desvío. Antes era cada vez para mí más entrañablemente afectuosa. Por
gratitud, por deber y por natural inclinación Lucía me amaba.
Modelo de cristiana humildad para con Dios, Lucía era tan orgullosa o
más orgullosa que yo en sus relaciones con el prójimo, salvo que mi
vileza primitiva había cortado las alas de mi orgullo y su orgullo tenía
alas, aunque estaba herido por mi culpa y por mi vergüenza.
Una tristeza dulce y al parecer sin causa se pintaba en su rostro desde
que salió del convento. La llevé a paseos y tertulias, la vestí y la
adorné con los más elegantes trajes de moda, y procuré distraerla y
alegrarla, pero todo fue en balde. Ella me confesó al cabo que tenía la
más decidida vocación de abandonar el mundo y de entrar en el claustro.
Inútiles fueron todas mis amonestaciones en contra; inútil la pintura
que reiteradamente le hice de un porvenir brillante, honrado y tan
dichoso y tan digno cuanto en este bajo mundo es posible. ¿Por qué no
había ella de inspirar a un hombre y de sentir por un hombre que la
mereciese el único y persistente amor que al pie de los altares se
purifica y que un sacramento religioso ennoblece y ensalza?
Todo por mi parte fue empeño vano. Lucía persistió en no ser esposa sino
de Cristo, y fue tan resuelto su propósito que no pude atajar los
primeros pasos que quiso dar para lograrle, y, harto a despecho mío,
hube de consentir en que se volviese al convento.
* * * * *
Sobre lo que tengo que contarte ahora, voy a pasar con rapidez como
sobre ascuas. Aun así me quemará la sangre el recordarlo.
Por amor, por devoción a mi hija, concebí un proyecto tan sentimental
como descabellado. A fin de realizarle me expuse a la más dura de las
humillaciones.
Mi efímero amante, el joven Secretario de la Legación inglesa en Río de
Janeiro, no era ya Master John, era _Sir_ John. Se había transformado en
un señor respetabilísimo de cuyas circunstancias había yo tomado exactos
informes. Era un personaje rico, notable e influyente en la política de
su patria.
Bien podía afirmarse que dominaba fuera de su casa y que dentro de ella
estaba dominado. Trece años hacía que había contraído matrimonio con una
noble _Lady_, bella, muy aristocrática y tan dotada de virtudes como de
soberbia. Juan Maury tenía de esta mujer tres hijos legítimos; y, según
me contaron, si a ellos los amaba como padre, a ella la obedecía y la
acataba como rendido adorador a una diosa.
Allá en mis adentros, allá en lo más hondo y oculto de mi corazón, aún
descubría yo rastros del verdadero amor que, por única vez en mi vida y
evocado por Juan Maury, había pasado por mi alma, tocándola con sus alas
e iluminándola toda. Juan Maury nunca lo supo, ni lo presumió siquiera.
Durante el corto tiempo que me poseyó me tuvo por una mujer galante: muy
agradable, muy divertida, y nada más. Para él aquellos nuestros amores
no fueron más que amoríos.
¿Cómo pues me atreví a considerar posible que Juan Maury, dieciocho o
diecinueve años después, había de llegar a saber que había tenido de mí
una hija y había de estar tan seguro de ello que se allanase a
reconocerla?
Sin embargo, fue tan grande mi deseo de que mi hija supiese quién era su
padre y de que él declarase que lo era, que yo vencí mi repugnancia,
humillé mi soberbia y acudí a Juan Maury con mi pretensión. Le escribí
varias cartas a las que no se dignó contestar, y yo sufrí y devoré su
desprecio. Apelé entonces al confesor de mi hija, le puse en el secreto
de todo y le di la comisión de ir a Inglaterra, de buscar a Juan Maury,
de hablar con él, de reiterarle mi pretensión y de exponerle mis planes.
Mi hija era suya, y yo lo juraba por lo más sagrado. No necesitaba de la
hacienda de él. Yo era bastante rica y estaba dispuesta a dar desde
luego más de la mitad de la mía y el resto a mi muerte. Yo me conformaba
asimismo con renegar de mi maternidad o con ocultarla, para que Juan
Maury buscase y fingiese, para su hija, al reconocerla por tal, más
decorosa madre que yo, y no casada sino soltera. Yo me comprometía, si
era necesario, a no volver a ver a mi hija para no contaminarla con mi
contacto. A ella, si Juan Maury no quería tenerla en su casa, la podría
tener bajo la custodia y autoridad de una ilustre y anciana parienta
suya, viuda y sin hijos, y de quien sabía yo que le amaba en extremo. De
la virtud, de la limpieza y santidad de costumbres y del recato de Lucía
fácil era que pudiese informarse Juan Maury. De su hermosura, de su
distinción y de su talento, él mismo podía juzgar, viniendo a visitarla
en el convento en que ella estaba. Tal vez (en mi concepto casi de
seguro) notaría él viéndola, por los rasgos de su fisonomía y por todo
su aspecto, que era ella de su casta y de su sangre. ¿Qué recelo, qué
temor podía impedir a Juan Maury confesar a su mujer una culpa suya
cometida cuatro o cinco años antes de su casamiento, e impetrar su
beneplácito para expiar en parte dicha culpa reconociendo por hija y
dando su nombre a la que de la culpa había nacido? Ni los bienes de
fortuna de Juan Maury sufrirían con esto menoscabo, porque Lucía era
rica de por sí y nunca le sería gravosa.
Pero Juan Maury era más egoísta de lo que yo había imaginado. Era además
tan gurrumino que tenía más miedo de su mujer que de una espada desnuda;
y _Lady_ Maury era quizás la más severa, la más entonada, la más en sus
puntos y la más enemiga de lo escandaloso e incorrecto de cuantas
_Ladies_ vestían y calzaban a la sazón en todo el Reino Unido de la Gran
Bretaña.
Por otra parte, yo soy muy imparcial, y cuando hay disculpa, la hallo
aunque sea contra mí. Mi pretensión pecaba de extemporánea, era harto
sospechosa y carecía de documentos fehacientes en que fundarse.
Mi orgullo maternal y mi altivo menosprecio de las consideraciones y
respetos sociales, en época en que estaba yo más sobre mí y muy
engreída, me habían inducido a ser imprevisora y a no desear ni buscar
con oportunidad mayor el reconocimiento de mi hija por quien
evidentemente era su padre.
Mi empeño fue ya tardío. A fuerza de gestiones mi embajador clérigo
consiguió ver en secreto a Juan Maury y exponerle el objeto de su
embajada; pero Juan Maury, lleno de desconfianza, le despidió sin
hacerle caso.
Todavía, con humillante terquedad, persistí yo en mis ruegos y escribí
varias cartas a mi antiguo y descastado amante. El único resultado que
obtuve fue infundir en su ánimo un miserable terror de que su _Lady_
sorprendiese mi correspondencia a medias y pusiese el grito en el cielo.
Para salvarse de tamaña calamidad, Juan Maury me envió como mensajero a
un hombre de negocios de toda su confianza, quien, más que a convenir en
nada, vino a imponerme silencio. Aunque era inglés y no hablaba la
lengua francesa muy de corrido, yo no he visto ni oído nunca a nadie más
fresco, circunspecto y reposado en su hablar, ni que acertase a decir
mayores crudezas y enormidades, sin descomponerse y sin manifestar en la
forma y combinación de sus palabras nada de _shocking_ ni de feo.
Traducido lo que me dijo en rudas frases era como sigue: que si Juan
Maury, que había sido guapo y muy querido de las damas, tuviese que
aceptar un hijo por cada uno de los extravíos o ligerezas de su primera
juventud, se expondría a poder formar un batallón con su prole; que sus
relaciones conmigo habían sido de lo más ligeras, sin compromiso
ninguno, y de duración muy corta; y que él no tenía ningún motivo
justificado para afirmar con pleno convencimiento que durante dichas
relaciones había sido el único, porque entonces había también un marido
legítimo, y había además dos rivales que con grave escándalo y por celos
riñeron en desafío, resultando muerto uno de ellos. En suma, el
mensajero inglés me amonestó para que abandonase mi empeño absurdo, del
cual sólo podría originarse la perturbación de la paz doméstica en el
seno de una honrada y nobilísima familia.
No he de negarte aquí que el discurso de aquel mensajero inglés me
revolvió ferozmente la bilis: estuvo a punto de restaurar en mí las
bizarrías de mis verdes años y mis arrestos de chula. En mis manos,
cuidadas ahora con el esmero de las manos de una princesa, sentí bullir
la comezón y el prurito de hartar a aquel inglés de bofetadas y de
arañazos. Pero su corrección, su calma y su serenidad impasible me
contuvieron y lo aguanté todo. Lo que sí hice fue derribar con ira y
hasta con asco el ídolo de Juan Maury del altar que misteriosamente le
había yo erigido en el templo de mis recuerdos. Y aunque mis manos
permanecieron ociosas e inertes, no le sucedió lo mismo a mi lengua. La
esgrimí como puñal buido. Si no calenté bien con mis manos la cara del
inglés, con la lengua le calenté las orejas. En contestación de lo que
él insinuó acerca del nombre ilustre que anhelaba yo dar a mi hija,
llegué a decir al inglés que ya prefería yo hacerla hija de un zapatero
remendón a que fuese hija de su amo. En suma, yo me desahogué de veras y
despedí al inglés con cajas destempladas.
Para siempre deseché la esperanza y abandoné el propósito de que mi hija
tuviera padre en la tierra. Casi creí juiciosa la idea extravagante del
sansimoniano Padre Enfantín de no conceder sino madres a los seres
humanos y de suponerles un padre ideal para que imitasen mejor a Cristo.
No era Lucía de este parecer. No poco traslució de los pasos que había
yo dado y del mal éxito que habían tenido. Su amargura hubo de ser
grande. La opinión que de mí tenía hubo también de malearse mucho. No
dejó por eso de mostrarme sino que extremó más que antes su cariño y su
respeto hacia mí; pero cada día ponderó más lo decidido y lo invencible
de su vocación.
En balde fueron mis razonamientos y mis súplicas para que Lucía
desistiera. Al fin tuve que ceder y que consentir.
Hace ya más de un año que Lucía tomó el velo y se encerró para siempre
en el claustro.
Nada diría yo si creyese su determinación enteramente nacida de fervor
religioso; pero yo me atormentaba y aún me atormento sospechando que la
desesperada soberbia de mi hija y la lucha interior entre el respetuoso
cariño que me tenía y me debía y el pésimo concepto que de mí formaba,
la habían llevado a sacrificarse.
Aun así la grandeza del sacrificio la ennoblecía a mis ojos. Por orgullo
había desdeñado la riqueza, las galas, los deleites y los triunfos que a
pesar de la impureza de su origen, hubiera ella podido lograr en el
mundo.
Sin embargo, yo cavilo mucho y de vez en cuando hago suposiciones y
consideraciones que rebajan el mérito de Lucía y con las cuales también
me culpo y miro mi desgracia como natural resultado de mi imprudente
necedad. Me comparo entonces a cierto aprendiz de mago de una antigua
leyenda, que se propuso evocar y llamar a sí a un ser etéreo, a una
sílfide, a una diosa beatificante, y equivocó las fórmulas, los
procedimientos y los conjuros, y suscitó un vestiglo que cayó sobre él,
le derribó por tierra y le pisoteó el cuerpo y el alma.
Mi propensión a reír y a burlar, aunque sea a costa mía, me induce en
ocasiones a ver este asunto por el lado cómico, pero no sazono el acerbo
chiste con sal y pimienta, sino con hiel y vinagre. La cualidad de
_snob_, me digo, puede encumbrarse a un grado heroico. Para probarlo
acude a mi memoria lo que ocurrió a mis amigas la señora y las señoritas
de Pinto. Vinieron a París, desde la provincia brasílica de Minas
Geraes, tres sobrinos de la madre, primos hermanos de las hijas. Se
habían enriquecido cultivando una magnífica _fazenda_, pero eran
ordinarios y medio salvajes y chapurreaban el francés por detestable
estilo. Llevaban, además, en el rostro el indeleble signo de su plebeyo
e híbrido origen. Estaba patente en ellos la mezcla de la sangre europea
con la del _caboclo_ y aun con la del negro. No puedes figurarte la
consternación que produjo en las de Pinto la llegada de estos señores.
Para colmo de horror acertaron ellos a presentarse en casa de las de
Pinto una tarde en que dichas señoras tenían un _five o'clock tea_, más
subido de punto que nunca por lo aristocrático. Allí estaban el Barón de
Castell-Bourdac, quien casi o sin casi es del _Faubourg_; dos príncipes
rusos, descendiente uno de Gengiskan y otro de un compañero de Rurik;
tres marqueses italianos; y una condesa polaca, de la clarísima estirpe
de los Jaguelones. También estaba yo, aunque plebeya, considerada como
muy elegante. ¿Qué hubiera sido del crédito de las de Pinto si llegan a
entrar en la sala aquellos salvajes, tuteándolas y abrazándolas como a
primas? Por fortuna ellas acudieron a tiempo de evitar la catástrofe.
Los Pintos exóticos fueron introducidos y enchiquerados en un salón
vacío. ¡Pero cuánto sobresalto, cuánta angustia, divinos cielos!
Aquellas señoras iban y venían por turno de un salón a otro para dar
conversación a los inoportunos y descomunales parientes. A mí no
pudieron menos de ponerme en el secreto y también me enviaron con
disimulo a darles un poco de conversación.
En suma, para qué cansarte: las angustias y los apuros de las señoras de
Pinto fueron inefables e innumerables durante cerca de dos meses que
permanecieron sus parientes en la capital de Francia. Por dicha se
marearon estos de oír tanto ruido como hay en estas calles de París, de
estropear la lengua de Voltaire y de que nadie les hiciera caso sino los
que les sacaban el dinero. Se largaron, pues, no sé dónde, y las de
Pinto respiraron. Segura estoy de que si no llegan a irse, atribuladas y
compungidas las de Pinto por una perpetua y abominable obsesión, las
tres abandonan el mundo y se meten monjas.
Valiéndome del recuerdo de este lance como término de comparación,
pugnaba yo por achicar en mi pensamiento la mística heroicidad y el
desprendimiento de Lucía; pero mi obstinado amor hacia ella y mi juicio
favorable a sus nobles prendas la amparaban contra la ridiculez que mi
despecho quería lanzar sobre ella. Sólo conseguía yo mortificarme más y
desesperarme.
A pesar de lo apacible y alegre de mi carácter durante toda mi vida,
empecé a sentir entonces, con enojosa persistencia, odio y desprecio
hacia mí misma y hacia la gente que me rodeaba y miedo de verme tan
sola, sin haber obtenido nunca sino fugaces amistades y sin contar con
persona alguna en quien poner mi confianza y mi profundo y verdadero
afecto. Apenas tenía yo más amigos que el Barón; y yo no desconocía, por
más que estimase su fidelidad perruna y su devoción hacia mí, cuánto
había de cómico en todo ello. Las ganas de morir asediaron mi espíritu
con la contemplación de tales miserias.
* * * * *
Para distraer mis penas, para aturdirme, me lancé entonces al mundo con
mayor ímpetu y frenesí que nunca. Te confieso que llegué a sentir
veleidades de conquistar cierta extraña clase de nombradía; de echar mi
modestia a un lado y de obtener palma y corona en el certamen de la
hermosura. No fue el sentido moral quien detuvo mis arranques e impidió
que cayese yo en aquel precipicio: fue mi soberano desdén hacia el
juicio y la estimación de los hombres. Parodiando en mi pensamiento una
sentencia evangélica, me decía yo que para cebar a los cerdos bastan
afrecho y bellotas, y que es lástima arrojar perlas en la pocilga.
Con todo, otro sentir menos soberbio y de purificante delicadeza agitó
por entonces mi pecho. Imaginé posible todavía, cuando no el amor
verdadero, fiel, único y sin mancha que pudiese unir mi ser con el de un
hombre, un apacible y amoroso afecto que, sin poseer ya la vehemencia
del amor juvenil, tuviese su limpieza, su persistente duración y su
fidelidad exclusiva. ¿Pero dónde hallar este amigo, este amante, este
esposo con quien yo aún atrevidamente soñaba? ¿Cómo podría yo
desprenderme de lo pasado para ser digna de ser suya? Y si de lo pasado
no me desprendía, ¿cómo enredarle en mi imaginado lazo sin rebajarle
hasta mi nivel y sin hundirle en la abyección en que yo estaba?
Mis alambicados pensamientos y el ensueño ideal que repentinamente,
tarde y fuera de sazón, movían y embriagaban mi alma, la llenaban de
desesperanza y de anhelo de muerte, aunque yo seguía hallando hermoso el
mundo, y rico en encantos, en curiosos misterios y en amena variedad de
casos el espléndido tejido de la vida humana.
* * * * *
Deseo hacerte comprender las vacilaciones de mi espíritu, y de qué
suerte, con incesantes alternativas, paso de la tranquilidad apacible al
dolor desesperado. Nunca engañé, ni ofendí, ni robé, ni herí a nadie. En
nada de esto pequé ni tengo de qué arrepentirme. En ocasiones, la fe
perdida renace en mí. Recuerdo y reconozco como mortales muchos pecados
míos, pero confiando en la infinita misericordia de Dios, creo que me
los perdona. Siento la contrición y yo misma me absuelvo. El
remordimiento ya no me atosiga, pero hay un sentir poco cristiano, hay
en mi ser un cruelísimo orgullo, que, más que todo remordimiento,
atormenta y mata. La humillación y la vileza de mis primeros años se
representan en mi memoria y me cubren de oprobio. No hay penitencia, ni
conjuro, ni sacramento, ni palabra mágica, diabólica o divina, que borre
ciertas manchas indelebles. La vergüenza que inspiro a mi hija se vuelve
contra mí. La misma consideración de mi riqueza, de mi material
bienestar, de mi salud y de mi elegancia, se contrapone al estado de mi
espíritu y me impulsa a contemplarle con mayor espanto y repugnancia. Mi
cuerpo está sano y hermoso, pero mi alma, cuando caen los recuerdos
sobre ella, está como Job en el muladar. Imposible apartar de ella y
raer la ponzoña de sus úlceras, a no despojarla de una de sus
principales potencias, a no privarla para siempre de la memoria.
* * * * *
Tal era el estado de mi alma cuando, después de tanto tiempo, volví a
verte en casa de las de Pinto. Te lo digo sin lisonja: me pareciste muy
bien. Tu presencia y tu conversación me confirmaron en la idea que he
tenido siempre de que el hombre de naturaleza sana y robusta, si el
vicio no le deprava, va creciendo en valer y como completándose hasta
llegar a la edad de cincuenta años, que es sobre poco más o menos la que
tú debes de tener ahora. Hay en su aspecto, en su ademán y en todo él
una majestad y un brío reposado que están muy por cima de la
intranquilidad y de la petulante inconsistencia de la primera juventud.
En fin, ¿para qué buscar aquí los motivos? Bástete saber que te encontré
muy de mi gusto, y que aquella noche volví a casa harto imaginativa y
soñadora.
Después, a solas conmigo, se apacentó mi espíritu en los lejanos
recuerdos que desde Lisboa guardaba yo de ti, profundamente sepultados,
bajo otra multitud de recuerdos, allá en los abismos de mi memoria. Y no
contenta yo con exhumar recuerdos tan distantes, me complací en
combinarlos, empleando para ello un arte sibarítica, con las recientes
impresiones que de ti había recibido. Entonces los traviesos y
regocijados amores que en mi seno dormían se despertaron en tumulto y se
pusieron a tocar diana, como si saliese para ellos la aurora de un nuevo
día, con cuyo anuncio querían levantar y alborozar mis sentidos y
potencias.
En mi pensamiento ya no podía yo estar más rendida ni ser de nuevo más
tuya. Pensé o imaginé, no obstante, multitud de cosas que vinieron a
complicar aquel sentir sencillo y alegre. Anhelaba yo y buscaba desde
hacía tiempo formar o estrechar vínculos de amistad con alguien que me
comprendiese y en quien yo pudiese poner toda mi confianza y desahogar
mi pecho. También para este oficio te elegí en seguida, e impaciente y
deseosa de que le ejercieras, empecé aquella misma noche a escribir
estas _confidencias_ que pronto leerás.
Al mismo tiempo, brotó en mi mente otra aspiración, otro propósito,
apenas hasta entonces concebido por mí, que mucho me turbaba y me
inquietaba. No aspiré ya al logro de fugaces deleites. Forjé un raro y
para mí inverosímil cuento de amores; la unión apacible y duradera de
dos voluntades humanas; algo de muy semejante a la historia de Filemón y
Baucis.
Por desgracia, la concepción de este último propósito cayó con violencia
sobre los propósitos anteriores, y pugnó por desbaratarlos.
No; aunque tú lo quisieras, aunque movido tú por amor vehementísimo, que
yo con todas las energías de mi alma lograse inspirarte, te humillaras
hasta el extremo de convertir el rápido capricho y el pasajero enlace en
persistente unión, y aunque te complacieras en ser mi constante y único
compañero y en consagrarme tu vida, yo no podría ni debería aceptar el
sacrificio, y aunque lo aceptara, no se conseguiría mi objeto. Al
hacerte tú mío, completamente y para siempre mío, perderías el valer, el
encanto y el mérito que me lleva a desearte como mío para siempre.
Harto comprenderás por lo que te indico los encontrados anhelos que
combaten dentro de mi alma. No has de extrañar, pues, que en medio de
esta lucha, brote de lo hondo y como de la raíz de mi existencia, en mí
que amo tanto el mundo y la vida, la imagen de la muerte, rica de
hermosura y de poderosos atractivos, y trayendo en su mano paz y reposo.
A menudo, independientemente del renovado y repentino afecto que me
inspiras y de las otras consideraciones que dejo expuestas, me aflijo y
me mortifico haciendo lamentables pronósticos. Yo, según has podido
entrever y pronto es probable que veas, he empleado tal fuerza de
voluntad y me he esmerado con tal sabiduría en cuidarme, que si mis ojos
y el amor propio no me engañan, estoy como el sol que culmina en el
meridiano; estoy, como nunca, lozana y bella. Pero esto mismo aumenta mi
terror de una pronta caída. Me espanta descender con precipitación del
único pedestal que me sostiene. ¿Qué será de mí cuando sea yo vieja y
fea? ¿Qué me quedará de respetable y de digno y de simpático cuando
vengan la vejez y las enfermedades y poco a poco me vayan destruyendo y
matando? Hasta la distinción, hasta la traza de mujer elegante y hasta
el señorío majestuoso que muchas personas hallan hoy y celebran en mí,
todo me abandonará para siempre. Ya lo he notado yo con espanto en no
pocas mujeres de mi laya que han envejecido. Su aristocrática distinción
era formal y somera; no procedía de lo íntimo y de lo esencial, sino de
la forma exterior y de los atavíos que la engalanaban. Para mujeres
tales, la vejez no llega sola, sino que viene acompañada de la vileza y
de la ruindad en que nacieron y en que vivieron hasta envolverse en el
alucinador artificio de que al fin la vejez las desnuda. Pensando en
todo esto me amedrenta la vejez, de tal suerte, que deseo morir antes.
* * * * *
Vas a tenerme por presa de un delirio. No importa. Es menester que lo
sepas, y te lo contaré todo. Se acerca el día en que has de venir a esta
casa; en que he de cumplirte lo ofrecido. A menudo lo deseo, más todavía
que puedes tú desearlo. Y sin condición, sin promesa, sin seguridad de
que dure mi dicha, me propongo gozar de ella con tan reconcentrada
intensidad, que encierre y cifre yo siglos y siglos en pocas horas.
Y con todo, aquí no puedo menos de hacerte la confesión que me
apesadumbra por el temor de que te lastime.
Tienes un rival que se interpone entre tú y yo, y quiere y manda que yo
no te cumpla lo ofrecido. Pretende guardarme para sí; que a ti te
desdeñe y que sea yo para él solo. De subidísimo precio son las joyas y
dones con que él me brinda y trata de ganarme la voluntad. Con un beso
suyo se jacta de infiltrar en mis venas llama sutil que las purifique.
Su abrazo será para mí como crisol candente en que mi ser se funda, y en
que el metal de que está forjado deseche las escorias y salga limpio
como el oro. Así seré digna de él, y él me hará suya para siempre. El
entregarme a él con rendido y confiado abandono será la efusión de todo
mi ser en lo infinito. Él me traerá completa hartura para mis anhelos de
deleite, bálsamo para mis dolores, y eterno olvido para todas mis penas.
Cuando pose él su mano sobre mi frente, borrará de allí el signo o la
mancha que me desdora. En su regazo me dormiré en largo sueño que
disipará y ahuyentará de mí para siempre todos los recuerdos vergonzosos
de cuantas vilezas y ruindades me atormentan hoy. Prodigiosa es la
hermosura de este rival que me solicita en tu daño. Su poder es inmenso.
Imaginan las gentes que el Amor y la Muerte son hermanos. Yo me inclino
ya a creer que el Genio de la muerte es el amor mismo. Morir es el
supremo acto de amor que puede hacer toda criatura. La que se rinde y
entrega enamorada a otra criatura mortal como ella, da su vida y su ser,
pero limitadamente, con egoísmo, con abnegación fugitiva, recobrándose
pronto y casi sin perderse ni por un instante. Pero el consorcio con el
Genio de la muerte, que es el mismo amor, es eterno e indisoluble.