ocupaciones y las notas todas como por encanto.
--¿Pero ya se va usted?--dijo muy gozoso.--Yo también salgo. La llevaré
á usted en mi coche.
--No señor, gracias, no, de ninguna manera--replicó Irene echando á
correr escalera abajo.--Ruperto va conmigo.
José María bajó tras ella. Manuela y yo nos acercamos á los cristales
del balcón del gabinete para ver...
En efecto, no pudiendo Irene evadir la galantería de mi hermano, entró
en el coche, seguida de José; y al punto vimos partir á escape la
berlina hacia la calle de San Mateo.
--¡Has visto, has visto...!--exclamó Lica clavando en mí sus ojos
llenos de ira, y corriendo á echarse en una mecedora.
--¿Qué? No formes juicios temerarios... Todavía...
--¿Qué todavía?... Esto es horrible... ¡Qué fresco! La lleva en su
coche... Por eso ha estado aquí toda la tarde... esperando... ¡Máximo,
qué afrenta, Jesús, qué infamia!... Si no lo hubiera visto... No te
chancees... ya... Estoy brava, soy una loba...
Meciéndose, expresaba con paroxismo de indolencia su dolor, como otras
lo expresan con violentas sacudidas.
--Yo me muero, yo no puedo vivir así--exclamó rompiendo en
llanto.--¿Máximo, qué te parece? en mi propia cara, delante de mí,
estas finezas... Eso es no tener vergüenza, y la _sinvergüencería_ no
la perdono.
--Pero mujer, si no tienes otro motivo que este... cálmate. Veremos lo
que pasa después...
--Bobo, yo adivino, y mis celos tienen mil ojos--me dijo meciéndose
tan fuerte que creí se volcaba la mecedora.--Nada sé positivo, y sin
embargo, algo hay, algo hay... Te dije que Irene me parecía muy buena.
¡Guasa! es que nos engañaba del modo más... Mira, yo he sorprendido
en ella... ¡Ay! yo soy tonta; pero sé conocer cuándo una mujer trae
enredos consigo, por mucho que lo disimule. Irene nos engaña á todos.
¡Es una hipócrita!
XXXI
¡Es una hipócrita!
Esto caía sobre mi mente como recio martillazo sobre el yunque, y hacía
vibrar mi sér todo.
--Pero Lica, cálmate, razona...
--Yo no calculo, tonto; yo siento, yo adivino, yo soy mujer.
--¿Qué has visto?
--Pues últimamente Irene daba muy mal las lecciones. Iba para atrás
como los cangrejos. Lo enseñaba todo al revés... Una tarde... Ahora doy
más importancia á estas cosas... la pillé leyendo una carta. Cuando
entré la guardó precipitadamente. Tenía los ojos encendidos... Luego
este afán de ir á casa de su tía... ¡Qué fresco! Voy comprendiendo que
también la tía es buena lámpara...
--¡Leía una carta! Pero esa carta, ¿por qué había de ser de tu marido?
--Yo no sé... la ví de lejos, un momento... Fué como un relámpago... No
ví las letras; pero mira tú, me parecía ver aquellas _pes_ y aquellas
_haches_ tan particulares que hace José María... Esa chica, esa...
No, no, aquí hay algo, aquí hay algo. Esta noche hablaré clarito á mi
marido. Me voy para Cuba. Si él quiere mantener queridas, y arruinarse,
y tirar el pan de mis hijos, yo soy madre, yo me voy á mi tierra, yo
me ahogo en esta tierra, yo no quiero que la gente se ría de mí, y que
con mi dinero echen fantasía las bribonas... ¡Mamá, mamá!
Y á punto que aparecía doña Jesusa, pesada y jadeante, Lica, la buena y
pacífica Manuela cayó en un paroxismo de ira y celos tan violento, que
allá nos vimos y nos deseamos para hacerla entrar en caja. Después de
llorar abundantemente en brazos de su madre, la cual daba cada gemido
que partía el corazón, perdió el conocimiento, y disparados sus nervios
empezó una zambra tal de convulsiones y estirar de brazos y encoger de
piernas, que no podíamos sujetarla. Tan sólo el ama con su poderosa
fuerza pudo domeñar los insubordinados músculos de la infeliz esposa, y
al fin se tranquilizó ésta, y le administramos, por fin de fiesta, una
taza de tila.
--Nos iremos, niña de mi alma--le decía doña Jesusa,--nos iremos para
nuestra tierra, donde no hay estos _zambeques_.
Toda la tarde y parte de la noche tuve que estar allí, acompañándola.
Cuando me retiré, José María no había venido aún. Pero á la mañana
siguiente, cuando fuí, después de la clase, á ver si ocurría un nuevo
desastre, encontré á Manuela muy sosegada. Su marido había entrado
tarde, y al verla tan afligida, le había dado explicaciones que
debieran de ser muy satisfactorias, porque la infeliz estaba bastante
desagraviada y casi alegre. Era la criatura más impresionable del
mundo, y cedía con tal ímpetu á las sensaciones del último instante,
que por nada se enardecía, y por menos que nada se desenojaba. El
furor y el regocijo se sucedían en ella llevados por una palabra, como
lucecillas que con un soplo se apagan. Su credulidad era más fuerte
siempre que su suspicacia, y así no comprendo cómo el bruto de José
María no acertaba á tenerla siempre contenta. Aquel día lo consiguió,
porque en los momentos críticos de la vida sabía el futuro marqués
emplear algún tacto, ó más bien marrullería. Él también estaba festivo,
y cuando hablamos del asunto peligroso, me dijo:
--Parece que todos sois tontos en esta casa. Porque se me haya antojado
decir dos bromas á Irene y la llevara ayer tarde en mi coche, se ha
de entender... Sois verdaderamente una calamidad; y tú, sabio, hombre
profundo, analizador del corazón humano, ¿crees que si hubiera malicia
en esto, había de manifestarla yo tan á las claras?
--No, si yo no creo nada. Lo que de cierto haya, al fin se ha de saber,
porque ninguna cosa mala se libra hoy del correctivo de la publicidad,
correctivo ligero ciertamente, y para algunos ilusorio; pero que tiene
su valor, á falta de otros... Ya que de esto hablamos, ¿no podrías
darme alguna luz en un asunto que me ha llenado de confusión? ¿No
podrías decirme de dónde le ha venido á doña Cándida esa fortunilla que
le permite poner casa y darse lustre?...
--Hombre, qué sé yo. Aquí me trajo unas letras á descontar... Le dí
el dinero. No es gran cosa; una miseria. Sólo que ella pondera mucho,
ya sabes, y cuenta las pesetas por duros, para gastarlas después
como céntimos. Si he de decirte de dónde provenían las letras,
verdaderamente no lo sé. Tierras vendidas, ó no sé si unos censos...
en fin, no lo sé, ni me importa. Supongo que la casa que ha puesto será
algún cuartito alto con cuatro pingos... ¡Pobre señora!... Vamos, ¿y
qué dices de la sesión de ayer? ¡Si vieras! salió el ministro con las
manos en la cabeza, y el centro izquierdo quedó fundido con el ángulo
derecho... ¿Te has enterado de las declaraciones de Cimarra? Nosotros...
--No me he enterado de nada.
--Y en el correo de pasado mañana debe venir mi acta. Si tú no fueras
una calamidad, podrías aceptar los ofrecimientos que me ha hecho el
ministro.
--Hombre, déjame en paz... Volviendo á doña Cándida...
--Déjame tú en paz con doña Cándida.
Conocí que no era de su agrado aquel tema, y _tomé nota_.
--¡Ah!... aquí tienes los periódicos que se ocupan de la velada...
Mira, éste te llama _concienzudo_, que es el adjetivo que se aplica á
los actores medianos. Aquél te pone en las nubes. Váyase lo uno por
lo otro. Con respecto á Peña, están divididos los pareceres: todos
convienen en que tiene una gran palabra, pero hay quien dice que si
se exprime lo que dijo, no sale una gota de sustancia. ¿Quieres que
te diga mi opinión? Pues el tal Peña me parece un papagayo. ¡Lo que
vale aquí la oratoria brillante y esa facultad española de decir
cosas bonitas que no significan nada práctico! Ya hablan de presentar
diputado á Peñita y dispensarle la edad... Como si no tuviéramos aquí
hombres graves, hombres encanecidos... Te lo digo con franqueza... me
revienta ese niño y su manera de hablar... Lo que es en el púlpito no
tendría igual para hacer llorar á las viejas... pero en un Congreso...
¡Hombre, por amor de Dios! Es verdaderamente lamentable que se hagan
reputaciones así. Después de todo, ¿qué dijo? Las Cruzadas, Cristóbal
Colón, las Hermanas de la Caridad con sus tocas blancas... ¡Por amor de
Dios, hombre! yo creo que concluiremos por hablar en verso, del verso
se pasará á la música, y, por fin, las sesiones de nuestras Cámaras
serán verdaderas óperas... Vete al Congreso de los Estados Unidos, oye
y observa cómo se tratan allí las cuestiones. Hay orador que parece
un borracho haciendo cuentas. Y sin embargo, ve á ver los resultados
prácticos... Es verdaderamente asombroso. Nada, nada, estos oradores de
aquí, estas eminencias de veinte años, estos trovadores parlamentarios
me atacan los nervios. Y lo que es el tal Peñita me revienta. Yo le
pondría á picar piedra en una carretera, para que aprendiera á ser
hombre práctico. Y desde luego á todo aquel que me hablase de ideales
humanos, de evoluciones, de palingenesia, le mandaría á descargar
sacos al muelle de la Habana, ó á arrancar mineral en Río Tinto para
que adquiriera un par de ideas sobre el trabajo humano. ¡Por amor
de Dios, hombre, no digas que no! Háganme autócrata, dénme mañana
un poder arbitrario y facultades para hacer y deshacer á mi gusto.
Pues mi primera disposición sería crear un presidio de oradorcitos,
filósofos, poetas, novelistas y demás calamidades, con la cual dejaría
verdaderamente limpia y boyante la sociedad.
--¡José!--exclamé con efusión humorística y hasta con
entusiasmo,--eres el mayor bruto que conozco.
--Y tú la octava plaga de Egipto.
--Y tú la burra de Balaam.
Parecíame que se amoscaba... Pues yo también.
--Pues todos en presidio, veríais qué bien quedaba esto.
--Sí, la nación sería un pesebre.
--Eso... lo veríamos. Yo hablaría...
--Y dirías _mu_...
--Hombre, la vanidad, la suficiencia, el _tupé_ de estos señores sabios
es verdaderamente insoportable. Ellos no hacen nada, ellos no sirven
para nada; son un rebaño de idiotas...
Y se amoscaba más.
--Pero la vanidad del ignorante,--dije yo,--además de insoportable es
desastrosa, porque funda y perfecciona la escuela de la vulgaridad.
--Pues mira como estamos, gobernados por tanto sabio.
--Mira como estamos, gobernados por tanto necio.
--No señor.
Se puso pálido.
--Pues sí señor.
Me puse rojo.
--Eres lo más...
--Y tú...
Trémulo de ira salió, cerrando la puerta con tan furioso golpe, que
retembló toda la casa. Y cuando nos vimos luego, evitaba el dirigirme
la palabra, y estaba muy serio conmigo. Por mi parte, no conservaba de
aquella disputa pueril más que la desazón que su recuerdo me producía,
unida á un poquillo de remordimiento. Deploraba que por cuatro
tonterías se hubiera alterado la buena armonía y comunicación fraternal
que entre los dos debía existir siempre, y si hubiera sorprendido en él
la más ligera inclinación á olvidar la reyerta, me habría apresurado
á celebrar cordiales y duraderas paces. Pero José estaba torvo,
cejijunto, y al pasar junto á mí, no se dignaba mirarme.
XXXII
Entre mí hermano y yo fluctuaba una nube.
¿Saldría de ella el rayo? Mi propósito era evitarlo á todo trance.
Hablé de esto con Lica, que en el breve espacio de un día había vuelto
á caer en sus inquietudes y tristezas. La reconciliación matrimonial
había sido de tan menguados efectos, que no tardó el espectro de la
discordia en anularla pronto, erigiéndose él mismo sobre el altar
del destronado Himeneo. Durante todo el día que siguió á aquel de
la trivial disputa, acompañé á mi hermana política, escuchando con
paciencia sus quejas que eran interminables... Sí; ya no la engañaría
más, ya iba aprendiendo ella las picardías. Ya no volvería á embaucarla
con cuatro palabras y dos cariñitos... Por fuerza había algo en la vida
de su esposo que le sacaba de quicio. José no era el José de otros
tiempos.
Con estas jeremiadas entreteníamos las horas de la tarde y de la noche,
que eran largas y tristes, porque Lica había suprimido la reunión,
y no recibía á nadie. José María no se presentaba en la casa sino
breves momentos, porque había recibido su acta, la había presentado al
Congreso, había jurado, le habían elegido presidente de la comisión de
melazas, y el buen representante del país consagrado en cuerpo y alma
á los sagrados deberes del padrazgo parlamentario y político, no tenía
tiempo para nada. En esto trascurrieron cuatro días, que fueron para
mí pesados y fastidiosos, porque Irene no me había dado el prometido
aviso ó venia para ir á su casa; y yo con mi delicada escrupulosidad,
no quería infringir de ningún modo una indicación que me parecía
mandato. Me pasaba la mayor parte del día acompañando á la olvidada y
digna esposa de José María, la cual, entre las salmodias de su agravio,
aprovechaba mi constante presencia en la casa para inclinarme á ser
su pariente, casándome con su hermana. ¡Proyecto tan bondadoso como
infecundo! Reconociendo yo como el primero las excelentes cualidades de
Mercedes, no sentía ni la más ligera inclinación amorosa hacia ella,
y además se me figuraba que yo le hacía muy poca gracia para marido y
menos para novio.
Rompían, por cierto muy desagradablemente, la monotonía de nuestros
coloquios los malos ratos que nos daba el ama con su bestial codicia,
sus fierezas y el peligro constante en que estaba Maximín de quedarse
en ayunas. Yo maldecía á las nodrizas, y hubiera dado no sé qué por
poder hacer justicia en aquella, más animal que cuantas nos envían
montes encartados y pasiegos, de todos los desafueros que cometen las
de su infame oficio. Lica y yo temíamos una desgracia, y en efecto, el
golpe vino hallándonos desprevenidos para recibirle.
Me disponía á salir una mañana para ir á clase, cuando se me presenta
Ruperto sofocadísimo.
--Niña Lica que vaya usted pronto allá. El ama de cría se ha marchado
hace un rato. El niño no tiene de qué mamar...
--¿No lo dije?... Esto sí que es bueno... ¿Y el señorito José María,
qué hace?
--Mi amo no fué esta noche á casa. El lacayo ha salido á buscarle... Mi
ama que vaya usted pronto... para que le busque otra _criandera_...
--Yo... ¿y dónde la busco yo?... ¡pero vamos allá!... ¿Y la señorita
Manuela qué hace?
--Llorar. Le están dando al nene leche con una botella. Pero el nene no
hace más que rabiar.
--Bueno, bueno... Ahora busque usted un ama...
Bajaba la escalera, cuando una muchacha que subía me dió una carta.
¡Fuerzas de la Naturaleza! Era de Irene. Rasgué, abrí, desdoblé, leí,
tembloroso como la débil caña sobre la cual se desata el huracán.
«Venga usted hoy mismo, amigo Manso. Si usted no viene, no se lo
perdonará nunca su amiga...--_Irene._»
La escritura era indecisa, como hecha precipitadamente por mano
impulsada del miedo y del peligro...
¡Dios misericordioso! ¡Tantas cosas sobre un triste mortal en un solo
momento! Buscar ama, ir al socorro de Irene... porque indudablemente
había que socorrerla... ¿contra quién? Había peligro... ¿de qué?
--¿Qué tiene usted, Mansito?--me dijo doña Javiera que volvía de misa.
--Pues poca cosa... Figúrese usted, señora... Buscar un ama... volar al
socorro...
--¿Hay fuego?...
--No, señora; no hay más sino que el ama...
--¿El ama del niño de su hermano? No hay peste como esas mujeres. Yo,
mire usted, aunque estaba muy delicada, no quise dejar de criar á mi
Manolo. Y los médicos me decían que por ningún caso. Y mi marido me
reñía. Pues bien saludable ha salido mi hijo, y yo... ya usted ve.
--Usted no sabría de alguna...
--Veremos, veremos; voy á echarme á la calle... Y á propósito, amigo
Manso, ¿ha visto usted á Manuel anoche?
--¿Qué he de ver, señora?
--Esta es la hora que no ha venido á casa. Creo que tuvieron cena en
Fornos... ¡Ay qué chico! ¡Pero qué afanado está usted!... Pobre D.
Máximo, ¡que sin comerlo ni beberlo!... Aprenda, aprenda usted para
cuando sea padre.
--Señora, si usted tuviera la bondad de buscarme por ahí una de esas
bestias feroces que llaman amas de cría...
--Sí, voy á ello... Espere usted: la vecina me dijo que conocía...
Ya, sí... es una chica primeriza, criada de servir, que se desgració.
Estaba en casa de un concejal que hace la estadística de nacidos...
hombre viudo, y que debía tener interés en que se aumentara la
población... Voy allá... Creo que tiene la gran leche; es morenota,
fresconaza... un poco ladrona. También sé de una muy sílfide, una
traviatona que bailaba en Capellanes, casada; pero que no vive con su
marido. En fin, más gallina que las gallinas. Sabe muchos cantares para
dormir á los niños, y tiene aires de persona fina... Pues no me quito
la mantilla y echo á correr. Vaya usted por otro lado. No deje usted de
ir á la Concepción Jerónima, á casa de Matías, donde van á parar todas
las burras de leche que vienen á buscar cría. Es aquello, según dicen,
una fábrica de amas y un almacén de ganado. Ea, hombre, no se quede
usted lelo, coja usted _La Correspondencia_ y lea los anuncios. _Ama
para casa de los padres._ ¿Ve usted? Váyase pronto al Gobierno Civil
donde está el reconocimiento... Si encuentra usted alguna, no se fie
de apariencias: llévese un médico. Escójala cerril, fea y hombruna...
Pechos negros y largos. Mucho cuidado con las bonitas, que suelen ser
las peores... No dejen de examinar la leche, y fíjense en la buena
dentadura. Yo voy por otro lado; avisaré lo que encuentre. Abur.
Dióme esperanzas la solicitud de aquella buena señora. Y yo, ¿á dónde
acudiría primero? No había que vacilar y corrí á casa de Manuela,
pensando en Irene, en su carta garabateada á prisa, y no cesaba de ver
la trémula mano trazando los renglones, y me figuraba á la maestra
amenazada de no sé qué fieros vestiglos. Y en tanto mis alumnos se
quedaban sin clase aquel día, que me tocaba explicar _El interior
contenido del Bien_.
Encontré á Manuela desesperada. Con mi ahijado sobre las rodillas,
rodeada de su madre y hermana, era la figura más lastimosa y patética
de aquel cuadro de desolación. Maximín chillaba como un becerro; Lica
se empeñaba en que chupara de la redoma; apartaba él con furiosos
ademanes aquella cosa fría y desapacible, y en tanto, las tres
aturdidas mujeres invocaban á todos los santos de la Corte celestial.
Se habían mandado recados á varias casas amigas para que diesen noticia
de alguna nodriza, pero ¡ay! la familia confiaba principalmente en mí,
en mi rara bondad y en mi corazón humanitario.
XXXIII
¡Dichoso corazón humanitario!
Eras un adminículo de universal aplicación, maquinilla puesta al
servicio de los demás; eras, más propiamente, un fiel sacerdote de
lo que llamamos el _otroismo_, religión harto desusada. Si dabas
flores, te faltaba tiempo para ponerlas en el vaso de la generosidad,
abierto á todo el mundo; si echabas espinas te las metías en el
bolsillo del egoismo, y te pinchabas solo... Esto pensaba, camino
del Gobierno de provincia, lugar seguro para encontrar lo que
hacía falta á mi ahijadito. Antes había tratado de ver á Augusto
Miquis, joven y acreditado médico, amigo mío. No le encontré, pero
sus amigos me dijeron que quizás le hallaría en el Gobierno civil.
Afortunadamente estaba encargado del reconocimiento de amas. Esta
feliz coincidencia me animó mucho; dí por salvado á Maximín, y sin
tardanza me personé en aquella paternal oficina, ejemplo que, con
otros muchos, viene á confirmar la vigilancia omnímoda de nuestra
administración y lo desgraciados que seríamos si ella no cuidase
de todo lo que nos concierne, llevándonos en sus amorosos brazos
desde la cuna al sepulcro. Con decir que por darnos todo nos da
hasta la teta, está dicho. Yo había visto la administración-médico,
la administración-maestro, y otras muchas variantes de tan sabio
instituto; pero no conocía la administración-nodriza. Así, quedéme
pasmado al entrar en aquella gran pieza, nada clara ni pulcra, y ver
el escuadrón mamífico, alineado en los bancos fijos en la pared,
mientras dos facultativos, uno de los cuales era Augusto, hacían el
reconocimiento. El antipático ganado inspiraba repulsión grande, y mi
primer pensamiento fué para considerar la horrible desnaturalización y
sordidez de aquella gente. Las que habían tomado por oficio semejante
industria se distinguían al primer golpe de vista de las que, por una
combinación de desgracia y pobreza, fueron á tan indignos tratos. Las
había acompañadas de padres codiciosos, otras de maridos ó socios.
Rarísimas eran las caras bonitas, y dominaba en las filas la fealdad,
sombreada de expresión de astucia. Era la escoria de las ciudades
mezclada con la hez de las aldeas. Ví pescuezos regordetes con sartas
de coral, orejas negruzcas con pendientes de filigrana; mucho pañuelo
rojo de indiana tapando mal la redondez de la mercancía; refajos de
paño negro redondos, huecos, inflados como si ocultaran un bombo
de lotería; medias negras, abarcas, zapatos cortos, botinas y piés
descalzos. Faltaban en la pared los escudos de Pas, Santa María de
Nieva, Riofrío, Cabuérniga y Cebreros, y como inscripción ornamental,
el endecasílabo de aquel poeta culterano que, no teniendo otra cosa
que cantar, cantó la nodriza, y la llamó _lugarteniente del pezón
humano_.
Entraban personas que, como yo, iban en busca del remedio de un
niño, y se oían contrataciones y regateos. Había _lugarteniente_ que
elogiaba su género como un vinatero el contenido de sus pellejos. Había
exploraciones de que en otro lugar se espantaría el recato, curioseo de
durezas para distinguir lo muscular de lo adiposo, y como en el mercado
de caballos, se decía _veamos los dientes_, y se observaba el aire, la
andadura, el alzar y mover de patas. ¡Permitiera Dios que no os hubiera
visto en tal cantidad, fláccidas ubres, aquí saliendo con vergüenza de
entre bien puestos cendales, allí surgiendo de golpe como pelota de
goma por la abertura de un pañuelo rojo, y que no os mirara estrujados
por los dedos experimentadores del profesor ó de la partera! En un lado
el facultativo examinaba areolas; en otro Miquis, después de rebuscar
vestigios de pasadas herejías, cogía el lactoscopio y poniendo en él
la preciosa sustancia de nuestra vida, miraba junto á la ventana, al
trasluz, la delgadísima lámina líquida, entre cristales extendida.
--En ésta todo es agua...--decía;--ésta tal cual... mayor cantidad
de glóbulos lácteos... Hola, amigo Manso, ¿qué busca usted por estos
barrios?
--Vengo por una... y pronto, amigo Miquis. Déme usted lo mejor que
haya, y á cualquier precio.
--¿Se ha casado usted ó se ha hecho padre de hijos ajenos?
--Más bien lo segundo... Tengo mucha prisa, Augusto; me están
esperando...
--Esto no es cosa de juego; espere usted, amiguito.
Me miró, sin apartar de su ojo derecho el maldito instrumento, con tan
picaresca malicia, que me hizo reir, aunque no tenía ganas de bromas.
Y cuando preparaba el adminículo para echar en él nuevo licor, me
amenazó con rociarme, diciendo:
--Si no se me quita usted de delante...
¡Maldito Miquis! Siempre había de estar de fiesta, sin tener en cuenta
la gravedad de las circunstancias.
--Querido, que tengo prisa...
--Más tengo yo. ¿Le parece á usted que es agradable este viaje diario
por la _vía lactea_?... Estoy deseando soltar los trastos y que venga
otro. Luego nos queda el examen químico con el lacto-butirómetro...
Porque hay falsificaciones, amigo. ¿Ve usted? Las hay que son cartuchos
de veneno, y aquí velamos por la infancia. Pero á pesar de nuestros
esfuerzos, la generación futura va á ser bonita, sí señor; se van á
divertir los del siglo veinte, que será el siglo de las lagartijas.
--Pero Miquis, que es tarde, y...
--Á ver, Sanchez, Sanchez.
Sanchez, que era el otro médico, se acercó.
--Á ver, aquella, la que vimos antes. Es la única res que vale algo. La
segoviana... ahí está, la que tiene una oreja menos, porque se la comió
un cerdo cuando era niña.
--¿Es buena?
--Bastante buena, primeriza, inocentísima. Me ha contado que era
pastora. No recuerda de donde le vino la desgracia, ni sabe quien fué
el Melibeo... Esta gente es así. Suele resultar que las ignorantonas
saben más que Merlín. Allí está. Vea usted qué facciones, jamás
lavadas... Creo que para salir del paso... ¿Es para un sobrinito de
usted?
--Y ahijado por más señas.
--Á veces más vale un padrino que un padre... Diga usted, ¿es cierto
que José María se ha hecho hombre de distracciones?... Ahora le veo
todos los días. Es vecino mío.
--¡Vecino de usted!
--Sí; vivo allá por Santa Bárbara. En el tercero de mi casa se nos ha
metido hace tres días una señora...
--¡Doña Cándida!--murmuré, sintiendo que la malicia de Miquis se
infiltraba en mi corazón cual mortífera ponzoña.
--Mi mujer me ha contado que la vió subir con una joven. ¿Es hija suya?
--Sobrina.