Al día siguiente encontré á mi hermano en el cuarto de estudio. Quería

enterarse personalmente de los adelantos de los niños. Festivo con la

maestra, y afectando hacia los alumnos una severidad enfática, que me

pareció fuera de lugar, el futuro marqués me estorbó para decir á Irene

varias cosillas que pensadas llevaba. Á ella la encontré cohibida y

como atontada con la presencia, con las preguntas y con la amabilidad

del amo de la casa. No daba pié con bola en las lecciones, y las

alumnas corregían á la maestra. Para mayor desgracia, también me privó

mi hermano de pasear, llevándome, que quieras que no, á ver al director

de Instrucción pública para un asunto que no me interesaba.

Por fin me convencí de que José María no era un modelo de maridos.

Varias veces me había hecho Lica algunas indicaciones sobre este

particular, pero me parecieron extravagancias y mimosidades. Una tarde,

¡ay! dispuso mi cuñada que Irene, los niños y el ama salieran en el

coche. Mercedes había salido con sus amigas. Yo permanecí en la casa,

pues aunque mi gusto habría sido ir al Retiro con Irene, no tuve más

remedio que quedarme acompañando á Manuela. Esta me manifestó vivos

deseos de hablarme á solas, y yo dije para mí: «Prepárate, amigo

Máximo; ya te cayó quehacer. Despabílate y refresca tus conocimientos

de ornamentación doméstica y gastronomía suntuaria.»

Pero Lica se ocupó muy poco de estas cosas, y parecía haber tomado en

aborrecimiento los saraos y los comistrajos, según el desprecio con

que de ello hablaba. Sus cuitas de esposa no le permitían atender á

tonterías de vanidad, y apenas hubo tocado el delicado punto donde

estaba su herida, comenzó á llorar. Oía yo sus quejas, y no acertaba á

darle ningún consuelo eficaz. ¡Pobre Lica! Sus palabras exóticas, sus

cláusulas truncadas, á las que el dolor y la verdad daban persuasiva

elocuencia; sus hipérboles americanas no se me han olvidado ni se me

olvidarán nunca.--Estaba muy brava; tenía el alma abrasada y la vida en

salmuera con las cosas de Pepe María. Ya no le valía quejarse y llorar,

porque él no hacía maldito caso de sus quejas ni de sus lágrimas. Se

había vuelto muy guachinango, muy pillo, y siempre encontraba palabras

para escaparse y aun para probar que no rompía un plato. Tenía olvidada

á su mujer, olvidados á sus hijos; todo el santo día se lo pasaba en la

calle, y por la noche salía después de la reunión y ya no se le veía

más hasta el día siguiente á la hora de almorzar. Marido y mujer sólo

cambiaban algunas palabras tocante á la invitación, al té, á la comida,

y pare usted de contar... Esto podría pasar si no hubiera otras cosas

peores, faltas graves. José María estaba echado á perder; la compañía y

el trato de Cimarra le habían _enciguatado_; se había corrompido como

la fruta sana al contacto de la podrida... Ya no le quedaba duda á la

pobrecita de la atroz infidelidad de su esposo. Ella se sentía tan

afrentada, que sólo de pensarlo se le salían los colores á la cara, y

no encontraba palabras para contarlo... Pero á mí se me podría decir

todo. Sí; revolviendo una mañana los bolsillos de la ropa de José

María, había encontrado una carta de una _sinvergüenza_... ¡Una carta

pidiéndole dinero!... Se volvía loca pensando que la plata de sus

hijos iba á manos de una... Pero á la infeliz esposa no le importaba

la plata, sino la _sinvergüencería_... ¡Ay! Estaba bramando. Con ser

ella una persona decente, si cogiera delante á la bribona que le robaba

á su marido, le había de dar una buena soba y un par de galletas bien

dadas. ¡Ay qué Madrid, qué Madrid este! Vale más andar en camisón por

el monte, vivir en un bohío, comer vianda, jutía y naranjas cajeles que

peinar á la moda, arrastrar cola, hablar fino y comer con ministros...

Mejor estaba ella en su bendita tierra que en Madrid. Allí era reina

y señora del pueblo; aquí no le hacían caso más que los que venían á

comerle los codos, y después de vivir á su costa se burlaban de ella.

Luego esta vida, Señor, esta vida en que todo es forzarse una, fingir

y ponerse en tormento para hacer todo á la moda de acá, y tener que

olvidar las palabras cubanas para saber otras, y aprender á saludar,

á recibir, á mil tontadas y boberías... No, no; esto no iba con ella.

Si José no se enmendaba, ella se plantaba de un salto en su tierra

llevándose á sus hijos.

Yo la consolé diciéndole lo que tantas veces me había dicho ella á mí,

á saber: que no fuera ponderativa. Su imaginación, hecha á las tintas y

á las magnitudes tropicales, agrandaba las cosas. ¿No podría ser que

la carta descubierta no tuviera la significación pecaminosa que ella

quería darle?... Á esto me respondió con ciertas aclaraciones y datos

que no me dejaron duda acerca de los malos pasos de mi hermano. Su

amistad con Cimarra, que había llegado á ser muy íntima, me anunciaba

desastres sin cuento y quizás rápidas mermas en el peculio del esposo

de Lica. Esta no concluyó sus confidencias con lo que dejo escrito,

sino que fué sacando á relucir otras grandes picardías del futuro

marqués, que me dejaron absorto.--En su propia casa se atrevía el

indigno á hacer cosas que resultaban en desdoro de toda la familia, y

principalmente de su digna esposa... ¿Pues no tenía el atrevimiento de

galantear á Irene...?

¡Á Irene!

¡Sí: el muy...! La pobre Lica se ponía fuera de sí al tocar este

punto. No acertaba á expresar su furor sino á medias palabras... ¡En

su propia casa, en su misma cara! Pues sí, era una persecución no bien

disimulada... Últimamente lo hacía con un descaro... Por las mañanas

se metía en la salita de estudio y se estaba allí las horas muertas...

Una noche entró en el cuarto de Irene, cuando ésta se retiraba. En fin,

¿para qué hablar más de una cosa tan desagradable...? la tarde anterior

hubo una escena fuerte entre marido y mujer en la puerta misma... ¡Cómo

se le atragantaban las palabras á la buena Lica!... en la puerta misma

del cuartito de la institutriz. Era indudable que ésta no alentaba

ni poco ni mucho el indecoroso galanteo del dueño de la casa. Por el

contrario, Irene no disimulaba su pena; era una muchacha honesta,

dignísima, que no podía tener responsabilidad de los atrevimientos de

un hombre tan... En fin, aquella misma mañana Irene había manifestado

á la señora que deseaba salir de la casa. Ambas habían llorado... Era

una buena de Dios... Y para concluir, yo, Máximo Manso, el hombre

recto, el hombre sin tacha, el pensamiento de la familia, el filósofo,

el sabio era llamado á arreglarlo todo, haciendo ver á José la fealdad

y atroces consecuencias de su conducta inícua; pintándole... yo no sé

cuántas cosas dijo Lica que debía yo pintarle. La cuitada no guardaría

rencor si su esposo se enmendaba, y estaba decidida á perdonarle, sí,

á perdonarle de todo corazón, si volvía al buen camino, porque ella

quería mucho á su marido, y era toda alma, sentimiento, cariño, mimito

y dulzura... Y ya no me dijo más, ni era preciso que más dijera, porque

bastante había sabido yo aquella tarde, y tenía materia sobrada para

poner en ejercicio mis facultades de consejo.

XXII

«Esto marcha.»

«Esto se complica--pensé al retirarme.--Hénos aquí en plena evolución

de los sucesos, asistiendo á su natural desarrollo y con el fatal

deber de figurar en ellos, bien como simple testigo, lo cual no es

muy agradable á veces, bien como víctima, lo que es menos agradable

todavía. Ya tenemos que las energías morales, ó llámense caracteres,

actuando en la reducida escena de un círculo doméstico ó de un grupo

social, han concluido lo que podríamos llamar en términos dramáticos su

período de protasis, y ahora, maduradas y crecidas las tales energías,

principian á estorbarse y se disputan el espacio, dando origen á

rozamientos primero, á choques después, y quizás á furiosas embestidas.

Tengamos calma y ojo certero. Conservemos la serenidad de espíritu que

tan util es en medio de una batalla, y si la suerte ó las sugestiones

de los demás ó el propio interés nos llevan á desempeñar el papel de

general en jefe, procuremos llevar al terreno toda la táctica aprendida

en el estudio y todo el golpe de vista adquirido en la topografía

comparada del corazón humano.»

Desveláronme aquella noche la idea de lo que pasaba y las presunciones

de lo que pasaría. Al día siguiente corrí á casa de mi hermano y dije á

Lica:

--Vigila tú á doña Cándida, que yo vigilaré á Irene.

Ella extrañó que yo recelase de Calígula, y me dijo que no sospechaba

cosa mala de amiga tan cariñosa y servicial.

--Cuidado, cuidado con esa mujer...--le respondí creyendo hallarme

en lo firme.--Á pesar de la protección que se le da en esta casa,

mi cínife no ha variado de fortuna y se crea todos los días nuevas

necesidades. Nada le basta, y mientras más tiene más quiere. Se le ha

matado el hambre, y ahora aspira á ciertas comodidades que antes no

tenía. Proporciónale las comodidades, y aspirará al lujo. Dale lujo y

pretenderá la opulencia. Es insaciable. Sus apetitos adquieren con los

años cierta ferocidad.

--Pero ¿qué tiene que ver, chinito?...

--Vigila, te digo; observa sin decir una palabra.

--¿Y tú observarás á Irene?

--Sí. La creo buena, la tengo por excepcional entre las jóvenes del

día. Es superior á cuanto conozco, es una maravilla; pero...

--Á todo has de poner pero...

--¡Ay! Manuela, no sabes á qué tentaciones vive expuesta la virtud

en nuestros días. Tú figúrate. Se dan casos de criaturas inocentes,

angelicales, que en un momento de desfallecimiento han cedido á una

sugestión de vanidad, y desde la altura de su mérito casi sobrehumano

han descendido al abismo del pecado. La serpiente les ha mordido,

inoculando en su sangre pura el vírus de un loco apetito. ¿Sabes cuál?

El lujo. El lujo es lo que antes se llamaba el demonio, la serpiente,

el angel caido; porque el lujo fué también querubín, fué arte,

generosidad, realeza, y ahora es un maleficio mesocrático, al alcance

de la burguesía, pues con la industria y las máquinas se ha puesto

en condiciones perfectas para corromper á todo el género humano, sin

distinción de clases.

--_Aguaita_, Máximo; si quieres que te diga la verdad, no entiendo lo

que has hablado; pero ello será cierto, pues tú lo dices... Bueno;

cuidadito con la maestra...

Y en mi cerebro se estampó aquello de _cuidadito con la maestra_, de

tal modo, que sólo la idea de mi papel de vigía aumentaba mi suspicacia.

Porque en mí habían surgido terribles desconfianzas, ¿á qué negarlo? Mi

fé en Irene se había quebrantado un poco, sin ningún motivo racional.

Es que el procedimiento de duda que he cultivado en mis estudios como

punto de apoyo para llegar al descubrimiento de la verdad, sostiene en

mi espíritu esta levadura de malicia, que es como el planteamiento de

todos los problemas. Así, en aquel caso, mientras más me mortificaba

la duda, más quería yo dudar, seguro de la eficacia de este modo

del pensamiento; y de la misma manera que éste ha realizado grandes

progresos por el camino de la duda, mi suspicacia sería precursora del

triunfo moral de Irene, y tras de mi poca fé vendría la evidencia de su

virtud, y tras de las pruebas rigurosas á que la sometería mi espíritu

de hipótesis resultarían probadas racionalmente las perfecciones de

su alma preciosa. Por otra parte, aquel desasosiego en que yo estaba

desde que supe las acometidas de José, me revelaba el profundo interés,

el amor, digámoslo de una vez, que Irene me inspiraba, y que hasta

entonces podía haberse confundido ante mi conciencia con cualquier

aberración caprichosa del sentimiento ó fantasmagoría de los sentidos.

Yo tenía ardientes celos; luego yo quería con igual ardor á la persona

que los motivaba.

Lo primero que resolví fué no declarar á Irene nada de lo que sentía,

mientras no fuera para mí claro como la luz del sol que la maestra

resistiría las torpes asechanzas de mi hermano. Entré á verla y

hablarle. ¡Qué confusión tan grande se apoderó de mí al hallarla

meditabunda, tristísima, más pálida que nunca, como si embargaran su

alma graves y contradictorios pensamientos! ¿Qué le pasaba? Toda mi

habilidad y mi charla capciosa no consiguieron abrir el sagrario de

su alma, ni sorprender por una frase el misterio encerrado en ella.

Aquel día funesto no la ví sonreir. Desmintió por completo la idea

que yo tenía de su ecuanimidad y del reposo y sereno equilibrio de su

caracter. No pude obtener de ella más que monosílabos. Fija su vista

en la labor, hacía nudos y más nudos, y yo me figuraba que cada uno de

éstos era un _ergo_ de la enmarañada dialéctica que había en su cabeza,

porque indudablemente pensaba, y pensaba mucho, y discutía y ergotizaba

y hacía prodigios de sofística.

Muy mal impresionado me retiré á mi casa, y tan inquieto estuve, tan

hostigado del recelo, de la curiosidad, que á la siguiente mañana,

luego que concluyó la lección de los niños, abordé mi asunto y le dije:

--Ya sé todo lo que le pasa á usted. Manuela me ha contado las cosas de

José María.

Oyóme tranquila y se sonrió un poco. Yo esperaba sorprender en ella

turbación grande.

--Su hermanito de usted--me contestó,--es muy particular. Qué poco se

parece á usted, amigo Manso. Son ustedes el día y la noche.

Yo seguí hablando de mi hermano, de su caracter ligero y vanidoso; le

disculpé un poco; puse en las nubes á Lica, y...

Irene me interrumpió diciéndome:

--Aunque D. José no ha vuelto á entrar aquí, ni me ha dirigido una

palabra desde la escena aquella, me parece que no puedo seguir en esta

casa.

No hice más que un signo de sorpresa, porque no me atreví á contestarle

negativamente. Comprendí que tenía razón. Preguntéle si el motivo de

la tristeza que había notado en ella el día anterior tenía por causa

las desagradables galanterías del amo de la casa, y me contestó:

--Sí y no... sería largo de explicar, pues... sí y no.

¡Sí y no! Admirable fórmula para llegar al colmo de la confusión ó á la

locura misma.

--Pero sea usted sincera conmigo. Usted me ha dicho que me consultaría

no sé qué asunto grave, y áun creo que dijo: «Juro hacer lo que usted

me mande.»

Entonces me miró muy atenta. Sus ojos penetraban en mi alma como una

espada luminosa. Nunca me había parecido tan guapa, ni se me había

revelado en ella, como entonces, aquella hermosura inteligente que los

más excelsos artistas han sabido remedar en esas pinturas alegóricas

que representan la Teología ó la Astronomía. Yo me sentí inferior á

ella, tan inferior que casi temblaba cuando le oí decir:

--Usted ha dudado de mí... Luego no es usted digno de que yo le

consulte nada.

Era verdad, era verdad. Mis preguntas capciosas, mis inquisitoriales

averiguaciones del día anterior debieron serle poco gratas. Su

resentimiento me pareció bellísimo, y dióme tanto placer, que no

pude ocultarle cuánto me agradaba aquel noble tesón suyo. Hícele

declaraciones de firme amistad; pero sin excederme ni dar á entender

otra cosa, pues no era llegada la ocasión, ni había logrado yo la

evidencia que buscaba, aunque tenía el presentimiento de ella.

Salimos á paseo. Mostróse apacible y cordial; pero en nuestra

conversación, en nuestros escarceos y juegos de diálogo me manifestaba

que había algo que no estaba dispuesta á revelarme, y ese algo era lo

que se me ponía á mí entre ceja y ceja, mortificándome mucho.

--Yo haré méritos--le dije,--para ganar otra vez su confianza y oir las

consultillas que quiere usted hacerme.

--Veremos. Por de pronto...

--¿Qué?

--Por de pronto no me ametralle usted á preguntas. Quien mucho

pregunta poco averigua. Tenga usted más paciencia y confianza en

mi espontaneidad. En esto soy tremenda; quiero decir que cuando no

me chistan me entran á mí deseos de contar algo. Y en cuanto á las

consultillas, pierden toda su sal si no se hacen en tiempo oportuno y

cuando ellas solas se salen del corazón.

Esto me hizo reir, y cuando nos despedimos en casa de Lica, me reí más

con esta salida de Irene.

--Para que haga usted más méritos, le voy á pedir otro favor... ¡Cuánto

le agradecería que me hiciera una notita, un resumen, pues, en un

papelito así... de la historia de España! ¿Creerá usted que se me

confunden los once Alfonsos y no les distingo bien? Todos me parece

que han hecho lo mismo. Luego se me forma en la cabeza una ensalada de

Castilla con León, que no sé lo que me pasa. ¿Hará usted la nota?...

--Pero, criatura, ¿la historia de España en un papelito?...

--Nada más que los once Alfonsos. De don Pedro el Cruel para acá ya me

las manejo bien... ¡Qué cosa más aburrida! aquellas guerras de moros,

siempre lo mismo, y luego los casamientos de el de acá con la de allá,

y reinos que se juntan, y reinos que se separan, y tanto Alfonso para

arriba y para abajo... Es tremendo. Le soy á usted franca. Si yo fuera

el Gobierno suprimiría todo eso.

--¿La historia?

--Eso, eso que he dicho. No se enfade usted por estas herejías, y abur.

XXIII

¡La historia en un papelito!

¿Cuándo se ha visto extravagancia semejante? Me parece que menudean

demasiado los antojos. Un día la Gramática de la Academia, que apenas

entiende; otro día lápices y dibujos que no usa, primero las poesías en

bable, después la canción de Tosti, y ahora la historia de los Alfonsos

en un papelito... Al demonio se le ocurre... Vaya, vaya, que no es tan

grande en ella el dominio de la razón; que no hay en su espíritu la

fijeza que imaginé ni aquel desprecio de las frivolidades y caprichos

que tanto me agradaba cuando en ella lo suponía. Pero lo extraño es

que no por perder á mis ojos alguna de las raras cualidades de que la

creí dotada, amengua la vivísima inclinación que siento hacia ella; al

contrario... Parece que á medida que es menos perfecta es más mujer, y

mientras más se altera y rebaja el ideal soñado, más la quiero y...

Esto pensaba yo aquella noche. Hondamente abstraido no asistí á la

reunión. Ocupóme completamente al otro día un asunto universitario,

que me tuvo no sé cuantas horas de Herodes á Pilatos, desde el despacho

del rector á la Dirección de Instrucción pública. Asistí á una comida

dada por mis discípulos á tres catedráticos, y antes de retirarme

á mi casa dí una vuelta por la de mi hermano, donde encontré una

gran novedad, que me refirió puntualmente Lica. La noche anterior

habían cruzado palabras bastante agrias Manuel Peña y el marqués de

Casa-Bojío. Fué cuestión de etiqueta que trajo al punto la cuestión de

clases, y prontamente la de personas; tres cuestiones que se encerraban

en una, en la necesidad de que ambos jóvenes se descrismaran á sablazos

ó á tiros en lo que llaman el campo de honor. La dureza provocativa de

las frases dichas por Peña en la malhadada disputa, y su resistencia

á dar explicaciones, hacían inevitable el duelo. Había querido José

María arreglar el asunto urgándose el caletre para buscar fórmulas de

transacción; que tal era su fuerte; mas por aquella vez el abrazo de

Vergara no vendría, como en 1839, sino después de la efusión de sangre,

y ya estaba todo concertado para el día siguiente muy temprano. Cimarra

y no sé qué otro caballerito eran padrinos de mi discípulo. El disgusto

de Lica era grande, y yo deploraba con toda mi alma que un joven de

talento claro y de sanas ideas, educado por mí en el aborrecimiento de

la barbarie humana, incurriera en la estúpida flaqueza de desafiarse.

Lo que yo hablé aquella noche sobre este particular no es para contado

aquí. Estuve casi elocuente, y Lica aprobaba con toda su alma mis

ideas, y se admiraba de que un criterio tan sano no triunfara en la

sociedad, anonadando el error y las preocupaciones.

Grande era la pena que yo sentía aquella noche para que no respondiera

de malísimo gusto al insufrible y cada vez más pesado poeta, secretario

de la _sociedad de inválidos_. Pero él, rechazado fuertemente por mi

desvío, volvía á la carga con más empuje, y me acribillaba con sus

inhumanas pretensiones. Quería, ni más ni menos, que yo tomase parte

en la gran velada que se estaba organizando, y que echase también

mi discursito, rivalizando con los demás oradores que ya estaban

comprometidos, entre los cuales los había de primera fuerza. Resistíme

á todo trance, me blindé con la razón de mi escaso poder oratorio; pero

ni áun esto me valía, porque mi hermano, Pez y otros dos graves señores

(uno de ellos ex-ministro) que presentes estaban, me atacaron de flanco

diciéndome que no hacían falta discursos brillantes, sino sólidos y

razonados; que con mi palabra tendría la solemne fiesta una autoridad

que no le darían los cantorrios y los discursos floridos; y por último,

que la _Sociedad_, si yo la desairaba negándole mi _valioso concurso_,

vería en mi ausencia de la velada un vacío imposible de llenar con otro

discurso ni con poesías ni con música. Estas lisonjas no hacían mella

en mi rígido caracter, y obstinadamente negué mi concurso. Díjome mi

hermanito que yo era una calamidad; llamóme Lica _jollullo_, y _la

cabeza parlante_ me agració con un juicio bastante duro acerca del poco

sentido práctico de los filósofos y de la escasa ayuda que prestan al

movimiento de la civilización. El párrafo que este señor me echó,

como una rociada de sabiduría, algo semejante al vinagrillo aromático,

parecía un artículo de periódico, de esos que se escriben por el vulgo

y para el vulgo, y que constituyen la escuela diaria y constante de la

vulgaridad. No hice caso, y me marché á casa.

Deseaba saber si Manuel Peña estaba en la suya, y si doña Javiera se

había enterado de las andanzas caballerescas de su niño. Buen sermón

preparaba yo á mi discípulo, aunque en rigor de verdad, ya no había

medio de retroceder en el lance, y la feroz preocupación social,

berruga de la cultura moderna y escándalo de la filosofía, sería

inevitablemente respetada y cumplida. La idolatría del punto de honra

me parece tan absurda hoy, como si á mis contemporáneos les diera de

repente la humorada de restablecer los sacrificios humanos y de inmolar

á sus semejantes en el altar de un muñeco de barro que representase

cualquier divinidad salvaje. Pero tal es la fuerza del medio social,

que yo, con todo el vigor y pureza intolerante de mis ideas, no me

habría atrevido á alejar á Peña del bárbaro terreno ni á sugerirle la

idea de faltar al emplazamiento. ¿Qué más? Siendo quien soy, creo que

no podría ni sabría eximirme de acudir al llamado _campo del honor_,

si me viera impulsado á ello por circunstancias excepcionales. No

olvidemos nunca los grandes ejemplos de debilidad humana, mejor dicho,

de transacciones de la conciencia, determinadas por el medio ambiente.

Sócrates sacrificó un gallo á Esculapio, San Pedro negó á Jesús.

Doña Javiera no sabía nada. Manuel había tenido el buen acuerdo

de engañarla diciéndole que iba á Toledo con unos amigos, y que no

volvería hasta el día siguiente. Con esto, la pobre señora estaba

tranquila. Yo no lo estaba, pues aunque en la generalidad de los casos

los duelos del día son verdaderos sainetes, y esta es la tendencia de

todos los que intervienen en ellos como padrinos ó componedores, bien

podría suceder que las leyes físicas con su fatalidad profundamente

seria y enemiga de bromitas, nos regalasen una tragedia.

Desde muy temprano salí, al siguiente día, para enterarme de lo

ocurrido, mas nada pude averiguar. Á las diez no había entrado Peña en

su casa, lo que me puso en cuidado; pero doña Javiera, sin sospechar

cosa mala, decía: «Vendrá en el tren de la noche. Figúrese usted, en un

día no tienen tiempo de ver nada, pues sólo en la catedral dicen que

hay para una semana.»

Corrí á casa de José, donde Lica, atrozmente inmutada, me dió la

tremenda noticia de que Peñita había matado al marqués de Casa-Bojío.

Sentí pena y terror tan grandes, que no acertaba á hacer comentarios

sobre tan lamentable suceso, prueba evidente de la injusticia y

barbarie del duelo. ¡Aquel joven, dotado de corazón noble, de

inteligencia tan clara y simpática, interesantísimo y amable por su

figura, por su trato, por las prendas todas de su alma, había asesinado

á un infeliz inocente de todo delito que no fuera el ser necio!... ¿y

por qué? por unas cuantas palabras vanas, comunes y baldías, accidente

de la voz y producto de la tontería, ¡palabras que no tenían valor

bastante para que la naturaleza permitiera, por causa de ellas, la

muerte de un mosquito, ni el cambio más insignificante en el estado de

los séres!

Pero ¡qué demonio! la noticia la había traido Sainz del Bardal. ¿No era

el conducto motivo bastante para dudar...?

--Sí, sí--me dijo Lica. Corre á enterarte en casa de Cimarra. José

María salió muy temprano. No le he visto hoy. Dijo que no volvería

hasta la noche.

* * * * *

El amigo Manso · 第 9 / 21 段