En estos trotes, García Grande, cuya determinación psico-física acusaba

dos formas primordiales, linfatismo y vanidad, derrochó su fortuna,

la de su mujer, y parte no chica de varios patrimonios ajenos, porque

una sociedad anónima para asegurarnos la vida, de que fué director

gerente, arrambló con las economías de media generación, y allá se fué

todo al hoyo. Decían que García Grande era honrado, pero débil. ¡Qué

gracia! La debilidad y la honradez están siempre mal avenidas, así

como la humildad evangélica y el amor á los semejantes suelen andar á

la greña con aquel vigor de caracter que el manejo de fondos propios y

particulares exige.

Sirva de disculpa á García Grande, aunque no de consuelo á los que

aseguraron sus vidas en él, la afirmación de que su eminente esposa

era un sér providencial, hecho de encargo y enviado por Dios sobre

las sociedades anónimas (¡designios misteriosos!) para dar en tierra

con todos los capitales que se le pusieran delante y aun con los que

se le pusieran detrás; que á todas partes convertía sus destructoras

manos aquella bendita dama. Jamás vió Madrid mujer más disipadora, más

apasionada del lujo, más frenética por todas las ruinosas vanidades de

la edad presente.

Mi madre, que la conoció en sus buenos tiempos, allá en los días,

no sé si dichosos ó adversos, del consolidado á 50, de la guerra de

África, del no de Negrete, de las millonadas por ventas de bienes

nacionales, del ensanche de la Puerta del Sol, de Mario y la Grissi,

de la omnipotencia de O’Donnell y del ministerio largo, mi madre,

repito, que fué muy amiga de esta señora, me contaba que vivía en la

opulencia relativa de los ricos de ocasión. Á su casa (una de las que

fueron derribadas detrás de la Almudena para prolongar la calle de

Bailén), iba mucha gente á comer, y se daban saraos y veladas, tés,

merendonas y asaltos. Las pretensiones aristocráticas de Cándida eran

tan extremadas, que mientras vivió García Grande no dejó de atosigarle

para que se proporcionase un título; pero él se mantuvo firme en esto,

y conservando hacia la aristocracia el respeto que se ha perdido desde

que han empezado á entrar en ella á granel todos los ricos, no quiso

adquirir título, ni aun de los romanos, que según dicen, son muy

arreglados.

Si mientras los dineros duraron la vanidad y disipación de Cándida

superaban á los derroches de la marquesa de Tellería, en la adversa

fortuna ésta sabía defenderse heroicamente de la pobreza y enmascarar

de dignidad su escasez, mientras que la amiga de mi madre hacía

su papel de pobre lastimosamente, y puesto el pié en la escala de

la miseria, descendió con rapidez hasta un extremo parecido á la

degradación. La de Tellería tenía ciertos hábitos, ciertas delicadezas

nativas que le ayudaban á disimular los quebrantos pecuniarios; mas

doña Cándida, cuya educación debió de ser perversa, no sabía envolver

sus apuros en el cendal de nobleza y distinción que era en la otra

especialidad notoria. Veinte años después de muerto su marido, y cuando

doña Cándida, sin juventud, sin belleza, sin casa ni rentas, vivía

poco menos que de limosna, no se podía aguantar su enfático orgullo,

ni su charla llena de pomposos embustes. Siempre estaba esperando el

alza para vender unos títulos... siempre estaba en tratos para vender

no sé qué tierras situadas más allá de Zamora... se iba á ver en el

caso doloroso de malbaratar dos cuadros, uno de Ribera y otro de Pablo

de Voss, un apóstol y una cacería... Títulos, ¡ah! tierras, cuadros,

estaban sólo en su mente soñadora. No abría la boca para hablar de cosa

grave ó insignificante, sin sacar á relucir nombres de marqueses y

duques. En toda ocasión salía su dignidad; de su infeliz estado hacía

ridícula comedia, y lo que llamaba su decoro era un velo de mentiras

mal arrojado sobre lastimosos harapos. Tan trasparente era el tal velo,

que hasta los ciegos podían ver lo que debajo estaba. Pedía limosna con

artimañas y trampantojos, poniéndose con esto al nivel de la pobreza

justiciable. Yo la conocía en el modo de tirar de la campanilla cuando

venía á esta casa. Llamaba de una manera imperiosa, decía á la criada:

«¿está ese?» y se colaba de rondón en mi cuarto interrumpiéndome en

las peores ocasiones, pues la condenada parece que sabía escoger los

momentos en que más anheloso estaba yo de soledad y quietud. Conocedora

de mi flaqueza de coleccionar cachivaches, mi enemiga traía siempre un

plato, estampa ó fruslería, y me la mostraba diciéndome:

--Á ver ¿cuánto te parece que darán por esto? Es hermosa pieza. Sé que

la marquesa de X daría diez ó doce duros; pero si lo quieres para tu

coleccioncita, tómalo por cuatro, y dáme las gracias. Ya ves que por tí

sacrifico mis intereses... una cosa atroz.

Me entraban ganas de ponerla en la calle; pero me acordaba de mi buena

madre y del encargo solemne que me hizo poco antes de morir. Doña

Cándida había tenido con ella, en sus días de prosperidad, exquisitas

deferencias. Además de esto, García Grande, director de Administración

local en 1859, salvó á mi padre de no sé qué gravísimo conflicto

ocasionado por cuestiones electorales. Mi madre, que en materias de

agradecimiento alambicaba su memoria para que ni en la eternidad se

le olvidase el beneficio recibido, me recomendó en sus últimas horas

que por ningún motivo dejase de amparar como pudiese á la pobre viuda.

Comprábale yo las baratijas; pero ella con ingenio truhanesco hallaba

medio de llevárselas juntamente con el dinero. Variaba con increible

fecundidad los procedimientos de sus feroces exacciones. Á lo mejor

entraba diciendo:

--¿Sabes? Mi administrador de Zamora me escribe que para la semana

que entra me enviará el primer plazo de esas tierras... ¿Pero no te

he dicho que al fin hallé comprador? Sí, hombre, atrasado estás de

noticias... ¡Y si vieras en qué buenas condiciones!... El duque X, mi

colindante, las toma para redondear su finca del Espigal... En fin,

tengo que mandar un poder y hacer varios documentos, una cosa atroz...

Préstame mil reales, que te los devolveré la semana que entra sin falta.

Y luego por disimular su ansiedad de metálico, tomaba un tonillo

festivo y de _gran mundo_, exclamando:

--¡Qué atrocidad!... Parece increible lo que he gastado en la

reparación de los muebles de mi sala... Los tapiceros del día son unos

bandidos... Una cosa atroz, hijo... ¡Ah! ¿No te lo he dicho? Sí, me

parece que te lo he dicho...

--¿Qué, señora?

--Que entre mi sobrina y yo te estamos bordando un almohadón. Como para

tí, hombre. Es atroz de bonito. La condesa de H y su hija la vizcondesa

de M, lo vieron ayer y se quedaron encantadas. Por cierto que desean

conocerte. Yo les dije que tú no vas á ninguna parte, que no piensas

más que en tus libros y en tus discípulos. Con que adios, hijo, que lo

pases bien.

Hacía que se marchaba, fingiendo una distracción de buen tono, y á mí

me parecía que veía el cielo abierto mirándola partir; mas desde la

puerta volvía, diciendo:

--¡Ah! ¡Qué cabeza la mía!... ¿Me das ó no esos mil reales? La semana

que viene te podré entregar un par de mil duros, si te hacen falta para

tus negocios... No, no me lo agradezcas... Si me haces un gran favor...

¿Donde hallaría mayor seguridad para colocar mi dinero?

--Á mí no me hace falta nada--le decía yo.

Veníanseme á la boca las palabras: «vaya usted noramala, señora;» pero

calculando que me pedía para el casero ó para otra urgente necesidad,

cedían mis ímpetus egoistas ante mi generosa flaqueza y el recuerdo de

mi madre, y le daba la mitad de lo pedido.

No pasaba el mes sin que volviese trayéndome un viejo reloj ó miniatura

antigua de escaso mérito.

--Me vas á hacer un favor. Acepta esto en memoria mía. ¡Si vieras qué

enferma estoy, una cosa atroz!... Un estado nervioso... Yo no sé cómo

explicártelo. Ni yo lo entiendo, ni los médicos tampoco. Cuando voy por

la calle, parece que se derrumban sobre mí las paredes de las casas...

Hace tantísimas noches que no duermo. No como más que alguna pechuguita

de chocha, una tostadita con _foie gras_ y á veces media copita de

Chablis.

Yo, que sabía cómo se alimentaba la cuitada, no podía contener la risa.

--Para distraerme--continuaba,--estuve anoche en el Real. Me subí

al Paraíso, porque no tenía ganas de vestirme. Desde arriba ví á

la duquesa de Tal en su palco. Acaba de llegar de Paris... Con que

volviendo á lo de antes: te regalo esos objetos preciosos, porque yo

me muero, hijo, me muero sin remedio, y quiero dejarte esa memoria;

son piezas de tan raro mérito, que el anticuario de la Carrera de San

Jerónimo me ha ofrecido dos mil reales por ellas.

--Pues llévelas usted al anticuario y cobre los dos mil, que no le

vendrán mal.

--No me hagas ese desaire, hombre... ¡qué atrocidad! Acuérdate de tu

buena madre que tanto me quiso.

Se empeñaba en afligirse, y tan bien sabía desempeñar su papel, que

concluía por obsequiarme con una lágrima.

--Cercana á la tumba--decía con patética voz,--parece que se enardecen

mis afectos y que te quiero más, una cosa atroz... Adios, hijo mío.

Levantábase pesadamente; pero al dar los primeros pasos hacia la

puerta, se metía las manos en el bolsillo, lanzaba una exclamación de

contrariedad y sorpresa, y decía:

«¡Vaya... qué cabeza! ¡qué atrocidad! ¿Pues no se me ha olvidado el

portamonedas?... Y tenía que ir á la botica. Tendré que volver á casa y

subir los noventa escalones... ¡Qué mala estoy, Dios mío! Dime, ¿tienes

ahí tres duros? Te los mandaré esta tarde con Irenilla.»

Se los daba. ¿Qué había de hacer? Pero un día de los muchos en que me

embistió con esta estratagema, no pude contener el enfado y dije á mi

cínife:

--Señora, cuando usted tenga falta, pídame con verdad y sin comedias,

pues tengo el deber de no dejarla morir de hambre... Me gusta la verdad

en todo, y las farsas me incomodan.

Ella lo tomó á risa, diciéndome que mis bromitas le hacían gracia, que

su dignidad... ¡una cosa atroz! y no sé qué más.

Después que le eché tal filípica, parecióme que había estado un poco

fuerte, y sentí vivos remordimientos, porque la pobreza tiene sin duda

cierto derecho á emplear para sus disimulos los medios más extraños. La

indigencia es la gran propagadora de la mentira sobre la tierra, y el

estómago la fantasía de los embustes.

Doña Cándida había sido hermosa. En la primera etapa de su miseria

había defendido sus facciones de la lima del tiempo; pero ya en la

época esta de las visitas y de los ataques á mi mal defendido peculio,

la vejez la redimía del cuidado de su figura, y no sólo había colgado

los pinceles, sino que ni aún se arreglaba con aquel esmero que más

bien corresponde á la decencia que á la presunción. Deplorable abandono

revelaban su traje y peinado, hecho de varios _crepés_ de diferentes

colores, añadidos y pelotas como de lana, aspirando el conjunto á

imitar la forma más en moda. Así como en su conducta no existía la

dignidad de la pobreza, en su vestido no había el aseo y compostura que

son el lujo, ó mejor dicho, el decoro de la miseria. El corte era de

moda, pero las telas ajadas y sucias declaraban haber sufrido infinitas

metamorfosis antes de llegar á aquel estado. Prefería harapos de un

viso elegante, á una falda nueva de percal ó mantón de lana. Tenía un

vestido color de pasa de Corinto, que lo menos databa de los tiempos

de la Vicalvarada, y que con las trasformaciones y el uso se había

vuelto de un color así como de caoba, con ciertos tornasoles, vetas ó

ráfagas que le daban el mérito de una tela rarísima y milagrosa.

Usaba un tupido velo que á la luz solar ofrecía todos los cambiantes

del iris, por efecto de los corpúsculos del polvo que se habían

agarrado á sus urdimbres. En la sombra parecía una masa de telarañas

que velaban su frente, como si la cabeza anticuada de la señora hubiera

estado expuesta á la soledad y abandono de un desván durante medio

siglo. Sus dos manos, con guantes de color de ceniza, me producían

el efecto de un par de garras, cuando las veía vueltas hacia mí,

mostrándome descosidas las puntas de la cabritilla y dejando ver los

agudos dedos. Sentía yo cierto descanso cuando las veía esconderse por

las dos bocas de un manguito, cuya piel parecía haber servido para

limpiar suelos. De perfil tenía doña Cándida algo de figura romana.

Era mi cínife muy semejante al Marco Aurelio de yeso que estaba con

los otros _padrotes_, sobre mi estantería. De frente no eran tan

perceptibles las reminiscencias de su belleza. Brillaba en sus ojos

no sé qué avidez insana, y tenía sonrisas antipáticas, propiamente

secuestradoras, con más un movimiento de cabeza siempre afirmativo, el

cual, no sé por qué, me revelaba incorregible prurito de engañar. La

finura de sus modales era otra reminiscencia que la hacía tolerable, y

á veces agradable, si bien no tanto que me hiciera desear sus visitas.

El parecido con Marco Aurelio, que yo hice notar cierto día á mi

discípulo, fué causa de que éste la diese aquel nombre romano; pero

después, confundiendo maliciosamente aquel emperador con otro, la

llamaba _Calígula_.

Impresionada sin duda por la filípica que le eché aquel día, varió de

sistema. Larga temporada estuvo sin ir á mi casa sino muy contadas

veces, y nunca me pedía dinero verbalmente. Para darme los golpes

se valía de su sobrina, á quien mandaba á mi casa, portadora de un

papelito pidiéndome cualquier cantidad con esta fórmula: «Haz el favor

de prestarme tres ó cuatro duros, que te devolveré la semana que entra.»

Las semanas de doña Cándida se componían, como las de Daniel, de

setenta semanas de años ó poco menos.

El sistema de poner el sablote en las inocentes manos de una niña, era

prueba clara de la astucia y sagacidad de la vieja, porque, conociendo

mi grande amor á la infancia, calculaba que era imposible la negativa.

Y tenía razón la maldita; porque cuando yo veía entrar á la postulante

alargándome el papelito sin rodeos ni socaliñas, ya estaba echando mano

á mi bolsillo ó á la gaveta para adelantarme á la acción de la pobre

niña y evitarle la pena de dar el fastidioso recado.

VI

Se llamaba Irene.

Su palidez, su mirada un tanto errática y ansiosa, que parecía

denotar falta de nutrición; su actitud cohibida y pudorosa, como

si le ocasionaran vivísimo disgusto las comisiones de su tía, me

inspiraban mucha lástima. Así es que además de la limosna, yo solía

tener en mi mesa algún repuesto de golosinas. Presumiendo que rara

vez tendrían satisfacción en ella los vehementes apetitos infantiles,

dábale aquellas golosinas sin hacerla esperar, y ella las cogía con

no disimulada ansia, me daba tímidamente las gracias, bajando los

ojos, y en el mismo instante empezaba á comérselas. Sospeché que

este apresuramiento en disfrutar de mi regalo, era por el temor de

que si llegaba á su casa con caramelos ó dulces en el bolsillo, doña

Cándida querría participar de ellos. Más adelante supe que no me había

equivocado al pensar de este modo.

Me parece que la estoy mirando junto á mi mesa escudriñando libros,

cuartillas y papeles, y leyendo en todo lo que encontraba. Tenía

entonces doce años y en poco más de tres había vencido las dificultades

de los primeros estudios en no sé qué colegio. Yo la mandaba leer, y me

asombraba su entonación y seguridad, así como lo bien que comprendía lo

que leía, no extrañando palabra rara ni frase oscura. Cuando le rogaba

que escribiese, para conocer su letra, ponía mi nombre con elegantes

trazos de caligrafía inglesa, y debajo añadía: _catedrático_.

Hablando conmigo y respondiendo á mis preguntas sobre sus estudios,

su vida y su destino probable, me mostraba un discernimiento superior

á sus años. Era el bosquejo de una mujer bella, honesta, inteligente.

¡Lástima grande que por influencias nocivas se torciese aquel feliz

desarrollo ó que se malograse antes de llegar á conveniente madurez!

Pero en el espíritu de ella noté yo admirables medios de defensa y

energías embrionarias, que eran las bases de un caracter recto. Su

penetración era preciosísima, y hasta demostraba un conocimiento

no superficial de las flaquezas y necedades de doña Cándida. Solía

contarme con gracioso lenguaje, en el cual el candor infantil llevaba

en sí una chispa de ironía, algunos lances de la pobre señora, sin

faltar al respeto y amor que le tenía.

La compasión que esta criatura me inspiraba, crecía viéndola mal

vestida y peor calzada. Durante muchos meses, que ahora se me

representan años, ví en ella un como sombrero de paja, una especie de

cesta deforme y abollada, con una cinta pálida, como el propio rostro

de Irene, que caía por un lado del modo menos gracioso que puede

imaginarse. Todo lo demás de su vestimenta era marchito, ajado, viejo,

de tercera ó cuarta mano, con disimulos aquí y allí que aumentaban la

fealdad. Tanto me desagradaba ver en sus piés unas botas torcidas,

grandonas, destaconadas, que determiné cambiarle aquellas horribles

lanchas por un par de botinas elegantes. Entregarle el dinero habría

sido inútil porque doña Cándida lo hubiera tomado para sí. Mi diligente

ama de llaves se encargó de llevar á Irene á una zapatería, y al poco

rato me la trajo perfectamente calzada. Como le ví lágrimas en los

ojos, creí que las botinas, por ser nuevas, le apretaban cruelmente;

pero ella me dijo que no, y que no. Y para que me convenciera de ello

se ponía á dar saltos y á correr por mi cuarto. Riendo, se le secaron

las lágrimas.

Algunos días el papelito, después de la petición de dinero, traía esta

nota:

«Te ruego que proporciones á Irene una gramática.»

Y en otra ocasión:

«Irene tiene vergüenza de pedirte un libro bonito que leer. Á mí

mándame una novela interesante ó, si lo tienes, un tomo de causas

célebres.»

Lo de los libros para Irene lo atendía yo con muchísimo gusto. Pero

su palidez, su mirada afanosa me revelaban necesidades de otro orden,

de esas que no se satisfacen con lecturas, ni admiten sofismas del

espíritu: la necesidad orgánica, la imperiosa ley de la vida animal,

que los hartos cumplimos sin poner atención en ello ni cuidarnos del

sufrimiento con que la burlan ó la trampean los menesterosos. ¡Cosa,

en verdad, tristísima! Irene tenía hambre. Convencíme de ello un día

haciéndola comer conmigo. La pobrecita parecía que había estado un

mes privada de todo alimento, según honraba los platos. Sin faltar á

la compostura, comió con apetito de gorrión, y no se hizo mucho de

rogar para llevarse, envueltos en un papel, los postres que sobraron.

De sobremesa parecía como avergonzada de su voracidad; hablaba poco,

acariciaba al gato, y después me pidió un libro de estampas para

entretenerse.

Era niña poco alborotadora y que no gustaba de enredar. Fuera de

aquella ocasión de las botas, nunca la ví saltando en mi cuarto, ni

metiendo bulla. Generalmente se sentaba callada y juiciosa como una

mujer, ó miraba una tras otra las láminas colgadas en la pared, ó

pasaba revista á los rótulos de la biblioteca, ó cogía, previo permiso

mío, cualquier librote de ilustraciones ó viajes para recrearse en los

grabados. Tanto respeto me tenía, que ni áun se atrevía á preguntar,

como otros niños, «¿qué es esto, qué es lo otro?» Ó lo adivinaba todo,

ó se quedaba con las ganas de saberlo.

El día de mi santo vino á traerme una relojera bordada por ella, y

¡caso inaudito! aquel día, por consideración especial del cínife, no

trajo papelito. En otras solemnidades me obsequió con varias cosillas

de labores y una cajita de papel cañamazo, que no conservo aún,

porque un día la cogió el gato por su cuenta y me la hizo pedazos. Yo

correspondí á las finezas de Irene y á la compasión que me inspiraba,

comprándola un vestidillo.

Esta inteligente y desgraciada niña no era sobrina de doña Cándida,

sino de García Grande. Sus padres habían estado en buena posición.

Quedó huérfana en vida del esposo de doña Cándida, el cual la trató

como hija. Vino el desastre con la muerte del asegurador de vidas; pero

afortunadamente Irene no estaba en edad de apreciar el brusco paso de

la bienandanza á la adversidad. Conservóla á su lado mi cínife, por

no tener la criatura otros parientes. Y yo pregunto: ¿fué un mal ó un

bien para Irene haber crecido entre escaseces y haber educado en esa

negra academia de la desgracia que á algunos embrutece y á otros depura

y avalora, según el natural de cada uno? Yo le preguntaba si estaba

contenta de su suerte, y siempre me respondía que sí. Pero la tristeza

que despedían, como cualidad intrínseca y propia, sus bonitos ojos

aquella tristeza que á veces me parecía un efecto estético, producido

por la luz y color de la pupila, á veces un resultado de los fenómenos

de la expresión, por donde se nos trasparentan los misterios del mundo

moral, quizás revelaba uno de esos engaños cardinales en que vivimos

mucho tiempo, ó quizás toda la vida, sin darnos cuenta de ello.

Á medida que el tiempo pasaba y que Irene crecía, escaseaban sus

visitas, lo que no significaba mejoramiento de fortuna de doña Cándida,

sino repugnancia de Irene á desempeñar las innobles misiones de la

esquelita de petitorio. Desarrollado con la edad su amor propio, la

pequeña venía á mi casa sólo para las exacciones de cuantía, y las

menudas las hacía la criada. Por último, rodando insensiblemente el

tiempo, llegó un día en que todas las comisiones las desempeñaba la

criada. Dejé de ver á la sobrina de mi cínife, aunque siempre por

éste y por la muchacha tenía noticias de ella. Supe, al fin, con

injustificada sorpresa, que llevaba traje bajo, cosa muy natural, pero

que á mí me pareció extraña, por este rutinario olvido en que vivimos

del crecimiento de todas las cosas y la marcha del mundo. Me agradó

mucho saber que Irene había entrado en la Escuela Normal de Maestras,

no por sugestiones de su tía, sino por idea propia, llevada del deseo

de labrarse una posición y de no depender de nadie. Había hecho

exámenes brillantes y obtenido premios. Doña Cándida me ponderaba los

varios talentos de su sobrina, que era el asombro de la escuela, una

sabia, una filósofa, en fin una _cosa atroz_...

Esta parte de mi relato viene á caer hacia 1877. En este año me mudé

de la sosegada calle de Don Felipe á la bulliciosa del Espíritu Santo,

y poco después conocí á doña Javiera, y emprendí la educación de Manuel

Peña, con todo lo demás que, sacrificando el orden cronológico al orden

lógico, que es el mío, he contado antes. El tiempo, como reloj que es,

tiene sus arbitrariedades; la lógica, por no tenerlas, es la llave del

saber y el relojero del tiempo.

VII

Contento estaba yo de mi discípulo.

Porque algunas de sus brillantes facultades se desarrollaban

admirablemente con el estudio, mostrándome cada día nuevas riquezas. La

historia le encantaba y sabía encontrar en ella las hermosas síntesis

que son el principal hechizo y el mejor provecho de su estudio. En lo

que siempre le veía premioso era en expresar su pensamiento por la

escritura. ¡Lástima grande que pensando tan bien y á veces con tanta

agudeza y originalidad, careciese de estilo, y que teniendo el don de

asimilarse las ideas de los buenos escritores, fuese tan refractario

á la forma literaria! Yo le mandaba que me hiciera memorias sobre

cualquier punto de historia ó de economía. Hechas en breve tiempo,

me las leía, y si me admiraba en ellas la solidez del juicio, me

exasperaba lo tosco y pedestre del lenguaje. Ni aun pude corregir en él

las faltas ortográficas, aunque á fuerza de constancia, mucho adelanté

en esto.

Para que se comprenda el tipo intelectual de mi discípulo, faltaba

sólo un detalle, que es el siguiente: Mandábale yo que aquello mismo

tan bien pensado en las memorias y tan perversamente escrito, me lo

expresase en forma oral, y aquí era de ver á mi hombre trasformado,

dueño de sí, libre y á sus anchas, como quien se despoja de las cadenas

que le oprimían. Poníase delante de mí, y con el mayor despejo me

pronunciaba un discurso en que sorprendían la abundancia de ideas,

el acertado enlace, la gradación, el calor persuasivo, la afluencia

seductora, la frase incorrecta, pero facilísima, engañadora, llena de

sonoridades simpáticas.

--Vamos--le dije con entusiasmo un día.--Está visto que eres orador, y

si te aplicas llegarás á donde han llegado pocos.

El amigo Manso · 第 2 / 21 段