--Pero siéntate... ¿Qué prisa tienes?... No puedes figurarte cuánto

me alegro de que tu dichoso hermano haya desfilado... Ahora te puedo

hablar con franqueza, Máximo. ¡Ay! nos tenía acosadas... una cosa atroz.

La miré para recrearme en su cinismo y ver con qué rasgos y matices se

traduce en el rostro humano aquel excepcional modo del espíritu.

--Porque hazte cargo... empeñado en que esa pobre criatura le ha de

querer... como si el querer fuera cosa de aquí me llego... Pero tú no

puedes figurarte qué arrumacos, qué agonías, qué frenesí el suyo...

Se pasaba las horas mirándola como un bobo, y echándole unas flores

tan cursis... Luego venían los regalos; todas las tardes traía una

cosa nueva, joyita, caprichillo, baratija. Y á cada rato... ¡tilín!

un dependiente de tal tienda con dos vestidos... ¡tilín! un mozo con

sombreros... Esto parecía la casa de San Antonio Abad, el de las

tentaciones. La pobre Irene, firme y heroica, ha sufrido mucho, y yo

también, porque... ya puedes suponer mi dificilísima situación. Yo

no podía coger á José María por un brazo y ponerle en la calle. Le

debo favores... es como de la familia. Te digo que hemos pasado la

pena negra. Irenilla le ponía cara de hereje; últimamente hasta le

insultaba. No sabes; tiene un genio de lo más atroz... En cuanto á los

regalos, allí están todos tirados. Algunos se han roto. Por cierto que

por empeño de José María... es tan pesado... se han traido algunas

cosas, que vendrán á cobrar, y...

La miraba, la observaba con verdadero placer, cosa que parecerá

imposible, pero que es verdad. Era yo como el naturalista que de

improviso se encuentra, entre las hojarascas que pisa, con un

desconocido tipo ó especie de reptil, con feísimo coleóptero ó baboso

y repugnante molusco. Poco afectado por la mala traza del hallazgo,

no piensa más que en lo extraño del animalejo, se regocija viendo las

ondulaciones que hace en el fango, ó las materias fétidas que suelta

ó los agudos rejos con que amenaza, y no sólo se complace en esto,

sino en considerar la sorpresa de los demás sabios cuando él les

muestre su descubrimiento. Así observaba yo á doña Cándida, con interés

de psicólogo, y antes de horrorizarme de sus ondulaciones, rejos,

antenas, babas, elictros, zancas, me asombraba del infinito poder, de

la inagotable fecundidad de la Naturaleza. No sé si en esta crísis

de admiración moví la mano con algo de instinto protector hacia mis

bolsillos, porque la célebre papada se estremeció mucho, anunciando una

fuerte emisión de risa. La señora, con bonísimo humor, me dijo:

--Hombre, no seas tonto... Pues qué, ¿creías que te iba á pedir

dinero?... ¡Ay qué gracioso!... No, tranquilízate. Que te vuelva el

alma al cuerpo. No estamos ahora en ese caso. Es verdad que José María

me debe un piquillo...

Al oir que mi hermano le debía un piquillo... vamos, no rompí á reir

con gana porque mi espíritu se hallaba en el estado más congojoso del

mundo. Pero me hizo tanta gracia, que me reí un poco. Era motivo para

alegrar un cementerio ó para hacer bailar á un carro fúnebre.

--Pues es preciso que le pague á usted... no faltaba más.

--Hombre, no; no quiero cuestiones. Ya sabes que tratándose de los de

la familia... Estoy acostumbrada á sacrificarme... No hablemos de eso.

Además, no me hace falta por ahora. Sólo en el caso de que esa siguiera

enferma...

--Creo que esto pasará pronto--dije en voz alta; y para mis

adentros:--Ya te siento zumbar, cínife.

--¿Estará buena mañana? ¡Dios lo quiera! ¡Pobre niña! Cuando pasaban

dos, tres días y no venías á vernos, la observaba yo tan triste... Eso

sí, en poniéndose á hablar de Máximo no acaba. Y á cualquiera se la doy

yo. Un hombre como tú, una celebridad... y luego con tus cualidades

eminentes. Eres el número uno de los hombres...

--¡Oh! Gracias... Que me sonrojo...

--Te digo la verdad. Cuando Irene sepa el interés que te has tomado por

ella, se va á volver loca, loca en toda la extensión de la palabra.

--En toda la extensión de la palabra nada menos... Será una cosa

atroz...

--Á buen seguro que si hubieras sido tú el de los obsequios...

¡Oh! no podía oir más. Le corté la palabra. Una de dos: ó ella se

callaba ó yo le pegaba. Fué preciso conseguir lo primero, y para

esto el mejor medio era alejarme de la esfera de acción de su papada

y salir al aire libre. ¡Terrible cosa el desear salir y el desear y

necesitar volver! Irene me atraía, Calígula me alejaba. En un solo

punto estaban mi interés más vivo y mi repugnancia más honda, mi Cielo

y mi Purgatorio... Salí pensando en diversas cosas, todas á cual más

tristes; pasadas, presentes y futuras. Nunca había sentido en mi cabeza

obstrucción semejante. Parecíame, usando un símil materialista, que

las ideas no cabían en ella, y que se me salían por los ojos y los

oidos. En este laberinto dominaba una evidencia muy desconsoladora,

en la cual la verdad era luz que alumbraba mi espíritu y llama que me

freía los sesos. Por primera vez en mi vida bendije la ilusión, indigna

comedia del alma, que nos hace dichosos, y dije: «¡Bienaventurados

los que padecen engaño de los sentidos ó ceguera del entendimiento,

porque ellos viven consolados!...» Aquella evidencia había venido en su

momento histórico fatal, cual modificación de anteriores estados del

espíritu; yo la veía proceder de mis suspicacias, como viene la espiga

del tallo y el tallo de la simiente. Del mismo modo el árbol de la duda

suele dar la flor de la certeza. ¡Flor negra, amargo fruto, destinado

al maldecido paladar del hombre de estudio! Otra vez hay que decir que

sea mil veces bienaventurado el rústico que crece como una caña y vive

meciéndose en el seno blando de la mentira... Indaguemos. Naturaleza

próvida ha puesto dificultades y peligros en la averiguación de sus

leyes, y de mil modos da á conocer que no le gusta ser investigada por

el hombre. Parece que desea la ignorancia, y con ella la felicidad

de sus hijos. Pero éstos, es decir, los hombres, se empeñan en

saber más de la cuenta; han inventado el progreso, la filosofía, la

experimentación, el arte y otros instrumentos malignos, con los cuales

se han puesto á roturar el mundo, y de lo que era un cómodo Limbo, han

hecho un Infierno de inquietudes y disputas... Por eso...

Iba yo muy engolfado en estas impuras filosofías pesimistas, impropias

de mí, lo confieso, cuando tropecé... Fué como un choque violentísimo

con duro y pesado objeto, choque puramente moral, pues no tuve

contusión, ni mi cuerpo llegó á tocar á aquel otro, que era el de

un hombre más joven que yo, más alto que yo, de partes, calidades y

preeminencias físicas superiores de todo en todo á las mías. Quedéme

parado ante él y él ante mí, sin hablarnos, ambos algo cohibidos. La

conmoción del choque había sido en él tan grande como en mí... Y de

pronto subió á mis labios, del corazón, no sé qué hiel más amarga que

la amargura, y la escupí en estas palabras:

--¡Manuel...! ¿á dónde vas por aquí?

Le traspasé con miradas, me sentí dotado de una lucidez sobrehumana,

comprendí todo lo que se dice de los taumaturgos y de los séres

privilegiados á quienes un conjunto de hechos y circunstancias da

el privilegio de la adivinación. Leí á mi hombre de una ojeada, le

leí como si fuera un cartel de los que estaban pegados en la próxima

esquina.

Y él, vacilando como todo el que no está diestro en mentir, me contestó:

--Pues... precisamente... iba á casa de Miquis, á consultarle.

--¿Estás enfermo?

--La garganta... siempre la garganta.

--¿Con que la garganta...?

Le agarré un brazo con mi mano, que se me figuraba tenaza y le dije:

--¡Farsa! tú no ibas á consultar con Miquis. Esta no es hora de

consulta.

--Pero como es amigo...

--¡Manuel, Manuel!...

Le atravesé de parte á parte otra vez con mis miradas. Después me

ha contado que se quedó yerto. Ocurrióme decirle una cosa que le

desconcertó sobremanera, y fué esto:

--Bien, yo también soy amigo de Miquis; iremos juntos, te esperaré, y

después que consultes, saldremos, porque tengo que hablarte.

--No... pero... bueno... en fin, si usted quiere... ¿Tanta prisa

tiene?... vamos; no, no...

XXXVIII

¡Ah! ¡traidor embustero!

¡Tú eres, tú, pollo maldito, orador gomoso, niño bonito de todos

los demonios; tú eres, tú, el ladrón de mi esperanza; tú, el que

pérfidamente me ha tomado la delantera; tú, el que está ya de vuelta

cuando yo apenas he empezado á andar! Lo sospechaba; pero no lo creía:

ahora lo creo, lo siento, lo veo, y aún me parece que lo dudo. ¡Has

tronchado mi dicha, has cerrado mi camino, mozalvete infame, y te voy á

ahogar, sí, te ahogo...!

Esto que parece natural, en el estado de mi ánimo, y que encajaba á

maravilla en mi desolada situación, debí decirlo sin duda, acomodándome

á las conveniencias y tradiciones dramáticas del caso; pero no, no lo

dije. Al ver que con su aturdimiento confirmaba Manuel sus mentiras,

le traté con el mayor desprecio del mundo, diciéndole:

--No quiero molestarte. Ve solo...

Y seguí mi camino. Á los pocos pasos le sentí venir detrás de mí, y oí

su voz:

--Maestro, maestro...

--¿Qué quieres?

Esto pasaba en medio de la calle de Hortaleza, allí donde empalma con

ella la del Barquillo, y por poco nos coge á los dos el tranvía que

bajaba.

--¿Qué quieres?--repetí, cuando pasó el peligro.

--Me voy con usted... Tengo que decirle...

Tomóme el brazo con su amable confianza de otros días. Yo no pude menos

de exclamar:

--¡Hipócrita!...

--¿Por qué?...--me respondió con frescura.--Hablaremos... Yo sé dónde

ha estado usted hoy dos veces; primero por la mañana, después toda la

tarde.

¡Darle á conocer mi despecho, mi confusión, el estado tristísimo en que

me había puesto la evidencia adquirida recientemente...! imposible. Era

preciso afectar dos cosas: conocimiento completo del asunto, y poco

interés en él. Como Catón, cuando se desgarraba el vientre con las

uñas, padecí horriblemente al decirle:

--Eres un calavera, un libertino; mereces...

--Maestro, ha llegado la hora da la franqueza,--manifestó él con

desenvoltura.--¿Por quién ha sabido usted esto?

Y con afectada serenidad ¡Dios sabe lo que me costó afectarla! le

respondí:

--Necio; ¿por quién lo había de saber? Por ella misma.

--¡Ah! ya... Habíamos convenido en revelar á usted nuestro secreto.

Disputábamos sobre quién lo haría. Ella: «díselo tú.» Yo «tú debes

decírselo.»

Este tuteo, esta discusión en la intimidad amorosa me envenenaba la

sangre. Tragué mucha saliva para poder replicar:

--Ella ha tenido conmigo una confianza nobilísima, y me ha declarado lo

que yo sospechaba ya.

--Lo sospechaba usted... Es posible. Sin embargo, maestro, habíamos

tomado toda clase de precauciones para que nadie descubriera nuestro

secreto. Así es más sabroso...

--¡Mala cabeza!...

Tuve que hacer poderoso esfuerzo para no llenarle de vituperios...

Ardiente curiosidad se despertó en mí, y en vez de injurias, dirigíle

no sé cuántas interrogaciones... ¡Qué fúnebres y terribles fuísteis

apareciendo ante mí, noticias, antecedentes y detalles de aquel hecho!

Con temor os sospeché, con espanto os ví confirmados. Os oí en boca

del traidor, como versículos del _Dies iræ_, y á medida que íbais

formando el catafalco de mi juicio completo, mi alma se cubría de luto.

Tú, idea de cómo principió aquella novela de amor; tú, noticia de lo

que hicieron los muy pícaros para guardarla en profundo misterio; y

tú, en fin, imagen de la viva pasión de ella, os presentásteis á mi

espíritu como calaveras peladas y temerosas, ya espantándome con el

mirar profundo de vuestros huecos álveos, ya erizándome el cabello con

vuestro reir seco y roce de mandíbulas... En estas cosas llegábamos á

mi casa, entrábamos, subíamos. ¡Muerte y materialismo! Cuando Manuel

me dijo: «Está loca por mí,» yo apreté tan fuertemente el pasamanos de

hierro, que me pareció sentirlo ceder como blanda cera, entre mis dedos.

Y en mi cuarto miré á mi discípulo, que se había sentado en mi sillón,

como esperando que yo le hiciera más preguntas. Le ví como el más

odioso, como el más antipático, como el más aborrecible de los séres.

¡Arrojarle de mi casa...! No; esto me habría vendido, y yo quería

conservar mi máscara de invulnerabilidad... Pero sí, le arrojaría con

buenos modos.

--Manuel--le dije.--Esta noche tengo mucho que hacer... Un maldito

prólogo para esa traducción de Spencer... Tendré que velar... Te

suplico que no me distraigas, porque si empezamos á charlar, se nos irá

la noche tontamente.

--¿Va usted á trabajar después de comer?

--Es preciso.

--¿No sale usted?

--No...

--Pues le dejaré á usted solo... Para concluir, amigo Manso, con lo que

veníamos diciendo... esto traerá cola, quiero decir que esto no es un

pasajero accidente en mi vida; esto no es una aventura; esto es serio,

profundamente serio.

--De modo que también tú...--le pregunté sintiendo cierto alivio.

Se sujetó la cabeza con ambas manos, apoyando los codos en la mesa, y

miró un libro abierto que por casualidad estaba allí.

--También yo--murmuró,--estoy loco por ella.

Dió un gran suspiro. La luz iluminaba ampliamente su rostro, un tanto

pálido y excesivamente abatido.

--Es preciso declararlo todo, querido maestro. Voy á necesitar de

sus consejos, de su útil amistad. Esto, que al principio tomé por

pasatiempo, ha venido rodando, rodando, á ser la cosa más grave del

mundo... Tengo la conciencia alborotada, y la imaginación hecha un

volcán... Tengo que hablar de esto con mi madre...

--Harás bien.

Como de costumbre, el gato saltó á sus rodillas. Cuando se trata de

decir una cosa difícil, de esas que se resisten á venir á los labios,

nada es tan socorrido, nada ayuda tanto al premioso alumbramiento como

la operación maquinal de acariciar un gato. Manuel le daba pases y más

pases en el lomo, y el buen animalito, con el rabo tieso y los nervios

excitados, se subía por el brazo izquierdo de mi discípulo hasta

rozarle con su cuerpo la cara... Y yo, deseando disimular á todo trance

mi profundo interés en aquel negocio, sentía que el gato no hubiese

venido á jugar conmigo, porque también (creédmelo á pié juntillas) la

mejor ayuda para ocultar la agitación de nuestro ánimo es el mecánico

entretenimiento de hacer fiestas á un gato.

--Vea usted... maestro... Parece mentira cómo se van eslabonando las

cosas; cómo paso á paso, de tontería en tontería, se llega á lo que

parecía más lejano, más imposible...

No sabiendo qué hacer, me puse á hojear un libro, y después á revolver

papeles, haciendo como que buscaba un objeto perdido; y daba manotadas

sobre la mesa...

--Si me hallo más comprometido de lo que parece, maestro, la culpa la

tiene su hermano de usted. Por algo me fué este señor tan antipático

desde que usted me presentó en su casa...

--También tú tienes unas cosas...--gruñí, por aquello de que estar

completamente mudo no era propio de un buen disimular.

Cogí un papel, y como si éste fuera lo que buscaba, me puse á leerlo

con fingida atención. Era el prospecto de una zapatería, que no sé cómo

había ido allí.

--¡Su hermano de usted!... ¡qué punto! Entre él y la García Grande,

doña Cosa Atroz... ¿Usted sabe la que tenían armada los dos...?

--Hombre, sí--dije con murmurio, que más debía de parecer gemido.--Lo

sé... pero no se puede juzgar así de las intenciones...

--¿Cómo que no?... Á poco más la sitian por hambre... La suerte que

yo... Hace tres noches salí de mi casa decidido á armar el escándalo

H... Estaba fuera de mí, querido Manso; deseaba hacer cualquier

barbaridad....

--¡Drama, violencia!... la pasión juvenil...

Estas palabras sueltas y sin sentido salían de mí como burbujas de un

líquido que hierve. Mi semblante debía parecer una mascarilla de yeso;

pero yo me ponía delante el papelucho para que Manuel no me viera, y

por delante de mis ojos pasaban, cual bufones cojos, unos rengloncillos

diciendo: «botinas de _chagrín_, para señora, 54 reales,» ó cosa por el

estilo.

--Aquella noche llevé un revólver... Yo había comprado á Melchora, la

criada. Me metí en la casa... Me escondí... Si llega á presentarse su

hermano de usted... le mato...

Volví á mirar á Manuel, en cuyo rostro ví la decisión juvenil, el

brío del amor, y cuanto de poético y romancesco puede encerrar el

espíritu del hombre. Parecióme un caballero calderoniano con su espada,

chambergo y ropilla; y yo á su lado... ¡Oh! genios de la ilusión,

apartad la vista de mí, la figura más triste y desabrida del mundo.

--Pero mi hermano no fué...--dije.

--Le esperamos. Todos dormían. La noche estaba hermosísima. Callandito

salimos al balcón. ¡Qué noche, qué cielo estrellado! ¡qué silencio en

las alturas!... y luego las sombras entrecortadas de las calles, y el

roncar de Madrid, soñoliento, enroscándose en su suelo salpicado de

luces de gas... Maestro, hay momentos en la vida que...

Dí una vuelta sobre mí mismo, como veleta abofeteada por el viento...

Inclinéme para recoger un papel que no se había caido...

--Hay momentos, maestro... Parece mentira que toda la esencia de la

vida, Dios, la inmoralidad, la belleza, el mundo moral todo entero, la

idea pura, la forma acabada, quepan en un solo vaso y se puedan gustar

de un sorbo...

Se me presentaba ocasión de decir algo humorístico que aliviara mi

espíritu. Así lo hice, y de mi amargura brotó esta chanza:

--Metafísico estás... y poeta de redomilla...

Debí de reirme como los que suben al patíbulo. Y haciendo como que

me picaba horriblemente el cuello, me volví y me hice un ovillo para

aplacar con el roce de mis dedos la comezón. Creo que me hice sangre,

mientras Manuel decía:

--Á la mañana siguiente volví...

--¿Con revólver?...

--Se me olvidó llevarlo... La pasión me trastornaba el juicio. Ni

peligros, ni obstáculos veía yo...

Como una máquina de hablar, como el frío metal del teléfono que habla

lo que le apunta la electricidad, así dije yo: «Romeo y Julieta,» sin

saber de dónde me habían venido aquellas palabras, porque mi cerebro se

había quedado vacío.

--Estuve hasta la madrugada; todos dormían. Al escaparme, ya cuando

aclaraba el día, hice un poco de ruido, y salió doña Cándida gritando:

«¡ladrones!»

Esto lo oí desde mi alcoba, á donde fuí á buscar refugio, huyendo

de un vengativo impulso que brotó en mí... Casi rompo á gritar y

declaro... ¡Mengua insigne para mí vender un secreto que debe bajar

al sepulcro conmigo! Sudé gotas enormes, frías y pesadas como las del

Monte Olivete, y en la oscuridad de mi alcoba, donde seguí haciendo el

papel de que buscaba algo, me apabullé con mis propias manos, y grité

en silencio de agonía: «¡aniquílate, alma, antes que descubrirte!»

Creo que dí dos ó tres vueltas en la oscura habitación, y trascurrió

un espacio de tiempo en el cual no sé á punto fijo lo que hice, porque

positivamente perdí la razón y el conocimiento de mí mismo. Recuerdo

tan sólo vocablos sueltos, ideas incompletas que me escarbaban la

mente, y es probable que dijera: «ladrones... doña Cándida... no

encontrar fósforos...» ó bien otros disparates por el estilo.

Cuando recobré mi juicio, aparecí en el despacho, miré á Manuel...

Petra, mi ama de llaves, entraba en aquel momento...

--Travesuras de gravísimas consecuencias--dije con voz

campanuda.--Petra, la comida.

Manuel miró su reloj y yo miré el mío.

--Yo tengo las ocho y veinte; voy adelantado.

--Yo las ocho y siete... voy atrasado. ¿Quieres comer?

--Gracias. ¿Y qué me aconseja usted?

--La cosa es grave... Hay que pensarlo...

Sentí que me serenaba un tanto. Declaróme él entonces algo que no sé

si me fué agradable ó penoso en tan crítico momento. Mis ideas estaban

trastrocadas, mis sentimientos barajados en desorden; unas y otros

aparecían fuera de tiempo. La anarquía reinaba en mi espíritu, y mi

razón, hecha un ovillo, se escondía donde nadie podía encontrarla.

Alegréme de ver que Manuel tenía prisa; prometíle que hablaríamos del

mismo asunto otro día, y se fué...

XXXIX

Quedéme solo delante de mi sopa.

Y ví desfilar en ordenado tropel, por delante de mí, los garbanzos

redondos con su nariz de pico, y después una olorosa carne estofada, á

quien siguieron pasa de Málaga, bollo de no sé dónde y mostillo de no

sé qué parte. No puedo, al llegar aquí, ocultar un hecho que me pareció

entonces, y aún hoy me lo parece, rarísimo, fenomenal y extraordinario.

Bien quisiera yo, al contar que comí, aparecer conforme con lo que

es uso y costumbre en estos casos, es decir, pintarme desganado y con

más ánimos para vomitar el corazón que para comerme un garbanzo; pero

mi amor á la verdad me impone el deber de manifestar que tuve apetito,

y que comí como todos los días. Fuese porque almorcé poco ó por otra

causa, lo cierto es que hice honor á los platos. Bien se me alcanza

que esto resulta en contradicción con lo que afirman los autores más

graves que han hablado de cosas de amor, y aun los fisiólogos que han

estudiado el paralelismo de las funciones corporales con los fenómenos

afectivos, pero sea lo que quiera, como pasó lo cuento, y saque cada

cual las consecuencias que guste. Lo único que revelaba mi trastorno

era la distracción con que comí, y aquello de no saber lo que entraba

por mi boca. De donde deduzco que hay mucho que hablar sobre la parte

que toma el espíritu en la digestión. Punto y aparte.

En mi despacho pasé luego horas tristísimas y pesadas. Ni podía hallar

consuelo en la lectura, ni ningún autor, por grande que fuera, lograba

cautivar mi alma, apartándola de la contemplación de su desdicha.

Á ella se apegaba con ardiente fervor, como el fanático al dogma

que idolatra. Y no había medio de separarla. Si con esfuerzos de

imaginación lograba entretenerla un poco, llevándola engañada á otras

esferas, ella se escapaba bonitamente y por misteriosos caminos se

volvía á su objeto... Ya avanzada la noche, y cuando parecía que las

energías mismas del dolor se cansaban, entróme aplanamiento de nervios

y marasmo mental. Todo era entonces sensaciones fúnebres, ideas de

próxima muerte... Á la madrugada, excitado mi cerebro con la falta

de sueño, estas ideas de muerte llegaron á ser en mí verdadera manía

con su convicción correspondiente. Antojóseme que iba á amanecer

muerto, y me entretenía en considerar la sorpresa que recibirían mis

amigos al saber la triste nueva y el duelo que harían las personas que

verdaderamente me estimaban. ¡Y yo, tranquilo, observando este duelo y

aquella sorpresa desde el ámbito misterioso de la muerte! Figurábame

estar absolutamente ausente de todo lo conocido hasta ahora, pero

continuando conocedor de mí mismo en una esfera, región ó espacio

completamente privado de las propiedades generales de la física.

¡Meditación morbosa, fiebre del vacío, yo no sé lo que era aquello!...

Después pensaba en las frases que emplearían los periódicos para dar

cuenta de mi inopinado fallecimiento. Entre otras cosas, y después de

echarme ese incienso ordinario, corriente, de fórmula, y que parece

traido de la tienda, como el espliego que usa el vulgo, dirían poco

más ó menos: «Este triste suceso sorprendió tanto más á los amigos del

Sr. Manso, cuanto que éste se había dedicado el día anterior á sus

habituales ocupaciones en perfecto estado de salud, se había retirado á

su casa á la hora de costumbre, había comido con apetito...»

Nada, nada; el apetito que por desgracia tuve desentonaba el lúgubre

cuadro que mi fantasía trazaba en aquella hora de la madrugada,

propicia al delirio y á la fiebre. Sobre mi mesa se encontrarían

algunas cuartillas del prólogo á Spencer que había empezado á

escribir... Mis panegiristas llamarían á aquel incompleto escrito _el

canto del cisne_... Cuando pensaba en esto, cuando pensaba también que

se celebraría en mi honor una velada literaria con versos y discursos,

me entraban vivas ganas de no morirme, ó de resucitar, si es que ya

muerto estaba, para que no se exhibieran y dieran lustre á costa mía

Sainz del Bardal y los demás poetillas, oradorzuelos y muñidores de

veladas... Nada, nada, ¡á vivir!

El amigo Manso · 第 16 / 21 段