genios del mal, si es que existe genio del mal fuera del alma humana,
carguen con Sainz del Bardal, y le puncen y le rajen, y le pinchen
y le corten, y le sajen y le acribillen, y le arañen y le acogoten,
y le estrangulen y le muelan, y le pulvericen y le machaquen hasta
reducirle á pedacitos tan pequeños que no puedan juntarse otra vez,
y hasta lograr la imposibilidad de que vuelvan á existir en el mundo
poetas de su ralea...! ¡Valiente susto nos dió el maldito!... ¿De dónde
sacaste, infernal criatura, que el escogido entre los escogidos, Manolo
Peña, había quitado la preciosa vida al pobre Leopoldito, que por estar
blindado de sandeces, como lo está de conchas un galápago, tiene en
su inútil condición garantías sólidas de inmortalidad? ¿En qué fuente
bebiste, poeta miasmático, peste del Parnaso y sarampión de las Musas?
¿Quién te engañó, quién te sopló, trompa de sandeces? Si no pasó nada,
si no hubo más sino que el filo del sable de Peña rozó la oreja derecha
del espejo de los mentecatos y le hizo un rasguño, del cual brotaron
obra de catorce gotas de sangre de Tellería, y como la cosa era _á
primera sangre_, aquí paró el lance y ambos caballeros se quedaron
repletos de honor hasta reventar, y luego se dieron las manos, y el que
hacía de médico sacó un pedacito de tafetán inglés y lo aplicó á la
oreja de Tellería, dejándosela como nueva, y todo quedó así felizmente
terminado para regocijo de la humanidad y descrédito de las malditas
ideas de la Edad Media que aún viven...
Me contó todo el mismo Cimarra, haciendo ardientes elogios de la
serenidad, valor y generosa bravura de Manuel Peña. Faltóme tiempo para
llevar la buena noticia á Lica, que se había tomado ya cinco tazas de
café para quitar el susto. Doña Jesusa dió gracias á Dios en voz alta,
Mercedes cantó de alegría, y hasta el ama, Rupertico y la mulata se
alegraron de que no hubiera pasado nada.
Después de almorzar, entramos Manuela y yo en el cuarto de estudio para
ver escribir á las niñas. Recibiónos Irene con viva alegría. ¿Por qué
estaba tan poco pálida que casi casi eran sonrosadas sus mejillas? La
observé inquieta, con no sé qué viveza infantil en sus bellos ojos,
decidora y de humor más festivo, pronto y ocurrente que de ordinario.
--Perdóneme usted--le dije,--pero he tenido muchas ocupaciones y no he
podido traerle la _historia en un papelito_...
--¡Ah, qué tontería! No se incomode usted... No merece la pena... La
verdad; no sé cómo usted me aguanta... Soy de lo más impertinente...
En fin, como usted es tan bueno, y yo tan ignorante, me permito á
veces molestarle con preguntas. Pero no haga usted caso de mí. ¿No es
verdad, señora, que no debe hacer caso?...
--¡Oh! no, que trabaje, que le ayude, niña... Pues no faltaba más.
¿Para qué le sirve todo lo que sabe?
--Pero qué soso, ¡qué soso es!--dijo Irene mirándome y riendo,
fusilándome con el fuego de sus ojos y haciéndome temblar con
escalofrío nervioso.--¿Ve usted como no quiere tomar parte en la
velada?... Lo que yo digo, es de lo más tremendo...
--_¡Jollullo!_
--Pues tiene usted que hablar, sí señor. Mándeselo usted, señora,
mándeselo usted, pues no hace caso de nadie...
--Pues sí, tienes que hablar, Máximo.
--Se deslucirá la fiesta si no habla--añadió Irene.--Ya le he dicho:
«Si usted no abre el pico, amigo Manso, yo no voy,» y la señora ha
prometido llevarme á un palquito de los de arriba.
--Sí, iremos á un palquito de los altos, donde podamos estar con
comodidad... Mamá dice que si hablas, irá también.
Una voz gangosa, lánguida, que arrastraba perezosamente las sílabas,
resonó en la puerta, murmurando:
--Tiene que hablar, sí señó...
Era doña Jesusa que pasaba. Y al mismo tiempo, Isabelita se abrazaba á
mis piernas y se colgaba de mis manos, chillando también:
--Tienes que hablar, tiíto.
Miróme Irene de un modo terrible y dulce... Debió de mirarme como
siempre, pero mi espíritu, desencajado en aquellos días, estaba
dispuesto á la poesía y á las hipérboles, y lo menos que vió en los
ojos de la maestra fué toda la miel del monte Hymeto mezclada á toda la
amargura de las olas del mar... Y de estos océanos agridulces emergían,
como náufragos que se salvan en una pastilla, estas palabras de acíbar
y mazapán:
--Es preciso que hable... tiene usted que hablar...
XXIV
¡Tiene usted que hablar!
Pues tengo que hablar; no hay más remedio. Hay en sus palabras no sé
qué de imperioso, de irresistible, que corta la retirada á mi modestia
y me deja indefenso y solo entre los ataques de los organizadores de la
velada. Al fin sucumbiré... Es necesario hablar. ¿Y sobre qué?
Esto pensaba al retirarme aquella noche después de un paseo con
Manuela, Irene y los niños, y cuando me acercaba á mi casa iba pensando
qué orden de ideas elegiría para componer un bonito discurso. Lo mismo
fué entrar en mi despacho y ver mis libros, que se encendió de súbito
mi mente y de ella brotó inspiración esplendorosa. El saber archivado
en mi biblioteca parecía venir á mí en rayos, como las voces celestes
que algunos pintores ponen en sus cuadros, y yo sentía en mí todas
aquellas voces, tonos, y ecos distintos de la erudición, que me decían
cada cual su idea ó su frase. ¡Qué admirable discurso el mío! ¡Panorama
inmenso, síntesis grandiosa, riqueza de particularidades! Ocurrióseme
la exposición del concepto cristiano de la caridad, uno de los más
bellos alcázares que ha construido el pensamiento humano. Yo analizaría
la definición dogmática de aquella virtud teologal y sobrenatural por
la que amamos á Dios por sí mismo y al prójimo como á nosotros mismos
por amor de Dios. Después me metería con los Santos Padres... ¡oh!
mi memoria no me era fiel en este punto; sólo recordaba la gradación
de San Francisco de Sales, que dice: «el hombre es la perfección del
universo, el espíritu es la perfección del hombre, el amor la del
espíritu y la caridad la del amor»... Después de apurar bien la caridad
católica, yo, por medio de una transición apoyada en la hermosa frase
de Newton: «sin la caridad la virtud es un nombre vano,» me pasaría al
campo filosófico; establecería el principio de fraternidad, y pasito á
pasito me iría al terreno económico político, donde las teorías sobre
asistencia pública y socorros mutuos me darían materia riquísima...
Luego la sociología... En fin, me sobraba asunto, tenía ideas con
que hacer siete discursos para siete veladas. La dificultad estaba
en condensar. No hay nada más difícil que hablar poco de una cosa
grande. Sólo los espíritus verdaderamente grandes tienen el secreto
de encerrar en el término de escasas palabras espacios inmensurables.
Así, yo estaba confuso; no sabía qué escoger entre tanta tésis, entre
tan variadas riquezas. Después de reflexionar largo rato, ví claro,
y consideré que sería el colmo de la pedantería sacar á relucir el
dogmatismo cristiano, los Santos Padres, la filosofía, la ciencia
social, la fraternidad y la economía política. Parecióme ridícula la
fiebre de erudición que me entró al ver mi biblioteca y consideré á
qué locos extravíos conduce la manía del hacinamiento de libros. La
erudición es un vino que tiene sus embriagueces. Librémonos de ellas,
mayormente en ciertos actos, y aprendamos el arte de llevar á cada
sitio y á cada momento lo que sea propio de uno y otro y encaje en
ambos con maravillosa precisión. Volví la espalda á mi biblioteca y me
dije:--«Cuidado, amigo Manso, con lo que haces. Si en esa famosa velada
te descuelgas como un mosáico de erudición tediosa ó con un catafalco
de filosofía trascendente, el público se reirá de tí. Considera que
vas á hablar delante de un senado de señoras; que éstas y los pollos y
todas las demás personas insustanciales que á tales fiestas asisten,
estarán deseando que acabes pronto para oir tocar el violín ó recitar
una poesía. Prepara una oración breve, discreta, con su golpecito de
sentimiento y su toque de galantería á las damas; es decir, que cuando
se te escape alguna filosofía, eches luego una borlada de polvos de
arroz. Dí cosas claras, si puede ser, bonitas y sonoras. Proporciónate
un par de metáforas, para lo cual no tienes más que hojear cualquier
poeta de los buenos. Sé muy breve; ensalza mucho á las señoras que se
desviven arreglando funciones para los pobres; habla de generalidades
fáciles de entender, y ten presente que si te apartas tanto así de la
línea del vulgo bien vestido que ha de oirte, harás un mal papel, y los
periódicos no te llamarán inspirado ni elocuente.»
Esto me dije, y dicho esto me callé y me puse á comer, pues aquel día
pude también evadirme, por rara suerte, de la comida oficial de mi
hermano para consagrarme con sabrosa tranquilidad á la olla doméstica.
La próxima velada y el compromiso que contraje me tenían preocupado.
No han sido nunca de mi gusto estas ceremonias que con pretexto de un
fin caritativo sirven para que se exhiban multitud de tipos ávidos de
notoriedad. Si algún tiempo antes me hubieran dicho: «vas á hablar en
una velada caritativa» lo habría juzgado tan absurdo como si dijeran:
«volarás.» Y sin embargo, ¡oh, Dios!, yo volé.
Pero un desasosiego mayor que este de pensar en mi discurso me
entristeció por aquellos días. Una tarde fuí á casa de José María
con intención decidida de ver á Irene y de hablarle un poco más
explícitamente, porque mi propia reserva empezaba á atormentarme, y
me cansaba del papel de observador que yo mismo me había impuesto.
La determinación de sentimiento iba tomando tal fuerza en mí de día
en día, que andaba la razón algo desconcertada, como autoridad que
pierde su prestigio ante la insolencia popular. Y doy por buena esta
figura, porque el sentimiento se expansionaba en mí al modo de un
popular instinto, pidiendo libertad, vida, reformas, y mostrándome
la conciencia de su valer y las muestras de su pujanza, mientras la
rutinaria y glacial razón hacía débiles concesiones, evocaba el pasado
á cada instante y no soltaba el códice de sus rancias pragmáticas.
Yo estaba, pues, en plena revolución, motivada por ley fatal de mi
historia íntima, por la tiranía de mí propio y por aquella manera
especial de absolutismo ó inquisición filosófica con que me había
venido gobernando desde la niñez.
Aquel día, pues, el brío popular era terrible; se habían desbordado las
masas, como suele decirse en lenguaje revolucionario, y la Bastilla de
mis planes había sido tomada con estruendo y bullanga. Acordándome de
Peña y de sus ideas sobre la necesidad de lo dramático en cierta parte
de la vida, me parecía que tenía razón. Era preciso ser joven una vez
y permitir al espíritu algo de ese inevitable proceso reformador y
educativo que en Historia se llama revoluciones.
«Basta de sabidurías,--me dije;--acábense los estudios de caracter,
y las disecciones de palabras que me enredan en mil tormentosas
suspicacias y cavilaciones. ¡Al hecho, á la cosa, al fin! Planteada la
cuestión y manifestados mis deseos, toda la claridad que haya en mí se
repetirá en ella, y la veré y apreciaré mejor. Así no se puede vivir.
¡Ay de aquel que en esto de mujeres imite al botánico que estudia una
flor! ¡Necio! Aspira su fragancia, contempla sus colores; pero no
cuentes sus pistilos, no midas sus pétalos ni analices su caliz, porque
así, mientras más sepas más ignoras, y sabrás lo menos digno de saberse
que guarda en sus inmensos talleres la Naturaleza.»
Así pensaba, y con estas ideas me fuí derecho á su cuarto. ¡Desilusión!
Irene no estaba. Las niñas tampoco. Lica salió á mi encuentro y me
explicó el motivo de la ausencia de la maestra. Había ido á casa de
su tía á arreglar sus cosas. Parece que estaban de mudanza. Doña
Cándida había tomado un cuartito muy mono y recorría las almonedas
para procurarse muebles baratos con que arreglarlo. Irene estaba en
la antigua casa de mi cínife poniendo en orden sus objetos para la
mudanza, y ayudando á su tía.
Quise ir allá, pero Lica me retuvo. Tenía que darme cuenta de los malos
ratos que estaba pasando con el ama de cría, cuya bestial codicia,
iracundo genio y feroces exigencias, no se podían soportar. Todos
los días armaba peloteras con la mulata, y se ponía tan furiosa,
que la leche se le echaba á perder, y mi buen ahijado se envenenaba
paulatinamente. Cuanto veía se le antojaba, y como Manuela le hacía el
gusto en todo, llegó un momento en que ni con faldas de terciopelo, ni
con joyas falsas ó finas se la podía contentar. Cuando la contrariaban
en algo, ponía un hocico de á cuarta, y era preciso echarle memoriales
para sacarle una palabra. No mostraba ningún cariño á su hijo postizo,
y hablaba de marcharse á su casa con su _hombre_ y _los sus mozucos_.
Varios objetos de valor que habían desaparecido fueron descubiertos
sigilosamente en el baul de la bestia. Lica le tenía miedo, temblaba
delante de ella, y no se atrevía á mostrarle caracter ni á contrariarla
en lo más ligero.
--Que se lleve todo,--me decía lloriqueando, á solas los dos,--con tal
que críe al hijo de mis entrañas. Ella es el ama, yo la criada: no me
atrevo á resollar delante de ella por miedo de que haga una brutalidad
y me mate al hijo.
--¡Buen punto te ha traido doña Cándida! ¿Ves? de mi cínife no puede
salir cosa buena.
--Y doña Cándida, ¿qué culpa tiene?... ¡la pobre!... No seas
ponderativo... Si yo pudiera buscar otra criandera sin que ésta se
maliciara, pues, y plantarla en la calle... ¡Ay! Máximo, tú que eres
tan bueno, ayúdame. No cuento para nada con José María. ¿Ese?... como
si no existiera. No parece por aquí. Con que Máximo, chinito...
--Pero Lica... y esa doña Cándida, ¿qué dice?
--Si ya apenas viene á casa... Desde que ha vendido las tierras de
Zamora y tiene moneda...
--¡Dinero doña Cándida!--exclamé más asombrado que si me dijeran que
Manzanedo pedía limosna.--Dinero Calígula.
--Sí, está rica: pues si vieras, niño... gasta más fantasías...
--¡Ay Lica, Lica! yo te encargué que vigilaras bien á mi cínife. ¿Lo
has hecho?
--Pero ven acá, ponderativo...
Yo no sabía qué pensar. La necesidad de ver á Irene, y no sé qué
instinto suspicaz, que me impulsaba á observar de cerca los pasos de
doña Cándida, lleváronme á la casa de ésta. Llegué: mi espíritu estaba
preñado de temores y desconfianzas. Llamé repetidas veces tirando,
hasta romperlo, del seboso cordon de aquella campanilla ronca; pero
nadie me respondía. La portera gritó desde abajo que la señora y su
sobrina estaban en la otra casa. Pero, ¿dónde estaba esa casa? Ni la
portera ni los vecinos lo sabían.
Volví junto á Lica. Irene llegó muy tarde, cansada, ojerosa, más pálida
que nunca. La nueva casa de su tía estaba en la barriada moderna de
Santa Bárbara, con vistas á las Salesas y al Saladero. Tía y sobrina
habían trabajado mucho aquella tarde.
--¡He cogido tanto polvo!...--me dijo Irene.--Estoy rendida de sueño y
cansancio. Hasta mañana, amigo Manso.
¡Hasta mañana! Y aquel mañana vino, y también desapareció Irene.
Vivísima curiosidad me impelía hacia la nueva casa, alquilada y
amueblada con el producto de aquellas tierras de Zamora que no existían
más que en el siempre inspirado númen del fiero Calígula.
Salí, recorrí las nuevas calles del barrio de Santa Bárbara; pero no dí
con la casa. Según me había dicho Irene, ni el edificio tenía número
todavía, ni la calle nombre: pregunté en varios portales, subí á varios
pisos, y en ninguno me daban razón. Parecíame viajar por una ciudad
humorística como las tierras de doña Cándida, y áun me ocurrió si el
_cuartito muy mono_ estaría en uno de los yermos solares en que no se
había edificado todavía. Volví hacia el centro. En la calle de San
Mateo, ya cerca de anochecer, me encontré á Manuel Peña, que me dijo:
«Ahora van la de García Grande y su sobrina por la calle de Fuencarral.»
Nos separamos después de haber hablado un momento de su discurso y del
mío. Me fuí á casa, volví á salir. Era de noche...
XXV
Mis pensamientos me atormentaban...
Me atormentaron toda la noche dentro y fuera de mi casa. No sé cómo
vino á mí aquella imagen. La encontré, la ví pasar sola y acelerada
delante de mí por la otra acera, por la acera del Tribunal de Cuentas.
Yo estaba al amparo de una de las acacias que adornan la puerta
del Hospicio, y ella no me vió. La seguí... Iba apresurada y como
recelosa... Á veces se detenía para ver los escaparates. Cuando se paró
delante de uno muy iluminado, la miré bien para cerciorarme de que era
ella. Sí, ella era; llevaba el vestido azul marino, sombrero oscuro,
como un gran cuervo disecado, que daba sombra á la cara. Su aire
elegante y algo extranjero distinguíala de todas las demás mujeres que
iban por la calle.
Pasó junto á la esterería, junto al estanco, entretúvose un momento
viendo las telas en el _Comercio del Catalán_. Después acortó el paso;
había descarrilado el tranvía, y un coche de plaza se había metido en
la acera. El tumulto era grande. Ella miró un poco y pasó á la otra
acera, alzándose ligeramente las faldas, porque había muchos charcos.
Aquella tarde había llovido. Tomó la acera de los pares por junto á
la botica dosimétrica, y siguió luego con alguna prisa, como persona
que no quiere hacer esperar á otra. Pasó junto á la capilla del
Arco de Santa María, y mirando hacia dentro, se persignó. ¡También
mogigata!... Siguió adelante. Crueles sospechas me mordían el corazón.
Para observarla mejor, yo seguía por la acera contraria. Pasó por una
esquina, luego por otra. Detúvose para reconocer una casa. En el ángulo
se ve el pilastrón de un registro de agua, y arriba una chapa verde de
hierro con un letrero que dice: _Viaje de la Alcubilla. Registro núm.
6. B. Arca núm. 18. B_. Leyó el letrero y yo también lo leí. Era el
rótulo del infierno... Dió algunos pasos y se escurrió por el portal
oscuro... Yo estaba anonadado, presa del más vivo terror, y sentía
agonías de muerte. Clavado en la acera de en frente miraba al lóbrego,
angosto y antipático portal, cuando llegó un coche y se paró también
allí. Abrióse la portezuela, salió un hombre... ¡Era mi hermano!...
Concluiré esta febril jornada diciendo con la candidez de los autores
de cuentos, después que se han despachado á su gusto narrando los más
locos desatinos.
_Entonces desperté. Todo había sido un sueño._
Pero este atroz sueño mío que me atormentó á la mañana, fué nacido
de mis hipótesis de la noche anterior, y llevaba en sí no sé qué
probabilidad terrible. Me impresionó tanto, que después recordaba el
soñado paseo por la calle de Fuencarral y me parecían tan claros sus
accidentes como los de la misma verdad. No es puramente arbitrario
y vano el mundo del sueño, y analizando con paciencia los fenómenos
cerebrales que lo informan, se hallará quizás una lógica recóndita.
Y despierto me dí á escudriñar la relación que podría existir entre
la realidad y la serie de impresiones que recibí. Si el sueño es el
reposo intermitente del pensamiento y de los órganos sensorios, ¿cómo
pensé y ví...? ¡Pero qué tontería! Me estaba yo tan fresco en la cama,
interpretando sueños como un Faraón, y eran las nueve, y tenía que ir
á clase, y después preparar mi discurso para la gran velada que había
de celebrarse aquella noche... Las cavilaciones de los dos pasados
días no me habían permitido ocuparme de semejante cosa, y aún no tenía
plan ni ideas claras sobre lo que había de decir. Como improvisador,
siempre he sido detestable. No quedaba, pues, más recurso que enjaretar
de cualquier modo una oracioncilla en los términos de fácil claridad y
sencillez que me habían parecido más propios.
Tal empeño puse, que al anochecer estaba todo concluido
satisfactoriamente. Había escrito todo mi discurso y lo había leido
tres ó cuatro veces en voz alta para fijar en mi espíritu, si no las
frases todas, las partes principales de él y su armónica estructura.
Hecho esto, podía salir del paso, pues fijando bien las ideas, estaba
seguro de que no me se rebelaría el lenguaje.
Cuando llegó la hora me vestí, y ¡al teatro con mi persona! Dígolo así,
porque me llevé como quien lleva á un criminal que quiere escaparse.
Yo era polizonte de mí mismo, y necesité toda la fuerza de mi dignidad
para no evadirme en mitad del camino y volverme á mi casa; pero el yo
autoridad tenía tan fuertemente cogido y agarrotado al yo timidez, que
éste no se podía mover.--Bien se conocía, en la proximidad del teatro,
que en éste había aquella noche solemnidad grande. Era aún temprano,
y ya se agolpaba el público en las puertas. Aunque se habían tomado
precauciones para evitar la reventa de billetes, diez ó doce gandules
con gorra galonada entorpecían el paso, molestando á todo el mundo.
Llegaban coches sin cesar, sonaban las portezuelas como disparos de
armas de fuego, y cuando me venía al pensamiento que yo formaba parte
del espectáculo que atraía tanta gente, se me paseaba por la espina
dorsal un cosquilleo... El discurso se me borraba súbitamente del
espíritu, y volvía á aparecer claro para eclipsarse de nuevo, como los
letreros de gas encendidos sobre la puerta del teatro, y cuyas luces
barría á intervalos el fuerte viento sin apagarlas.
No había dado dos pasos dentro del vestíbulo, cuando tropecé con
un objeto duro y atrozmente movedizo. Era Sainz del Bardal, que se
multiplicaba aquella noche como nunca; tal era su actividad. En el
espacio de un cuarto de hora le ví en diferentes partes del coliseo,
y llegué á creer que las energías reproductrices del universo
habían creado aquella noche una docena de Bardales para tormento y
desesperación del humano linaje. Él estaba en el escenario arreglando
la decoración, los atriles, el piano; él en el vestíbulo disponiendo
los tiestos de plantas vivas que á última hora no habían sido bien
colocados; él en los palcos saludando á no sé cuántas familias; él
adentro, afuera, arriba y abajo, y aun creo que le ví colgado de la
lucerna y saliendo por los agujeros de la caja de un contrabajo. Una de
las tantas veces que pasó junto á mí, como exhalación, me dijo:
«Arriba, en el palco segundo de proscenio, están Manuela, Mercedes,
y... abur, abur.»
Subí. Sorprendióme ver á Lica en lugar tan eminente, en un palco que
lindaba con el paraíso. El público extrañaría seguramente no ver á la
señora de Manso en uno de los proscenios bajos. Parecía aquello una
deserción, harto chocante tratándose de la dama en cuya casa se había
organizado la fiesta. Cuando entré, Irene estaba colgando los abrigos
en el estrecho antepalco. Saludóme en voz baja, dulcísimamente, con
algo como secreteo ó confidencia de amigo íntimo.
--Ya estaba yo con cuidado--dijo,--temiendo que usted...
--¿Qué?
--Nos hiciera una jugarreta, y á última hora no quisiera hablar.
--¿Pero no prometí...?
XXVI
Llevóse el dedo á la boca imponiéndome silencio.
Su discreción me pareció encantadora. Parecía decirme: «Ya hablaremos
largamente de ello y de otras mil cosas agradables.»
--¿No sabes?--me dijo Lica.--José María se ha puesto muy bravo, porque
no he querido ir al palco proscenio. Dice que esto es una gansada...
Mejor; que rabie. No me da la gana de ponerme en evidencia. Aquí
estamos muy bien... _Aguaita_, chinito; hemos venido de bata. No te
chancees. Aquí vemos todo y nadie nos ve... ¡Jesús, cómo está mi
marido! Dice que no sirvo más que para vivir en un potrero... ¡Qué
cosa! En fin, que rabie.
Mercedes miraba hacia las butacas, y aquel animado panorama á vista
de pájaro la desconsolaba un poco, por no encontrarse ella en medio
de tanto brillo y hermosura. También estaba doña Jesusa; inaudito
fenómeno, tan contrario á sus costumbres sedentarias.
--No he venido más que á oirle, niño--me dijo con toda la bondad del
mundo.--Pues si no fuera porque usted se va á lucir, no me sacarían de
mi sillón ni toitas las Potencias celestiales.
Estaba la buena señora horriblemente vestida de día de fiesta, con
gruesas y relumbrantes alhajas, y un medallón en el pecho con la
fotografía de su difunto esposo, casi tan grande como un mediano plato.
Yo no me había enterado hasta aquella noche de las facciones del papá
de Lica, que era un señor muy bien barbado, vestido de voluntario de
Cuba.
--Parece que hay solo de arpa--me dijo Mercedes ilusionada con los
misteriosos atractivos del programa.
--Creo que sí. Y también...
--¡Ah, los versos de Sainz del Bardal son más lindos!...--indicó
Manuela.--Me los leyó esta tarde. Hablan de Sócrates y de un tal... no
sé cómo.
--¿Y quién más recita?
--Creo que recitarán los principales actores. Voy á que Sainz del
Bardal les mande á ustedes un programa.