en la pelea, no habría querido ni podido permanecer en territorio
argentino y también se habría expatriado. Estaba además segura de su
poderoso atractivo y de que él no se iría a Europa sin pasar por Río y
sin venir a verla. Le creía apasionado, celoso y tal vez enterado de
todo, porque nunca falta gente chismosa que se deleite en dar ciertas
noticias. Derrotado y huido de su patria, Pedro Lobo debía de estar más
feroz que nunca, y Rafaela temía, sino ponía en salvo a Arturito,
apartándole de sí, que ocurriese a éste un lastimoso percance. Su
propósito, perseverando en su plan de enmienda y santificación, era
despedir también a Pedro Lobo, pero, por lo mismo, tenía mayor empeño en
despedir antes a Arturo, para que ni remotamente imaginase el otro que
aquel infeliz muchacho era causa de su despedida.
-XVII-
Rafaela no se había engañado. Dos días después de haber despedido
a Arturito, supo que Pedro Lobo acababa de desembarcar en Río de Janeiro
y que pretendía venir a verla.
Ausente D. Joaquín y víctima Rafaela de jaquecas continuas, Rafaela no
recibía entonces ni salía de su casa.
Pedro Lobo buscó en la calle a _Madame_ Duval, le habló, y le pidió y
casi le exigió que le diese una cita con su señora.
_Madame_ Duval se excusó como pudo, pero, cediendo a la terca
insistencia del gaucho, tuvo que encargarse de una carta que éste le dio
para Rafaela. Ella la recibió y la leyó con hondo disgusto, y, si no
tuvo miedo, fue porque de nada le tenía.
Era, sin embargo, prudente y rehuía comprometerse escribiendo. No tenía
gana tampoco de recibir al gaucho para despedirle y para tener con él
una escena violenta y acaso trágica.
Se valió, pues, de _Madame_ Duval como mensajera. La instruyó
detenidamente en todo cuanto había de decir: en la resolución que había
tomado de seguir nueva vida, en sus remordimientos y en su firme
propósito de no reanudar con él las pasadas relaciones y de no recibirle
en secreto.
Bramó de ira el gaucho al recibir el mensaje, pero disimuló la ira y
hasta aparentó cierta conformidad, meditando y proyectando una venganza.
Aunque no dijo a _Madame_ Duval que lo sabía, Pedro Lobo era sabedor de
la ventura del joven Arturo. No habían faltado amigos oficiosos que le
escribiesen a Buenos Aires informándole de cuanto se sabía o se presumía
como evidente.
Arturito supo también la llegada de Pedro Lobo no bien éste llegó. Y si
hemos de decir la verdad, allá en el fondo de su alma pacífica y
humilde, se alegró entonces de que le hubiese despedido Rafaela. Así se
creyó libre y exento de tener un lance con el gaucho, que alcanzaba fama
de brutal y grosero.
Entre tanto, a fin de mostrar a Rafaela que por ella sólo había sido
ordenada y juiciosa su vida; a fin de hacerle notar que se consolaba de
su desdén volviendo a sus antiguas travesuras y locos deportes; y a fin
acaso de que el mismo Pedro Lobo comprendiese que nada tenía él que ver
con Rafaela, y que Rafaela no le importaba nada, decidió y concertó con
los más alegres jóvenes de Río una regocijada partida de campo para el
día siguiente, o mejor diremos para la siguiente noche. Era entonces el
mes de Febrero, el más caluroso del año en aquellos climas, y sólo de
noche podía disfrutarse algún fresco.
Estaba ya preparado un _pick-nick_ en la Tejuca. Cuantos amigos
quisiesen, podían ir inscribiéndose para ello en el casino y pagando
después su cuota. Sólo las damas irían convidadas y sin pagar. Arturito
había formado lista de ellas y dispuesto que las hubiese de todas
procedencias y de todos colores: desde la alemana Catalina, apellidada
por su cándida y sonrosada tez y por su dulce y buena pasta el _Merengue
de fresa_, hasta lo que llaman en el Brasil café con leche más o menos
cargado y café puro; esto es, que había tres o cuatro mulatas convidadas
a la función y una negra gentilísima a quien llamaban la Venus de
bronce. No faltarían tampoco dos garridas mozas, importación de las
Islas Canarias, y algunas nacidas en las márgenes del Piratininga,
fecundas en hermosas mujeres, una de las cuales descollaba por su
aptitud y habilidad para cantar las _modinhas_ más chuscas y amorosas.
La cena había de ser espléndida, y como el fondín de la Tejuca era pobre
y se prestaba mal al esplendor, y aun al regalo, se discurrió llevar de
Río algunos platos fiambres, el _champagne_ y otros buenos vinos, y a un
hábil mozo de comedor que lo ordenase y dirigiese todo. Nadie más
apropósito para esto que un esclavo negro de Arturo Machado, que fue el
elegido. Según costumbre brasileña o por rara inclinación que allí
había, los negros, cuando se bautizaban, sobre todo si se bautizaban
adultos, y no eran criollos sino traídos de África, solían tomar nombres
pomposos de héroes, emperadores y príncipes de la clásica antigüedad
greco-latina. No ha de extrañarse, pues, que el maestresala que había de
ir a la Tejuca se llamase Octaviano. Era alto y fornido, y, aunque tenía
ya más de cincuenta años, parecía joven. Procedía este negro de un
territorio del interior del África, cercano aunque independiente de las
posesiones portuguesas. Y la gente afirmaba que en su país no era un
cualquiera. Hasta que le cautivaron y le trajeron al Brasil, siendo él
de edad de dieciséis años, se había criado con mucho mimo y cercado de
profundo respeto, pues era hijo nada menos que del rey de los _Bundas_.
Sobre esta particularidad el lector podrá creer lo que quiera. Yo
refiero lo que se decía sin detenerme en averiguaciones. Sólo añadiré
que el aire majestuoso y digno de Octaviano inducía a cuantos le miraban
a no tener por fabulosa su regia estirpe. Resignado estoicamente a su
ineluctable servidumbre, aprendió pronto cuanto le enseñaron, porque
tenía mucho despejo. Y como era tan hábil y bien mandado, el látigo o
chicote jamás hirió sus espaldas. Ni era conveniente para él tan rudo y
degradante castigo. Si incurría en falta, la menor reprensión bastaba.
Él la sufría con modesta paciencia y luego se corregía. Mas si por acaso
la reprensión era injusta, en sus ojos relampagueaba el coraje, y el
reprensor, con cierta consideración temerosa, medía el alcance de sus
palabras y dulcificaba y mitigaba su acritud y dureza. Aun sin notar en
sus ojos el citado relámpago, se conocía cuando estaba enojado por un
muy raro y singular aviso. Octaviano, que era limpísimo en su persona y
que vendía salud, jamás olía mal, ni aun en la fuga de las mayores
faenas; pero no bien se irritaba, era como si se abriese de súbito un
pomo de concentrados aromas, esparciéndose en el aire la fragancia. La
_catinga_, represada y latente en los largos períodos de placidez, se
alborotaba y se desbordaba entonces, brotando por todos los poros y
trascendiendo a muchos metros de distancia, como los proyectiles de una
ametralladora.
Hacemos aquí tan particular y detenida mención de Octaviano por lo mucho
que amaba a Arturito, de quien había tenido especial cuidado y con quien
había jugado cuando niño, llevándole a paseo y a la escuela, y
acompañándole luego cuando fue a estudiar a las Universidades de San
Pablo y de Olinda. Arturito no llevó a París a Octaviano por no llamar
la atención. Y no porque Octaviano fuese negro, sino por la singularidad
de ciertos indelebles adornos que le distinguían, y que sin duda le
hicieron y trajo de su país como señales de su categoría principesca.
Ello es, que desde la punta de la nariz, subiendo por el caballete,
atravesando el entrecejo y por medio de la frente hasta el nacimiento de
sus cabellos crespos, tenía como una ristra de burujoncillos que
parecían repulgos de empanada, y en las negras y relucientes mejillas
llevaba un laberinto de incisiones, formando caprichosos dibujos, que
sólo Dios sabe si serían expresión simbólica de la Teogonía y de la
Cosmogonía de su tierra. Para averiguarlo, acaso no hubiera sido
suficiente que sabios profundísimos empleasen más tiempo en estudiar su
cara que Juan Francisco Champollion en estudiar la piedra de Roseta o
que León de Rosny en estudiar los enmarañados códices cortesiano y
troano.
Así se preparó la fiesta, que prometía ser notabilísima por todo; hasta
por la singularidad del maestresala.
-XVIII-
Todo el tiempo de la larga residencia de Pedro Lobo en Río,
Arturito había estado en París y no había tenido ocasión de conocer y de
tratar al gaucho. Esto no ofrecía, sin embargo, el menor inconveniente
para que el gaucho fuese a la fiesta. Era un _pick-nick_ donde Arturito
no figuraba importando más que cualquiera de los otros jóvenes
brasileños y extranjeros que habían de ser de la partida, y a quienes el
gaucho conocía y trataba. Deseoso de asistir a la fiesta y aun excitado
a asistir por los ruegos de dichos jóvenes y con el fin de divertirse y
de distraer sus penas, Pedro Lobo fue como uno de tantos.
Por lo pronto, sólo pensó en el placer que aquello podría traerle, y no
formó proyecto alguno de armar escándalo y camorra. Llegó a la Tejuca a
caballo, con tres o cuatro de los que eran más amigos suyos, y se hizo
presentar a Arturito del modo más correcto. Arturito le acogió con la
debida cortesía.
No pasó por las mientes de nadie que pudiera sobrevenir un lance entre
ambos.
Al anochecer, llegaron en un ómnibus las niñas, figurando como la
capitana el Merengue de fresa.
Todos la aclamaron reina de la función, así por su calidad de
extranjera, como por ser la más hermosa, y, sin duda, la de más
encumbrada jerarquía entre las de su oficio. Casi, casi, era una
señorita. Vivía con su papá, que tenía no poco de respetable, que se
ganaba la vida componiendo relojes, y que era fervoroso cristiano,
aunque protestante, leyendo mucho la Biblia en sus horas de asueto. Ni
se le podía acusar de excitación, connivencia o tolerancia en las
transgresiones de su hija. Se oponía a ellas, pero como nada lograba con
oponerse, acababa por aguantarlas, si bien con hondo dolor, para cuyo
alivio apelaba a la bebida, de suerte que el ver al relojero alemán un
tanto cuanto tomado del aguardiente, era indicio infalible de que
Catalina no estaba en casa y andaba corriendo aventuras. Porque eso sí,
ella respetaba la casa paterna y jamás allí las tenía, como no fuese con
mil sigilosas precauciones y a furto del severo autor de su existencia.
Catalina, al acudir a fiesta tan numerosa y estruendosa, daba un paso
atrevido e inusitado, y atropellaba un poco su decoro, y, si no su
buena, su mediana fama: todo por devoción a Arturito, cuya munificencia
la encantaba y seducía.
Hasta la una de la noche, aunque la animación y la alegría fueron
grandes, bien se puede afirmar que en la reunión apenas hubo el menor
incidente digno de censura. Al contrario, todo fue estético, artístico y
literario. Las piratininganas recitaron lindamente sentidos versos de la
Marilia de Dirceo; las muchachas de Canarias cantaron seguidillas y
coplas de fandango; cantaron _londums_ las mulatas; la negra bailó con
gran primor y salero, y entonó, por último, Catalina tan afinada y
primorosamente varias canciones alemanas, que por unanimidad confirmaron
todos su nombramiento de reina de la fiesta. Llegó la hora de cenar, y
Catalina, como tal reina, dio el brazo a Pedro Lobo para ir al salón del
banquete. Ella iba a presidirle, y, por extranjero y persona de más
cumplimiento y ceremonia, sentó a su derecha a Pedro Lobo, mas no sin
decir a Arturito que al otro lado suyo tomase asiento en la mesa. Él no
dejó de tomarle, y todos cenaron con apetito y regocijo. Hubo platos a
la francesa, varios _quitutes_ brasileños, y Jerez, Madera, _Champagne_
y Oporto en abundancia.
De resultas de las frecuentes libaciones, hirvió la sangre, se
acaloraron las cabezas, las dulces pláticas se convirtieron en confusión
y bullicio, y el banquete empezó a tener carácter de orgía. Podría
decirse, si la mitología clásica no hubiera pasado de moda, que un
enjambre de cupidillos menores revoloteaba, cerniéndose sobre la mesa,
disparaba flechas sutiles e invisibles y desasosegaba y punzaba con
ellas a los galanes y a las damas.
No por eso se alteraba la paz. Todos se arreglaban, acoplaban y
componían. Nadie se sentía desairado ni se mostraba descontento.
Tal era la situación general; pero había dos sujetos, que acaso habían
bebido más que los otros, que estaban más acalorados y que empezaron a
mirarse con malos ojos por aspirar a lo mismo.
Pedro Lobo y Arturito se empeñaron ambos en querer Merengue de fresa.
La conciliadora y benigna alemana tenía dulzura para los dos;
alternativamente se inclinaba a un lado y a otro y procuraba contener y
complacer a ambos. Pero por más que hizo, no logró que ninguno de ellos
aceptase la simultaneidad ni el turno pacífico.
El juego terminó mal. Las cañas se volvieron lanzas. Pedro Lobo vio en
aquella rivalidad, si no motivo, ocasión y pretexto para vengarse de
otra rivalidad que infinitamente más le dolía. De súbito, pues, y cuando
todos los concurrentes menos lo preveían, lanzó el gaucho varios feroces
reniegos, se levantó de la mesa, agarró del brazo a Catalina e intentó
llevársela consigo a tirones y poco menos que arrastrando. Llena de
susto y lastimada por la violencia, la muchacha dio chillidos. Acudió
Arturito a defenderla, pero el gaucho, más fuerte y más decidido, le dio
un empellón y le apartó de sí bastante maltrecho. Todavía se lanzó sobre
Arturito, decidido a darle de golpes; pero unas manos poderosas que
parecían dos garras le asieron por ambos brazos, le zarandearon y
sacudieron como si fuera un pelele y le derribaron por tierra con
desprecio. Era el negro Octaviano que intervenía briosamente en defensa
de su señor. Animado Arturito con aquel auxilio y enojado por los
insultos y por la afrenta que Pedro Lobo le había hecho, prorrumpió en
injurias contra él, le llamó satélite del sanguinario tirano Rosas y le
calificó de derrotado y forajido. Los señores jóvenes que allí había
consiguieron, no sin grande esfuerzo, separar a Octaviano de su
intervención en la contienda e interponerse entre los dos principales
contendientes, reteniendo sus manos y refrenando sus lenguas.
Completamente se acibaró el contento que allí reinaba. Antes de que
amaneciese se expidieron en el ómnibus el Merengue de fresa y las demás
niñas. Algunos caballeros se eclipsaron también. Contra Octaviano hubo
una verdadera conjura, y medio por persuasión, medio por violencia, le
encerraron en un cuarto para evitar que escandalizara, tratando de
inculcar en su mente que por mucho que se sintiese, era ya ineludible un
encuentro muy serio entre Pedro Lobo y su amo. A Pedro Lobo no le
faltaron dos testigos. Con otros dos que nombró Arturito concertaron un
lance, el cual, por hallarse muy embravecidos los dos contrarios, no
podía menos de ser serio.
Arturito no sabía manejar el sable, ni esgrimir la espada, ni tirar a la
pistola. Era menester procurar para él la menor desventaja posible,
equilibrando las fuerzas y buscando iguales probabilidades de triunfo.
Se hallaron dos pistolas de arzón que, muy cargadas, habían de levantar
mucho y enviar la bala harto lejos del punto de mira.
Se concertó que los combatientes se colocasen a cuarenta y cinco pasos
de distancia. Al dar una palmada podrían marchar ambos, el uno contra el
otro, hasta que sólo quince pasos los separasen. Durante la marcha cada
uno podía tirar cuando quisiera.
No bien fue de día claro, combatientes y padrinos fueron a un sitio
apartado y esquivo, a más de dos kilómetros de la fonda, a una pradera
sin árboles, en medio del bosque. Todo se hizo allí como estaba
concertado. Arturito, sostenido por el pundonor, disimulaba su
abatimiento: conocía que el duelo era inevitable, sopena de quedar para
siempre humillado, pero presentía el desenlace más triste.
El gaucho estaba muy sobre sí, ansioso de satisfacer su rabia y
confiando en su destreza en las armas.
Ambos ya en el sitio y con la pistola en la mano, marcharon el uno
contra el otro. Inseguro Arturito de su puntería, no quiso disparar
hasta llegar a la raya que se le había marcado. El gaucho, más seguro,
disparó al dar el quinto paso. Todos los testigos tenían el
convencimiento, la casi seguridad de que, no sólo el tiro de Arturito,
sino también el del gaucho, tan malas y tan cargadas estaban las
pistolas, iban a perderse en el aire. Esperaban que terminase el lance
en reconciliación, y ya que no en almuerzo, porque la cena estaba
reciente y no tenían gana, en otra nueva cena aquella noche en el mejor
restaurante de Río de Janeiro.
Pero el hombre propone, y no siempre Dios sino el diablo dispone. Nadie
imaginó, por bien que en su sentir el gaucho tirase, que lo que ocurrió
fue el resultado de su tino. Lo que ocurrió fue el resultado de la
fatalidad más deplorable. La bala que disparó el gaucho penetró por la
sien derecha en la cabeza del pobre joven y le dejó muerto en el acto.
Grande fue el pasmo y profunda la lástima de todos los cómplices en
aquel horror. El mismo Pedro Lobo, disipada de pronto su cólera, se
sintió afligido.
El caso, de común acuerdo, se ocultó o se disimuló para con el público.
La fiebre amarilla hacía entonces muchas víctimas en Río. En la Tejuca
no atacaba nunca aquella enfermedad, pero si alguien la traía a la
Tejuca desde Río, la muerte era inevitable y rápida.
Para el público se supuso que Arturito había muerto en la Tejuca de la
fiebre amarilla.
-XIX-
Rafaela tuvo pronta y exacta noticia de cuanto había ocurrido, y su
dolor fue muy hondo. Ella tendría sus defectos, pero no se puede negar
que era leal y verídica, y que abominaba del embuste. Lo que había dicho
a Arturito cuando le despidió era la verdad misma. Al dejar de quererle,
como amante, había seguido queriéndole como si fuera su hijo: como
criatura de su espíritu, ya que le había iluminado y mejorado. De aquí
que la función de la Tejuca, triste prueba de la recaída del joven,
abandonado por ella, bastó para afligirla; pero lo que la desoló, por no
ofrecer ya remedio ni esperanza, fue la muerte violenta tan estúpida y
brutalmente motivada.
Rafaela, distando mucho de ser merengue de fresa, sin tener nada de
empalagoso sino de brioso, atesoraba en el centro de su corazón un
inexhausto manantial de cariño. No por reflexión ni por estudiadas
teorías, sino por ciego e indomable instinto, era la mujer filántropa.
El Padre García se lo había dicho muchas veces: ¡Ay, hija mía, sí tú
amases a Dios la mitad siquiera que a los hombres, no estarías ya en la
tierra, sino en el cielo, en el ardiente coro de los más enamorados
serafines que coronan cual nimbo luminoso el trono del Altísimo! Lo
conveniente, añadía el Padre en otra ocasión, es que tu filantropía se
trueque en caridad cristiana: que ames a Dios sobre todas las cosas.
Considera lo encaramada y elevada que estás ya en el amor, y calcula, si
puedes, hasta dónde te encumbrarías en cuanto pusieses sobre todo ello
tu amor divino.
Por desgracia, esta deseada y aconsejada superposición no había llegado
a verificarse, aunque Rafaela a menudo la apetecía.
Indudablemente, sin ninguna intención y sin oculto propósito, sin
descubrir ni reconocer ella como causa de su cambio la impresión que
Juan Maury le había hecho, y creyéndose impulsada por las amonestaciones
y piadosos discursos del Padre García, no sólo había despedido a
Arturito, sino que también se propuso no volver a recibir al gaucho y
romper para siempre con él, aunque bien notaba, con cierto sentimiento
entre lisonjero y penoso, que la segunda venida del gaucho a Río había
sido por ella.
Y como ella jamás desechaba la gratitud ni la amistad, aunque desechase
el amor, todavía, al despedir resueltamente al gaucho por medio de
_Madame_ Duval, conservaba por él estimación y afecto. Sólo cuando supo
la tragedia de la Tejuca, obra sin duda del injustificado rencor de
Pedro Lobo, su amistad y su estimación hacia él se trocaron en
aborrecimiento.
La insistencia pertinaz que mostró Pedro Lobo en volver a verla,
exacerbó este odio, agotó su paciencia y le hizo perder los estribos.
Ella no recibía entonces, ni salía de casa; pero _Madame_ Duval era
perseguida y detenida por Pedro Lobo, y ora por su medio, ora
imprudentemente, valiéndose de un criado cualquiera, Pedro Lobo la
inquietaba y la atormentaba con cartas pidiéndole, casi exigiéndole una
cita.
A las cuatro primeras cartas, dos al día, nada contestó Rafaela. A la
quinta, en la mañana del día tercero, Rafaela se puso fuera de sí,
perdió toda su circunspección, desechó recelos, resolvió arrostrar
cualquier peligro que sobreviniese y contestó al gaucho, sin rasgar el
papel, aunque bien pudiera decirse, citando el antiguo romance, que le
escribió:
_Con tanta cólera y rabia_,
_que donde pone la pluma_
_el delgado papel rasga_.
La carta de Rafaela era como sigue:
«Sr. D. Pedro Lobo: Ni usted tiene, ni yo he dado a usted el menor
derecho para lo que hace, inquietándome, afligiéndome y desesperándome.
Jamás prometí ni exigí a usted que me prometiera fidelidad ni
constancia. No hay lazo que nos ate ni obligación que nos encadene.
Libre es usted y yo también lo soy de querer a quien se nos antoje. Con
plena libertad, aun después de haber arrojado de mi alma, por motivos de
que no tengo que darle cuenta, todo tierno afecto hacia usted, le
consagraba yo aún estimación amistosa. Esta se ha perdido también por la
tremenda culpa de usted cometida hace pocos días. Ya ni amor, ni
amistad, ni estimación le tengo. No diré que le odio, porque no odio a
nadie, y si le odiase haría de usted excepción honrosa. Me es usted
indiferente, pero me aburren y me atacan los nervios sus persecuciones.
Váyase usted de Río y déjeme en paz. Como no gusto de frases pomposas,
cuyo contenido pudiera alguien poner en duda, no me meto en decir que
soy una dama y que usted es un caballero: diré sólo que soy una buena
mujer, aunque pecadora, y que espero que sea usted un hombre bueno para
mí y que como tal se conduzca. Con dicha esperanza escribo esta carta, y
confío en que no me comprometerá usted abusando de ella; mas aunque
desconfiase, de nada tendría miedo. Podría usted causarme el mayor daño
y me sería menos insufrible que su empeño de reanudar relaciones. Rotas
están para siempre y nada temo por mí. Temo por usted y le aconsejo que
se vaya cuanto antes a Europa. Por nada del mundo quisiera yo más
tragedia. Yo no soy vengativa, pero hay personas que lo son. Guárdese
usted de ellas, y póngase en salvo.»
Así terminaba la carta, firmada sólo con la inicial R.
_Madame_ Duval la llevó a la fonda donde el gaucho vivía, y estuvo
presente a su lectura.
No bien acabó de leer, Pedro Lobo dijo furioso:
--Me insulta y hasta se atreve a amenazarme. Sin duda tiene nuevo galán y
con él es con quien me amenaza. Yo me río. Morirá a mis manos como
Arturito ha muerto.
--Sosiéguese usted--dijo _Madame_ Duval con mucho reposo--. No es amenaza
sino aviso lo que da mi señora. Ella dista mucho de tener nuevo galán.
Créame usted. Hablo sinceramente. Mi señora se ha entrado por la
devoción y lleva camino de ser una santa.
--¿Pues entonces quién es la persona de quien dice que debo salvarme? Yo
no quiero salvarme de nadie. La buscaré y nos veremos las caras.
--No se exalte usted, señor Pedro Lobo--replicó la dueña--. No hay motivo
ni posibilidad de que usted tenga nuevo lance. El aviso de mi señora se
funda....
--¿En qué se funda?
--Tal vez en que ha irritado usted a un hombre rico y poderoso
arrebatándole su único hijo, a quien idolatraba.
--¿Cree Rafaela acaso que el viejo Machado es capaz de pagar sicarios
para que me asesinen?
--Muy lejos está de creerlo, pero tal vez haya quien, sin esperar ni
recibir salarios, ponga a usted asechanzas y atente contra su vida.
--¿Y quién puede ser ese guapo?
--Pues bien, señor Pedro Lobo, voy a decírselo a usted para su gobierno.
No digo que sea, pero puede ser el negro Octaviano. Acusarle sería
inútil y hasta peligroso porque se pondría cierto lance en conocimiento
de la justicia y porque no hay prueba alguna contra Octaviano. Yo sólo
sé que él es rencoroso y fuerte, que sabe disimular sus propósitos y que
amaba en extremo a su niño, como él llamaba al señorito Arturo. El brío
del tal negro es para aterrar a cualquiera. Todos los otros negros le
reconocen como el más diestro y pujante en la _carnerada_.
--¿Y qué diantre de _carnerada_ es esa?--preguntó Pedro Lobo riendo,
aunque preocupado y un tanto cuanto con la risa del conejo.