la conversación, y de que su pensamiento no era susceptible de
encarnarse en otra forma que en la oratoria. Ya empezaba á brillar
en el diálogo su ingenio un tanto paradójico y controversista, y le
seducían las cuestiones palpitantes y positivas, manifestando hacia
las especulativas repugnancia notoria. Esto lo ví más claro cuando
quise enseñarle algo de filosofía. Trabajo inútil. Mi buen Manolito
bostezaba, no comprendía una palabra, no ponía atención, hacía
pajaritas, hasta que no pudiendo soportar más su aburrimiento, me
suplicaba por amor de Dios que suspendiese mis explicaciones, porque
se ponía malo, sí, se ponía nervioso y febril. Tan enérgicamente
rechazaba su espíritu esta clase de estudios, que, según decía, mi
primera explicación sobre la _indagación de un principio de certeza_,
había producido en su entendimiento efecto semejante al que en el
cuerpo produce la toma de un vomitivo. Yo le instaba á reflexionar
sobre la _unidad real entre el ser y el conocer_, asegurándole que
cuando se acostumbrase á los ejercicios de la reflexión, hallaría en
ellos indecibles deleites; pero ni por esas. Él sostenía que cada vez
que se había puesto á reflexionar sobre esto ó sobre _la conformidad
esencial del pensamiento con lo pensado_, se le nublaba por completo
el entendimiento, y le entraba un dolor de estómago tan pícaro, que
suspendía las reflexiones y cerraba maquinalmente el libro.
¡Refractario á la filosofía, rebelde al estilo! ¡Pobre Manolito Peña!
Si á medida que se rebelaba contra la enseñanza filosófica no me
hubiera asombrado con sus progresos en otros ramos del saber, mucho
habría perdido el discípulo en el concepto del maestro. Lo único que
pude conseguir de él en esta materia, fué que pusiese alguna atención
en la historia de la filosofía, pero mirándola más como un objeto de
curiosidad y erudición, que como objeto de conocimiento sistemático y
de ciencia. Me enojaba que Manuel se educase así en el escepticismo.
Grandes esfuerzos hice para evitarlo; pero con ellos aumentaba su
aversión á lo que él llamaba la _teología sin Dios_. Ya por entonces
gustaba de condenar ó ensalzar las cosas con una frase picante y
epigramática. Era á veces oportunísimo, las más paradójico; pero
esta manera de juzgar con epigramas las cosas más serias priva tanto
en nuestros días, que casi casi se podía asegurar que mi discípulo,
poseyendo aquella cualidad, remataba y como que ponía la veleta al
gallardo edificio de sus aptitudes. Observando éstas, viendo lo que
á Manuel faltaba, y lo que en grado tan excelso tenía, me preguntaba
yo: «Este muchacho, ¿qué va á ser? ¿Será un hombre ligero ó el más
sólido de los hombres? ¿Tendremos en él una de tantas eminencias sin
principios, ó la personificación del espíritu práctico y positivo?»
Aturdido yo, no sabía qué contestarme.
Iba descubriendo además Manolito un don de gentes cual no le he visto
semejante en ningún chico de su edad. Sabía inspirar vivas simpatías
á toda persona con quien hablaba, y su gracia, su fácil expresión, su
oportunidad, daban á su palabra una fuerza convincente y dominadora que
le abría las puertas de todos los corazones. Sabía ponerse al nivel
intelectual de su interlocutor, hablando con cada uno el lenguaje que
le correspondía. Pero lo más digno de alabanza en él era su excelente
corazón, cuyas expansiones iban frecuentemente más lejos de lo que los
buenos términos de la generosidad piden. Yo tuve empeño en regularizar
sus nobles sentimientos y su espíritu de caridad, marcándole juiciosos
límites y reglas. También trabajé en corregirle el pernicioso hábito
de gastar dinero tontamente, empleándolo en fruslerías tan pronto
adquiridas como olvidadas. Imposible me fué quitarle el vicio de
fumar, por ser ya viejo en él; pero triunfé contra la maldita maña
suya de estar siempre chupando caramelos, de los cuales tenía lleno el
bolsillo. Con esto y el fumar, se le quitaban las ganas de comer; y lo
peor era que durante la lección me engolosinaba á mí; y tal imperio
tiene la costumbre y de tal manera se apodera de nuestros flacos
sentidos cualquier vano apetito, que el día en que, por mi propio
mandato, faltaron los caramelos, los echó mi lengua de menos, y casi
casi me mortificó aquella falta.
Cuánto me agradecía doña Javiera las reformas obtenidas en la conducta
de su hijo, no hay para qué decirlo. Las declaraciones de su gratitud
venían á mí por Páscuas y otras festividades en forma de jamones,
morcillas y butifarras, todo de lo mejor y abundantísimo; pero tan
grande economía resultaba á la señora de Peña de las restricciones
impuestas por mí al bolsillo filial, que aunque me regalase media
tienda, siempre salía ganando.
Vestía Manuel con elegancia y variedad, y jamás intenté moderarle mucho
en esto, porque la compostura de la persona es garantía de los buenos
modales y un principio por sí de buena educación. Como el muchacho era
rico y había de representar en el mundo un papel muy airoso, debía
prepararse á ello, cultivando y ensayando desde luego el aspecto,
la forma, el buen parecer, el estilo, pues estilo es esto que da al
caracter lo que la frase al pensamiento, es decir, tono, corte, vigor
y personalidad. Lo que no me gustaba era verle adoptar algunas veces,
con capricho elegante, las maneras y el traje de la gente torera, para
ir al encierro ó á una expedición de campo ó á visitar la dehesa en que
están los toros. Discusiones reñidas y un tanto agrias tuvimos sobre
esto; él se defendía con zalamerías, y yo, conociendo que debe dejarse
á cada edad, si no todo, parte de lo que le pertenece, y que además es
locura prescindir del medio ambiente y del influjo local, transigía,
dejando que el tiempo, con las exigencias serias de la vida, curara á
mi discípulo de aquella pueril vanidad.
Yo no cesaba de pensar en las dificultades con que Manolito tendría
que combatir para abrirse paso en la sociedad y para ocupar en
ella un puesto conforme á sus altas dotes. ¡Delicada cuestión! Es
evidentísimo que la democracia social ha echado entre nosotros
profundas raíces, y á nadie se le pregunta quién es ni de dónde ha
salido para admitirle en todas partes y festejarle y aplaudirle,
siempre que tenga dinero ó talento. Todos conocemos á diferentes
personas de origen humildísimo que llegan á los primeros puestos,
y aun se alían con las razas históricas. El dinero y el ingenio,
sustituidos á menudo por sus similares, ágio y travesura, han roto
aquí las barreras todas, estableciendo la confusión de clases en grado
más alto y con aplicaciones más positivas que en los países europeos,
donde la democracia, excluida de las costumbres, tiene representación
en las leyes. Bajo este punto de vista, y aparte de la gran desemejanza
política, España se va pareciendo, cosa extraña, á los Estados
Unidos de América, y como esta nación va siendo un país escéptico y
utilitario, donde el espíritu fundente y nivelador domina sobre todo.
La historia tiene cada día entre nosotros menos valor de aplicación
y está toda ella en las frías manos del arqueólogo, del curioso, del
coleccionista y del erudito seco y monomaniaco. Las improvisaciones de
fortuna y posición menudean, la tradición, quizás por haberse hecho
odiosa con apelaciones á la fuerza, carece de prestigio, la libertad
de pensamiento toma un vuelo extraordinario, y las energías fatales de
la época, riqueza y talento, extienden su inmenso imperio.
Pero esta trasformación, con ser ya tan avanzada, no ha llegado al
punto de excluir ciertos miramientos, ciertos reparillos en lo que
toca á la admisión de personas de bajo origen en el ciclo céntrico,
digámoslo así, de la sociedad. Si el bajo origen está lejano, aunque
solamente lo separe del tiempo presente el espacio de un par de
lustros, todo va bien, muy bien. Nuestra democracia es olvidadiza;
pero no ha llegado á ser ciega; así, cuando la bajeza está presente y
visible, cuesta algún trabajo disimularla con dinero. ¿Quién duda que
en ciertos escudos de nobleza podría pintarse una pierna de carnero, un
pececillo ó cualquier otro emblema de baja industria? Pero el origen de
estas casas se halla ya tan lejano, que nadie se cuida de él, mientras
que en el caso de mi discípulo, aún subsistía abierto el plebeyo
establecimiento, y aquel Manolito Peña tan listo, tan discreto, tan
guapo, tan distinguido, tan noble en todo y por todo, solía ser llamado
entre sus compañeros de la Universidad: el _hijo de la carnicera_.
Yo no hablaba con él de estas cosas; pero pensaba mucho en ellas y
temía penosas contrariedades. Un día que hablábamos de su porvenir y
de sus proyectos, me confesó que andaba algo enamorado de la hija del
empresario de la Plaza de Toros, chica bonita y graciosa. Doña Javiera
también lo supo y no pareció contrariada. La niña de Vendesol era
de honrada familia, heredera única de una gran fortuna; parecía de
inmejorables condiciones morales, y en jerarquía superaba á Manuel,
pues si bien los Vendesol habían sido carniceros, la tienda se cerró
treinta años há, y luego fueron tratantes en ganado, contratistas de
abastos en grande escala. Doña Javiera veía con gusto la inclinación de
su hijo, y con su buen humor me decía:
--Esto parece cosa de la Providencia, amigo Manso. La chica tiene
_parné_, y en cuanto á nobleza, allá se van cuernos con cuernos.
Respetando esta argumentación positivista y cornúpeta, creía yo que la
edad de Manuel (que no pasaba de veintitres años), no era aún propia
para el matrimonio, á lo cual me dijo la señora de Peña que para
casarse bien todas las edades son buenas. Comprendí que aquel era un
asunto en el cual no debía entrometerme, y me callé. Me parecía que
doña Javiera estaba rabiando por entroncar con Vendesol, personaje
de bajísimo origen, que de niño había corrido y jugado con los piés
descalzos en los arroyos sangrientos de las calles de Candelario, pero
cuya bajeza estaba ya redimida por treinta años de posición rica,
honrosa y respetada. La señora y las hermanas de Vendesol vivían en un
pié de elegancia y de relaciones, que á mi vecina, por motivos de tabla
auténtica y visible, le estaba aún vedado. No las conocía más que de
nombre y de vista doña Javiera; pero deliraba por tratarlas y ponerse
á su nivel, cosa que á ella le parecía muy fácil, teniendo dinero. Por
Ponce supe un día que se trataba de traspasar la tienda, poniendo punto
final al comercio de carne.
Manuel se enzarzaba más de día en día en sus amores, escatimando tiempo
y atención al estudio. Dos años y medio llevábamos ya de lecciones,
y aunque no se habían enfriado la delicada afición y el respeto que
me tenía, nuestra comunidad intelectual era menos estrecha y nuestras
conferencias más breves. Nos veíamos diariamente, charlábamos de
diversas cosas, y mientras yo procuraba llevar su espíritu á las leyes
generales, él no gustaba sino de los hechos y de las particularidades,
prefiriendo siempre todo lo reciente y visible. Disputábamos á
veces con calor, y decíamos algo sobre las obras nuevas; pero ya no
paseábamos juntos. Él salía todas las tardes á caballo y yo paseaba
solo y á pié. Últimamente, ni en el Ateneo nos veíamos por las noches,
porque él iba al teatro muy á menudo y á la casa de Vendesol.
Notaba yo en mí cierta soledad, el triste vacío que deja la suspensión
de una costumbre. Habíamos llegado á un punto en que debía dar por
finalizada la dirección intelectual de mi discípulo, quien ya podía
aprender por sí solo todo lo cognoscible, y aún aventajarme. Así lo
manifesté á doña Javiera, que se me mostró muy agradecida. La buena
señora subía á acompañarme á prima noche, y su conversación exhalaba
ciertos humos de vanidad, que hacían contraste con su llaneza de otros
días. La idea de emparentar con los de Vendesol empezaba á trastornarle
el juicio, y como se sentía con fuerzas pecuniarias para hacer frente á
una situación de lujo, su vanidad no parecía totalmente injustificada.
Era por demás irónico el efecto que resultaba de la grandeza de sus
proyectos y del lenguaje con que las traducía, llamando, por vieja
costumbre, al dinero _parné_, al figurar _darse pisto_. Ya más de una
vez su hijo había intentado, con poco éxito, traer á su mamá á las
buenas vías académicas en materia de lenguaje.
Unas cosas me las confiaba doña Javiera claramente, y otras me las daba
á entender con discreción y gracia. Lo de quitar la tienda y limpiarse
para siempre de las manos la sangre de ternera, me lo manifestó palabra
por palabra. Yo lo aprobaba, aunque para mis adentros decía que si
la señora continuaba hablando de aquel modo, hallaría para lavarse
las manos la misma dificultad que halló lady Macbeth para limpiarse
las suyas. Indirectamente me declaró el propósito de legitimar sus
relaciones con Ponce, y de conseguir algo que le decorase en sociedad y
le diera visos de persona respetable, como por ejemplo, una crucecilla
de cualquier orden, aunque fuera la de Beneficencia, un empleo ó
comisión de estas que llaman honoríficas.
Por aquellos días, que eran los de la primavera del año 80, volvió
doña Cándida á darme sus picotazos personalmente. Ella y doña Javiera
se encontraban en mi despacho, y no necesito decir lo que resultaba
del rozamiento de aquellas dos naturalezas tan distintas. Cada cual se
despachaba á su gusto; la carnicera, toda desenfado y espontaneidad;
la de García Grande, toda hinchazón, embustería y fingimientos. Estaba
delicadísima, perdida de los nervios. La habían visto Federico Rubio,
Olavide y Martinez Molina, y por su dictámen, se iba á los baños
de Spa. Doña Javiera le recetaba vino de Jerez y agua de hojas de
naranjo agrio. Reíase doña Cándida del empirismo médico, y preconizaba
las aguas minerales. De aquí pasaba á hablar de sus viajes, de sus
relaciones, de duques y marqueses, y al fin, yo, que la conocía tan
bien, concluía por suponerla digna de figurar en el _Almanaque Gotha_.
Cuando mi cínife y yo nos quedábamos solos, dejaba el clarín de la
vanidad por la trompetilla de mosquito, y entre sollozos y mentiras me
declaraba sus necesidades. ¡Era una cosa atroz! Estaba esperando las
rentas de Zamora, y ¡aquel pícaro administrador!... ¡qué administrador
tan pícaro! Entre tanto no sabía cómo arreglarse para atender á los
considerables gastos de Irene en la escuela de Institutrices, pues sólo
en libros le consumía la mayor parte de su hacienda. Todo, no obstante,
lo daba por bien empleado, porque Irenilla era un prodigio, el asombro
de los profesores y la gloria de la institución. Para mayor ventaja
suya, había caído en manos de unas señoras extranjeras (doña Cándida no
sabía bien si eran inglesas ó francesas), las cuales le habían tomado
mucho cariño, le enseñaban mil primores de gusto y perfilaban sus
aptitudes de maestra, comunicándole esos refinamientos de la educación
y ese culto de la forma y del buen parecer, que son gala principal de
la mujer sajona. Tenía ya diez y nueve años.
Tiempo hacía que yo no la había visto, y deseaba verla para juzgar
por mí mismo sus adelantos. Pero ella, por no sé qué mal entendida
delicadeza, por amor propio ó por otra razón que se me ocultaba, no
iba nunca á mi casa. Una mañana me la encontré en la calle, junto á
un puesto de verduras. Estaba haciendo la compra en compañía de la
criada. Sorprendiéronme su estatura airosa, su vestido humilde, pero
aseadísimo, revelando en todo la virtud del arreglo, que sin duda no
le había enseñado su tía. Claramente se mostraba en ella el noble tipo
de la pobreza, llevada con valía y hasta con cariño. Mi primer intento
fué saludarla; mas ella, como avergonzada, se recató de mí, haciendo
como que no me veía, y volvió la cara para hablar con la verdulera.
Respetando yo esta esquivez, seguí hacia mi cátedra, y al volver la
esquina de la calle del Tesoro ya me había olvidado del rostro siempre
pálido y expresivo de Irene, de su esbelto talle, y no pensaba más que
en la explicación de aquel día, que era la _Relación recíproca entre la
conciencia moral y la voluntad_.
VIII
¡Ay mísero de mí!
¡Ay infelice! Mortal cien veces mísero, desgraciado entre todos los
desgraciados, en maldita hora caíste de tu paraíso de tranquilidad y
método al infierno del barullo y del desorden más espantosos. Humanos,
someted vuestra vida á un plan de oportuno trabajo y de regularidad
placentera; acomodaos en vuestro capullo como el hábil gusano;
arreglad vuestras funciones todas, vuestros placeres, descansos y
tareas á discreta medida para que á lo mejor venga de fuera quien os
desconcierte, obligándoos á entrar en la general corriente, inquieta,
desarreglada y presurosa... ¡Objetivismo mil veces funesto que nos
arrancas á las delicias de la reflexión, al goce del puro _yo_ y de sus
felices proyecciones; que nos robas la grata sombra de _uno mismo_, ó
lo que es igual, nuestros hábitos, la fijeza y regularidad de nuestras
horas, el acomodamiento de nuestra casa!... Pero estas exclamaciones,
aunque salidas del fondo del alma, no bastan á explicar el grande y
radical cambio que sobrevino en mis costumbres.
Oid y temblad. Mi hermano, mi único hermano, aquel que á los veintidos
años se embarcó para las Antillas en busca de fortuna, me anunció su
propósito de regresar á España trayendo toda la familia. En América
había estado veinte años probando distintas industrias y menesteres,
pasando al principio muchos trabajos, arruinado después por la
insurrección y enriquecido al fin súbitamente por la guerra misma,
infame aliada de la suerte.
Casó en Sagua la Grande con una mujer rica, y el capital de ambos
representaba algunos millones. ¿Qué cosa más prudente que dejar á
la Perla de las Antillas arreglarse como pudiese, y traer dinero
y personas á Europa, donde uno y otras hallarán más seguridad? La
educación de los hijos, el anhelo de ponerse á salvo de sobresaltos
y temores, y por otra parte, la comezoncilla de figurar un poco y de
satisfacer ciertas vanidades, decidieron á mi hermano á tomar tal
resolución. Dos meses habían pasado desde que me anunció su proyecto,
cuando recibí un telegrama de Santander participándome ¡ay!... lo que
yo temía.
Dióme la corazonada de que el arribo de aquel familión iba á trastornar
mi vida, y así el natural gusto de abrazar á mi hermano se amargaba
con el pensamiento de un molestísimo desbarajuste en mis costumbres.
Corría el mes de Setiembre del 80. Una mañana recibí en la estación
del Norte á José María con todo su cargamento, á saber: su mujer, sus
tres niños, su suegra, su cuñada, con más un negrito como de catorce
años, una mulatica, y por añadidura diez y ocho baules facturados en
grande y pequeña, catorce maletas de mano, once bultos menores, cuatro
butacas. El reino animal estaba representado por un loro en su jaula,
un sinsonte en otra, dos tomeguines en idem.
Ya tenía yo preparada la mitad de una fonda para meter este
escuadrón. Acomodé á mi gente como pude, y mi hermano me manifestó
desde el primer día la necesidad de tomar casa, un principal grande
y espacioso donde cupiera toda la familia con tanto desahogo como
en las viviendas americanas. José María tiene seis años más que yo,
pero parece excederme en veinte. Cuando llegó, sorprendióme verle
lleno de canas. Su cara era de color de tabaco, rugosa y áspera, con
cierta trasparencia de alquitrán que permitía ver lo amarillo de los
tegumentos bajo el tinte resinoso de la epidermis. Estaba todo afeitado
como yo. Traía ropa de fina alpaca, finísimo sombrero de Panamá,
con cinta negra muy delgada, corbata tan estrecha como la cinta del
sombrero, camisa de bordada pechera con botones de brillantes, los
cuellos muy abiertos, y botas de charol con las puntas achaflanadas.
Lica (que este nombre daban á mi hermana política), traía un vestido
verde y rosa, y el de su hermana era azul con sombrero pajizo. Ambas
representaban, á mi parecer, emblemáticamente la flora de aquellos
risueños países, el encanto de sus bosques poblados de lindísimos
pajarracos y de insectos vestidos con todos los colores del iris.
José María no tenía palabras, el primer día, más que para hablarme de
nuestra hermosa y poética Asturias, y me contó que la noche antes de
llegar á Santander se le habían saltado las lágrimas al ver el faro
de Rivadesella. Pagado este sentimental tributo á la madre patria,
nos ocupamos en buscar habitación. Me había caído que hacer. Atareado
con los exámenes de Setiembre, tenía que multiplicarme y fraccionar
mi tiempo de un modo que me ocasionaba indecibles molestias. Al fin
encontramos un magnífico principal en la calle de San Lorenzo, que
rentaba cuarenta y cinco mil reales, con cochera, nueve balcones á
la calle y muchísima capacidad interior: era el arca de Noé que se
necesitaba. Yo calculé los gastos de instalación, muebles y alfombras
en diez mil duros, y José María no halló exagerada la cantidad. Los
hechos y los números de los tapiceros demostraron más tarde que yo
me había quedado corto, y que mi saber del conocimiento exterior
y trascendente no llegaba hasta poseer claras ideas en materia de
alfombrado y carruajes.
Aún estuvo la familia en la fonda más de un mes, tiempo que se empleó
en la trasformación de vestidos y en ataviarse según los usos de
aquende los mares. Bandada de menestrales invadió las habitaciones, y á
todas horas se veían probaturas, elección de telas, cintas y adornos,
y las modistas andaban por allí como en casa propia. Proveyéronse las
tres damas de abrigos recargados de pieles y algodones, porque todo
les parecía poco para el gran frío que esperaban y para defenderse de
las pulmonías. Á los quince días, todos, desde mi hermano hasta el
pequeñuelo, no parecían los mismos.
Satisfechas estaban Lica y su mamá y hermana de la metamorfosis
conseguida, no sin arduas discusiones, consultas y algún suplicio
de cinturas; las tres alababan sin tasa la destreza de las modistas
y corseteras, y principalmente la baratura de todas las cosas, así
trapos como mano de obra. Tanto las entusiasmaba lo arregladito de los
precios, que iban de tienda en tienda comprando bagatelas, y todas las
tardes volvían á casa cargadas de diversos objetos, prendas falsas y
chucherías de bazar. Los dependientes de las tiendas aparecían luego
trayendo paquetes de cuanto Dios crió y perfeccionó la industria en
moldes, prensas y telares. Las docenas de guantes, la cajas de papel
timbrado, los _bibelots_, los abanicos, las flores contrahechas, los
estuchitos, paletas pintadas, pantallas y novedades de cristalería y
porcelana, ofrecían sobre las mesas y consolas de la sala un conjunto
algo fantástico. Francamente, yo creía que iban á poner tienda. También
daban frecuentes asaltos á las confiterías, y en el gabinete tenían
siempre una bandeja de dulces, por la necesidad en que Lica se veía
de regalarse á cada instante con golosinas, entreverando los confites
con las frutas, y á veces con algún pastelillo ó carne fiambre. Como
se hallaba en estado de buena esperanza (y ya bastante avanzada), los
antojos sucedían á los antojos. Es verdad que su hermana, sin hallarse,
ni mucho menos, en semejante estado, también los tenía, y á cada
ratito decían una y otra: «Me apetece uva, me apetece huevo hilado,
me apetece pescado frito, me apetece merengue.» Las campanillas de
las habitaciones repicaban como si anduvieran por los altos alambres
diablitos juguetones, y los criados entraban y salían con platos y
bandejas, tan atareados los pobres, que me daba lástima verles. Las
tres damas pasaban las horas echadas indolentemente en sus mecedoras,
con los mismos vestidos que habían traido de la calle, dale que dale
á los abanicos si hacía calor, y muy envueltas en sus mantos, si
hacía frío. Por la noche iban al teatro, luego tomaban chocolate y se
acostaban. Dormían la mañana, y cuando venía la peinadora, estaban
tan muertas de sueño, que no había forma humana de que se levantaran.
Vencida de su abrumadora pereza, Lica, no queriendo levantarse ni
dejar de peinarse, echaba la cabeza fuera de las almohadas, y en esta
incómoda postura se dejaba peinar para seguir durmiendo.