--La _carnerada_--contestó _Madame_ Duval--, es un raro arte de esgrima que

los negros aprenden y ejercen. Como tienen la cabeza más dura que

hierro, hacen de ella un arma y llegan a dar topetadas feroces y a veces

mortales. A menudo, ni la ley puede castigarlos por este crimen, porque

una fiebre o un delirio, que también se llama _carnerada_, se apodera de

ellos, les quita la responsabilidad y el juicio y los impulsa a correr

frenéticos por las calles y a chocar con el primero que más a propósito

se les antoja, dándole a veces tan tremendo golpe en el pecho, que le

causa la muerte. Ni mi señora ni yo podemos saber de fijo que Octaviano

quiera emplear en usted la _carnerada_; pero todo es posible, y tenga

usted entendido que Octaviano no es solamente audaz, sino también

precavido y astuto, por lo cual, si se propone _topar_ contra usted, no

le bastaría fiar en su destreza, aunque es mucho lo que en ella fía, y

de seguro que habrá juramentado a varios de sus amigos y discípulos en

el arte, para que si él malogra la empresa, ellos la terminen.

Al oír esta relación, Pedro Lobo no pudo aguantar más, montó en cólera y

dijo a la dueña:

--Ea, basta ya, doña Duval o doña Marisápalos, y no pretenda burlarse de

mí e intimidarme con mentiras o con ridiculeces. Pronto, largo de aquí,

si no quiere usted que me olvide de que es mujer y... vieja.

Lo de vieja dolió en extremo a _Madame_ Duval, porque se consideraba

joven y casi lo era. Aún no había cumplido cuarenta años; gozaba de muy

buena salud; si bien algo chata, no tenía mal ver, y estaba rolliza y

sonrosada, y con la tez tersa y jugosa.

Al llamarla vieja, Pedro Lobo procedía con injusticia notoria y con

falta bestial de galantería, pero, como estaba tan enojado, algo debemos

perdonarle.

Lo que es _Madame_ Duval no le perdonó nada. Tuvo, sí, miedo de su furia

y puso pies en polvorosa. Sin embargo, al llegar a la puerta de la sala,

y antes de apresurar el paso y aun de echar a correr, no pudo resistir a

la tentación de imitar a los partos y de disparar huyendo la más

emponzoñada flecha.

--Señor valiente--dijo--. No disimule usted su miedo con la cólera. El caso

es grave. No morirá usted de cornada de burro, pero puede morir de

topetada de negro. Esté sobre aviso.

Pedro Lobo quedó bramando de coraje. Hallaba ridículo que le amenazasen

con la _carnerada_, y más ridículo aún que él la temiese. Pedro Lobo, no

obstante, la temía, aunque trataba de disipar el temor y de ocultarle a

su propia conciencia.

Harto sabía él que lo de la fiebre o delirio de la _carnerada_ no era

fábula. Por otra parte ¿qué adelantaba con seguir en Río? La carta de

Rafaela era feroz, pero él desistía de vengarse de ella villanamente. Y

pretender o exigir de nuevo reconciliación, ya con súplicas, ya con

intimidaciones, estaba convencido de que era inútil.

En Río, además, donde el Sr. Gregorio Machado era bastante querido, casi

toda la gente de la sociedad miraba al gaucho con disgusto mal

disimulado como a matador de un mozo que en medio de todos sus extravíos

siempre había sido dulce y afable.

Pedro Lobo revolvió mil cosas en su mente, formó mil desatinados

proyectos: hasta pensó en ir de mano armada a buscar a Octaviano,

adelantándose a matarle antes de que él le matara; pero al cabo, después

de muchos desvaríos, prevaleció la determinación más juiciosa; y, cuatro

días después de la conversación que tuvo con _Madame_ Duval, Pedro Lobo

se embarcó en un vapor inglés que iba a Southampton y libró de su odiada

presencia a Rafaela, a _Madame_ Duval, al señor Gregorio Machado, a

Octaviano, y a casi toda la sociedad _fluminense_.

-XX-

Grosero y pesimista es el refrán que dice: el muerto al hoyo y el

vivo al bollo. El refrán, con todo, tiene por desgracia mucho de verdad.

A los siete u ocho días de muerto Arturito y a los tres o cuatro de ido

Pedro Lobo, nadie se acordaba ya de Arturito, salvo su padre, Octaviano,

Rafaela y el Sr. D. Joaquín, que le amaba y le lloraba como a su mejor

amigo. Porque D. Joaquín, cual fruto almibarado y sabroso con cáscara

amarga, no bien quedó despojado por el amor y el arte de su mujer de la

cáscara de usurero en que durante muchos años se había parapetado y

escondido, apareció como el ser más tierno y angelical entre todos los

seres humanos.

En Río se seguía la vida de costumbre, si bien muchos caballeros y la

elegante juventud dorada echaban de menos la tertulia de Rafaela, la

cual andaba retraída y triste, y no recibía.

Muchos jóvenes de la buena sociedad acudían con frecuencia al casino

como único recurso. Nuestros amigos, o por lo menos conocidos ya del

lector, el vizconde de Goivoformoso y Juan Maury, eran de los que allí

más acudían.

Hubo, a la sazón, un incidente que tiene trazas de insignificante, pero

del cual importa dar cuenta ahora, porque contribuye algo a la claridad

y al proceso de esta historia, quizás más verdadera que divertida.

En sus ademanes, en su conversación, en su modo de vestir, de

presentarse y hasta de andar, era tan sencillo Juan Maury y carecía

tanto de afectación y estudio, o los disimulaba tan bien, que las

personas ordinarias no caían en la cuenta de su aristocrática y natural

distinción, y sólo las personas que, si no tenían la misma distinción,

eran dignas y capaces de tenerla, comprendían y estimaban en todos sus

quilates la del inglesito: pero ni a unas ni a otras personas

deslumbraba él ni hería o lastimaba con elegancias de relumbrón. Era

todo lo contrario de lo que había sido Arturito al volver de París. La

ropa, los dijes y los primores de Arturito habían excitado la admiración

y la envidia. Su _dandinismo_ había hecho estruendosa irrupción en la

mente de sus maravillados compatriotas, mientras que el _dandinismo_ de

Juan Maury, casi a despecho de su poseedor, sólo se insinuaba con suave

lentitud en el espíritu de la gente más delicada. Evidentemente, Juan

Maury ni tenía en Río, ni hubiera tenido en parte alguna, el menor

propósito de llamar la atención, y menos que por nada por adornos o

perfiles que pueden comprarse en una tienda. Pero aún era muchacho y

solía tener caprichos casi infantiles. Por uno, pues, había llamado la

atención a pesar suyo. Nadie había reparado en que sus fracs y sus

levitas tenían corte más elegante, ni que en todo lo demás de su traje

había el sello de la perfección que cabe en lo humano; pero el bastón

que llevaba de diario excitó la admiración e hizo el encanto de todos,

porque entonces era objeto de altísima novedad, y de invención tan

reciente, que tal vez no se contaría aún por todo el mundo media docena

de semejantes bastones, los cuales, con el andar del tiempo, se han

emplebeyecido y divulgado tanto, que ya nadie los lleva, a no ser algún

cursi frenético y atrasado de moda.

El bastón de Juan Maury era un bambú como cualquiera otro. Por donde

descollaba y pasmaba, era por el puño, hecho de marfil en forma de

cabeza semi-humana, semi-perruna, bastante bien tallada. Los ojos eran

de vidrio, imitando los naturales, y muy luminosos. La parte que

figuraba el pelo estaba teñida de negro; en las mejillas había un tinte

sonrosado, y en la boca vivísimo color rojo. Se tocaba un resorte o

botoncito, y la figura entonces bajaba y subía los párpados, abría mucho

la boca y sacaba y enseñaba una lengua muy larga y puntiaguda.

Las muecas de la cabeza esculpida, al moverse por medio del resorte de

la manera ya indicada, divirtieron mucho a los jóvenes brasileños, y no

pocos se apresuraron a ser presentados a Juan Maury para que les

enseñara el bastón, cuyo éxito fue tan grande que le pidieron las señas

de la ciudad y de la tienda donde le había comprado, y pidieron una

buena remesa de ellos para Río.

Mucho distaba aún de llegar la remesa, cuando, en aquellos mismos días

del lance entre Arturito y el gaucho, notó la gente que Juan Maury no

llevaba ya el bastón. Le preguntaron por su paradero y él contestó que

no sabía. El bastón se le había perdido. No había quedado rastro de él.

Era como si la tierra se le hubiese tragado.

Tres puntos fueron los que en aquellos días se tocaron en las

conversaciones en que la política o la literatura no entraban por nada.

La muerte de Arturito y la pérdida del bastón, aunque pronto empezaron a

olvidarse ambas cosas, y por último la aparición de la famosa contralto

Rosina Stolz, que iba a estrenarse en el teatro principal, en la

Semíramis de Rossini, donde ella era admirable, como actriz y como

cantora, haciendo el papel de Arsaces.

Los filarmónicos, que en los ensayos la habían oído, estaban

entusiasmados y referían maravillas, lo cual acrecentaba la envidiable

fama que la había precedido antes de llegar de Europa y estimulaba en

todas las personas de buen gusto la curiosidad y el anhelo de verla y de

oírla.

Daba mayor interés a la aparición de la Stolz en el teatro de Río, el

que se había formado un terrible partido contra ella, impulsado por el

sentimiento patriótico. Y no porque nadie imaginase que podía existir

rivalidad entre las _modinhas_ del país y la música de los grandes

maestros italianos, ni entre las indígenas y populares cantoras y una

_diva_ tan eminente y tan aplaudida en los principales teatros europeos.

Todo era por culpa de un desaforado crítico francés, que no ha dejado de

tener imitadores más tarde. Anticipándose a Julio Lemaître, que publicó

un artículo en los periódicos dando consejos a Sara Bernhardt cuando fue

a América, el referido crítico había dado y publicado también consejos a

la Stolz antes de que se embarcase en un puerto de Europa para ir a la

conquista del Nuevo Mundo.

Muy de veras me aflige no conservar el artículo de los consejos

dirigidos a la Stolz para poder copiar aquí un trocito; pero como Julio

Lemaître, en caso parecido, si no idéntico, vino a decir lo propio,

pondré aquí algo de lo que dijo:

«Vais--le dijo, yo supongo que dirigiéndose a la Stolz--, a mostraros a

hombres de poco arte y de menos literatura, que os comprenderán mal, que

os mirarán con el asombro que se mira una ternera de cinco patas, que

verán en vos un ser extravagante y estruendoso, y no la artista

infinitamente seductora; y que no reconocerán vuestro talento sino

porque les costará caro el oíros».

Para remachar el clavo con que el crítico hería el orgullo de la América

latina, como ahora se dice, había en el artículo algunas amonestaciones

a la artista, a fin de que no se dejase enternecer por las ardientes

adoraciones de los entusiastas americanos, a quienes el articulista

calificaba de sensuales y de candorosos, y que, inflamados de amor,

irían a ponerse de hinojos ante ella.

Este arranque de la _outrecuidance_ parisina enojó en extremo a los

brasileños más patriotas, faltando poco para que no le produjese a la

Stolz el amargo fruto de una silba. Por fortuna la filarmonía pudo más

en esta ocasión que el patriotismo vidrioso, y la Stolz fue aplaudida

frenéticamente, y llevada a su casa en triunfo, con música, antorchas y

faroles encendidos. Hubo, no obstante, algún poeta satírico y

avinagrado, que se vengó en la Stolz de la insolencia del crítico

francés, y todavía conservo yo en la memoria algo de una graciosísima

sátira que le compuso, donde después de afirmar que la artista era un

desecho del viejo mundo y ella también vieja, justifica irónicamente los

aplausos que le han dado con razones y comparaciones como las contenidas

en los siguientes versos:

_Um velho poema de capa extragada_

_Nao perde por isso o interno valor_,

_E a veces de baixo da pranta pisada_

_Descóbrense ainda vestigios da flor_.

Pero no adelantemos los sucesos; prescindamos de este episodio que

apenas tiene relación con nuestra historia, y volvamos a la noche en que

Rosina Stolz apareció en el teatro de Río por vez primera.

-XXI-

Rafaela, que era generosa de todo, lo era también de aplausos y de

alabanzas. Por nada del mundo hubiera gustado de que silbasen a la Stolz

como la habían silbado a ella, a no tener a la mano otro D. Joaquín para

consolarla de la silba. Rafaela quiso, pues, que la Stolz triunfase, y

se propuso contribuir a su triunfo. Y como Rafaela además era

aficionadísima a la música, no se resignó a dejar de oír a tan egregia

cantarina. De aquí que saliese del retraimiento en que por la pena de la

reciente muerte de Arturito se encontraba y apareciese en su palco, en

el teatro, la primera noche en que la Stolz cantó en la _Semíramis_. Don

Joaquín fue también, aunque estaba tan apesadumbrado como si hubiese

perdido un hijo.

En el entreacto, el vizconde de Goivoformoso y Juan Maury, que estaban

en butacas contiguas, subieron juntos a visitar a Rafaela.

Muy impresionado estaba el vizconde, así por el canto como por la acción

y la mímica de la Stolz, pero casi le borró aquella impresión una

sorpresa que D. Joaquín, sin pensarlo ni quererlo, acertó a dar a él, y

también a Juan Maury y a Rafaela.

No sabemos cómo se habló de Arturito y se lamentó su muerte. Don Joaquín

se conmovió, hizo tres o cuatro pucheritos y se le saltaron las

lágrimas.

--Toda mi vida--exclamó--, conservaré como recuerdo una prenda suya, que,

sin duda, _Madame_ Duval llevó a la alcoba de mi mujer, donde yo la

encontré hace dos o tres días. Esta es la prenda.

Y levantando la mano del puño del bastón en que la tenía apoyada, dejó

ver la cabecita de marfil que ya hemos descrito. Y llorando todavía por

el difunto, tocó el resorte y movió la cabecita para que bajase y

subiese los párpados, abriese la boca y sacase la lengua, luciendo sus

habilidades. Al ver aquello, el vizconde se sonrió con malicia mirando a

Juan Maury; éste se puso rojo como la grana, y Rafaela, sin poder

reprimirse, empezó a reír a carcajadas. Don Joaquín hubo de imaginar que

a Rafaela le hacían mucha gracia las muecas de aquel muñeco, y le movió

más, poniéndosele delante. Rafaela rió entonces con carcajadas más

sonoras, y, para no llamar la atención del público, se retiró al fondo

del palco. Allí siguió la risa, y siguió, hasta que D. Joaquín, que

había cesado ya de mover el resorte, acabó por alarmarse. También se

alarmaron Juan Maury y el vizconde, únicos allí presentes. La risa, por

caso extraño, se convirtió en ataque de nervios. Fue menester que

Rafaela se retirase a su casa a media función, sin contribuir al triunfo

de la famosa cantarina y sin presenciarle.

Sólo el vizconde, testigo de aquella escena, pudo comprender sus causas

y explicar su significado.

Don Joaquín no volvió a servirse del bastón, porque Rafaela le dijo que

el verle le hacía daño.

En efecto; Rafaela era una criatura muy singular. Al principio halló

chistosa la equivocación de su marido y se rió de todas veras, con

placer semejante al que produce la representación de un grotesco

sainete; pero la tenaz persistencia de la escultura en sus muecas y

visajes le produjo un efecto muy raro. Del mismo modo que al restregar

un fósforo se hace brotar la llama, se diría que aquella figura, con sus

persistentes y fantásticos movimientos, le restregó las telas del

cerebro, y barriendo de allí las imágenes ridículas, hizo aparecer el

cuadro vivo de tristes sucesos a que ella había dado ocasión, cuando no

causa, y la no menos viva representación de la deplorable facilidad con

que ella, casi sin saber cómo, había abandonado, en un momento de

alucinación, los sinceros propósitos y los excelentes planes que le

había hecho concebir el Padre García. Tal vez en la misma noche en que

Arturito y el gaucho reñían un duelo a muerte, ella con el inglesito se

había olvidado de todo. El puño del bastón, con su monstruosa y

semi-humana figura, de repente se trocó en un espectro para ella; en un

espectro que acudía a atormentarla con burlas espantosas.

La señora de Figueredo, con todo, no se ahogaba en poca agua ni se

asustaba por cualquier niñería. El ahogo y el susto pasaron pronto.

Todas las cosas volvieron al ser que tenían.

El inglesito llegó a ser íntimo en casa de Rafaela. Don Joaquín concibió

por él mucho más cariño que el que tuvo al gaucho, y casi estamos por

afirmar que un poco más que el que tuvo a Arturito. Hasta la propia

_Madame_ Duval le cobró mayor amistad, le consideró más que a nadie y le

miró como si fuese el señorito hijo de la casa, hablándole siempre en

inglés y dándole el tratamiento de Master John.

Pasado este incidente, advertido sólo por el vizconde de Goivoformoso y

por los tres actores principales, empezó y transcurrió una época

brillantísima para el hotel de los señores de Figueredo y famosa en los

anales de la _high life_ fluminense. Banquetes, animadas tertulias,

bailes, lucidas cabalgatas y hasta giras de campo se sucedían con corta

interrupción. El inglesito no faltaba jamás en estas diversiones. Y

Rafaela, como el sol en el meridiano, resplandecía por su hermosura y

elegancia y parecía dichosa. Lo que es D. Joaquín no se mostraba menos

elegante ni menos satisfecho, aunque sí harto menos bonito, y dejando

notar en la flojedad de sus piernas y en el temblor de sus manos que lo

que llaman vulgarmente el _bajón_ iba llegando para él, y que así para

él como para los demás mortales, no pasan en balde los años.

-XXII-

Pronto pasó uno más, cuando ocurrió algo que, si bien hubiera

debido preverse, fue muy doloroso para Rafaela. Juan Maury, trasladado

por su gobierno con ascenso a una Legación de Europa, tuvo que abandonar

a Río de Janeiro. Rafaela sintió sin duda grandísimo pesar, pero no le

faltó energía para disimularle, y a los ojos del público apareció

impasible y serena, así en los días que precedieron a la partida de Juan

Maury como después de su partida.

Lo que pasó, durante aquellos días, en el corazón de Rafaela, no lo supo

más que una persona. Rafaela no se lo podía ni se lo quería decir a

_Madame_ Duval, por juzgar sobrado sublime su secreto para hacer

partícipe de él a tan vulgar personaje. Ni podía ni quería tampoco

confesarle al Padre García, por considerar su secreto profano y por no

ver en él culpa acompañada de arrepentimiento.

Rafaela, no obstante, sentía la necesidad de desahogar con alguien su

corazón, hablando de sus penas. Y como su único, constante y muy íntimo

amigo en la ciudad era el Vizconde de Goivoformoso, a quien trataba

desde que ella había llegado a Lisboa, Rafaela reconoció que sólo el

Vizconde era su posible confidente, y habló con él de todo, si bien con

mayor seriedad, con el mismo desenfado y con la misma franqueza que

empleaba para hablar con él cuando, hacía ya más de diez años, él y ella

iban a merendar o a cenar juntos en el _Retiro de Camoens_.

Después de la ida de Juan Maury, Rafaela, a fin de evitar las hablillas

y para que no se burlasen de ella afectando compadecerla como a mujer

abandonada, siguió recibiendo por las noches y procurando que su

tertulia no estuviese menos concurrida ni menos alegre que antes.

Las expediciones campestres de D. Joaquín a la _chácara_ y las

frecuentes jaquecas de que ella padecía, eran recursos de que no se

había desprendido ni quería desprenderse. De estos recursos se valió

entonces, no en pro del amor, sino en pro de una antigua y constante

amistad, de la que esperaba consuelo y alivio en sus penas. Deseosa de

hablar reposadamente con el Vizconde, le citó para una noche en que no

recibía a los demás tertulianos, y tuvo con él el coloquio que vamos a

reproducir aquí.

Después de los amistosos saludos de costumbre, con la inveterada

familiaridad de siempre, y tuteando al Vizconde como solía, Rafaela le

dijo:

--Tú eres mi mejor amigo, lleno para mí de amabilidad y de indulgencia. A

solas contigo, no sé disimular: todo lo confieso: pienso alto. No me lo

agradezcas. Yo soy quien debe mostrarte su gratitud. Si yo no pudiera

decir a alguien lo que siento, si no te tuviera a ti para decirlo, creo

que mi corazón estallaría como una bomba.

--Pues, hija mía, di cuanto se te ocurra, que pronto estoy a escucharte y

a consolarte si puedo.

Genio y figura · 第 5 / 12 段