No estaría bien que yo paso a paso te lo refiriese todo. Baste decir que

pronto noté, en medio de las vivas muestras de cariño que el Barón

quería darme, no sé qué disgusto, no sé qué penoso rubor en su cara.

Creí entender lo que aquello significaba y me apesadumbré por él. En

esto se abrió un poco mi bata y hubo de descubrirse mi garganta: no

mucho más que lo que en un baile o en una recepción de etiqueta se deja

ver al público. El sonrojo y la turbación de mi amigo subieron entonces

de punto. Pero ¡qué imaginación tan poderosa y tan socorrida la suya!

Por dicha llevaba yo, pendiente del cuello en una cadenita de oro muy

sutil, una pequeña medalla de plata, representando la Virgen de Araceli,

patrona de la ciudad de Lucena.

Fijó el Barón la vista en la medalla y la tomó entre sus dedos, para

examinarla mejor.

--¿De dónde procede esta medalla?--preguntó con curiosidad tal, que

parecía embargar su espíritu y distraerle de los otros objetos.

--Es el único recuerdo que conservo de mi madre, contesté yo, como era la

verdad.

--¿Y cómo se llamaba tu madre?

--Pascuala, le dije.

--¡Oh inescrutables designios del cielo!, exclamó el Barón, arrancando de

su pecho un hondo suspiro que se diría que le desahogaba.

--¿Qué pasa?--pregunté yo imaginando que el Barón iba a desmayarse.

--Esa medalla, dijo el Barón, se la di yo a tu madre cuando estuve en

Andalucía hace cuarenta y pico de años. Entonces... fuimos muy amigos...

¿no me comprendes?

Me entró al oír esta pregunta tan feroz gana de reír, que a duras penas

pude contenerme, temerosa de que el Barón se ofendiera.

--¡Ah!, sí, te comprendo, dije al cabo, y di rienda suelta a mi alegría,

riendo ya sin temor.

--¡Hija del alma!--dijo el Barón con tan profundo acento y con tantas

apariencias de estar convencido, que sin duda empezó desde aquel punto a

dar por cierto y por evidente lo que de improviso había imaginado. Ello

es que ambos salimos muy agradablemente de aquel a modo de apuro,

trocándose de súbito nuestra amistad y nuestro conato de amor anacrónico

en el santo y puro afecto de un padre y de una hija.

--¡Padre mío!--dije yo y eché al Barón los brazos al cuello.

Después de esta dulcísima expansión, llamé a _Madame_ Duval para que nos

hiciese compañía. Con el debido sigilo le revelé nuestro parentesco, de

que ella se maravilló y holgó mucho. Luego charlamos los tres a

cántaros. Con lo ameno de la conversación se nos olvidó tomar el té y

llegó la hora de la comida.

La imprevista anagnórisis, como el Barón la llamaba, fue solemnizada con

un exquisito _petit diner fin_ en que se lució mi cocinera, _cordon

bleu_ de primera fuerza, y brindamos los tres a la persistencia del

santo lazo recién descubierto y reanudado, primero con _Chateau Iquem_,

y a los postres con tintilla de Rota, mi casi paisana. No hubo

_champagne_, porque ni el Barón ni yo gustamos de ese vino, con algún

pesar de _Madame_ Duval, que gusta de él más que de nada.

Mi pobrecita hija Lucía, que apenas contaba entonces siete años,

inocente como un ángel, luminosa, bella y serena como el lucero del

alba, fue la cuarta persona que estuvo en la mesa y comió con nosotros.

Con ojos algo espantados y sin comprender nada, se alegró de hallarse

repentinamente con un abuelito, y más aun cuando el Barón, que es bueno

e ingenioso y muy a propósito para divertir a los niños, le contó tres o

cuatro cuentos fantásticos e infantiles, y le hizo varios juegos de

prestidigitación con no escasa maestría.

Admirable es el encadenamiento de las cosas, y cómo de ciertas causas

nacen a veces los efectos más imprevistos. ¿Quién hubiera podido

imaginar que del descubrimiento de mi padre y de su aparición algo

cómica, habían de resultar tan serias modificaciones y hasta cambios en

la dirección de mi vida? Sin embargo, así aconteció. Lo que para salir

de su atolladero inventó de súbito el Barón y yo acepté con risa,

hallándolo disparatadamente gracioso, él y yo lo fuimos tomando más por

lo serio cada día, y por virtud de nuestra voluntad atamos nuestras

almas con lazo tan limpio y tan fuerte como si él fuese en realidad mi

padre y yo su hija.

De esta ficción, que apenas ya me lo parecía, brotó en mi espíritu un

sentimiento jamás experimentado por mí: algo de más fervoroso que la

amistad; algo en que no entraba por nada el vehemente anhelo de los

sentidos y algo que no era tampoco eso que llaman amor platónico y puro.

Este sentimiento llegó a ser más puro y más grave que el amor platónico.

Olvidada yo de que nacía de una mentira, le vi nacer en mí con sorpresa

y deleite, y le cuidé con esmero para que creciese y floreciese.

Yo no niego ni afirmo la existencia de lo que llaman amor platónico;

pero, si existe, hallo en él, mientras vivimos esta vida mortal y

tenemos el alma en el cuerpo, y cuando son los que se aman mujer y

hombre, un no sé qué de incompleto y aun de monstruoso.

No es, en verdad, amor, ni merece tan santo nombre, lo que yo he sentido

y conocido desde la bajeza impura en que nací hasta el día de hoy. Sólo

es amor, cumplido y entero, el que yo columbré remotamente entre los

brazos de Juan Maury, y que por mi indignidad o por mi desgracia no pude

alcanzar nunca.

Del amor cumplido y entero, exclusivo y honrado desistí desde entonces,

considerándole para mí imposible.

El lazo afectuoso que hace años al Barón me une, no es amor ni amistad,

porque es más apretado lazo que el que ata a los amigos, y porque es más

espiritual y cae menos bajo el influjo de los sentidos que el amor más

platónico y más puro.

Yo he leído y aprendido mucho en estos últimos años. Pocos escritos me

han encantado más, como divino ensueño poético, que las últimas áureas

páginas del libro de Baltasar Castiglione, titulado _El Cortesano_. Allí

explica el ingenioso, sutil y elocuente Pedro Bembo cómo se complace y

cuánto goza el amante en la contemplación de la mujer amada, viéndola,

oyéndola y hasta mereciendo de ella ciertos delicados e inocentes

favores, entre los cuales pone el de abandonar por largo rato en las

manos de él las manos de ella, y hasta el de dar y recibir, con mero

contentamiento espiritual y sin sensualidad alguna, besos en la boca, a

fin de que allí acudan las almas y se unan y compenetren, como cuentan

que le sucedió a Platón con su amiga, que hubo de ser la linda

Arqueanasa.

Sin duda que esto es muy bonito, pero no veo yo cómo ha de ser el medio

para encumbrarse a la contemplación, primero de la belleza universal,

donde se encierran y cifran todas las bellezas individuales, y después a

la eterna y perenne fuente de la belleza creada e increada, en cuyas

llamas arda nuestro espíritu como ardió Alcides en la cumbre del monte

Oeta, y por cuyo fuego seamos arrebatados al empíreo como Enoch y Elías.

Repito que todo esto me parece muy bien para leído en el libro que he

citado, pero no en la práctica. Por eso doy gracias al cielo de que el

Barón haya inventado tan a tiempo su paternidad. Dios me preserve de que

él, por la contemplación estática de mi hermosura, y de que yo,

prodigándole los referidos favores, aspiremos también a remontarnos al

empíreo. Más fácil sería resbalar por este camino y caer en inmundicia,

que subir, purificados y gloriosos, como el solitario del Carmelo, en el

ardiente carro.

En suma, lo excelente que tuvieron mis relaciones con el Barón desde que

se convirtió en mi padre, fue lo neutral, lo apacible, lo manso y lo sin

sexo ni siquiera platónico, con que se señalaron. El Barón casi dejó de

admirarme como hermosa, a fin de quererme, de atenderme y de servirme

como buena.

* * * * *

No soy yo alegre y regocijada por mera y espontánea energía de mi

espíritu. Lo he sido y lo soy también porque me impongo, porque me

decreto la alegría. Las cosas no pueden estar mejor de lo que están. Me

parecería ingratitud para con Dios, si yo me quejase. Desde lo más hondo

de la abyección impura he logrado elevarme a una esfera brillante y

relativamente limpia. Soy rica, libre, respetada, a pesar de mis

extravíos, y considerada y atendida en cierta sociedad, que tendrá sus

máculas, pero a la que algún respeto se concede. Claro está que yo,

aspirando siempre a lo más perfecto, ora supongo que hay, ora si no hay,

gustaría de que hubiese, una sociedad más escogida, elegante y honrada,

un círculo de gente más selecta, dentro del cual fuese yo digna de

colocarme. Pero jamás me conformaría yo a ser recibida en ese círculo

por indulgente piedad; a que ese círculo descendiese de su nivel para

recibirme, a que entendiesen los que viven en él que con su trato me

purificaban o me realzaban. Para esto prefiero estar donde estoy, y aun

me resignaría a estar mucho más abajo.

Completa es, por lo tanto, mi conformidad con mi posición y con mi

suerte.

Tengo además grandes motivos de satisfacción y contento. Mi salud es

inmejorable y mi mocedad se diría que no acaba. ¿Para qué he de fingir

modestia contigo? Me encuentro ahora más bella, más lozana, que cuando

nos veíamos en el _Retiro de Camoens_. Imagíname entonces como mata de

azalea sin flor aún y toda verde, e imagíname ahora como la misma planta

con toda la pompa y las galas de sus abiertas flores.

Aduladora es mi _mucamba_, que sigue siempre llamándome su niña; pero no

creo que me adula cuando salgo del baño y me enjuga y me mira con

agradable pasmo, y suele decirme:

--¡Ay, niña, niña!, cada día estás más hermosa. ¡Bienaventurado el que

así te vea!

Lo que es yo me miro también con complacencia en grandes y opuestos

espejos y me siento en perfecta consonancia con el parecer de Petronila.

Te lo confesaré todo: cuando Petronila me deja sola, incurro en una

puerilidad que no sé decidir si es inocente o viciosa. Sólo sé que es

acto meramente contemplativo; que es desinteresada admiración de la

belleza; No es grosería sensual, sino platonismo estético lo que hago.

Imito a Narciso; y sobre el haz fría del espejo aplico los labios y beso

mi imagen. Esto sí que es platonismo, me digo entonces. Esto es el amor

de la hermosura por la hermosura: la expresión del cariño y del afecto

hacia lo que Dios hizo manifestada en un beso candoroso que en el vano e

incorpóreo reflejo se estampa.

Ya ves tú que te hablo hasta de mi sencilla fatuidad y que te declaro

todas mis venturas. Bien es que sepas también lo que durante mucho

tiempo he procurado ocultarme a mí misma, lo que yo veo distintamente

con susto y con pena y lo que me duele confesarte.

Como si de un lago tranquilo surgiese de repente un monstruo, como si en

una pradera cubierta de olorosas hierbas y flores viese yo bullir, por

bajo de ellas, multitud de escorpiones y de víboras, así, en medio de

mis alegrías y placeres, surge a menudo, desde hace tiempo y desde lo

más intrínseco de mi ser, un desconsuelo, una melancolía, una amargura

que me esfuerzo por ahogar o remediar y no lo consigo.

No es hastío: yo no estoy ni fatigada ni hastiada. No es desilusión: las

ilusiones, si alguna vez las he tenido, jamás me han contentado con su

falacia y antes he celebrado que deplorado el perderlas. La causa de mi

mal es mi ambición trascendente; mi empeño de ir en busca de un ideal

para mí inasequible; el vano propósito de borrar de mi ser las

indelebles manchas, con cuyo germen al menos nací manchada. Este mal,

que en mí no tiene cura ni remedio, quise curarle y remediarle yo en

otro ser amado, que me pertenece, que ha nacido de mis entrañas.

Mi propósito de educar altamente a mi hija fue corroborándose cada vez

más. De él hice el más noble fin de mi vida. Lucía, si mi deseo se

realizaba, había de ser limpio dechado de castidad, de pureza y de

cuantas excelencias y virtudes pueden sublimar y glorificar a un alma

humana en esta baja tierra.

Preví un peligro, preví para mí el más enorme de los infortunios, pero

arrostré el peligro con valor porque sobre todo prevalecía mi afán de

que ella fuese perfecta, inmaculada, tan hermosa como yo de cuerpo y mil

y mil veces más hermosa de alma; conseguido esto, me sentía yo con

fortaleza bastante para sufrir que ella, desde la elevación moral en que

iba a verse, tuviera harto involuntariamente que despreciarme y que

avergonzarse de mí. Movida yo por esta pasión, tuve por principal empleo

hasta que Lucía cumplió doce años, el cultivar su corazón y su mente con

el más activo desvelo. Yo misma, ocultándole con recato cuidadoso cuanto

yo pensaba y sabía de malo, la instruí en todo lo bueno y santo que mi

alma había conservado o aprendido.

Mi fe religiosa, profunda en mi mocedad y consuelo en mi abyección de

entonces, o había sido combatida por dudas o se había bastardeado,

combinándose con ideas filosóficas que tal vez quebrantaban su entereza

con el pretexto de ensanchar un estrecho molde donde imaginaban que su

grandeza no tenía cabida. Así es que busqué y hallé a un virtuoso e

ilustrado sacerdote que completase la educación moral y religiosa de

Lucía sin inficionarla con los elementos heterodoxos con que mi fe se

había pervertido.

No acierto a ponderarte el miedo que tenía yo de que Lucía descubriese

mi indignidad; el recato con que viví para que no comprendiese ella o

para que tardase en comprender mis faltas y pecados, y cuánto vigilé

para que ningún pensamiento impuro penetrase en la mente de ella; y, lo

que es imposible cuando un ser humano es inteligente, para perpetuar en

su espíritu la ignorancia de lo malo y de lo vicioso.

Recelando yo que esta ignorancia de Lucía se disipase y que ella abriese

los ojos y me viese tal como soy, no me sosegué hasta que, haciendo un

inmenso sacrificio en separarme de ella, la hice entrar, desde poco

después que cumplió doce años, en el convento del Sagrado Corazón de

Jesús, donde permaneció hasta los diecisiete.

* * * * *

Muchas veces salía mi hija del convento y venía a pasar algunos días

conmigo. Con más frecuencia iba yo al convento a visitarla y a hablar

con ella.

Mi amor y mi vanidad de madre estaban cada día más lisonjeados. Lucía

iba creciendo en hermosura y en natural elegancia. Algo había en ella de

parecido a mí, pero se parecía mucho más a su padre. No envidiosa sino

encantada notaba yo que había en todo su ser corporal algo de más

aristocrático que en el mío. Era además blanca y rubia, mientras que yo

soy pelinegra y trigueña. Mis ojos son verdi-oscuros; los suyos azules

como el cielo. Yo soy alta y esbelta: ella es más esbelta y más alta que

yo, aunque igualmente bien proporcionada. Para que comprendas bien la

diferencia que hay entre nosotras, te diré, aunque peque yo de

presumida, que mi estampa retrae al pensamiento la de una diosa del

gentilismo, y la suya la de una _madonna_ de antes de Rafael.

Las caricias y las alabanzas, que yo le prodigaba, eran siempre

tiernamente recibidas y pagadas por ella. Había, sin embargo, entre

nosotras no poco que limitaba la expansión. No me atrevía yo a hablarle

de ciertos puntos. Le decía que era su madre, pero no le decía de qué

suerte era su madre, como deseando que lo ignorara. Y salvo en lo

indiferente y en las relaciones entre ella y yo desde que nació ella,

ponía yo en toda mi vida, cuando con ella hablaba, un sigilo harto

embarazoso.

Intenciones tuve a veces de confesarme con ella: de decirle mis faltas

para que ella las perdonase. Pero pronto un orgullo, en mi sentir bien

entendido, me hacía desechar aquella tentación. Era preferible que ella

supiese por otras personas quién yo era y no que lo supiese por mí

misma. Yo no me podría resistir al deseo de justificarme o al menos de

disculparme; y de aquí podrían originarse dos casos que igualmente me

horrorizaban. O bien que, al disculparme yo, ella aceptase como buena y

como plausible mi disculpa, y entonces la elevación de su moralidad se

relajaría, siendo yo su maestra y su iniciadora en liviandades; o bien

que ella, con severo criterio, allá en el centro de su alma y aunque no

me lo dijese, rechazara mis disculpas, y tal vez sospechara, a pesar

suyo, que yo le daba lecciones infames, y que, acaso sin querer, pero

arrastrada por mis instintos perversos, ansiaba rebajarla a mi nivel,

aunque sólo fuese para que ella mejor me amase.

Tales cavilaciones fueron la causa de mi silencio.

Por mi desdicha, es absurdo imaginar que una virgen, una santa, una

criatura inmaculada y purísima, si no es tonta, permanezca siempre a

obscuras y con los ojos del alma completamente cerrados para todo cuanto

hay en el mundo que no es honesto. La honestidad, la castidad y hasta la

inocencia más columbina, consisten en abominar de lo malo y no en

ignorarlo del todo, como si no existiera. Lucía, pues, austera, virtuosa

y sin ningún pensamiento feo, y sin ninguna imagen impura que enturbiase

el claro espejo de su conciencia, reflejándose en él, no pudo menos de

saber al cabo y supo del mal, y fue conociendo poco a poco todo cuanto

de este mal en mí había. Callándome siempre, pero con mirada

escrutadora, procuraba yo, con curiosidad irresistible, penetrar en el

centro de su alma, y ver el progreso que iba haciendo allí el

conocimiento del mal y los estragos y la ruina que este conocimiento

hacía en el buen concepto que ella de mí tenía formado. Grandísimo pesar

me causaba lo que acabo de querer explicarte. El amor maternal, no

obstante, y casi tanto como el amor maternal uno a modo de orgullo de

artista que se deleita en su obra, siempre me impidieron desear, en el

juicio de Lucía, la menor indulgencia que implicase relajación o

quebranto en la ley por cuya virtud su espíritu había de dictar un

fallo.

Ya se entiende que todo esto lo veía o lo creía ver yo como si mi mirada

penetrase en los más abismados pensamientos de mi hija. Lo que es ella,

nunca dejaba de mostrarse tan cariñosa conmigo como con ella yo, y tan

respetuosa como la hija más cristianamente educada.

Después de nuestros deberes para con Dios, los mandamientos de su ley

ordenan que respetemos y honremos a nuestros padres. ¿Cómo hubiera

podido Lucía faltar nunca en lo más mínimo a este mandamiento? Ella,

además, me amaba y me ama, porque ha nacido de mis entrañas y porque es

mi sangre y porque recuerda y agradece mis mimos, mi ternura, el esmero

con que la he criado, y hasta esa misma elevación moral y religiosa a

que he procurado elevarla, quedándome yo tan lejos y tan por bajo de

ella.

* * * * *

Jamás he tenido la tentación de destruir mi obra; de hacer que Lucía

baje hasta mí desde la altura en que la he puesto. Pero, a veces me

pregunto: ¿no fue delirio ponerla en esa altura?

A este propósito recordaba yo ciertas palabras de una dama andaluza que

conocí un verano en Biarritz cuando Lucía no contaba aún sino ocho años

de edad. Tenía esta dama una hija de la misma edad que Lucía. Las niñas

se conocieron y jugaron juntas en el _Port Vieux_. Y por esto, y por ser

españolas ambas madres, y por lo franco y fácil del trato en los lugares

de baños, trabé yo cierta amistad con la madre de la niña, que se

llamaba la señora de Benítez. Su marido, D. Ambrosio, era un personaje

político de cuarta o quinta magnitud, si bien con esperanzas más o menos

fundadas de llegar a serlo de primera, ya que poseía notable desenfado,

gran facilidad de palabra y otras brillantes prendas. Por lo pronto, D.

Ambrosio estaba como parado, por no decir extraviado en su carrera. O

por haberse comprometido en conjuraciones y pronunciamientos, o sin

necesidad y sólo para contraer méritos y darse tono, gemía en la

emigración. Verdad es que no era muy lastimero el gemido, porque cuando

los suyos estuvieron en el poder, le habían enviado a Cuba de vista de

una Aduana o no sé bien con qué otro empleo en Hacienda. Al año y medio

cayó su partido y le dejaron cesante, pero él no se había dormido ni

descuidado y había aprovechado tan bien el tiempo, que pudo volver y

volvió, con no despreciables ahorros. Así podía esperar y esperaba sin

sobrada angustia la vuelta al poder de su partido, para que le hiciese

Director general, Ministro y quién sabe si Conde. Sus esperanzas eran

grandes. Su mujer era quien no se las prometía tan felices. La señora de

Benítez tenía un carácter apocado y siempre pronosticaba males y no

bienes. Ella era lo contrario de D. Ambrosio, que veía el porvenir de

color de rosa y que soñaba con todos los refinamientos y primores del

lujo y de la distinción suprema. La señora de Benítez, a pesar de lo

tétrica que era en el pronosticar, tenía mil excelentes cualidades.

Desde que, siendo estudiante D. Ambrosio y ella hija de la pupilera en

cuya casa D. Ambrosio se hospedaba, ambos se amaron y se casaron, había

sido fiel, sufrida y hacendosa compañera de aquel hombre, gobernando la

casa y cuidando de todo con ordenada economía y dando a D. Ambrosio, sin

molestarle ni ofender su orgullo, los más juiciosos consejos. Ella se

esforzaba, sobre todo, en esfumar los ensueños de grandeza de su marido,

y en procurar que éste no viniese a ser un Faetonte del _chic_, y

acabase por caer despeñado.

En el invierno que siguió al verano y al otoño en que los conocí,

vinieron a París ambos esposos a pasar una corta temporada. A ellos y a

su niña los obsequié cuanto pude. Un día en que estaban los tres

comiendo a mi mesa, mi cocinera estuvo inspirada. Don Ambrosio, que era

francote a pesar de su vanidad, se entusiasmó con todos los platos que

se sirvieron, y singularmente con un _chaud-froid_ de _ortolans_, que en

realidad fue una obra maestra. Mas ¡oh, desgracia!, la niña del Sr.

Benítez comió muy poco de todo. Lo que es el _chaud-froid_, por culpa de

la gelatina que le envolvía y por lo frío que estaba, le dio mucho asco

y no consintió en llevársele a la boca. Don Ambrosio perdió con esto los

estribos; no acertó a contenerse y deploró en mi presencia con acerbas

frases la ingénita ordinariez de su hija, que no gustaba sino de

alboronía, chanfaina, pepitoria y sobrehúsa de bacalao. Herido con esto

el orgullo maternal de la señora de Benítez, habló con elocuencia y

refutó el parecer de su marido, diciéndole para concluir:

--Pues debieras dar gracias a Dios y no lamentarte de que sea así tu

hija, porque tal vez se quede para vestir santos, o bien se case con

algún pobretón que, en vez de darle a comer pajaritos sin hueso y

rellenos de trufas, tenga que alimentarla, y gracias, con esos guisotes

que tú desdeñas, aunque con ellos te has alimentado y bien robusto te

has criado.

Ya comprenderás tú de qué manera aplicaba yo este caso a Lucía y a mí.

Y, sin embargo, aunque me parecía atinado y juicioso lo que con relación

al refinamiento material decía la señora de Benítez, yo seguía

hallándolo vil y grosero aplicado al refinamiento del alma. Lo que es en

esto persistía yo y me aferraba en ser más exquisita que D. Ambrosio.

* * * * *

Mi entendimiento vacila, cambia y duda mucho. Suele mirar las cosas por

diversos lados, y según el lado por donde las mira, las ve con aspecto

distinto.

Me inclino a creer que a todo el mundo le sucede lo mismo. La diferencia

está en que yo lo confieso, y son raras las personas que lo confiesan.

Digo esto porque hasta en los momentos de mi mayor entusiasmo por la

sublimidad moral y religiosa de Lucía, asaltaban mi mente no pocas

consideraciones que propendían a echar por tierra el entusiasmo

mencionado.

Siempre me figuraba yo como legítimo y bueno el andamio, la escala, la a

modo de Torre de Babel que el alma construye a veces para encaramarse

por ella y subir al cielo de su ideal más alto; pero importa que esta

torre, andamio o lo que sea se construya sobre firme y sólido cimiento

de sentido común. De lo contrario, es casi seguro que cuando ya esté muy

alta la torre y nos complazcamos y ufanemos en contemplarla, se cuartee

por culpa de la base y acabe por hundirse lastimosamente en el ancho

foso de tontería que la rodea.

Así pensaba yo y así me atormentaba al penetrar cada vez más en la mente

de Lucía y al recelar que en la dirección que yo había dado al vuelo de

su espíritu, había acaso falta de tino. Pues qué, ¿no podía ella ser

todo lo santa que quisiese sin avergonzarse de mí, aunque fuese de un

modo involuntario? ¿Si ella se hubiese criado en el abandono en que yo

me crié, hubiera sido más que yo virtuosa y honrada?

En el abismo de mi alma ocultaba yo mis cavilaciones. No hallaba

términos con que declarárselas a Lucía, ni con qué darle al menos leve

indicio de ellas. Ignoro hasta qué hondura penetraría Lucía en mi

conciencia y leería lo que allí pasaba. Lo que sé es que yo leía en la

conciencia de ella como en un libro abierto, donde las sanas doctrinas

del ilustrado sacerdote que la había educado, y las no menos sanas de

las benditas madres del convento habían venido a combinarse con los

rumores del mundo y con las malévolas insinuaciones de las compañeras de

colegio a quienes la envidia movía, y habían formado un amargo conjunto

que menoscababa el respeto y que acibaraba y aun emponzoñaba el amor de

la hija a la madre.

Sin duda en la mente de Lucía había llegado a formarse un concepto de mí

harto peor que el merecido. Ella hubo de creerse hija de un padre hasta

de mí misma ignorado.

Genio y figura · 第 10 / 12 段