destinada á ellos y á sus bulliciosas correrías. Cuidábanles la mulata
Remedios y el negro Rupertico. Los gritos se oían desde la calle;
jugaban al carro arrastrando sillas, y no pasaba día sin que rompieran
algo ó rasgaran de medio á medio una cortina ó desvencijaran un mueble.
Á poco de llegar se revolcaban casi en cueros sobre las alfombras,
hasta que, habiendo refrescado el tiempo, se les veía jugar vestidos
con los costosos trajes de paño fino guarnecidos de pieles que se les
habían hecho para salir á paseo.
Rupertico era tan travieso que no se podía hacer carrera de él. De la
mañana á la noche no hacía más que jugar ó asomarse al balcón para ver
pasar los coches. Cuando sus amas le llamaban para que les alcanzara
alguna cosa, lo cual ocurría poco más ó menos cada dos minutos, era
preciso buscarle por toda la casa, y cuando le encontrábamos le
traíamos por una oreja. Yo me encargaba de esta penosa comisión, tan
desconforme con mis ideas abolicionistas, porque los ayes del morenito
me molestaban menos que el insufrible alarido de las señoras diciendo
á toda hora: «Pícaro negro, tráeme mis zapatos; ven á apretarme el
corsé; tráeme agua; alcánzame una horquilla, etc...» Un día le buscamos
inútilmente por toda la casa. «¿Dónde se habrá metido este condenado?»
decíamos mi hermano y yo, recorriendo todas las habitaciones, hasta
que al fin le hallamos en un cuarto oscuro. Su carilla de ébano se me
apareció como un antropomorfismo de las tinieblas, que echaron de sí
los dos globos blancos de los ojos, la dentadura ebúrnea y los labios
de granate. Una voz ronquilla y apagada decía estas palabras: «_mucho
fío, mucho fío_.» Sacámosle de allí. Era como si le sacáramos de un
tintero, pues estaba arrebujado en un mantón negro de su ama. Aquel
día se le compró un chaleco rojo de Bayona, con el cual estaba muy en
caracter. Era un buen chico, un alma inocente, fiel y bondadosa que me
hacía pensar en los ángeles del fetichismo africano.
Casi todos los días tenía que quedarme á comer con la familia, lo cual
era un cruel martirio para mí, pues en la mesa había más barullo que en
el muelle de la Habana.
Principiaba la fiesta por las disputas entre mi hermano y Lica sobre
lo que ésta había de comer.
--Lica, toma carne. Esto es lo que te conviene. Cuídate, por Dios.
--¿Carne? ¡Qué asco!... Me apetece dulce de guinda. No quiero sopa.
--Niña, toma carne y vino.
--¡Qué chinchoso!... Quiero melón.
En tanto la _niña Chucha_ (así llamaban á la suegra de mi hermano),
que desde el principio de la comida no había cesado de dirigir acerbas
críticas á la cocina española, ponía los ojos en blanco para lanzar
una exclamación y un suspiro, consagrados ambos á echar de menos el
moniato, la yuca, el ñame, la malanga y demás vegetales que componen
la vianda. De repente la buena señora, mareada del estruendo que en
la mesa había, llenaba un plato y se iba á comérselo á su cuarto.
Distraído yo con estas cosas, no advertía que una de las niñas, sentada
junto á mí, metía la mano en mi plato y cogía lo que encontraba.
Después me pasaba la mano por la cara llamándome _tiíto bonito_. El
chiquitín tiraba la servilleta en mitad de una gran fuente con salsa,
y luego la arrojaba húmeda sobre la alfombra. La otra niña pedía con
atroces gritos todo aquello que en el momento no estaba en la mesa, y
los papás seguían disertando sobre el tema de lo que más convenía al
delicado temperamento y al crítico estado de Lica.
--Chinita, toma vino.
--¿Vino? ¡qué asco!
--Mujer, no bebas tanta agua.
--¡Jesús, qué chinchoso! Que me traigan azucarillos.
--Carne, mujer, toma carne.
Y el chico salía á la defensa de su mamá, diciendo:
--Papá _mapiango_.
--Niño, si te cojo...
--Papá cochino...
--Yo quiero fideo con azucar--chillaba una vocecita más allá.
--Me apetece garbanzo.
--¡Silencio, silencio!--gritaba José María dando fuertes golpes en la
mesa con el mango del cuchillo.
Una chuleta empapada en tomate volaba hasta caer pringosa sobre la
blanca pechera de la camisa del papá. Levantábase José María furioso, y
daba una tollina al nene; pegaba éste un brinco y salía, atronando la
fonda con su lloro; enfadábase Lica; refunfuñaba su hermana; aparecía
la _niña Chucha_ enojada porque castigaban al nieto y se sentaba á
la mesa para seguir comiendo; llamaban á Rupertico, á la mulata, y
en tanto yo no sabía á qué orden de ideas apelar, ni á qué filosofía
encomendarme para que se serenara mi espíritu.
Como todo el día estaba comiendo golosinas, Lica no hacía más que
probar de cada plato y beber vasos de agua. Al fin saciaba en los
postres su apetito de cositas dulces y frescas. Servían el café, más
negro que tinta; pero yo me resistía á introducir en mí aquel pícaro
brevaje por temor á que me privara del sueño, y me impacientaba y
contaba las horas, esperando la bendita de escapar á la calle.
Luego venía el fumar, y allí me veríais entre pestíferas chimeneas,
porque no sólo era mi hermano el que chupaba, sino que Lica encendía
su cigarrito y la niña Chucha se ponía en la boca un tabaco de á
cuarta. El humo y el vaivén de las mecedoras, me ponían la cabeza como
un molino de viento, y aguantaba, y sostenía la conversación de mi
hermano, que despuntaba ya por la política, hasta que llegada la hora
de la abolición de mi esclavitud, me despedía y me retiraba, enojado
de tan miserable vida y suspirando por mi perdida libertad. Volvía mis
tristes ojos á la historia, y no le perdonaba, no, á Cristóbal Colón
que hubiera descubierto el Nuevo Mundo.
IX
Mi hermano quiere consagrarse al país.
Instaláronse á mitad de Octubre en la casa alquilada, y el primer día
se encendieron las chimeneas, porque todos se morían de frío. Lica
estaba _fluxionada_, su hermana Chita (Merceditas) poco menos, y la
niña Chucha, atacada de súbita nostalgia, pedía con lamentos elegiacos
que la llevasen á su querida Sagua, porque se moría en Madrid de pena y
frío. La casa, estrecha y no muy clara, era tediosa cárcel para ella,
y no cesaba de traer á la memoria las anchas, despejadas y abiertas
viviendas del templado país en que había nacido. Víctima del mismo
mal, el expatriado sinsonte falleció á las primeras lluvias, y su
dolorida dueña le hizo tales exequias de suspiros, que creímos iba á
seguir ella el mismo camino. Uno de los tomeguines se escapó de la
jaula y no se le volvió á ver más. Á la buena señora no había quien le
quitara de la cabeza que el pobre pájaro se había ido de un tirón á los
perfumados bosques de su patria. ¡Si hubiera podido ella hacer otro
tanto! ¡Pobre doña Jesusa, y que lástima me daba! Su única distracción
era contarme cosas de su bendita tierra, explicarme cómo se hace el
ajiaco, describirme los bailes de los negros y el tañido de la maruga y
el güiro, y por poco me enseña á tocar el birimbao. No salía á la calle
por temor á encontrarse con una pulmonía; no se movía de su butaca ni
para comer. Rupertico le servía la comida, y se iba comiendo por el
camino las sobras que ella le daba.
En cambio, mi hermano, su mujer y cuñada se iban adaptando
asombrosamente á la nueva vida, al áspero clima y á la precipitación y
tumulto de nuestras costumbres. José María, principalmente, no echaba
de menos nada de lo que se había quedado del otro lado de los mares, y
se le conocía la satisfacción que le causaba el verse tan obsequiado,
y atraido por mil lisonjas y solicitaciones, que á la legua le daban
á conocer como un centro metálico de primer orden. Hacía frecuentes
viajes al Congreso, y me admiró verle buscar sus amistades entre
diputados, periodistas y políticos, aunque fueran de quinta ó sexta
fila. Sus conversaciones empezaron á girar sobre el gastado eje de los
asuntos públicos, y especialmente de los ultramarinos, que son los más
embrollados y sutiles que han fatigado el humano entendimiento. No
era preciso ser zahorí para ver en José María al hombre afanoso de
hacer papeles y de figurar en un partidillo de los que se forman todos
los días por antojo de cualquier indivíduo que no tiene otra cosa que
hacer. Un día me le encontré muy apurado en su despacho, hablando solo,
y á mis preguntas contestó sinceramente que se sentía orador, que se
desbordaban en su mente las ideas, los argumentos y los planes, que se
le ocurrían frases sin número y combinaciones mil que, á su juicio,
eran dignas de ser comunicadas al país.
Al oir esto del país, díjele que debía empezar por conocer bien al
sujeto de quien tan ardientemente se había enamorado, pues existe un
país convencional, puramente hipotético, á quien se refieren todas
nuestras campañas y todas nuestras retóricas políticas, ente cuya
realidad sólo está en los temperamentos ávidos y en las cabezas ligeras
de nuestras eminencias. Era necesario distinguir la patria apócrifa
de la auténtica, buscando ésta en su realidad palpitante, para lo
cual convenía, en mi sentir, hacer abstracción completa de los mil
engaños que nos rodean, cerrar los oidos al bullicio de la prensa
y de la tribuna, cerrar los ojos á todo este aparato decorativo y
teatral, y luego darse con alma y cuerpo á la reflexión asídua y á la
tenaz observación. Era preciso echar por tierra este vano catafalco
de pintado lienzo, y abrir cimientos nuevos en las firmes entrañas
del verdadero país, para que sobre ellos se asentara la construcción
de un nuevo y sólido Estado. Díjome que no entendía bien mi sistema,
y me lo probó llamándome demoledor. Yo tuve que explicarle que el uso
de una figura arquitectónica, que siempre viene á la mano hablando
de política, no significaba en mí inclinaciones demagógicas. Mostréme
indiferente en las formas de gobierno, y añadí que la política era
y sería siempre para mí un cuerpo de doctrina, un sabio y metódico
conjunto de principios científicos y de reglas de arte, un organismo,
en fin, y que por tanto quedaban excluidos de mi sistema las
contingencias personales, los subjetivismos perniciosos, los modos
escurridizos, las corruptelas de hecho y de lenguaje, las habilidades y
agudezas que constituyen entre nosotros todo el arte de gobernar.
Tan pronto aburrido de mi explicación como tomándolo á risa, mi hermano
bostezaba oyéndome, y luego se reía, y llamándome con vulgar sorna
_metafísico_, me invitaba á enseñar mi sabiduría á los ángeles del
cielo, pues los hombres, según él, no estaban hechos para cosa tan
remontada y tan fuera de lo práctico. Después me consultó con mucha
seriedad que á qué partido debería afiliarse, y le contesté que á
cualquiera, pues todos son iguales en sus hechos, y si no lo son en sus
doctrinas, es porque éstas, que no le importan á nadie, no han sufrido
análisis detenido. Luego, dándole una lección de sentido práctico, le
aconsejé que se afiliara al partido más nuevo y fresquecito de todos,
y él halló oportunísima la idea y dijo con gozo: «Metafísico, has
acertado.»
Las relaciones de la familia aumentaban de día en día, cosa sumamente
natural, habiendo en la casa olor á dinero. Al mes de instalación,
mi hermano tenía la mesa puesta y la puerta abierta para todas las
notabilidades que quisieran honrarle. Las visitas se sucedían á
las visitas, las presentaciones á las presentaciones. No tardó en
comprender el jefe de la familia que debía desarraigar ciertas
prácticas muy nocivas á su buen crédito, y así, en la mesa, cuando
había convidados, que era los más días del año, reinaba un orden
perfecto, no turbado por las disputas sobre carne y vino, ni por las
rarezas de la niña Chucha, ni por las libertades de los chicos. Tomaron
un buen jefe, un maestresala ó mozo de comedor, y aquello parecía otra
cosa. El buen tono se iba apoderando poco á poco de todas las regiones
de la casa y de los actos todos de la familia, y en las personas de
Lica y Chita no era donde menos se echaba de ver la trasformación y
el rápido triunfo de las maneras europeas. Mi cuñada supo contener
un poco su pasión por las yemas, caramelos y bombones, y los niños,
excluidos de la mesa general, comían solos y aparte, bajo la dirección
de la mulata. Conociendo su padre lo mal educados que estaban, acudió á
poner remedio á este grave mal, pues no sabían cosa alguna, ni comer,
ni vestirse, ni hablar, ni andar derechos. Lica deploraba también la
incuria en que vivían sus hijos, y un día que hablaba de esto con su
marido, volvióse éste á mí y me dijo:--«Es preciso que sin pérdida de
tiempo me busques una institutriz.»
X
Al punto me acordé de Irene.
La cual para el caso venía como de encargo. ¡Preciosa adquisición
para mi familia y admirable partido para la huérfana! Contentísimo
de ser autor de este doble beneficio, aquella misma tarde hablé á
doña Cándida. ¡Dios mío, cómo se puso aquella mujer cuando supo que
mi hermano con toda su gente estaba en Madrid! Temí que la sacudida
y traqueteo de sus disparados nervios la ocasionaran un accidente
epiléptico, porque la ví echar de sus ojos relámpagos de alegría; la
ví retozona, febril, casi dispuesta á bailar, y de pronto, aquellas
muestras de loco júbilo se trocaron en furia, que descargó sobre mí,
diciendo á gritos:
--Pero soso, sosón, ¿por qué no me has avisado antes?... ¿En qué
piensas? Tú estás en Babia.
Yo sorprendí en su mirada destellos de su excelso ingenio, conjunto
admirable de la rapidez napoleónica, de la audacia de Roque Guinart
y de la inventiva de un folletinista francés. ¡Ay de las víctimas!
Como el buitre desde el escueto picacho arroja la mirada á increible
distancia y distingue la res muerta en el fondo del valle, así doña
Cándida, desde su eminente pobreza, vió el provechoso esquilmo de la
casa de mi hermano y carne riquísima donde clavar el pico y la garra.
La risa retozaba en sus labios trémulos y su semblante todo denotaba
un estado semejante á la inspiración del artista. Loca de contento, me
dijo:
--¡Ay Máximo, cuánto te quiero! Eres el angel de mi guarda.
No supe lo que me hacía al poner en comunicación al sanguinario
Calígula con la inocente familia de mi hermano. Era ya tarde cuando
caí en la cuenta de que, llevado de un sentimiento caritativo, había
atraido sobre mis parientes una plaga mayor que las siete de Egipto
juntas. Era yo autor del mal, y me reía, no podía evitarlo, me reía al
ver entrar en la casa para hacer su primera visita á la representante
de la cólera divina, puesta de veinticinco alfileres, radiante,
amenazadora, con expresión de fiera majestad semejante á la que debía
de tener Atila. No sé de dónde sacó las ropas que llevaba en aquella
ocasión trágica. Creo que las alquiló en una casa de empeños con
cuyos dueños tenía amistad, ó que se las prestaron, ó no sé qué, pues
hay siempre impenetrables misterios en los modos y procedimientos de
ciertos séres, y ni el más listo observador sorprende sus maravillosas
combinaciones. Lo que llevaba encima, sin ser bueno, era pasable, y
como la muy pícara tenía aquel continente de señora principal, daba
un chasco á cualquiera, y ante los ojos inexpertos pasaba por una de
esas personas que imperan en la sociedad y en la moda. Su noble perfil
romano y sus distinguidos ademanes hicieron aquel día papel más lucido
que en toda la temporada de los esplendores de García Grande en tiempo
de la Unión Liberal.
Cuando vió á mi hermano, le abrazó de tal modo y tales sentimientos
hizo, que yo creí que se desmayaba. Recordó á nuestra buena madre con
frases patéticas que hicieron llorar á José María, y se dejó decir
que ella era una segunda madre para nosotros. En su conversación con
Lica y Chita se mostró tan discreta, tan delicada, tan señora, que las
cubanas se quedaron encantadas, embobecidas, y Lica me dijo después que
nunca había tratado á una persona más fina y amable. En aquella primera
visita dió también doña Cándida rienda suelta á sus sentimientos
cariñosos con los niños, haciéndolos toda suerte de mimos y zalamerías,
y demostrándoles un amor que rayaba en idolatría. La niña Chucha tuvo
un breve consuelo á su nostalgia en las tiernas expresiones de aquella
improvisada amiga, que supo hablarle del ajiaco, poniendo en las nubes
las comidas cubanas, y terminó con un parrafillo sobre enfermedades.
Hasta José María cayó en la astuta red, y un rato después de haber
salido Calígula, me preguntaba si á los salones de doña Cándida iba
mucha gente notable, al oir lo cual me entró una risa tan grande que
creo oyeron mis carcajadas los sordo-mudos que están en el inmediato
colegio de la calle de San Mateo.
Al día siguiente se presentó de nuevo en la casa mi cínife. Desde sus
primeras charlas mostróse muy concienzuda, y decía á las mujeres: «Si
parece que nos hemos conocido toda la vida... Las miro á ustedes como
si fueran hijas mías.» Luego les contaba sucesos de su vida, y hablaba
de sí misma y de sus males en términos que me llenaba de admiración su
númen hiperbólico. Había detenido el viaje á sus posesiones de Zamora
para poder gozar de la compañía de tan simpática familia, y aunque sus
intereses habían sufrido mucho por culpa de los malos administradores,
no quería salir de Madrid, porque sus amigas la marquesa de acá y la
duquesa de allá la retenían. Sus dolencias eran lastimosa epopeya,
digna de que Homero se volviera Hipócrates para cantarlas. Por último,
en aquel segundo día y en los siguientes (pues antes faltara el sol en
el zénit que Calígula en la casa de Manso), demostró tal conocimiento
y arte en materia de modas, que fué constituida en Consejo de Estado de
Lica y Chita, y ya no se escogió sombrero, ni tela ni cinta sin previa
opinión de la de García Grande.
--¡Pobrecitas! les decía, no entren ustedes en las tiendas á comprar
nada. En seguida conocen que son americanas y les hacen pagar el
doble, una cosa atroz... Yo me encargo de hacerles las compras... No,
no, hija, no hay que agradecer nada. Eso á mí no me cuesta trabajo;
no tengo nada que hacer. Conozco á todos los tenderos, y como soy tan
buena parroquiana, saco las cosas tan arregladas...
Para que mi hermano se previniera contra los peligros económicos á que
estaba expuesta la familia admitiendo los servicios de doña Cándida, le
conté la dilatada y pintoresca historia de los sablazos, con lo que se
rió mucho, no diciendo más sino: «¡Pobre señora! ¡si mamá la viera en
tal estado!...»
Á los pocos días hablé con Lica del mismo asunto; pero ella,
rebelándose contra lo que juzgaba malicia mía, cortó mis amonestaciones
diciéndome con su lánguida expresión:
--No seas ponderativo... Tú tienes mala voluntad á la pobre niña
Cándida. ¡Es más buena la pobre...! Sería riquísima si no fuera por
los malos administradores... ¡Será que el refaccionista le hace malas
cuentas...! Luego es tan delicada la pobre... Ayer tuve que enfadarme
con ella para hacerla aceptar un favorcito, un pequeño anticipo, hasta
tanto que le vengan esas rentas del potrero... no es potrero, en fin,
lo que sea. La pobre es más buena... No quería tomarlo... ni por nada
del mundo. Yo le pedí por la Virgen de la Caridad del Cobre que me
hiciera el favor de tomar aquella poca cosa... Veo que te ríes; no seas
sencillo... ¡La pobre!... me ofendí con su resistencia y se me saltaron
las lágrimas. Ella se echó á llorar entonces, y por fin se avino á no
desairarme.
Lica era una criatura celeste, un corazón seráfico. No conocía el mal;
ignoraba cuanto de falaz y malicioso encierra el mundo, y á los demás
medía por la tasa de su propia inocencia y bondad. Yo contemplaba con
tanto gozo como asombro aquella flor pura de su alma, no contaminada
de ninguna maleza, y que ni siquiera sospechaba que á su lado existía
la cizaña. Me daba tanta lástima de turbar la paz de aquel virginal
espíritu inoculándole el vírus de la desconfianza, que decidí respetar
su condición ingénua, más propia para la vida en las selvas que en las
grandes ciudades, y no le hablé más del feroz Calígula.
En tanto, Irene había tomado la dirección intelectual, social y moral
de las dos niñas y el pequeñuelo. Se les destinó, por acuerdo mío, un
holgado aposento, donde todo el día estaba la maestra á solas con los
alumnitos, y en una habitación cercana comían los cuatro. Yo previne
que todas las tardes salieran á paseo, no consagrando al estudio
sedentario más que las horas de la mañana. La discreción, mesura,
recato y laboriosidad de la joven maestra, enamoraban á Lica que, en
tocando á este punto, me echaba mil bendiciones por haber traido á
su casa alhaja tan bella y de tal valor. También mi hermano estaba
contentísimo, y yo me consolaba así del mal que hice con llevarles la
calamidad de doña Cándida; y pensando en la util abeja, olvidaba al
chupador vampiro.
XI
¿Cómo pintar mi confusión?
¿Cómo describir mi trastorno y las molestias mil que trajo á mi vida la
que mi hermano llevaba? De nada me valía que yo me propusiese evadirme
de aquella esfera, porque mis dichosos parientes me retenían á su lado
casi todo el día, unas veces para consultarme sobre cualquier asunto y
matarme á preguntas, otras para que les acompañase. Parecía que nada
marchaba en aquella casa sin mí, y que yo poseía la universalidad de
los conocimientos, datos y noticias. Pues, ¿y el obligado tributo de
comer con ellos un día sí y otro no, cuando no todos los del mes?...
Adios mi dulce monotonía, mis libros, mis paseos, mi independencia, el
recreo de mis horas, acomodada cada cual para su correspondiente tarea,
su función ó su descanso. Pero lo que más me desconcertaba eran las
reuniones de aquella casa, pues habiéndome acostumbrado desde algún
tiempo atrás á retirarme temprano, las horas avanzadas de tertulia
entre tanto ruido y oyendo tanta necedad, me producían malestar
indecible. Además, el uso del frac ha sido siempre tan contrario á
mi gusto, que de buena gana le desterraría del orbe; pero mi bendito
hermano se había vuelto tan ceremonioso, que no podía yo prescindir de
tan antipática vestimenta.
Ansioso de fama, José María bebía los vientos por decorar sus salones
con todas las personas notables y todas las familias distinguidas
que se pudieran atraer, pero no lo conseguía tan fácilmente. Lica
no había logrado hacerse simpática á la mayor parte de las familias
cubanas que en Madrid residen, y que en distinción y modales la
superaban sin medida. No veían su alma bondadosa, sino su rusticidad,
su llaneza campestre y sus equivocaciones funestas en materia de
requisitos sociales. Á mis oidos llegaron ciertos rumores y chismes
poco favorables á la pobre Lica. Por toda la colonia corrían anécdotas
punzantes y muy crueles. Lo menos que decían de ella era que la _habían
cogido con lazo_. Y tanta era la inocencia de la guajirita, que no
se desazonaba por hacer á veces ridículo papel, ó no caía en ello.
Ponía, sí, mucha atención á lo que mi hermano ó yo le advertíamos
para que fuera adquiriendo ciertos perfiles y se adaptara á la nueva
vida; y al poco tiempo su penetración natural triunfó un poco de su
inveterada rudeza. El origen humildísimo, la educación mala y la
permanencia de Lica en un pueblo agreste del interior de la isla no
eran circunstancias favorables para hacer de ella una dama europea. Y
no obstante estos perversos antecedentes, la excelente esposa de mi
hermano, con el delicado instinto que completaba sus virtudes, iba
entrando poco á poco en el nuevo sendero y adquiría los disimulos, las
delicadezas, las prácticas sutiles y mañosas de la buena sociedad.
José María me suplicaba que le llevase buena gente, pero yo ¡triste
de mí! ¿á quién podía llevar, como no fuese á algún desapacible
catedrático, que iba á fastidiarse y á fastidiar á los demás? Es verdad
que presenté á mi amado discípulo, á mi hijo espiritual, Manuel Peña,
que fué muy bien recibido, no obstante su humilde procedencia. Pero
¿cómo no, si además de tener en su abono las tendencias ecualitarias
de la sociedad moderna, se redimía personalmente de su bajo origen
por ser el más simpático, el más guapo, el más listo, el más airoso,
el más inteligente y dominador que podría imaginarse, en términos
que descollaba sobre todos los de su edad y no había ninguno que le
igualara?
Mi hermano simpatizó mucho con él, tasándole en lo que valía; pero
aún no estaba satisfecho el dueño de la casa, y á pesar de haberse
afiliado á un partido que tiene en su escudo _la democracia rampante_,
quería, ante todo, ver en su salón, gente con título, aunque éste fuese
haitiano ó pontificio, y hombres notables de la política, aunque fueran
de los más desacreditados. Los poetas y literatos famosos también le
agradaban, y Lica estimaba particularmente á los primeros, porque
para ella no había nada más delicioso que el sonsonete del verso. No
seré indiscreto diciendo que ella también pulsaba la lira, y que en
su tierra había hecho _natales_ y algunas décimas, que tenían todo
el rústico candor del alma de su autora y la aspereza salvaje de la
manigua. Desde las primeras reuniones se hizo amigo de la casa y al
poco tiempo llegó á ser concurrente infalible á ella, un poeta de los
de tres por un cuarto...
XII
¡Pero qué poeta!