Ignoro cómo rodó la conversación á cosas y hechos de su infancia.

Irene me habló de su padre, que fué caballerizo; recordaba vagamente

su uniforme con bordados, una pechera roja, un tricornio sobre una

cara que se inclinaba hacia ella, chiquitita, para darle besos.

Recordaba que en los albores de su conocimiento, todo respiraba junto

á ella profundo respeto hacia la Casa Real. Una tía suya paterna,

más humana que doña Cándida, la amaba entrañablemente. Esta señora

recibía una pensión de la Casa Real, porque su esposo, sus padres,

abuelos y tatarabuelos habían sido también caballerizos, sumilleres,

guardamangieres ó no sé qué. El entusiasmo de esta señora por la regia

familia era una idolatría. Cuando sobrevino la revolución del 68, la

tía de Irene perdió la pensión y el juicio, porque se volvió loca de

pena, y al poco tiempo murió, dejando á su tierna sobrina en las garras

de doña Cándida.

Verdaderamente, estas cosas tenían para mí un interés secundario,

y más cuando mi espíritu se atormentaba con la idea de una urgente

manifestación de sentimientos. Por natural simpatía, mi cabeza se

asimilaba y hacía suyo aquel estado de congoja moral, y empezó á

molestarme con una obstrucción dolorosa. Y permanecí callado en un

ángulo del palco, mientras los chicos miraban embobecidos el cuadro

de la Anunciación, el del Empadronamiento y el viaje á Belén. Irene

conoció en mi silencio que me dolía la cabeza, y me dijo que saliendo

un poquito á la calle para que me diera el aire se me quitaría.

Pero no quise salir, y durante el segundo entreacto hablamos... ¿de

qué? pues del caballerizo, de la tía de Irene, que padecía jaquecas de

tres días, con vómito, delirio y síncope. Poco después, alzado otra

vez el telón, vimos el monte, la cascada _de agua natural_ que caía

de lo alto del escenario y escurría entre hojalata; los pastores y el

rebaño vivo, compuesto de una docena de blancos borregos. En aquel

momento parecía que se iba á hundir el teatro: tan loco entusiasmo

suscitaban los chorros de agua y los corderos. Yo, como artista,

consideraba la índole de unos tiempos en que se hacen zarzuelas del

Nuevo Testamento, y luego, mientras se presentaba á los admirados

ojos de la chiquillería, de las criadas y nodrizas el bonito cuadro

del Portal, dejóse ir mi mente á un orden de juicios que no eran

totalmente distintos de los anteriores. Viendo en caricatura los hechos

más sagrados y puesto en farsa lo que la religión llama misterio para

hacerlo más respetable, se despertó en mí un prurito de crítica que, á

mi parecer, no dejaba de relacionarse con el pícaro dolor de cabeza,

pues parecía que éste lo estimulaba, dando á mi criterio pesimista

la agudeza de aquel filo que me cortaba el cráneo. Y lo más raro era

que mi crítica implacable se cebaba en aquello que más admiraban mis

ojos y que traía á mi espíritu tan risueñas esperanzas. Sin duda aquel

feo demonio que tanto había asustado á Pepito se metió en mí, porque

yo no cesaba de contemplar á Irene, no para saciarme en la vista de

sus perfecciones, sino para buscarle defectos y encontrárselos en

gran número, que esto era lo más grave. Su nariz me parecía de una

incorrección escandalosa, sus cejas demasiado ténues no permitían que

luciera bastante la proyección melancólica de sus ojos. ¿No era su boca

quizás, ó sin quizás, más grande de lo conveniente? Luego dejaba correr

mi despiadada regla por el cuello abajo y encontraba que en tal ó cual

parte hacía el vestido demasiados pliegues, que el corsé no acusaba

perfiles estéticos, que la cintura se doblaba más de lo regular, y al

mismo tiempo, ni había en su traje el esmerado corte que, á mi juicio,

debía tener, y sus guantes tenían una roturilla, y sus orejas estaban

demasiado rojas, no sé si por el calor, y su sombrero era muy grande, y

sus cabellos... Pero ¿á qué seguir? Mi cruel observación no perdonaba

nada, iba á rebuscar los defectos hasta á las regiones menos visibles,

y al hallarlos, cierta complacencia impía parece que daba descanso á

mi espíritu y alivio á mi dolor de cabeza... ¡Tontería grande aquel

trabajo mío, y cómo me reí de él más tarde! ¡Ni qué cosa humana habrá

que á tal análisis resista! Pero es una desdicha conocer el amargo

placer de la crítica y ser llevado por impulsos de la mente á deshojar

la misma flor que admiramos. Vale más ser niño y mirar con loco asombro

las imperfecciones de un rudo juguete, ó sentar plaza para siempre en

la infantería del vulgo. Esto me lleva á sospechar si el ideal estético

será puro convencionalismo, nacido de la finitud ó determinación

individual, y si tendrán razón los tontos al reirse de nosotros, ó lo

que es lo mismo, si los tontos serán en definitiva los discretos.

--¡Pobrecito Máximo!--me dijo de improviso Irene, en el momento que

caía el telón.--¿No se alivia esa cabeza?

Estas palabras me hicieron el efecto de un disciplinazo. Parece que

me habían despertado de un letargo. La miré, parecióme entonces tan

acabada como yo torpe, malicioso y zambo de cuerpo y alma.

--Me duele mucho... El calor... el ruido...

En aquel momento llamaban al autor, que no era San Lucas.

--Pues vámonos--dijo Irene.

Fué preciso hacer creer á las niñas que se había acabado todo. Pero

Belica, la mayor, estaba bien enterada del programa y nos decía muy

afligida: «Si falta la degollación...»

Irene las convenció de que no faltaba nada, y salimos.

--Le pondré á usted paños de agua sedativa--me dijo la profesora al

atravesar la calle de Santa Agueda.

¡Me pondría paños! Al oirla me pareció, no ya perfecta, sino puramente

ideal, hermana ó sobrina de los ángeles que asisten en el Cielo á los

santos achacosos y les dan el brazo para andar, y vendan y curan á los

que fueron mártires, cuando se les recrudecen sus heridas.

--El agua sedativa no me hace bien. Veremos si puedo dormir un poco.

--¿Se va usted á su casa?

--No; me echaré en el sofá del despacho de José María.

Y así lo hice. Muy entrada la noche, cuando desperté y me dieron una

taza de té, ya despejada la cabeza, sentí vivos deseos de ver á Irene,

pero no me atreví á preguntar por ella. Al salir para retirarme á mi

casa, doña Jesusa, como si adivinara mi pensamiento, me dijo:

--Esa niña, esa Irenita vale un Perú. Es más buena... Hasta hace un

rato ha estado cosiendo. Ya se ha encerrado en su cuarto. ¿Pero creerá

usted que duerme? Está leyendo acostada.

Al pasar ví claridad en el montante de la puerta. ¡Luz en su cuarto!

¿Qué leería?

XV

¿Qué leería?

Este fué el objeto de mis profundas cavilaciones en el tiempo que tardé

en llegar á mi casa, y aún me persiguió aquel enigma hasta que me

dormí, después de leer yo también un rato. ¿Y cual fué mi lectura? Abrí

no sé qué libros de mi más ardiente devoción, y me harté de poesía y de

idealidad.

Al despertar volví á preguntarme: «¿Qué leería?» Y en clase, cuando

explicaba mi lección, veía por entre las cláusulas y pensamientos de

ésta, como se ve la luz por entre las mallas de un tamíz, la cuestión

de lo que leía Irene.

Cumplidos mis deberes profesionales, aquel día, como casi todos, fuí á

almorzar á casa de mi hermano; y ved aquí cómo llegó á serme agradable

aquella mansión que al principio tantas antipatías despertaba en mí,

por el trastorno que sus habitantes habían causado en mis costumbres.

Pero yo empezaba á formarme una segunda rutina de vida, acomodándome al

medio local y atmosférico; que es ley que el mundo sea nuestro molde y

no nuestra hechura.

Favorecía mis visitas á aquella casa su proximidad á la mía, pues

en seis minutos y con sólo quinientos sesenta pasos salvaba yo la

distancia, por un itinerario que parecía camino celestial, formado de

las calles del Espíritu Santo, Corredera de San Pablo y calles de San

Joaquín, San Mateo y San Lorenzo. Esto era pasearse por las páginas

del _Año Cristiano_. ¡Y la casa me parecía tan bonita, con sus nueve

balcones de antepecho corrido, que semejaban pentágrama de música! ¡Y

eran tan interesantes la tienda, muestra y escaparates del estuquista

que habitaba en el piso bajo...! La gran escalera blanquecina me acogía

con paternal agasajo, y al entrar salía á recibirme el huésped eterno

y fijo de la casa, un fuerte olor de café retinto, que se asociaba

entonces á todas las imágenes, ideas y sucesos de la familia, y áun hoy

viene á formar en el fondo de mi memoria, siempre que repite aquellos

días, como un ambiente sensorio que envuelve y perfuma mi recuerdos.

El primero que aparecía ante mí era Rupertico haciendo cabriolas,

besándome la mano y llamándome _Taita_. Aquel día me dijo:

--Mi ama Lica se ha levantado hoy.

Entré á verla. Allí estaba doña Cándida, hecha un caramelo de

amabilidad, atendiendo á Lica, arreglándole las almohadas en el sillón,

cerrando las puertas para que no le diera aire, y al mismo tiempo

poniendo sus cinco sentidos en la criatura y en el ama. Las reglas y

preceptos que Calígula dictaba á cada momento para que el niño y la

nodriza no sufrieran el menor percance, llenarían tantos volúmenes

como la _Novísima Recopilación_. Ella había buscado el ama y la había

vestido, poniéndole más galones que á un féretro, collares rojos y todo

lo demás que constituye el traje de pasiega; ella le había marcado el

régimen y regulaba las hartazgas que tomaba aquella humana vaca, de

cuya voracidad no puede darse idea. Ella corría con todo lo de ropitas,

fajas y abrigos para mi tierno ahijado.

«Tiene toda la cara de tu madre--me decía,--y este se me figura que va

á ser un sabio como tú. ¿Pero has visto cosa más rica que este angel?»

Á mí me parecía bastante feo. Tenía por nariz la trompeta que es

característica de todos los Mansos, y un aire de mal humor, un gesto

avinagrado, un mohín tan displicente, que me le figuraba echando

pestes de los fastidiosos obsequios de doña Cándida.

Esta se multiplicaba para atender á todo; y como al muchacho se le

ocurriese dar uno de esos estornudos de pájaro que dan los niños,

ya estaba mi cínife con las manos en la cabeza, cerrando puertas y

riñéndonos, porque decía que hacíamos aire al pasar. Cuando Maximín

bostezaba, abriendo su desmedida boca sin dientes, al punto gritaba

ella: «¡Ama, la teta, la teta!»

Era el ama rolliza y montaraz, grande y hombruna, de color atezado,

ojos grandes y terroríficos, que miraban absortos las personas como

si nunca hubieran visto más que animales. Se asombraba de todo, se

expresaba con un como ladrido entre vascuence y castellano que sólo mi

cínife entendía, y si algo revelaba su ruda carátula era la astucia

y desconfianza del salvaje. Cuando, obediente á la consigna de doña

Cándida, tomaba al chiquillo para alimentarle y se sacaba del pecho con

dificultad un enorme zurrón negro, creía yo que aquello iba á sonar

como las gaitas de mi país. Lica estaba muy contenta del ama, y cuando

ésta no podía oirlo, decía doña Cándida, radiante de orgullo:

--No hay mujer como esta, no la hay... Le digo á usted, Lica, que ha

sido una adquisición... ¡Gracias á mí, que la he buscado como pan

bendito!... Hija, estas gangas no se encuentran á la vuelta de la

esquina. ¡Qué leche más rica! ¡Y qué formalota!... una cosa atroz ¿ha

visto usted? No dice esta boca es mía.

Débil, más indolente que nunca, pero risueña y feliz, mi cuñada

manifestaba su gratitud con expresiones cariñosas, y Calígula le decía:

--¡Qué bien está usted!... ¡Qué bonito color! Vamos, está usted muy

mona.

Y Lica me dijo, como siempre:

--Máximo, cuéntame cosas.

--¿Qué cosas ha de contar este sosón?--zumbó mi cínife con humor

picaresco.--Que empiece á echar filosofías y nos dormimos todas.

Á pesar de esta sátira, yo contaba cosas á Lica, le hablaba de teatros,

actualidades y de las noticias de Cuba.

La peinadora entró á peinar á Chita que, mientras le arreglaban el

pelo, me obligó á darle cuenta de todas las funciones que en la

última quincena se habían dado en los teatros. Yo, que no había ido á

ninguna, le decía lo que se me antojaba. Lo mismo Chita que mi cuñada

tenían pasión por los dramas y antipatía á la música y á las comedias

de costumbres. Para ellas no había goce en ningún espectáculo si no

veían brillar espadas y lanzas, y si no salían los actores muy bien

cargados de barbas y vestidos de verde, ó forrados de hojalata imitando

armaduras. Odiaban la llaneza de la prosa, y se dormían cuando los

actores no declamaban cortando la frase con hipos y el sonajeo de las

rimas. Compraba Chita todos los dramas del moderno repertorio, y ambas

hermanas los leían con deleite entre sorbos de café. Después se les

veía esparcidos sobre la chimenea y el velador, en las banquetas ó

en el suelo, á veces enteros, otras partidos en actos ó en escenas,

cada pliego por su lado, revuelta la catástrofe con la protasis y

la anagnórisis con la peripecia. Aquel día, además del desbarajuste

dramático, observé en el gabinete los desórdenes que, por ser

cuotidianos, no me llamaban ya la atención. Sobre mesillas y taburetes

se veían las tazas de café, unas sucias, mostrando el sedimento de

azucar, otras á medio beber y frías como el hielo; sobre tal silla un

sombrero de señora; un abrigo en el suelo; sobre la chimenea una bota;

el devocionario encima de un plato y cucharillas de café dentro de un

florerito de porcelana.

El gabinete estaba adornado á prisa y por contrata, con objetos ricos y

al mismo tiempo vulgares, pagados al doble de su natural. Doña Cándida

se había encargado del cortinaje y de varias chucherías que sobre la

chimenea estaban, ofreciéndolas como una de esas gangas que rara vez

se presentan. Un día que yo no estaba allí, acudió (creo que llevado

también por Calígula) un mercader de objetos de arte, y supo endosarle

á Lica media docena de cuadros sin mérito, que á todos los de la casa

parecieron admirables por el rabioso y brillante color de los trajes,

pintados con cierta habilidad. Había un reloj de música que á cada hora

soltaba una tocata; pero á los ocho días se plantó, y no hubo forma

humana de que tocase más ni de que diese hora. Y como los demás relojes

de la casa marchaban en espantosa anarquía, allí no se tenía nunca

datos del tiempo, y había huelga de horas é insurrección de minutos.

--Máximo, ¿qué hora es?... Chinito, llégate á ver qué hace José María.

No le he visto hoy. Todita la mañana ha estado en el despacho con Sainz

del Bardal. Verdad que hoy es correo de Cuba. Pero ya debe ser hora de

almorzar.

En el despacho encontré á José María atareadísimo con el correo de

Cuba. Ayudábale Sainz del Bardal, y entre los dos tenían escritas ya

cantidad de cartas bastante á cargar un vapor-correo.

--Ya sabes--me dijo mi hermano,--que creo tener segura mi elección

en uno de los distritos de la isla que están vacantes. El ministro

se ha empeñado en ello. Me tiene verdaderamente acosado. Yo, ¿qué he

de hacer?... Luego, de allá me escriben... Mira todas las cartas de

Sagua; entérate... Dicen que sólo yo les inspiro confianza... Estoy

verdaderamente agradecido á estos señores... Querido Sainz, descanse

usted y vámonos á almorzar. Ea, camaradas, á la mesa.

Almorzamos. Tan afanado estaba José María con su elección y con la

política, que ni en la mesa descansaba, y apoyando el periódico en una

copa, leía, como á bocados y á sorbos, la sesión del día anterior.

--Ese Cimarra--manifestó en su respiro,--es hombre verdaderamente

notable. Dicen que es inmoral... Mira, tú; yo no quiero meterme

en la vida privada, ¿eh? En la pública, Cimarra es verdaderamente

activo, hábil, muy amigo de sus amigos. Anoche estuvimos hasta las

dos en el despacho del ministro... Y ahora que me acuerdo, hablamos

de tí. Ya es hora de que pases á una cátedra de Universidad, y bien

podría ser que dentro de algún tiempo te calzaras la Dirección de

Instrucción pública... Ea, ea, no vengas con modestias ridículas. Eres

verdaderamente una calamidad. Con ese genio nunca saldrás de tu pasito

corto.

Y cuando mi hermano volvía á engolfarse en la lectura del periódico,

que era uno de los del partido, el poeta me tomaba por su cuenta,

para comunicarme, sin dejar de engullir, los progresos de la Sociedad

filantrópica, de que era secretario. Ya había dado dictámen una de las

comisiones. Los debates serían reñidísimos. Había voto particular,

y los pareceres de los vocales estaban muy divididos. Se trataba de

un problema muy importante, sin cuya aclaración no tenía la Sociedad

fundamento sólido en qué apoyarse; se trataba de establecer el grado

de eficacia que podría alcanzar la campaña filantrópica, mientras no

variasen las actuales relaciones entre el capital y el trabajo, y no

hubiese una disposición legislativa que de una vez para siempre...

El condenado quería hacerme un resumen del dictámen; pero yo le corté

la palabra, por temor á que me hiciera daño el almuerzo. Volvimos al

despacho. Sainz del Bardal, que se había prestado á ser secretario

de su protector, continuó escribiendo cartas, y José María, mientras

fumaba, me dejó ver con más claridad las ambiciones y vanidades

que se habían despertado en él. Aunque hacía alarde de sencillez y

retraimiento, bien se le conocía su anhelo de notoriedad política.

¡Bendito José! Me le figuraba en primera línea y á la cabeza de un

partido, fracción ó grupillo, que se llamaría de los _Mansistas_.

Cuando yo lo decía así, él se reía á carcajadas, demostrándome, al

través de su jovialidad, el gusto que esta suposición le causaba.

--Todo me lo dan hecho--decía,--yo no me muevo, yo no pido nada. Pero

se empeñan... Es verdaderamente honroso para mí, y estoy verdaderamente

agradecido... Anoche recibí un B. L. M. del ministro... Ese señor no

me deja á sol ni sombra... Yo no busco á nadie; me buscan. Yo quiero

estar metido en mi casa, y no me dejan.

Estos alardes de modestia eran un nuevo síntoma de la intoxicación

política que empezaba á padecer José, pues es muy propio de los

ambiciosos hacer el papel de que no buscan, ni piden, ni quieren

salir de las cuatro paredes, y siempre dan, como explicación de sus

intrigas, la disculpa de que se les solicita y obliga á ser grandes

hombres contra su voluntad. Con este síntoma notaba yo en mi hermano

el no menos claro de usar constantemente ciertas formulillas y modos

de decir de los políticos. La facilidad con que se había asimilado

todos estos dicharachos, probaba su vocación. Decía: «_Estamos á ver

venir, los señores que se sientan en aquellos bancos; esto se va;

lo primero es hacer país; hay mar de fondo; las minorías tiran á

dar_», etcétera. Llamaba _cogida_ á los fracasos parlamentarios de

un orador, y _enchiquerado_ al ministro que estaba bajo la amenaza

de una interpelación grave. Nuestro Congreso, que tan alto está en

la oratoria, tiene también su estilo flamenco. Á mi neófito no se le

escapaba tampoco ninguno de los profundos apotegmas, que son la única

muestra intelectual de muchas celebridades, como por ejemplo: «_Las

cosas caen del lado á que se inclinan._»

En sus costumbres no se advertía menos su conversión rápida á un nuevo

orden de ideas y de vida. Ya la pobre Lica había empezado á quejarse

de las largas ausencias de su marido, el cual, siempre que no tenía

convidados, comía fuera de casa, y entraba siempre á las dos de la

noche. Se había vuelto un si es no es áspero y gruñón dentro de casa,

y exigentísimo en todo lo referente á menudencias sociales y al

aparato de la casa. El menor descuido de la servidumbre traía sobre

Lica agrias amonestaciones; y no digo nada de los malísimos ratos que

sufrió la pobrecita para corregirse de su rusticidad y olvidar todas

las palabras de la tierra, y no hablar ni pensar más que á la europea.

Dócil y aplicada, la infeliz ponía tanta atención á las fraternas de

su marido que logró reformar mucho sus modales y lenguaje, y ya no

llamaba _túnico_ al vestido, ni á las enaguas _sayuelas_, ni al polisón

_bullerengue_. Por este mismo tiempo empezó á restituirse la dicción

castellana en los nombres de todos, y ya no se le decía Lica, sino

Manuela, y su hermana fué Mercedes, y la niña mayor, que se nombraba

Isabel, como mi madre, no se llamó más Belica. Sólo la niña Chucha era

refractaria á estas novedades, y no respondía cuando la llamaban doña

Jesusa, porque dejar su lengua, decía, era arrojar á las calles de

Madrid lo último que le quedaba de su querida patria.

Y aquella misma mañana observé en el despacho otros indicios de

demencia que me dieron mucha tristeza, porque ya no me quedaba duda de

que el mal de José María era fulminante y de que pronto se perdería

la esperanza de su remedio. Sobre la mesa había muestras de garabatos

heráldicos hechos en distintos colores. Esto, unido á ciertos rumores

que habían llegado á mí y á las tonterías que escribió un revistero

de periódico, confirmó mis sospechas, y no pudiendo resistir la

curiosidad, pregunté:

--¿Pero es cierto que vas á titularte?

--Yo no sé... si he de decirte la verdad... estas cosas me

fastidian...--repuso con turbación.--Es empeño de ellos, yo me resisto.

Luego, los del partido... lo han tomado como asunto propio... Es

verdaderamente una tontería ¿pero cómo les voy á decir que no? Sería

verdaderamente ridículo... Si me hicieras el favor de no quitarme el

tiempo, camarada. Estamos verdaderamente sofocados con este dichoso

correo de Cuba.

Dejéle con sus cartas y su poeta secretario. Pronto sería yo hermano

de un marqués de Casa-Manso ó cosa tal. En verdad, esto me era de

todo punto indiferente, y no debía preocuparme de semejante cosa;

pero pensaba en ella porque venía á confirmar el diagnóstico que hice

de la creciente locura de mi hermano. Lo del título era un fenómeno

infalible en el proceso psicológico, en la evolución mental de sus

vanidades. José reproducía en su desenvolvimiento personal la serie de

fenómenos generales que caracterizan á estas oligarquías eclécticas,

producto de un estado de crísis intelectual y política que eslabona

el mundo destruido con el que se está elaborando. Es curioso estudiar

la filosofía de la historia en el indivíduo, en el corpúsculo, en la

célula. Como las ciencias naturales, aquélla exige también el uso

del microscopio. Indudablemente, estas democracias blasonadas; estas

monarquías de transacción sostenidas en el cabello de un artificio

legal; este sistema de responsabilidades y de poderes, colocado sobre

una cuerda floja y sostenido á fuerza de balancines retóricos; esta

sociedad que despedaza la aristocracia antigua y crea otra nueva

con hombres que han pasado su juventud detrás de un mostrador; estos

Estados latinos que respiran á pulmón lleno el aire de la igualdad,

llevando este principio no sólo á las leyes sino á la formación de los

ejércitos más formidables que ha visto el mundo; estos días que vemos

y en los cuales actuamos, siendo todos víctimas de resabios tiránicos

y al mismo tiempo señores de algo, partícipes de una soberanía que

lentamente se nos infiltra, todo, en fin, reclama y quizás anuncia un

paso ó trasformación, que será quizás la más grande que ha visto la

historia. Mi hermano, que había fregado platos, liado cigarrillos,

azotado negros, vendido sombreros y zapatos, racionado tropas y

traficado en estiércoles, iba á entrar en esa escogida falange de

próceres, que son como la imagen del poder histórico inamovible y

como su garantía de permanencia y solidez. Digamos con el otro: «Ó el

universo se desquicia, ó el hijo de Dios perece.»

* * * * *

Pensando en estas cosas fuí al cuarto de Irene, y todo lo olvidé desde

que la ví. Sin oir su respuesta á mi primer saludo, le pregunté:

XVI

¿Qué leía usted anoche?

Y como quien ve descubierto un secreto querido, se turbó, no supo qué

responder, vaciló un momento, dijo dos ó tres frases evasivas, y á

su vez me preguntó no sé qué cosa. Interpreté su turbación de un modo

favorable á mi persona, y me dije: «Quizás leería algo mío.» Pero al

punto pensé que no habiendo yo escrito ninguna obra de entretenimiento,

si algo mío leía, había de ser ó la _Memoria sobre la psicogénesis y

la neurosis_, ó los _Comentarios á Du Bois-Raymond_, ó la _Traducción

de Wundt_, ó quizás los artículos refutando el _Transformismo_ y las

locuras de Hæckel. Precisamente la aridez de estas materias venía á dar

una sutil explicación al rubor y disgusto que noté en el rostro de mi

amiga, porque, «sin duda, calculé yo, no ha querido decirme que leía

estas cosas por no aparecer ante mí como pedantesca ó marisabidilla.»

Las dos niñas corrieron hacia mí. Eran monísimas, se llamaban mis

novias y se disputaban mis besos. Pepito también corrió saltando á mi

encuentro. Sólo tenía tres años, no estudiaba nada aún, y le tenían

allí para que estuviera sujeto y no alborotase en la casa. Era un

gracioso animalito que no pensaba más que en comer, y luchaba por la

existencia de una manera furibunda. Cuando le preguntaban qué carrera

quería seguir, respondía que la de confitero. Isabelita y Jesusita eran

muy juiciosas; estudiaban sus lecciones con amor y hacían sus palotes

con ese esfuerzo infantil que pone en ejercicio los músculos de la boca

y de los ojos.

El amigo Manso · 第 6 / 21 段