sigue siendo mi dama de compañía, estaba conmigo y está aún mi
_mucamba_, o sea mi primera doncella, mulata muy ágil, llamada
Petronila, que me peina con primor y buen gusto, que cose y borda y
tiene otras mil habilidades; una segunda doncella, dos fieles criados
negros, y por último, la mujer que cuidaba y alimentaba a mi tesoro.
Aquí conviene que te imponga yo de algo, en extremo importante para mí,
y que tal vez ignores.
Mi alma ha sentido no pocas veces inclinación amistosa, compasión,
aprecio y cariño a los seres humanos; pero lo desaforado y suelto de los
primeros años de mi vida ha impedido acaso que llegue yo a amar a un
solo hombre con aquel amor exclusivo, persistente y celoso, con que
deben amar y aman las mujeres honestas criadas con recato. He tenido
muchos amoríos y casi no me atrevo a decir que he tenido amor. Una vez
sola en mi vida me parece que entreví, que columbré a lo lejos la
celestial aparición del verdadero amor, que benigno me sonreía y que
ansiaba penetrar en mi alma, llenarla de su divina beatitud y
purificarla e iluminarla.
Fue esto cuando tuve relaciones con Juan Maury. Tú estabas en Río y
debes acordarte de todo.
Contra Juan Maury no tengo yo la menor queja. Era un cumplido caballero.
Me quiso todo lo que podía quererme. Me respetó todo lo que podía
respetarme. Me atendió, me obsequió, me consideró como atiende, obsequia
y considera el galán más delicado a la más noble dama. Pero hubiera sido
absurdo que hubiese tratado yo de inspirar a Juan Maury más hondos
sentimientos y más apasionado afecto que los de la amistad y la
galantería. Yo misma tuve miedo de sentir hacia él verdadero amor.
Yo casi me atrevo a afirmar que no he engañado a D. Joaquín. Para evitar
el medio engaño en que le tenía, hubiera sido menester hacerle infeliz
con revelaciones feroces y con el más amargo de los desengaños. El amor
mío, si hubiese llegado a ser hacia Juan Maury exclusivo y profundo,
hubiera tenido que romper dolorosamente el lazo que a mi bienhechor y
protector me ligaba; hubiera sido para D. Joaquín horrible infortunio:
todo el bien, todo el contento y el reposo y toda la superior serenidad
hasta donde había yo logrado elevar su espíritu, hubieran venido a
desvanecerse o a hundirse en negro abismo. Por otra parte, aunque yo
debo ser humilde, y aunque lo soy, soy también muy orgullosa en cierto
sentido. Es el orgullo que nace de mi propia humildad. Si por la vileza
de mi origen, si por el ruin desorden de mi primera vida no merezco ni
soy digna de ciertas cosas, me repugna reclamarlas, solicitarlas de
nadie y hasta insinuarme para que se me concedan por favor ya que para
ellas no tengo el menor derecho.
De aquí que yo, más bien que mostrar a Juan Maury toda la vehemencia y
la elevación de mi afecto, traté de disimularlas. Quise aparecer y
aparecí a sus ojos como la más fina y complaciente de las amigas, como
bastante capaz de entender y de apreciar el valer y las excelentes
prendas de toda su persona y como no indigna de obtener su amistad y su
aprecio; pero todo, sin llegar a ser y sin mostrarme siquiera
profundamente enamorada, y sin propender a infundirle de mí otro
concepto que el de una mujer alegre, fácil y galante.
Si el verdadero amor, si el hijo divino de la Venus del cielo revoloteó
cerca de mí en aquellos días, yo huí de él por indigna y le ahuyenté por
peligroso.
Juan Maury se fue de Río y me abandonó sin gran pena. Nada más natural.
No le culpo. Sólo me lisonjea y me contenta el figurarme que él ha de
guardar dulce recuerdo de las dulces horas que pasó conmigo; de nuestros
íntimos coloquios y de nuestra ternura.
Fue tal la ligereza de aquellas efímeras relaciones, que ni yo le rogué
que me escribiese ni él me ha escrito. De estas relaciones, sin embargo,
me dejó él una prenda preciosa. Suya era, pero era mía más que suya; y
yo apenas la sentí en mi seno, me propuse con firme resolución que no
fuese sino mía.
Hasta donde alcanza mi memoria, desde que tengo uso de razón, en el
libre abandono de los años primeros de mi vida, no me remuerde la
conciencia de hurto, de estafa, ni de engaño o embuste para medrar.
Escudriñando yo hasta los más obscuros rincones de mi vida pasada, no
encuentro en ellos ni asomo de ruin bellaquería. Esto me consuela. De
ciertos pecados, en que con frecuencia he incurrido, después de
absolverme el confesor, me he absuelto yo también. De aquellos otros,
tal es el inflexible y recto tribunal de mi conciencia, jamás me hubiera
absuelto yo aun después de recibir la absolución en el confesonario.
Espantoso torcedor hubieran sido para mí, humillándome y abatiéndome.
Faltas, pues, en que yo no había incurrido cuando desamparada y
menesterosa, no habían de ser cometidas por mí cuando ya estaba próspera
y rica.
Por otro lado, lo que era mío, lo que yo esperaba y yo me figuraba ya
que iba a ser un primor, un asombro de gracia y de belleza, por nada del
mundo quería yo atribuírselo en parte a alguien de quien no era. ¿Y qué
aliciente había para el engaño? Usurpar para el fruto de mis entrañas la
hacienda que no le pertenecía y además un nombre cualquiera. ¿Quién sabe
si un nombre ilustre y glorioso, si un título histórico me hubieran
seducido y me hubieran hecho faltar? ¿Pero cómo había de seducirme que
lo que iba a nacer se apellidase Figueredo a secas, a pesar de la
supuesta descendencia de Güesto Ansures de que yo misma me había
burlado?
Con persistente disimulo, con firme y enérgica voluntad, con raras
precauciones e incesante recato, sin dejarme ver de nadie y fingiéndome
enferma, dejé pasar los meses.
Llegó la hora y sólo _Madame_ Duval, mi _mucamba_ y el médico, de
quienes tuve que valerme y me valí, exigiendo el mayor sigilo, supieron
que fui madre.
Mi hija, a quien di por nombre Lucía, se crió lejos de mí, aunque yo
velaba sobre ella e iba a verla a menudo.
Muerto D. Joaquín, procuré no poner en ridículo su memoria, dejando
conocer en Río que tenía yo una niña de cerca de dos años. Casi de
oculto hice que se embarcara y me la traje conmigo cuando vine para
Europa.
Quisiera yo escribir a escape estas confidencias: no contarte sino lo
más esencial: pero tal vez dejo correr la pluma y tal vez divago.
Lo que yo principalmente quiero que comprendas, es que en mi espíritu
hay como dos focos distintos de actividad, de donde brotan dos
corrientes también harto distintas, si bien la una y la otra están
alegremente iluminadas por la luz clarísima con que yo veo y entiendo
todo lo creado. Jamás se me ha ocurrido hallar mal lo hecho por la madre
naturaleza, ni echar la culpa a la sociedad mal organizada de ningún
caso adverso que me haya ocurrido, ni de ninguna contrariedad o percance
angustioso en que yo me haya encontrado. Y no quejándome yo ni de la
naturaleza, ni del orden social tal como los hombres han ido
disponiéndole, muchísimo menos puedo quejarme de la divina providencia,
que acato, adoro y bendigo. Apenas hay objeto que no vea yo de color de
rosa, y siempre que se ennegrece, me culpo a mí y a nadie culpo. Como
soy muy indulgente para con los otros, no es tan de censurar que lo sea
también para conmigo misma. Por eso me dejo llevar de mis generosos
afectos, harto poco en consonancia con una moral rígida, y de mi
inclinación irresistible a lucir las prendas de que me dotó el cielo y a
dar con ellas a los seres que me son caros ventura y deleite. Hay en mí
asimismo un tenaz empeño de progreso, de adelanto en el camino de la
perfección. Y tanto lo que creo realizado en mí, cuanto lo que en mí no
está realizado ni puede realizarse nunca, anhelo yo con vehemencia
ponerlo y realizarlo en un ser predilecto, en quien brillen, a par de
cuanto hay en mí de que puedo con razón ufanarme, todas las excelencias
y virtudes de que carezco y que no son pocas. Por esto, desde que nació
mi hija, desde que por primera vez la vi y presentí que iba a ser
hermosa, me propuse y ansié que su hermosura eclipsase la mía, que en
discreción, elegancia y saber me aventajase, y que estuviese exenta de
todos los defectos y manchas que en mí hay. Me propuse criarla con
esmerado desvelo para que fuese tan casta y tan pura como bella, y para
que no columbrase sólo el verdadero y exclusivo amor, hijo del cielo,
sino para que fuese capaz de poseerle, de gozarle y de recibirle en su
alma inmaculada como en su propio y consagrado templo.
Y para que veas lo extraño y contradictorio de mi condición, o más bien
lo extraño y contradictorio de la decaída condición humana, mi alma, que
tan altos propósitos tuvo y que a tan alta misión quiso consagrarse, se
dejaba arrastrar de sus regocijados ímpetus, de su perversión bondadosa
y de su liviandad inveterada, hasta el extremo de buscar y de forjar
aventuras como la que te conté ya del paraguayo y como varias otras que
he tenido después y sobre las cuales prefiero callarme.
* * * * *
No pude refrenar mi deseo de volver a mi patria. Desde Lisboa fui a
Sevilla y a Cádiz.
Mi antiguo confesor, el Padre García, había hecho algunos ahorros y
había heredado también a un hermano suyo que se había enriquecido. Harto
el Padre de rodar por el mundo, vivía retirado en el lugar de su
nacimiento, no lejos de Sevilla. Le anuncié mi llegada y él vino a
verme.
Para descargo de mi conciencia, en este punto muy escrupulosa, quise,
viéndome rica y convertida en toda una señorona, no desdeñar a mis
parientes, si los tenía, y hasta favorecerlos y socorrerlos si se
hallaban en la abyección y en la miseria. El Padre García me sirvió en
esto muy bien. Buscó con tino y diligencia a mis parientes, y no los
halló sino dudosos y muy lejanos. Yo había sido la única hija de la
Pascuala.
En Río de Janeiro, no recuerdo bien con qué tramoya, suplió D. Joaquín
la falta de mi fe de bautismo, que para nuestro casamiento se requería.
Hasta que el Padre García me la sacó, jamás había tenido yo ni visto
semejante documento.
Considerando yo que mis parientes más seguros habían de estar en los
hospicios, en las inclusas y en los conventos de mujeres recogidas, di
al Padre García pródigamente todos mis ahorros para que en aquellas
santas casas los repartiera. Él cumplió mi encargo y me trajo los
recibos que conservo aún, donde constan las donaciones de una dama
brasileña, cuyo nombre se calla.
A decir verdad, a pesar de todo mi patriotismo y de mi amistad hacia el
Padre García, me repugnaba permanecer en España. Dicen algunos autores
que las mujeres como yo suelen tener _nostalgia del fango_. No sé qué
quieren decir con esto; pero si es lo que yo entiendo, declaro que no he
tenido jamás semejante nostalgia. Al contrario, yo recordaba bien todos
los sitios, y al pasar por algunos se me encendía la cara de vergüenza.
Por fortuna, estaba yo tan encumbrada y en posición tan diferente de la
que allí tuve, que nadie me reconoció ni reconocí a nadie. Hice en mi
patria el papel de peregrina misteriosa.
Fuera del Padre García, con nadie quise tratar. Después de separarme de
él, estuve en Granada, Córdoba, Madrid, Toledo, Burgos y otros puntos,
visitando los monumentos en compañía de _Madame_ Duval, que detestaba
las antiguallas y suspiraba por los _boulevards_ de París. Allí fui por
último, y pronto me instalé comprando muebles y poniendo casa.
He vivido desde entonces con comodidad y hasta con lujo, pero sin el
menor empeño de llamar la atención ni de brillar, y con tanto arreglo y
economía que, a pesar de no pocos gastos extraordinarios y de viajes de
recreo que he hecho por Alemania y por Italia, he doblado mi capital y
mi renta. Hoy casi puedo asegurar que soy rica.
* * * * *
Mi vida de París ha sido alegre, desenfadada y modesta. Expondré aquí,
en pocas palabras, cómo concierto yo la modestia con la alegría y el
desenfado. Mi modestia ha consistido en no desear ni aspirar a hacerme
conocida, celebrada y famosa. Más he huido que buscado que nadie me
señale con el dedo, que la atención pública se fije en mí, y que la
gloria infame de que algunas mujeres gozan, gloria que yo me jacto de
poder adquirir fácilmente, me circunde con sus resplandores. En vez de
mostrarme, puedo afirmar que me he ocultado.
Como la soledad me entristece, he ido a reuniones y tertulias, pero
nunca he pretendido salir de la colonia ibero-americana. Y aun dentro de
esta colonia no he sido asidua en el trato ni he intimado mucho, sobre
todo con mujeres. Hasta que mi hija llegó a tener ocho años, como apenas
exigía otro cuidado que el de su corporal desarrollo, cuidado harto leve
porque mi hija se ha criado con excelente salud, ora pensando yo en
distraerme, ora anhelando hacerme apta para contribuir a su educación,
he leído muchísimo y casi sin sentir me he convertido en marisabidilla.
Soy franca admiradora de la literatura francesa. Me parece esta nación
fecundísima en ingenios de toda clase. Yo los admiro y quiero seguir
admirándolos sin tropiezo. Acaso te parezca extravagante modo de
discurrir, mas es lo cierto que, a fin de no tropezar y conseguir que la
tal admiración salga rodando por el suelo, me he abstenido de buscar la
sociedad literaria parisina. Al conocer los libros, he conocido lo más
noble, depurado y selecto de cada autor. ¿Para qué conocer lo restante?
He recelado desilusionarme al conocerlo. ¿Quién me asegura que los
escritores franceses no sean presumidos y fatuos? ¿Qué necesidad tengo
yo de extremar mis amabilidades y de hacer esfuerzos para insinuar en la
mente de esos señores que no soy una salvaje, que estoy al nivel de
ellos, que comprendo sus profundidades y sutilezas, y que, aun
suponiendo que en España, en Portugal y en el Brasil esté la gente muy
atrasada y hasta sea de casta inferior, yo, por excepción fenomenal y
monstruosa, he podido elevarme hasta hombrearme con ellos?
Ahora comprenderás en qué sentido digo yo que mi vida en París ha sido
modesta. En cuanto a su desenfado y a su alegría, no es menester que
entre yo en pormenores para que tú lo comprendas. El cielo, el infierno,
la naturaleza, un poder sobrenatural, lo que tú quieras o supongas, no
parece sino que me ha dotado de imperecedera lozanía de cuerpo y de alma
y de una bondad y de una ternura inagotables y prontas, pero que han
hallado siempre obstáculos insuperables para el verdadero y definitivo
amor, y se han quedado en mitad del camino.
* * * * *
Voy a contarte una curiosa aventura, que, si bien tiene mucho de
ridículo, no puedo ni debo pasar en silencio, porque sus consecuencias
fueron serias para mí y han influido bastante en los ulteriores sucesos
de mi vida. De esta aventura hace ya mucho tiempo, pero la tengo tan
presente como si ayer hubiera sido.
El Barón de Castell-Bourdac es el personaje más inverosímil y complejo
de cuantos he conocido. Sus excentricidades mueven a risa, sus chistes,
sus exageraciones y sus embustes involuntarios nos divierten a par que
rebajan el concepto que de él formamos; pero cuantos le conocen y tratan
y penetran bien en el fondo de su alma, no pueden menos de quererle y de
estimarle. La fantasía del Barón ha bordado su vida sencilla y honrada,
desfigurándola con falsos adornos. Sobre la historia ha venido a
sobreponerse la leyenda: pero aunque por la leyenda aparezca el Barón
como personaje cómico, por la historia es siempre digno de respeto. No
pretendamos tasar y aquilatar con exactitud lo egregio y lo rancio de su
nobleza. Él cree, y esto me basta, que es nobilísimo. Apenas hubo
Cruzada en que un Castell-Bourdac no figurase. La importancia de los
Castell-Bourdac ha sido grande desde entonces hasta la caída del antiguo
régimen en 1789. La revolución los arruinó. Y desde entonces hasta ahora
la inflexible energía de sus opiniones legitimistas ha impedido que
salgan de la obscuridad. Ni durante la Restauración intervinieron en
nada, porque hallaron a Luis XVIII y a Carlos X sobrado transigentes con
las ideas nuevas.
Aunque el Barón de Castell-Bourdac, restablecida en gran parte la
hacienda de su casa, poseyó por entonces bastantes bienes de fortuna,
que hubieran podido servirle de sostén y aun de resorte para su
elevación en la política, por desgracia e no quiso mezclarse en nada, y
no acertó a emplear mejor su actividad que en disipar alegremente sus
bienes y volver a quedarse pobre.
Desde el año de treinta en adelante, fue imposible que el Barón pusiese
mano en los negocios públicos. Si él hubiera querido ceder, humillarse,
renegar hasta cierto punto de las creencias y de la misión de sus
antepasados, hubiera sido Diputado, Senador, Embajador, Ministro y
cuanto le hubiera dado la gana; él al menos así lo creía; pero como el
Barón no había querido ceder ni renegar, había tenido que limitarse y
resignarse a ser un caballero, si bien encopetado, viviendo de sus
rentas, que eran cortísimas.
En este punto de la situación económica, ya no entra por nada la
fantasía del Barón. La pura verdad acude en su abono y le concede justa
alabanza.
El Barón es un prodigio de arreglo y de economía. No disimula su
pobreza, pero tampoco la deplora. En los círculos más elegantes se
presenta siempre con el decoro propio de su clase. No juega, ni bebe.
Por no tener vicio alguno, no fuma, y también porque el fumar le parece
plebeyo, apestoso, impropio de un Castell-Bourdac y en plena disonancia
con el ideal del atildado y noble cortesano del antiguo régimen tal como
él se le representa.
El Barón no debe nada a nadie y nadie puede jactarse de que él le haya
pedido dinero prestado.
Cada día come en una casa distinta. Es muy buscado y está convidado a
las mejores mesas, así por su divertida conversación, como por su
extraordinaria fama de hondo conocedor y perito en todas las artes del
deleite. El Barón pasa por el _gourmet_ más delicado que hoy vive,
paladea y olfatea en Francia. No es rico para pagar unos convites con
otros, ni es zafio tampoco para pagarlos de otra manera sin el menor
disimulo; pero, quizás sin pensarlo, paga los obsequios que recibe y no
hay quien le tilde de _pique-assiette_ o de parásito. Los cumpleaños,
las bodas y otras festividades le ofrecen ocasión, que él aprovecha, de
pagar cumplidamente cuantos obsequios recibe. En suma, y en mi opinión,
que creo fundada, el Barón es un modelo de cortesanía. Sólo han podido
los maldicientes echarle en cara un defecto, del que, a mi ver, se ha
corregido. El defecto, si lo es, consiste en su extremada galantería,
muy en desacuerdo para muchos con la edad provecta a que ha llegado.
Conceden sus críticos censores que él, en su juventud, hizo brillantes
conquistas y cautivó no pocos corazones indómitos y soberbios, pero
añaden que hace ya más de veinte años que debe el Barón recogerse a buen
vivir y reposarse sobre sus laureles.
Mucho disto yo de seguir semejante parecer. Desde que conocí al Barón,
trece o catorce años ha, he opinado lo contrario. Hay belleza, elegancia
y distinción para todas las edades, con tal de que no falten la salud y
el aseo. Y como el Barón está saludable y es aseado y pulcro, yo le
hallé y le hallo siempre muy agradable persona y además un hermoso
viejo. Por otra parte, como el alma humana es inmortal, no hay vejez que
valga contra ella, mientras no se destruyan o deterioren en extremo los
aparatos y órganos que la ponen en relación con el mundo y le sirven de
medio para pensar y sentir y para expresar lo que piensa y siente
mientras en el cuerpo está encerrada. Sea como sea, y a fin de que no
digas que me quiebro de sutil, prescindiré de más aclaraciones, y te
diré con llaneza que el Barón se prendó de mí y me hizo muy respetuosa y
finamente la corte.
Yo me lisonjeo de no haber tenido jamás ciertos defectos que se
atribuyen, así a los que llaman en Francia _parvenus_ como a los que en
España llaman cursis. Sin duda a la aparición en mí de estos defectos se
ha opuesto el orgullo. No he anhelado ni buscado para darme tono el
trato y la amistad de personas encumbradas por nacimiento, educación y
riqueza. Naturalmente me he encontrado yo y me encuentro tan distinguida
como si hubiera nacido en la púrpura y no me hubiera echado al mundo la
Pascuala, sabe Dios en qué zahurda. No podía yo esperar, por
consiguiente, que el influjo o el arrimo de sujetos aristocráticos
viniese a prestarme como un reflejo de su valer. Creía yo y creo tener
luz propia, digámoslo así, y que no la necesito prestada. No sé si
aplaudirás o censurarás esta vanidad mía. Yo te confieso que la tengo
para confesarte además que el Barón me aduló esta vanidad, sin artificio
y por manera irresistible. El Barón procuraba demostrarme con evidencia,
empleando para ello muy elocuentes palabras, que yo, sobre ser hermosa,
poseía tal majestad en el gesto, en los modales y en todo, que más
parecía una princesa o una emperatriz que una perdida plebeya, puesta
casualmente en zancos por su enlace con un ricacho usurero.
El arte y el ingenio con que el Barón iba insinuando en mi alma estas
lisonjas me tenían cada vez más hechizada. El Barón me comprende bien,
pensaba yo, y cuando tan bien me comprende señal es, y prueba es
clarísima, de la elevación y de la agudeza de su entendimiento. Así
infundió el Barón en mi pecho la amistad más acendrada hacia él.
Hízose mi _cavaliere servente_, y yo me deleitaba y hasta me
enorgullecía de que me acompañara y me sirviera.
Con modesta timidez, que de su ancianidad se originaba, el Barón empezó
con suavísimo tiento y cautela a mostrarse enamorado de mí, pero sin
persistir en sus manifestaciones para no cansarme, refrenando su
vehemencia para evitar mi enojo, y haciéndolas, cuando las hacía, como
por un arranque involuntario y muy a despecho suyo.
¿Quieres creer que con tal proceder el Barón me enterneció, y cautivó en
cierto modo mi espíritu? Mi estimación y mi amistad se las tenía ya
ganadas por completo. Después, poco a poco y al compás que él iba siendo
más atrevido y más explícito, fueron despertándose en mí aquellas ideas,
pasiones o inclinaciones, pues no sé cómo las llame, que siempre, a
pesar del freno religioso y a falta del freno del orgullo y del decoro
en este particular, han hecho de mí lo que rudamente podemos llamar una
mujer liviana, o más bien han impedido que yo no quiera, ni pueda, ni
logre nunca desechar de mí la liviandad primitiva. Consideré al Barón
herido, y tuve piedad de él y pensé en el bálsamo que podía curarle. Mi
generosa piedad fue aguijoneada por algo a modo de remordimientos. Me di
a cavilar que con mis favores amistosos, aunque concedidos sin malicia,
con mi dulce abandono cuando le tenía a mi lado, con el mal disimulado
placer con que yo oía sus requiebros, y hasta con mi reír y burlar
cuando me hablaba de su cariño, había sido yo una desalmada coqueta, que
había robado la tranquilidad de aquel señor excelente y había levantado
en el mar pacífico de su ya fatigado corazón la más deshecha borrasca.
Casi o sin casi, me creí en la ineludible obligación de apaciguarla para
descargo de mi conciencia. En fin, y sin más preámbulos, en una tarde de
invierno, a las cinco, hora en que suele tomarse el té, cité al Barón,
como recientemente te tengo citado a ti, para que viniese a tomarle
conmigo a solas. Mis jaquecas un tanto cuanto imaginarias han persistido
siempre. Aquella tarde para todos tuve jaqueca menos para el Barón. Este
acudió a la hora justa, lleno de gratitud, contento y ufanía. Parecía
remozado por virtud de una poción mágica o por hechizos del amor. Entró,
me saludó y se llegó a mí con la gracia, desenfado y ligereza de un
pollo o _gomoso_, no de nuestro siglo decadente, sino de otras edades
caballerescas en que fueron los hombres de temple más recio y más fino.
Yo, con el pretexto de la jaqueca, estaba en el más cuidadoso y esmerado
_négligé_. Mi vestidura era una elegantísima bata de flexible seda.
Pocas mujeres pueden hacer lo que yo hice entonces y puedo hacer y hago
todavía. Cuando el corsé me enoja no le llevo, y nada, absolutamente
nada, se humilla falto de sostén y baja de su sitio: todo permanece
firme como el mármol y el bronce. Perdona que entre en estas
menudencias. Mi presunción tiene alguna disculpa por lo no comunes que
son las cualidades de que me jacto. Importa además consignar esta
circunstancia de mi _toilette_ para que se entienda lo que ocurrió en
seguida.