Cuando nos encontramos en la escalera, hace como que no me conoce, y no
me saluda.
--Mi hermano es muy particular...
Y diciéndolo me puse torvo, y cayeron al suelo mis miradas con pesadez
melancólica, y se quedó embargado mi espíritu de tal modo que dejé de
ver el reconocimiento, el antipático rebaño y los médicos...
--Aquí la tiene usted--me dijo aquel señor Sanchez, bondadosísimo,
presentándome una humana fiera, vestida de paño pardo, rodeada de
refajo verdinegro que la asemejaba con una peonza dando vueltas.--Es
buena. No haga usted caso de esto de la oreja. Es que se la comió un
cerdo cuando niña. Por lo demás, buena sangre... buena dentadura. Á
ver, chica, enseña las herramientas. No hay señales de mal infeccioso.
Y mirándola apenas, me dispuse á llevármela conmigo. Ella graznó algo,
mas no lo entendí. Como aldeano que tira del ronzal para llevarse el
animalito que ha comprado en la feria, así tiré de la manta de lana que
la pastora llevaba sobre sus hombros, y dije: «vamos.»
--Abur, Manso.
--Miquis, abur, y muchas gracias.
Al salir, observé que el ronzal arrastraba, con la bestia, otras de su
misma especie, á saber: un padre, involucrado también en paño pardo,
como el oso en su lana, con sombrero redondo y abarcas de cuero; una
madre, engastada en el eje de una esfera de refajos verdes, amarillos,
negros, con rollos de pelo en las sienes; dos hermanitos de color de
bellota seca, vestidos de estameña recamada de fango, sucios, salvajes,
el uno con gorra de piel y el otro con una como banasta en la cabeza.
Y en la calle, el venerable cafre que hacía de padre, me paró y ladró
así:
--Diga, caballero, ¿cuánto va á dar á la mocica?
--Porque somos gente honrada--regurgitó la mamá silvestre.--Mi
Regustiana no va á cualquier parte.
--Señor--bramó uno de los muchachos.--¿Quiéreme por criado?
--Oiga, señor--añadió el autor de los días de Regustiana.--¿Es casa
grande?
--Tan grande que tiene nueve balcones y más de cuarenta puertas.
Cinco bocas se abrieron de par en par.
--¿Y á dónde es? ¿Y cuánto le va á dar á la mocica?
--Se le pagará bien. Verán ustedes qué señora tan buena.
--¿Es buena la señora? Llévenos pronto.
--Ahora mismo. Y les voy á llevar en coche.
Abrí la portezuela. Consideré las fumigaciones á que debía someterse
después el vehículo, si llevaba todo aquel rústico cargamento...
--No, conmigo no van más que la chica y la madre. Los hombres que vayan
á pié.
--No, señorito, llévenos á todos--exclamaron á coro, con el tono
plañidero de los mendigos que asaltan las diligencias.
--No, lo que es sin mí no va mi hija--manifestó el papá, con
aspavientos de dignidad.
--¡Llévenos á todos!... Yo me monto atrás--dijo uno de los
chicos.--Diga, señor ¿me tomará de criado?
--Y yo alante--gritó el otro.
--Diga, señor, ¿y cuánto me dará?
Me aturdían estrujándome, porque hablaban más con las patas delanteras
que con la boca, me sofocaban con sus preguntas, con sus gestos, y al
fin, deseando concluir pronto, cargué con todos y los llevé á casa de
mi hermano.
Cuando entré, me reía de mí mismo y de la figura que hacía pastoreando
aquel rebaño. Tuve intención de decir: «ahí queda eso», y marcharme á
donde me solicitaban mi curiosidad y mi afán; pero esto hubiera sido
muy inconveniente, y me detuve hasta ver qué tal recibía Máximo á su
nueva mamá, y cómo se desenvolvía Manuela con los indómitos padres y
hermanitos de la tal Robustiana. Atenta mi cuñada á la necesidad de
su hijo, y á ver si tomaba bien el pecho, no se cuidaba de la cola
que el ama traía. Sentado en el recibimiento, el padre aguardaba con
tiesa compostura el resultado de la prueba; los chicos huían por los
pasillos, aterrados de la vista de Ruperto; y la madre, sin separarse
de su moza, examinaba todo lo que veía con miradas de espanto y júbilo,
y estaba como suspensa y encantada. Tan maravillosa era la casa á sus
ojos, que sin duda se figuraba estar en los palacios del Rey.
Y Maximín, ¡oh Virgen de la Buena Leche! chupaba, y veíamos con gozo
sus buenas disposiciones gastronómicas y aquella codicia egoista con
que se agarraba al negro seno, temeroso de que se lo quitaran. Lica
lloraba de contento.
--Eres un angel del Cielo, Máximo. Si no es por tí... ¡Qué mujer me
has traido! Ya la quiero más... Tiene angel. En seguida la vamos á
poner como una reina. ¿Y su madre?... ¡qué buena es! ¿Y su padre? Un
santo. ¿Y los hermanitos? ¡unos pobrecillos! Ya he dicho que les den de
almorzar á todos... ¡los pobres!... ¡Me da una lástima!... Es preciso
protegerlos bien, sí. Me dijo la madre que no tienen nada que comer,
que no ha llovido nada, que no cogen nada y tienen que pedir limosna...
¡Gente mejor...!
Todo esto me parecía muy bien. Yo no hacía falta allí... Andando.
Pasillos, escalera, calle, ¡qué largos me parecíais!
XXXIV
¡Y al fin entré por tu puerta, casa misteriosa!
Y subí tu escalera nuevecita, estucada, oliendo todavía á pintura,
fresco el barniz de las puertas y del pasamanos. En el principal ví
una placa de cobre que decía: _Doctor Miquis. Consulta de 3 á 6_; más
arriba encontré un carbonero que bajaba, luego el panadero con su gran
banasta, una oficiala de modista de sombreros con la caja de muestras,
y á todos les preguntaba con el pensamiento: «¿venís de allá?»
Y al fin tiré del botón de aquel timbre, que me asustó al sonar
vibrante, y abrióme la puerta una criada desconocida que no me fué
simpática y me pareció, no sé por qué, avechucho de mal agüero. Y héme
aquí en una salita clara, tan nueva que parecía que yo la estrenaba en
aquel momento. De muebles estaba tal cual, pues no había más que tres
sillas y un sofá; pero en las paredes ví lujosas cortinas, y entre los
dos balcones una bonita consola con candelabros y reloj de bronce. Se
conocía que la instalación no estaba concluida, ni mucho menos. Así me
lo manifestó doña Cándida, que majestuosa se dejó ver, acompañada de
una sonrisa proteccionista, por la gran puerta del gabinete.
--Pero, chico... me da vergüenza de recibirte así... Si esto parece una
escuela de danzantes. Estos tapiceros, ¡qué calmosos! Desde el 17 están
con los muebles, y ya ves; que hoy, que mañana. Espera, hombre, espera:
no te sientes en esa silla, que está rota... Cuidado, cuidadito;
tampoco en esa otra, que está un poco derrengada.
Dirigíme á la tercera.
--Aguarda, aguarda. Esa también... Melchora te traerá una butaca del
gabinete... ¡Melchora!...
Dios y Melchora quisieron que yo al fin me sentara.
--¿Irene...?--le pregunté.
--Quizás no la puedas ver... Está algo delicada...
Toda mi atención, toda mi perspicacia, mi arte todo de leer en las
fisonomías no me parecían de bastante fuerza para descifrar el
jeroglífico moral que con fruncimiento de músculos, cruzamiento de
arrugas, pestañeo, pucherito de labios y una postiza sonrisilla
se trazaba en el rostro egipcio de doña Cándida. Ó yo era un sér
completamente idiota, ó detrás de los oscuros renglones de aquel
semblante antiguo había algún sublime sentido. ¡Desgraciado de mí que
no podía entenderlo! Y ponía al rojo mis facultades todas, para que,
llegando al último grado de su poder y sutileza, me dieran la clave que
deseaba.
--Con que delicada...--murmuré, pasándome la mano por los ojos.
Mi cínife iba á decir algo, cuando Irene se presentó. ¡Qué admirable
aparición!
--¿Qué tal te encuentras, hijita?--le preguntó su tía, en quien
sorprendí disgusto.
--Bien--replicó secamente Irene.--Y usted, Máximo, qué caro se vende.
¡Maldito Calígula! Sin género de duda, quería desviarme de mi objeto,
distraerme, interponerse entre Irene y yo con pretextos rebuscados.
--¡Ah!--exclamó con aspavientos que me causaron frío,--¿no has visto lo
que dicen de tí los periódicos?... Te ponen en las nubes. Mira, Irene,
trae _La Correspondencia_ de la mañana. Allí está sobre mi cómoda.
Irene salió. Observé (yo lo observaba todo) que tardaba más tiempo del
que se necesita para traer un papel que está sobre una cómoda. Vino
al fin, trajo el periódico y me lo puso delante. Sobre el periódico
había un papelito pequeño, y en él, escritas con lapiz y al parecer
rápidamente, estas palabras: _Ha venido usted tarde. Nunca hace las
cosas á tiempo. No puedo hablar delante de mi tía. Me pasan cosas
tremendas. Despídase usted diciendo que no vuelve en una semana y
vuelva después de las tres._
Haciendo que leía _La Correspondencia_ guardé con disimulo el papelejo.
Irene me parecía desmejoradísima. Palidez suma y tristeza confirmaban,
diluidas en la tinta suave de su semblante, la veracidad de aquellas
cosas tremendas. Y yo, puesto en guardia con lo que el papel decía,
hablé de lo que no me importaba, de lo alegre de la casa, de sus buenas
vistas y...
--¿Pero no sabes, Máximo--me dijo Calígula de improviso,--que anoche
hemos tenido ladrones en casa? ¡Qué susto, Dios mío!
--¡Señora!
--Ladrones, sí, lo que oyes... una cosa atroz. Esa Melchora que duerme
como un palo, dice que no oyó ni vió nada... Te contaré... Yo duermo
ahora muy mal... estos tunantes de nervios... Serían las dos de
la madrugada, cuando sentí ruido en una puerta. Levantéme, llamé á
Irene... Esta asegura que dormía profundamente... Yo tenía un miedo...
ya puedes figurarte. En fin, que alboroté toda la casa. Melchora dice
que yo veo fantasmas... Podrá ser que mis nervios... pero juraría que á
la claridad de la luna... porque no encontré los malditos fósforos... á
la claridad de la luna ví un hombre que escapaba...
--¿Por la ventana?
--No, por la puerta de la escalera.
Miré á Irene para ver qué decía sobre las fantásticas apariciones, pero
en aquel momento se levantaba y salía diciendo:
--Han llamado, tía; creo que será la modista.
--¿Pero no está Melchora?... Pues sí, Máximo, hemos pasado un susto...
La pobre Irene, al oir mis gritos, salió despavorida. Busca los
fósforos por aquí y por allí... nada. Melchora se reía de nosotras y
decía que estábamos locas...
--¿Pero usted vió...?
--Hombre, que ví... La suerte es que no nos han robado nada. He
registrado, y ni una hilacha me falta... cosa atroz.
--Resultado, que esos ladrones no robarían más que los fósforos...
Esto lo dije, dejando que mi espíritu, espoleado por su pesimismo, se
precipitara á las más extravagantes cavilaciones. Despeñada mi mente,
no conocía ningún camino derecho. ¿Sería verdad lo que doña Cándida
contaba?... Y si no lo era, ¿qué interés, qué malicia, qué fin...?
Pero mi primer cuidado debía ser cumplir el programa consignado con
lapiz trémulo por la mano de la institutriz. Retiréme diciendo que
no volvería hasta dentro de una semana, y pasé las horas que para la
misteriosa cita faltaban, discurriendo por la Castellana, el barrio de
Salamanca y Recoletos. Á las tres y media tiraba otra vez del timbre, y
la misma Irene abría la puerta. Estábamos solos.
--Gracias á Dios--le dije sentándome en el mismo sillón que algunas
horas antes había sacado Melchora para mí y que aún estaba en el mismo
sitio...--Al fin me puede usted decir qué cosas tremendas son esas...
--¡Y tan tremendas!...
¡Qué temblor el de sus labios, qué falta de aire en sus pulmones, qué
palidez mortal y qué timbre de pánico y duelo el de su voz al decirme!:
--¡Si usted no me salva, si usted no me prueba que se interesa por esta
huérfana desgraciada!...
No sé, no sé lo que pasó en mi interior. La efusión de mi oculto
cariño, que se expansionaba y se venía fuera, cual oprimido gas que
encuentra de súbito mil puntos de salida, hallaba obstáculos en el
temor de aquella soledad traicionera, en el comedimiento que me parecía
exigido por las circunstancias; y así, cuando las más vulgares reglas
del romanticismo pedían que me pusiera de rodillas y soltara uno de
esos apasionados ternos que tanto efecto hacen en el teatro, mi timidez
tan sólo supo decir del modo más soso posible:
--Veremos eso, veremos eso...
Y lo dije cerrando los ojos y moviendo la cabeza, mohín de cátedra, que
la costumbre ha hecho más fuerte que mi voluntad.
--¿Pero usted no lo adivina?... ¿usted no comprende que mi tía me
tiene aquí prisionera para venderme á D. José? Esto es la cosa más
tremenda que se ha visto. ¿Quién ha puesto esta casa? D. José. ¿Quién
ha amueblado aquel gabinetito? D. José. ¿Quién viene aquí las tardes
y las noches á ofrecerme veinte mil regalos, cositas, porvenires, qué
sé yo, villas y castillos? D. José. ¿Quién me persigue con su amor
empalagoso, quién me acosa sin dejarme respirar? D. José. He tenido la
desgracia de que ese señor se enamore de mí como un loco, y aquí me
tiene usted puesta entre lo que más odio, que es su hermanito de usted,
y la necesidad de matarme, porque estoy decidida á quitarme la vida,
amigo Manso, y como hoy mismo no encuentre usted medio de librarme de
esto, lo juro, sí, lo juro, me tiro á la calle por ese balcón.
Petrificado la oí; balbuciente le dije:
--Lo sospechaba. Si usted no me hubiera prohibido venir acá desde el
primer día, quizás le habría evitado muchos disgustos.
--Es que yo...
Al argumentarme, había tropezado en una velada y misteriosa idea,
quizás en la misma que á mí me faltaba para ver aquel asunto con
completa claridad. Ocurrióseme entonces un argumento decisivo.
--Vamos á ver, Irene--le dije procurando tomar un tono muy
paternal.--¿Por qué tenía usted tanta prisa en salir de la casa, donde
no debía temer las asechanzas de mi hermano? ¿No consideraba usted,
en su buen juicio, que doña Cándida al poner esta casita y traerla á
usted, la traía á una ratonera? Yo lo sospeché; mas no me era posible
intervenir en asunto tan delicado... ¿Por qué le faltó á usted tiempo
para abandonar aquella colocación honrada y tranquila?
--Allí también me perseguía.
--Pero allí precisamente tenía usted poderosas defensas contra él,
mientras que aquí...
--Porque mi tía me engañó.
--Imposible. Doña Cándida no puede engañar á nadie. Es como las
actrices viejas y en decadencia, que no consiguen producir ilusión
ninguna en quien las ve representar. Por la atrocidad excesiva
de sus embustes, esta infeliz señora se vende á sí misma, apenas
empieza á desempeñar sus innobles papeles. Su loco apetito de dinero
ha corrompido en ella hasta los sentimientos que más resisten á
la corrupción. Yo creí que usted no caería en semejante lazo, tan
torpemente preparado. Usted misma se ha lanzado al abismo... Y no se
justifique ahora con razones rebuscadas; llénese usted de valor y
dígame el motivo grande, capital, que ha tenido para abandonar aquella
casa. Ese motivo no lo sé; pero lo sospecho. Venga esa declaración, ó
me faltará la fé en usted, que me es necesaria para salir á la defensa.
Nada hay más erróneo, Irene, que la mitad de la verdad. Yo no puedo
patrocinar la causa de una persona cuya conciencia no se me manifiesta
sino por indicaciones incompletas y vagas. No quiero evitar un mal y
proteger neciamente la caída en otro peor. Desde el momento en que
usted llama á un abogado en su defensa, muéstrele todos los lados de
su asunto; no le oculte nada: infúndale con su franqueza el valor y
la convicción que él, á causa de sus dudas, no tiene. Una persona que
la ha tratado á usted de cerca me ha dicho: «no te fíes de ella, es
una hipócrita.» Arránqueme usted las raicillas que estas palabras han
echado en mi pensamiento, y ya me tiene usted pronto á servirla como
jamás hombre alguno ha servido á mujer desvalida.
Esto le dije; estuve elocuente, y un si es no es sutil ó caballeresco.
Á medida que hablaba, comprendí el grandísimo efecto que cada
palabra hacía en su espíritu turbado, y antes de terminar, observéla
desasosegada, luego afligida, al fin llena de temor.
Yo creía hallarme en terreno firme.
--Reconoce usted--le dije en tono de amigo,--que antes de pedirme mi
ayuda para salir de la ratonera, debe declararme alguna cosa, ¿no es
eso? ¿alguna cosa que nada tiene que ver con mi hermano?... Digamos,
para mayor claridad, que es como un mundo aparte.
Humildemente dolorida inclinó su cabeza, y como próxima á sucumbir,
respondió:
--Sí señor.
Esta afirmación respetuosa me lastimó en el alma, como si me la
hendieran de arriba abajo, con formidable sacudida. Sentí un
hundimiento colosal dentro de mí, algo como el caer de la vida, la
total ruina mía interior. Costóme trabajo sumo sobreponerme á la
aflicción... No la quería mirar, abatida delante de mí, con no sé qué
decaimiento de suicida y resignación de culpable. Conté y medí las
palabras para decirle:
--Puesto que eso que necesito saber no es ni puede ser vergonzoso, no
me tenga usted en ascuas más tiempo.
¡Dios mío, nunca dijera yo tal cosa! La ví acometida repentinamente de
horrible congoja... Su cara fué el dolor mismo, después la vergüenza,
después el terror... Rompió á llorar como una Magdalena, levantóse del
asiento, echó á correr, huyó despavorida y desapareció de la sala.
No supe qué hacer; quedéme perplejo y frío... Sentí sus gemidos en la
habitación cercana. Dudé lo que haría, y al fin corrí allá. Encontréla
arrojada con abandono en un sillón, apoyada la cabeza sobre el frío
mármol de una consola, llorando á mares.
--No quiero verla á usted así... no hay motivo para eso...--murmuré
conteniéndome para no llorar como ella.--Usted se juzga quizás con más
rigor del que debe... Desde luego yo...
Con la mano derecha se cubría el rostro, y con la izquierda hizo un
movimiento para apartarme.
--Déjeme usted... Manso... yo no merezco...
--¿Qué, criatura?
--Que usted me... proteja. Soy la más desgraciada...
Y más llanto, y más.
--Pero sea usted juiciosa... Veamos la cuestión; examinémosla
fríamente...
Esta tontería que dije no hizo, como es de suponer, ningún efecto. Y
ella con la izquierda mano me quería alejar.
--No, no me marcharé... No faltaba más... Ahora menos que nunca.
--Yo no merezco... Me he portado tan mal...
--Pero hija mía...
No pudiendo calmar su horroroso duelo, ni arrancarle una palabra
explícita, volví á la sala, donde estuve paseándome no sé cuánto
tiempo. Al dar la vuelta me veía en el espejo con semblante tétrico
y los brazos cruzados, y me causaba miedo. No sé las curvas que
describí ni los pensamientos que revolví. Creo que anduve lo necesario
para dar la vuelta al mundo, y que pensé cuanto puede irradiar en
su giro infinito la mente humana. Los gemidos no concluían, ni
aquella tristísima situación parecía tener término. De pronto sonó
el picaporte: alguien entraba. Sentí la voz de Melchora armonizada
ásperamente con la de doña Cándida. Al fin llegaba la maldita; ¡buena
le esperaba!... Entró...
No sé pintar el asombro de la señora de García Grande al abrir la
puerta de la sala y verme. Con el rápido chispazo de su vista perspícua
debió de conocer mi enojo y la tormenta que la amenazaba. Por mi parte,
nunca me pareció más odiosa su faz de emperador romano, que, con la
decadencia, tocaba á la caricatura, ni me enfadaron tanto su nariz de
caballete, sus cejas rectilíneas, su acentuada boca, su barba redondita
y su gruesa papada á lo Vitelio que le colgaba ya demasiadamente, y con
el hablar le temblaba y parecía servirle de depósito de los embustes.
Su primer pensamiento y palabra fueron:
--Pero qué... ¿se te olvidó algo?...
No le respondí. Mi cólera me puso una mordaza... La papada de doña
Cándida temblaba y sus cejas culebrearon. Acercóse á la puerta del
gabinete, abrióla, vió á su sobrina consternada, y miróme después. Tuvo
miedo, y de tanto temer, no pudo decirme nada. Yo seguía paseándome,
y el silencio y las miradas suplían con ventaja entre los dos á
cuanto pudiera expresar la voz... Pasado el primer momento de enojo,
debió Calígula pedir fuerzas á su malicia, porque me pareció que se
envalentonaba. Después de gruñir, con artificio de cólera digna,
sentóse, y sin mirarme se permitió decir:
--Me gusta... Como si cada cual no supiera lo que tiene que hacer en su
casa, sin necesidad de que vengan los extraños á mangonear...
Entre ahogarla y afrontar su descaro con ventajosa actitud de ironía
y desprecio, preferí esto último. Entróme una risa nerviosa, fácil
desahogo de la cólera que me amargaba el corazón y los labios, y con
todo el desdén del mundo, dije á mi cínife:
XXXV
«Proxenetes.»
--¿Qué, hombre?
--_Proxenetes._ Se lo digo á usted en griego para mayor claridad.
--¡Ay! estos señores sabios ni siquiera para insultarnos saben hablar
como la gente.
--Alguien vendrá que le hablará á usted más claro que el agua.
--¿Quién?
--El juez de primera instancia.
Ni con risitas, ni con un gesto de desprecio pudo disimular su terror.
Yo seguía paseándome. Sucedió larga pausa, durante la cual ví que el
fiero Calígula batía compases con una mano sobre el brazo del sillón...
Su ingenio debió inspirarle el cómodo partido de desviar el asunto,
ingiriendo otro completamente extraño, en el cual podía hacer el papel
de víctima.
--Tú siempre tan inoportuno y tan... filosófico. Vienes aquí cuando
no se te llama, y haces aspavientos. Mejor te ocuparas de lo que más
nos importa á todos, y no me pusieras en mal lugar, como lo has hecho
hoy... Sí: porque de haber sabido lo que pasaba, de haber sabido que
Maximín se quedó sin ama, ¿cómo no hubiera volado yo á casa de Lica
para buscarle al instante otra?... ¡Ay, qué apunte eres! Como si yo no
existiera... Es hasta una falta de respeto, sí señor. Bien sabes que
tengo tanto interés como tú, como la misma Manuela... Francamente, este
olvido me ha llegado al alma. ¡Y tú tan sabio como siempre! En vez de
correr en busca mía y contarme lo que pasaba, te fuiste al Gobierno
civil para buscar por tí mismo... Ya, ya sé que llevaste á la casa una
familia de cafres... Precisamente, conozco una ama que no tiene precio.
Véase aquí lo que se saca de interesarse por los demás: desaires y más
desaires.
Y yo, pasea que pasearás... La oía como quien oye llover sandeces.
--Luego se espantan de que se nos agrie el caracter, de que un disgusto
tras otro, y por añadidura los achaques y males nerviosos, pongan á
una infeliz mujer en el estado más triste del mundo. De aquí resultan
cosas que parecen distintas de lo que son. Cada una en su casa hace
lo que le acomoda, siempre dentro del límite de los deberes y de la
dignidad á que las personas de cierta clase no podemos faltar nunca.
Viene luego cualquiera que no está en antecedentes, y por lo primero
que ve, juzga y sentencia de plano sin enterarse. Una chica mimosa y
llorona contribuye con sus tonterías á embrollar la cuestión; el sabio
se acalora, se pone á hacer papeles caballerescos... y si mediara una
explicación, todos quedarían en buen lugar...
Aquel zumbido me mortificaba de un modo indecible. No me podía contener.
--Señora...
--Qué.
--¿Quiere usted hacer el favor de callarse?
--¡Qué falta de respeto! ¿Quieres tú hacerme el favor de marcharte?
Estoy en mi casa... Mucho estimo á tu familia, mucho quise á tu madre,
aquel angel del cielo, aquella criatura sin igual... ¡Ah! no os
pareceis á ella, y si resucitara y se nos presentase aquí, me juzgaría
como merezco... Digo que mucho la quise, y mucho vale para mí su
recuerdo al hallarme delante de tu descortesía; pero ésta puede llegar
á ser tal que no pueda perdonarla... Porque esto es una iniquidad,
Máximo; una cosa atroz. Lo que haces conmigo no tiene nombre. ¡Venir á
insultarme á mi propia casa!... sin reparar mis canas... sin acordarte
de aquella santa...
La papada se movía tanto que parecían agitarse impacientes dentro de
ella todas las farsas, todos los embustes y trampantojos almacenados
para un año. Al mismo tiempo pugnaba por traer á su defensa un
destacamento de lágrimas, que al fin, tras grandes esfuerzos, asomaron
á sus ojos.