--Falditicas, ¿eh?... José María es como todos. Esta vida de Madrid...

Tenemos calaveradas... Ya se ve... un hombre que va á ser diputado y

ministro... Hay en Madrid cada gancho... ¡Ay! qué mujeres las de esta

tierra; son capaces de pervertir al cordero de San Juan. Yo les diría

si las viera: «Grandísimas _sinvergüenzas_, ¿para qué engatusais á un

padre de familia, á un sencillo, á un hombre tan bueno?...» Porque José

María ha sido muy bueno hasta ahora; pero niño, de algún tiempo acá, no

le conocemos.

Yo defendí á mi hermano como pude y tranquilicé á su suegra, tratando

de hacerle comprender que la licencia de nuestras costumbres está más

en la forma que en el fondo, y que no debía tomar como señales de

pecado ciertos detalles corrientes... Fué lo único que me ocurrió.

--Yo--dijo ella, bajando más la voz,--no me meto en nada. Allá se

entiendan; allá se las hayan. No me muevo de este sillón, porque no

tengo salud para nada. Aquí me acompaña Ruperto. Esta noche, mientras

allá reían y alborotaban, Irene y yo hemos rezado el rosario y hemos

hablado de cosas pasadas... ¿Pero dónde se ha ido ese angel de Dios?

Miraba á todos los lados de la pieza.

--¿Pero no se ha recogido aún?--pregunté.--Esto es contrario á sus

costumbres.

--Calle, niño; si debe de andar por ahí. Algunos ratos se va al

corredor á ver un poquitico de la sala.

Ya iba yo á buscarla, cuando entró ella. Su fisonomía revelaba gozo y

estaba menos pálida. Parecía agitada, con mucho brillo en los ojos y

algo de ardor en las mejillas como si volviese de una larga carrera.

--Irene, ¿qué tal? ¿Ha visto usted...?

--Un poquito... desde el pasillo... ¡Qué lujo, qué trajes! Es cosa que

deslumbra...

--Yo creí que á estas horas... es la una... estaba usted recogida.

--Me he quedado aquí para acompañar un poco á doña Jesusa... Luego, es

preciso ver algo, amigo Manso, ver algo de estas cosas que no conocemos.

--¡Oh! es justo--dije pensando en lo mucho que luciría Irene si

penetrara en los círculos de la sociedad elegante, y en el valor

que sus grandes atractivos tomarían realzados por el lujo.--Pero es

cuestión de caracter; ni á usted ni á mí nos agrada esto. Por fortuna,

estamos conformados de manera que no echamos de menos estos ruidosos

y brillantes placeres, y preferimos los goces tranquilos de la vida

doméstica, el modesto pan de cada día con su natural mistura de pena y

felicidad, siempre dentro del inalterable círculo del orden.

--¡Jesús de mi alma! ¡qué talento tiene este hombre, y qué bien dice

las cosas!--exclamó doña Jesusa.

Irene se reía del entusiasmo de la niña Chucha, y con enérgicos

movimientos de cabeza daba su aprobación á aquellos elogios.

--Máximo--dijo de súbito la señora,--¿por qué no se casa usted? ¿Á

cuándo espera, niño?

--Todavía hay tiempo, señora. Ya veremos...

--En veremos se le pasa á usted la vida.

Mirando á Irene, que atenta me miraba, le dije, por decirle algo: «¿Y

las niñas?»

--Han estado muy desveladas. Ya se ve... con la bulla... También han

querido ver algo. Después han estado jugando, de broma y fiesta,

pasándose de una cama á otra y arrojándose las almohadas... Pero se han

dormido.

--¿Y usted no tiene sueno?

--Ni chispa.

--Pero es muy tarde.

--Me voy á mi cuarto.

--¿Va usted á leer?--dije siguiéndola y llevándole la luz.

--Es tardísimo... Veré si me duermo al momento. Mañana...

--¿Mañana, qué?

--Digo que mañana será otro día, y hablaremos de aquello...

--Hablaremos de aquello...--repetí sintiendo en mi pensamiento el

estímulo que los novelistas llaman _un mundo de ideas_, y en mis labios

cosquilleo de palabras impacientes.

Pero ella me quitó de las manos la luz, entró en su cuarto con una

presteza que me parecía resbaladiza, dióme las buenas noches, y á

poco sentí el ruido de la llave cerrando por dentro. Después dió un

golpecito en la madera, como para llamarme, si me alejaba, y dijo:

--Tráigame usted lo que me prometió.

--¿Qué, criatura?--le pregunté, sospechando, en un momento de ansiedad,

que le había prometido mi vida toda entera.

--¡Qué memoria! La Gramática inglesa de Ahn...

--¡Ah! ya... bueno...

--Y los dos lápices de Faber, números 2 y 3.

--Vamos, acabe usted de pedir. Pida usted el sol y la luna...

--No sea usted tremendo... Abur.

--No se fatigue usted la imaginación con la lectura...

--Si me estoy durmiendo ya.

--Eso es, descansar... buenas noches.

--Pero qué, ¿todavía está usted ahí, amigo Manso?

--Creí que ya estaba usted dormida.

--Hombre, si estoy rezando... Adios.

Retiréme. Algo me daba que pensar aquel humorismo de Irene, un poquito

desconforme con la seriedad y mesura que yo había observado en ella;

pero reflexionando más, consideré que este fenómeno contingente no

alteraba el hecho en sí, ó mejor dicho, que un desentono pasajero y

accidental no destruía la admirable armonía de su caracter.

Era ya hora de abandonar la reunión; pero Cimarra y mi hermano me

entretuvieron, dando una batida en toda regla á mi modestia para

que consintiese en ser hombre político y en lanzarme con ellos

por la única senda que conduce á la prosperidad. Yo me resistí,

alegando razones de caracter, de conveniencia y de ideas. Cimarra

me aseguraba que era posible facilitarme la entrada en el Congreso,

arreglándome uno de los distritos que estaban vacantes. Ya José había

hecho algunas indicaciones al ministro, el cual había dicho: «¡Oh!

sí verdaderamente...» Mi hermano se prestaba benévolo á arreglar la

incompatibilidad de mis ideas con el régimen oligárquico que hoy

priva, y me incitaba con empeño á ser hombre verdaderamente práctico

y á abandonar de una vez para siempre las utopias y exageraciones,

buscando en el ancho campo de mi saber una fórmula de transacción, una

manera de reconciliar la teoría con el uso y el pensamiento con el

hecho. De la misma opinión era el marqués de Tellería, que se hallaba

presente, encarnizado enemigo de las utopias, hombre esencialmente

práctico, y tan práctico que vivía á costa del prójimo; santo varón

que llamaba _logomaquias_ á todo lo que no entendía. Este señor me dió

después un solo, adulándome mucho y diciéndome, en conclusión, que los

hombres como yo debían consagrarse á defender los intereses de las

clases productoras contra las amenazas del proletariado, las creencias

venerandas de nuestros mayores contra la irrupción de la barbarie

libre-pensadora, y las buenas prácticas de gobierno contra los delirios

de los teóricos. Yo ocultaba con frases de cortesía el desprecio que me

merecía este sujeto, á quien de oidas conocía desde algunos años atrás

por lo que me había contado su yerno y mi amigo León Roch. Al soltarme,

me dijo:

--Le voy á mandar á usted un folletito que he hecho, donde están todos

los discursos, todos los incidentes que motivó la proposición de ley

que presenté al Senado sobre la vagancia. Me hará usted el favor de

leerlo y decirme su opinión imparcial...

Manuela, que se enteró de que me querían enjaretar la diputación, no me

ocultaba su gozo. Pero no le cabía en la cabeza mi resistencia á entrar

por las vías políticas, y riñéndome por mi caracter retraido y mi amor

á la vida oscura, me decía:

--Pero chinito, no seas _jollullo_.

XIX

El reloj del comedor dió las ocho.

Haciendo el cómputo que el desorden de los relojes de aquella casa

exigía, resultaba que las ocho campanadas marcaban las tres. ¡Qué

tarde! Retirarme yo á casa á tal hora me parecía un absurdo, una

chanza, un criminal secuestro del tiempo. Me ví como figura de

pesadilla, ó como si yo fuera otro y con ese otro estuviera soñando

en la plácida quietud de mi cama. Salí. La somnolencia me producía

síntomas parecidos á los de la embriaguez. Cuando fuí al comedor para

tomar un vaso de agua ví con asombro que aún había luz en el cuarto de

Irene. El rectángulo de claridad sobre la puerta atrajo mis miradas,

y breve rato estuve clavado en mitad del pasillo.--«Pero, ¿no me dijo

usted hace dos horas que tenía mucho sueño y que se iba á dormir en

seguida?» Esto no lo dije en voz alta. Hice la pregunta de espíritu á

espíritu, porque dar voces á aquella hora me parecía inconveniente.

¿Rezaba? ¿Qué hacía? ¿Leer novelas? ¿Devorar mis obras filosóficas...?

Bebiendo agua me tranquilicé sobre aquel punto. En verdad, yo era un

impertinente exigiendo un método imposible en los actos de Irene.

¿Qué tenía de particular que apagase la luz dos horas más tarde de lo

que había dicho? Podía ser que estuviera cosiendo sus vestidos, ó

preparando las lecciones del día siguiente... ¡Las tres y media!...

¿Cuántas horas dormía aquella criatura, que se levantaba á las siete?

¡Deplorable costumbre la de calentarse el cerebro en las horas de la

noche! ¡Oh! Yo haría cumplir en mi familia con estricta rigidez los

preceptos de la higiene.

En el portal se me unió Peña. Embozados, acometimos el frío glacial de

la calle.

--Maestro, ¿se va usted á su casa?

--Desalmado, ¿á dónde he de ir? Y tú, ¿á dónde vas?

--Yo no me acuesto todavía. Es temprano.

--¡Es temprano y van á dar las cuatro!

Andando á prisa, le eché una filípica sobre el desarreglo de sus

costumbres y la antihigiénica de hacer de la noche día, motivo de

tantas enfermedades y del raquitismo de la generación presente. Él se

reía.

--Por respeto á usted, maestro--me dijo,--voy á acompañarle hasta casa.

Después me voy á la _Farmacia_.

--¡Y tu madre esperándote, desvelada y llena de temores! Manuel, no te

conozco. Parece mentira que seas mi discípulo.

--Buen barbián está usted, maestro... ¿Pues no se retira usted tan

tarde como yo? En un metafísico eso es imperdonable. ¡Si está usted

hecho un gomoso!... Concluirá usted por ir á la cátedra antes de

acostarse y presentarse de frac ante los alumnos. ¡Cómo cunde el mal

ejemplo!...

Sus bromitas me desconcertaron un poco; pero no quise ceder.

--Mira, perdido--le dije tomándole por un brazo.--Que quieras que no,

te llevo á casa. No irás á la _Farmacia_. Yo lo mando y tienes que

obedecer á tu maestro.

--Transacción... Procuremos conciliarlo todo, como dice su hermano de

usted. No iré á la _Farmacia_; pero no puedo acostarme sin tomar algo.

--Pero, gandul, ¿No has cenado en casa de José?

--Sí... Distingamos; no es precisamente porque tenga apetito. Es por

aquello de ir á alguna parte.

--¿Y á dónde quieres ir?

--Renuncio á la _Farmacia_ con tal que usted me acompañe á tomar

buñuelos.

--¿Dónde, libertino?

--Aquí, en la buñolería de la calle de San Joaquín. Está fría la noche,

y una copita de aguardiente no viene mal.

--¿Estás loco? ¿Crees que yo..,?

--Vamos, _magister_, sea usted amable. Ya ve usted que por complacerle

renuncio á ir á mi círculo. Es cuestión de diez minutos. Luego nos

iremos juntos á nuestra casita, como las personas más arregladas del

mundo.

Y tirando de mi capa, hizo tales esfuerzos por meterme consigo en aquel

local innoble, que no pude resistirme, ni creí oportuno disputar más

con él por un acto que en verdad era insignificante.

--¡Caprichoso!

--Sentémonos, maestro.

XX

¡Me parecía mentira!

¡Yo sentado en el banco de una buñolería, á las cuatro de la mañana,

teniendo delante un plato de churros y una copa de aguardiente!...

Vamos, era para echarme á reir, y así lo hice. ¿Quién se llamará dueño

de sí, quién blasonará de informar con la idea la vida, que no se vea

desmentido, cuando menos lo piense, por la despótica imposición de

la misma vida y por mil fatalidades que salen á sorprendernos en las

encrucijadas de la sociedad, ó nos secuestran como cobardes ladrones?

La pícara sociedad, blandamente y como quien no hace nada, me había

estafado mi serenidad filosófica, y tiempo llegaría, si Dios no lo

remediaba, en que yo no hallaría en mí nada de lo que formó mi vigorosa

personalidad en días más venturosos.

Estas reflexiones hacía yo, mirando á dos parejas que en las mesillas

de enfrente estaban, y asombrándome de verme en tal compañía. Eran

cuatro artistas del género flamenco, dos machos y dos hembras, que

acababan de salir del café-teatro de la esquina, donde cantaban todas

las noches. Ellas eran graciosas, insolentes, la una gordiflona,

espiritual la otra, ambas con mantones pardos, pañuelos á la cabeza,

liados con desaliño y formando teja sobre la frente; las manos

bonitas, los piés calzados con perfección. De capa, pavero y chaqueta

peluda, afeitados como curas, peinados como toreros, sin coleta, los

hombres eran de lo más antipático que puede verse en la Creación. Las

cuatro voces roncas sostenían un diálogo, picado, zumbante y lleno

de interjecciones, del cual no se entendían más que las groserías y

barbarismos. Era la primera vez que yo me veía tan cerca de semejantes

tipos, y no les quitaba los ojos.

--¡Qué guapa es la gorda!--me dijo Manuel.--Maestro, veo que se

entusiasma usted.

--¿Yo?...

--Si parece que se la quiere usted comer con los ojos...

--No seas necio.

--Y ella no lo lleva á mal, maestro. También le echa á usted los

ojazos. Esto que allá por otras regiones se llama _flirtation_, se

llama aquí _tomar varas_.

--¿Has acabado ya de beber tu aguardiente, vicioso?--le dije, con vivo

deseo de salir de allí.

--¿Y usted no toma?

--¿Yo? Quita allá este asco, este veneno...

--¿Sabe usted, maestro, que estoy esta noche así como excitado de

nervios, enardecido de sangre, y parece que una electricidad se me

pasea por todo el cuerpo?... Siento apetito de acción, de violencia; no

sé lo que pasa en mí...

--Yo le miraba atentamente y reflexionaba sobre aquel estado de mi

discípulo, que era cosa nueva en él, y desagradable para mí, que tanto

le quería.

--Porque, sí señor--siguió;--hay ocasiones en que nos es necesario

hacer cualquier barbaridad, como compensación de las tonterías y

sosadas que informan nuestra vida habitual; algo violento, algo

dramático. Suprima usted de la vida el elemento dramático, y adios

juventud. ¿No le parece á usted que nos divertiríamos si ahora armase

yo camorra con esta gente?

--¡Con estos...! Por Dios, Manuel, á tí te pasa algo. Tú estás loco, ó

has bebido...

--Después de todo, ¿qué pasaría? Nada. Esta es gente cobarde. Iríamos

todos á la prevención, y mañana, mejor dicho, hoy, faltaría usted á

clase, y quizás tendrían que ir el rector y el decano á sacarle de las

uñas de la policía.

--Si tuviera aquí palmeta y disciplinas, te trataría como trata un

maestro de escuela al más pillo de sus alumnos. No mereces otra cosa.

Desde que no estás bajo mi dirección, has variado tanto, que á veces me

cuesta trabajo conocerte. Piensas y hablas tan bajamente, que me aflijo

considerando la esterilidad de lo que te enseñé.

--¡Oh! no--exclamó Peña con vehemencia, dándose una puñada sobre el

corazón y un palmetazo en la frente.--Algo queda. Mucho hay aquí y

aquí, maestro, que permanecerá por tiempo infinito. Esta luz no se

extinguirá jamás, y mientras haya espacio, mientras haya tiempo...

Los cuatro flamencos se levantaron para marcharse. Viendo el entusiasmo

de Manuel, ellos se miraron asombrados, ellas sofocaban la risa. Se me

parecieron á las dos célebres mozas que estaban á la puerta de la venta

cuando llegó don Quijote y dijo aquellas retumbantes expresiones, que

tanto disonaban del lugar y la ocasión. Yo ví el cielo abierto cuando

se fueron los del cante, porque así no tenía Manuel con quién armar la

trapisonda que deseaba.

La buñolería estaba pintada de rojo, á estilo de las tabernas de

Madrid. Las paredes sucias, forradas de un papel con casetones

repetidos, llenos de pastorcitas, ofrecían una superficie rameada y

pringosa. Un mostrador chapeado de latón, varias sillas desvencijadas,

un reloj y un calendario americano, que no sé para qué servía, formaban

el mueblaje, y el vaho de aceite frito espesaba la atmósfera.

--Vámonos, Manuel; esto es un escándalo.

--Un ratito más...

--Yo me caigo de sueño.

--Pues yo estoy tan desvelado, que se me figura no he de dormir más en

mi vida.

--Á tí te pasa algo.

--Lo que dije á usted; que me anda, no sé si por el cuerpo ó por el

alma, el prurito dramático, dándome cosquillas y picazones. Yo quiero

hacer algo, _magister_, yo necesito acción. Esta vida de tiesura social

y de pasividad sosa me cansa, me aburre. Estoy en la edad dramática

(voy á ser pedante), en el momento histórico que no vacilo en llamar

florentino, porque su determinación es arte, pasiones, violencia. Los

Médicis se me han metido en el cuerpo y se han posesionado de él, como

los diablillos que atormentan al endemoniado.

No pude menos de reir.

--Vamos á ver, ¿qué lees ahora, en qué te ocupas?

--Leo á Maquiavelo. Su _Historia de Florencia_, su _Mandrágora_, sus

_Comentarios á Tito Livio_ y su _Tratado del Príncipe_ son los libros

más asombrosos que han salido de manos del hombre.

--Mala, perversa lectura si no va precedida de la preparación

conveniente.--Es mi tema, querido Manuel; si no haces caso de mí,

tu inteligencia se llenará de vicios. Dedícate al estudio de los

principios generales...

--¡Oh, maestro, por favor, no siga usted! La filosofía me apesta. La

metafísica no entra en mí. Es un juego de palabras. ¡La ontología! Por

Dios, aparte usted de mí ese caliz emético. Cuando tomo una pócima de

sustancia, sér y causa, estoy malo tres días. Me gustan los hechos, la

vida, las particularidades. No me hable usted de teorías, hábleme de

sucesos, no me hable usted de sistema, hábleme de hombres. Maquiavelo

me presenta el panorama rico y verdadero de la naturaleza humana, y por

él doy á todos los filosofistas habidos y por haber.

--Estamos haciendo el tonto, Peña; estamos discutiendo en una buñolería

el tema radical y eterno. No profanemos la inteligencia, y vámonos á

dormir... En otra ocasión discutiremos. Tú has variado mucho y has

crecido lozano y vigoroso, pero algo torcido. Yo necesito enderezarte.

Algo hay en tí que no me gusta, que no procede de mis lecciones. Quizás

alguna pasajera florescencia del espíritu, de esas que marcan el

período culminante de la juventud... En fin, sea lo que quiera, vámonos

ya.

Al fin logré que se levantara del tabernario banquetillo.

--Voy á revelarle á usted un secreto--me dijo cuando pasábamos junto

al mercado, en cuyas galerías y puestos algún rumor, alguna lucecilla

triste anunciaban los primeros desperezos de la faena del día.--Desde

que estoy así...

--¿Cómo?

--Así, nervioso, excitado, con estos estímulos musculares que me piden

la violencia, la arbitrariedad, el drama... Pues desde que estoy así,

mis antipatías son tan atroces, que al que me desagrada, le aborrezco

con toda mi alma. ¿Sabe usted quién es la persona que más me carga de

cuantos hay sobre la tierra?

--¿Quién?

--Su hermano de usted, nuestro anfitrión de esta noche, el Sr. D. José

María Manso, marqués presunto, según dicen.

Lastimado de esta cruel antipatía, defendí á mi hermano con calor,

diciendo á Peña que si aquél tenía ciertas ridiculeces y manías

era bueno y leal. Pero mi defensa exasperó más al joven, el cual

sostuvo que toda la rectitud y lealtad de José no valían dos pepinos.

Sospeché que Manuel había oido en los corrillos políticos del salón

de mi hermano algún comentario picante, alguna frase alusiva á su

humildísimo origen, y que, mortificado por esto, confundía en un solo

aborrecimiento al dueño de la casa y á los murmuradores. Así se lo

dije, y me confesó que, en efecto, había oido cosillas que lastimaban

su dignidad horriblemente; pero que en este orden de agravios, el

delincuente era Leopoldito Tellería, marqués de Casa-Bojío, por lo

cual mi buen amigo aguardaba una coyuntura propicia para romperle el

bautismo.

--¿Duelito tenemos?--dije, no pudiendo consentir que mi discípulo, á

quien yo había inculcado las más severas nociones de moral, me viniese

hablando de resolver sus asuntos de honor con el bárbaro é ineficaz

procedimiento del desafío, herencia del vandalismo y de la ignorancia.

--Usted no vive en el mundo, maestro--replicó él. Su sombra de usted

se pasea por el salón de Manso; pero usted permanece en la grandiosa

Babia del pensamiento, donde todo es ontológico, donde el hombre es

un sér incorpóreo, sin sangre ni nervios, más hijo de la idea que de

la historia y de la Naturaleza; un sér que no tiene edad, ni patria,

ni padres, ni novia. Diga usted lo que quiera; pero me parece que si

yo no tuviera ocasión de ponerle la mano en la cara al marqués de

Casa-Bojío, y de echarle al suelo y de pasearme luego por su cuerpo,

llegaría á creer que el Universo está desequilibrado y que el orden de

la Naturaleza se ha destruido... ¿Y lo creerá usted? Hay otro hombre

que me encocora más que Leopoldito, y es el benemérito hermano de mi

maestro.

--¿Y también le vas á desafiar? ¿Pero estás loco? Anda... has declarado

la guerra al género humano... Manuel, Manuel, niño, modera esos

impulsitos, ó será preciso ponerte un chaleco de fuerza. Estás hecho

un pisaverde, un monstruo de alfeñique, un calaverilla de estos que se

estilan hoy, verdaderos muñecos desengonzados que representan el Don

Juan con los trapos y la voz de Polichinela.

Cuando subíamos la escalera, la señora de Peña abrió la puerta. Nunca

se acostaba hasta que no volvía de la calle su hijo. Aquella noche,

la célebre doña Javiera, soñolienta y malhumorada por la tardanza del

nene, nos echó un mediano réspice á los dos.

--¡Ay, qué horas, qué horas de venir á casa!... Pero ¿también usted,

amigo Manso, anda en estos pasos? Usted tan pacífico, tan casero, tan

madrugador, ¿se descuelga aquí á las cuatro y media de la mañana? Vaya

con el maestrito, con el padrote...

--Este pillo, señora, este pillo es quien me pervierte.

--No, mamá; él á mí.

--¡Ay! hijo, qué pálido estás... ¿qué tienes? ¿Te ha pasado algo?

--Nada, mamá; no tengo nada.

--¿Pero no entras á acostarte?

--Voy un momento arriba con el amigo Manso. Quiero que me deje unos

libros que necesito.

--¡Libros tú!--le dije, entrando en mi casa.--¿Para qué quieres libros?

--Para preparar mi discurso.

--¿Qué discurso? ¿Ahora sales con eso?

--Usted sí que está en Belén. ¿No le he dicho á usted que voy á hablar

en la gran velada?

--¿Qué gran velada es esa?

--La que dará la _Sociedad para socorro de los inválidos de la

Industria_.

--¡Ah! es verdad. ¿Sobre qué tema vas á hablar? Toma los libros que

quieras...

Yo me caía de sueño. Dejéle en el despacho y me fuí á mi alcoba,

que era la pieza contígua. Desde mi cama le veía revolviendo en los

estantes, tomando y dejando este ó el otro libro.

Antes de dormirme, le dije:

--Mañana me contarás los motivos de ese resentimiento que sientes

contra mi pobre hermano.

--No lo puedo decir, es un secreto... ¿Le parece á usted que me lleve á

Spencer?

--Hombre, llévate al moro Muza, y déjame descansar.

Ya desvanecido en el primer sueño, le oí decir:

--Es un canalla, es un canalla.

Y dormido profundamente, en mi cerebro no había más reminiscencias

de la vida exterior que aquellas palabras, rielando en la superficie

oscura y temblorosa de mi sueño, como el fulgor de las estrellas sobre

el mar.

XXI

Al día siguiente...

Pero antes quiero hacer una confidencia. El hecho que voy á declarar

me favorece poco, me pintará quizás como hombre vulgar, insensible á

los delicados gustos de nuestra sociedad reformista; pero pongo mi

deber de historiador por delante de todo, y así se apreciará por esta

franqueza la sinceridad de las demás partes de mi narración.--Vamos á

ello. Las buenas comidas y los platos selectos de la mesa de mi hermano

llegaron á empacharme, y como trascurrían semanas enteras sin que

pudiera librarme de comer allá, concluí por echar de menos mi habitual

mesa humilde y el manjar preferente de ella, los garbanzos, que para

mí, como he dicho antes, no tienen sustitución posible. El apetito de

aquella legumbre me fué ganando, y llegó á ser irresistible. Estaba

yo como el fumador vicioso, cuando por mucho tiempo se ve privado de

tabaco. Siempre que pasaba por la Corredera de San Pablo y por la

tienda de que soy parroquiano, titulada la _Aduana en comestibles_, se

me iban los ojos al gran saco de garbanzos colocado en la puerta, y no

por verlos crudos se me antojaban menos sabrosos. No pudiendo refrenar

más mi deseo, resistíme un día á comer con Lica, y previne á Petra que

me pusiera el cocido de reglamento. No tengo más que decir sino que

me desquité bárbaramente de la privación que había sufrido. Y ahora,

adelante.

El amigo Manso · 第 8 / 21 段