NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* En el texto, las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las
versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar. Para su
detección se han tenido en cuenta ediciones posteriores de esta
obra.
* Se ha respetado la ortografía original —que difiere ligeramente
de la actual—, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia.
* Las comillas que inician intervenciones en diálogos han sido
sustituidas por rayas largas, tal como hacen las ediciones más
recientes.
* Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan.
EL AMIGO MANSO
Es propiedad. Serán furtivos todos los ejemplares de esta obra
que no lleven el sello del periódico _La Guirnalda_.
EL AMIGO
MANSO
POR
B. PÉREZ GALDÓS
SEGUNDA EDICIÓN
MADRID
1885
Imprenta y litografía de LA GUIRNALDA
_Calle de las Pozas, núm._ 12.
OBRAS DE B. PÉREZ GALDÓS
NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS
I.--Doña Perfecta (5.ª _edición_). 2 pesetas.
II.--Gloria (dos tomos) (5.ª _edición_). 4 pesetas.
III.--Marianela (5.ª _edición_). 2 pesetas.
IV.--La familia de León Roch (tres tomos)
(4.ª _edición_). 6 pesetas.
V.--La Desheredada (un tomo en 4.º), 8 pesetas.
VI.--El Amigo Manso (un tomo en 8.º), 3 pesetas
(2.ª _edición_).
VII.--El Doctor Centeno (dos tomos) 6 pesetas.
VIII.--Tormento (un tomo en 8.º), 3,50 pesetas.
IX.--La de Bringas (un tomo en 8.º) 3 ptas.
EPISODIOS NACIONALES
PRIMERA SÉRIE.
I.--_Trafalgar_ (4.ª edición).
II.--_La corte de Carlos IV_ (3.ª edición).
III.--_El 19 de Marzo y el 2 de Mayo_ (4.ª edición).
IV.--_Bailén_ (3.ª edición).
V.--_Napoleon en Chamartin_ (2.ª edición).
VI.--_Zaragoza_ (3.ª edición).
VII.--_Gerona_ (2.ª edición).
VIII.--_Cádiz_ (2.ª edición).
IX.--_Juan Martín el Empecinado_ (3.ª edición).
X.--_La batalla de los Arapiles_ (2.ª edición).
SEGUNDA SÉRIE.
I.--_El equipaje del Rey José._ (3.ª edición).
II.--_Memorias de un Cortesano de 1815._ (2.ª edición).
III.--_La segunda casaca._
IV.--_El Grande Oriente._
V.--_7 de Julio._
VI.--_Los cien mil hijos de San Luis._
VII.--_El Terror de 1824._
VIII.--_Un voluntario realista._
IX.--_Los Apostólicos._ (2.ª edición.)
X.--_Un faccioso más y algunos frailes menos._
PRECIO DE CADA TOMO
DOS PESETAS EN TODA ESPAÑA
LA FONTANA DE ORO
(1820-1823)
2.ª ed. notablemente corregida
_Un vol. en 8.º de 400 págs._
EL AUDAZ
HISTORIA DE UN RADICAL DE ANTAÑO
(1804)
En prensa 3.ª edición corregida. Tomo en 8.º
Los pedidos de ejemplares se dirigirán á la Administración de
_La Guirnalda_ y _Episodios Nacionales_, calle del Barco, núm. 2
duplicado. Madrid.
EL AMIGO MANSO
I
Yo no existo.
Yo no existo... Y por si algún desconfiado ó terco ó maliciosillo
no creyese lo que tan llanamente digo, ó exigiese algo de juramento
para creerlo, juro y perjuro que no existo; y al mismo tiempo
protesto contra toda inclinación ó tendencia á suponerme investido
de los inequívocos atributos de la existencia real. Declaro que ni
siquiera soy el retrato de alguien, y prometo que si alguno de estos
profundizadores del día se mete á buscar semejanzas entre mi yo sin
carne ni hueso y cualquier indivíduo susceptible de ser sometido á un
ensayo de vivisección, he de salir á la defensa de mis fueros de mito,
probando con testigos, traidos de donde me convenga, que no soy, ni he
sido, ni seré nunca nadie.
Soy (diciéndolo en lenguaje oscuro para que lo entiendan mejor), una
condensación artística, diabólica hechura del pensamiento humano
(_ximia Dei_), el cual, si coge entre sus dedos algo de estilo, se
pone á imitar con él las obras que con la materia ha hecho Dios en
el mundo físico; soy un ejemplar nuevo de estas falsificaciones del
hombre que desde que el mundo es mundo andan por ahí vendidas en tabla
por aquellos que yo llamo holgazanes, faltando á todo deber filial, y
que el bondadoso vulgo denomina artistas, poetas ó cosa así. Quimera
soy, sueño de sueño y sombra de sombra, sospecha de una posibilidad;
y recreándome en mi no ser, viendo trascurrir tontamente el tiempo
infinito, cuyo fastidio, por serlo tan grande, llega á convertirse
en entretenimiento, me pregunto si el no ser nadie equivale á ser
todos, y si mi falta de atributos personales equivale á la posesión de
los atributos del sér. Cosa es esta que no he logrado poner en claro
todavía, ni quiera Dios que la ponga, para que no se desvanezca la
ilusión de orgullo que siempre mitiga el frío aburrimiento de estos
espacios de la idea. Aquí, señores, donde mora todo lo que no existe,
hay también vanidades ¡pasmaos! hay clases, ¡y cada intriga...!
Tenemos antagonismos tradicionales, privilegios, rebeldías, sopa boba
y pronunciamientos. Muchas entidades que aquí estamos, podríamos
decir, si viviéramos, que vivimos de milagro. Y á escape me salgo
de estos laberintos y me meto por la clara senda del lenguaje común
para explicar por qué motivo no teniendo voz hablo, y no teniendo
manos trazo estas líneas, que llegarán, si hay cristiano que las lea,
á componer un libro. Vedme con apariencia humana. Es que alguien me
evoca, y por no sé qué sutiles artes me pone como un forro corporal
y hace de mí un remedo ó máscara de persona viviente, con todas las
trazas y movimientos de ella. El que me saca de mis casillas y me lleva
á estos malos andares es un amigo...
Orden, orden en la narración. Tengo yo un amigo que ha incurrido por
sus pecados, que deben de ser tantos en número como las arenas de la
mar, en la pena infamante de escribir novelas, así como otros cumplen,
leyéndolas, la condena ó maldición divina. Este tal vino á mí hace
pocos días, hablóme de sus trabajos, y como me dijera que había escrito
ya treinta volúmenes, le tuve tanta lástima que no pude mostrarme
insensible á sus acaloradas instancias. Reincidente en el feo delito
de escribir, me pedía mi complicidad para añadir un volumen á los
treinta desafueros consabidos. Díjome aquel buen presidiario, aquel
inocente empedernido, que estaba encariñado con la idea de perpetrar
un detenido crímen novelesco, sobre el gran asunto de la educación;
que había premeditado su plan, pero que faltándole datos para llevarlo
adelante con la alevosa presteza que pone en todas sus fechorías, había
pensado aplazar esta obra para acometerla con brío cuando estuvieran en
su mano las armas, herramientas, escalas, ganzúas, troqueles y demás
preciosos objetos pertinentes al caso; que entre tanto, no gustando
de estar mano sobre mano, quería emprender un trabajillo de poco
aliento, y que sabedor de que yo poseía un agradable y fácil asunto,
venía á comprármelo, ofreciéndome por él cuatro docenas de géneros
literarios, pagaderas en cuatro plazos, una fanega de ideas pasadas,
admirablemente puestas en lechos y que servían para todo, diez azumbres
de licor sentimental, encabezado para resistir bien la exportación,
y por último, una gran partida de frases y fórmulas, hechas á molde
y bien recortaditas, con más una redoma de mucílago para pegotes,
acopladuras, compaginazgos, empalmes y armazones. No me pareció mal
trato y acepté.
No sé qué garabatos trazó aquel perverso sin hiel delante de mí; no sé
qué diabluras hechiceras hizo... Creo que me zambulló en una gota de
tinta; que dió fuego á un papel; que después fuego, tinta y yo fuimos
metidos y bien meneados en una redomita que olía detestablemente á
azufre y otras drogas infernales... Poco después salí de una llamarada
roja, convertido en carne mortal. El dolor me dijo que yo era un hombre.
II
Yo soy Máximo Manso.
Y tenía treinta y cinco años cuando me pasó lo que me pasó. Y si á esto
añado que el caso es reciente, y que muchos de los acontecimientos
incluídos en este verdadero relato ocurrieron en menos de un
año, quedarán satisfechos los lectores más exigentes en materias
cronológicas. Á los sentimentales he de disgustarles desde el primer
momento diciéndoles que soy doctor en dos facultades y catedrático del
Instituto, por oposición, de una eminente asignatura que no quiero
nombrar. He consagrado mi poca inteligencia y mi tiempo todo á los
estudios filosóficos, encontrando en ellos los más puros deleites de
mi vida. Para mí es incomprensible la aridez que la mayoría de las
personas asegura encontrar en esa deliciosa ciencia, siempre vieja y
siempre nueva, maestra de todas las sabidurías y gobernadora visible ó
invisible de la humana existencia.
Será porque han querido penetrar en ella sin método, que es la guía
de sus tortuosos senos, ó porque estudiándola superficialmente han
visto sus asperezas exteriores antes de gustar la extraordinaria
dulzura y suavidad de lo que dentro guarda. Por singular beneficio de
mi naturaleza, desde niño mostré especial querencia á los trabajos
especulativos, á la investigación de la verdad y al ejercicio de la
razón; y á tal ventaja se añadió, por mi suerte, la preciosísima de
caer en manos de un hábil maestro, que desde luego me puso en el
verdadero camino. Tan cierto es, que de un buen modo de principiar
emana el logro feliz de difíciles empresas, y que de un primer paso
dado con acierto depende la seguridad y presteza de una larga jornada.
Digan, pues, de mí que soy filósofo, aunque no me creo merecedor de
este nombre, sólo aplicable á los insignes maestros del pensamiento
y de la vida. Discípulo soy no más, ó si se quiere, humilde auxiliar
de esa falange de nobles artífices que siglo tras siglo han venido
tallando en el bloque de la bestia humana la hermosa figura del hombre
divino. Soy el aprendiz que aguza una herramíenta, que mantiene una
pieza; pero la penetración activa, la audacia fecunda, la fuerza
potente y creadora me están vedadas como á los demás mortales de mi
tiempo. Soy un profesor de fila, que cumplo enseñando lo que me han
enseñado á mí, trabajando sin tregua; reuniendo con método cariñoso lo
que en torno á mí veo, lo mismo la teoría sólida que el hecho voluble,
así el fenómeno indubitable como la hipótesis atrevida; adelantando
cada día con el paso lento y seguro de las medianías; construyendo
el saber propio con la suma del saber de los demás; y tratando, por
último, de que las ideas adquiridas y el sistema con tanta dificultad
labrado, no sean vanas fábricas de viento y humo, sino más bien una
firme estructura de la realidad de mi vida con poderosos cimientos
en mi conciencia. El predicador que no practica lo que dice, no es
predicador, sino un púlpito que habla.
Ocupándome ahora de lo externo, diré que en mi aspecto general
presento, según me han dicho, las apariencias de un hombre sedentario,
de estudios y de meditación. Antes que por catedrático, muchos me
tienen por letrado ó curial, y otros, fundándose en que carezco de
buena barba y voy siempre afeitado, me han supuesto cura liberal ó
actor, dos tipos de extraordinaria semejanza. En mi niñez pasaba por
bien parecido. Ahora creo que no lo soy tanto, al menos así me lo han
manifestado directa ó indirectamente varias personas. Soy de mediana
estatura, que casi casi, con el progresivo rebajamiento de la talla en
la especie humana, puede pasar por gallarda; soy bien nutrido, fuerte,
musculoso, mas no pesado ni obeso. Por el contrario, á consecuencia
de los bien ordenados ejercicios gimnásticos, poseo bastante agilidad
y salud inalterable. La miopía ingénita y el abuso de las lecturas
nocturnas en mi niñez, me obligan á usar vidrios. Por mucho tiempo
gasté quevedos, uso en que tiene más parte la presunción que la
conveniencia; pero al fin he adoptado las gafas de oro, cuya comodidad
no me canso de alabar, reconociendo que me envejecen un poco. Mi
cabello es fuerte, oscuro y abundante; mas he tenido singular empeño
en no ser nunca melenudo, y me lo corto á lo quinto, sacrificando á
la sencillez un elemento decorativo que no suelen despreciar los que,
como yo, carecen de otros. Visto sin afectación, huyendo lo mismo de la
novedad llamativa que de las ridiculeces de lo anticuado. Apuro mi ropa
medianamente, con la cooperación de algún sastre de portal, mi amigo; y
me he acostumbrado de tal modo al uso del sombrero de copa, á quien el
vulgo llama con doble sentido _chistera_, que no puedo pasarme sin él,
ni acierto á sustituirle con otras clases ó familias de tapa-cabezas,
por lo cual lo llevo hasta en verano, y aun en viaje me lo pondría muy
sereno si no temiera caer en extravagancia. La capa no se me cae de
los hombros en todo el invierno, y hasta para estudiar en mi gabinete
me envuelvo en ella, porque aborrezco los braseros y estufa. Ya dije
que mi salud es preciosa, y añado ahora que no recuerdo haber comido
nunca sin apetito. No soy gastrónomo; no entiendo palotada de refinados
manjares ni de rarezas de cocina. Todo lo que me ponen delante me lo
como, sin preguntar al plato su abolengo ni escudriñar sus componentes;
y en punto á preferencias, sólo tengo una que declaro sinceramente,
aunque se refiere á cosa ordinaria, el _cicer arietinum_, que en
romance llamamos garbanzo, y que, según enfadosos higienistas, es
comida indigesta. Si lo es, yo no lo he notado nunca. Estas deliciosas
bolitas de carne vegetal no tienen, en opinión de mi paladar, que es
para mí de gran autoridad, sustitución posible, y no me consolaría
de perderlas, mayormente si desaparecía con ellas el agua de Lozoya,
que es mi vino. No necesito añadir que personalmente me tienen sin
cuidado los progresos de la filoxera, pues mi bodega son los frescos
manantiales de la sierra vecina. Únicamente del tinto y flojo hago
prudente uso, después de bien bautizado por el tabernero y confirmado
por mí; pero de esos traidores vinos del Mediodía, no entra una gota en
mi cuerpo. Otra pincelada: no fumo.
Soy asturiano. Nací en Cangas de Onís, en la puerta de Covadonga y
del monte Auseba. La nacionalidad española y yo somos hermanos, pues
ambos nacimos al amparo de aquellas eminentes montañas, cubiertas de
verdor todo el año, en invierno encaperuzadas de nieve; con sus faldas
alfombradas de yerba, sus alturas llenas de robles y castaños, que se
encorvan como si estuvieran trepando por la pendiente arriba; con sus
profundas, laberínticas y misteriosas cavidades selváticas, formadas de
espeso monte, por donde se pasean los osos, y sus empinadas cresterías
de roca, pedestal de las nubes. Mi padre, farmacéutico del pueblo, era
gran cazador y conocía palmo á palmo todo el país, desde Rivadesella
á Ponga y Tarua, y desde las Arriondas á los Urrieles. Cuando yo tuve
edad para resistir el cansancio de estas expediciones nos llevaba
consigo á mi hermano José María y á mí. Subimos á los Puertos Altos,
anduvimos por Cabrales y Peñamellera, y en la grandiosa Liébana nos
paseamos por las nubes.
Solo ó acompañado por los chicos de mi edad, iba muchas tardes á San
Pedro de Villanueva, en cuyas piedras está esculpida la historia tan
breve como triste de aquel rey que fué comido de un oso. Yo trepaba
por las corroídas columnas del pórtico bizantino y miraba de cerca las
figuras atónitas del Padre Eterno y de los Santos, toscas esculturas
impregnadas de no sé qué pavor religioso. Me abrazaba con ellas, y
ayudado de otros muchachos traviesos, les pintaba con betún los ojos
y los bigotes, con lo cual las hacía más espantadas. Nos reíamos
con esto; pero cuando volvía yo á mi casa, me acordaba de la figura
retocada por mí y me dormía con miedo de ella y con ella soñaba. Veía
en mi sueño la mano chata y simétrica, los piés como palmetas, las
contorsiones de cuerpo, los ojos saltándose del casco, y me ponía á
gritar y no me callaba hasta que mi madre no me llevaba á dormir con
ella.
Yo no hacía lo que otros chicos perversos, que con un fuerte canto
le quitaban la nariz á un apóstol ó los dedos al Padre Eterno, y
arrancaban los rabillos de los dragones de las gárgolas, ó ponían
letreros indecentes encima de las lápidas votivas, cuya sabia leyenda
no entendíamos. Para jugar á la pelota, preferíamos siempre el pórtico
bizantino á los demás muros del pobre convento, porque nos parecía que
el Padre Eterno y su corte nos devolvían la pelota con más presteza.
El muchacho que capitaneaba entonces la cuadrilla es hoy una de las
personas más respetables de Asturias, y preside ¡oh ironías de la
vida! la Comisión de Monumentos. La naturaleza de los sitios en que
pasé mi infancia ha dejado para siempre en mi espíritu impresión
tan profunda, que constantemente noto en mí algo que procede de la
melancolía y amenidad de aquellos valles, de la grandeza de aquellas
moles y cavidades, cuyos ecos repiten el primer balbucir de la historia
patria; de aquellas alturas en que el viajero cree andar por los aires
sobre celajes de piedra. Esto, y el sonoro, pintoresco río, y el triste
lago Nol, que es un mar ermitaño, y el solitario monasterio de San
Pedro, tienen indudablemente algo mío, ó es que tengo yo con ellos el
parentesco de conformación, no de sustancia, que el vaciado tiene con
su molde. También parece que ha quedado sellada en mi vida la hondísima
lástima que me inspiraba aquel rey que fué comido del oso. Siento como
impresos ó calcados en mi masa encefálica los capiteles que reproducen
la terrible historia. En uno el joven soberano se despide de su tierna
esposa; en otro está acometiendo al fiero animal y más allá éste se lo
merienda. Cuando yo hacía travesuras, mi padre me amenazaba con que
vendría el oso á comerme, como al señor de Favila, y muchas noches tuve
pesadilla y veía desfilar por delante de mí las espantables figuras de
los capiteles. Por nada del mundo me internaba solo dentro del monte;
y aún hoy siempre que veo un oso me figuro por breve instante que soy
rey; y también si acierto á ver á un rey, me parece que hay en mí algo
de oso.
Mi padre murió antes de ser viejo. Quedamos huérfanos José María,
de veintidos años, y yo de quince. Tenía mi hermano más ambición de
riqueza que de gloria, y se marchó á la Habana. Yo despuntaba por el
desprecio de las vanidades y por el prurito de la fama, y en mi corta
edad no había en el pueblo persona que me echase el pié adelante
en ilustración. Pasaba por erudito, tenía muchos libros, y hasta el
cura me consultaba casos de filosofía y ciencias naturales. Llegué á
adquirir cierta presunción pedantesca y un airecillo de autoridad de
que posteriormente, á Dios gracias, me he curado por completo. Mi madre
estaba tonta conmigo, y siempre que iba á visitarla algún señor de
campanillas me hacía entrar en la sala, y con toda suerte de socaliñas
me obligaba á mostrar mi sabiduría en historia ó en literatura,
hablando de cosas tales, que aquellas materias vinieran á encajar en
la conversación. Las más de las veces era preciso traerlas por los
cabellos.
Como teníamos para vivir con cierta holgura, mi madre me trajo á
Madrid, animándola á ello la idea de que pronto se me abrirían aquí
fáciles y gloriosos caminos; y en efecto, después de ocuparme en
olvidar lo que sabía para estudiarlo de nuevo, ví nuevos y hermosos
horizontes, trabé amistad con jóvenes de mérito y con afamados
profesores, frecuenté círculos literarios, ensanché la esfera de mis
lecturas y avancé considerablemente en mi carrera, hallándome muy luego
en disposición de ocupar una modesta plaza académica y de aspirar á
otras mejores. Mi madre tenía en Madrid buenas amistades, entre ellas
la de García Grande y su señora (que figuraron mucho en tiempo de la
Unión liberal); pero estas relaciones influyeron poco en mi vida,
porque el fervor del estudio me aislaba de todo lo que no fuera el
tráfago universitario, y ni yo iba á sociedad, ni me gustaba, ni me
hacía falta para nada.
Estoy impaciente por hablar de mi sér moral, por la afición que tengo
á la predilecta materia de mis estudios. Sin quererlo, se me va la
pluma á donde la impulsa el particular gusto mío, y la dejo ir y aun le
permito que trate este punto con sinceridad y crudeza, no escatimando
mis alabanzas allí donde creo merecerlas. Decir que en materia de
principios mi severidad llega hasta el punto de excitar la risa de
algunos de mis convecinos de planeta, parecerá jactancia; pero lo dicho
dicho está y no habrá quien lo borre de este papel. Constantemente me
congratulo de este mi caracter templado, de la condición subalterna de
mi imaginación, de mi espíritu observador y práctico, que me permite
tomar las cosas como son realmente, no equivocarme jamás respecto á
su verdadero tamaño, medida y peso, y tener siempre bien tirantes las
riendas de mí mismo.
Desde que empecé á dominar estos difíciles estudios, me propuse
conseguir que mi razón fuese dueña y señora absoluta de mis actos, así
de los más importantes como de los más ligeros; y tan bien me ha ido
con este hermoso plan, que me admiro de que no le sigan y observen
los hombres todos, estudiando la lógica de los hechos, para que su
encadenamiento y sucesión sea eficaz jurisprudencia de la vida. Yo he
sabido sofocar pasioncillas que me habrían hecho infeliz, y apetitos
cuyo desorden lleva á otros á la degradación. Estas laboriosas
reformas me han adestrado y robustecido para obtener en la moral
menuda una serie de victorias á cual más importantes. Yo he conseguido
una regularidad de vida que muchos me envidian, una sobriedad que
lleva en sí más delicias que el desenfreno de todos los apetitos.
Vicios nacientes, como el fumar y el ir al café, han sido extirpados
de raiz. El método reina en mí y ordena mis actos y movimientos con
una solemnidad que tiene algo de las leyes astronómicas. Este plan,
estas batallas ganadas, esta sobriedad, este régimen, este movimiento
de reloj que hace de los minutos dientes de rueda y del tiempo una
grandiosa y bien pulimentada espiral, no podían menos de marcar, al
proyectarse sobre la vida, esa fácil línea recta que se llama celibato,
estado sobre el cual es ocioso pronunciar sentencia absoluta, porque
podrá ser imperfectísimo ó relativamente perfecto, según lo determine
la acumulación de los hechos, es decir, todo lo físico y moral que,
arrastrado por las corrientes de la vida, se va depositando y formando
endurecidas capas ó sedimentos de hábitos, preocupaciones, rutina de
esclavitud ó de libertad.
Mi buena madre vivió conmigo en Madrid doce años, todo el tiempo
que duraron mis estudios universitarios y el que pasé dedicado á
desempeñar lecciones particulares y á darme á conocer con diversos
escritos en periódicos y revistas. Sería frío cuanto dijera del
heroico tesón con que ayudaba mis esfuerzos aquella singular mujer, ya
infundiéndome valor y paciencia, ya atendiendo con solícito esmero á
mis materialidades para que ni un instante me distrajese del estudio.
Le debo cuanto soy, la vida primero, la posición social, y después
otros dones mayores, cuales son mis severos principios, mis hábitos de
trabajo, mi sobriedad. Por serle más deudor aún, también le debo la
conservación de una parte de la fortunita que dejó mi padre, la cual
supo ella defender con su economía, no gastando sino lo estrictamente
preciso para vivir y darme carrera como pobre. Vivíamos, pues, en
decorosa indigencia; pero aquellas escaseces dieron á mi espíritu un
temple y un vigor que valen por todos los tesoros del mundo. Yo gané mi
cátedra y mi madre cumplió su misión.
Como si su vida fuera condicional y no tuviese otro objeto que el de
ponerme en la cátedra, conseguido éste, falleció la que había sido mi
guía y mi luz en el trabajoso camino que acababa de recorrer. Mi madre
murió tranquila y satisfecha. Yo podía andar solo; pero ¡cuán torpe
me encontré en los primeros tiempos de mi soledad! Acostumbrado á
consultar con mi madre hasta las cosas más insignificantes, no acertaba
á dar un paso, y andaba como á tientas con recelosa timidez. El gran
aprendizaje que con ella había tenido no me bastaba, y sólo pude vencer
mi torpeza recordando en las más leves ocasiones sus palabras, sus
pensamientos y su conducta, que eran la misma prudencia.
Ocurrida esta gran desgracia, viví algún tiempo en casas de huéspedes;
pero me fué tan mal, que tomé una casita, en la cual viví seis años,
hasta que, por causa de derribo, tuve que mudarme á la que ocupo aún.
Una excelente mujer, asturiana, amiga de mi madre, de inmejorables
condiciones y aptitudes, se me prestó á ser mi ama de llaves. Poco
á poco su diligencia puso mi casa en un pié de comodidad, arreglo y
limpieza que me hicieron sumamente agradable la vida de soltero, y esta
es la hora en que no tengo un motivo de queja, ni cambiaría mi Petra
por todas las damas que han gobernado curas y servido canónigos en el
mundo.
Tres años hace que vivo en la calle del Espíritu Santo, donde no falta
ningún desagradable ruido; pero me he acostumbrado á trabajar entre el
bullicio del mercado, y aun parece que los gritos de las verduleras me
estimulan á la meditación. Oigo la calle como si oyera el ritmo del
mar, y creo (tal poder tiene la costumbre) que si me faltara el _¡dos
cuartitos escarola!_ no podría preparar mis lecciones tan bien como las
preparo hoy.
III
Voy á hablar de mi vecina.
Y no hablo de las demás vecindades porque no tienen relación con mi
asunto. La que me ocupa es de gran importancia, y ruego á mis lectores
que por nada del mundo pasen por alto este capítulo, aunque les vaya
en ello una fortuna, si bien no conviene que se entusiasmen por lo de
_vecina_, creyendo que aquí da principio un noviazgo ó que me voy á
meter en enredos sentimentales. No. Los idilios de balcón á balcón no
entran en mi programa, ni lo que cuento es más que un caso vulgarísimo
de la vida, origen de otros que quizás no lo sean tanto.
En el piso bajo de mi casa había una carnicería, establecimiento de los
más antiguos de Madrid, y que llevaba el nombre de la dinastía de los
Rico. Poseía esta acreditada tienda una tal doña Javiera, muy conocida
en este barrio y en el limítrofe. Era hija de un Rico, y su difunto
esposo era Peña, otra dinastía choricera, que ha celebrado varias
alianzas con la de los Rico. Conocí á doña Javiera en una noche de
verano del 78, en que tuvimos en casa alarma de fuego, y anduvimos los
vecinos todos escalera arriba y abajo, de piso en piso. Parecióme doña
Javiera una excelente señora, y yo debí parecerle persona formal, digna
por todos conceptos de su estimación, porque un día se metió en mi casa
(tercero derecha) sin anunciarse, y de buenas á primeras me colmó de
elogios, llamándome el hombre modelo y el espejo de la juventud.
--No conozco otro ejemplo, Sr. de Manso--me dijo.--¡Un hombre sin
trapicheos, sin ningún vicio, metidito toda la mañana en su casa;
un hombre que no sale más que dos veces, tempranito á clase, por
las tardes á paseo, y que gasta poco, se cuida la salud y no hace
tonterías!... Esto es de lo que ya se acabó, Sr. de Manso. Si á usted
le debían poner en los altares... ¡Virgen! Es la verdad, ¿para qué
decir otra cosa? Yo hablo todos los días de usted con cuantos me
quieren oir y le pongo por modelo... Pero no nacen de estos hombres
todos los días.
Desde aquél la visité, y cuando entraba en su casa (principal
izquierda), me recibía poco menos que con palio.
--Yo no debiera abrir la boca delante de usted--me decía,--porque soy
una ignorante, una paleta, y usted todo lo sabe. Pero no puedo estar
callada. Usted me disimulará los disparates que suelte y hará como que
no los oye. No crea usted que yo desconozco mi ignorancia, no, señor
de Manso. No tengo pretensiones de sabia ni de instruida, porque sería
ridículo. ¿está usted? Digo lo que siento, lo que me sale del corazón,
que es mi boca... Soy así, francota, natural, más clara que el agua;
como que soy de tierra de Ciudad-Rodrigo... Más vale ser así que hablar
con remilgos y plegar la boca, buscando vocablotes que una no sabe lo
que significan.
La honrada amistad entre aquella buena señora y yo crecía rápidamente.
Cuando yo bajaba á su casa, me enseñaba sus lujosos vestidos de
charra, el manteo, el jubón de terciopelo con manga de codo, el dengue
ó rebociño, el pañuelo bordado de lentejuelas, el picote morado, la
mantilla de rocador, las horquillas de plata, los pendientes y collares
de filigrana, todo primoroso y castizo. Para que me acabara de pasmar,
mostrábame luego sus pañuelos de Manila, que eran una riqueza. Un día
que bajé, ví que había puesto en marco y colgado en la pared de la sala
un retrato mío que publicó no sé qué periódico ilustrado. Esto me hizo
reir; y ella, congratulándose de lo que había hecho, me hizo reir más.
--He quitado á San Antonio para ponerle á usted. Fuera santos y vengan
catedráticos... Vamos, que el otro día, leyendo lo que de usted decía
el periódico, me daba un gozo...
No me faltaba en las fiestas principales ni en mis días el regalito de
chacina, jamón ú otros artículos apetitosos de lo mucho y bueno que en
la tienda había, todo tan abundante, que no pudiendo consumirlo por
mí solo, distribuía una buena parte entre mis compañeros de cláustro,
alguno de los cuales, ardiente devoto de la carne de cerdo, me daba
bromas con mi vecina.
Pero las finezas de doña Javiera no escondían pensamiento amoroso,
ni eran totalmente desinteresadas. Así me lo manifestó un día en
que, de vuelta de la parroquia de San Ildefonso, subió á mi casa, y
sentándose con su habitual llaneza en un sillón de mi sala-despacho, se
puso á contemplar mi estantería de libros, rematada por unos cuantos
bustos de yeso. Estaba yo aquella mañana poniendo notas y prólogo á
una traducción del _Sistema de Bellas Artes_ de Hegel, hecha por un
amigo. Las ideas sobre lo bello llenaban mi mente y se revolvían en
ella, produciéndome ya tal confusión, que la vista de aquella señora
fué para mi pensamiento un placentero descanso. La miré y sentí que
se me despejaba la cabeza, que volvía á reinar el orden en ella, como
cuando entra el maestro en la sala de una escuela donde los chiquillos
están de huelga y broma. Mi vecina era la autoridad estética, y mis
ideas, dirélo de una vez, la pillería aprisionada que, en ausencia de
la realidad, se entrega á desordenados juegos y cabriolas. Siempre me
había parecido doña Javiera persona de buen ver; pero aquel día se
me antojó hermosísima. La mantilla negra, el gran pañolón de Manila,
amarillo y rameado (pues venía de ser madrina de bautizo de un chico
del carbonero), las joyas anticuadas, pero verdaderamente ricas,
de pura ley, vistosas, con muchas esmeraldas y fuertes golpes de
filigrana, daban grandísimo realce á su blanca tez y á su negro y bien
peinado cabello. ¡Bendito sea Hegel! Todavía estaba doña Javiera en
muy buena edad, y aunque la vida sedentaria le había hecho engrosar
más de lo que ordena el Maestro en el capítulo de las proporciones, su
gallarda estatura, su buena conformación, y reparto de carnosidades,
huecos y bultos casi casi hacían de aquel defecto una hermosura.
Al mirarla destacándose sobre aquel fondo de librería, hallaba yo
tan gracioso el contraste, que al punto se me ocurrió añadir á mis
comentarios uno sobre la _Ironía en las Bellas Artes_.
--Estoy aquí mirando los _padrotes_--dijo, volviendo sus ojos á lo alto
de la pared.
Los _padrotes_ eran cuatro bustos comprados por mi madre en una tienda
de yesos. Los había elegido sin ningún criterio, atendiendo sólo al
tamaño, y eran Demósthenes, Quevedo, Marco Aurelio y Julián Romea.
--Esos son los maestros de todo lo que se sabe--indicó la señora,
llena de profundo respeto.--¡Y cuánto libro! ¡Si habrá letras aquí...!
¡Virgen! ¡Y todo esto lo tiene usted en la cabeza! Así nos sabe tanto.
Pero vamos á nuestro asunto. Atiéndame usted.
No necesitaba que me lo advirtiese, porque tenía toda mi atención
puesta en ella.
--Yo le tengo á usted mucha ley, Sr. de Manso; usted es un hombre
como hay pocos... miento, como no hay ninguno. Desde que le traté se
me entró usted por el ojo derecho, se me metió en el cuerpo y se me
aposentó en el corazón...
Al decir esto rompió á reir, añadiendo:
--Pues no parece sino que le hago á usted el amor; y no es eso, Sr.
de Manso. No lo digo porque usted no lo merezca, ¡Virgen! pues aunque
tiene usted cara de cura, y no es ofensa, no señor... Pero vamos al
caso... Se ha quedado usted un poco pálido; se ha quedado usted más
serio que un plato de habas.
Yo estaba un poquillo turbado, sin saber qué decir. Doña Javiera se
explicó al fin con claridad. ¿Qué pretendía de mí? Una cosa muy natural
y sencilla; pero que yo no esperaba en tal instante, sin duda, porque
los diablillos que andaban dentro de mi cabeza jugando con la materia
estética y haciendo con ella mangas y capirotes, me tenían apartado de
la realidad; y estos mismos diablillos fueron causa de que me quedara
confuso y aturdido cuando oí á Doña Javiera manifestar su pretensión,
la cual era que me encargase de educar á su hijo.
--El chico--prosiguió ella, echándose atrás el manto,--es de la piel
de Satanás. Ahora va á cumplir veintiun años. Es de buena ley, eso sí,
tiene los mejores sentimientos del mundo, y su corazón es de pasta de
ángeles. Ni á martillazos entra en aquella cabeza un mal pensamiento.
Pero no hay cristiano que le haga estudiar. Sus libros son los ojos de
las muchachas bonitas; su biblioteca los palcos de los teatros. Duerme
las mañanas, y las tardes se las pasa en el picadero, en el gimnasio,
en eso que llaman... no sé cómo, el _Ascátin_, que es donde se patina
con ruedas. El mejor día se me entra en casa con una pierna rota. Me
gasta en ropa un caudal, y en convidar á los gorrones de sus amiguitos
otro tanto. Su pasión es los novillos, las corridas de aficionados,
tentar becerros, derribar vacas, y su orgullo demostrar mucho pecho,
mucho coraje. Tiene tanto amor propio, que el que le toque, ya
tiene para un rato, ¡Virgen!... En fin, por sus cualidades buenas y
hasta por sus tonterías, paréceme que hay en él mucho del perfecto
caballero; pero este caballero hay que labrarlo, amigo D. Máximo,
porque si no, mi hijo será un perfecto ganso... Tanto le quiero, que no
puedo hacer carrera de él, porque me enfado, ¿ve usted? hago intención
de reñirle, de pegarle, me pongo furiosa, me encolerizo á mí misma para
no dejarme embaucar; pero en estas viene el niño, se me pone delante
con aquella carita de angel pillo, me da dos besos, y ya estoy lela...
Se me cae la baba, amigo Manso, y no puedo negarle nada... Yo conozco
que le estoy echando á perder, que no tengo caracter de madre... Pues
oiga usted, se me ha ocurrido que para enderezar á mi hijo y ponerle
en camino y hacer de él un hombre, un gran señor, un caballero, no
conviene llevarle la contraria, ni sujetarle por fuerza, sino... á ver
si me explico... Conviene arrearle poco á poco, irle guiando, ahora
un halago, después un palito, mucho ten con ten y estira y afloja,
variarle poquito á poquito las aficiones, despertarle el gusto por
otras cosas, fingirle ceder para después apretar más fuerte, aquí
te toco, aquí te dejo, ponerle un freno de seda, y si á mano viene,
buscarle distracciones que le enseñen algo, ó hacerle de modo que las
lecciones le diviertan... Si le pongo en manos de un profesorazo seco,
él se reirá del profesor. Lo que le hace falta es un maestro que, al
mismo tiempo que sea maestro, sea un buen amigo, un compañero que á la
chita callando y de sorpresa le vaya metiendo en la cabeza las buenas
ideas; que le presente la ciencia como cosa bonita y agradable; que
no sea regañón, ni pesado, sino bondadoso, un alma de Dios con mucho
pesquis; que se ría, si á mano viene, y tenga labia para hablar de
cosas sabias con mucho aquél, metiéndolas por los ojos y por el corazón.
Quedéme asombrado de ver cómo una mujer sin lecturas había comprendido
tan admirablemente el gran problema de la educación. Encantado de su
charla, yo no le decía nada, y sólo le indicaba mi aquiescencia con
expresivas cabezadas, cerrando un poquito los ojos, hábito que he
adquirido en clase cuando un alumno me contesta bien.
--Mi hijo--añadió la carnicera,--tiene y tendrá siempre con qué vivir.
Aunque me esté mal el decirlo, yo soy rica. Las cosas claras; soy de
tierra de Ciudad-Rodrigo. Por eso quiero que aprenda también á ser
económico, arregladito, sin ser cicatero. No tengo á deshonra el pasar
mi vida detrás de una tabla de carne ¡Virgen! Pero no me gusta, amigo
Manso, que mi hijo sea carnicero, ni tratante en ganados, ni nada que
se roce con el cuerno, la cerda y la tripa. Tampoco me satisface que
sea un vago, un pillastre, un cabeza vacía, uno de estos que después
de salir de la Universidad no saben ni persignarse. Yo quiero que sepa
todo lo que debe saber un caballero que vive de sus rentas; yo quiero
que no abra un palmo de boca cuando delante de él se hable de cosas
de fundamento... Y véase por dónde me han deparado Dios y la Virgen
del Carmen el profesor que necesito para mi pimpollo. Ese maestro, ese
sabio, ese padrote, es usted, Sr. D. Máximo... No, no se haga usted el
chiquitito ni me ponga los ojos en blanco... Para que todo venga bien,
mi Manolo tiene por usted unas simpatías... Como se ponga á hablar
de nuestro vecino, no acaba. Y yo le digo: «pues haz por parecerte á
él, hombre, aunque no sea más que de lejos...» Ayer le dije: «Te voy
á poner á estudiar tres ó cuatro horas todos los días en casa del
amigo Manso,» y se puso más contento... Le tengo matriculado en la
Universidad; pero de cada ocho días, me falta siete á clase. Dice que
le aburren los profesores y que le da sueño la cátedra. En fin, Sr. D.
Máximo, usted me le toma por su cuenta ó perdemos las amistades. En
cuanto á honorarios, usted es quien los ha de fijar... Bendito sea Dios
que le trajo á usted á poner su nido en el tercero de mi casa... Lo
digo, amigo Manso, usted ha bajado del sétimo Cielo...
Mucho me agradó la confianza que en mí ponía la buena señora, y por lo
agradable de la misión, así como por la honra que con ella me hacía,
acepté. Resistíme á tomar honorarios; pero doña Javiera opuso tal
resistencia á mi generosidad, y se enojó tanto, que estuvo á punto de
pegarme, y aun creo que me pegó algo. Todo quedó convenido aquel mismo
día, y desde el siguiente empezaron las lecciones.
IV
Manolito Peña, mi discípulo.
Doña Javiera era... (me molesta el sonsonete, pero no lo puedo evitar)
viuda. El establecimiento había prosperado mucho en manos del difunto,
hombre de gran probidad muy entendido en cuerno y cerda, sagaz
negociante, castellano rancio, buen bebedor, con la pasión de los toros
llevada al delirio. Falleció de un cólico miserere á los cincuenta
años. Cuatro habían pasado desde esta desgracia cuando yo conocí á
doña Javiera, que andaba á la sazón alrededor de los cuarenta; y por
aquellos mismos días los murmullos del barrio la suponían en relaciones
ilícitas con un tal Ponce, que había sido barítono de zarzuela; sujeto
de chispa y de buena figura, pero ya muy marchito; holgazán rematado,
aunque blasonaba de ciertas habilidades mecánicas que para nada
servían, como no fuera para que él se impacientara y se aburrieran los
demás. Todo el santo día lo pasaba este hombre en la casa de mi vecina,
bien haciendo un palacio de cartón para rifarlo, bien construyendo
una jaula tan grande y complicada, que no se acababa nunca. Era un
_retrato_ del Escorial hecho en alambre. Sabía hacer composturas y
tenía máquina de calar, con la que confeccionaba mil fruslerías de
tabla, chapa y marfil, todo enmarañado y de mal gusto, frágil, inútil y
jamás concluido.
Pero dejemos á Ponce y vengamos á mi discípulo. Era Manuel Peña
de índole tan buena y de inteligencia tan despejada, que al punto
comprendí no me costaría gran trabajo quitarle sus malas mañas. Estas
provenían del hervor de la sangre, de la generosidad é instintos
hidalgos del muchacho, del prurito de lo ideal que vigorosamente
aparece en las almas jóvenes; de su temperamento entre nervioso y
sanguíneo; de su admirable salud y buen humor, que le ponían á salvo de
melancolías, y por último, de la vanidad juvenil que en él despertaban
su hermosísima figura y agraciado rostro.
Mi complacencia era igual á la del escultor que recibe un perfecto
trozo del mármol más fino para labrar una estátua. Desde el primer día
conocí que inspiraba á mi discípulo no sólo respeto sino simpatía;
feliz circunstancia, pues no es verdadero maestro el que no se hace
querer de sus alumnos, ni hay enseñanza posible sin la bendita amistad,
que es el mejor conductor de ideas entre hombre y hombre.
Buen cuidado tuve al principio de no hablar á Manuel de estudios
serios, y ni por casualidad le menté ninguna ciencia, ni menos
filosofía, temeroso de que saliera escapado de mi despacho. Hablábamos
de cosas comunes, de lo mismo que á él tanto le gustaba y yo había de
combatir; obliguéle á que se explicase con espontaneidad, mostrándome
las facetas todas de su pensamiento; y yo al mismo tiempo, dando á
aquellos asuntos su verdadero valor, procuraba presentarle el aspecto
serio y trascendente que tienen todas las cosas humanas, por frívolas
que parezcan.
De esta suerte las horas corrían, y á veces pasaba Manuel en mi casa
la mayor parte del día. De las determinaciones de su espíritu me
parecieron más débiles el concepto y la volición. En cambio noté que en
la cooperación armónica de sus variadas actividades fundamentales, se
determinaba con gran brío su espíritu como sentimiento, y eché de ver
las ventajas que yo podía obtener cultivando aquella determinación en
el terreno estético. Excelente plan. Sin vacilar ataqué por la brecha
del arte la plaza de su ignorancia, seguro de que me facilitaría la
entrada la imaginación, siempre traicionera y mal avenida con las
penalidades de un largo asedio.
Principié mi obra por los poetas. ¡Lástima grande que el chico no
supiera ni jota de latín, privándome de darle á conocer los tesoros
de la poesía antigua! Confinados en nuestra lengua, la emprendimos
con el Parnaso español tan afortunadamente, que mi discípulo hallaba
en nuestras conferencias vivísimo deleite. Yo le veía palidecer,
inflamarse, reflejando en su cara la tristeza ó el entusiasmo, según
que leíamos y comentábamos este ó el otro lírico, Fray Luis de León,
San Juan de la Cruz, ó el enfático y ruidosísimo señor de Herrera.
Pocas indicaciones me bastaban al principio para hacerle comprender lo
bueno, y bien pronto se adelantaba él á mi crítica con pasmoso acierto.
Era artista, sentía ardientemente la belleza, y aun sabía apreciar los
primores del estilo, á pesar de hallarse desposeido en absoluto de
conocimientos gramaticales.
Más tarde estudiamos los poetas contemporáneos, y en poco tiempo se
familiarizó con ellos. Su memoria era felicísima, y á lo mejor le
sorprendía recitando con admirable sentido trozos de poemas modernos,
de leyendas famosas y de composiciones ligeras ó graves. Razón había
para esperar que mi discípulo, que de tal modo se identificaba con la
poesía, fuera también poeta. Cierto día me trajo con gran misterio
unas quintillas; las leí, pero me parecieron tan malas, que le ordené
no volviese á tutear á las Musas en todos los días de su vida, y que
se mantuviera con ellas en aquel buen término de respeto y cariño que
imposibilita la familiaridad. Le convencí de que no era de la familia,
de que son cosas muy distintas sentir la belleza y expresarla, y él,
sin ofensa de su amor propio, me prometió no volver á ocuparse de otros
versos que de los ajenos.
Al comenzar nuestras conferencias me confesó ingenuamente que el
_Quijote_ le aburría; pero cuando dimos en él, después de bien
estudiados los poetas; hallaba tal encanto en su lectura, que algunas
veces le corrían las lágrimas de tanto reir, otras se compadecía del
héroe con tanta vehemencia, que casi lloraba de pena y lástima. Decíame
que por las noches se dormía pensando en los sublimes atrevimientos
y amargas desdichas del gran caballero, y que al despertar por las
mañanas le venían ideas de imitarle, saliendo por ahí con un plato en
la cabeza. Era que, por privilegio de su noble alma, había penetrado el
profundo sentido del libro en que con más perfección están expresadas
las grandezas y las debilidades del corazón humano.
Uno de los principales fines de mis lecciones debía ser enseñar á
Manuel á expresarse por medio del lenguaje escrito, porque si en
la conversación se producía bien y con soltura, escribiendo era
una calamidad. Sus cartas daban risa. Usaba los giros más raros y
la sintaxis más endiablada que puede imaginarse, y la pobreza de
vocablos corría parejas en él con la carencia de criterio ortográfico.
Conociendo que la teoría gramatical no le serviría de nada sin la
práctica, combiné los dos sistemas, obligándole á copiar trozos
escogidos, no de los antiguos, cuya imitación es nociva, sino de los
modernos, como Jovellanos, Moratín, Mesonero, Larra y otros.
Y en tanto, para completar el estudio de la mañana, salíamos á pasear
por las tardes, ejercitándonos de cuerpo y alma, porque á un tiempo
caminábamos y aprendíamos. Esta es la eficaz enseñanza deambulatoria,
que debiera llamarse _peripatética_, no por lo que tenga de
aristotélica, sino de paseante. De todo hablábamos, de lo que veíamos
y de lo que se nos ocurría. Los domingos íbamos al Museo del Prado, y
allí nos extasiábamos viendo tanta maravilla. Al principio notaba yo
cierto aturdimiento en la manera de apreciar de mi discípulo. Pero muy
pronto su juicio adquirió pasmosa claridad, y el gusto de las artes
plásticas se desarrolló potente en él como se había desarrollado el de
los poetas. Me decía: «antes había venido yo muchas veces al Museo;
pero no lo había visto hasta ahora.»
Yo gustaba de enseñarle todo prácticamente usando ejemplos siempre que
no tenía á mi disposición la realidad viva, esa consumada doctora que
tiene por cátedra el mundo y por libros sus infinitos fenómenos. En la
esfera moral, la experiencia ha hecho más adeptos que los sermones, y
la desgracia más cristianos que el catecismo. Si quería imbuirle algún
principio artístico, procuraba hacerlo delante de una obra de arte.
En lo moral, empleaba apólogos y parábolas y hasta demostraciones
materiales, y los fenómenos del orden físico los explicaba, siempre que
podía, delante del fenómeno mismo. Esta era la parte más débil de mi
pedagogia, porque, no poseyendo sino lo rudimentario, mis enseñanzas
se concretaban á los hechos meteorológicos, y á trazar de ligero, como
quien corre sobre ascuas, la monografía del rayo, de la lluvia, de la
nieve, con un poquito de arco iris y algunos pases de auroras boreales.
No me gustaba mucho meterme en estas averiguaciones.
Yo era feliz con esta vida, y veía con gozo aumentar el afecto que me
tenía mi discípulo. ¡Qué grandes victorias había alcanzado yo sobre
sus voluntariedades, sobre las rebeldías y asperezas de su caracter!
Pero de esto hablaré más adelante. Ahora, para que no se crea que en mi
vida todo era rosas, voy á hablar de algunas molestias y sinsabores,
dando la preferencia á una persona, á un cínife que frecuentemente
interrumpía la paz de mis estudios con sus visitas, y chupaba la
sangre acuñada de mis bolsillos, después de zumbarme y marearme con
insufrible charla y aguda trompetilla. Me refiero á la infeliz señora
de García Grande, unida siempre en mi memoria al tierno recuerdo de mi
madre, que inspirada de su inagotable bondad, me dejó este legado, este
censo, esta fastidiosa carga, contribución de sangre, dinero, tiempo y
paciencia.
V
¿Quién podrá pintar á doña Cándida?
Nadie, absolutamente nadie. Pero como _el intentarlo sólo es heroismo_,
voy á ser héroe de esta empresa pictórica, que estaba guardada para mí
desde que el tal cínife describió su primera curva graciosa en el aire
y halagó la humana oreja con el _do_ sobre-agudo de su trompetilla.
Doña Cándida era viuda de García Grande, personaje que desempeñó
segundos ó terceros papeles en el período político llamado de la
Unión liberal. Era de estos que no fatigan á la posteridad ni á la
fama, y que al morirse reciben el frío homenaje de los periódicos del
partido y son llamados _probos_, _activos_, _celosos_, _concienzudos_,
_inteligentes_ ó cosa tal. García Grande había sido hombre de
negocios, de estos que tienen una mano en la política menuda y otra
en los negocios gordos, un _bifronte_ de esta raza inextinguible y
fecundísima, que se reproduce y se cría en los grandes sedimentos
fungulares del Congreso y la Bolsa; hombre sin ideas, pero dotado de
buenas formas, que suplen á aquéllas; apetitoso de riquezas fáciles;
un sargentuelo de pandilla de esas que se forman con las subdivisiones
parlamentarias; una nulidad barnizada, agiotista sin genio, orador
sin estilo y político sin tacto, que no informaba sino decoraba las
situaciones; una sustancia antropomórfica, que bajo la acción de la
política apareció cristalizada de distintas maneras, ya como gobernador
de provincia, ya como administrador de patronatos, ahora de director
general, después de gerente de un desbancado Banco ó de un ferrocarril
sin carriles.