sabes es lo que ha habido de singular y de nuevo en estas relaciones.
Otros hombres me han inspirado simpatías más o menos vehementes. Por
ellos he sentido lo que se llama amistad. A caer en sus brazos me ha
impulsado no sé qué extraña misericordia, no sé qué endiablada
generosidad, que califico de perversa, y no sé qué vanidosa estimación
de mi propia hermosura. He sido como engreído artista que anhela mostrar
la linda joya que ha cincelado al que juzga delicado conocedor y buen
perito. He sido como el poeta que, por más esfuerzos que hace, no sabe
resistir a la tentación de recitar sus versos a quien juzga persona de
gusto exquisito, capaz de estimar y de tasar el valor de ellos y los
quilates de perfección y de belleza que contienen. Esta soberbia mía y
el benigno afán de conceder yo venturas, sin pena para mí, sino tal vez
con deleite, han sido la causa de no pocos extravíos y ligerezas que
deploro. La gente me calificará de mujer galante y enamorada. Pero, si
bien se mira, yo no he conocido el amor, como este no sea una
combinación de amistad, aprecio, deseo de agradar y de embelesar, y
empeño vanidoso en mostrar a quien se aprecia y a quien se profesa
cierto cariño, todo el valer, toda la lozanía y toda la potencia
deleitable y beatífica de la propia persona. Pero esto no es el
verdadero amor. Si no fuese por los versos y las novelas que he leído,
yo no tendría de él ni noticia ni presentimiento. En mi alma ha habido
predilección no pocas veces. Tú, por ejemplo, y no quiero lisonjearte,
has sido uno de mis predilectos. Lo que no ha habido en mi alma ha sido
el amor perfectísimo de que nos habla la poesía. Mi alma ha tenido sus
predilectos. Nunca ha llegado a tener al amado: al único, al verdadero y
legítimo esposo; al que exclusivamente y para siempre se rinde la
voluntad y se entrega y se abandona la vida. Sin él no se concibe goce.
Las aspiraciones todas del espíritu, la fe en el mérito y excelencia de
un ser extraño, el ansia de inefables placeres, todo, según dicen, se
pone y se busca en el amado, el cual sólo podría tener rival en Dios, si
lográsemos mortificar y aniquilar nuestro cuerpo y convertirnos en
espíritu puro. Para la mujer amante no tiene, pues, ni puede tener en la
tierra, rival el amado. Yo no había llegado ni me consideraba capaz de
llegar a tan gentil idolatría. Sólo he entrevisto y columbrado así la
capacidad de sentirla como el hechizo que debe de haber en ella, desde
que fui de Juan Maury. Pero él, bondadoso, agradecido, con notable
afecto hacia mí, porque yo no puedo ni quiero quejarme de su tibieza ni
de su egoísmo, siempre me consideró como a una buena mujer, aunque harto
ligera, y ese amor verdadero, ese apretado lazo de unión completa e
indisoluble entre dos corazones humanos, jamás imaginó que pudiera
enlazar su corazón con el mío. Yo entiendo que esto no llega a
conseguirse jamás con súplicas y excitaciones de una parte. En ambas,
para que prevalezca, ha de nacer de un modo espontáneo. Además, yo soy
orgullosa y detesto la ficción y la mentira, aunque la piedad las
motive. De aquí que al amor ideal, al amor exclusivo y único, que iba a
brotar en mi alma, por primera vez y como flor tardía, le corté yo las
alas antes de que remontase el vuelo. Juan Maury se ha ido. Yo no le
censuro. Ha hecho bien. Ni él podía darme ni yo podía exigirle amor
constante y para siempre. Deploro el amor ahogado antes de nacer, mas no
el que ya vivía y ha muerto. Hasta en mi propia alma había obstáculos
invencibles contra el nacimiento del amor, obstáculos que hubieran
combatido contra él para darle muerte apenas nacido. La amistad que me
inspira Joaquín Figueredo, mi gratitud hacia él, la estimación que le
tengo, al ver en él un conjunto de nobles prendas, oculto y sepultado
antes bajo las ruines condiciones de su sórdida existencia primera, y
que yo he descubierto después, así para mí como para la generalidad de
los hombres, todo esto no ha podido vencer la inclinación viciosa de mi
naturaleza, la vehemencia de mis pasiones y la licencia y el desenfreno
en que me he criado. Inútiles han sido mis propósitos de serle fiel;
pero, me parece que no puede haber fuerza en el mundo que me impulse a
serle inconstante, a abandonarle, a causarle inmenso dolor dejándole ver
con claridad mi desvío, siendo con él cruelmente ingrata. Tengo por
cierto que si mi amor hubiera nacido y se hubiera manifestado con la
mayor vehemencia y si Juan Maury hubiera participado de él por completo,
todavía hubiera yo preferido morir a dejar solo a Joaquín Figueredo, sin
los cuidados y la ternura que hoy más que nunca necesita y que yo le
dedico. Por esta consideración, casi me alegro de que Juan Maury me haya
dejado y se haya ido muy lejos. Más vale que amor no nazca que no que
muera en terrible lucha con una obligación que juzgo sagrada. Acaso
halles tú harto alambicado y sutil lo que estoy diciendo, pero digo lo
que siento aunque te parezca inverosímil. Hoy, perdido para mí Juan
Maury y demostrada mi imposibilidad de amor, queda cual único fin de mi
vida el propósito de hacer feliz a Figueredo, de mirar por su salud y
bienestar, de endulzar y de prolongar su vida hasta donde sea posible,
y, si le sobrevivo, de cerrar piadosamente sus ojos y de llorar su
muerte.
El Vizconde oyó con placer este en su sentir bello discurso, y le oyó
también con asombro, porque apenas había hablado íntimamente con Rafaela
desde que, en la aurora de la vida de ella y de él, tuvieron ambos
frecuentes y encantadores coloquios en el famoso figón de Lisboa,
llamado _Retiro de Camoens_.
En extremo se pasmó el Vizconde del extraordinario progreso del espíritu
de Rafaela en agudeza y en profundidad, y de su corazón en elevaciones
morales. Él pensó, no obstante, que estas elevaciones, la gratitud de
Rafaela y su reconocido deber de hacer dichoso a D. Joaquín, no se
habían opuesto hasta entonces, ni se opondrían en lo futuro, a ciertos
dulces, misteriosos y fugaces abandonos. Pensó también que Rafaela
estaba afligidísima porque no había podido nacer en ella el amor puro. Y
pensó, por último, que para consolación de tantas cuitas, y vista y
declarada la imposibilidad del amor puro, aún podría servir el mixto,
tal como Rafaela le entendía y le había descrito, o sea la combinación
de la amistad, del aprecio, del anhelo de lucir generosidad y gallardía
y de la sed del deleite.
Rafaela estaba bellísima: incomparablemente más bella que allá en
Lisboa, en la plaza de toros o en el _Retiro de Camoens_. Entonces era
diamante en bruto: ahora diamante pulimentado y primorosamente engarzado
en cerco de oro. Entonces era como planta silvestre de flor menuda y
desabrido fruto, y ahora como planta cultivada con el mayor esmero, rica
en flores odorantes y pomposas y en los frutos más exquisitos y
sazonados.
Hechas estas reflexiones, que asaltaron con rapidez y en tumulto la
mente del Vizconde, y movido además por el deseo, por el cariño y hasta
por la obligación en que se creía de ofrecer consuelo, a fin de no pasar
por descortés y por sandio, el Vizconde recordó con viveza las antiguas
intimidades y mostró con mayor viveza aún el prurito de renovarlas. Pero
se llevó chasco y se quedó frío.
Rafaela, sin menguar en nada su amistad hacia el Vizconde, y sin
descomponerse con violencia y con enojo, le rechazó de modo tan resuelto
y tan firme, que se disiparon las ilusiones que él se había forjado y
reconoció que sólo con amistad podía consolar a Rafaela y ella quería
ser consolada por él.
El Vizconde tuvo el buen gusto de acomodarse a las circunstancias e hizo
bien el papel de confidente y amigo. Así el coloquio duró aún más de una
hora. Rafaela volvió a hablar de su pena, de su aspiración no cumplida
de amor verdadero y de la desesperanza que de este amor tenía,
celebrando y llorando a la vez por ello la partida de Juan Maury.
Declaró por último su firme propósito de consagrarse en adelante a la
amistad sólo; a la amistad sin combinaciones y llena de limpieza. Para
esto, para que fuese su íntimo amigo, había citado al Vizconde. El otro
amigo predilecto, cuya vida, mejorada por ella, quería seguir endulzando
hasta que llegase a su fin e iluminándola con luz hechicera, era el
señor de Figueredo.
Terminadas todas estas revelaciones y apasionados discreteos, Rafaela
tocó la campanilla, vino _Madame_ Duval y sirvió el té con bizcochos,
pastas y tostadas, y ya con excelente crema de las vacas que había en la
_chácara_ de Petrópolis.
El Vizconde tuvo que irse después por donde había venido, con el
contento de que se hubiese reanudado y estrechado tan dulce amistad, y
con la melancolía de que fuese ya otra su forma, harto más sutil,
depurada y etérea que en lo antiguo.
-XXIII-
Nada, durante los dos o tres meses que se siguieron pudo notar la
persona más lince ni propalar la más maldiciente, que en la conducta de
Rafaela contradijese los propósitos expresados por ella en su coloquio
con el Vizconde. Se diría, por el contrario, que ella se extremaba en
realizarlos. Sus mimos, sus cuidados hacia D. Joaquín eran incesantes.
Entonces aún no había ferrocarril hasta Petrópolis. D. Joaquín, que
había envejecido, aunque gustaba de ir allí, se fatigaba mucho y Rafaela
se opuso a que fuese. Si iba alguna vez, Rafaela le acompañaba y
compartía con él la fatiga. Jamás se quejaba ya de jaqueca, ni enviaba
al campo a D. Joaquín cuando estaba jaquecosa. Casi siempre, sin
jaqueca, y aun cuando por acaso la padeciese, se complacía en tener a D.
Joaquín a su lado. Y al mismo tiempo no se mostraba ni triste ni más
seria que en lo pasado; su buen humor y su alegría eran como siempre.
Sus concurridas tertulias se hicieron diarias y sin interrupción. Nadie
hubiera podido declarar con fundamento que la partida de Juan Maury
había modificado el ser de Rafaela.
Su amistad hacia el Vizconde siguió tan fina y tan estrecha como en el
coloquio, pero sin que el coloquio se repitiese. Ella seguía hablando
con el Vizconde, si bien delante de todos y sin dar que sospechar. Su
conversación amistosa la consolaba y la deleitaba.
No tardó Rafaela en perder también este consuelo y este deleite.
El Vizconde tuvo que irse a Berlín a ocupar otro puesto diplomático.
Sufrió Rafaela con calma la nueva contrariedad, y aún siguió, durante
algunas semanas, el mismo género de vida.
De repente, y sin que nadie pudiera atribuirlo a otra causa que a una
enfermedad, Rafaela dejó de recibir, se retiró y se aisló. Nadie la veía
ni en visitas, ni en paseos, ni en teatros.
Este eclipse, aunque largo, terminó al fin, cuando pasaron otros cuatro
o cinco meses.
Rafaela reapareció entonces, lozana, bella y refulgente como un astro, y
volvió a ser, durante más de un año, el delicioso centro de las
elegancias de Río.
Quien enfermó después fue el pobre D. Joaquín. D. Joaquín enfermó muy de
veras y de la última enfermedad, que fue larga y penosa. En ella le
atendió, le veló y le cuidó Rafaela como la más santa, más fiel, más
devota y más apasionada de las mujeres. Hubo tal sinceridad, abnegación
y fervor en ella, que hasta las personas más incrédulas y mal pensadas
la miraron como modelo de cariñosas enfermeras. D. Joaquín exhaló en la
hermosa cara de ella el último suspiro, y ella con la dulzura de su
mirada mitigó el terror que infunde el ángel de la muerte, y en la
herida con que mata derramó el bálsamo de sus lágrimas.
Rafaela, por bondad y por orgullo, era generosa y desprendida. En
aquella ocasión lo fue de suerte que dejó maravillados a todos los
brasileños. Pudo disponer y dispuso de la última voluntad de D. Joaquín
como de la suya propia. Todo D. Joaquín era suyo.
Ella, no obstante, en vez de quedarse con el inmenso caudal de D.
Joaquín, se enorgulleció y hasta cierto punto se consoló con repartirle
en legados a todos los parientes pobres de él, que eran muchos, y a
varios establecimientos de beneficencia del imperio. A casi todos los
esclavos, en recompensa de sus servicios, les concedió libertad. Sólo
guardó consigo, aunque también beneficiados por el testamento de D.
Joaquín, a _Madame_ Duval, a dos doncellas, y a tres negros de los más
fieles, hechos también libertos.
La gente profana decía, entre admiración y broma, que jamás había habido
en el mundo aventurera más rumbosa, ni más bizarra y espléndida mujer
galante.
Claro está que la esplendidez de Rafaela no llegó hasta el necio extremo
de quedar ella a pedir limosna o en estrechez tal que la obligase a
vivir muy en desacuerdo con la magnificencia de que, durante años, había
gozado. Rafaela conservó para sí una pequeña parte, en fondos
extranjeros, del gran capital de su difunto marido; conservó lo bastante
para que le produjese de setenta a ochenta mil francos de renta, con los
que decidió irse de Río y venir a vivir en Europa.
Así lo hizo, a los pocos meses de viuda.
De los posteriores sucesos de su vida, por espacio de mucho tiempo, ni
tenemos noticias circunstanciadas ni nos convendría darlas aquí aunque
las tuviésemos.
Sólo veinte años después por medio del Vizconde de Goivoformoso, he
vuelto yo a saber de Rafaela, reanudándose su historia en lo más
esencial con lo que contaré en adelante.
-XXIV-
Entre no echar de menos a una persona y olvidarla por completo hay
una enorme distancia. Si el Vizconde de Goivoformoso hubiera seguido
siempre en Río de Janeiro, todo en torno de él, no sólo le hubiera
recordado a Rafaela, si no le hubiera hecho desear su presencia y
lamentar la falta de su trato y de su vista. Pero el Vizconde anduvo
peregrinando por muy diversos y distantes países, viendo objetos nuevos,
penetrando en el seno de muy diversas sociedades, hablando y oyendo
hablar lenguas distintas y corriendo no pocas y variadas aventuras.
Estuvo en Constantinopla, en Roma, en San Petersburgo, en Berlín y en
Viena; y, aunque la nación a quien servía, así por su posición
geográfica, como por la decadencia a que ha venido, no se mezclaba
activamente en los grandes sucesos, él, por afición natural y también
por su oficio, tuvo que enterarse circunstanciadamente de todos y
mirarlos con interés. Ocurrieron casos extraordinarios que no pudieron
menos de cautivar su atención poderosamente. Acabaron muchas dinastías,
se hundieron muchos tronos; Italia logró al fin su unidad, en balde
deseada durante trece o catorce siglos; se deshizo la confederación
germánica; Austria perdió la hegemonía; Prusia, vencedora, se puso al
frente de casi todos los pueblos germánicos; y por último, en tremenda
lucha con Francia, Prusia la venció y la desmembró, apoderándose de
algunas de sus hermosas ciudades y de parte de su fértil territorio y
obligándola, desde su misma capital, de que se había apoderado, a pagar
suma enormísima por su rescate.
La vida del Vizconde, que permaneció soltero, fue, a su modo, y aunque
por estilo apacible, no menos rica de acontecimientos que la del mundo.
No faltaron en ella lances de honor y fortuna que no nos incumbe relatar
aquí. Baste saber que, durante veinte años, sobre pocos más o menos,
pues no creo que importe mucho una gran exactitud cronológica, el
Vizconde no volvió a ver en parte alguna a Rafaela, y ésta, si bien
siguió presente en su memoria, fue como imagen aérea y algo confusa,
velada como entre nubes de vagos recuerdos y de agradables antiguas
emociones.
En los primeros días del año 1873, el Vizconde de Goivoformoso vino a
París a pasar una larga temporada.
Vencida Francia, despojada de ricas provincias, desquiciado el primer
imperio entre anárquicas convulsiones, y cruelmente multada ella,
todavía se repuso o más bien no tuvo necesidad de reponerse, porque no
decayó, permaneciendo robusta y firme en medio de tantos males y
conservando su poder y su riqueza gracias a la constancia y a la energía
de sus hijos. La fertilidad de su suelo y más aún el talento de los que
en él nacen y viven para todas las artes que hermosean, hechizan o
consuelan la vida humana, su industria y su comercio, su fecunda
habilidad para producir objetos de lujo y de regalo y su virtud
económica para crear riqueza y para conservarla, todo esto concurrió a
que Francia siguiese siendo, si no la primera en poderío material, la
más querida, la más admirada, la más respetada, y fuera de Inglaterra,
la más rica nación de Europa. Francia siguió dando la moda, enseñando la
elegancia y siendo escuela y centro de toda cortesía. La más brillante
antorcha de la moderna cultura se diría que siguió ardiendo en París y
que desde allí iluminaba al mundo y atraía amorosamente a las almas.
Sabios, poetas, dramaturgos y novelistas hay, sin duda, en otras
naciones, pero los que más se leen, se celebran y se admiran en todas
son los franceses. Apenas hay doctrina flamante, buena o mala, ni
filosofía, ni sistema político, social o religioso, ni corriente que
arrebate y lleve por nuevo camino las creaciones de la literatura y del
arte que no nazca en Francia o que desde Francia no sea difundida y
divulgada por todo el mundo. El francés sigue siendo, por donde quiera,
la lengua diplomática y el idioma universal de los refinados y de los
ilustrados. Las gentes de otros países de Europa, y más aún las de
América, si tienen medios para ello, acuden a París, como las mariposas
acuden a la luz, cegadas por su brillo. Allí creen las mujeres que,
sobre las prendas que en el suelo natal debieron a la naturaleza, van a
adquirir otras prendas artísticas y en cierto modo sobrenaturales, con
las cuales, cuando vuelvan a su tierra, pasmarán a sus compatriotas,
matando de amor a los hombres y de envidia a las mujeres. Los mancebos,
que van allí desde apartadas regiones, imaginan que van a probar
alambicadísimos deleites, ignorados y apenas columbrados en sueños en
los lugares de donde vienen, y que van a trocar su primitiva rudeza en
tan raro y gentil atildamiento que parecerán otros, y que, al salir del
baño de París, resplandecerán como seres punto menos que divinos; y los
hombres inclinados a las ciencias, a las letras o a las artes, entienden
que en París van a dar a su educación los últimos y más delicados toques
y van a hacerse dignos y capaces de la gloria, difundiéndola desde allí,
si es que la consiguen, con mayor facilidad y prontitud que desde su
misma patria o desde cualquier otro punto del planeta.
No es de extrañar, en atención a lo expuesto, que los aspirantes a
_high-life_, en todos sentidos, vayan en peregrinación a París como van
a la Meca los musulmanes. Las mujeres van a comprarse dijes, afeites y
mudas, a vestirse con Worth y a aprender a saludar, a andar y moverse
con suprema distinción y según el último estilo; los seres humanos de
ambos sexos, que presumen de discreción, van allí a adquirir desenfado y
soltura fina y a ejercitarse en lo que llaman la _causerie_, o dígase en
cierto linaje de amenísima y sutilísima charla, que, según afirman los
franceses, y casi todos los que no son franceses creen, sólo en Francia
y en francés es posible; y los jóvenes, por último, que sienten arder en
su cabeza, ora el volcán de la inspiración poética o artística, ora el
fuego sagrado y creador de las especulaciones filosóficas o de las
ciencias experimentales, van a París a iniciarse en ellas, a inspirarse,
a saturarse bien de civilización, ya frecuentando la Sorbona, ya
asistiendo a los teatros, ya paseándose por los _boulevards_, ya
conversando con las _heteras_, como Sócrates, Alcibíades y Pericles
conversaban con Aspasia.
Claro está que estos peregrinos de la cultura procuran visitar y tratar
a los ídolos a quienes mayor devoción consagran. Para el que se precia
en su país de hidalgo y linajudo, ¿qué mayor triunfo que introducirse en
algunas casas y en el seno de algunas ilustres familias del _Faubourg
Saint Germain_? Para el novicio o recluta de la sabiduría, ¿qué honra
más superfina y disparatada que la de ser presentado y bien recibido,
por ejemplo, en el año 1873 a que nos referimos, por el sabio Ernesto
Renan o por el espiritualista Caro, almibarado filósofo y maestro de
filosofía para las damas? ¿Y qué mayor encanto en el mismo año de 1873
que el de hablar con Víctor Hugo o con Flaubert que aún vivían? Si el
que era presentado a ellos componía versos, pongamos por caso, impresos
o manuscritos podía llevárselos al ídolo, el cual tal vez tenía la
dignación de aparentar que los leía y que los entendía, aunque no los
leyese ni los entendiese. Y si por dicha llegaba a celebrarlos con
olímpica benevolencia, el poeta peregrino se llenaba de entusiasmo, de
fe y de aliento para atreverse a mayores cosas y ser en su tierra
trasunto, arrendajo, o copia en menor escala, guardando siempre la
proporción debida, de aquel a modo de numen tutelar de que había
acertado a proveerse. Pero, ¿qué mucho si hasta menos altas facultades y
virtudes, cuando están en potencia, se actúan, se acicalan, se templan,
se bruñen y se aguzan en París como la espada en la oficina del armero?
En París, no sólo el entendimiento, la imaginación y la sensibilidad, no
sólo los sentidos estéticos, o sea la vista y el oído, sino también los
otros tres sentidos, se educan y se perfeccionan.
El olfato se adiestra para atinar con los perfumes distinguidos y para
no confundirlos con los que sahúman o aromatizan a la gente ordinaria;
el tacto adquiere perspicacia asombrosa para reconocer y disfrutar lo
suave, aterciopelado, tibio y madoroso; y el paladar, por último, deja
de estar embotado por los groseros guisotes patrios, se limpia y se
despeja y llega a penetrarse de cuantos deliciosos sabores dan a sus
guisos los más inspirados cocineros del mundo.
De lo exterior y somero de todas estas cosas goza el peregrino que llega
a París con dinero bastante; mas para entrar bien en París, para
naturalizarse allí de veras, y no en los bajos y obscuros círculos, sino
en los más eminentes y luminosos, el dinero no basta. Se necesita además
saber muy bien la lengua, poseer notables prendas de entendimiento o de
carácter, tener alguna habilidad rara que pueda manifestarse fácilmente,
estar dotado de cierta desenvoltura y atrevimiento, y sobre todo, caer
en gracia, lo cual suele depender, más que del mérito, de la suerte. Si
esta elevada naturalización no se consigue, el que va a París no goza en
París sino de lo que se paga; se queda aislado o desnivelado, sin llegar
a vencer la prevención, si a veces algo justificada, siempre fatua, de
que él es un ser retrasado en la marcha ascendente de la humanidad hacia
las regiones de la luz: un individuo de una casta o nacionalidad
inferior, y un bárbaro en suma. Verdad es, que siempre que un feliz
mortal, viniendo de tierras extrañas, logra vencer la prevención
susodicha, su triunfo es completísimo, su propia calidad de exótico le
da mayor precio, y los más encumbrados parisienses le ponen sobre el
pedestal en que ellos mismos están o se creen colocados. Así sucedió,
por ejemplo, con el célebre Enrique Heine, y así sucedía en el año a que
nos referimos con el famoso novelista ruso Ivan Turgueneff.
Harto difícil y muy raro es el mencionado triunfo; de suerte que la
mayoría de los extranjeros que van a París, sobre todo si son
portugueses, españoles o hispano-americanos, a fin de gozar en París de
algo más que de aquello que se paga, forman sociedad aparte, y son como
una colonia, y están como en un teatro, cuyas magníficas decoraciones
son la gran ciudad de las orillas del Sena, pero entre cuyos personajes
apenas hay un francés de cierta importancia, a no ser alguno que por
curiosidad cruce el escenario de pasada y tome parte en la acción sin
premeditarlo y casualmente.
Claro está que el Vizconde de Goivoformoso, aunque sólo fuera por su
posición diplomática, podía aspirar a más honda penetración en París y a
trato más íntimo con las varias aristocracias indígenas; pero, como
recién llegado, empezó por visitar y frecuentar los círculos
hispano-americano, español, portugués y brasileño.
La acaudalada señora de Pinto, rica propietaria de Bahía de Todos los
Santos, que hacía cuatro años vivía en París con gran lujo, no bien se
informó de la llegada del Vizconde, a quien había conocido en Río, le
escribió un billetito, convidándole a los tés musicales y a veces
danzantes que tenía todos los viernes, y donde la mayor de sus hijas,
que eran dos, y ambas bonitas, mostraba su habilidad y hechizaba con su
voz melodiosa, cantando alternativamente, ya las _modinhas_ de su país,
ya las canciones más sentimentales y melancólicas de Alemania, Italia y
Francia.
El Vizconde de Goivoformoso aceptó gustosísimo aquella amable
invitación, y casi puede decirse que la primera tertulia a que asistió,
después de su llegada, fue a un té en casa de la mencionada dama
brasileña.
-XXV-
Vivía la señora de Pinto en una de las mejores calles que cortan
perpendicularmente la calle de la Universidad: en la parte menos
bulliciosa de las dos en que la ciudad está dividida por el Sena. La
casa de la dama brasileña era nueva y tenía hermoso aspecto. La señora
de Pinto habitaba en un piso principal, cómodo y espacioso.
Ella tenía buen gusto y había amueblado su estancia, valiéndose de los
mejores tapiceros, con muebles elegantes y hasta lujosos, pero sin
relumbrón alguno. Nadie hubiera podido criticar sus salones por lo
chillón y lo dorado de los adornos, pero hubiera habido en ellos algo de
trivial y sin carácter propio, si la mencionada dama, o por reflexión o
por instinto, no hubiera acudido a ponerles un sello de originalidad
peregrina, un tinte marcado de distinción semi-aristocrática,
semi-americana. Había en la antesala tapices y reposteros, donde se
veían bordados los complicadísimos escudos de la gloriosa e histórica
familia de los Pintos; y en el centro, frente a la puerta de entrada,
resplandecía, en gran cuadro al óleo, al parecer antiguo, la reverenda
imagen de Fernán-Méndez, tan célebre por sus estupendas peregrinaciones,
y uno de los más brillantes antepasados de que aquella familia se
jactaba. Y como si fueran reliquias de los mil curiosos objetos que
Fernán-Méndez Pinto hubo sin duda de traer cuando volvió a Europa, se
admiraban en aquella antesala broqueles, armaduras, lanzas y sables
chinos, japoneses e indostaníes, combinado todo en las panoplias con
flechas y cuchillos de pedernal de los tupinambas, de los tupíes y de
otras tribus guerreras del imperio brasílico. En dos salas contiguas
apenas había nada de exótico, pero sí muchos primorcitos y antiguallas
de porcelana, bronce y plata, estatuetas, esmaltes y vasos colocados en
rinconeras, anaqueles y repisas, o ya sobre los mismos muebles, ya
custodiados en _vitrinas_ de prolija talla y gracioso dibujo. El salón
de baile era de la más sencilla elegancia, estilo Luis XVI; sin más
adornos que grandes espejos. Los marcos y demás ornamentación, aljabas,
palomitas, lazos y flores, todo de madera charolada o más bien esmaltada
de blanco con filetes azules. En los ricos aparadores del comedor y en
sus armarios de roble esculpido, había mucha plata labrada, y en las
paredes se veía suspendida multitud de platos de diversas épocas y
procedencias, muestras escogidas del arte cerámica.
La señora de Pinto, por último, había echado el resto en su _boudoir_ y
marcádole más hondamente con el sello de su originalidad brasileña.
Allí, sobre un fondo de muebles cómodos y bonitos, de lo más perfecto y
refinado que en París se construye, había en urnas de cristal lindos
pajaritos disecados, mariposas e insectos de vivísimos colores; pájaros
vivos en doradas jaulas, y lozanas plantas de entre trópicos criadas en
invernáculo con atinado esmero.
Todas estas preciosidades y otras muchas que aquí no se ponen para que
no parezca inventario este escrito, no evitaban que los maldicientes,
los descontentadizos y los muy preciados de pertenecer a la flor y nata
de la _high-life_ o de la _smart-set_, calificasen de _interlopes_ y de
_rastaquouères_, tanto la escena que acabamos de presentar, como las
personas que en ella aparecían.
Contribuían no poco a que se formase este mal juicio las dos señoritas
de la casa, cuyo prurito de señalarse entre las demás mujeres y de
llamar la atención era harto extremado. No se contentaban con ser
elegantes y con andar bien vestidas como las mujeres parisienses, sino
que gustaban de añadir a las galas europeas, rasgos y perfiles del
remoto país en que habían nacido y de otras apartadas regiones.
La noche de la tertulia a que asistió por primera vez el Vizconde de
Goivoformoso, la mayor de las señoritas de Pinto, que se llamaba Julia,
tenía un collar de brillantes coleópteros, cuyos élitros, heridos por la
luz de lámparas y bujías, lanzaban deslumbradores y tornasolados
reflejos; y la segunda, que se llamaba Flora, llevaba zarcillos y collar
de uñas de tigre, muy lustrosas y acicaladas, engarzadas en oro. Atado
además de sutilísima cadenilla, pendiente de un brazalete, llevaba esta
señorita, para colmo de distinción caprichosa y rara, un magnífico
escarabajo vivo, que se le paseaba por el brazo, el talle y la desnuda
garganta y cuyo refulgente color verde oscuro le hacía parecer animada
esmeralda.