La habitación de estudio era la única de la casa en que había orden, y

al propio tiempo la menos clara, pues siempre se encendía luz en ella

á las tres de la tarde. ¡Qué hermoso tinte de poesía y de serenidad

marmórea tomabas á mis ojos, maestra pálida, á la compuesta luz de

la llama y de la claridad espirante del día! Por tí salía mi espíritu

de su normal centro para lanzarse á divagaciones pueriles y hacer

cabriolas, impropias de todo espíritu bien educado.--La estancia

aquella había sido comedor y estaba forrada de papel imitando roble

con listones negros claveteados. En un testero estaba el pupitre donde

las niñas escribían; no lejos de allí una mesa grande, un sofá de

gutapercha y algunas sillas negras. En la pared había algunos mapas

nuevos, y dos viejísimos, de la Oceanía y de la Tierra Santa, que yo

recordaba haber visto en la casa de doña Cándida. Es de suponer que mi

cínife le endosaría aquellas dos piezas á Lica, haciéndolas pagar al

precio de las demás gangas que á la casa llevaba.

--Vamos á ver, Isabel,--decía Irene,--los verbos irregulares.

La ocasión y el sitio imponíanme la mayor seriedad; así para

aproximarme en espíritu á Irene, tenía que ayudarle en su tarea

escolástica, facilitándole la conjugación y declinación, ó compartiendo

con ella las descripciones del mundo en la Geografía. La Historia

Sagrada nos consumía mucha parte del tiempo, y la vida de José y sus

hermanos, contada por mí tenía vivísimo encanto para las niñas, y áun

para la maestra. Luego venían las lecciones de francés, y en los temas

les ayudaba un poco, así como en la analogía y sintaxis castellanas,

partes del saber en que la misma profesora, dígase con imparcialidad,

solía dormitar _aliquando_, como el buen Homero.

Mientras escribían, había un poco más de libertad. Isabel y Jesusa,

al trazar sus letras, se embadurnaban los dedos de tinta. Pepito,

á quien era preciso dar un lapiz y un papel para que se estuviera

callado, hacía rayas y jeroglificos en un rincón, y á cada momento

venía á enseñarme sus obras, llamándolas caballos, burros y casas.

Irene descansaba, y cogiendo el encaje de _frivolité_, se ponía á hacer

nudos con la lanzadera, y yo á mirarle los dedos, que eran preciosos.

Con aquel trabajillo se ayudaba, reforzando su mísero peculio. ¡Bendita

laboriosidad, que era el remate ó coronamiento glorioso de sus

múltiples atractivos! Yo inspeccionaba las planas de las niñas y decía

á cada instante: «Más delgado, niña; más grueso; aprieta ahora...»

De repente, un prurito irresistible del alma me hacía volver hacia

Irene y decirle:

--¿Está usted contenta con esta vida?

Y ella alzaba los hombros, me miraba, se sonreía, y... ¿Por qué

negarlo, si quiero que la verdad más pura resplandezca en mi relato?

Sí, me parecía sorprender en ella cansancio y aburrimiento. Pero

sus palabras, llenas de profundo sentido, me revelaban cuán pronto

triunfaba la voluntad de la flaqueza de ánimo.

--Es preciso tomar la vida como se presenta. Estoy contenta, Máximo,

¿qué más puedo desear por ahora?

--Usted está llamada á grandes destinos, Irene. Por Dios, Jesusita, no

pintes, no pintes; haz el trazo con libertad, y salga lo que saliere.

Si sale mal, se hace otro, y adelante... Las cualidades superiores

que resplandecen en usted... Pero Isabel, ¿á dónde vas con ese codo?

¿Lo quieres poner en el techo? Anda, anda; parece que vas á dar un

abrazo á la mesa... No mojes tanto la pluma, criatura. Estás chorreando

tinta... Ese codo, ese codo... Pues sí, las cualidades superiores...

Y aquí me detuve, porque, á semejanza de lo que la tarde anterior me

había pasado en el teatro, sentí obstruccciones en mi mente, como si

ciertas y determinadas ideas no quisieran prestarse á ser expresadas

y se escondieran con vergüenza, huyendo de la palabra, que á tirones

quería echarlas fuera. El requiebro vulgar repugnaba á mi espíritu,

y no sé por qué intervenía cruelmente en ello mi gusto literario. Y

como al mismo tiempo no hallaba una fórmula escogida, graciosa, de

exquisita intención y originalidad que respondiese á mi pensamiento,

estableciendo insuperable diferencia entre mi sensibilidad y la de los

mozalvetes y estudiantes, no tuve más remedio que adoptar el grandioso

estilo del silencio, poniendo de vez en cuando en él la pincelada de un

elogio.

--Usted, Irene, es de lo más perfecto que conozco.

Ella seguía haciendo nudos y más nudos, y no respondía á mis alabanzas

sino echándome otras tan hiperbólicas que me ofendían. Según ella, yo

era el hombre acabado, el hombre sin pero, el hombre único. ¡Y cuidado

con los elogios que hacían de mí todas las personas que me trataban!...

No, no podía existir tal perfección en la persona humana, y por fuerza

habían de descubrir algún defectillo los que me trataran de cerca.

Contestando á esto, creo que estuve oportuno y algo chispeante,

decidiéndome á lanzar algunas ideas preparatorias que ella, á mi

parecer, comprendió perfectamente--Nuevos elogios de Irene, dirigidos

en particular á lo que ella calificaba de originalidad en mi ingenio.

«Es usted tremendo,» me dijo, y á esta frase siguió prolongado silencio

de ambos.

La tarde estaba hermosa, y salimos á paseo. No sé si fué aquella

tarde ú otra cuando me retiré á casa con la idea y el propósito de no

precipitarme en la realización de mi plan, hasta que el tiempo y un

largo trato no me revelaran con toda claridad las condiciones del suelo

que pisaba.

«No me conviene ir demasiado aprisa, pensaba yo. El hecho, el hecho

me guiará, y la serie de fenómenos observados me trazará seguro

camino. Procedamos en este asunto gravísimo con el riguroso método que

empleamos hasta en las cosas triviales. Así tendré la seguridad de no

equivocarme. Poniendo un freno á mis afectos, que se dejarían llevar de

impetuoso movimiento, conviene observar más todavía. ¿Acaso la conozco

bien? No; cada día noto que hay algo en ella que permanece velado á mis

ojos. Lo que más claro veo en su prodigioso tacto para no decir sino

aquello que bien le cuadra, ocultando lo demás. Demos tiempo al tiempo,

que así como el trato ha de producir el descubrimiento de las regiones

morales que aún están entre brumas, la amistad que del trato resulte

y el coloquio frecuente han de traer espontaneidades que, como por la

mano, le den á conocer á ella mis propósitos y á mí su aquiescencia,

sin necesidad de esa palabrería de mal gusto que tanto repugna á mi

organización intelectual y estética.»

Tal como lo pensaba lo hice. Muchas mañanas asistí á las lecciones y

muchas tardes á los paseos, mostrando indiferencia y áun sequedad. La

digna reserva de ella me agradaba más cada vez. Un día nos cogió un

chaparrón en el Retiro. Tomé un coche, y con la estrechez consiguiente

nos metimos en él los cinco y nos fuimos á casa. Chorreábamos agua, y

nuestras ropas estaban caladas. Yo tenía un gran disgusto y el temor de

que ella y los niños se constipasen.

--Por mí no tema usted--me dijo Irene.--Jamás he estado mala. Yo tengo

una salud... tremenda.

¡Bendita Providencia que á tantos dones eminentes añadió en aquella

criatura el de la salud, para que respondiese mejor á los fines humanos

en la familia! El que tuviese la dicha de ser esposo de aquella

escogida entre las escogidas, no se vería en el caso de confiar la

crianza de sus hijos á una madre postiza y mercenaria; no vería

entronizado en su casa ese monstruo que llaman nodriza, vilipendio de

la maternidad y del siglo.

--Cuídese usted, cuídese usted--le dije con afán previsor,--para que su

hermosa salud no se altere nunca.

Dos días estuve sin ir á casa de mi hermano. ¿Fué casualidad ó plan

malicioso? Crea el lector lo que quiera. Mi metódico afecto tenía

también sus tácticas y algo se entendía de amorosas emboscadas. Cuando

fuí después de ausencia que tan larga me parecía, sorprendí en el

rostro de Irene alegría muy viva.

--¡Qué caro se vende usted!--me dijo poniéndose más pálida.

--Me parece--repliqué yo,--que hace dos siglos que no nos vemos.

¡He pensado tanto en usted!... Ayer hablamos... No nos vimos, y sin

embargo, le dije á usted estas y estas cosas.

--Es usted... tremendo.

--No quisiera equivocarme; pero me parece que noto en usted algo de

tristeza... ¿Le ha pasado á usted algo desagradable?

--No, no, nada--respondió con precipitación y un poco de sobresalto.

--Pues me parecía... No, no puede estar usted satisfecha de este género

de vida, de esta rutina impropia de un alma superior.

--Ya se ve que no--dijo con vehemencia.

--Hábleme usted con franqueza, revéleme todo lo que piense, y no me

oculte nada... Esta vida...

--Es tremenda.

--Usted merece otra cosa, y lo que usted merece lo tendrá. No puede ser

de otra manera.

--Pues qué, ¿había de pasar toda mi juventud enseñando á hacer palotes?

--¿Y cuidando chiquillos...?

--¿Y dando lecciones de lo que no entiendo bien...?

Echó sobre los libros que en la próxima mesa estaban una mirada tan

desdeñosa, que me pareció verles apenados y confundidos bajo el peso de

la excomunión mayor.

--Usted se aburre, ¿no es verdad? Usted es demasiado inteligente,

demasiado bella para vivir asalariada.

Me expresó con dulce mirada su gratitud por lo bien que había

interpretado sus sentimientos.

--Esto se acabará. Irene. Yo respondo...

--Si no fuera por usted, Máximo--me dijo con expresión de la más

generosa amistad,--ya habría salido de aquí.

--Pero qué... ¿está usted descontenta de la familia?

--No... es decir... pero no, no--murmuró contradiciéndose cuatro veces

en seis palabras.

--Algo hay...

--No, no, digo á usted que no.

--Tiempo hace que nos conocemos. ¿Será posible que no tenga usted

conmigo la confianza que merezco...?

--Sí la tengo, la tendré--replicó animándose.--Usted es mi único amigo,

mi protector... Usted...

¡Qué hermosa espontaneidad se pintaba en su rostro! La verdad retozaba

en su boca.

--Me interesa tanto usted, y su felicidad y su porvenir, que...

--Porque lo conozco así, tendré que consultar con usted algunas

cosas... tremendas...

--¡Tremendas!

No daba yo gran importancia á este adjetivo, porque Irene lo usaba para

todo.

--Y yo le juro á usted--añadió cruzando las manos y poniéndose

bellísima, asombrosa de sentimiento, de candor y piedad...--Yo juro que

no haré sino lo que usted me mande.

--Pues...

El corazón se me salía con aquel _pues_... No sé hasta donde habría

llegado yo, si no abriera la puerta Lica en aquel momento.

--Máximo--dijo sin entrar,--llégate aquí, chinito...

Quería que yo le redactase las invitaciones para aquella noche. ¡Pobre

Lica, cómo me contrarió con su inoportunidad! No volví á ver á Irene

aquella tarde; pero yo estaba tan contento como si la tuviera delante y

la oyese sin cesar. El discursillo del cual no dije sino una palabra,

sonaba en mí como si cien veces se hubiera pronunciado y otras ciento

hubiera recibido de ella la hermosa aprobación que yo esperaba.

XVII

La llevaba conmigo.

Era como si la naturaleza de ella hubiera sido inoculada milagrosamente

en la mía. La sentía compenetrada en mí, espíritu con espíritu; y

esto me daba una alegría que se avivó por la noche, cuando fuí á la

reunión de jueves; y esta alegría radiosa salía de mí como inspiración

chispeante, brotando de los labios, de los ojos y áun creo que de los

poros. Entróme de súbito un optimismo, algo semejante al delirio que le

entra al calenturiento, y todo me parecía hermoso y placentero, como

proyección de mí mismo. Con todos hablé y todos se trasfiguraban á mis

ojos, que, cual los de D. Quijote, hacían de las ventas castillos.

Mi hermano me pareció un Bismarck, Cimarra se dejaba atrás á Catón,

el poeta eclipsaba á Homero, Pez era un Maltus por la estadística,

un Stuart Mill por la política, y mi cuñada Manuela la mujer más

aristocrática, más fina, más elegante y distinguida que había pisado

alfombras en el mundo. Para que se vea hasta qué aberraciones morbosas

me condujo mi loco optimismo, diré que el poeta mismo oyó de mis

labios frases de benevolencia, y que casi llegué á prometerle que

me ocuparía de sus escritos en un próximo trabajo crítico. Esto le

puso como fuera de sí, y rodando la conversación de personalidad en

personalidad, afirmó que yo me dejaba muy atrás á Kant, á Schelling y á

todos los padres de la filosofía. Sus indignas lisonjas me abrieron los

ojos y fueron correctivo de mi debilidad optimista. Yo creo que había

en mí un desorden físico, no sé qué reblandecimiento de los órganos que

más relación tienen con la entereza de caracter. De mucho sirvió para

restituirme á mi sér el interminable solo que me dió Sainz del Bardal

á propósito de los inmensos progresos de la _Sociedad de inválidos

de la industria_. En servicio de ella desplegaba el poeta-secretario

una actividad demente, febril, y se multiplicaba para organizar los

trabajos, para aumentar el número de socios y alcanzar la protección

del Gobierno. Había logrado meter en ella á tres ex-ministros y á

otro personaje muy conocido en Madrid, propagandista infatigable que

pronunciaba seis discursos por semana en distintas sociedades. Todo

marchaba admirablemente, y marcharía mejor cuando los planes de los

caritativos fundadores tuvieran completo desarrollo. Por de pronto,

se había acordado destinar los cuantiosos fondos reunidos á imprimir

los notabilísimos discursos que se pronunciaran en las turbulentas

sesiones. Lástima grande que tan admirables piezas de elocuencia se

perdieran. Ante todo, España es el país clásico de la oratoria. Los

autores del voto particular y la mayoría de la comisión no habían

logrado ponerse de acuerdo sobre aquel sutil tema; mas para salir del

paso, se había nombrado una comisión mixta, compuesta de indivíduos

de la de propaganda y de la de aplicación para que redactasen el tema

de nuevo. Reunida esta junta magna, acordó que lo primero que debía

hacerse era abrir un certámen poético, para premiar la mejor _oda al

trabajo_. El primer premio consistía en coliflor de oro é impresión de

quinientos ejemplares; el _accesit_ en girasol de plata é impresión

de doscientos. Ya ví venir el nublado al enterarme de estos planes

funestos, y en efecto, me nombraron presidente del jurado. También

se pensaba en gran rifa, organizada por señoras, y en una soberbia y

resonante velada, ó quizás _matinée_, en la cual, después de leida

por Bardal la memoria de los trabajos de la sociedad, habría música,

discursos y lectura de versos, que son la sal de estos festejos

filantrópicos.

Como pude, me sacudí de encima al moscón que me aturdía, dí una vuelta

por los salones, y de repente sentí un golpecito en el hombro y una

simpática voz que me dijo:

--Hola, maestro... Le ví á usted con _el tífus_, y no quise acercarme.

--¡Ay! Peña, el ataque ha sido tan fuerte, que creo tendré

convalecencia para toda la noche... Sentémonos, siento una debilidad...

--Esa es la _febris carnis_... Yo no me rindo á Sainz del Bardal.

Cuando viene á hablarme, le vuelvo la espalda. Si á pesar de eso me

habla, le echo una rociada de ácido fénico, quiero decir que le llamo

necio.

--Pero, hombre, ¿qué es de tu vida?

--Ya ve usted, maestro... vámonos de aquí. _Achantémonos_ en ese

gabinete.

--¿Qué me cuentas?

--Nada de particular.

--¿Es cierto que ya no le haces la corte á Amalia Vendesol?

--¡Quiá, maestro!... Si eso se acabó hace mil años. Es inaguantable.

Unas exigencias, unas susceptibilidades... Verá usted; si un día dejaba

de pasar á caballo por su casa, ¡María Santísima! la que se armaba. Si

en el Retiro me distraía y miraba para alguien... En fin, tiene peor

genio que su tía Rosaura, la que le sacó un ojo á su marido riñendo por

celos. Yo he visto á Amalia morder un abanico y hacerlo en cincuenta

pedazos... ¿por qué creerá usted? porque una noche no pude tomar butaca

impar en la Comedia, y tuve que ponerme en las pares. Y qué educación

la suya, amigo Manso. Escribe garabatos, dice _pedrominio_, y tiene un

cariño á las haches...

--Como todas... como la mayoría... ¿Y es cierto que te has dedicado á

una de las de Pez?

--Ahí están las dos. ¿Las ha visto usted? Me entretengo con ellas,

principalmente con la menor, que es graciosísima. Están bien educadas,

es decir, tienen un barniz...

--Eso es, nada más que un barniz. Ignoran todo lo ignorable; pero

se les ha pegado algo de lo que oyen, y parecen mujeres. No son,

realmente, más que muñecas, de las que dicen _papá_ y _mamá_.

--Pero éstas no dicen _papá_ y _mamá_, sino _marido_, _marido_. La

mayor, sobre todo, es muy despabilada. Cuidado que sabe unas cosas...

Anoche me quedé aterrado oyéndola. Hablando con verdad, no sé si

decirle á usted que son monísimas ó muy cargantes. Hay en ellas algo

de los visos del tornasol ó de los reflejos metálicos de una mayólica.

Á veces marean, á veces deslumbran; cansan y enamoran. Dan alegría y

amor. La mayor, Adela, es de una vanidad que no se concibe. Yo creo que

si un príncipe se dirige á ella, aún será poca cosa.

--Verás como concluye por casarse con un distinguido teniente.

--Lo creo. Tiene un tupé la niña... Algo se la ha pegado á la pequeña.

Ya se ve. Con aquella tiesa mamá que parece figura arrancada á una

tabla de la Edad Media...

--Con aquel soplado papá, que es el sincretismo de todas las

pretensiones más enfáticas...

--¿Pero no le llama la atención el lujo de esa gente?

--Á mí, en materia de estupidez humana, no me llama ya nada la atención.

--Es un lujo imposible, misterioso. ¿Qué hay detrás de todo eso? Los

cincuenta mil reales del señor de Pez, y pare usted de contar.

--Madrid es un valle de problemas.

--Yo creo que las pretensiones de las niñas dejan muy atrás á las

de los papás. La ley de herencia se ha cumplido con exceso. Y no sé

yo quién va á cargar con esos apuntes. El desgraciado que se case

con cualquiera de ellas, ya puede hacer la cuenta que se casa con

las modistas, con los tapiceros, con los empresarios de teatros, con

Binder el de los coches, con Worth el de los trajes y con todos los

arruinadores de la humanidad. Acostumbradas esas niñas al lujo, ¿dónde

encontrarán capital bastante fuerte para sostenerlo? Maestro, esto

está perdido, aquí va á venir un desquiciamiento. Hablan de la juventud

masculina y de su corrupción, de su alejamiento de la familia, de la

tendencia antidoméstica que determinan en nosotros el estudio, los

cafés, los casinos... Pues, ¿y qué me dice usted de las niñas? La

frivolidad, el lujo y cierta precocidad de mal gusto imposibilitan

á la doncella de estos países latinos para la constitución de las

familias futuras. ¿Qué vendrá aquí? ¿La destrucción de la familia,

la organización de la sociedad sobre la base de un individualismo

atomístico, el desenfreno de la variedad, sin unidad ni armonía, la

patria potestad en la mujer...?

--Lo femenino eterno--dije yo gravemente,--tiene leyes que no puede

dejar de cumplir. No seas pesimista, ni generalices fundándote en

hechos, que por múltiples que sean, no dejan de ser aislados.

--¡Aislados!

--Conoces poco el mundo. Eres un niño. Antes consistía la inocencia en

el desconocimiento del mal; ahora, en plena edad de paradojas, suele ir

unido el estado de inocencia al conocimiento de todos los males y á la

ignorancia del bien, del bien que luce poco y se esconde, como todo lo

que está en minoría. Créeme, créeme, te hablo con el corazón.

Y tomando entre mis dedos (¡cómo me acuerdo de esto!) el ojal de la

solapa de su frac, proseguí hablándole de este modo:

--Hay mucho tesoro, mucho bien, mucha ventura que tú no ves, porque te

tapa los ojos la inocencia, porque te ciega el vivo resplandor del mal.

Hay séres excepcionales, criaturas privilegiadas, dotadas de cuanto la

Naturaleza puede crear de más perfecto, de cuanto la educación puede

ofrecer de más refinado y exquisito. Flaquearía por su base el santo,

el sólido principio de armonía, si así no fuera, y sin armonía, adios

variedad, adios unidad suprema...

--No digo que no...

Y distraido, pero atento á mis palabras, se metió la mano en el

bolsillo del faldón y sacó una petaquilla.

--¡Ah! ya no me acordaba que usted no fuma... Yo tengo unas ganas

rabiosas de fumar. Con su permiso, maestro, me voy por ahí adentro á

echar un pitillo. ¿Viene usted?

No le seguí porque solicitaba mi curiosidad un grupo entusiasta que se

había formado en torno de mi hermano. Parecíame oir felicitaciones, y

el Sr. de Pez tenía un aire de protección tal que no sé cómo todo el

género humano no se arrojaba contrito y agradecido á sus plantas.

El motivo de tantos plácemes y de bullanga tan estrepitosa era que se

había recibido un telegrama de Cuba manifestando estar asegurada la

elección de José María.

XVIII

«Verdaderamente, señores...»

Dijo mi hermano; y atascado en su exordio por la obstrucción mental que

padecía en los momentos críticos, repitió al poco rato:

--Verdaderamente...

Pudo al fin formular un premioso discursejo, cuyas cláusulas iban

saliendo á golpecitos, como el agua de una fuente, en cuyo caño se

hubiese atragantado una piedra. Acerquéme un poco y oí frases sueltas,

como: «Yo no quiero salir de mis cuatro paredes... porque también se

puede servir al país desde el rincón de una casa... Pero estos señores

se empeñan... Á la benevolencia de estos señores debo... En fin, esto

es para mí un verdadero sacrificio; pero estoy verdaderamente dispuesto

á defender los sagrados intereses...»

Desde entonces tomó el sarao un aspecto político que le daba

extraordinario brillo. Había tres ex-ministros y muchos diputados y

periodistas, que hablaban por los codos. La sala del tresillo parecía

un rinconcito del Salón de Conferencias. Los que más bulla metían eran

los de la _democracia rampante_, partido tan joven como inquieto, al

cual se había afiliado José, llevado de sus preferencias por todo lo

que fuera transacción.

El espíritu reconciliatorio de José llega hasta el delirio, y sueña con

acoplar y emparejar las cosas más heterogéneas. Esto, según él, es lo

_verdaderamente inglés_. Lo de _la sucesiva serie de transacciones_ no

se le cae de la boca: es su _Padre Nuestro_ político, y así, todo lo

transige y siempre halla modo de aplicar sus ideales casamenteros. No

existe rivalidad histórica y fatal que él no se proponga resolver con

un abrazo de Vergara. Eso es: abrácense como hermanos el separatismo

y la nacionalidad, la insurrección y el ejército, la monarquía y la

república, la Iglesia y el libre examen, la aristocracia y la igualdad.

Toda idea pura es para él _una verdadera exageración_, y corta las

cuestiones diciendo: _basta de exclusivismos_. Para él no conviene que

haya exclusivismos en el arte, ni en religión, ni en filosofía. Toda

idea, toda teoría artística ó moral debe ceder una parte de sus regios

dominios á la teoría y á la idea contrarias. Lo bello deja de serlo si

este fenómeno no cruza con lo vulgar el famoso abrazo de Vergara. Jesús

y los Santos Padres son unos exagerados y exclusivistas por no haber

intentado un arreglito con la herejía.

Las majaderías de aquella gente me aburrían tanto, que me alejé

del salón y me interné en la casa. Harto de poetas, periodistas y

políticos, mi espíritu me pedía el descanso de un párrafo con doña

Jesusa. En el lejano aposento donde residía, estaba aquella noche, fija

en su butaca, envuelta en su mantón y acompañada de Rupertico, á quien

contaba cuentos.

--No me quiero acostar--me dijo,--porque el _sambeque_ del salón y

esta bulla de criados que van y vienen no me dejan dormir. Esta casa

parece un trapiche los jueves por la noche. ¡Jesús qué terremoto! Á

usted no le gusta esto; ya lo sé. ¡Y qué gente tan comilona! Con el té,

los dulces, los fiambres, las pastas, los helados que se han comido

ya, habría para mantener un ejército. La pobre Lica no es para esto;

si sigue así va á perder la salud... Le contaré á usted lo de anoche,

si me promete ser reservado... Pues tuvieron ella y José María una

peleíta. ¡Jesús qué jarana!... por si él entraba tarde, por si ella no

sabía hacer los honores. Yo bien sé que Lica está muy _chiqueada_. Pero

José ha echado un genio... No sé cuánta cosa sacaron: que él no piensa

más que en sencilleces; que se pasa la noche en el Casino, y quién

sabe, si en otras partes peores... Parece que hay descubrimiento...

Acercó su sillón al mío y casi al oido me dijo:

El amigo Manso · 第 7 / 21 段