del fondo del palco, manteníase á decorosa distancia de Lica, acusando
su inferioridad, pero sin dar á conocer ni sombra de servilismo.
Modesta y digna, me habría cautivado en aquella ocasión, si entonces
la hubiera visto por primera vez. Al salir ví en la penumbra roja
del palco un objeto, una cosa negra, una cara... Me eché á reir,
reconociendo á Rupertico, que me miraba y se apretaba la nariz con los
dedos para contener sus carcajadas. Estaba sentado en una banqueta,
tieso, estirado por la circunspección y el respeto, sin atreverse á
mover brazo ni pierna. No había en él más señales de vida que los
ímpetus de risa, y para sofocarla se apretaba la boca con las palmas de
las manos.
--No hemos tenido más remedio que traerle--me dijo la niña
Chucha.--¡Ay! ¡qué enemigo! Toda la tarde llorando porque quería venir
á oirle.
--Yo creo que le da un accidente, si no le traemos--añadió Lica.--Nos
tenía locas. «Yo quiero oir á mi amo Máximo, yo quiero oir á mi amo
Máximo...» Y llora que llora.
Al tirarle de la oreja ví que en el rincón había un bulto envuelto en
un pañuelo rojo. El negrito, al observar, que yo miraba aquéllo, acudió
con sus manos á acomodar el pañuelo y á ocultar lo que dentro estaba.
Reía convulsamente, y Lica y Mercedes reían también...
--Fresco, _relambido_, márchate, márchate, que aquí no haces falta--me
dijo Lica.--Después que hables vendrás á vernos.
En el escenario no se podía dar un paso. Sainz del Bardal y los que le
habían ayudado en la organización, no supieron impedir que entrase allí
el que quisiese, y todo era desorden y apreturas. Periodistas que iban
en busca de pormenores para redactar sus crónicas, oradores, los amigos
de los oradores, músicos y todos los amigos de los músicos, actores que
habían de recitar y poetas que iban á que les recitaran, indivíduos
afiliados á la Sociedad y multitud de personas á quienes nadie conocía
llenaban el escenario. Sainz del Bardal, rojo como un cangrejo, y otro
señor filántropo y discursista que tiene la especialidad de estas
cosas, se esforzaban por imponer orden y expulsaban galantemente
á los intrusos. Á todas estas concluía la sinfonía, el telón se
había corrido, y los indivíduos de la junta ocupaban una fila de
sillas, junto á pomposa mesa, tras de la cual aparecía la imagen más
grave de todas las imágenes imaginables, D. Manuel María Pez. Este
señor debía pronunciar breves palabras, explicando el objeto de la
ceremonia, y dando las gracias á las distinguidísimas y eminentes
personas que se habían dignado _cooperar á su esplendor en bien de la
humanidad y de los pobres_. Era la oratoria de este buen señor acabado
ejemplo del género ampuloso, hueco y vacío, formado de pleonasmos y
amplificaciones, revestido de hojarasca y matizado de pedacitos de
talco, oratoria que sirve á las nulidades para hacer un breve papel
parlamentario, fatigar á los taquígrafos y macizar esa inmensa pirámide
papirácea que se llama el _Diario de la Sesiones_. Para descubrir una
idea del Sr. de Pez era preciso demoler á pico un paredón de palabras,
y aún no había seguridad de encontrar cosa de provecho. Decía así:
«Es ciertamente laudable, es altamente consolador, es en sumo grado
lisonjero para nuestra edad, para nuestro tiempo, para nuestra
generación, que tantas personas eminentes, que tantos varones ilustres
en las artes y en las letras, que tantas glorias de la patria, en uno
y otro ramo del saber, se presten, se ofrezcan, se brinden á...» Todos
estos miembros del discurso iban perfectamente espaciados con enfáticas
pausas, entre graves compases, con cadencia pomposa y campanuda que
fatigaba como los mazos de un batán. No seguí prestándole atención,
porque necesitaba enterarme á prisa del orden de la fiesta, para ver
cuál era mi puesto y en qué momento me tocaba ¡ay, Dios mío! salir á
las candilejas.
El programa era vasto, inmenso, vario y complejo como ningún otro. Á
la legua se conocía que había andado en ello Sainz del Bardal y su
destornillada cabeza. Hablaríamos un célebre orador, Manuel Peña y yo;
habría cuarteto por eminencias del Conservatorio; leerían versos de
celebrados poetas tres actores de los mejorcitos. El único poeta que
sería leido por sí mismo era Sainz del Bardal, quien por condiciones
especiales de caracter no confiaba á boca ajena las hechuras de su
ingenio. Habría además concierto de piano, desempeñado por una señorita
de doce años que era un prodigio en teclas; habría gran solo de arpa,
tocada por un célebre profesor italiano que había llegado á Madrid
pocos días antes. Por último, cantaría un tenor del Real la célebre
aria de Mozart _Al mio tesoro intanto_, y entre el tenor y el barítono
despacharían el dúo _I marinari_... No sé si había algo más. Creo que
no.
Sainz del Bardal me notificó que mi puesto en el programa seguía
inmediatamente al solo de arpa, lo que me desconcertó un poco, mucho
más cuando acerté á ver al solista, que parecía sujeto de mala sombra.
Estaba en el fondo del escenario preparando su instrumento y rodeado de
una nube de músicos y gente italiana del Real. Mirándole yo, consideré
supersticiosamente que en la compañía de aquel dichoso hombre no
podía haber cosa buena. Era bastante obeso, con cara de mujer gorda,
el peinado en dos cuernecitos muy monos, el bigote pequeño y de moco
retorcido, también en cuernecillos, y con dos chapitas en los carrillos
que parecían hechas con colorete.
Yo me paseaba solo esperando mi turno. Un noticiero se me acercó y me
dijo:
--¿Sobre qué va usted á hablar? ¿Quiere darme usted un extracto de su
discurso?
--Cuatro generalidades... en fin, ya lo verá usted.
--¡Qué poco feliz ha estado ese señor de Pez!
Otro llegó y dijo:
--Ya se acabó el _dies iræ_. Es un piporro ese señor de Pez... ¡Ah! vea
usted el del arpa. ¡Qué figura, amigo Manso! Pues si eso sonara...
--Parece mentira--añadió un tercero, gomoso, discípulo mío por más
señas, buen chico, ateneista...--¡Qué escándalo con los revendedores!
Esto no pasa más que en España. El gobernador ha mandado detener á
alguno. Sería curioso saber quién les había dado los billetes que no se
han vendido en el despacho y son todos personales...
Poco á poco iban llegando conocidos, y se formaba animado corrillo
junto á mí.
--Señor de Manso, ¿cuándo va usted?
--Después del arpa. ¡Lástima que mi discurso sea tan pobre de arpegios!
--Yo, á ser usted, hubiera pedido un lugar más adelantado.
--¿Qué más da? Antes ó después lo he de hacer bastante mal.
--¡Hombre, hombre, qué pillín es usted!... ¿Con que mal?
--Ps...
--Demasiado sabe usted que...
--Quiá. Si ese buen señor no sabe lo que vale.
--Diga usted, señor de Manso, ¿le convendría á usted darme su discurso
para la Revista?... Lo pondremos en el número del 15, y después, si
usted quiere, se le puede hacer una tirada corta... pues, un folletito.
--Quiá, hombre, es demasiado breve.
--¡Ah! mejor... De todos modos, para la Revista ya me sirve.
--¿De qué trata?
--De nada, señores, de nada. ¿Se puede hablar de cosas serias delante
de esta gente, entre un solo de arpa y una tirada de versos? Cuatro
generalidades...
--Ya sale el actor á leer el poema de XXX... Es soberbio. Me lo leyó su
autor ayer tarde. Es un asombro...
--Sí; pero vean ustedes qué manera de leer.
--Ese hombre es un epiléptico. Se pone verde.
--Milagro será que no se le reviente una vena.
--Esa descripción del naufragio... ¿eh?
--Es de primera fuerza...
--Y ahora el incendio de la cabaña... ¡Bravísimo!
--El poema es de barba de pato.
--¡Calzones, qué verso!
--Pero esta manera de declamar... ¡Ah! los actores italianos...
--En las transiciones saca una voz de vieja...
--¡Muy bien, muy bien!
Todos aplaudimos al final, rompiéndonos las palmas de las manos. De
las localidades venía un rumor de aplausos que parecía una tempestad.
De pronto en el círculo amistoso, que se había formado alrededor de
mí, apareció Manuel Peña con las manos en los bolsillos y el sombrero
echado atrás. Parecía un libertino que salía de la ruleta.
--Hola, perdis...
--Maestro, dichoso usted que está tranquilo.
--Y tú, ¿tienes miedo?...
--¿Miedo?... Estoy como el reo en capilla.
--¿Sobre qué vas á hablar?
--Sobre lo primero que me ocurra.
--¿No has preparado nada?
--Este es lo más célebre... ¿Creerá usted, amigo Manso, que esta mañana
no tenía ni idea siquiera del discurso que va á pronunciar?
--Ni la tengo ahora... Veremos lo que sale. Yo me las arreglo de este
modo. Esta tarde me he leido unos versos de Víctor Hugo y he tomado una
docena de imágenes...
--De esas de patrón de mico... ¿eh?
--Cada imagen como la copa de un pino. Y con esto me basta... Hablaré
de las damas, de la influencia de la mujer en la historia, del
Cristianismo...
--De la mujer cristiana, ¿eh?...
--Eso, y de la caridad... Mucho de la caridad... Á ver, señores,
¿quién dijo aquello de _la caridad corre á la desgracia como el agua al
mar_?
--Chateaubriand.
--No, hombre, me parece que es el Padre Gratry.
--No, no. Usted, Manso, ¿sabe...?
--Pues no recuerdo...
--En fin, lo diré como mío.
--¡Ah!... esa frase es de Víctor Cousin...
--Sea de quien fuere... usted, maestro, pronto entra.
--Detrás del arpa... Ahí va.
El italiano y su comitiva italianesca pasó junto á nosotros. Hacía mi
benemérito predecesor gimnasia con los dedos, como si quisiera rasguñar
el aire.
Hubo un silencio espectante que me impresionó, haciéndome pensar que
pronto se abriría ante mí la cavidad muda y temerosa de un silencio
semejante. Después oyéronse _pizzicatos_. Parecían pellizcos dados
al aire, el cual, cosquilloso, respondía con vibraciones de risa
pueril. Luego oimos un rasgueado sonoro y firme como el romper de una
tela, después un caer de gotas ténues, lluvia de soniditos duros,
puntiagudos, acerados, y al fin una racha musical, inmensa, flagelante,
con armonías misteriosas.
--¡Caramba, que este hombre toca bien!
--¡Vaya!
--Ahora, ahora, ¡qué melodía! ¿Pero de dónde es esto?
--Es una fantasía sobre _La Estrella del Norte_.
--¡Qué dedos!
--Si parecen patas de araña corriendo por los hilos.
--¡Y cómo se sofoca el buen señor!... Mire usted, Manso, cómo se le
mueven los cuernecitos del pelo.
--¿Pero han visto ustedes las cruces que tiene ese hombre?
--¿Qué es eso de hombre? Si es la mujer con barbas... esa que estaba en
la feria...
--Ps... silencio, señores; esas risas...
Cuando concluyó el solo y sonaron los aplausos, parecía que se me
arrugaba el corazón y que se me desvanecía la vista. Mi hora había
llegado. Dí algunos pasos mecánicos.
--Todavía no. Va á repetir. Tocará otra pieza.
--¡Qué placer!... cinco minutos de vida.
Para animarme, afecté alegría, despreocupación y un valor que estaba
muy lejos de tener. La reflexión de estos estímulos artificiales suele
ser de momentánea eficacia. Y por último, llegó el segundo fatal.
El italiano entró, volvió á salir llamado por el público, y al fin
retiróse definitivamente. Yo le ví limpiándose el sudor de su amoratado
rostro, que parecía un lustroso tomate y oí felicitaciones de los
músicos que le rodeaban. Cuando rompí por medio de ellos para salir,
las piernas me temblaban.
Y me ví delante del dragón, como quien va á ser tragado, pues las
candilejas eran como dentadura de fuego, las filas de butacas, surcos
de una lengua replegada, y el cóncavo espacio rojo, cálido y halitoso
de la sala, la capacidad de una horrenda boca. Pero la vista misma del
peligro parecía restituirme mi valor y fortalecerme. Verdaderamente,
pensé, es una tontería tener miedo á esta buena gente. Ni lo he hacer
tan mal que me ponga en ridículo...
Alcé la vista, y allá arriba, sobre el mal pintado celaje del techo, ví
destacarse un grupo de cabezas.
XXVII
La de Irene dominaba á las otras tres.
Ó por lo menos, fué la que más claramente ví. Cuando principié, con voz
no muy segura, me hacía visajes en los ojos el decorado pseudo-morisco
de los palcos. La puntería de gemelos, así como el movimiento de
tanto abanico me distraían. En uno de los proscenios bajos había una
bendita señora cuyo abanico, de colosal tamaño, se cerraba y se abría
á cada momento con rasgueo impertinente. Parecía que me subrayaba
algunas frases ó que se reía de mí con carcajadas de trapo. ¡Maldito
comentario! En el momento de concluir una frase, cuando yo la soltaba
redonda y bien cortada, sonaba aquel ras que me ponía los nervios como
alambres... Pero no había más remedio que tener paciencia y seguir
adelante, porque yo no podía decirle á aquella dama, como á un alumno
de mi clase, «haga usted el favor de no enredar...»
Y seguí, seguí. Un miembro tras otro, frase sobre frase, el discursito
iba saliendo, limpio, claro, correcto, con aquella facilidad que me
había costado tanto trabajo. Iba saliendo, sí señor, y no á disgusto
mío, y á medida que lo iba pronunciando, mi facultad crítica decía: «no
voy mal, no señor. Me estoy gustando, adelante...»
¿Qué diré de mi discurso? Copiarlo aquí sería impertinente. Una de
las muchas Revistas que tenemos y que se distinguen por su vano empeño
de hacer suscripciones, lo publicó íntegro, y allí puede verlo el
curioso. No ofrecía gran novedad, no contenía ningún pensamiento de
primer orden. Era una disertación breve y sencilla, á propósito para
esto que llaman público, que es, como si dijéramos, una reunión de
muchos, de cuya suma resulta un _nadie_. Todo se reducía á unas cuantas
consideraciones sobre la indigencia, sus causas, sus relaciones con
la ley, las costumbres y la industria. Luego seguía una reseña de las
instituciones benéficas, deteniéndome principalmente en las que tienen
por objeto la protección de la infancia. En esta parte logré poner en
mi discurso una nota de sentimiento que levantó lisonjeros murmullos.
Pero lo demás fué severo, correcto, frío y exacto. Cuanto dije era de
lo que yo sabía, y sabía bien. Nada de conocimientos pegados con saliva
y adquiridos la noche anterior. Todo allí era sólido; el orden lógico
reinaba en las varias partes de mi obra, y no holgaban en ella frase ni
vocablo. La precisión y la verdad la informaban, y las amplificaciones
y golpes de efecto faltaban en absoluto. Hago estos elogios de mí mismo
sin reparo alguno, porque me autoriza á ello la franqueza con que
declaro que no había en mi oración ni chispa de brillantez oratoria.
Era como si leyese un sesudo y docto informe ó un dictámen fiscal. Y el
efecto de este defecto lo notaba yo claramente en el público. Sí, al
través de la urdimbre de mi discurso, como por los claros de una tela,
veía yo al dragoncillo de mil cabezas, y observaba que en muchos palcos
las damas y caballeros charlaban olvidados de mí y haciendo tanto caso
de lo que decía como de las nubes de antaño. En cambio ví un par de
catedráticos en primera fila de butacas que me flechaban con el reflejo
de sus gafas, y con movimientos de cabeza apoyaban mis apreciaciones...
Y el _ras_ del dichoso abanico seguía rasguñando la limpidez de mi
lenguaje como punta de diamante que raya la superficie del cristal.
Se acercaba el fin. Mis conclusiones eran que los institutos oficiales
de beneficencia no resuelven la cuestión del pauperismo sino en grado
insignificante; que la iniciativa personal, que esas agrupaciones que
se forman al calor de la idea cristiana... en fin, mis conclusiones
ofrecían escasa novedad y el lector las sabe lo mismo que yo. Baste por
ahora decir que terminé, cosa que yo deseaba ardientemente, y parte del
público también. Un aplauso mecánico, oficial, sin entusiasmo, pero
con bastante simpatía y respeto, me despidió. Había salido bien, como
yo esperaba y deseaba. Por mi parte, discreción y verdad; por la del
público, benevolencia y cortesía. Saludé satisfecho, y ya me retiraba
cuando...
¿Qué era aquello que bajaba del techo volando y agitando cintas? Era
una cosa de todos colores, un conjunto de ramos verdes, de cenefas
rojas... ¡Una corona, cielos vengadores! Fué tan mal arrojada que cayó
sobre las candilejas. No sé quién la cogió; no sé quién me entregó
aquella descomunal pieza de hojas de trapo, de bellotas que parecían
botones de librea, con más cintajos que la moña de un toro, claveles
como girasoles, letras doradas, y qué sé yo... Recibí aquella ofrenda
extemporánea, y no sé cómo la recibí. Me turbé tanto que no supe lo
que hacía, y por poco pongo la corona en la cabeza calva del señor de
Pez, que me dijo al pasar: «Muy bien ganada, muy bien ganada.»
Murmullos del público me declaraban que el dragoncillo, como yo, había
considerado aquella demostración absolutamente impropia, inoportuna
y ridícula. Luego la habían arrojado tan mal... Me dieron ganas de
tirarla en medio de las butacas.
--Es obsequio de la familia--oí que decía no sé quién.
Me confundí mucho, y después me entró una ira... ¡Ya comprendía lo que
guardaba el pícaro negro dentro de aquel pañuelo! ¡Como si lo viera!
Debió de ser idea de la niña Chucha...
Me interné en el escenario con mi fastidiosa carga de hojarasca de
trapo. En verdad, lo mejor era tomarlo á risa, y así lo hice... Bien
pronto, mientras continuaba el programa con la pieza de piano, se formó
en torno mío el corrillo de amigos y oí las felicitaciones de unos, las
sinceridades ó malicias de otros.
--Muy bien, amigo Manso... Tales manos lo hilaron.
--Me ha gustado mucho... pero mucho. No, no venga usted con modestias.
Debe estar usted satisfecho.
--¡Orador laureado!... nada menos.
--Qué lástima que no alzara usted un poco más la voz. Desde la fila 11
apenas se oía.
--Muy bien, muy bien... Mil enhorabuenas... Un poquito más de calor no
hubiera estado mal.
--¡Pero qué bien dicho... qué claridad!
--Vaya, vaya, y decía usted que era cosa ligera...
--Al pelo, Mansito, al pelo.
--Caballero Manso, bravísimo.
--Hombre, ya podías haber esforzado un poco la voz, y dar nervio, dar
nervio...
--Mira, para otra vez mueve los brazos con más garbo... Pero ha gustado
mucho tu discurso. Las señoras no lo han comprendido; pero les ha
gustado...
--¿Con que coronita y todo...?
También vino el arpista á felicitarme, permitiéndose presentarse
á sí mismo para tener _l’onore de stringere la mano d’un egregio
professore_...
Estas lisonjas me obligaron, mal de mi grado, á dedicar algunas frases
al panegírico del arpa, á sus bellos efectos y á sus dificultades,
poniendo á los profesores de este instrumento por encima de todas las
demás castas de músicos y danzantes.
Hablando con el italiano, con otros músicos, con algunos de mis amigos,
me distraje de las partes siguientes del programa; pero hasta donde
estábamos venían, como olores errantes de un próximo sahumerio, algunas
emanaciones retóricas de los versos que leía Sainz del Bardal. Su
declamación hinchada iba lanzando al aire bolas de jabón que admiraban
las mujeres y los necios. Las bombillas estallaban, resonando de
diversos modos, ya en tono grave, ya en el plañidero y sermonario; y
entre el rumor de la cháchara que en derredor mío zumbaba, oíamos:
_creed_ y _esperad_... _inmensidad sublime_... _místicos ensueños_...
_salve, creencia santa_. De varios vocablos sueltos y de frasecillas
volantes colegimos que el señor del Bardal se guarecía _bajo el manto
de la religión_; que _bogaba en el mar de la vida_; que su alma
_rasgaba pujante el velo del misterio_, y que el muy pillín iba á
romper la cadena que le ataba á la _humana impureza_. También oimos
mucho de _faros de esperanza_, de _puertos de refugio_, de _vientos
bramadores_ y del _golfo de la duda_, lo que no significaba que Bardal
se hubiera metido á patrón de lanchas, sino que le daba por ahí,
por embarcarse en la nave de su inspiración sin rumbo, y todo era
naufragios retóricos y chubascos rimados.
--Si encallará de una vez este hombre...
--Dejarle que le dé al remo... ¡Lástima que ya no tengamos galeras!
--¡Y cómo me le aplauden!...
--Ya... Mientras exista el sexo femenino, las Musas cotorronas tendrán
_alabarda_ segura... El público aplaude más estas vulgaridades que los
versos sublimes de XXX. Así es el mundo.
--Así es el Arte... Vámonos, que ya viene.
--¡Que viene Bardal! ¿Quién le aguanta ahora?
--Temo ponerme malo. Estoy perdido del estómago, y este poeta emético
siempre me produce náuseas... Huyamos.
--Sálvese el que pueda.
Yo también me marché, temeroso de que me acometiera Bardal. Salí del
escenario, y en el pasillo bajo encontré mucha gente que había salido
á fumar, haciendo de la lectura del poeta un cómodo entreacto. Algunos
me felicitaron con frialdad, otros me miraron curiosos. Allí supe
que el célebre orador que debía tomar parte en la velada se había
excusado á última hora por haber sido acometido de un cólico. Faltaban
ya pocos números, y era indudable que parte del público se aburría
soberanamente, y pensaba que á los autores de la velada no les venía
mal su poquito de caridad, terminando la inhumana fiesta lo más pronto
posible.
En la escalera encontré á mi hermano. Andaba visitando palcos, traía un
ramito en un ojal y estrujaba en su mano _La Correspondencia_.
--Has estado verdaderamente filósofo--me dijo con pegadiza
bondad,--pero con muchas metafísicas que no entendemos los tristes
mortales. Lástima que no hicieras uso de los datos de mortalidad que
te dió Pez á última hora y del tanto por ciento de indigentes por
mil habitantes que acusan las principales capitales de Europa. Yo
he estudiado la cuestión, y resulta que las escuelas de instrucción
primaria nos ofrecen 414 niños y 3/4 de niño por cada...
--¿Has estado arriba, en el palco de la familia?--le pregunté, para
cortar el hilo funesto de su estadística.
--No: ni pienso ir. ¡Buena la han hecho! ¿Te parece?... ¡_Guindarse_
en ese palcucho! ¡Qué inconveniencia, qué tontería y qué estupidez! Mi
mujer me pone en ridículo cien veces al día... Pues digo, ¿y á tí?...
¿Qué te ha parecido lo de la coronita?
La carcajada que soltó mi hermano trajo á mi espíritu la imagen del
malhadado obsequio que recibí, y no pude disimular el disgusto que esto
me causaba.
--Si es la gente más tonta... Apuesto que la idea fué de la _niña
Chucha_. En cuanto á Manuela, es verdaderamente la terquedad en figura
humana. Basta que yo desee una cosa...
Yo disculpé á Lica; él se incomodó; díjome que yo, con mis tonterías de
sabio, fomentaba la terquedad y los mimos de su esposa.
--Pero José...
--Tú eres otra calamidad, otra calamidad, entiéndelo bien. Nunca serás
nada... porque no estás nunca en situación. ¿Ves tu discurso de esta
noche, que es práctico y filosófico y todo lo que quieras? Pues no ha
gustado, ni entusiasmará nunca al público nada de lo que escribas, ni
harás carrera, ni pasarás de triste catedrático, ni tendrás fama... Y
tú, tú eres el que hace en mi casa propaganda de modestia ridícula, de
ñoñerías filosóficas y de necedades metódicas.
--¡Ay, José, José!...
--Lo dicho, camarada.
En esto estábamos, cuando nos sorprendió un estrépito que de la
sala del teatro venía. Al pronto nos asustamos. ¡Pero quiá!... eran
aplausos, aplausos furibundos que declaraban entusiasmo vivísimo.
--¿Pero qué pasa?
Los pasillos se habían quedado vacíos. Todo el mundo acudía á su sitio
para ver de qué provenía tal locura.
XXVIII
«Habla Peñita.»
Esto decían, y al punto, deseoso de oir á mi discípulo, dejé á mi
hermano y subí al empinado palco donde estaba la familia. Entré; nadie
volvió la cara para ver quién entraba; tan embebecidas estaban las
cuatro damas en contemplar y oir al orador. Sólo el negro me miró,
y acariciándome una mano, se pegó á mi costado. Acerquéme sin hacer
ruido, y por encima de las cuatro cabezas miré al teatro. No he visto
nunca gentío más atento, ni mayor grado de interés, totalmente dirigido
á un punto. Verdad es que pocas veces he visto mayor ni más brillante
ejemplo de la elocuencia humana. Fascinado y sorprendido estaba el
público. Un joven con su palabra arrebatadora, don semidivino en que
concurrían la elegancia de los conceptos, la audacia de las imágenes
y el encanto físico de la voz robusta y flexible, había cautivado y
como prendido en una red de simpatía la heterogénea masa de personas
diversas, y en una misma exclamación de gozo se confundían el necio
y el sabio, la mujer y el hombre, los frívolos y los graves. Él
despertaba, con la vibración celestial de las cuerdas de su noble
espíritu, los sentimientos cardinales del alma humana, y no había un
solo espectador que no respondiese á invocación tan admirable. Doña
Jesusa se volvió hacia mí, y en su cara observé que estaba como lela.
Hasta el pintado esposo que campeaba en el pecho de la señora me
pareció que se había entusiasmado en su placa de marfil ó porcelana.
Mercedes me miró también, haciendo un gesto que quería decir: «esto sí
que es bueno.» Lica é Irene no movían la cabeza; la emoción las había
hecho estátuas.