En tanto, las dos niñas y el pequeñuelo enredaban solos en una pieza

destinada á ellos y á sus bulliciosas correrías. Cuidábanles la mulata

Remedios y el negro Rupertico. Los gritos se oían desde la calle;

jugaban al carro arrastrando sillas, y no pasaba día sin que rompieran

algo ó rasgaran de medio á medio una cortina ó desvencijaran un mueble.

Á poco de llegar se revolcaban casi en cueros sobre las alfombras,

hasta que, habiendo refrescado el tiempo, se les veía jugar vestidos

con los costosos trajes de paño fino guarnecidos de pieles que se les

habían hecho para salir á paseo.

Rupertico era tan travieso que no se podía hacer carrera de él. De la

mañana á la noche no hacía más que jugar ó asomarse al balcón para ver

pasar los coches. Cuando sus amas le llamaban para que les alcanzara

alguna cosa, lo cual ocurría poco más ó menos cada dos minutos, era

preciso buscarle por toda la casa, y cuando le encontrábamos le

traíamos por una oreja. Yo me encargaba de esta penosa comisión, tan

desconforme con mis ideas abolicionistas, porque los ayes del morenito

me molestaban menos que el insufrible alarido de las señoras diciendo

á toda hora: «Pícaro negro, tráeme mis zapatos; ven á apretarme el

corsé; tráeme agua; alcánzame una horquilla, etc...» Un día le buscamos

inútilmente por toda la casa. «¿Dónde se habrá metido este condenado?»

decíamos mi hermano y yo, recorriendo todas las habitaciones, hasta

que al fin le hallamos en un cuarto oscuro. Su carilla de ébano se me

apareció como un antropomorfismo de las tinieblas, que echaron de sí

los dos globos blancos de los ojos, la dentadura ebúrnea y los labios

de granate. Una voz ronquilla y apagada decía estas palabras: «_mucho

fío, mucho fío_.» Sacámosle de allí. Era como si le sacáramos de un

tintero, pues estaba arrebujado en un mantón negro de su ama. Aquel

día se le compró un chaleco rojo de Bayona, con el cual estaba muy en

caracter. Era un buen chico, un alma inocente, fiel y bondadosa que me

hacía pensar en los ángeles del fetichismo africano.

Casi todos los días tenía que quedarme á comer con la familia, lo cual

era un cruel martirio para mí, pues en la mesa había más barullo que en

el muelle de la Habana.

Principiaba la fiesta por las disputas entre mi hermano y Lica sobre

lo que ésta había de comer.

--Lica, toma carne. Esto es lo que te conviene. Cuídate, por Dios.

--¿Carne? ¡Qué asco!... Me apetece dulce de guinda. No quiero sopa.

--Niña, toma carne y vino.

--¡Qué chinchoso!... Quiero melón.

En tanto la _niña Chucha_ (así llamaban á la suegra de mi hermano),

que desde el principio de la comida no había cesado de dirigir acerbas

críticas á la cocina española, ponía los ojos en blanco para lanzar

una exclamación y un suspiro, consagrados ambos á echar de menos el

moniato, la yuca, el ñame, la malanga y demás vegetales que componen

la vianda. De repente la buena señora, mareada del estruendo que en

la mesa había, llenaba un plato y se iba á comérselo á su cuarto.

Distraído yo con estas cosas, no advertía que una de las niñas, sentada

junto á mí, metía la mano en mi plato y cogía lo que encontraba.

Después me pasaba la mano por la cara llamándome _tiíto bonito_. El

chiquitín tiraba la servilleta en mitad de una gran fuente con salsa,

y luego la arrojaba húmeda sobre la alfombra. La otra niña pedía con

atroces gritos todo aquello que en el momento no estaba en la mesa, y

los papás seguían disertando sobre el tema de lo que más convenía al

delicado temperamento y al crítico estado de Lica.

--Chinita, toma vino.

--¿Vino? ¡qué asco!

--Mujer, no bebas tanta agua.

--¡Jesús, qué chinchoso! Que me traigan azucarillos.

--Carne, mujer, toma carne.

Y el chico salía á la defensa de su mamá, diciendo:

--Papá _mapiango_.

--Niño, si te cojo...

--Papá cochino...

--Yo quiero fideo con azucar--chillaba una vocecita más allá.

--Me apetece garbanzo.

--¡Silencio, silencio!--gritaba José María dando fuertes golpes en la

mesa con el mango del cuchillo.

Una chuleta empapada en tomate volaba hasta caer pringosa sobre la

blanca pechera de la camisa del papá. Levantábase José María furioso, y

daba una tollina al nene; pegaba éste un brinco y salía, atronando la

fonda con su lloro; enfadábase Lica; refunfuñaba su hermana; aparecía

la _niña Chucha_ enojada porque castigaban al nieto y se sentaba á

la mesa para seguir comiendo; llamaban á Rupertico, á la mulata, y

en tanto yo no sabía á qué orden de ideas apelar, ni á qué filosofía

encomendarme para que se serenara mi espíritu.

Como todo el día estaba comiendo golosinas, Lica no hacía más que

probar de cada plato y beber vasos de agua. Al fin saciaba en los

postres su apetito de cositas dulces y frescas. Servían el café, más

negro que tinta; pero yo me resistía á introducir en mí aquel pícaro

brevaje por temor á que me privara del sueño, y me impacientaba y

contaba las horas, esperando la bendita de escapar á la calle.

Luego venía el fumar, y allí me veríais entre pestíferas chimeneas,

porque no sólo era mi hermano el que chupaba, sino que Lica encendía

su cigarrito y la niña Chucha se ponía en la boca un tabaco de á

cuarta. El humo y el vaivén de las mecedoras, me ponían la cabeza como

un molino de viento, y aguantaba, y sostenía la conversación de mi

hermano, que despuntaba ya por la política, hasta que llegada la hora

de la abolición de mi esclavitud, me despedía y me retiraba, enojado

de tan miserable vida y suspirando por mi perdida libertad. Volvía mis

tristes ojos á la historia, y no le perdonaba, no, á Cristóbal Colón

que hubiera descubierto el Nuevo Mundo.

IX

Mi hermano quiere consagrarse al país.

Instaláronse á mitad de Octubre en la casa alquilada, y el primer día

se encendieron las chimeneas, porque todos se morían de frío. Lica

estaba _fluxionada_, su hermana Chita (Merceditas) poco menos, y la

niña Chucha, atacada de súbita nostalgia, pedía con lamentos elegiacos

que la llevasen á su querida Sagua, porque se moría en Madrid de pena y

frío. La casa, estrecha y no muy clara, era tediosa cárcel para ella,

y no cesaba de traer á la memoria las anchas, despejadas y abiertas

viviendas del templado país en que había nacido. Víctima del mismo

mal, el expatriado sinsonte falleció á las primeras lluvias, y su

dolorida dueña le hizo tales exequias de suspiros, que creímos iba á

seguir ella el mismo camino. Uno de los tomeguines se escapó de la

jaula y no se le volvió á ver más. Á la buena señora no había quien le

quitara de la cabeza que el pobre pájaro se había ido de un tirón á los

perfumados bosques de su patria. ¡Si hubiera podido ella hacer otro

tanto! ¡Pobre doña Jesusa, y que lástima me daba! Su única distracción

era contarme cosas de su bendita tierra, explicarme cómo se hace el

ajiaco, describirme los bailes de los negros y el tañido de la maruga y

el güiro, y por poco me enseña á tocar el birimbao. No salía á la calle

por temor á encontrarse con una pulmonía; no se movía de su butaca ni

para comer. Rupertico le servía la comida, y se iba comiendo por el

camino las sobras que ella le daba.

En cambio, mi hermano, su mujer y cuñada se iban adaptando

asombrosamente á la nueva vida, al áspero clima y á la precipitación y

tumulto de nuestras costumbres. José María, principalmente, no echaba

de menos nada de lo que se había quedado del otro lado de los mares, y

se le conocía la satisfacción que le causaba el verse tan obsequiado,

y atraido por mil lisonjas y solicitaciones, que á la legua le daban

á conocer como un centro metálico de primer orden. Hacía frecuentes

viajes al Congreso, y me admiró verle buscar sus amistades entre

diputados, periodistas y políticos, aunque fueran de quinta ó sexta

fila. Sus conversaciones empezaron á girar sobre el gastado eje de los

asuntos públicos, y especialmente de los ultramarinos, que son los más

embrollados y sutiles que han fatigado el humano entendimiento. No

era preciso ser zahorí para ver en José María al hombre afanoso de

hacer papeles y de figurar en un partidillo de los que se forman todos

los días por antojo de cualquier indivíduo que no tiene otra cosa que

hacer. Un día me le encontré muy apurado en su despacho, hablando solo,

y á mis preguntas contestó sinceramente que se sentía orador, que se

desbordaban en su mente las ideas, los argumentos y los planes, que se

le ocurrían frases sin número y combinaciones mil que, á su juicio,

eran dignas de ser comunicadas al país.

Al oir esto del país, díjele que debía empezar por conocer bien al

sujeto de quien tan ardientemente se había enamorado, pues existe un

país convencional, puramente hipotético, á quien se refieren todas

nuestras campañas y todas nuestras retóricas políticas, ente cuya

realidad sólo está en los temperamentos ávidos y en las cabezas ligeras

de nuestras eminencias. Era necesario distinguir la patria apócrifa

de la auténtica, buscando ésta en su realidad palpitante, para lo

cual convenía, en mi sentir, hacer abstracción completa de los mil

engaños que nos rodean, cerrar los oidos al bullicio de la prensa

y de la tribuna, cerrar los ojos á todo este aparato decorativo y

teatral, y luego darse con alma y cuerpo á la reflexión asídua y á la

tenaz observación. Era preciso echar por tierra este vano catafalco

de pintado lienzo, y abrir cimientos nuevos en las firmes entrañas

del verdadero país, para que sobre ellos se asentara la construcción

de un nuevo y sólido Estado. Díjome que no entendía bien mi sistema,

y me lo probó llamándome demoledor. Yo tuve que explicarle que el uso

de una figura arquitectónica, que siempre viene á la mano hablando

de política, no significaba en mí inclinaciones demagógicas. Mostréme

indiferente en las formas de gobierno, y añadí que la política era

y sería siempre para mí un cuerpo de doctrina, un sabio y metódico

conjunto de principios científicos y de reglas de arte, un organismo,

en fin, y que por tanto quedaban excluidos de mi sistema las

contingencias personales, los subjetivismos perniciosos, los modos

escurridizos, las corruptelas de hecho y de lenguaje, las habilidades y

agudezas que constituyen entre nosotros todo el arte de gobernar.

Tan pronto aburrido de mi explicación como tomándolo á risa, mi hermano

bostezaba oyéndome, y luego se reía, y llamándome con vulgar sorna

_metafísico_, me invitaba á enseñar mi sabiduría á los ángeles del

cielo, pues los hombres, según él, no estaban hechos para cosa tan

remontada y tan fuera de lo práctico. Después me consultó con mucha

seriedad que á qué partido debería afiliarse, y le contesté que á

cualquiera, pues todos son iguales en sus hechos, y si no lo son en sus

doctrinas, es porque éstas, que no le importan á nadie, no han sufrido

análisis detenido. Luego, dándole una lección de sentido práctico, le

aconsejé que se afiliara al partido más nuevo y fresquecito de todos,

y él halló oportunísima la idea y dijo con gozo: «Metafísico, has

acertado.»

Las relaciones de la familia aumentaban de día en día, cosa sumamente

natural, habiendo en la casa olor á dinero. Al mes de instalación,

mi hermano tenía la mesa puesta y la puerta abierta para todas las

notabilidades que quisieran honrarle. Las visitas se sucedían á

las visitas, las presentaciones á las presentaciones. No tardó en

comprender el jefe de la familia que debía desarraigar ciertas

prácticas muy nocivas á su buen crédito, y así, en la mesa, cuando

había convidados, que era los más días del año, reinaba un orden

perfecto, no turbado por las disputas sobre carne y vino, ni por las

rarezas de la niña Chucha, ni por las libertades de los chicos. Tomaron

un buen jefe, un maestresala ó mozo de comedor, y aquello parecía otra

cosa. El buen tono se iba apoderando poco á poco de todas las regiones

de la casa y de los actos todos de la familia, y en las personas de

Lica y Chita no era donde menos se echaba de ver la trasformación y

el rápido triunfo de las maneras europeas. Mi cuñada supo contener

un poco su pasión por las yemas, caramelos y bombones, y los niños,

excluidos de la mesa general, comían solos y aparte, bajo la dirección

de la mulata. Conociendo su padre lo mal educados que estaban, acudió á

poner remedio á este grave mal, pues no sabían cosa alguna, ni comer,

ni vestirse, ni hablar, ni andar derechos. Lica deploraba también la

incuria en que vivían sus hijos, y un día que hablaba de esto con su

marido, volvióse éste á mí y me dijo:--«Es preciso que sin pérdida de

tiempo me busques una institutriz.»

X

Al punto me acordé de Irene.

La cual para el caso venía como de encargo. ¡Preciosa adquisición

para mi familia y admirable partido para la huérfana! Contentísimo

de ser autor de este doble beneficio, aquella misma tarde hablé á

doña Cándida. ¡Dios mío, cómo se puso aquella mujer cuando supo que

mi hermano con toda su gente estaba en Madrid! Temí que la sacudida

y traqueteo de sus disparados nervios la ocasionaran un accidente

epiléptico, porque la ví echar de sus ojos relámpagos de alegría; la

ví retozona, febril, casi dispuesta á bailar, y de pronto, aquellas

muestras de loco júbilo se trocaron en furia, que descargó sobre mí,

diciendo á gritos:

--Pero soso, sosón, ¿por qué no me has avisado antes?... ¿En qué

piensas? Tú estás en Babia.

Yo sorprendí en su mirada destellos de su excelso ingenio, conjunto

admirable de la rapidez napoleónica, de la audacia de Roque Guinart

y de la inventiva de un folletinista francés. ¡Ay de las víctimas!

Como el buitre desde el escueto picacho arroja la mirada á increible

distancia y distingue la res muerta en el fondo del valle, así doña

Cándida, desde su eminente pobreza, vió el provechoso esquilmo de la

casa de mi hermano y carne riquísima donde clavar el pico y la garra.

La risa retozaba en sus labios trémulos y su semblante todo denotaba

un estado semejante á la inspiración del artista. Loca de contento, me

dijo:

--¡Ay Máximo, cuánto te quiero! Eres el angel de mi guarda.

No supe lo que me hacía al poner en comunicación al sanguinario

Calígula con la inocente familia de mi hermano. Era ya tarde cuando

caí en la cuenta de que, llevado de un sentimiento caritativo, había

atraido sobre mis parientes una plaga mayor que las siete de Egipto

juntas. Era yo autor del mal, y me reía, no podía evitarlo, me reía al

ver entrar en la casa para hacer su primera visita á la representante

de la cólera divina, puesta de veinticinco alfileres, radiante,

amenazadora, con expresión de fiera majestad semejante á la que debía

de tener Atila. No sé de dónde sacó las ropas que llevaba en aquella

ocasión trágica. Creo que las alquiló en una casa de empeños con

cuyos dueños tenía amistad, ó que se las prestaron, ó no sé qué, pues

hay siempre impenetrables misterios en los modos y procedimientos de

ciertos séres, y ni el más listo observador sorprende sus maravillosas

combinaciones. Lo que llevaba encima, sin ser bueno, era pasable, y

como la muy pícara tenía aquel continente de señora principal, daba

un chasco á cualquiera, y ante los ojos inexpertos pasaba por una de

esas personas que imperan en la sociedad y en la moda. Su noble perfil

romano y sus distinguidos ademanes hicieron aquel día papel más lucido

que en toda la temporada de los esplendores de García Grande en tiempo

de la Unión Liberal.

Cuando vió á mi hermano, le abrazó de tal modo y tales sentimientos

hizo, que yo creí que se desmayaba. Recordó á nuestra buena madre con

frases patéticas que hicieron llorar á José María, y se dejó decir

que ella era una segunda madre para nosotros. En su conversación con

Lica y Chita se mostró tan discreta, tan delicada, tan señora, que las

cubanas se quedaron encantadas, embobecidas, y Lica me dijo después que

nunca había tratado á una persona más fina y amable. En aquella primera

visita dió también doña Cándida rienda suelta á sus sentimientos

cariñosos con los niños, haciéndolos toda suerte de mimos y zalamerías,

y demostrándoles un amor que rayaba en idolatría. La niña Chucha tuvo

un breve consuelo á su nostalgia en las tiernas expresiones de aquella

improvisada amiga, que supo hablarle del ajiaco, poniendo en las nubes

las comidas cubanas, y terminó con un parrafillo sobre enfermedades.

Hasta José María cayó en la astuta red, y un rato después de haber

salido Calígula, me preguntaba si á los salones de doña Cándida iba

mucha gente notable, al oir lo cual me entró una risa tan grande que

creo oyeron mis carcajadas los sordo-mudos que están en el inmediato

colegio de la calle de San Mateo.

Al día siguiente se presentó de nuevo en la casa mi cínife. Desde sus

primeras charlas mostróse muy concienzuda, y decía á las mujeres: «Si

parece que nos hemos conocido toda la vida... Las miro á ustedes como

si fueran hijas mías.» Luego les contaba sucesos de su vida, y hablaba

de sí misma y de sus males en términos que me llenaba de admiración su

númen hiperbólico. Había detenido el viaje á sus posesiones de Zamora

para poder gozar de la compañía de tan simpática familia, y aunque sus

intereses habían sufrido mucho por culpa de los malos administradores,

no quería salir de Madrid, porque sus amigas la marquesa de acá y la

duquesa de allá la retenían. Sus dolencias eran lastimosa epopeya,

digna de que Homero se volviera Hipócrates para cantarlas. Por último,

en aquel segundo día y en los siguientes (pues antes faltara el sol en

el zénit que Calígula en la casa de Manso), demostró tal conocimiento

y arte en materia de modas, que fué constituida en Consejo de Estado de

Lica y Chita, y ya no se escogió sombrero, ni tela ni cinta sin previa

opinión de la de García Grande.

--¡Pobrecitas! les decía, no entren ustedes en las tiendas á comprar

nada. En seguida conocen que son americanas y les hacen pagar el

doble, una cosa atroz... Yo me encargo de hacerles las compras... No,

no, hija, no hay que agradecer nada. Eso á mí no me cuesta trabajo;

no tengo nada que hacer. Conozco á todos los tenderos, y como soy tan

buena parroquiana, saco las cosas tan arregladas...

Para que mi hermano se previniera contra los peligros económicos á que

estaba expuesta la familia admitiendo los servicios de doña Cándida, le

conté la dilatada y pintoresca historia de los sablazos, con lo que se

rió mucho, no diciendo más sino: «¡Pobre señora! ¡si mamá la viera en

tal estado!...»

Á los pocos días hablé con Lica del mismo asunto; pero ella,

rebelándose contra lo que juzgaba malicia mía, cortó mis amonestaciones

diciéndome con su lánguida expresión:

--No seas ponderativo... Tú tienes mala voluntad á la pobre niña

Cándida. ¡Es más buena la pobre...! Sería riquísima si no fuera por

los malos administradores... ¡Será que el refaccionista le hace malas

cuentas...! Luego es tan delicada la pobre... Ayer tuve que enfadarme

con ella para hacerla aceptar un favorcito, un pequeño anticipo, hasta

tanto que le vengan esas rentas del potrero... no es potrero, en fin,

lo que sea. La pobre es más buena... No quería tomarlo... ni por nada

del mundo. Yo le pedí por la Virgen de la Caridad del Cobre que me

hiciera el favor de tomar aquella poca cosa... Veo que te ríes; no seas

sencillo... ¡La pobre!... me ofendí con su resistencia y se me saltaron

las lágrimas. Ella se echó á llorar entonces, y por fin se avino á no

desairarme.

Lica era una criatura celeste, un corazón seráfico. No conocía el mal;

ignoraba cuanto de falaz y malicioso encierra el mundo, y á los demás

medía por la tasa de su propia inocencia y bondad. Yo contemplaba con

tanto gozo como asombro aquella flor pura de su alma, no contaminada

de ninguna maleza, y que ni siquiera sospechaba que á su lado existía

la cizaña. Me daba tanta lástima de turbar la paz de aquel virginal

espíritu inoculándole el vírus de la desconfianza, que decidí respetar

su condición ingénua, más propia para la vida en las selvas que en las

grandes ciudades, y no le hablé más del feroz Calígula.

En tanto, Irene había tomado la dirección intelectual, social y moral

de las dos niñas y el pequeñuelo. Se les destinó, por acuerdo mío, un

holgado aposento, donde todo el día estaba la maestra á solas con los

alumnitos, y en una habitación cercana comían los cuatro. Yo previne

que todas las tardes salieran á paseo, no consagrando al estudio

sedentario más que las horas de la mañana. La discreción, mesura,

recato y laboriosidad de la joven maestra, enamoraban á Lica que, en

tocando á este punto, me echaba mil bendiciones por haber traido á

su casa alhaja tan bella y de tal valor. También mi hermano estaba

contentísimo, y yo me consolaba así del mal que hice con llevarles la

calamidad de doña Cándida; y pensando en la util abeja, olvidaba al

chupador vampiro.

XI

¿Cómo pintar mi confusión?

¿Cómo describir mi trastorno y las molestias mil que trajo á mi vida la

que mi hermano llevaba? De nada me valía que yo me propusiese evadirme

de aquella esfera, porque mis dichosos parientes me retenían á su lado

casi todo el día, unas veces para consultarme sobre cualquier asunto y

matarme á preguntas, otras para que les acompañase. Parecía que nada

marchaba en aquella casa sin mí, y que yo poseía la universalidad de

los conocimientos, datos y noticias. Pues, ¿y el obligado tributo de

comer con ellos un día sí y otro no, cuando no todos los del mes?...

Adios mi dulce monotonía, mis libros, mis paseos, mi independencia, el

recreo de mis horas, acomodada cada cual para su correspondiente tarea,

su función ó su descanso. Pero lo que más me desconcertaba eran las

reuniones de aquella casa, pues habiéndome acostumbrado desde algún

tiempo atrás á retirarme temprano, las horas avanzadas de tertulia

entre tanto ruido y oyendo tanta necedad, me producían malestar

indecible. Además, el uso del frac ha sido siempre tan contrario á

mi gusto, que de buena gana le desterraría del orbe; pero mi bendito

hermano se había vuelto tan ceremonioso, que no podía yo prescindir de

tan antipática vestimenta.

Ansioso de fama, José María bebía los vientos por decorar sus salones

con todas las personas notables y todas las familias distinguidas

que se pudieran atraer, pero no lo conseguía tan fácilmente. Lica

no había logrado hacerse simpática á la mayor parte de las familias

cubanas que en Madrid residen, y que en distinción y modales la

superaban sin medida. No veían su alma bondadosa, sino su rusticidad,

su llaneza campestre y sus equivocaciones funestas en materia de

requisitos sociales. Á mis oidos llegaron ciertos rumores y chismes

poco favorables á la pobre Lica. Por toda la colonia corrían anécdotas

punzantes y muy crueles. Lo menos que decían de ella era que la _habían

cogido con lazo_. Y tanta era la inocencia de la guajirita, que no

se desazonaba por hacer á veces ridículo papel, ó no caía en ello.

Ponía, sí, mucha atención á lo que mi hermano ó yo le advertíamos

para que fuera adquiriendo ciertos perfiles y se adaptara á la nueva

vida; y al poco tiempo su penetración natural triunfó un poco de su

inveterada rudeza. El origen humildísimo, la educación mala y la

permanencia de Lica en un pueblo agreste del interior de la isla no

eran circunstancias favorables para hacer de ella una dama europea. Y

no obstante estos perversos antecedentes, la excelente esposa de mi

hermano, con el delicado instinto que completaba sus virtudes, iba

entrando poco á poco en el nuevo sendero y adquiría los disimulos, las

delicadezas, las prácticas sutiles y mañosas de la buena sociedad.

José María me suplicaba que le llevase buena gente, pero yo ¡triste

de mí! ¿á quién podía llevar, como no fuese á algún desapacible

catedrático, que iba á fastidiarse y á fastidiar á los demás? Es verdad

que presenté á mi amado discípulo, á mi hijo espiritual, Manuel Peña,

que fué muy bien recibido, no obstante su humilde procedencia. Pero

¿cómo no, si además de tener en su abono las tendencias ecualitarias

de la sociedad moderna, se redimía personalmente de su bajo origen

por ser el más simpático, el más guapo, el más listo, el más airoso,

el más inteligente y dominador que podría imaginarse, en términos

que descollaba sobre todos los de su edad y no había ninguno que le

igualara?

Mi hermano simpatizó mucho con él, tasándole en lo que valía; pero

aún no estaba satisfecho el dueño de la casa, y á pesar de haberse

afiliado á un partido que tiene en su escudo _la democracia rampante_,

quería, ante todo, ver en su salón, gente con título, aunque éste fuese

haitiano ó pontificio, y hombres notables de la política, aunque fueran

de los más desacreditados. Los poetas y literatos famosos también le

agradaban, y Lica estimaba particularmente á los primeros, porque

para ella no había nada más delicioso que el sonsonete del verso. No

seré indiscreto diciendo que ella también pulsaba la lira, y que en

su tierra había hecho _natales_ y algunas décimas, que tenían todo

el rústico candor del alma de su autora y la aspereza salvaje de la

manigua. Desde las primeras reuniones se hizo amigo de la casa y al

poco tiempo llegó á ser concurrente infalible á ella, un poeta de los

de tres por un cuarto...

XII

¡Pero qué poeta!

El amigo Manso · 第 4 / 21 段