El espíritu no es extenso, y por consiguiente no tiene lados, pero yo me

le represento con lados para comprenderle mejor. Así es, que, cuando

miraba yo mi espíritu por el lado de mi profundo dolor de viuda, veía

lúgubre y tristísima noche; pero, al mismo tiempo, por el lado

contrario, empezaba a clarear, como cuando por el Oriente nace el alba,

y hasta pensaba oír yo el leve susurro del viento matutino y allá más

lejos el melodioso canto de los pájaros. Será contradictorio, pero nada

más natural que las contradicciones. Había dado yo cima al cumplimiento

de un penoso deber y podía reposarme: había acabado la obligación que

contraje y había acabado también, aunque dorada y fácil, la servidumbre

en que yo había vivido. Me sentía de nuevo en plena libertad y esto me

alegraba. El susurro del viento, el canto melodioso de los pájaros y la

luz de la aurora, eran la vida del porvenir que venía a consolarme, a

desvanecer mi tristeza y a convidarme a nuevos goces.

Yo me hallaba, además, satisfecha y hasta engreída de mi conducta, lo

cual basta y sobra para aliviar y calmar todo dolor por grande que sea.

Pude lícita y honradamente ser millonaria y no quise. Con pasmosa

generosidad repartí entre parientes, amigos y paisanos los cuantiosos

bienes de mi marido. Sólo guardé para mí, relativamente, una pequeñísima

parte: menos, mucho menos de lo ganado durante la sociedad conyugal:

mucho menos de lo que por derecho me pertenecía. Mi estupenda

generosidad tenía pasmados a todos los brasileños. No había quien no me

celebrase y aplaudiese. Buena ocasión me pareció esta para responder al

aplauso con un finísimo saludo de despedida y buscar otros horizontes,

otras escenas y otras gentes, según correspondía a la vida nueva que iba

a empezar para mí.

En efecto, no bien embarqué en Río, levó anclas el barco de vapor y

empezó a andar, dejando un surco de espuma, si por una parte la vista de

la ciudad y de la fértil y risueña costa que iba desvaneciéndose, y el

recuerdo de las personas queridas, hicieron brotar de mis ojos algunas

lágrimas, por otra parte sentí que se me ensanchaba el pecho, que surgía

para mí como una nueva juventud, y hasta imaginé que el fresco

vientecillo que corría, húmedo y salado, agitaba mis recuerdos tristes,

como si fuesen las hojas secas de un árbol, y los arrojaba en el surco

que la nave iba formando, a fin de que en el árbol, libre de aquel peso

enojoso, brotasen con premura nuevas hojas y nuevas flores.

En resolución (¿y para qué te lo he de negar?), antes de salir de la

bahía de Río de Janeiro me sentí y me reconocí yo, en el centro de mi

ser, como la viuda más sentimental y llorosa, y más regocijada y alegre

al mismo tiempo, que sin dificultad puede concebirse, pero que con gran

dificultad suele confesarse.

La navegación, que duró dieciocho días, no pudo ser más próspera. Nos

detuvimos y desembarcamos en Bahía de Todos los Santos, antigua capital

del Imperio, y en la hermosa ciudad de Pernambuco. Al abandonar luego

las costas de América, tal vez para siempre, sentí nueva aunque dulce

melancolía. Era al ponerse el sol entre nubes de carmín y de oro. El

cielo despejado parecía sobre nuestras cabezas y todo alrededor bóveda

de zafiro limpio y claro. Y la risueña costa iba alejándose, esfumándose

en el aire, y, por último, sepultando sus cocoteros, sus palmas y toda

la pomposa lozanía de sus ricos campos y de su perenne verdura en áureo

piélago de líquidos rubíes, que tal era el aspecto del mar al sepultarse

también el sol en el ocaso.

Durante ocho días no vimos después sino mar y cielo. En mal sitio

aportamos al antiguo mundo. Aportamos a la fea y desolada isla de San

Vicente de Cabo Verde. Fuimos luego a Tenerife y, como quien saluda a su

patria después de larga ausencia, saludé desde lejos el majestuoso pico

de Teide. En Tenerife no pudimos desembarcar por precaución sanitaria.

Ni desembarcamos tampoco, aunque nos detuvimos en Funchal un día entero.

Cuando de allí nos alejamos, toda la hermosa isla de Madera, con su

montaña cubierta hasta la cima de pomposos árboles, me parecía rico y

gracioso canastillo de flores, que los Genios del mar sacaban al aire

claro, al más diáfano ambiente, desde el fresco seno de las azules

ondas.

En fin, para que no te rías y para que no pienses que pretendo lucir mi

estilo poético, te diré que llegué a Lisboa.

Durante la navegación, sin embargo, tuve una aventura harto notable. Y

como este escrito tiene trazas de confesión general, no me parece bien

que se quede en el tintero, y voy a contártelo aquí aunque me exponga a

tu reprobación y a tu censura.

Venían muchos pasajeros a bordo, pero tan vulgares todos que no merecen

que yo te los describa aquí, ni aunque quisiera podría describirlos

porque los he olvidado por completo. Sólo había uno que excitó mi

curiosidad y me inspiró interés y simpatía. Extraño personaje de los que

no se usan ni se ven con frecuencia en el mundo. Aunque iba aseado y

vestido a la europea, yo me lo representé, no bien supe su nombre y su

origen, como si fuera el propio Adán que acababa de ser echado por

segunda vez del Paraíso. Y no era quien le echaba un querubín con espada

de fuego, sino su tío el doctor López.

Para no tenerte más largo tiempo suspenso te diré sin más preámbulos que

el tal personaje se llamaba Pepito Domínguez, joven paraguayo, que

acababa de cumplir dieciocho abriles, y a quien el mencionado doctor,

Presidente de la República, enviaba de Secretario de la Legación ubicua

que ya tenía en todas las capitales de Europa y de la que su hijo, el

segundo doctor López, era jefe.

Sabido es que, imitando a su antecesor el doctor Francia, como éste

había imitado a su vez a los padres jesuitas, el doctor López había

tenido a toda la población del Paraguay separada del mundo y apartada

del trato humano a fin de que conservase su dichosa y primitiva

inocencia. Y llegó a tal punto el aislamiento, que se cuenta que un

sabio francés, llamado Bonpland, que entró por allí a herborizar, fue

detenido por fuerza y tuvo que residir en el Paraguay muchos años. En

virtud de este modo de gobierno, dicen que los paraguayos fueron

felices, y como su tierra es hermosa y fértil, imaginaron vivir en el

paraíso, con celestial candor y envidiable ignorancia de las cosas

terrenales. Poco a poco se fue relajando aquella clausura en que vivía

toda la nación. El doctor López consintió en que fuesen a su capital

varios Cónsules extranjeros. Y el más ladino de todos, que era el

_yankee_, hizo allí papel semejante al de la serpiente en el primitivo

Paraíso, induciendo a la mujer del doctor López, y por medio de ella al

mismo doctor, a quebrantar la clausura y a ponerse al habla y en

relación con el resto del humano linaje. Así lo decretó el doctor López,

y de resultas y como corolario de su decreto, envió a su hijo con cartas

credenciales para todos los Soberanos de Europa, proponiéndose celebrar

con ellos sendos tratados de paz, alianza, navegación y comercio. Y no

contento el doctor López con esta novedad, resolvió a los seis meses

enviar cerca de su hijo, para secretario de la Legación, a su ya

nombrado sobrino Pepito Domínguez.

Acertado fue el nombramiento. Ni los más maldicientes hubieran podido

calificarle de acto de nepotismo. El flamante secretario podría muy bien

figurar en Europa como exquisita muestra de lo mejor que produce el

cruzamiento de las razas. La sangre guaraní corría por sus venas

mezclada con la sangre española. Y esta mezcla o combinación había

tenido un resultado excelente. El mozo era por su traza un andalucito

muy agraciado, si bien con un no sé qué de peregrino, que borraba de su

fisonomía, de su ademán y de sus movimientos toda huella de vulgaridad,

dándole distinción y atrayendo hacia él las miradas curiosas de cuantos

sujetos gustan de lo que no se tiene a todo pasto ni se encuentra al

revolver de una esquina.

Pepito Domínguez parecía, además, naturalmente listo: dotado de rápida y

clara comprensión y muy expedito para todo. Las esperanzas del doctor

López no eran infundadas. El Cónsul _yankee_ le había hecho comprender o

creer que, por culpa de aquella clausura y de aquella incomunicación en

que los paraguayos habían vivido, todos ellos se habían quedado, salvo

la moral y el dogma de Cristo, que conocían aunque de un modo burdo, en

inmenso atraso con relación a lo restante de la humanidad; y que todo

cuanto esta había descubierto, inventado, experimentado, fabricado y

averiguado durante ocho mil o nueve mil años, era para los paraguayos

asunto desconocido, arcano tenebroso, libro de siete sellos.--Menester es

ilustrarse, pensaba ya el doctor López: menester es alcanzar con rapidez

la civilización de Europa; dar un brinco audaz y saltar de este solo

brinco los nueve mil años que de la civilización nos separan. Y nadie

más a propósito que Pepito Domínguez para tan arriesgada empresa. El

muchacho es tan ágil que, en un santiamén, en menos que se persigna un

cura loco, va a enterarse de cuanto ocurre por esos mundos, y va a

aprender a escape y sin la menor fatiga todo lo substancial de lo que a

fuerza de seculares cavilaciones han llegado nuestros prójimos a poner

en claro.

Esto o algo por el estilo había pensado el doctor López, y con esta

misión, a más de la misión diplomática, enviaba a Europa a Pepito

Domínguez. Su inteligencia era, sin duda, tabla rasa, pero tabla

bruñida, tersa y maravillosamente adecuada para que los conceptos se

grabasen en ella con prontitud, se ordenasen allí sin confusión y

distintamente y persistiesen luego como indelebles signos, sin borrarse

ni alterarse nunca. La vanidad y el afecto de tío movían al doctor López

a pensar así de su sobrino D. Pepito. Y lo que es él no tenía menos

favorable opinión de sí propio; pero el candor y la ignorancia hacían

amable y chistoso su presumido atrevimiento. La petulancia infantil de

D. Pepito era encantadora.

Yo, que hablé con él desde el primer día que ambos estuvimos juntos y

nos vimos a bordo, hallaba en la susodicha petulancia irresistible

hechizo.

De sobra conoces tú, mi querido Vizconde, la propensión didáctica que he

tenido siempre. Aquel chico que tan confiada y valerosamente se proponía

aprender y saber como por ensalmo, que aspiraba a poner la atrevida mano

en el árbol de la ciencia, coger su fruto, que había tardado noventa

siglos en madurar, estrujarle en la pujante prensa de su entendimiento,

alambicar el zumo y bebérsele luego de un trago sin temor de embriaguez

ni de trastorno, te confieso que me divirtió mucho y que despertó y

estimuló en mí la antigua manía didáctica que siempre he tenido.

¿Porqué, me decía yo, no he de hacer con este muchacho el papel de

Minerva o de Sabiduría personificada? ¿No podía yo darle a beber en

mágico cáliz la sublimada quinta esencia de todo lo sabido hasta ahora?

Difícil de vencer era mi tentación. El mal disimulado asombro con que D.

Pepito me miraba hacía mi tentación más fuerte. D. Pepito veía en mí el

sobrenatural y más complicado producto de esa civilización de noventa

siglos de que él quería apoderarse. Yo era para él como resumen y

compendio de todas las ciencias, artes e industrias. Algo como

enciclopedia viva. Entendió D. Pepito que si llegaba a entenderme y a

saberme a mí, todo lo entendería y lo sabría. Y persuadido de esto, él

me lo explicaba a su manera, y yo me sentía muy lisonjeada cuando él me

lo explicaba. Sus explicaciones eran por lo común en castellano, pero de

vez en cuando se empeñaba él en dármelas en guaraní. Yo no comprendía

palabra, y él, entonces, quería enseñarme su lengua, asegurándome que

para tratar de no pocos asuntos y sobre todo para el amor era mil veces

más expresiva y eficaz que el habla de Castilla. Para complacerle le

solía yo pedir que me dijese algo en guaraní y hasta que me enseñase a

contestarle. Él entonces me decía:

--_Nde cuñá porá. Che-r-ayhub-i_, esto es: tú eres mujer bonita. Ámame.

Adiestrada luego por él en la pronunciación, casi me obligaba a decir y

yo decía riendo:

--_Nde-hayhú_, o sea: te amo.

Él en seguida se ponía contentísimo, me miraba con unos ojos muy dulces

y con un mirar muy intenso y fijo, y aseguraba que toda su ventura se

cifraba en ser mi _o-hayhú-bae_, o, como si dijéramos, mi amante. Con

esto me reía yo mucho más: me reía como una loca: y, para excitarle más

por la contradicción, añadía:

--Hijo mío, todo eso está muy bien: tus vocablos guaraníes son musicales

y sonoros, pero yo no veo por dónde han de ser más expresivos ni más

eficaces que los correspondientes vocablos castellanos.

D. Pepito entonces procuraba realzar y fortificar la eficacia de sus

vocablos; y en su entusiasmo filológico, sin maliciosa premeditación,

apelaba a la mímica.

--Modérese usted, tenía yo que decirle, y advierta que con ese auxilio no

hay idioma que no sea tan eficaz y expresivo como el guaraní. Con ese

auxilio hasta sin hablar se expresa cualquiera con primor, claridad y

eficacia. Lo malo está en que yo no acepto ese lenguaje auxiliar, y

menos aún en esta ocasión y en este sitio.

Estábamos sentados sobre cubierta y rodeados de multitud de pasajeros.

Anhelaba yo mostrarme severa y grave, pero apenas me lo consentía la

risa que me retozaba en el cuerpo, porque D. Pepito ponía una cara

cómicamente triste, y que por cierto no me parecía mal. En fin, yo

vencía los estorbos que a mi severidad se oponían, me mostraba entonada

y digna y conseguía que el joven se arredrase y estuviese respetuoso.

Reportado ya y muy compungido, suspiraba él y decía en guaraní:

--_Che rací-hayhub-guasú_.

--¿Qué significa ese a modo de gruñido que usted exhala?--le preguntaba

yo.

Y él me contestaba con tono lastimero:

--Pues significa: estoy enfermo de amor grande. De la voluntad de usted

depende que yo me muera o me cure.

Muy extremoso me parecía el dilema que don Pepito me ponía. Algo, no

obstante, podía tener de cierto. Siempre fui compasiva y el tal dilema

me atribulaba. Calamitoso hubiera sido que don Pepito se hubiera muerto

en vez de volver al Paraguay, al cabo de dos o tres años, con todo lo

esencial de la civilización, puesto en cifra y bien estampado en el

meollo.

Pasaban días, el barco iba adelantando, y, si no recuerdo mal, estábamos

ya cerca de las Islas Canarias.

Bueno es que advierta yo aquí, para que mi erudición no te sorprenda,

que mi prurito de enseñar ha estimulado mucho mi prurito de estudiar y

de saber, desde que en el _Retiro de Camoens_ nos conocimos y tratamos

íntimamente. No te maraville, pues, que yo me muestre en algunas

ocasiones algo erudita.

A D. Pepito, que quería enseñarme el guaraní ¿cómo no había yo en pago

de enseñarle un poco de lo que sabía?

De aquí que, cuando él no me hablaba de su amor, y a menudo para

distraerle e impedir que me hablase, solía yo darle lecciones y contarle

historias. Estas, por antiguas y sabidas que fuesen, siempre eran nuevas

para él. ¿Qué mayor deleite para mí que esta ignorancia suya, que

prestaba a cuanto yo le decía el aliciente de lo inaudito y la magia de

lo no sabido, ni siquiera soñado?

No puedes figurarte cuánto me complací yo refiriendo y cuánto se deleitó

D. Pepito oyéndome referir, a vista de las Canarias, todo lo que

aconteció a Rinaldo en los jardines de Armida y el regalo, la elegancia

y el cariño con que en ellos le recibió y le agasajó aquella voluptuosa

maga.

Con tales pláticas no es de maravillar que cada día fuese yo cobrando

más afición a D. Pepito.

Pero no fue esto lo más escabroso ni lo más ocasionado a deslices. Lo

peor fue que allá en mis adentros discurrí yo de esta suerte, cuando

íbamos llegando ya a la isla de Madera:

--Las historias que yo cuento y las doctrinas que expongo a D. Pepito son

desatados fragmentos, hojas rotas arrancadas de un libro sin orden y sin

método, carecen de conjunto, no tienen unidad, ni principio, ni fin, ni

objeto. Al pobre muchacho, en vez de servirle de algo cuanto yo le digo,

va a armarle en la cabeza una confusa maraña, un enredo, un caos

inextricable. ¿No sería más natural y más conveniente ser su maestra por

estilo sintético? Ariadna, que no poseía plano del Laberinto, no se

empeñó en manifestar a Teseo sus reconditeces y revueltas, con lo cual

le hubiera calentado el cerebro sin la menor ventaja, sino que le dio el

hilo para que se guiase por él y saliese airoso de aquella aventura,

diciéndole probablemente: Dios te la depare buena. Y yo he leído, no

recuerdo bien en qué libro tan docto como ameno, que el joven Anacarsis,

el cual era escita, o como si dijéramos un paraguayo de las edades

clásicas, cuando quiso iniciarse en los misterios de Ceres eleusina,

acudió a una sacerdotisa tan avisada como discreta, de las que dependían

del hierofante principal, y esta sacerdotisa se guardó muy bien de

perder su tiempo tratando de comunicarle punto por punto las ocultas

doctrinas de los iniciados, sino sencillamente le abrió de par en par la

puerta del camino que iba al santuario y le dio la antorcha luminosa y

ardiente que hasta él había de conducirle. Estas parábolas o símbolos se

presentaban a mi mente y me tenían obsesa, vacilante, casi rendida.

Ya te he dicho que D. Pepito era guapo. Y por la mañana, cuando antes

del almuerzo, estando yo sobre cubierta, le veía venir hacia mí, se me

ocurría, ya que era el joven Teseo que acudía a pedirme el hilo, ya que

era el joven Anacarsis que requería la antorcha para penetrar en las

profundidades y descubrir los misterios.

La verdad sea dicha: mi alma anhelaba entonces prestarle la antorcha y

darle el hilo.

Y este anhelo subía de punto al notar yo o al imaginar que notaba que D.

Pepito estaba pálido y triste. Y yo me ponía triste también, pero no

pálida, sino encendida como la grana, y sintiendo traidora compasión y

suave quebranto. Llegaba él luego cerca de mí, se sentaba a mi lado, y

aproximando su boca a mi oído, decía en voz bajita, dulce y suplicante:

--_Che rací-hayhub-guasú_, o sea estoy enfermo de amor grande.

Al cabo, me faltaron las fuerzas para defenderme. Cité a D. Pepito, en

el obscuro silencio de la noche, y él vino a mí y yo le di el remedio

que apetecía.

Aquello fue para él una revelación, antes ni en sueños presentida. El

pasmo, el embeleso, la sorpresa inefable y beatífica que todo, todo,

todo le causaba, inundaron mi alma de satisfacción y de orgullo. Yo fui

mil y mil veces más dichosa de su dicha que de la mía. Se me figuró que

le abría con llave de oro las puertas del Edén; que amasaba yo entre mis

manos el árbol de la ciencia y el árbol de la vida y sacaba de ambos un

filtro poderoso, que, vertido sobre el corazón de aquel muchacho, le

magnificaba y ensalzaba, y que vertido sobre su cabeza llenaba su mente

de alegría y de una luz riquísima penetrando todos los arcanos.

Al siguiente día llegamos al puerto de Lisboa, término de mi viaje. D.

Pepito continuó el suyo hasta Inglaterra. Gran ventura fue ésta para mí.

No hubo tiempo para desengaño, cansancio ni hastío.

Dejé el barco de vapor y salté en tierra, como quien sale a escape del

teatro, donde ha visto una _féerie_, un precioso baile de hadas, antes

de que se disipe la ilusión escénica y no se vean sino los oropeles, la

ruda maquinaria, los telones y bambalinas y los comparsas y figurantes

untados de colorete, que la han promovido.

Entonces me afligió separarme de D. Pepito. Más tarde, he pensado a

veces, ¿estuvo en la realidad toda aquella poesía o brotó de mi alma,

exuberante a la sazón de represada y viciosa lozanía, y de ocios y

ensueños de mi por largo tiempo no empleada ternura?

No lo supe ni lo sé. Me place seguir dudando. Y a fin de que no termine

la duda, he procurado no informarme jamás ni saber el paradero del joven

paraguayo, como si hubiera sido un ser peregrino que estuvo algunos

instantes en nuestro planeta, y en seguida se desvaneció para siempre.

* * * * *

Quise detenerme y me detuve en Lisboa, porque yo tenía _saudades_ de

Lisboa. Aunque tan otra de la que me fui, ansiaba ver a los antiguos

amigos, y singularmente al que me proporcionó recursos para ir al Brasil

y me dio las cartas de recomendación para Figueredo, que causaron el

cambio de mi fortuna.

Los más de estos antiguos amigos se me mostraron muy amables. Con

algunos estuve yo amabilísima.

Todo, no obstante, había variado con el transcurso del tiempo, a pesar

de la lentitud y reposo con que en Portugal todo camina.

Los regocijados _janotas_ que habían formado mi sociedad, se hallaban

convertidos en personajes muy serios. Unos eran Pares, diputados otros,

y no faltaban entre ellos altos funcionarios y hasta Ministros cesantes

o militantes. Los más eran padres de familia, con señora encopetada y

con prole.

Ni ellos ni yo queríamos, debíamos ni podíamos volver a la vida pasada,

salvo el hacer resurgir del seno de lo que fue, y por evocación mágica,

una fugaz apariencia que, no bien se dejaba columbrar, mostraba

marchitas y ajadas las lindas galas que en el recuerdo había conservado.

Se asemejaba a brillante mariposa custodiada muchos años bajo un fanal,

y que se deshace y convierte en ceniza, no bien se levanta el fanal y

una ligera ráfaga de viento toca en ella y la mueve.

No podía yo tampoco, en Lisboa menos que en parte alguna, porque en

Lisboa era muy conocida, intentar, sin peligro de desdenes y de

sofiones, penetrar en lo que se llama la buena sociedad y hacer bien el

papel de la señora viuda de Figueredo.

La melancolía se apoderó de mi espíritu. Para distraerla, siguiendo mis

aficiones didácticas, me entretuve en hacer cerca de _Madame_ Duval el

papel de _cicerone_. _Madame_ Duval seguía a mi servicio y jamás se

había detenido en las orillas del Tajo. Yo gocé inocentemente en hacerle

ver y admirar todas sus bellezas; las espléndidas vistas que desde la

Patriarcal quemada se admiran; la plaza del Rocío y las anchas calles

paralelas que después del terremoto hizo construir Pombal; el espléndido

Terreiro do Pazo; la soberbia anchura con que frente de él se dilata el

Tajo, como para recibir todas las escuadras del mundo; el risueño camino

que va por su orilla derecha, llena de quintas, palacios y graciosos

jardines, hasta la desembocadura, cerca de Pazo de Arcos; y sobre todo,

el admirable templo de Belén, con sus esbeltos y aéreos pilares,

exquisita muestra de la original arquitectura _manuelina_ y digno

monumento de la más noble hazaña de los portugueses, cuando, en edades

para nosotros más dichosas, competimos en descubrir y recorrer el mundo

y en dilatar por mares y por tierras remotas o ignoradas la civilización

de Europa y la fe de Cristo.

Mi papel de _cicerone_ me agradaba y divertía. Hice, pues, algunas

pequeñas excursiones con _Madame_ Duval. La llevé a Cintra, a Colares, a

Cascaes y a Mafra.

En Cintra, aun viniendo como veníamos del Brasil, nos extasiamos

contemplando la fertilidad y hermosura de aquellas montañas, con sus

bosques floridos de magnolias y de camelias. El castillo reedificado por

el rey D. Fernando, o, mejor dicho, creado por él con estupenda

inspiración artística, me pareció más encantador que nunca, y procuré,

aunque lo conseguí sólo a medias, infundir en el alma de _Madame_ Duval

una admiración igual a la mía. Ella prefería a todo, recordándolos con

entusiasmo, los jardines de _Mabille_ y la _Closerie des Lilas_, donde

había bailado el _cancán_ en sus verdes años, muy por lo alto, y siendo

a veces frenéticamente aplaudida.

Nunca pude fijar la cronología de estos triunfos de _Madame_ Duval, y

saber a punto fijo si los alcanzó de soltera, o ya de casada, mientras

su marido combatía en Argel, o si le valieron como consuelo y desahogo

después de viuda. En fin, _Madame_ Duval gustó también de Cintra, aunque

no tanto como yo y como Lord Byron.

Es inexplicable el sentimiento que llaman patriotismo. Sábete, Vizconde,

si ya no lo sabes, que mi madre se llamaba la Pascuala, celebradísima

como única en el cante gitano y en bailar el vito. Siendo yo muy niña

todavía, me dejó huérfana y menesterosa. Bien sabe el diablo cómo

después me he criado y he crecido. Nada debo a España. No recuerdo haber

dejado por allí una sola deuda de gratitud. ¿Qué me va ni qué me viene

con la decadencia o con la prosperidad de esa patria, donde sólo tuve de

balde, o sea sin ganarlo yo, el aire que respiré, y obscuridad y

desprecio? Y sin embargo no acierto a ponderarte lo muy patriota que

soy. No lo son más las Duquesas y las Princesas que en Madrid viven y a

quienes tantos respetan y adulan.

Digo todo esto, porque en Lisboa se recrudeció mi patriotismo. ¡Qué gran

Capital para nuestra gran nación, señora de dos mundos, hubiera sido

aquella ciudad espléndida y hermosa, si D. Felipe el Prudente hubiera

sido D. Felipe el Previsor y hubiera tenido más elevadas miras!

Pero ya basta. No nos engolfemos en cosas que no son ahora del caso. A

pesar de todos sus esplendores, Lisboa se me caía encima. A las dos

semanas de estar allí, abandoné a Lisboa.

Genio y figura · 第 8 / 12 段