dos formas primordiales, linfatismo y vanidad, derrochó su fortuna,
la de su mujer, y parte no chica de varios patrimonios ajenos, porque
una sociedad anónima para asegurarnos la vida, de que fué director
gerente, arrambló con las economías de media generación, y allá se fué
todo al hoyo. Decían que García Grande era honrado, pero débil. ¡Qué
gracia! La debilidad y la honradez están siempre mal avenidas, así
como la humildad evangélica y el amor á los semejantes suelen andar á
la greña con aquel vigor de caracter que el manejo de fondos propios y
particulares exige.
Sirva de disculpa á García Grande, aunque no de consuelo á los que
aseguraron sus vidas en él, la afirmación de que su eminente esposa
era un sér providencial, hecho de encargo y enviado por Dios sobre
las sociedades anónimas (¡designios misteriosos!) para dar en tierra
con todos los capitales que se le pusieran delante y aun con los que
se le pusieran detrás; que á todas partes convertía sus destructoras
manos aquella bendita dama. Jamás vió Madrid mujer más disipadora, más
apasionada del lujo, más frenética por todas las ruinosas vanidades de
la edad presente.
Mi madre, que la conoció en sus buenos tiempos, allá en los días,
no sé si dichosos ó adversos, del consolidado á 50, de la guerra de
África, del no de Negrete, de las millonadas por ventas de bienes
nacionales, del ensanche de la Puerta del Sol, de Mario y la Grissi,
de la omnipotencia de O’Donnell y del ministerio largo, mi madre,
repito, que fué muy amiga de esta señora, me contaba que vivía en la
opulencia relativa de los ricos de ocasión. Á su casa (una de las que
fueron derribadas detrás de la Almudena para prolongar la calle de
Bailén), iba mucha gente á comer, y se daban saraos y veladas, tés,
merendonas y asaltos. Las pretensiones aristocráticas de Cándida eran
tan extremadas, que mientras vivió García Grande no dejó de atosigarle
para que se proporcionase un título; pero él se mantuvo firme en esto,
y conservando hacia la aristocracia el respeto que se ha perdido desde
que han empezado á entrar en ella á granel todos los ricos, no quiso
adquirir título, ni aun de los romanos, que según dicen, son muy
arreglados.
Si mientras los dineros duraron la vanidad y disipación de Cándida
superaban á los derroches de la marquesa de Tellería, en la adversa
fortuna ésta sabía defenderse heroicamente de la pobreza y enmascarar
de dignidad su escasez, mientras que la amiga de mi madre hacía
su papel de pobre lastimosamente, y puesto el pié en la escala de
la miseria, descendió con rapidez hasta un extremo parecido á la
degradación. La de Tellería tenía ciertos hábitos, ciertas delicadezas
nativas que le ayudaban á disimular los quebrantos pecuniarios; mas
doña Cándida, cuya educación debió de ser perversa, no sabía envolver
sus apuros en el cendal de nobleza y distinción que era en la otra
especialidad notoria. Veinte años después de muerto su marido, y cuando
doña Cándida, sin juventud, sin belleza, sin casa ni rentas, vivía
poco menos que de limosna, no se podía aguantar su enfático orgullo,
ni su charla llena de pomposos embustes. Siempre estaba esperando el
alza para vender unos títulos... siempre estaba en tratos para vender
no sé qué tierras situadas más allá de Zamora... se iba á ver en el
caso doloroso de malbaratar dos cuadros, uno de Ribera y otro de Pablo
de Voss, un apóstol y una cacería... Títulos, ¡ah! tierras, cuadros,
estaban sólo en su mente soñadora. No abría la boca para hablar de cosa
grave ó insignificante, sin sacar á relucir nombres de marqueses y
duques. En toda ocasión salía su dignidad; de su infeliz estado hacía
ridícula comedia, y lo que llamaba su decoro era un velo de mentiras
mal arrojado sobre lastimosos harapos. Tan trasparente era el tal velo,
que hasta los ciegos podían ver lo que debajo estaba. Pedía limosna con
artimañas y trampantojos, poniéndose con esto al nivel de la pobreza
justiciable. Yo la conocía en el modo de tirar de la campanilla cuando
venía á esta casa. Llamaba de una manera imperiosa, decía á la criada:
«¿está ese?» y se colaba de rondón en mi cuarto interrumpiéndome en
las peores ocasiones, pues la condenada parece que sabía escoger los
momentos en que más anheloso estaba yo de soledad y quietud. Conocedora
de mi flaqueza de coleccionar cachivaches, mi enemiga traía siempre un
plato, estampa ó fruslería, y me la mostraba diciéndome:
--Á ver ¿cuánto te parece que darán por esto? Es hermosa pieza. Sé que
la marquesa de X daría diez ó doce duros; pero si lo quieres para tu
coleccioncita, tómalo por cuatro, y dáme las gracias. Ya ves que por tí
sacrifico mis intereses... una cosa atroz.
Me entraban ganas de ponerla en la calle; pero me acordaba de mi buena
madre y del encargo solemne que me hizo poco antes de morir. Doña
Cándida había tenido con ella, en sus días de prosperidad, exquisitas
deferencias. Además de esto, García Grande, director de Administración
local en 1859, salvó á mi padre de no sé qué gravísimo conflicto
ocasionado por cuestiones electorales. Mi madre, que en materias de
agradecimiento alambicaba su memoria para que ni en la eternidad se
le olvidase el beneficio recibido, me recomendó en sus últimas horas
que por ningún motivo dejase de amparar como pudiese á la pobre viuda.
Comprábale yo las baratijas; pero ella con ingenio truhanesco hallaba
medio de llevárselas juntamente con el dinero. Variaba con increible
fecundidad los procedimientos de sus feroces exacciones. Á lo mejor
entraba diciendo:
--¿Sabes? Mi administrador de Zamora me escribe que para la semana
que entra me enviará el primer plazo de esas tierras... ¿Pero no te
he dicho que al fin hallé comprador? Sí, hombre, atrasado estás de
noticias... ¡Y si vieras en qué buenas condiciones!... El duque X, mi
colindante, las toma para redondear su finca del Espigal... En fin,
tengo que mandar un poder y hacer varios documentos, una cosa atroz...
Préstame mil reales, que te los devolveré la semana que entra sin falta.
Y luego por disimular su ansiedad de metálico, tomaba un tonillo
festivo y de _gran mundo_, exclamando:
--¡Qué atrocidad!... Parece increible lo que he gastado en la
reparación de los muebles de mi sala... Los tapiceros del día son unos
bandidos... Una cosa atroz, hijo... ¡Ah! ¿No te lo he dicho? Sí, me
parece que te lo he dicho...
--¿Qué, señora?
--Que entre mi sobrina y yo te estamos bordando un almohadón. Como para
tí, hombre. Es atroz de bonito. La condesa de H y su hija la vizcondesa
de M, lo vieron ayer y se quedaron encantadas. Por cierto que desean
conocerte. Yo les dije que tú no vas á ninguna parte, que no piensas
más que en tus libros y en tus discípulos. Con que adios, hijo, que lo
pases bien.
Hacía que se marchaba, fingiendo una distracción de buen tono, y á mí
me parecía que veía el cielo abierto mirándola partir; mas desde la
puerta volvía, diciendo:
--¡Ah! ¡Qué cabeza la mía!... ¿Me das ó no esos mil reales? La semana
que viene te podré entregar un par de mil duros, si te hacen falta para
tus negocios... No, no me lo agradezcas... Si me haces un gran favor...
¿Donde hallaría mayor seguridad para colocar mi dinero?
--Á mí no me hace falta nada--le decía yo.
Veníanseme á la boca las palabras: «vaya usted noramala, señora;» pero
calculando que me pedía para el casero ó para otra urgente necesidad,
cedían mis ímpetus egoistas ante mi generosa flaqueza y el recuerdo de
mi madre, y le daba la mitad de lo pedido.
No pasaba el mes sin que volviese trayéndome un viejo reloj ó miniatura
antigua de escaso mérito.
--Me vas á hacer un favor. Acepta esto en memoria mía. ¡Si vieras qué
enferma estoy, una cosa atroz!... Un estado nervioso... Yo no sé cómo
explicártelo. Ni yo lo entiendo, ni los médicos tampoco. Cuando voy por
la calle, parece que se derrumban sobre mí las paredes de las casas...
Hace tantísimas noches que no duermo. No como más que alguna pechuguita
de chocha, una tostadita con _foie gras_ y á veces media copita de
Chablis.
Yo, que sabía cómo se alimentaba la cuitada, no podía contener la risa.
--Para distraerme--continuaba,--estuve anoche en el Real. Me subí
al Paraíso, porque no tenía ganas de vestirme. Desde arriba ví á
la duquesa de Tal en su palco. Acaba de llegar de Paris... Con que
volviendo á lo de antes: te regalo esos objetos preciosos, porque yo
me muero, hijo, me muero sin remedio, y quiero dejarte esa memoria;
son piezas de tan raro mérito, que el anticuario de la Carrera de San
Jerónimo me ha ofrecido dos mil reales por ellas.
--Pues llévelas usted al anticuario y cobre los dos mil, que no le
vendrán mal.
--No me hagas ese desaire, hombre... ¡qué atrocidad! Acuérdate de tu
buena madre que tanto me quiso.
Se empeñaba en afligirse, y tan bien sabía desempeñar su papel, que
concluía por obsequiarme con una lágrima.
--Cercana á la tumba--decía con patética voz,--parece que se enardecen
mis afectos y que te quiero más, una cosa atroz... Adios, hijo mío.
Levantábase pesadamente; pero al dar los primeros pasos hacia la
puerta, se metía las manos en el bolsillo, lanzaba una exclamación de
contrariedad y sorpresa, y decía:
«¡Vaya... qué cabeza! ¡qué atrocidad! ¿Pues no se me ha olvidado el
portamonedas?... Y tenía que ir á la botica. Tendré que volver á casa y
subir los noventa escalones... ¡Qué mala estoy, Dios mío! Dime, ¿tienes
ahí tres duros? Te los mandaré esta tarde con Irenilla.»
Se los daba. ¿Qué había de hacer? Pero un día de los muchos en que me
embistió con esta estratagema, no pude contener el enfado y dije á mi
cínife:
--Señora, cuando usted tenga falta, pídame con verdad y sin comedias,
pues tengo el deber de no dejarla morir de hambre... Me gusta la verdad
en todo, y las farsas me incomodan.
Ella lo tomó á risa, diciéndome que mis bromitas le hacían gracia, que
su dignidad... ¡una cosa atroz! y no sé qué más.
Después que le eché tal filípica, parecióme que había estado un poco
fuerte, y sentí vivos remordimientos, porque la pobreza tiene sin duda
cierto derecho á emplear para sus disimulos los medios más extraños. La
indigencia es la gran propagadora de la mentira sobre la tierra, y el
estómago la fantasía de los embustes.
Doña Cándida había sido hermosa. En la primera etapa de su miseria
había defendido sus facciones de la lima del tiempo; pero ya en la
época esta de las visitas y de los ataques á mi mal defendido peculio,
la vejez la redimía del cuidado de su figura, y no sólo había colgado
los pinceles, sino que ni aún se arreglaba con aquel esmero que más
bien corresponde á la decencia que á la presunción. Deplorable abandono
revelaban su traje y peinado, hecho de varios _crepés_ de diferentes
colores, añadidos y pelotas como de lana, aspirando el conjunto á
imitar la forma más en moda. Así como en su conducta no existía la
dignidad de la pobreza, en su vestido no había el aseo y compostura que
son el lujo, ó mejor dicho, el decoro de la miseria. El corte era de
moda, pero las telas ajadas y sucias declaraban haber sufrido infinitas
metamorfosis antes de llegar á aquel estado. Prefería harapos de un
viso elegante, á una falda nueva de percal ó mantón de lana. Tenía un
vestido color de pasa de Corinto, que lo menos databa de los tiempos
de la Vicalvarada, y que con las trasformaciones y el uso se había
vuelto de un color así como de caoba, con ciertos tornasoles, vetas ó
ráfagas que le daban el mérito de una tela rarísima y milagrosa.
Usaba un tupido velo que á la luz solar ofrecía todos los cambiantes
del iris, por efecto de los corpúsculos del polvo que se habían
agarrado á sus urdimbres. En la sombra parecía una masa de telarañas
que velaban su frente, como si la cabeza anticuada de la señora hubiera
estado expuesta á la soledad y abandono de un desván durante medio
siglo. Sus dos manos, con guantes de color de ceniza, me producían
el efecto de un par de garras, cuando las veía vueltas hacia mí,
mostrándome descosidas las puntas de la cabritilla y dejando ver los
agudos dedos. Sentía yo cierto descanso cuando las veía esconderse por
las dos bocas de un manguito, cuya piel parecía haber servido para
limpiar suelos. De perfil tenía doña Cándida algo de figura romana.
Era mi cínife muy semejante al Marco Aurelio de yeso que estaba con
los otros _padrotes_, sobre mi estantería. De frente no eran tan
perceptibles las reminiscencias de su belleza. Brillaba en sus ojos
no sé qué avidez insana, y tenía sonrisas antipáticas, propiamente
secuestradoras, con más un movimiento de cabeza siempre afirmativo, el
cual, no sé por qué, me revelaba incorregible prurito de engañar. La
finura de sus modales era otra reminiscencia que la hacía tolerable, y
á veces agradable, si bien no tanto que me hiciera desear sus visitas.
El parecido con Marco Aurelio, que yo hice notar cierto día á mi
discípulo, fué causa de que éste la diese aquel nombre romano; pero
después, confundiendo maliciosamente aquel emperador con otro, la
llamaba _Calígula_.
Impresionada sin duda por la filípica que le eché aquel día, varió de
sistema. Larga temporada estuvo sin ir á mi casa sino muy contadas
veces, y nunca me pedía dinero verbalmente. Para darme los golpes
se valía de su sobrina, á quien mandaba á mi casa, portadora de un
papelito pidiéndome cualquier cantidad con esta fórmula: «Haz el favor
de prestarme tres ó cuatro duros, que te devolveré la semana que entra.»
Las semanas de doña Cándida se componían, como las de Daniel, de
setenta semanas de años ó poco menos.
El sistema de poner el sablote en las inocentes manos de una niña, era
prueba clara de la astucia y sagacidad de la vieja, porque, conociendo
mi grande amor á la infancia, calculaba que era imposible la negativa.
Y tenía razón la maldita; porque cuando yo veía entrar á la postulante
alargándome el papelito sin rodeos ni socaliñas, ya estaba echando mano
á mi bolsillo ó á la gaveta para adelantarme á la acción de la pobre
niña y evitarle la pena de dar el fastidioso recado.
VI
Se llamaba Irene.
Su palidez, su mirada un tanto errática y ansiosa, que parecía
denotar falta de nutrición; su actitud cohibida y pudorosa, como
si le ocasionaran vivísimo disgusto las comisiones de su tía, me
inspiraban mucha lástima. Así es que además de la limosna, yo solía
tener en mi mesa algún repuesto de golosinas. Presumiendo que rara
vez tendrían satisfacción en ella los vehementes apetitos infantiles,
dábale aquellas golosinas sin hacerla esperar, y ella las cogía con
no disimulada ansia, me daba tímidamente las gracias, bajando los
ojos, y en el mismo instante empezaba á comérselas. Sospeché que
este apresuramiento en disfrutar de mi regalo, era por el temor de
que si llegaba á su casa con caramelos ó dulces en el bolsillo, doña
Cándida querría participar de ellos. Más adelante supe que no me había
equivocado al pensar de este modo.
Me parece que la estoy mirando junto á mi mesa escudriñando libros,
cuartillas y papeles, y leyendo en todo lo que encontraba. Tenía
entonces doce años y en poco más de tres había vencido las dificultades
de los primeros estudios en no sé qué colegio. Yo la mandaba leer, y me
asombraba su entonación y seguridad, así como lo bien que comprendía lo
que leía, no extrañando palabra rara ni frase oscura. Cuando le rogaba
que escribiese, para conocer su letra, ponía mi nombre con elegantes
trazos de caligrafía inglesa, y debajo añadía: _catedrático_.
Hablando conmigo y respondiendo á mis preguntas sobre sus estudios,
su vida y su destino probable, me mostraba un discernimiento superior
á sus años. Era el bosquejo de una mujer bella, honesta, inteligente.
¡Lástima grande que por influencias nocivas se torciese aquel feliz
desarrollo ó que se malograse antes de llegar á conveniente madurez!
Pero en el espíritu de ella noté yo admirables medios de defensa y
energías embrionarias, que eran las bases de un caracter recto. Su
penetración era preciosísima, y hasta demostraba un conocimiento
no superficial de las flaquezas y necedades de doña Cándida. Solía
contarme con gracioso lenguaje, en el cual el candor infantil llevaba
en sí una chispa de ironía, algunos lances de la pobre señora, sin
faltar al respeto y amor que le tenía.
La compasión que esta criatura me inspiraba, crecía viéndola mal
vestida y peor calzada. Durante muchos meses, que ahora se me
representan años, ví en ella un como sombrero de paja, una especie de
cesta deforme y abollada, con una cinta pálida, como el propio rostro
de Irene, que caía por un lado del modo menos gracioso que puede
imaginarse. Todo lo demás de su vestimenta era marchito, ajado, viejo,
de tercera ó cuarta mano, con disimulos aquí y allí que aumentaban la
fealdad. Tanto me desagradaba ver en sus piés unas botas torcidas,
grandonas, destaconadas, que determiné cambiarle aquellas horribles
lanchas por un par de botinas elegantes. Entregarle el dinero habría
sido inútil porque doña Cándida lo hubiera tomado para sí. Mi diligente
ama de llaves se encargó de llevar á Irene á una zapatería, y al poco
rato me la trajo perfectamente calzada. Como le ví lágrimas en los
ojos, creí que las botinas, por ser nuevas, le apretaban cruelmente;
pero ella me dijo que no, y que no. Y para que me convenciera de ello
se ponía á dar saltos y á correr por mi cuarto. Riendo, se le secaron
las lágrimas.
Algunos días el papelito, después de la petición de dinero, traía esta
nota:
«Te ruego que proporciones á Irene una gramática.»
Y en otra ocasión:
«Irene tiene vergüenza de pedirte un libro bonito que leer. Á mí
mándame una novela interesante ó, si lo tienes, un tomo de causas
célebres.»
Lo de los libros para Irene lo atendía yo con muchísimo gusto. Pero
su palidez, su mirada afanosa me revelaban necesidades de otro orden,
de esas que no se satisfacen con lecturas, ni admiten sofismas del
espíritu: la necesidad orgánica, la imperiosa ley de la vida animal,
que los hartos cumplimos sin poner atención en ello ni cuidarnos del
sufrimiento con que la burlan ó la trampean los menesterosos. ¡Cosa,
en verdad, tristísima! Irene tenía hambre. Convencíme de ello un día
haciéndola comer conmigo. La pobrecita parecía que había estado un
mes privada de todo alimento, según honraba los platos. Sin faltar á
la compostura, comió con apetito de gorrión, y no se hizo mucho de
rogar para llevarse, envueltos en un papel, los postres que sobraron.
De sobremesa parecía como avergonzada de su voracidad; hablaba poco,
acariciaba al gato, y después me pidió un libro de estampas para
entretenerse.
Era niña poco alborotadora y que no gustaba de enredar. Fuera de
aquella ocasión de las botas, nunca la ví saltando en mi cuarto, ni
metiendo bulla. Generalmente se sentaba callada y juiciosa como una
mujer, ó miraba una tras otra las láminas colgadas en la pared, ó
pasaba revista á los rótulos de la biblioteca, ó cogía, previo permiso
mío, cualquier librote de ilustraciones ó viajes para recrearse en los
grabados. Tanto respeto me tenía, que ni áun se atrevía á preguntar,
como otros niños, «¿qué es esto, qué es lo otro?» Ó lo adivinaba todo,
ó se quedaba con las ganas de saberlo.
El día de mi santo vino á traerme una relojera bordada por ella, y
¡caso inaudito! aquel día, por consideración especial del cínife, no
trajo papelito. En otras solemnidades me obsequió con varias cosillas
de labores y una cajita de papel cañamazo, que no conservo aún,
porque un día la cogió el gato por su cuenta y me la hizo pedazos. Yo
correspondí á las finezas de Irene y á la compasión que me inspiraba,
comprándola un vestidillo.
Esta inteligente y desgraciada niña no era sobrina de doña Cándida,
sino de García Grande. Sus padres habían estado en buena posición.
Quedó huérfana en vida del esposo de doña Cándida, el cual la trató
como hija. Vino el desastre con la muerte del asegurador de vidas; pero
afortunadamente Irene no estaba en edad de apreciar el brusco paso de
la bienandanza á la adversidad. Conservóla á su lado mi cínife, por
no tener la criatura otros parientes. Y yo pregunto: ¿fué un mal ó un
bien para Irene haber crecido entre escaseces y haber educado en esa
negra academia de la desgracia que á algunos embrutece y á otros depura
y avalora, según el natural de cada uno? Yo le preguntaba si estaba
contenta de su suerte, y siempre me respondía que sí. Pero la tristeza
que despedían, como cualidad intrínseca y propia, sus bonitos ojos
aquella tristeza que á veces me parecía un efecto estético, producido
por la luz y color de la pupila, á veces un resultado de los fenómenos
de la expresión, por donde se nos trasparentan los misterios del mundo
moral, quizás revelaba uno de esos engaños cardinales en que vivimos
mucho tiempo, ó quizás toda la vida, sin darnos cuenta de ello.
Á medida que el tiempo pasaba y que Irene crecía, escaseaban sus
visitas, lo que no significaba mejoramiento de fortuna de doña Cándida,
sino repugnancia de Irene á desempeñar las innobles misiones de la
esquelita de petitorio. Desarrollado con la edad su amor propio, la
pequeña venía á mi casa sólo para las exacciones de cuantía, y las
menudas las hacía la criada. Por último, rodando insensiblemente el
tiempo, llegó un día en que todas las comisiones las desempeñaba la
criada. Dejé de ver á la sobrina de mi cínife, aunque siempre por
éste y por la muchacha tenía noticias de ella. Supe, al fin, con
injustificada sorpresa, que llevaba traje bajo, cosa muy natural, pero
que á mí me pareció extraña, por este rutinario olvido en que vivimos
del crecimiento de todas las cosas y la marcha del mundo. Me agradó
mucho saber que Irene había entrado en la Escuela Normal de Maestras,
no por sugestiones de su tía, sino por idea propia, llevada del deseo
de labrarse una posición y de no depender de nadie. Había hecho
exámenes brillantes y obtenido premios. Doña Cándida me ponderaba los
varios talentos de su sobrina, que era el asombro de la escuela, una
sabia, una filósofa, en fin una _cosa atroz_...
Esta parte de mi relato viene á caer hacia 1877. En este año me mudé
de la sosegada calle de Don Felipe á la bulliciosa del Espíritu Santo,
y poco después conocí á doña Javiera, y emprendí la educación de Manuel
Peña, con todo lo demás que, sacrificando el orden cronológico al orden
lógico, que es el mío, he contado antes. El tiempo, como reloj que es,
tiene sus arbitrariedades; la lógica, por no tenerlas, es la llave del
saber y el relojero del tiempo.
VII
Contento estaba yo de mi discípulo.
Porque algunas de sus brillantes facultades se desarrollaban
admirablemente con el estudio, mostrándome cada día nuevas riquezas. La
historia le encantaba y sabía encontrar en ella las hermosas síntesis
que son el principal hechizo y el mejor provecho de su estudio. En lo
que siempre le veía premioso era en expresar su pensamiento por la
escritura. ¡Lástima grande que pensando tan bien y á veces con tanta
agudeza y originalidad, careciese de estilo, y que teniendo el don de
asimilarse las ideas de los buenos escritores, fuese tan refractario
á la forma literaria! Yo le mandaba que me hiciera memorias sobre
cualquier punto de historia ó de economía. Hechas en breve tiempo,
me las leía, y si me admiraba en ellas la solidez del juicio, me
exasperaba lo tosco y pedestre del lenguaje. Ni aun pude corregir en él
las faltas ortográficas, aunque á fuerza de constancia, mucho adelanté
en esto.
Para que se comprenda el tipo intelectual de mi discípulo, faltaba
sólo un detalle, que es el siguiente: Mandábale yo que aquello mismo
tan bien pensado en las memorias y tan perversamente escrito, me lo
expresase en forma oral, y aquí era de ver á mi hombre trasformado,
dueño de sí, libre y á sus anchas, como quien se despoja de las cadenas
que le oprimían. Poníase delante de mí, y con el mayor despejo me
pronunciaba un discurso en que sorprendían la abundancia de ideas,
el acertado enlace, la gradación, el calor persuasivo, la afluencia
seductora, la frase incorrecta, pero facilísima, engañadora, llena de
sonoridades simpáticas.
--Vamos--le dije con entusiasmo un día.--Está visto que eres orador, y
si te aplicas llegarás á donde han llegado pocos.