mi voz apenas se oía. Ella se levantó alterada;

no sabía qué hacer... Volvióse al pájaro, le mandó callar, y viendo que

no obedecía, me dijo:

--No callará mientras no cierre el balcón.

Y diciéndolo, entornó tanto las maderas, que nos quedamos casi á

oscuras. Lo que quería la muy pícara era estar en penumbra para que no

se le viera la alteración ruborosa de su semblante... En vez de volver

á tomar la costura, que era tan sólo un pretexto para no mirarme de

frente, sentóse en una banqueta que en el ángulo de la pieza estaba, y

siguió el lloriqueo.

No quise hacerle por el momento más preguntas. Mi procedimiento

de confesión interrogatoria y deductiva no podía ser empleado

delicadamente en lo que aún restaba por declarar. En realidad, nada

estaba ya oculto, y yo veía tan clara la historia toda, cual si

la hubiese leido en un libro. La historia tenía un final triste y

embrollado; mejor dicho, no tenía final, y estaba como los pleitos

pendientes de sentencia. Esta podía ser feliz ó atrozmente desdichada.

¿Me correspondía intervenir en ella, ó, por el contrario, debería

yo evadirme lindamente dejando que los criminales se arreglaran como

pudieran?... ¡Pobre Manso! ó yo no entendía nada de penas humanas, ó

Irene esperaba de mí no sé qué salvador y providencial auxilio. Mucho

tiempo pasó hasta el momento en que me dijo, sin dejar de llorar:

--Usted lo sabe todo... Parece que adivina...

El amigo Manso · 第 17 / 21 段