por algo pecaba, era por sobra de naturalidad y franqueza. La señora de
Pinto, con relación a los remilgos afectados y a las ceremonias de
París, era por demás llanota y campechana. Como ya frisaba en sesenta
años, aunque se conservaba muy bien, no tenía para qué reportarse, ni se
reportaba y refrenaba en sus manifestaciones de cariño; de modo que
recibió al Vizconde materialmente con los brazos abiertos. Sus salones
estaban ya llenos de gente, pero no impidió esto que el Vizconde fuese
por ella abrazado y casi besado. Ella decía que era como una hermana
que, después de largos años de ausencia, vuelve a ver a su hermano; pero
él entendía que la suposición hubiera estado mejor hecha figurando ella
como madre y él como hijo. La verdad era, que si bien el Vizconde tenía
más de cincuenta años, estaba tan bien, que parecía un muchacho, un buen
mozo, atildado, gallardo y fino.
-XXVI-
Creyendo la señora de Pinto cumplir con un deber y deseosa además
de presentar al Vizconde a los más notables personajes de su tertulia,
se apoyo en su brazo y recorrió con él los salones. La concurrencia era
verdaderamente cosmopolita, y, al parecer, de lo más selecto y
encopetado. Verdad es que la señora de Pinto no nombraba sino a las
personas que más notables le parecían, y sólo a las archinotables
presentaba al Vizconde. Había allí cuatro príncipes rusos y dos o tres
griegos, varios marqueses italianos, un miembro del Parlamento inglés,
un célebre poeta rumano, algunos señores polacos y seis o siete condes
de Alemania y de Austria, todos _hof-fähig_, o dígase capaces de asistir
en la corte, con dieciséis cuarteles cabales, y sin el menor menoscabo
ni deterioro en ninguno de ellos. Las esposas, hijas o hermanas de todo
aquel señorío masculino daban a los salones gracia, hermosura y
lucimiento.
Había allí también literatos franceses, aunque de quinto o sexto orden,
o de aquellos cuya celebridad y gloria estaban aún en ciernes o en
capullo, sin acabar de florecer y de abrirse a la clara luz del día;
periodistas de varios partidos y media docena de banqueros o aprendices
de banqueros, unos israelitas y otros católicos.
No se habla aquí de los españoles, portugueses y americanos, porque
estos eran muchos y formaban la gran mayoría de tan híbrida asamblea.
Entre los varios sujetos a quienes la señora de Pinto presentó al
Vizconde, ninguno llamó más su atención, atrajo más su curiosidad ni le
inspiró mayor simpatía que un caballero gascón, llamado el Barón de
Castel-Bourdac. Sin ver en ello el menor rasgo de caricatura, y sin
poner ironía en el tono o en el giro de la frase, podíase afirmar de
este Barón, tanto a primera vista, como después de hablarle y tratarle,
que en su porte, en sus modales, en su conversación y en su traza, era
todo un gentil hombre: un caballero muy distinguido. Algo había en él de
ridículo, pero estaba tan hondo y bien disimulado, que era menester
penetrar mucho para que se descubriese. Tenía él cerca de setenta años,
pero no estaba ni muy grueso ni muy flaco, era ágil y esbelto, no se
pintaba la cara ni se teñía la barba ni el pelo, cuya limpia blancura
despedía resplandor argentino. Su traje, sin nada que se contrapusiese a
la ancianidad de la persona, era sencillo y elegante. Nada de dijes.
Sólo botoncillos de nácar cerraban la bien planchada pechera. El lazo de
la corbata blanca estaba improvisado sin artificio. El chaleco era
negro.
Pasaba el Barón por persona de conversación amenísima. Sus chistes eran
repentinos, frescos y no recalentados ni preparados en casa. Todo el
mundo sabía que era pobre, y él distaba infinito de ocultarlo, aunque
nunca se lamentaba de su pobreza. No adulaba a nadie, pero no hablaba
mal de nadie tampoco. Estaba lleno de ingénita benignidad y de natural
indulgencia. Era gracioso y hacía reír con sus ocurrencias, sin poderlo
remediar: de la manera más espontánea, sin chocarrerías ni bufonadas, y
sin que ni remotamente se descubriera en él el propósito de ganarse por
aquel mérito las voluntades y de adquirir reputación y valimiento.
Lo más censurable que en él había, estaba fundado en el consorcio
estrecho, en la combinación fecunda de su imaginación y de su memoria.
Se diría que recordaba cuanto inventaba y que inventaba cuanto
recordaba. Siempre que contaba algo, lo soñado y lo vivido eran como si
fuesen idénticos, apareciendo él de resultas, no embustero, sino poeta.
Pero en sus cuentos, ora fuesen ficción, ora historia verdadera, nada
había nunca en perjuicio del prójimo, y a veces había mucho de verdad,
aunque exagerada y bordada. Las telas de su cerebro eran como mapa
confuso, donde estaban muy borrosos los límites entre lo real y lo
ideal, lo fantástico y lo positivo.
De todos modos, era innegable y notorio que el Barón había poseído
bastantes bienes de fortuna que en su mocedad había disipado; que hacía
treinta o cuarenta años había figurado como joven muy gallardo e
interesante, conquistador de no pocos corazones femeninos, y que por su
nacimiento y familia bien se podía jactar de ser muy ilustre. Él
ponderaba y encarecía sus perdidas riquezas, sus antiguas conquistas, lo
glorioso de su cuna y su clarísima prosapia. Sin duda, él elevaba todo
esto a la cuarta o a la quinta potencia, pero tenía por raíz exacta la
verdad, y nadie lo desconocía.
Puestos ya en comunicación el Barón y el Vizconde, la señora de Pinto
dijo a éste:
--Ahora voy a dar a usted una muy agradable sorpresa; voy a llevarle a la
presencia de la que por su beldad, discreción y elegancia, es reina de
estos salones y lo sería de cualesquiera otros en que se hallase.
--¿Y por qué ha de ser eso una sorpresa?--preguntó el Vizconde.
--Es una sorpresa--replicó la señora de Pinto--, porque la dama de que
hablo es una antigua, íntima y constante amiga de usted, a quien tiene
usted muy olvidada.
Y sin más explicaciones, llevó al Vizconde al _boudoir_, donde no habían
entrado aún.
Cercada allí de seis o siete caballeros y en muy animada conversación,
había una dama, en cuyo traje y adornos nada se notaba de llamativo ni
de extraordinario, pero en quien todo sujeto inteligente y perito en
cosas del gran mundo hubiera notado en seguida valer superior a cuanto
en torno tenía. Hubiera podido imaginarse que era un ser de más fina y
noble naturaleza, como caído de las nubes, en medio de aquella sociedad
de distinción más aparente que real.
La dama llevaba un traje de seda negra. En su blanca garganta lucía un
magnífico collar de gruesas y redondas perlas. Y perlas adornaban
también sus negrísimos cabellos. Su edad, nadie hubiera acertado a
determinarla. Parecía no tener edad, como las diosas o como las
inmortales obras del arte. En sus expresivos y negros ojos ardía la
llama de perdurable primavera y en sus mejillas tersas, sin el menor
afeite, florecían las rosas de juventud sana, inmarcesible y sin
término. Grande era la serena majestad que se notaba en sus movimientos
y en los gestos y expresión de su cara, aunque hablaba y reía con la
mayor animación, naturalidad y desenfado, no dejando traslucir, ni por
un leve instante, el afán de excitar la admiración y de obtener el
encomio. Ella parecía como olvidada de sí misma, deleitándose en hablar
sin oírse y sin pensar en el efecto que su figura corporal, su voz y su
palabra producirían.
Inmenso fue el asombro del Vizconde cuando reconoció en aquella dama a
su excelente amiga Rafaela la generosa, bellísima como en el _Retiro de
Camoens_, elegantísima y no menos bella que en Río de Janeiro, pero
perfeccionada, refinada y elevada a un grado supremo de cultura, gracias
a los muchos años que en la sabia escuela de París había cursado. Si
vale y cabe la comparación, Rafaela se asemejaba, en lo vivo y en lo
natural, a la obra maestra de un arte exquisito que con el tiempo gana y
se mejora: a pasmosa e inspirada pintura, a la que presta suavidad
apacible y aterciopelado realce la pátina del tiempo.
No bien la Sra. de Pinto presentó o mejor diremos _representó_ al
Vizconde a la Sra. de Figueredo, ésta le recibió con efusión vivísima y
con la alegría franca y cordial de quien vuelve a ver, después de cerca
de veinte años de ausencia, a un bueno y cariñoso amigo.
No tuvo, sin embargo, Rafaela, a quien pronto dejaron sola con el
Vizconde los que antes la rodeaban, ni una sola palabra de queja por el
olvido y por la indiferencia que al parecer él había tenido para con
ella.
Rafaela pasó con rapidez deslizándose sobre toda la serie de años que
ella y el Vizconde habían estado sin verse.
Habló con él como habló Fray Luis de León con sus discípulos después de
salir de la cárcel. Rafaela dijo también: _decíamos ayer_; esto es,
habló con el Vizconde como si reanudase con él la conversación de la
víspera. Si algo se aludió al tiempo pasado, fue para afirmar él, con
admiración y con insistencia, que ese tiempo no había pasado por ella
sino para mejorarla, o que al menos, durante todo ese tiempo, ella había
estado como las encantadas princesas de los cuentos de hadas, sin que el
tiempo, al pasar, las toque con sus alas, ni las ofenda, ni las huelle.
El tiempo las deja en el mismo ser que tienen, ya que al empezar el
encantamiento y al ponerse en ellas no les preste algo de sobrenatural y
divino. Con la obligada y casi indispensable modestia, que en ocasiones
tales se usa, Rafaela trató de probar que había envejecido; pero al
cabo, tal vez porque no lo creía, o tal vez para evitar enojosas
discusiones, convino en que estaba tan bien o mejor que nunca. Después,
ella y el Vizconde charlaron muy largo rato y ambos volvieron a sentirse
tan amigos como veinte años antes en Río de Janeiro, y como cerca de
treinta años antes en Lisboa.
-XXVII-
Muy lisonjeado estaba el Vizconde al notar el contento y la
satisfacción que al volver a verle y al hablar con él sentía la señora
de Figueredo; pero el Vizconde no era presumido ni fatuo, sino razonable
y juicioso. Como todos los que lo son, receló que, si abusaba de la
ventaja de reanudar aquellas relaciones amistosas después de tanto
tiempo, prolongando mucho el coloquio, no era difícil que en el alma de
Rafaela se desbaratase o se disipase el hechizo de la novedad y que el
gusto se convirtiese en enfado. Quien tiene en rico vaso un licor
exquisito, no le apura de un sorbo, sino que le contempla, le paladea y
poco a poco le va bebiendo. En suma, el Vizconde no quiso apurar hasta
las heces el deleite de hablar aquella noche con Rafaela, exponiéndose a
cansarla y a hartarla con la mera conversación, aburriendo, marchitando
y hasta secando, en el alma de ella, el deseo que tal vez pudiera nacer
de que la conversación dejase de ser término y llegase a ser medio y
camino para mayores y más dulces intimidades. Rafaela, en verdad, hacía
involuntariamente que las deseara el Vizconde, porque estaba más guapa y
más interesante que nunca.
Hechas en lo interior de su espíritu todas estas consideraciones y
forjando mil propósitos vagos, el Vizconde, después de preguntar a
Rafaela las señas de su casa, insinuó la pretensión de no ir sólo a
dejarle tarjeta, sino de hallar a Rafaela y de ser recibido.
Rafaela le contestó que ella vivía más desordenadamente que nunca; que
para recibir a sus amigos no había fijado ni día ni hora; pero que a él,
por excepción, le recibiría cuando a ella le fuese posible y él fuese a
verla.
Todo esto, por virtud de un arte o de un instinto que suelen tener las
mujeres, quedó indeciso y como flotando en el aire, sin que el Vizconde,
que no quería tampoco tocar por lo insistente en pesado, lograse
conseguir una cita, sin calificarla de cita: una cita implícita,
disimulada y vergonzante, que era lo que él ansiaba.
Algo le contuvo también cierta ligera sonrisa burlona, que imaginó dos o
tres veces ver pasar como un relámpago sobre el rostro de Rafaela, la
cual harto bien sabía él que nunca había gustado de disimulos y rodeos,
sino de prometer, conceder o negar, por estilo franco, sin el menor
rebozo en la promesa. El Vizconde, además, no osaba pedir nada y nada
pedía. ¿Con qué título, con qué motivo, había de pedir algo? ¿Era afecto
renaciente, era liviano capricho, qué era lo que en aquel momento
agitaba su corazón? Él mismo lo ignoraba. Sólo notaba, en el fondo de su
alma, repentinos anhelos de deleite y una resucitada admiración, más
vehemente que nunca, hacia aquella extraña mujer que sobre la lozana y
alegre condición natural de la moza de Lisboa y sobre la graciosa
pomposidad de la señora hacendada de entretrópicos, había logrado poner
todos los perfiles, realces y filigranas de la parisiense más curtida y
docta en el arte de los amores. El Vizconde, al menos, imaginaba todo
esto, aunque nosotros no podamos asegurar que era real y exacto lo que
imaginaba. Lo cierto es, que, en aquella noche, habló de todo con
Rafaela: de teatros, de música, de libros recién publicados, de política
y hasta de filosofía, pero no se atrevió o no halló ocasión oportuna
para decirle, de sopetón y muy por lo serio, que de nuevo la amaba. Se
limitó, pues, a echarle piropos, si bien con sobriedad, por miedo de
hacerla reír, o lo que es peor, de fastidiarla. Así llegó la hora en que
Rafaela tenía costumbre de retirarse. El Barón de Castell-Bourdac, su
reconocido _cavaliere servente_, vino en su busca, le dio el brazo, y se
fue con ella, sin duda en el mismo coche, acompañándola hasta su casa,
antes de retirarse a la suya.
-XXVIII-
Al día siguiente el Vizconde fue a visitar a Rafaela, que vivía
en el primer piso de una magnífica casa, no lejos del Arco de la
Estrella, en calle y barrio nuevos y elegantes. Rafaela no estaba en
casa o no recibía. El Vizconde volvió casi de diario, pero siempre en
balde.
Así transcurrió, no sin grande impaciencia del Vizconde, una semana
entera, y llegó otro viernes, día en que la señora de Pinto tenía su
tertulia.
El Vizconde acudió tan temprano, que sólo encontró a la señora y
señoritas de la casa y a tres o cuatro amigos íntimos que habían estado
a comer con ellas. Tuvo, pues, ocasión de ir pasando revista, según
entraban, a todas las personas que fueron a la tertulia aquella noche.
Rafaela no aparecía y el Vizconde casi había perdido la esperanza de que
apareciese, cuando al fin la anunció en voz alta un criado, diciendo
desde la antesala:
--La señora de Figueredo y el Barón de Castell-Bourdac.
Se diría que el Barón era el indispensable complemento de Rafaela.
El Vizconde la saludó al entrar y cruzó con ella algunas palabras; pero
acertó a contenerse durante más de una hora, para que ella se cansase de
charlar con sus admiradores y amigos y de recibir adoraciones, y espió
la ocasión propicia en que ella estaba menos rodeada, a fin de osear
fácilmente a los interlocutores enojosos y poder hablar con ella sin que
nadie interviniese en la conversación ni le molestase.
Harto difícil era esto, pero al cabo lo consiguió. Creyó notar además,
con íntima alegría, que para conseguirlo, si el amor propio no le
alucinaba, Rafaela había puesto mucho de su parte, haciendo que
desmayase la conversación, no dando cuerda a los que hablaban con ella y
disimulando poco su fastidio.
En suma, el Vizconde pudo hablar con Rafaela en medio de aquel bullicio,
como si estuviesen ambos a solas.
Aunque pequemos de entrometidos, acerquémonos al sofá del _boudoir_ en
que ambos están sentados y oigamos algo de lo que dicen. Sin duda habían
hablado ya de muchas cosas, cuando Rafaela prosiguió diciendo:
--Ahora soy independiente y libre como el aire. Alguna compensación ha de
tener lo melancólico de mi aislamiento. Ni el deber, ni la gratitud, ni
el amor me enlazan hoy, por manera singular, fuerte y exclusiva, con
ningún ser humano. Esta paz y este sosiego de que gozo fomentan mi
egoísmo, y cada día se acrecienta más mi temor de perder ese sosiego y
esa paz que me son tan gratos y tan caros en medio de la agitación y del
tumulto de esta ciudad populosa. ¿Por qué pretende usted privarme de mi
tranquilidad y despertar mi corazón que se reposa y está como dormido?
Desecharé la modestia y convendré con usted en que el tiempo no ha hecho
estragos en mi ser corporal.
--Está usted más hermosa, más interesante, más lozana que
nunca,--interrumpió el Vizconde.
--Sea así,--replicó ella--. Muy lisonjeada me siento de que usted lo crea y
muy inclinada a creer y muy satisfecha de creer que usted no se engaña;
pero si el cuerpo permanece como si hubiera vivido encantado o como si
no hubiera vivido, el alma mía ha envejecido de una manera horrible. Se
me figura que mi alma vive, piensa, padece y ama desde hace miles de
años. Mi alma está fatigadísima. Déjela usted que se repose. No me la
inquiete. Seamos buenos amigos, mejores amigos que nunca; pero nada más.
--Hoy menos que nunca puedo yo resignarme a no ser más que buen amigo de
usted. Esa necesidad de reposo que usted me dice que siente me parece
fingida. Cuando el cuerpo, que es mortal, está brioso y floreciente
¿cómo quiere usted que crea yo que el alma está fatigada? A veces
sospecho que tiene usted otros amores. Comprendo entonces que usted no
me ame; pero si no tiene usted otros amores, ámeme a mí y sean estos los
últimos amores de usted y míos. Busca usted el reposo, pero el reposo no
se halla en la negación del amor. El reposo y la dicha no están en que
el alma ame sin objeto, o en que combata para vencer un amor naciente, o
en que muerto en ella el amor de todo lo visible y asequible, se forje
para satisfacción de su amor siempre vivo un objeto ideal, que jamás se
realiza en la tierra. Mi alma también se siente como la de usted triste
y fatigada; mas por eso mismo, y conociendo que la soledad no disiparía
su tristeza ni aliviaría su fatiga, quiere el dulce apoyo de una
compañera, no para lanzarse con ella en busca de violentas emociones,
sino para hallar en ella la paz que le falta y el bien y el regalo que
sólo pueden calmar la sed que siente de inefables venturas.
--Muy sutil y poético está usted esta noche--dijo Rafaela sonriendo--. Y lo
peor es que está usted muy razonador y dialéctico; y vamos, empiezo a
tener miedo de que usted me convenza. Para huir del peligro me decido a
poner término a este coloquio. Déme usted el brazo.
Rafaela se levantó del sofá, tomó el brazo del Vizconde, recorrió las
salas y fue saludando y hablando a multitud de personas.
El Vizconde, a pesar de tantos saludos y conversaciones diversas, no
dejaba de insistir en su pretensión. De vez en cuando, en los
intermedios, esto es, siempre que Rafaela dejaba de hablar a una persona
para ir a hablar con otra, el Vizconde, con palabras rápidas, dichas
casi al oído de ella, le rogaba que le amase. Ella parecía no oír o no
entender y no le daba respuesta.
Llegó por último la hora de partir, sin que Rafaela cediese, sin que al
menos diese esperanza.
Vio Rafaela al Barón de Castell-Bourdac y le encargó que fuese a buscar
su abrigo. Se despidió luego de la Sra. de Pinto, y, siempre del brazo
del Vizconde, se dirigió a la antesala.
Aquella noche había en la tertulia mucha gente, y el Barón tardó
bastante en volver con el abrigo, a pesar de lo habilidoso que era para
tales menesteres. Las súplicas del Vizconde fueron entonces más
fervorosas y reiteradas. Rafaela se quedó un momento pensativa y como
vacilante. Al fin dijo al Vizconde en voz muy baja:
--Sea; usted lo quiere y el diablo lo quiere también.
--¿Y cuándo?--dijo con ansia el Vizconde.
--Dentro de doce días, el 20 de este mes--contestó ella--, hasta entonces
ni nos hablaremos ni nos veremos.
--¿Y por qué tan largo plazo?--exclamó él.
--Porque quiero--dijo ella--imitar con usted lo que hizo Ninon de Lenclos
con el abate Gedoyn.
--¿Y qué hizo Ninon con el abate?
--Aguardó para hacerle dichoso y le hizo dichoso el día de su cumpleaños.
Trazas tiene de fábula, pero afirman las historias que Ninon cumplió
ochenta aquel día. Mucho disto yo de ser tan anciana, pero el 20 de este
mes cumpliré los cincuenta. Quiero que al terminar el primer medio siglo
de mi vida, la cual no sé si tema o espere yo que dure todo un siglo,
empiecen mis más serios, constantes y últimos amores. No me engañe
usted, Vizconde; ¿quiere usted como yo que estos últimos amores nuestros
sean serios y constantes?
--No me basta con desear que sean para toda la vida; quiero que sean
inmortales.
--Pues a fin de entrar solemnemente, y como en nueva era, en la
inmortalidad de esos amores, vaya usted a mi casa el 20, a las cinco de
la tarde. Estaré sola.
En esto volvía ya el Barón de Castell-Bourdac, muy diligente y
apresurado, con el abrigo de Rafaela. Trató de disculpar su tardanza,
puso el abrigo a la dama, le dio el brazo, bajó con ella la escalera y
sin duda la acompañó en coche a su casa.
El Vizconde apenas se dignó reparar en esta intimidad de Rafaela y del
Barón, a quien había calificado de tan simpático como inofensivo.
Refrenando con dificultad su impaciencia, el Vizconde sintió pasar los
días con lentitud hasta que llegó el 20 al cabo.
Aún no habían dado las diez de la mañana, cuando le trajeron un grueso
pliego cerrado y sellado. Rompió el sobre y halló dentro un precioso
librito, encuadernado con buen gusto y esmero en cuero de Rusia, al cual
estaban asidos tres _No me olvides_ y un trébol de cuatro hojas, en oro
esmaltado. Un broche de oro, esmaltado también, cerraba el librito.
Separadamente había un papel, donde el Vizconde leyó estas palabras:
--Antes de que vengas a verme y antes de que tu alma llegue a unirse en
estrecho lazo con la mía, quiero que la conozcas bien y que penetres en
los abismos que en ella hay.
Hasta el día en que te fuiste de Río, nadie mejor que tú conoce mi vida.
Después han sobrevenido en ella sucesos que profundamente la modifican.
Ni para confiarlos, ni para decir las penas y los sentimientos que estos
sucesos han causado en mi alma, he encontrado un amigo a propósito hasta
que hará cerca de veinte días te encontré en casa de la señora de Pinto.
Mi alegría fue grande al verte de nuevo. No pensé aún en que por amor
iba a volver a ser tuya, pero pensé en nuestra antigua amistad y me
propuse renovarla, estrecharla y hacerla ya más constante y sin
interrupciones. Pensé también confiarme en ti y desahogar mi corazón
diciéndote todos mis disgustos y mis dolores todos. Con este intento,
sin orden, según las ideas y los recuerdos acudían a mi mente, me puse a
escribirlos con precipitación en el libro que te remito adjunto.
Escritos están ya, léelos y queda así apercibido para que no te
sorprenda lo más extraordinario ni lo más raro.
Lleno el Vizconde de curiosa ansiedad, después de leer esta advertencia,
abrió el libro, le leyó y vio que decía de esta suerte:
Confidencias
Mucho de lo que voy a escribir ha de parecerte singular y raro, pero
apenas hay en ello otra rareza que la sinceridad con que yo lo digo.
Como poseedora de un maravilloso instrumento óptico, escudriñaré cuanto
se oculta en los más hondos senos de mi alma y te lo contaré todo. Lo
contaré en resumen para no cansarte ni cansarme.
No quiero ponderar aquí la devoción, la dulzura y el incesante desvelo
con que cuidé de mi D. Joaquín durante su larga enfermedad hasta el día
de su muerte. Piadosamente cerré sus ojos, y no por carencia de dolor,
sino por vigor y constancia de ánimo, quise y pude amortajarle.
Te aseguro que lamenté y lloré mi viudez con no menor abundancia de
lágrimas que las que vertería la más fiel y enamorada de las esposas a
quien se le muriese, en la flor de la juventud, su idolatrado y gentil
marido. No se afligió más que yo Artemisa con la muerte de Mausolo, ni
Victoria Colonna con la del Marqués de Pescara, ni la propia Venus con
la de Adonis. Y esto se explica muy bien. Las mencionadas señoras
perdían algo de muy querido, perdían su encanto, sus delicias, pero, al
cabo, no perdían nada que fuese como el propio ser de ellas mismas. Yo
sí que le perdía, porque mi D. Joaquín, tal como le había yo
transformado y mejorado, era primorosa producción y criatura de mi
ingenio. Para afligirse como yo hubiera sido menester que, con los
respectivos amados, perdiesen la Colonna sus canciones y sonetos,
Artemisa su famoso y monumental sepulcro, y Venus el cinto donde están
en germen sus virtudes y milagros.