Era de estos que entre los de su numerosa clase podía ser colocado,

favoreciéndole mucho, en octavo ó noveno lugar. Veinticinco años,

desparpajo, figura escueta, un nombre muy largo formado con diez

palabras; un desmedido repertorio de composiciones varias, distribuidas

por todos los álbums de la cursilería; soberbia y raquitismo componían

las tres cuartas partes de su persona: lo demás lo hacían cuello

estirado, barbas amarillentas y una voz agria y dificultosa, como si

manos impías le estuvieran apretando el gaznate. Aquel pariente lejano

de las musas (no vacilo en decirlo groseramente) me reventaba. La idea

pomposa que de sí mismo tenía, su ignorancia absoluta y el desenfado

con que se ponía á hablar de cuestiones de arte y crítica me causaban

mareos y un malestar grande en todo el cuerpo. Vivía de un mísero

empleillo de seis mil reales, y tal tono se daba, que á muchos hacía

creer que llevaba sobre sí el peso todo de la Administración. Hay

hombres que se pintan en un hecho, otros en una frase. Este se pintaba

en sus tarjetas. Parece que el Director General le había elegido para

que le escribiese las cartas, y estimando él esto como el mayor de los

honores, redactaba sus tarjetas así:

Francisco de Paula de la Costa

y Sainz del Bardal

JEFE DEL GABINETE PARTICULAR

DEL EXCELENTÍSIMO SEÑOR DIRECTOR GENERAL DE BENEFICENCIA Y SANIDAD

Luego venían las señas: _Aguardiente_, 1.

Y á la cabeza de esta retahila, la cruz de Carlos III, no porque él

la tuviese, sino porque su padre había tenido la encomienda de dicha

orden. Cuando este caballerito daba su tarjeta por cualquier motivo, le

parecía á uno que recibía una biblioteca. Yo pensaba que si llegaba un

día en que por artes del Demonio hubiera de inscribirse el nombre de

aquel poeta en el templo del arte, se habría de coger un friso entero.

Actualmente han variado las tarjetas; pero la persona no. Es de estos

afortunados séres que concurren á todos los certámenes poéticos

y juegos florales que se celebran en los pueblos, y se ha ganado

repetidas veces el pensamiento de oro ó la violeta de plata. Sus odas

son del dominio de la farmacia por la virtud somnífera y papaverácea

que tienen; sus baladas son como el diaquilón, sustancia admirable para

resolver diviesos. Hace _pequeños poemas_, fabrica poemas grandes,

recorta _suspirillos germánicos_ y todo lo demás que cae debajo del

fuero de la rima. Desvalija sin piedad á los demás poetas y tima ideas;

cuanto pasa por sus manos se hace vulgar y necio, porque es el caño

alambique por donde los sublimes pensamientos se truecan en necedades

huecas. En todos los álbums pone sus endechas expresando la duda ó la

melancolía, ó sonetos emolientes seguidos de metro y medio de firma.

Trae sofocados á los directores de Ilustraciones para que inserten sus

versos, y se los insertan por ser gratuitos; pero no los lee nadie más

que el autor, que es el público de sí mismo.

Este tipo, que aún suele visitarme y regalarme alguna jaqueca ó dolor

de estómago, era uno de los principales ornamentos de los salones de mi

hermano, pues si éste no le hacía caso, Lica y su hermana le traían en

palmitas por la pícara inclinación que ambas tenían al verso. Excuso

decir que á los dos días de conocimiento, ya D. Francisco de Paula de

la Costa y Sainz del Bardal... ¡Dios nos asista!... les había compuesto

y dedicado una caterva de elegías, doloras, meditaciones y nocturnos

en que salían á relucir los cocoteros, manglares, hamacas, sinsontes,

cucuyos, y la bonita languidez de las americanas.

Pero la gran adquisición de mi hermano fué D. Ramón María Pez. Cuando

este hombre asistió á las reuniones, todas las demás figuras se

quedaron en segundo término; toda luz palideció ante un astro de tal

magnitud. Hasta el poeta sufrió algo de eclipse. Pez era el oráculo

de toda aquella gente, y cuando se dignaba expresar su opinión sobre

lo que había pasado aquel día en el Congreso, sobre el arreglo de

la Hacienda ó el uso de la regia prerrogativa, reinaba en torno de

él un silencio tan respetuoso que no lo tuvo igual Platón en el

célebre jardín de Academos. El buen señor, diputado ministerial y

encargado de una Dirección, tenía tal idea de sí mismo, que sus

palabras salían revestidas de autoridad sibilina. Obligado por las

exigencias sociales, yo no tenía más remedio que poner atención á sus

huecos párrafos, que resonaban en mi espíritu con rumor semejante al

de un cascarón de huevo vacío cuando se cae al suelo y se aplasta

por sí solo. La cortesía me obligaba á oirle; pero en mi corazón le

despreciaba como despreciamos esa artimaña de feria que llaman _la

cabeza parlante_. Él no debía de tenerme gran estima; pero como hombre

de mundo, afectaba respeto á los estudios serios que eran mi tarea

constante. Así, siempre que venía rodando á la conversación algún grave

tema, decía con cierta benevolencia un poquillo socarrona: «Eso, al

amigo Manso...»

Llevado por Pez fué también Federico Cimarra, hombre que conocen en

Madrid hasta las piedras, como le conocían antes los garitos, también

diputado de la mayoría de estos que no hablan nunca, pero que saben

intrigar por setenta, y afectando independencia, andan á caza de

todo negocio no limpio. Constituyen éstos antes que una clase, una

determinación cancerosa, que secretamente se difunde por todo el cuerpo

de la patria, desde la última aldea hasta los Cuerpos Colegisladores.

Hombre de malísimos antecedentes políticos y domésticos, pero admitido

en todas partes y amigo de todo el mundo, solicitado por servicial y

respetado por astuto, Cimarra no tenía las formas enfáticas del señor

de Pez, antes bien era simpático y ameno. Solíamos echar grandes

párrafos, él mostrándome su escepticismo tan brutal como chispeante,

yo poniendo á las cosas políticas algún comentario que concordaba,

¡extraña cosa! con los suyos. De esta clase de gentes está lleno

Madrid: son su flor y su escoria, porque al mismo tiempo le alegran y

le pudren. No busquemos nunca la compañía de estos hombres más que para

un rato de solaz; estudiémosles de lejos, porque estos apestados tienen

notorio poder de contagio, y es fácil que el observador demasiado

atento se encuentre manchado de su gangrenoso cinismo cuando menos lo

piense.

Y las recepciones de mi hermano ganaban en importancia de día en

día, y no faltó un periodiquín que se salió con que allí _reinaba el

buen tono_, y dijo que todos éramos muy distinguidos. José María vió

con gozo que entraban títulos en sus salones, cosa que á mí nunca me

pareció difícil. El primero á quien tuvimos el honor de recibir fué el

conde de Casa-Bojío, hijo de los marqueses de Tellería, casado con una

cubana millonaria y distinguidísima. Se esperaba que no tardaría en ir

también la marquesa de Tellería, y quizás quizás el marqués de Fúcar.

Pero lo más digno de consignarse y áun de ser trasmitido á la historia,

es que en las tertulias de Manso nació una de las más ilustres

asociaciones que en estos tiempos se han formado y que más dignifican

á la humanidad. Me refiero á esa _Sociedad general para socorro de los

inválidos de la industria_, que hoy parece tiene vida robusta y presta

eficaces servicios á los obreros que se inutilizan por enfermedad ó

cualquier accidente. Yo no sé de quién partió la idea, pero ello es

que tuvo feliz acogida, y en pocas noches se constituyó la junta de

gobierno y se hicieron los estatutos. D. Ramón Pez, que tocante á la

estadística, á la administración, á la beneficencia, era un verdadero

coloso, y combinaba estas tres materias para sacar estados llenos de

números y de los números pasmosas enseñanzas, fué nombrado presidente.

Á Cimarra hiciéronle vicepresidente, á mi hermano tesorero, y Sainz

del Bardal, que era quien más mangoneaba en esto, se hizo á sí mismo

secretario. ¡Que siempre, oh bondad de Dios, han de andar los poetas

en estas cosas! Yo, por más que luché para no ser más que soldado

raso en aquella batalla filantrópica, no pude evitar que me nombraran

consiliario. No me molestaba el cargo ni su objeto, sino la negra

suerte de tener que bregar con el poeta y de sufrir á toda hora la

ingestión de sus increibles necedades. Era su trato como sucesivas

absorciones de no sé qué miasmas morbosos. Yo me ponía malo con aquel

dichoso hombre. Manuel Peña le odiaba tanto, que le había puesto por

nombre _el tífus_, y huía de él como de un foco de intoxicación.

Y ya que hablo de Peña, diré que era muy considerado en la tertulia

y que se apreciaban sus méritos y condiciones. Algo y áun algos

se trasparentaba á veces del inconveniente aquel de la tabla de

carne; pero la cortesía de todos, el tufillo democrático de algunos

tertuliantes, y más que nada, la finura, corrección y caballerosidad de

Peña, ponían las cosas en buen terreno. ¡Cosa rara! el que más parecía

estimarnos á Peña y á mí era el cínico Cimarra, despreocupadísimo,

apasionado, según decía, de la gente que vale. Era de estos que se

burlan del saber y admiran á los que saben. Pero no me gustó que el

mismo Cimarra fuese quien por primera vez dió en llamar á mi discípulo

_Peñita_, diminutivo que le quedó fijo y estampado, y que, digan lo que

quieran, siempre lleva en sí algo de desdén.

José María pasaba el día rumiando lo que por la noche se había dicho

en la tertulia, y no se ocupaba más que de fortificar sus ideas y de

organizarlas de modo que estuvieran conformes con el credo del partido.

--¿Qué te parece el partido?--me preguntaba con frecuencia.

Y yo le respondía que el partido era el mejor que hasta la fecha

se había visto. Á lo que él decía:--«Yo quisiera que se organizase

á lo inglés... porque esto es lo verdaderamente práctico, ¿eh? Es

verdaderamente lamentable que aquí no estudie nadie la política inglesa

y que vivamos en un tejer y destejer verdaderamente estéril.»

Yo le oía, y alabando á Dios, le daba cuerda para que siguiese adelante

en sus apreciaciones y me mostrase, como asunto de estudio, la

asombrosa variedad de las manías humanas.

Volviendo alguna vez los ojos á los asuntos de su casa y de sus hijos,

me decía:

--Bueno será que des vuelta por el cuarto de los chicos, ¿eh?... á ver

qué tal se porta esa institutriz verdaderamente notable.

Yo lo hacía de muy buen grado. Iba por un rato, y sin darme cuenta de

ello, me pasaba allí un par de horas, inspeccionando las lecciones

y contemplando como un tonto á la maestra, cuya belleza, talento y

sobriedad me agradaban en extremo.

XIII

Siempre era pálida.

Tan pálida como en su niñez, de buen talle, muy esbelta, delgada

de cintura, de lo demás proporcionadísima, en todos sus contornos,

admirable de forma, y con un aire... Sin ser una belleza de primer

orden, agradaba probablemente á cuantos la veían, y con seguridad me

agradaba á mí, y aun me encantaba un poquillo, para decirlo de una

vez. Bien se podían poner reparos á sus facciones; pero, ¿qué rígido

profesor de estética se atrevería á criticar su expresión, aquella

superficie temblorosa del alma, que se veía en toda ella y en ninguna

parte de ella, siempre y nunca, en los ojos y en el eco de la voz,

donde estaba y donde no estaba, aquel viso del aire en derredor suyo,

aquel hueco que dejaba cuando partía?... Era, hablando más llanamente,

todo lo que en ella revelaba el contento de la propia suerte, la

serenidad y temple del ánimo. Formando como el núcleo de todos estos

modos de expresión, veía yo su conciencia pura y la rectitud de sus

principios morales. La persona tiene su fondo y su estilo; aquél se

ve en el caracter y en las acciones, éste se observa no sólo en el

lenguaje, sino en los modales, en el vestir. El traje de Irene era

correcto, de moda y sin afectación, de una sencillez y limpieza que

triunfarían de la crítica más rebuscona.

Desde mis primeras visitas de inspección, sorprendióme el sensato

juicio de la maestra, su exacto golpe de vista para apreciar las cosas

de esta vida, y poner á respetuosa distancia las que son de otra. Su

aplomo declaraba una naturaleza superior compuesta de maravillosos

equilibrios. Parecía una mujer del Norte, nacida y criada lejos de

nuestro enervante clima y de este dañino ambiente moral.

Desde que los chicos se dormían, Irene se retiraba á la habitación que

Lica le había destinado en la casa, y nadie la volvía á ver hasta el

día siguiente muy temprano. Por la mulata supe que parte de aquellas

horas de la noche las empleaba en arreglar sus cosas y en reparar sus

vestidos; de aquí que su persona se mantuviera siempre en aquel estado

de compostura y aseo, que la realzaba del mismo modo que un cielo puro

y diáfano realza un bello paisaje. Su honrada pobreza la obligaba á

esto, y en verdad, ¿qué mejor escuela para llegar á la perfección?

Este detalle me cautivaba, y fué, con el trato, grande motivo de la

admiración que despertó en mí.

Otro encanto. Tenía finísimo tacto para tratar á los niños, que aunque

de buena índole, eran, antes de caer en sus manos, voluntariosos,

díscolos, y estaban llenos de los más feos resabios. ¿Cómo llegó á

domar á aquellas tres fierecitas? Con su penetración hizo milagros, con

su innata sabiduría de las condiciones de la infancia. Los pequeños,

jamás castigados por ella corporalmente, la querían con delirio. La

persuasión, la paciencia, la dulzura eran frutos naturales de aquella

alma privilegiada.

Un día que hablábamos de varias cosas, concluida la lección, traje á

la memoria los tiempos en que Irene iba á mi casa. Me parecía verla

aún garabateando en mi mesa y revolviéndome libros y cuartillas. Pues

aunque no hice mención de los infaustos papelitos de doña Cándida, este

recuerdo fué muy poco agradable á la maestra. Lo conocí y varié al

punto la conversación.

Había yo cometido la torpeza de lastimar su dignidad, que aún debía

resentirse de las crueles heridas hechas en ella por la degradación

postulante de su tía, por las escaseces de ambas y por el hambre de la

pobre niña, mal calzada y peor vestida.

Más encantos. Noté que la imaginación tenía en ella lugar secundario.

Su claro juicio sabía descartar las cosas triviales y de relumbrón,

y no se pagaba de fantasmagorías como la mayor parte de las hembras.

¿Consistía esto en cualidades originales ó en las enseñanzas de

la desgracia? Creo que en ambas cosas. Rara vez sorprendí en sus

palabras el entusiasmo, y este era siempre por cosas grandes, sérias

y nobles. Hé aquí la mujer perfecta, la mujer positiva, la mujer

razón, contrapuesta á la mujer frivolidad, á la mujer capricho. Me

encontraba en la situación de aquel que después de vagar solitario

por desamparados y negros abismos, tropieza con una mina de oro ó de

piedras preciosas y se figura que la Naturaleza ha guardado aquel

tesoro para que él lo goce, y lo coge, y á la calladita se lo lleva

á su casa; primero lo disfruta y aprecia á solas; después publica

su hallazgo para que todo el mundo lo alabe y sea motivo de general

maravilla y contento. Y de esta situación mía nacieron pensamientos

varios que á mí mismo me sorprendían poniéndome como fuera de mí y

haciéndome como diferente de mí mismo, en términos que noté un brioso

movimiento en mi voluntad, la cual se encabritó (no hallo otra palabra)

como corcel no domado, y esparció por todo mi sér impulsos semejantes á

los que en otro orden resultan de la plétora sanguínea, y...

XIV

¿Pero cómo, Dios mío, nació en mí aquel propósito?

¿Nació del sentimiento ó de la razón? Hoy mismo no lo sé, aunque trato

de sondear el problema, ayudado de la serenidad de espíritu de que

disfruto en este momento.

--Esta joven es un tesoro--dije á mi hermano y á Lica, que estaban muy

contentos con los progresos de las niñas.

En los días buenos, Irene y las tres criaturas salían á paseo. Yo

cuidaba mucho de que no se alterara aquella costumbre, recomendada por

la higiene, y me agregaba á tan buena compañía las más de las tardes,

unas veces porque hacía propósito de ello, otras porque las encontraba

(no sé si casualmente) en la calle. Estas casualidades ocurrían con

orden tan infalible, que dejaron de serlo. Hablando con Irene, pude

observar que no era mujer con pretensiones de sabia, sino que poseía

la cultura apropiada á su sexo y superior indisputablemente á toda la

que pudieran mostrar las mujeres de nuestro tiempo. Tenía rudimentos

de algunas ciencias, y siempre que hablaba de cosas de estudio lo hacía

con tanto tino, que más se la admiraba por lo que no quería saber que

por lo que no ignoraba.

Nuestras conversaciones en aquellos gratos paseos eran de cosas

generales, de aficiones, de gustos y á veces del grado de instrucción

que se debe dar á las mujeres. Conformándose con mi opinión y

apartándose del dictámen de tanto propagandista indigesto, manifestando

antipatía á la sabiduría facultativa de las mujeres y á que anduviese

en faldas el ejercicio de las profesiones propias del hombre; pero al

mismo tiempo vituperaba la ignorancia, superstición y atraso en que

viven la mayor parte de las españolas, de lo que tanto ella como yo

deducíamos que el toque está en hallar un buen término medio.

Y á medida que me iba mostrando su interior riquísimo, iba yo

encontrando mayor consonancia y parentesco entre su alma y la mía. No

le gustaban los toros, y aborrecía todo lo que tuviera visos de cosa

chulesca. Era profunda y elevadamente religiosa; pero no rezona, ni

gustaba de pasar más de un rato en las iglesias. Adoraba las bellas

artes y se dolía de no tener aptitud para cultivarlas. Tenía afanes

de decorar bien el recinto donde viviese y de labrarse el agradable y

cómodo rincón doméstico que los ingleses llaman _home_. Sabía poner á

raya el sentimentalismo huero que desnaturaliza las cosas y evocar el

sano criterio para juzgarlas, pesarlas y medirlas como realmente son.

Cuando hubo adquirido más franqueza, me contaba algunas anécdotas de

doña Cándida, que me hacían morir de risa. Comprendí cuánto debió

de sufrir la pobre joven en compañía de persona tan contraria á su

natural recto y á sus gustos delicados. Confianza tras confianza, fué

contándome poco á poco, en sucesivos paseos y sesiones interesantes,

cosas de su infancia y pormenores mil, que así revelaban su talento

como su exquisita sensibilidad.

Y en esto se echaron encima las Páscuas. Lica había dado á luz el 15

de Diciembre un enteco niño de quien fuí padrino y á quien pusimos

por nombre Máximo. Mi hermano, gozoso del crecimiento de la familia,

se extremó tanto en dar propinas y en hacer regalos, que yo estaba

asustado y le aconsejé que se refrenara, porque los excesos de su

liberalidad tocaban ya en el mal gusto. Pero él, con tal de oir las

manifestaciones de gratitud y de que se alabara su desprendimiento,

no vacilaba en exprimir sus bolsillos. Aquellos días hubo en casa una

reunión magna de la _Sociedad para socorros de los inválidos de la

industria_, y se nombraron no sé cuantas comisiones y subcomisiones,

las cuales eligieron sus respectivas ponencias para emitir pronto

y luminoso dictámen sobre los gravísimos puntos de doctrina y de

aplicación que se habían de tratar. ¡Bienaventurados obreros, y qué

felices iban á ser cuando aquella máquina, todavía no armada, echase

á andar, llenando á España con su admirable movimiento y esparciendo

rayos de beneficencia por todas partes!

Las tardes de la semana de Navidad, que para algunos es tan alegre y

para mí ha sido siempre muy sosa, las pasábamos acompañando á Lica.

Doña Cándida no faltaba nunca, y demostraba á mi cuñada y á su niño

una ternura idolátrica, cuya última nota era quedarse á comer. La

admiración tácita de Calígula por el cocinero de la casa, si discreta,

no era nada platónica.

Una tarde se les antojó á los chicos ir al teatro, y como el de Martín

está tan cerca y daban _El Nacimiento del Hijo de Dios y La Degollación

de los Inocentes_, tomé un palco y nos fuimos allá Irene, yo y la

familia menuda. Chita, que se dispuso á ir también y llegó hasta la

escalera con un sombrerote tan grande que no se le veía la cara, se

volvió adentro porque se sentía muy _fluxionada_. Yo estaba alegre

aquella tarde, y el aspecto del teatro, poblado de criaturas de todas

edades y sexos, aumentaba mi regocijo, el cual no sé si provenía de una

recóndita admiración de la fecundidad y aumento de la especie humana.

Hacía bastante calor allí dentro, y las estrechas galerías, donde tanta

gente se acomodaba, parecían guirnaldas de cabezas humanas, entre las

cuales descollaban las de los chiquillos. No he visto algazara como

aquella; arriba uno pedía la teta, abajo berraqueaba otro, y en palcos

y butacas las pataditas, el palmoteo, y aquel contínuo mover de caras

producían confusión, mareo y como un principio de demencia. Las luces

rojizas del gas daban á aquel recinto, donde hervían tanto ardiente

apetito de emociones, tanta bulliciosa y febril impaciencia, no sé qué

graciosa similitud con calderas infernales ó con un infiernito de juego

y miniatura, improvisado en el Limbo en una tarde de Carnaval.

Mucho terror causó á Pepito María ver salir al demonio luego que se

alzó el telón. Era el más feo mamarracho que he visto en mi vida. El

pobre niño escondía su cara para no verlo; sus hermanitas se reían,

y él, excitado por todos para que perdiese el miedo, no se aventuraba

más que á abrir un poquito de un ojo, hasta que, viendo los horribles

cuernos del actor que hacía de demonio, los volvía á cerrar, y pedía

que le sacaran de allí. Felizmente la salida de un angel, armado de

lanza y escudo, que con cuatro palabras supo acoquinar al diablo y

darle media docena de patadas, tranquilizó á Pepito, el cual se animó

mucho oyendo las exclamaciones de contento que de todos los puntos del

teatro salían.

Á medida que adelantaba la exposición del drama, Irene y yo nos

admirábamos de que tan serio asunto, poético y respetable se pusiera en

indecente farsa. Sale allí un templo con la ceremonia del casamiento

de la Virgen, que es lo que hay que ver y oir. El sacerdote, envuelto

en una sábana con tiras de papel dorado, tenía todo el empaque de un

mozo de cuerda que acababa de llegar de la esquina próxima. Vimos á San

José, representado por un comiquejo de estos que lucen en los sainetes

y que allí era más ridículo por la enfática gravedad que quería dar al

tipo incoloro y poco teatral del esposo de María; vimos á ésta, que era

una actriz de fisonomía graciosa, con más de maja que de señora, y que

se esforzaba en poner cara inocente y dulzona. Vestida impropiamente,

no podía acomodar su desfigurado talle de modo que desapareciesen los

indicios de próxima maternidad. Pero lo más repugnante de aquella

farsa increible era un pastor zafio y bestial, pretendiente á la mano

de María, y que en la escena del Templo y en el resto de la obra se

permitía atroces libertades de lenguaje á propósito de la mansedumbre

de San José. Irene opinaba, como yo, que tales espectáculos no deben

permitirse, y hacía consideraciones bien tristes sobre los sentimientos

religiosos de un pueblo que semejantes caricaturas tolera y aplaude.

Esto me llevó á hablarle del teatro en general, de su convencionalismo,

de las falsedades que le informan, y hablaba de esto, porque no me

ocurría la manera de introducir en la conversación otros temas más

en armonía con el estado de mis sentimientos. Yo buscaba fórmulas de

transición y hallaba en mí increible torpeza. Creo que el calor, el

bullicio de los entreactos y el tedio de aquel sacrílego sainetón

ponían en mi mente un aturdimiento espantoso. No sé qué fatal y

desconocida fuerza me llevaba á no poder tratar más que asuntos

comunes, desabridos y áridos, como una lección de mi cátedra. La misma

belleza y gracia de Irene, lejos de espolearme, ponía como un sello en

mi boca, y en todo mi espíritu no sé qué misteriosas ligaduras.

El amigo Manso · 第 5 / 21 段