Por mi parte debo declarar que la admiración que Manuel me causaba y

el regocijo de presenciar triunfo tan grande del que había sido mi

discípulo, me ponían un nudo en la garganta. Sí: yo podía tomar para

mí una parte, siquier pequeña, de la gloria que el divino muchacho

recogía á manos llenas aquella noche. Si recibió de la Naturaleza aquel

extraordinario hechizo de la palabra, yo había labrado la pedrería

de su grande ingenio; yo había dado á sus dones nativos la vestidura

del arte, sin la cual habrían parecido desaliñados y toscos; yo le

había enseñado lo que fueron y cómo se formaron los grandes modelos, y

sin duda de mí procedían muchos de los medios técnicos y elementales

de que se valía para obtener tan admirables efectos. Así, cuando al

terminar un párrafo estallaba en el público una tronada de aplausos, yo

me rompía las manos y deseaba estar cerca del orador para estrecharle

entre mis brazos.

¿Y de qué hablaba? No lo sé fijamente. Hablaba de todo y de nada. No

concretaba, y sus elocuentes digresiones eran como una escapatoria del

espíritu y un paseo por regiones fantásticas. Y sin embargo, notábanse

en él pujantes esfuerzos por encerrar su fantasía dentro de un plan

lógico. Yo le veía sujetando con firme rienda el brioso caballo alado

que en las alturas se encabritaba, insensible al freno y al látigo. Con

estar yo tan fascinado como los demás oyentes, no dejaba de comprender

que el brillante discurso, sometido á la lectura, habría de presentar

algunos puntos vulnerables y tantas contradicciones como párrafos. Mi

entusiasmo no embotaba en mí el don de análisis, y, temblando de gozo,

hacía yo la disección del esqueleto lógico, vestido con la carne de tan

opulentas galas... Pero, ¿qué importaba esto si el principal objeto

del orador era conmover, y esto lo conseguía plenamente hasta el último

grado? ¡Qué admirable estructura de frases, qué enumeraciones tan

brillantes, qué manera de exponer, qué variedad de tonos y cadencias,

qué secreto inimitable para someter la voz al sentido y obtener con la

unión de ambos los más sorprendentes efectos, qué matices tan variados,

y por último, qué accionar tan sobrio y elegante, qué dicción enérgica

y dulce sin descomponerse nunca, sin incurrir en la declamación, ni

salmodiar la frase! Las imágenes sucedían á las imágenes, y aunque no

todas eran de gran novedad, y áun había alguna que aparecía un poco

mustia, como flor que ha sido muy manoseada, el público, y yo también,

las encontrábamos admirables, frescas, bonitas. Algunas eran de

encantadora novedad.

Pero, ¿de qué hablaba? De lo que él mismo había dicho, del

Cristianismo, de la redención y enaltecimiento de la mujer, de la

libertad y un poco de los ideales grandes del siglo XIX. Allí salieron

á relucir Isabel la Católica dando sus alhajas, Colón _redondeando la

civilización_ y Stephenson que, con la locomotora, _ha emparentado

las partes del mundo_... Allí oí algo de las catacumbas de Lincoln,

el _Cristo del negro_, de las hermanas de la Caridad, del cielo de

Andalucía, de Newton, de las Pirámides y de los caprichos de Goya, todo

enlazado y tejido con tal arte, que el oyente le seguía de sorpresa en

sorpresa, pasmado y hechizado, á veces con fatiga de tanta luz, de tan

variados tonos y de transiciones tan gallardas.

Cuando concluyó, parecía que se desplomaba el teatro, y que todo su

maderámen crujía y se desarmaba con la vibración de las palmadas. Los

más cercanos se abalanzaban hacia el escenario como si le quisieran

abrazar, y las señoras se llevaban el pañuelo á los ojos para secarse

alguna lágrima, por ser cosa corriente en ellas que toda emoción, y el

entusiasmo mismo, las hagan llorar. Manuel se retiraba, y los aplausos

le hacían volver á salir tres, cuatro, qué se yo cuántas veces. El

señor de Pez, no queriendo dejar de hacer algún papel conspícuo en

tan solemne ocasión, sacaba de la mano al joven y le presentaba al

público con paternal solicitud. Alguien decía: «es un niño;» otros,

«qué prodigio,» y yo gritaba á los vecinos del palco próximo: «es mi

discípulo, señores, es mi discípulo.»

Lica se volvió á mí y me dijo:

--¡Qué lástima que no haya venido su mamita á oirle!

Y doña Jesusa, suponiéndome desairado, me miró con benevolencia, y me

dijo:

--También usted ha estado muy bien...

¡Y yo que no me acordaba de mi discurso, ni de la funesta corona!

--¡Qué lástima que no hubiéramos traido dos guirnaldas!

--Á propósito, Manuela, ¡qué inoportunas estuvisteis!...

--Calla, chinito, más mereces tú.

--Si es que Máximo--me dijo doña Jesusa, reforzando su benevolencia

porque me suponía triste del bien ajeno,--estuvo también muy bueno...

Todos, todos han estado buenos...

Y la otra no decía nada. Cuando concluyeron los aplausos volvió á su

asiento. La miré; tenía las mejillas encendidas; también había llorado.

--¡Qué bueno, qué bueno!--exclamaba Lica sin cesar.--Este niño es un

milagro. ¿Qué le ha parecido á usted, Irene?

Irene me miró, y tuvo una frase celestial.

--Hace honor á su maestro.

--Este muchacho--afirmé yo,--será un gran orador. Ya lo es. Parece

que en él ha querido la Naturaleza hacer el hombre tipo de la época

presente. Está cortado y moldeado para su siglo, y encaja en éste como

encaja en una máquina su pieza principal.

--Ahí, en el palco de al lado, decía un señor que Manuel será ministro

antes de diez años.

--Lo creo; será todo lo que quiera; es el niño mimado del destino.

Todas las hadas le han visitado en su nacimiento...

--Me parece que debemos marcharnos. Yo estoy muy cansada. ¿Y usted,

mamá?

--Por mí, vámonos.

--¿Y no oimos al tenor?--indicó Mercedes con desconsuelo.

--Niña, en el Real le oiremos.

Levantáronse. Irene estaba en el antepalco distribuyendo abrigos.

Cuando todos se abrigaron, también ella tomó el suyo. Yo atendí

primero á doña Jesusa, á Lica, á Mercedes, después á ella que, con su

alfiler en la boca, desdoblaba el mantón para ponérselo. Irene me dió

las gracias. No sé por qué se me antojó que lloraba todavía. ¡Engaño

de mis embusteros ojos!... Salimos. El negrito se colgó de mi brazo

obligándome á inclinarme del costado derecho. Todo era para alcanzar mi

oido con su hociquillo y decirme en tímido secreto:

--Ninguno ha estado tan bien como _taita_. Mi amo Máximo les gana á

todos, y si dicen que no...

--Calla, tonto.

--_Po que_ no lo entienden.

La necesidad de acompañar á la familia me privó de ir al escenario para

dar un estrecho abrazo á mi querido discípulo. Pero yo le vería pronto

en su casa, y allí hablaríamos largamente del colosal éxito de aquella

noche...

¡Y mi corona que se había quedado en el escenario! Mejor: _in mente_ se

la regalaba yo al arpista. No apoyaba esta idea Lica, que me dijo al

subir al coche:

--Bien dice Irene que eres un sosón... ¿Por qué no has traido la

corona? ¿Crees que no la mereces?... Pues sí que la mereces. Fué idea

mía, ¿qué te parece?

--No, que fué idea mía--replicó prontamente la niña Chucha.

--No reñir, señoras; quedemos en que fué idea de las dos, lo cual no

impide que sea una idea detestable.

--Mal agradecido.

--Relambido.

--Como no hubo tiempo, no pudimos escoger una cosa mejor. Lica escogió

las flores.

--Y yo las hojas verdes.

--Y yo las cintas encarnadas.

--Pues todas, todas han tenido un gusto perverso.

--Bueno, bueno, no te obsequiaremos más.

--¡Ay, qué fantasioso!

Irene callaba. Iba junto á mí en el asiento delantero, y con el

movimiento del coche su codo y el mío se frotaban ligeramente. Si

fuera yo más inclinado á hacer retruécanos de pensamiento, diría que de

aquel rozamiento brotaban chispas, y que estas chispas corrían hacia mi

cerebro á producir combustiones ideológicas ó ilusiones explosivas...

Con el cuneo del coche se durmió doña Jesusa. Lica se echó á reir, y

dijo:

--Ya mamá está en la Bienaventuranza. ¿Y usted, Irene, se ha dormido

también?

--No, señora--replicó la maestra con cierta sequedad.

--Como está usted tan callada... Y tú, Máximo, ¿qué tienes que no

hablas?

Advertí entonces que no había desplegado mis labios en buen espacio de

tiempo. No sé si dije algo para responder á Lica. Llegamos, por fin,

á casa. Nada aconteció digno de ser contado. Aburrimiento general y

desfile de cada persona hacia su habitación. Yo quise decir algo á

Irene; la sentí detrás de mí cuando me despedía de doña Jesusa en el

pasillo; volvíme, dí algunos pasos, y ya había desaparecido. Fuí al

comedor... nada. En el gabinete de Manuela... tampoco. Pregunté á la

mulata... La señorita Irene se había encerrado en su cuarto... ¡Ay, qué

prisa, Dios mío!... Bien, bien, yo también me retiro.

El negrito se me colgó del brazo para hacerme inclinar y hablarme al

oido. Siempre me decía sus cosas en secreto, con un susurro cariñoso

que parecía infiltrar en mi espíritu el extracto más puro de la

inocencia humana. Sus palabras fueron breves y revelaban cándido

orgullo.

--Yo _taje_ la corona de la tienda.

--Bueno, hombre, que te aproveche. Adios.

Antes de subir á casa quise felicitar á doña Javiera. La pobre señora

estaba fuera de sí. También ella había ido al teatro, y presenciado

desde el paraíso el grandioso triunfo de su querido hijo. Este le

había llevado un palco; pero ella no quiso ocuparlo y lo cedió á unas

amigas: temía que su amor materno la arrastrase á hacer demostraciones

demasiado violentas, con lo que se pondría en ridículo. En el paraíso,

acompañada tan sólo de la criada, había llorado á sus anchas, y cuando

oyó los palmoteos y vió el loco entusiasmo del público, creyóse

trasportada al Cielo. Á la conclusión, la buena señora había perdido el

conocimiento, y por poco me la llevan á la casa de socorro. Abrazóme

con ardiente alegría, diciéndome que yo, como maestro de aquel milagro

de la Naturaleza, tenía la mejor parte en su victoria.

Por allí no decían más sino: «Este muchacho va á hacer la gran

carrera... El mejor día me le ponen de diputado y de ministro. Vaya un

hombrecito...» Figúrese usted, amigo Manso, si estaría yo hueca. Se me

caía la baba y lloraba como una tonta. Me daban ganas de ponerme en

pié y gritar desde la barandilla del paraíso: «Si es mi hijo, si le he

parido y le he criado á mis pechos...» La suerte que me desmayé... En

fin, yo estaba loca. El corazón se me había puesto en la garganta...

Por cierto que le ví á usted en un palco alto con las señoras. Yo le

miré muy mucho á ver si me columbraba, para hacer una seña diciendo;

«aquí estamos todos.» Pero usted no miró... ¡Ah! y ahora que me

acuerdo. También usted habló muy requetebién. Allí, al lado mío, había

un señor muy descontentadizo que dijo tonterías de usted... Casi

reñimos él y yo, y cuando le echaron la corona las del palco, grité: «á

ese... bien, bien...» Si he de decirle la verdad, desde arriba no se

oyó nada de lo que usted dijo, porque como habla usted tan bajito... Es

el caso que como oía tan mal me iba quedando dormida. Desperté asustada

cuando le echaban á usted la corona, y entonces dí unas palmotadas...

Después vino el verso. ¡Y qué verso tan precioso! ¡Á mí me daba un

gusto!... Esto de oir buenos versos es como si le hicieran á una

cosquillas. Se ríe y se llora... no sé si me explico.

Y por aquí siguió charlando. Yo estaba fatigadísimo y deseaba

retirarme. Era muy tarde y Manuel no venía. Deseaba yo verle aquella

misma noche para felicitarle con toda la efusión de mi leal cariño;

pero tardaba tanto, que me fuí á mi cuarto tercero y me recogí, ávido

de silencio, de quietud, de descanso.

XXIX

¡Oh, negra tristeza!

Fúnebre y pesado velo, ¿quién te echó sobre mí? ¿Por qué os elevasteis

lentos y pavorosos sobre mi alma, pensamientos de muerte, como vapores

que suben de la superficie de un lago caldeado? Y vosotras, horas de

la noche, ¿qué agravio recibísteis de mí para que me martirizárais

una tras otra, implacables, pinchándome el cerebro con vuestro compás

de agudos minutos? Y tú, sueño, ¿por qué me mirabas con dorados

ojos de buho haciendo cosquillas en los míos, y sin querer apagar

con tu bendito soplo la antorcha que ardía en mi mente? Pero á nadie

debo increpar como á vosotros, argumentos ténues de un raciocinio

quisquilloso y sofístico...

Tú, imaginación, fuiste la causa de todos mis tormentos en aquella

noche aciaga. Tú, haciendo pajaritas con una idea y enredando toda la

noche; tú, la mal criada, la mimosa, la intrusa, fuiste quien recalentó

mi cerebro, quien puso mis nervios como las cuerdas del arpa que oí

tocar en la velada. Y cuando yo creía tenerte sujeta para siempre,

cortaste el grillete; y juntándote con el recelo, con el amor propio,

otros pillos como tú, me manteásteis sin compasión, me lanzásteis al

aire. Así amaneció mi triste espíritu rendido, contuso, ofreciendo todo

lo que en él pudiera valer algo por un poco de sueño...

La verdad es que no tenían explicación racional mi desvelo y mis

tristezas. Se equivoca el que atribuya aquella desazón á heridas

del amor propio por el pasmoso éxito del discurso de Manuel Peña

comparado con el mío que fué un éxito de benevolencia. Yo estaba, sí,

muy arrepentido de haberme metido en veladas; pero no tenía celos

de mi discípulo, á quien quería entrañablemente, ni había pensado

nunca disputarle el premio en la oratoria brillante. La causa de mi

hondísima pena era un presentimiento de desgracias que me dominaba

sobreponiéndose á todas las energías que mi espíritu posee contra

la superstición; era un cálculo basado en datos muy vagos, pero

seductores, y con lógica admirable llegaba á la más desconsoladora

afirmación. En vano demostraba yo que los datos eran falsos; la

imaginación me presentaba al instante otros nuevos, marcados con el

sello de la evidencia.--Al levantarme, me dije:

«Soy una especie de Leverrier de mi desdicha. Este célebre astrónomo

descubrió al planeta Neptuno sin verle, sólo por la fuerza del

cálculo, porque las desviaciones de la órbita de Urano le anunciaban

la existencia de un cuerpo celeste hasta entonces no visto por humanos

ojos, y él, con su labor matemática, llegó á determinar la situación de

este lejano y misterioso viajero del espacio. Del mismo modo yo adivino

que por mi cielo anda un cuerpo desconocido; no le he visto, ni nadie

me ha dado noticias de él; pero como el cálculo me dice que existe,

ahora voy á poner en práctica todas mis matemáticas para descubrirlo.

Y lo descubriré; me lo profetiza la irregular trayectoria de Urano,

el planeta querido, irregularidades que no pueden ser producidas sino

por atracciones físicas. Esta pena profunda que siento consiste en que

llega hasta mí la influencia de aquel cuerpo lejano y desconocido. Mi

razón declara su existencia. Falta que mis sentidos lo comprueben, y lo

probarán ó me tendré por loco.»

Esto dije, y me fuí á mi cátedra, donde varios alumnos me felicitaron.

Yo estaba tan triste, que no expliqué aquel día. Hice preguntas, y no

sé si me contestaron bien ó mal. Impaciente por ir á la casa de mi

hermano, abandoné la clase antes de que el bedel anunciara la hora.

Cuando satisfice mi deseo, la primera persona á quien ví fué Manuela,

que me dijo con mucho misterio:

--Cosa nueva. Sabes que doña Cándida está encerrada con José María en

el despacho. Negocios...

--Pobre José; de ésta va á San Bernardino.

--Cállate, niño. Si está más rica... Si ha vendido unas tierras...

--¡Tierras!... Será la que se le pegue á la suela de los zapatos. Lica,

Lica, aquí hay algo... Voy á defender á José. Calígula es terrible; le

habrá embestido con mil mentiras, y como es tan generoso...

--No, déjalos... Pero chitito; aquí viene la de García Grande.

Era ella, sí; entró en el gabinete como recelosa, acomodándose algo

en el luengo bolsillo de su traje. ¡Ah! sin duda acariciaba su presa,

el pingüe esquilmo de sus últimas depredaciones. ¡Cómo revelaba su

mirar verdoso la feroz codicia calmada, la reciente satisfacción de un

rapaz apetito...! Nos miró con postiza dulzura, sentóse majestuosa, y

volviéndose á tocar el bolsillo, se dejó decir:

--Ya, ya negocié esas letras. ¡Es tan bueno José!... ¡Hola! ¿estás

ahí, sosón? Me han dicho que anoche estuviste medianillo. Parece que

se durmió el público en masa. Eso me han contado. El que parece que

estuvo admirable fué ese Peñilla... ese que es hijo de la carnicera tu

vecina... Vamos á otra cosa, Manolita; ¿sabe usted que tengo que darle

un disgusto?

--¿Á mí? ¿Qué?--exclamó mi pobre cuñada asustadísima.

--Hija, creo que tendré que llevarme á Irene. Ya ve usted... Estoy tan

sola y tan delicadita de salud... Luego mi posición ha variado tanto,

que verdaderamente no está bien que Irene... me parece á mí... sea

institutriz asalariada, teniendo una tía...

--Rica.

--Rica no; pero que tiene lo necesario para vivir cómodamente. ¿No cree

usted lo mismo? ¿No cree usted que debo llevarla conmigo para que me

acompañe, para que me cuide...?

--Claro...

--Es mi única familia; yo la he criado, ella será mi heredera... porque

estoy tan mal, tan mal, Manuela, créalo usted...

Soltó una lágrima pequeñita, que se disolvió en una arruga y no se supo

más de ella.

--Esto no quiere decir--prosiguió,--que yo me lleve á Irene de prisa y

corriendo; sería una cosa atroz. Puede estar aquí algunos días, para

que complete las lecciones... ó si quiere usted que se quede hasta que

se le encuentre sucesora... Eso usted y ella lo decidirán. Está tan

agradecida, que... ya, ya le costará algunas lágrimas salir de aquí.

Adora á las niñas.

Manuela estaba algo desorientada.

--¿Y el ama?--preguntó mi cínife demostrando vivísimo interés.--¿Siguen

los antojos y las...?

--¡Ah!--exclamó Manuela;--no me hable usted, doña Cándida...

Insoportable, insoportable. Es un demonio.

Dejélas hablando del ama, y corrí á donde me impelía mi ardiente

curiosidad. Estaba Irene dando la lección de Gramática, y la sorprendí

diciendo con voz dulcísima: _hubiérais_, _habríais_ y _hubiéseis amado_.

Mi ansiedad me quitaba el aliento, y apenas lo tuve para preguntarle:

XXX

«¿Con que se nos va usted?»

--Sí--me dijo en tono resuelto, mirándome de lleno, como si vaciara

(así me parecía) todo el contenido luminoso de sus ojos sobre mí.

--De veras. ¿Y cuándo?

--Hoy mismo. Lo que ha de ser...

--¡Qué pícara!... ¿Pero tiene usted algún motivo de descontento en la

casa?

--No diga usted tonterías. ¡Descontenta yo de la casa! Diga usted

agradecidísima.

--Entonces...

--Pero es preciso, amigo Manso. No se ha de estar toda la vida así. Y

si tengo que salir de la casa, ¿no vale más hacerlo de una vez? Cada

día que pase ha de serme más penoso... Pues nada, hago un esfuerzo,

tomo mi resolución...

--¡Es tremendo!...--exclamé hecho un tonto, y repitiendo su adjetivo

favorito.

--Sí señor; me corto la coleta... de maestra,--replicó echándose á reir.

¿No revelaba su rostro una alegría loca? Ó así era, ó soy lo más

torpe del mundo para leer tus signos, alma humana. Aquella alegría

me desconcertó, porque habíamos llegado á un punto en que todo

desconcertaba, y sólo le dije:

--¿Hay proyectos?...

--Sí señor, tengo mis proyectillos... ¡y qué buenos! ¿Pues qué? Creía

usted que sólo los sabios tienen proyectos.

Las dos niñas, Isabel y Merceditas, nos miraban absortas, con sus

abiertos libros en las manos y abandonadas éstas sobre las rodillas.

Saboreaban quizás aquel descanso en la lección, y de seguro nos habrían

agradecido mucho que nos estuviéramos charlando todo el día.

--No, no, no.--Yo celebro que usted tenga proyectos y que deje esta

vida... Mucho hay que hablar sobre el particular... Pero siga usted la

lección, que después...

--¿Hablaremos?... sí señor; yo también deseo hablar con usted; pero es

tanto lo que hay que decir...

--Luego... aquí--dije, y en el momento que tal decía, me acordaba de la

solemnidad con que los actores suelen pronunciar aquellas palabras en

la escena.

De la manera más natural del mundo yo me volvía melodramático. Creo que

me puse pálido y que me temblaba la voz.

--Aquí no...--indicó ella respondiendo á mi turbación con la suya,

y mirando á los chicos y á la Gramática, como solicitada por la

conciencia de sus deberes pedagógicos.

Y el _aquí no_ salió de sus labios timbrado con un dulce tono de

precaución amorosa. Era el sutil instinto de prudencia, que ya en la

primera travesura femenina suele aparecer tan desarrollado como si el

uso de muchos años lo cultivara.

--Es verdad, aquí no--repetí.

Yo no tenía iniciativa. Ella la tenía toda, y me dijo:

--En mi casa, en mi nueva casa. ¿Pero no ha de ir usted á visitarnos?

--Mañana mismo.

--Poquito á poco. Ya le avisaré á usted.

--¿Pero será pronto?

--Creo que sí. Por ningún caso vaya usted antes de que yo le avise.

Y me dió sus señas escritas con lapiz en un papelito. Sentí susurro

de voces junto á la puerta, y los cuatro empezamos á conjugar con un

fervor...

Lica entró de muy mal talante. Oimos la voz de José María que se

alejaba, y comprendí que entre marido y mujer había chamusquina... Pero

mi hermano se fué á almorzar fuera, suspendiendo así las hostilidades,

y cuando almorzábamos Manuela y yo, ésta, muy alterada, me dijo:

--Ya se fué doña Cándida. ¡Qué cosa!... Nunca he visto en ella tanta

prisa para marcharse. Estaba deshecha. Con decirte que no ha querido

quedarse á almorzar... Esto no se comprende, el mundo se acaba. No sé

qué tengo, Máximo. Doña Cándida me ha dado que pensar hoy. Tenía tanta

prisa... Yo le preguntaba sobre su nueva casa, y me respondía mudando

la conversación y hablando de otras cosas. Vaya, vaya, como no salga

verdad lo que tú dices, y resulte que es una fantasiosa...

Yo me callé. No, no me callé; pero sólo dije:

--Pronto lo sabremos.

Y ella, taciturna, siguió almorzando entre suspiros, y yo, meditabundo,

apenas probé bocado.

José María volvió más tarde. Las ocupaciones que tenía en su despacho

parecían un pretexto para estar en la casa á cierta hora. Mostróse

complaciente conmigo y con Manuela; mas el artificio de su forzada

bondad, se descubría á la legua. Nos dijo que el tiempo estaba

magnífico, y enseñándonos billetes de invitación para no sé qué fiesta

de caridad que había en los Jardines del Retiro, nos animó á que

fuéramos. Manuela no quiso ir ni yo tampoco.

--¿Y tú no vas?--preguntó á su marido.

--Ya ves. Tengo que hacer aquí.

Aparentemente tenía ocupaciones. En el recibimiento y en la sala había

ración cumplida de pedigüeños de todas categorías; los unos empleados

cesantes, los otros pretendientes puros. Desde que mi hermano empezó

á figurar, las nubes de la empleomanía descargaban diariamente sobre

la casa abundosa lluvia de postulantes. Oficiales de intervención,

guardas de montes, empleados de consumos, innumerables tipos que habían

sido, que eran ó querían ser algo venían sin cesar en solicitud de

recomendación. Quién traía tarjeta de un amigo, quién carta, quién

se presentaba á sí mismo. José María, cuyo egoismo sabía burlar toda

clase de molestias siempre que no le impulsara á sobrellevarlas el amor

propio, se quitaba de encima casi siempre, con mucho garbo, la enojosa

nube de pretendientes, y salía dejándoles plantados en el recibimiento

ó mandándoles volver. Pero aquel día mi benéfico hermano quiso dar

indubitables pruebas de su interés por las clases desheredadas, y fué

recibiendo uno por uno á los sitiadores dando á todos esperanzas y

alentando su necesidad ó su ambición.

--Está bien: déme usted una nota... He dado la nota al ministro... Vea

usted lo que me contesta el director: me pide nota... Pero si olvidó

usted ayer darme la nota... Creo que nos equivocamos al redactar la

nota: de ahí viene que la Dirección... Lo mejor es que mande usted otra

nota... Ya he tomado nota, hombre, ya he tomado nota.

Y dando notas, y pidiendo notas, y ofreciéndolas y trasmitiéndolas se

pasó el muy ladino toda la tarde.

Entre tanto, Irene recogía sus cosas. Más de dos horas estuvo encerrada

en su cuarto. Sólo las niñas la acompañaban, ayudándola á empaquetar y

hacer diversos líos. Poco después ví su baul mundo en el pasillo atado

con cuerdas. Cuando se despidió de Manuela, las lágrimas humedecían su

rostro, y su nariz y carrillos estaban rojos. Las dos niñas, medrosas

de su propia pena, se habían refugiado en la clase, donde lloraban á

moco y baba.

--¡Qué tontería!... les dijo Irene corriendo á darles el último

beso.--Si vendré todos los días...

La despedida fué muy tierna; pero Manuela estaba algo atolondrada, y no

se había dejado vencer de la emoción lacrimosa. Serena despidió á la

que había sido institutriz de sus hijas, y la acompañó hasta la puerta.

El amigo Manso · 第 12 / 21 段