y lo lleva todo, se diluye por la amplitud inmensa del éter y se
prolonga en lo pasado y en lo venidero por el tiempo sin término que con
la eternidad se confunde.
Ya ves tú cuán seductor es el rival que tienes, rival que me persigue y
a quien no quisiera yo dar los miserables restos de que la cansada vejez
no me despoje; divinidad en cuyas aras no quisiera yo hacer ruin
libación, vertiendo las heces del cáliz de mi vida, sino derramarle
allí, generosa y hasta pródiga, cuando aún está lleno hasta la orla del
filtro ardiente de pasiones y anhelos.
* * * * *
Es más de media noche. Ha empezado el día de mi cumpleaños. Hoy vendrás
a verme y yo debo recibirte.
El empeño contra ti de tu rival prosigue con ímpetu. Mi egoísta amor de
la vida, el terror que infunden lo desconocido, lo inmenso y lo obscuro
que hay más allá, y todas mis aficiones a los materiales regalos y
dulzuras, luchan en favor tuyo y me encadenan y tratan de retenerme
cautiva para ti. Y por otra parte, mi imposible propósito de amor
verdadero y único en la tierra, de purificación de culpas y de olvido de
afrentas, me arrebata y pugna por echarme en brazos de la muerte. Hoy,
como hace ya muchos años, no repruebo yo ni censuro las obras divinas
que en torno mío resplandecen y cuya imagen se graba en mi alma. Todo,
sin duda, está ordenado, perfecto, hermoso hoy como antes y como
siempre. No exhalo la menor queja. En mí hay admiración y
agradecimiento. La providencia, la fortuna, lo que quiera que sea, me ha
mimado y me ha acariciado en vez de herirme. ¿Qué habrá sido de cuantas
en Cádiz y en Sevilla fueron las compañeras de mi primera mocedad?
Muchas habrán muerto; otras gemirán aún despreciadas y miserables en el
hospital o en la reclusión de las delincuentes o de las arrepentidas, y
otras se revolcarán en el lodo de las más hondas y negras capas
sociales. ¡Cuántas gracias no me incumbe dar al cielo por la excepcional
elevación en que estoy! Nada de protesta por parte mía ni de acusación
contra él. Hasta el resultado de la santa educación que he dado a mi
hija y que me ha valido que ella, sin poderlo remediar, de mí se
avergüence, me parece natural y justo. Si me voy, pues, del haz de la
tierra, no será por ira ni por enojo contra el cielo, será por el ansia
impaciente de buscar y de hallar el amor que en la tierra no hallo.
Años ha que esta sed de amor supremo acude a mi alma y me excita a
buscarle fuera de la vida que hoy vivo. Pero antes había un fuerte lazo
que a esta vida me ligaba, y ahora está desatado. Lucía me abandonó para
unirse con su esposo eterno. ¿Por qué no he de volar yo también a unirme
con mi eterno esposo?
* * * * *
Mil veces antes de ahora han surgido en mi alma pensamientos y deseos de
muerte. En otro tiempo, la fe viva los sofocaba. Hoy, muerta la fe, aún
combate contra esos deseos y contra esos pensamientos mi natural
discurso. Sin duda, me digo, existe una inteligencia soberana, presente
en todo y que todo lo ordena y encamina a fin alto y dichoso. Don suyo
es mi vida. Mi vida, hasta en medio de su vileza y de su
insignificancia, tiene un objeto y concurre al orden natural de las
cosas y al término y al desenlace de todas ellas prescritos en el plan
divino. Despojarme yo de la vida sería rechazar con sacrílega soberbia
el don que el cielo me ha otorgado: sería infringir monstruosamente la
ley eterna y romper el orden natural con la energía de mi voluntad
rebelde. No me disculpa el ansia de llegar al bien supremo. No debo ir a
él violentamente: debo aguardar a que me llame. Soy impura, pero no es
mi sangre, son mis lágrimas las que deben limpiar las impurezas de mi
pecado. Hago mal en temer la vejez, la fealdad y las enfermedades que
han de sobrevenirme. Hago mal en temer el abandono y el aislamiento en
que voy a encontrarme y el desprecio con que me mirarán cuantos seres
humanos me rodeen. De la soledad y del abismo de abyección en que yo
caiga, mi alma podrá levantarse hermosa y feliz si la resignación la
purifica. Así, y no en virtud de un acto de feroz violencia, podré
elevarme hasta lo infinito a que aspiro.
De esta suerte discurro yo por momentos, pero no tardo en burlarme de mi
discurso y en imaginarle nacido de mi cobardía: del mísero egoísmo, del
ruin apego a todo mi ser material, que me hace preferir su pausada
decadencia en medio del desdén y del olvido de mis semejantes a su
desaparición rápida y completa, que me lance de súbito en otro mundo
mejor y perdurable y más amplia vida.
* * * * *
Tiempo ha que adquirí, a costa de mucho oro, la poción libertadora.
Contenida está en este lindísimo pomo que pongo sobre mi bufete. El
sabio que me la vendió aseguraba que, sin dolor ninguno, en medio de un
sueño delicioso, para con suavidad el movimiento del corazón y en las
arterias y en las venas cuaja la sangre. La poción está compuesta de
láudano y del jugo calmante de varias flores y plantas. Tal vez hay en
la poción el refinado zumo de aquella hierba que gustó Glauco y le
convirtió en Dios.
Aún estoy vacilante, pero por momentos creo oír lejana música y voces
suaves que desde una región desconocida y llena de misterios me llaman,
me atraen y promueven en mí embriaguez y furor y apetito de ir a unirme
con ellas.
Adiós. Me pesan los párpados y van a cerrarse mis ojos. Aún persisto en
la indecisión; no sé si beberé del pomo y mis ojos quedarán cerrados
para siempre.
De todos modos, hoy, antes de las diez, recibirás y leerás este libro.
Conclusión
El Vizconde de Goivoformoso le leyó en efecto, sintiendo sucesivamente
dudas, sorpresa, susto e indecible angustia. Tenía por Rafaela cuanta
estimación, cuanta amistad y cuanto cariño puede tener un gentil
caballero por una mujer fácil y alegre, aunque por otra parte de corazón
noble y leal y de muy buena pasta. Esperaba terminar una aventura
amorosa, gratísima, bastante sentimental para que no fuese grosera, y lo
menos trágica y lúgubre de cuantas aventuras puede haber en el mundo.
Así es que el Vizconde pensó, primero, que Rafaela quería embromarle con
todo aquello, aunque la broma era harto pesada. Imaginó luego que
Rafaela se había vuelto loca: que los desdenes místicos de su hija
habían perturbado su razón. Tal vez pensó también que la asidua lectura
de libros malos e impíos había arrancado del alma de Rafaela las
creencias cristianas que fueron su consuelo y la había inducido a tan
horrendas abominaciones. En extremo le pasmó el deseo concebido y
formulado por Rafaela de poner término y corona a la larga serie de sus
livianos amores con un amor puro, fiel y constante. No quiso el Vizconde
perder la esperanza. Aun aceptando como sinceramente sentido todo lo
escrito por Rafaela, notó su indecisión hasta lo último, y se complació
en suponer que el amor de la vida y del mundo había triunfado al fin, y
que Rafaela le aguardaba, viva, lozana y amorosa. Dada esta suposición,
él se prometía quitarle de la cabeza los romanticismos funestos y los
ideales absurdos.
--Dicen--exclamaba atribulado el Vizconde--que nuestro siglo carece de
ideal. Las personas que presumen de poéticas y delicadas deploran mucho
esta carencia. ¿Puede imaginarse mayor majadería? Al contrario: en
nuestro siglo hay plaga de ideales. Son una epidemia, casi estoy por
llamarlos una epizootia, causa de mil infortunios, guerras, revoluciones
y muertes.
Todo esto y mucho más lo discurría el Vizconde, sin sosiego, casi
temblando de emoción, tomando a escape el sombrero, bajando
precipitadamente las escaleras y entrando en el primer _fiacre_ que vio
pasar para que le llevase a todo correr, y mucho antes de la hora
convenida, en casa de la Sra. de Figueredo.
Todavía en el camino, aunque le hizo el caballo a todo correr, pugnó el
Vizconde por fortalecer su espíritu y por creer que lo que había leído
no podía tener mal resultado y era sólo conjunto de burlas o de
declamaciones, inventado por Rafaela para lucirse y hacer gala de las
muchísimas cosas que había aprendido durante su larga estancia en París
y de lo acicalado y agudo que había llegado a ponerse su ingenio.
--Me va a recibir con risa. Va a soltar una sonora carcajada al ver mi
inquietud. Es evidente... ella me ha enviado el libro para que yo acuda
a la cita algunas horas antes... impaciente de verme... deseosa de que
pasemos todo el día en amor y compaña.
Fueron, no obstante, inútiles todos estos discursos del Vizconde. No
consiguió tranquilizarse. Subió de dos en dos los escalones de la casa
de Rafaela, y brincándole aceleradamente el corazón en el pecho, llamó a
la puerta.
El Barón de Castell-Bourdac, que acababa de llegar, fue quien le abrió.
El espanto y el dolor estaban pintados en su cara.
--Rafaela ha muerto, dijo, y lloró como un niño.
Grande fue también la pena y el horror del Vizconde.
_Madame_ Duval y la _mucamba_ estaban en la alcoba de la muerta, y ésta
yacía tendida en la cama, pálida, inmóvil y hermosa. La última sonrisa
plegaba aún suavemente sus labios. Sus ojos estaban cerrados, como si
los tuviese así para ver interiormente con el espíritu prodigios y
visiones de más altas esferas.
* * * * *
Aquella extraña mujer había premeditado el suicidio desde mucho tiempo
antes. Todo lo había dejado bien dispuesto, sin olvidar pormenores.
Lucía quedaba por principal heredera, pero había cuantiosos legados para
varios establecimientos de beneficencia en Andalucía, para _madame_
Duval, la _mucamba_ y los demás criados.
Al Barón, para no ofenderle y segura de que daría a los pobres lo que
ella le dejase y no querría conservándolo pasar por interesado, nada le
dejó sino la autorización de tomar de sus prendas y joyas todo cuanto
quisiese como recuerdo. El Barón se limitó a tomar la sutil cadenita de
oro y la medalla de la Virgen de Araceli, patrona de la ciudad de
Lucena, que en su imaginación creadora le había pertenecido cincuenta
años antes, cuando la hermosa Rafaela fue concebida.
No acierto a ponderar el profundísimo dolor, la tristeza y el asombro
que este trágico suceso produjo en el ánimo de mi buen amigo el Vizconde
de Goivoformoso, que, más bien que como hombre maduro, como apasionado y
vehemente mancebo había esperado y soñado en los regocijos y deleites de
aquel día.
Rafaela, además del testamento, había dejado instrucciones hasta sobre
su entierro y sepultura, que el Barón y el Vizconde religiosamente
cumplieron.
El entierro fue modesto, como la señora de Figueredo lo había
determinado. La enterraron en el cementerio del _Père_ Lachaise. Sobre
la losa se grabó este epitafio que ella misma había escrito:
_Aquí yace Rafaela la generosa, a quien Dios perdone por lo mucho que ha
amado_.
FIN