Viajaba yo con no pequeño acompañamiento. Además de la Duval, que era y

sigue siendo mi dama de compañía, estaba conmigo y está aún mi

_mucamba_, o sea mi primera doncella, mulata muy ágil, llamada

Petronila, que me peina con primor y buen gusto, que cose y borda y

tiene otras mil habilidades; una segunda doncella, dos fieles criados

negros, y por último, la mujer que cuidaba y alimentaba a mi tesoro.

Aquí conviene que te imponga yo de algo, en extremo importante para mí,

y que tal vez ignores.

Mi alma ha sentido no pocas veces inclinación amistosa, compasión,

aprecio y cariño a los seres humanos; pero lo desaforado y suelto de los

primeros años de mi vida ha impedido acaso que llegue yo a amar a un

solo hombre con aquel amor exclusivo, persistente y celoso, con que

deben amar y aman las mujeres honestas criadas con recato. He tenido

muchos amoríos y casi no me atrevo a decir que he tenido amor. Una vez

sola en mi vida me parece que entreví, que columbré a lo lejos la

celestial aparición del verdadero amor, que benigno me sonreía y que

ansiaba penetrar en mi alma, llenarla de su divina beatitud y

purificarla e iluminarla.

Fue esto cuando tuve relaciones con Juan Maury. Tú estabas en Río y

debes acordarte de todo.

Contra Juan Maury no tengo yo la menor queja. Era un cumplido caballero.

Me quiso todo lo que podía quererme. Me respetó todo lo que podía

respetarme. Me atendió, me obsequió, me consideró como atiende, obsequia

y considera el galán más delicado a la más noble dama. Pero hubiera sido

absurdo que hubiese tratado yo de inspirar a Juan Maury más hondos

sentimientos y más apasionado afecto que los de la amistad y la

galantería. Yo misma tuve miedo de sentir hacia él verdadero amor.

Yo casi me atrevo a afirmar que no he engañado a D. Joaquín. Para evitar

el medio engaño en que le tenía, hubiera sido menester hacerle infeliz

con revelaciones feroces y con el más amargo de los desengaños. El amor

mío, si hubiese llegado a ser hacia Juan Maury exclusivo y profundo,

hubiera tenido que romper dolorosamente el lazo que a mi bienhechor y

protector me ligaba; hubiera sido para D. Joaquín horrible infortunio:

todo el bien, todo el contento y el reposo y toda la superior serenidad

hasta donde había yo logrado elevar su espíritu, hubieran venido a

desvanecerse o a hundirse en negro abismo. Por otra parte, aunque yo

debo ser humilde, y aunque lo soy, soy también muy orgullosa en cierto

sentido. Es el orgullo que nace de mi propia humildad. Si por la vileza

de mi origen, si por el ruin desorden de mi primera vida no merezco ni

soy digna de ciertas cosas, me repugna reclamarlas, solicitarlas de

nadie y hasta insinuarme para que se me concedan por favor ya que para

ellas no tengo el menor derecho.

De aquí que yo, más bien que mostrar a Juan Maury toda la vehemencia y

la elevación de mi afecto, traté de disimularlas. Quise aparecer y

aparecí a sus ojos como la más fina y complaciente de las amigas, como

bastante capaz de entender y de apreciar el valer y las excelentes

prendas de toda su persona y como no indigna de obtener su amistad y su

aprecio; pero todo, sin llegar a ser y sin mostrarme siquiera

profundamente enamorada, y sin propender a infundirle de mí otro

concepto que el de una mujer alegre, fácil y galante.

Si el verdadero amor, si el hijo divino de la Venus del cielo revoloteó

cerca de mí en aquellos días, yo huí de él por indigna y le ahuyenté por

peligroso.

Juan Maury se fue de Río y me abandonó sin gran pena. Nada más natural.

No le culpo. Sólo me lisonjea y me contenta el figurarme que él ha de

guardar dulce recuerdo de las dulces horas que pasó conmigo; de nuestros

íntimos coloquios y de nuestra ternura.

Fue tal la ligereza de aquellas efímeras relaciones, que ni yo le rogué

que me escribiese ni él me ha escrito. De estas relaciones, sin embargo,

me dejó él una prenda preciosa. Suya era, pero era mía más que suya; y

yo apenas la sentí en mi seno, me propuse con firme resolución que no

fuese sino mía.

Hasta donde alcanza mi memoria, desde que tengo uso de razón, en el

libre abandono de los años primeros de mi vida, no me remuerde la

conciencia de hurto, de estafa, ni de engaño o embuste para medrar.

Escudriñando yo hasta los más obscuros rincones de mi vida pasada, no

encuentro en ellos ni asomo de ruin bellaquería. Esto me consuela. De

ciertos pecados, en que con frecuencia he incurrido, después de

absolverme el confesor, me he absuelto yo también. De aquellos otros,

tal es el inflexible y recto tribunal de mi conciencia, jamás me hubiera

absuelto yo aun después de recibir la absolución en el confesonario.

Espantoso torcedor hubieran sido para mí, humillándome y abatiéndome.

Faltas, pues, en que yo no había incurrido cuando desamparada y

menesterosa, no habían de ser cometidas por mí cuando ya estaba próspera

y rica.

Por otro lado, lo que era mío, lo que yo esperaba y yo me figuraba ya

que iba a ser un primor, un asombro de gracia y de belleza, por nada del

mundo quería yo atribuírselo en parte a alguien de quien no era. ¿Y qué

aliciente había para el engaño? Usurpar para el fruto de mis entrañas la

hacienda que no le pertenecía y además un nombre cualquiera. ¿Quién sabe

si un nombre ilustre y glorioso, si un título histórico me hubieran

seducido y me hubieran hecho faltar? ¿Pero cómo había de seducirme que

lo que iba a nacer se apellidase Figueredo a secas, a pesar de la

supuesta descendencia de Güesto Ansures de que yo misma me había

burlado?

Con persistente disimulo, con firme y enérgica voluntad, con raras

precauciones e incesante recato, sin dejarme ver de nadie y fingiéndome

enferma, dejé pasar los meses.

Llegó la hora y sólo _Madame_ Duval, mi _mucamba_ y el médico, de

quienes tuve que valerme y me valí, exigiendo el mayor sigilo, supieron

que fui madre.

Mi hija, a quien di por nombre Lucía, se crió lejos de mí, aunque yo

velaba sobre ella e iba a verla a menudo.

Muerto D. Joaquín, procuré no poner en ridículo su memoria, dejando

conocer en Río que tenía yo una niña de cerca de dos años. Casi de

oculto hice que se embarcara y me la traje conmigo cuando vine para

Europa.

Quisiera yo escribir a escape estas confidencias: no contarte sino lo

más esencial: pero tal vez dejo correr la pluma y tal vez divago.

Lo que yo principalmente quiero que comprendas, es que en mi espíritu

hay como dos focos distintos de actividad, de donde brotan dos

corrientes también harto distintas, si bien la una y la otra están

alegremente iluminadas por la luz clarísima con que yo veo y entiendo

todo lo creado. Jamás se me ha ocurrido hallar mal lo hecho por la madre

naturaleza, ni echar la culpa a la sociedad mal organizada de ningún

caso adverso que me haya ocurrido, ni de ninguna contrariedad o percance

angustioso en que yo me haya encontrado. Y no quejándome yo ni de la

naturaleza, ni del orden social tal como los hombres han ido

disponiéndole, muchísimo menos puedo quejarme de la divina providencia,

que acato, adoro y bendigo. Apenas hay objeto que no vea yo de color de

rosa, y siempre que se ennegrece, me culpo a mí y a nadie culpo. Como

soy muy indulgente para con los otros, no es tan de censurar que lo sea

también para conmigo misma. Por eso me dejo llevar de mis generosos

afectos, harto poco en consonancia con una moral rígida, y de mi

inclinación irresistible a lucir las prendas de que me dotó el cielo y a

dar con ellas a los seres que me son caros ventura y deleite. Hay en mí

asimismo un tenaz empeño de progreso, de adelanto en el camino de la

perfección. Y tanto lo que creo realizado en mí, cuanto lo que en mí no

está realizado ni puede realizarse nunca, anhelo yo con vehemencia

ponerlo y realizarlo en un ser predilecto, en quien brillen, a par de

cuanto hay en mí de que puedo con razón ufanarme, todas las excelencias

y virtudes de que carezco y que no son pocas. Por esto, desde que nació

mi hija, desde que por primera vez la vi y presentí que iba a ser

hermosa, me propuse y ansié que su hermosura eclipsase la mía, que en

discreción, elegancia y saber me aventajase, y que estuviese exenta de

todos los defectos y manchas que en mí hay. Me propuse criarla con

esmerado desvelo para que fuese tan casta y tan pura como bella, y para

que no columbrase sólo el verdadero y exclusivo amor, hijo del cielo,

sino para que fuese capaz de poseerle, de gozarle y de recibirle en su

alma inmaculada como en su propio y consagrado templo.

Y para que veas lo extraño y contradictorio de mi condición, o más bien

lo extraño y contradictorio de la decaída condición humana, mi alma, que

tan altos propósitos tuvo y que a tan alta misión quiso consagrarse, se

dejaba arrastrar de sus regocijados ímpetus, de su perversión bondadosa

y de su liviandad inveterada, hasta el extremo de buscar y de forjar

aventuras como la que te conté ya del paraguayo y como varias otras que

he tenido después y sobre las cuales prefiero callarme.

* * * * *

No pude refrenar mi deseo de volver a mi patria. Desde Lisboa fui a

Sevilla y a Cádiz.

Mi antiguo confesor, el Padre García, había hecho algunos ahorros y

había heredado también a un hermano suyo que se había enriquecido. Harto

el Padre de rodar por el mundo, vivía retirado en el lugar de su

nacimiento, no lejos de Sevilla. Le anuncié mi llegada y él vino a

verme.

Para descargo de mi conciencia, en este punto muy escrupulosa, quise,

viéndome rica y convertida en toda una señorona, no desdeñar a mis

parientes, si los tenía, y hasta favorecerlos y socorrerlos si se

hallaban en la abyección y en la miseria. El Padre García me sirvió en

esto muy bien. Buscó con tino y diligencia a mis parientes, y no los

halló sino dudosos y muy lejanos. Yo había sido la única hija de la

Pascuala.

En Río de Janeiro, no recuerdo bien con qué tramoya, suplió D. Joaquín

la falta de mi fe de bautismo, que para nuestro casamiento se requería.

Hasta que el Padre García me la sacó, jamás había tenido yo ni visto

semejante documento.

Considerando yo que mis parientes más seguros habían de estar en los

hospicios, en las inclusas y en los conventos de mujeres recogidas, di

al Padre García pródigamente todos mis ahorros para que en aquellas

santas casas los repartiera. Él cumplió mi encargo y me trajo los

recibos que conservo aún, donde constan las donaciones de una dama

brasileña, cuyo nombre se calla.

A decir verdad, a pesar de todo mi patriotismo y de mi amistad hacia el

Padre García, me repugnaba permanecer en España. Dicen algunos autores

que las mujeres como yo suelen tener _nostalgia del fango_. No sé qué

quieren decir con esto; pero si es lo que yo entiendo, declaro que no he

tenido jamás semejante nostalgia. Al contrario, yo recordaba bien todos

los sitios, y al pasar por algunos se me encendía la cara de vergüenza.

Por fortuna, estaba yo tan encumbrada y en posición tan diferente de la

que allí tuve, que nadie me reconoció ni reconocí a nadie. Hice en mi

patria el papel de peregrina misteriosa.

Fuera del Padre García, con nadie quise tratar. Después de separarme de

él, estuve en Granada, Córdoba, Madrid, Toledo, Burgos y otros puntos,

visitando los monumentos en compañía de _Madame_ Duval, que detestaba

las antiguallas y suspiraba por los _boulevards_ de París. Allí fui por

último, y pronto me instalé comprando muebles y poniendo casa.

He vivido desde entonces con comodidad y hasta con lujo, pero sin el

menor empeño de llamar la atención ni de brillar, y con tanto arreglo y

economía que, a pesar de no pocos gastos extraordinarios y de viajes de

recreo que he hecho por Alemania y por Italia, he doblado mi capital y

mi renta. Hoy casi puedo asegurar que soy rica.

* * * * *

Mi vida de París ha sido alegre, desenfadada y modesta. Expondré aquí,

en pocas palabras, cómo concierto yo la modestia con la alegría y el

desenfado. Mi modestia ha consistido en no desear ni aspirar a hacerme

conocida, celebrada y famosa. Más he huido que buscado que nadie me

señale con el dedo, que la atención pública se fije en mí, y que la

gloria infame de que algunas mujeres gozan, gloria que yo me jacto de

poder adquirir fácilmente, me circunde con sus resplandores. En vez de

mostrarme, puedo afirmar que me he ocultado.

Como la soledad me entristece, he ido a reuniones y tertulias, pero

nunca he pretendido salir de la colonia ibero-americana. Y aun dentro de

esta colonia no he sido asidua en el trato ni he intimado mucho, sobre

todo con mujeres. Hasta que mi hija llegó a tener ocho años, como apenas

exigía otro cuidado que el de su corporal desarrollo, cuidado harto leve

porque mi hija se ha criado con excelente salud, ora pensando yo en

distraerme, ora anhelando hacerme apta para contribuir a su educación,

he leído muchísimo y casi sin sentir me he convertido en marisabidilla.

Soy franca admiradora de la literatura francesa. Me parece esta nación

fecundísima en ingenios de toda clase. Yo los admiro y quiero seguir

admirándolos sin tropiezo. Acaso te parezca extravagante modo de

discurrir, mas es lo cierto que, a fin de no tropezar y conseguir que la

tal admiración salga rodando por el suelo, me he abstenido de buscar la

sociedad literaria parisina. Al conocer los libros, he conocido lo más

noble, depurado y selecto de cada autor. ¿Para qué conocer lo restante?

He recelado desilusionarme al conocerlo. ¿Quién me asegura que los

escritores franceses no sean presumidos y fatuos? ¿Qué necesidad tengo

yo de extremar mis amabilidades y de hacer esfuerzos para insinuar en la

mente de esos señores que no soy una salvaje, que estoy al nivel de

ellos, que comprendo sus profundidades y sutilezas, y que, aun

suponiendo que en España, en Portugal y en el Brasil esté la gente muy

atrasada y hasta sea de casta inferior, yo, por excepción fenomenal y

monstruosa, he podido elevarme hasta hombrearme con ellos?

Ahora comprenderás en qué sentido digo yo que mi vida en París ha sido

modesta. En cuanto a su desenfado y a su alegría, no es menester que

entre yo en pormenores para que tú lo comprendas. El cielo, el infierno,

la naturaleza, un poder sobrenatural, lo que tú quieras o supongas, no

parece sino que me ha dotado de imperecedera lozanía de cuerpo y de alma

y de una bondad y de una ternura inagotables y prontas, pero que han

hallado siempre obstáculos insuperables para el verdadero y definitivo

amor, y se han quedado en mitad del camino.

* * * * *

Voy a contarte una curiosa aventura, que, si bien tiene mucho de

ridículo, no puedo ni debo pasar en silencio, porque sus consecuencias

fueron serias para mí y han influido bastante en los ulteriores sucesos

de mi vida. De esta aventura hace ya mucho tiempo, pero la tengo tan

presente como si ayer hubiera sido.

El Barón de Castell-Bourdac es el personaje más inverosímil y complejo

de cuantos he conocido. Sus excentricidades mueven a risa, sus chistes,

sus exageraciones y sus embustes involuntarios nos divierten a par que

rebajan el concepto que de él formamos; pero cuantos le conocen y tratan

y penetran bien en el fondo de su alma, no pueden menos de quererle y de

estimarle. La fantasía del Barón ha bordado su vida sencilla y honrada,

desfigurándola con falsos adornos. Sobre la historia ha venido a

sobreponerse la leyenda: pero aunque por la leyenda aparezca el Barón

como personaje cómico, por la historia es siempre digno de respeto. No

pretendamos tasar y aquilatar con exactitud lo egregio y lo rancio de su

nobleza. Él cree, y esto me basta, que es nobilísimo. Apenas hubo

Cruzada en que un Castell-Bourdac no figurase. La importancia de los

Castell-Bourdac ha sido grande desde entonces hasta la caída del antiguo

régimen en 1789. La revolución los arruinó. Y desde entonces hasta ahora

la inflexible energía de sus opiniones legitimistas ha impedido que

salgan de la obscuridad. Ni durante la Restauración intervinieron en

nada, porque hallaron a Luis XVIII y a Carlos X sobrado transigentes con

las ideas nuevas.

Aunque el Barón de Castell-Bourdac, restablecida en gran parte la

hacienda de su casa, poseyó por entonces bastantes bienes de fortuna,

que hubieran podido servirle de sostén y aun de resorte para su

elevación en la política, por desgracia e no quiso mezclarse en nada, y

no acertó a emplear mejor su actividad que en disipar alegremente sus

bienes y volver a quedarse pobre.

Desde el año de treinta en adelante, fue imposible que el Barón pusiese

mano en los negocios públicos. Si él hubiera querido ceder, humillarse,

renegar hasta cierto punto de las creencias y de la misión de sus

antepasados, hubiera sido Diputado, Senador, Embajador, Ministro y

cuanto le hubiera dado la gana; él al menos así lo creía; pero como el

Barón no había querido ceder ni renegar, había tenido que limitarse y

resignarse a ser un caballero, si bien encopetado, viviendo de sus

rentas, que eran cortísimas.

En este punto de la situación económica, ya no entra por nada la

fantasía del Barón. La pura verdad acude en su abono y le concede justa

alabanza.

El Barón es un prodigio de arreglo y de economía. No disimula su

pobreza, pero tampoco la deplora. En los círculos más elegantes se

presenta siempre con el decoro propio de su clase. No juega, ni bebe.

Por no tener vicio alguno, no fuma, y también porque el fumar le parece

plebeyo, apestoso, impropio de un Castell-Bourdac y en plena disonancia

con el ideal del atildado y noble cortesano del antiguo régimen tal como

él se le representa.

El Barón no debe nada a nadie y nadie puede jactarse de que él le haya

pedido dinero prestado.

Cada día come en una casa distinta. Es muy buscado y está convidado a

las mejores mesas, así por su divertida conversación, como por su

extraordinaria fama de hondo conocedor y perito en todas las artes del

deleite. El Barón pasa por el _gourmet_ más delicado que hoy vive,

paladea y olfatea en Francia. No es rico para pagar unos convites con

otros, ni es zafio tampoco para pagarlos de otra manera sin el menor

disimulo; pero, quizás sin pensarlo, paga los obsequios que recibe y no

hay quien le tilde de _pique-assiette_ o de parásito. Los cumpleaños,

las bodas y otras festividades le ofrecen ocasión, que él aprovecha, de

pagar cumplidamente cuantos obsequios recibe. En suma, y en mi opinión,

que creo fundada, el Barón es un modelo de cortesanía. Sólo han podido

los maldicientes echarle en cara un defecto, del que, a mi ver, se ha

corregido. El defecto, si lo es, consiste en su extremada galantería,

muy en desacuerdo para muchos con la edad provecta a que ha llegado.

Conceden sus críticos censores que él, en su juventud, hizo brillantes

conquistas y cautivó no pocos corazones indómitos y soberbios, pero

añaden que hace ya más de veinte años que debe el Barón recogerse a buen

vivir y reposarse sobre sus laureles.

Mucho disto yo de seguir semejante parecer. Desde que conocí al Barón,

trece o catorce años ha, he opinado lo contrario. Hay belleza, elegancia

y distinción para todas las edades, con tal de que no falten la salud y

el aseo. Y como el Barón está saludable y es aseado y pulcro, yo le

hallé y le hallo siempre muy agradable persona y además un hermoso

viejo. Por otra parte, como el alma humana es inmortal, no hay vejez que

valga contra ella, mientras no se destruyan o deterioren en extremo los

aparatos y órganos que la ponen en relación con el mundo y le sirven de

medio para pensar y sentir y para expresar lo que piensa y siente

mientras en el cuerpo está encerrada. Sea como sea, y a fin de que no

digas que me quiebro de sutil, prescindiré de más aclaraciones, y te

diré con llaneza que el Barón se prendó de mí y me hizo muy respetuosa y

finamente la corte.

Yo me lisonjeo de no haber tenido jamás ciertos defectos que se

atribuyen, así a los que llaman en Francia _parvenus_ como a los que en

España llaman cursis. Sin duda a la aparición en mí de estos defectos se

ha opuesto el orgullo. No he anhelado ni buscado para darme tono el

trato y la amistad de personas encumbradas por nacimiento, educación y

riqueza. Naturalmente me he encontrado yo y me encuentro tan distinguida

como si hubiera nacido en la púrpura y no me hubiera echado al mundo la

Pascuala, sabe Dios en qué zahurda. No podía yo esperar, por

consiguiente, que el influjo o el arrimo de sujetos aristocráticos

viniese a prestarme como un reflejo de su valer. Creía yo y creo tener

luz propia, digámoslo así, y que no la necesito prestada. No sé si

aplaudirás o censurarás esta vanidad mía. Yo te confieso que la tengo

para confesarte además que el Barón me aduló esta vanidad, sin artificio

y por manera irresistible. El Barón procuraba demostrarme con evidencia,

empleando para ello muy elocuentes palabras, que yo, sobre ser hermosa,

poseía tal majestad en el gesto, en los modales y en todo, que más

parecía una princesa o una emperatriz que una perdida plebeya, puesta

casualmente en zancos por su enlace con un ricacho usurero.

El arte y el ingenio con que el Barón iba insinuando en mi alma estas

lisonjas me tenían cada vez más hechizada. El Barón me comprende bien,

pensaba yo, y cuando tan bien me comprende señal es, y prueba es

clarísima, de la elevación y de la agudeza de su entendimiento. Así

infundió el Barón en mi pecho la amistad más acendrada hacia él.

Hízose mi _cavaliere servente_, y yo me deleitaba y hasta me

enorgullecía de que me acompañara y me sirviera.

Con modesta timidez, que de su ancianidad se originaba, el Barón empezó

con suavísimo tiento y cautela a mostrarse enamorado de mí, pero sin

persistir en sus manifestaciones para no cansarme, refrenando su

vehemencia para evitar mi enojo, y haciéndolas, cuando las hacía, como

por un arranque involuntario y muy a despecho suyo.

¿Quieres creer que con tal proceder el Barón me enterneció, y cautivó en

cierto modo mi espíritu? Mi estimación y mi amistad se las tenía ya

ganadas por completo. Después, poco a poco y al compás que él iba siendo

más atrevido y más explícito, fueron despertándose en mí aquellas ideas,

pasiones o inclinaciones, pues no sé cómo las llame, que siempre, a

pesar del freno religioso y a falta del freno del orgullo y del decoro

en este particular, han hecho de mí lo que rudamente podemos llamar una

mujer liviana, o más bien han impedido que yo no quiera, ni pueda, ni

logre nunca desechar de mí la liviandad primitiva. Consideré al Barón

herido, y tuve piedad de él y pensé en el bálsamo que podía curarle. Mi

generosa piedad fue aguijoneada por algo a modo de remordimientos. Me di

a cavilar que con mis favores amistosos, aunque concedidos sin malicia,

con mi dulce abandono cuando le tenía a mi lado, con el mal disimulado

placer con que yo oía sus requiebros, y hasta con mi reír y burlar

cuando me hablaba de su cariño, había sido yo una desalmada coqueta, que

había robado la tranquilidad de aquel señor excelente y había levantado

en el mar pacífico de su ya fatigado corazón la más deshecha borrasca.

Casi o sin casi, me creí en la ineludible obligación de apaciguarla para

descargo de mi conciencia. En fin, y sin más preámbulos, en una tarde de

invierno, a las cinco, hora en que suele tomarse el té, cité al Barón,

como recientemente te tengo citado a ti, para que viniese a tomarle

conmigo a solas. Mis jaquecas un tanto cuanto imaginarias han persistido

siempre. Aquella tarde para todos tuve jaqueca menos para el Barón. Este

acudió a la hora justa, lleno de gratitud, contento y ufanía. Parecía

remozado por virtud de una poción mágica o por hechizos del amor. Entró,

me saludó y se llegó a mí con la gracia, desenfado y ligereza de un

pollo o _gomoso_, no de nuestro siglo decadente, sino de otras edades

caballerescas en que fueron los hombres de temple más recio y más fino.

Yo, con el pretexto de la jaqueca, estaba en el más cuidadoso y esmerado

_négligé_. Mi vestidura era una elegantísima bata de flexible seda.

Pocas mujeres pueden hacer lo que yo hice entonces y puedo hacer y hago

todavía. Cuando el corsé me enoja no le llevo, y nada, absolutamente

nada, se humilla falto de sostén y baja de su sitio: todo permanece

firme como el mármol y el bronce. Perdona que entre en estas

menudencias. Mi presunción tiene alguna disculpa por lo no comunes que

son las cualidades de que me jacto. Importa además consignar esta

circunstancia de mi _toilette_ para que se entienda lo que ocurrió en

seguida.

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