A regañadientes aguantó Rafaela este capricho de su esposo, pero no pudo

resistir a la tentación de reírse un poco de él. Y para ello aseguraba

que, según el antiquísimo romance, que escribió Güesto Ansures, las

doncellas que iban cautivas eran seis, y cinco nada más las hojas de

higuera del escudo. Lo cual significaba que tres o cuatro de aquellos

malditos moros pudieron escaparse, huyendo a uña de caballo del

machucador ramo de higuera del ascendiente de don Joaquín, y se llevaron

a Andalucía a una de las seis niñas gallegas, la cual vino a ser pronto

la sultana favorita del Miramamolín. De esta sultana afirmaba Rafaela

que descendía ella, de suerte que su nobleza era tal para cual y no

menos antigua que la de su marido. En prueba de esto, si él tenía por

apellido Figueredo, ella, a pesar de lo nebuloso y recóndito de su

origen, había llegado a averiguar, por claros y evidentes indicios, que

su estirpe, prosapia, abolengo y apellido era Benjumea, que equivale a

Ben Humeya, apellido de los califas de Córdoba, estropeado y mal

pronunciado por los ignorantes.

Un argumento presentaba Rafaela a veces contra las pretensiones de D.

Joaquín, pero éste refutaba victoriosamente el argumento. Decía Rafaela

que no eran los Figueredos de Portugal, sino los Vargas Machucas de

Castilla, los que machucaron a los moros y acabaron con el feudo de las

cien doncellas. Y D. Joaquín contestaba que los Vargas Machucas, en

efecto, descendían también de Güesto Ansures, si bien la rama principal

y legítima era la de los Figueredos, mientras que los Vargas Machucas

eran una rama secundaria, y en su sentir, bastarda, ya que, según D.

Joaquín había oído explicar a una persona muy docta en la ciencia del

blasón, a la que aplicaba como auxiliar la ciencia etimológica, Vargas o

Bargas, que es como debiera escribirse, es una contracción de los

vocablos _Barragana_ y _Barragania_. Por fortuna, ningún caballero que

tuviese el apellido de Vargas asistió jamás a la tertulia de Rafaela, y

D. Joaquín pudo sostener su tesis, poco lisonjera para los Vargas, sin

promover el menor altercado.

-XIV-

Salva la discrepancia en que solían estar marido y mujer sobre este

punto de la nobleza, don Joaquín se mostraba siempre en perfecto acuerdo

con Rafaela, gustando de lo que ella gustaba, y ensalzando y aplaudiendo

lo que ella ensalzaba y aplaudía.

Pedro Lobo, pues, vino a ser el encanto de D. Joaquín, quien siempre

quería tenerle en su casa, de suerte que, cuando Pedro Lobo, retenido

por sus quehaceres, dejaba algún día de venir o retardaba su venida, D.

Joaquín iba a buscarle y no paraba ni descansaba hasta que se le traía

consigo. Todo esto daba ocasión a no pocos chistes, que cundían por la

ciudad, pero que por fortuna jamás llegaban a los oídos de don Joaquín,

víctima de ellos.

Algo más de un año duró esta armonía y constante convivencia entre D.

Joaquín, Rafaela y Pedro Lobo.

No hubo de ser éste tan afortunado como en otras cosas en su secreta

misión política. El Brasil, más enemigo cada día del dictador Rosas,

conspiró contra su poder, hizo un tratado secreto con la República

Oriental del Uruguay, se concertó con el general Justo José Urquiza,

gobernador de Entreríos, y suministró toda clase de recursos para el

levantamiento contra el tirano.

El representante diplomático de Rosas en Río de Janeiro pidió entonces

sus pasaportes. Y retirada la Legación argentina, Pedro Lobo se marchó

con ella, volviendo a Buenos Aires, para dar al dictador auxilio de más

valer como soldado que como agente secreto.

Rafaela sintió la partida de Pedro Lobo, pero como su carácter era tan

alegre, logró consolarse pronto. Pedro Lobo además no se dejaba

convencer, y esto mortificaba a Rafaela, y como él tenía un carácter

dominante y ella también le tenía, procurando avasallar y repugnando que

la avasallasen, sus relaciones con el gaucho nada tuvieron de apacibles

y no pocas veces la enojaban y desesperaban. El prurito de romper

aquellas relaciones, que ella en el fondo de su alma calificaba de

cadenas, estimulaba entonces su voluntad, pero, aunque era muy valerosa

y apenas conocía el miedo, no se atrevía a intentar la ruptura. Puede,

por lo tanto, conjeturarse que Rafaela vio con oculta satisfacción las

circunstancias políticas que, si por una parte la privaban del agradable

trato de una persona de tanto mérito como Pedro Lobo, la libertaban por

otra, sin rebelión ni pendencias, de lo que se le figuraba en ocasiones

que tenía traza de yugo y de servidumbre.

Rafaela, aunque aparentó sentir, no sintió demasiado, por lo que ya

queda dicho, la partida de Pedro Lobo. Quien la sintió con todo su

corazón, y la lamentó y la lloró, fue D. Joaquín, que era muy tierno,

pudiendo asegurarse que poseía el _don de lágrimas_.

A poco de la partida del gaucho, ocurrió en Río cierta novedad, que, aun

suponiendo a Rafaela muy melancólica, hubiera distraído sus melancolías.

El Sr. Gregorio Machado era el más rico propietario de todo el Brasil,

dueño de muchos fondos públicos y de acciones del Banco, de magníficas

_fazendas_ en las provincias de San Pablo y Pernambuco y de florestas

dilatadas, donde abundaban las maderas preciosas, en la interior

provincia de Mato-Grosso. Centenares de esclavos cultivaban sus

posesiones; y sus rentas y ganancias eran tres o cuatro veces mayores

que las de D. Joaquín, con ser éste uno de los más acaudalados

brasileños.

Viudo el Sr. Machado, tenía un hijo, llamado Arturo, de veintiséis años

de edad y muy lindo mozo.

Arturo había estudiado leyes en la Universidad de San Pablo, donde las

mujeres son guapísimas. En todo el Brasil alcanzan fama de seductoras y

de que tienen misteriosas cualidades y encantados lazos con que saben

cautivar a los hombres. De San Pablo han salido mujeres que, por su

belleza y por otros atractivos, han llegado al pináculo de la fortuna.

Arturito, que era muy enamorado, estudió poquísimo e hizo en San Pablo

doscientos mil disparates. Su padre creyó prudente sacarle y le sacó de

aquella Pafos del Brasil y le envió a Olinda, donde hay también escuela

de Derecho. Allí, bien o mal, tomó la borla de doctor el joven Arturo.

Ya doctorado, nada más natural que ir a Europa para acabar de

civilizarse y conocer por experiencia hasta los más delicados perfiles y

las más recientes conquistas del espíritu humano. Arturo fue, pues, a

París, haciendo de París su residencia habitual y el centro de sus

excursiones. Desde allí salió a recorrer con rapidez y por pocos meses

la Alemania y la Italia, y desde allí fue a solazarse, durante los

veranos, en Baden, Wiesbaden y Homburgo, donde había _treinta y

cuarenta_ y ruleta, y donde asistía multitud de ninfas sabias y

elegantes, más aptas que Egeria para adoctrinar, pulir y dar charol a

los modernos Numas.

No se descuidó Arturo, aprendió cuanto hay que aprender y supo

aprovechar las lecciones que le dieron; pero las lecciones salieron

extremadamente caras. A los dos años de haber estado Arturo en Europa,

había ya gastado a su padre, perdiéndolo al juego o en obsequio de las

ninfas, cerca de 400 millones o _contos_ de reis.

No hay que asustarse ni considerar monstruosa la suma, porque los _reis_

del Brasil son _fracos_, y cada uno vale la mitad de un _rei_ de

Portugal o _rei gordo_. Arturo, por lo tanto, no gastó una enormidad;

pero, como cada _conto de reis fracos_ equivale sobre poco más o menos a

2.500 francos, siempre resultó que su gasto, a pesar de las grandes

riquezas del Sr. Gregorio Machado, había sido excesivo, elevándose a un

millón de francos en moneda francesa.

El padre se hartó de enviar dinero, sitió por hambre a su hijo, y éste

tuvo que volver a los patrios lares harto desconsolado y mohíno, pero

convertido en el caballerete más elegante que había pisado el suelo del

Brasil desde los tiempos de Pedro Cabral y de Diego Correa, apellidado

_Carumurú_ y fundador de Bahía.

Acostumbrado Arturito a las exquisiteces, primores y alambicadas quintas

esencias de las mujeres de París, volvió muy desdeñoso, encontrando a

sus compatriotas feas, zafias y mal vestidas. En ninguna de ellas

descubría un átomo de _chic_. La misma princesa de los Tupinambas, la

divina Paraguassú, heroína de la epopeya nacional, si hubiera resucitado

y se le hubiera presentado, le hubiera parecido un adefesio.

Cuando Rafaela se enteró de todas estas cosas, concibió el propósito de

vindicar al Brasil de aquellos injustificados desdenes, volviendo por el

honor de su patria adoptiva y probando a Arturito que todas las heteras

parisinas no valían un pitoche comparadas con ella, y que ella las

vencía en beldad, ingenio, sal y garabato.

Acudió a reforzar su patriótico intento el prurito didáctico que había

en su alma y que jamás la abandonaba. Se propuso mejorar la condición de

aquel extraviado mancebo, hacerle aborrecer el desorden y el despilfarro

absurdo, y hacerle amar el orden y la economía.

Impulsada por tan benéficas miras, pronto atrajo Rafaela a su casa al

joven Arturo; y pronto también logró que olvidase los devaneos de París

y que reconociese que ella era por todos estilos más guapa que cuantas

mujeres habían ido a cenar con él en el _Café Inglés_, en la _Maison

Dorée_ o en los _kursaals_ que regocijaban y animaban, en aquellos días,

las inmediaciones del Taunus y de la Selva Negra.

-XV-

El poder didáctico de Rafaela jamás realizó en nadie tan rápidas y

provechosas mudanzas como en el ánimo y en todo el ser de Arturo

Machado.

Las _saudades_ que él tenía de París, y que le hacían fastidioso a él

mismo y a las demás personas, se disiparon por completo. Arturito volvió

a gustar de su patria como cuando era estudiante y no había vivido aún

en el _corazón y en el cerebro del mundo_, como llama a París Víctor

Hugo. Se hizo ordenado y económico y ni gastaba ni sabía en qué gastar

su dinero. No pensaba ya en francachelas ni en vigilias tempestuosas. Y

con su vida regular y morigerada recobró la salud, que nunca había sido

muy fuerte y que habían estragado las excitaciones constantes de la

existencia de calavera, para la cual no había nacido. Porque, si bien

era lindo mozo, agraciado y simpático, tenía más de enclenque que de

robusto. Era de genio manso, suave e inclinado a la quietud y a la paz.

Y sólo el mal ejemplo, las perversas compañías y hasta la propia

docilidad con que cedía él y dejaba que le guiasen habían sido causa de

sus travesuras y derroches pasados. Para Rafaela, hecha ya esta

conversión, se desvaneció por desgracia casi todo el atractivo de

Arturito. Empezó a hallarle poco ameno, y después soso, y por último

llegó a encontrarle empalagosísimo a causa de su dulzura.

Entonces sentía Rafaela grandes veleidades de plantarle; pero, como era

caritativa y estimaba además como gloriosa producción de su ingenio y de

la energía de su voluntad todos los progresos y mejoras de un espíritu

cultivado por ella, resistía a la tentación de plantar a Arturito. Allá

en sus adentros se comparaba a la vara que sostiene en el aire a una

planta rastrera a fin de que no caiga al suelo y se ensucie y pudra en

el fango. Temía Rafaela que Arturito cayese si le dejaba ella, y por eso

no le dejaba. A menudo solía lamentar que aquel muchacho hubiera sido

tan dócil y se hubiera convertido tan pronto. Lo conforme a su gusto

hubiera sido una educación más larga y difícil, así porque, durando la

educación, también hubiera durado el prestigio que hacia Arturito la

había atraído como porque la misma tardanza en educarse y en cambiar de

condición hubiera sido garantía de lo seguro y firme del cambio.

En estas cavilaciones hubiera persistido largo tiempo Rafaela sin

atreverse a despedir a Arturito, a no ser porque ella tenía a veces

crisis extrañas en el corazón y en la mente. Religioso fervor la

dominaba. Iba a confesarse o tenía largos y piadosos coloquios con el

Padre García, su director espiritual. Sus remordimientos de engañar a D.

Joaquín no la mortificaban demasiado, pues, aunque ella repugnaba el

engaño y nunca había engañado a nadie sino a D. Joaquín, todavía se

figuraba ella que en realidad no había tal engaño. Nada disimuló ni

ocultó al casarse, y su marido por lo tanto debió comprender desde luego

a lo que había de atenerse. Ella le hizo confesión general anticipada.

Fue como si de una vez le confesase y descubriese todas sus culpas,

pasadas y futuras. ¿Para qué, pues, molerle y atormentarle

confesándoselas después una a una según iban sobreviviendo? Esto no

hubiera sido noble franqueza sino crueldad insensata. No era, pues, por

D. Joaquín sino por ella misma por lo que el pecado le dolía. Le dolía

el pecado porque en su anhelo de toda clase de perfección, para ella y

para los otros, soñaba con una vida honrada y limpia.

Por rara coincidencia, estos sueños de limpieza y de honradez acudían en

tropel a su mente, y más amenudo que nunca, desde que empezó a visitarla

Juan Maury.

Sus facultades críticas y analíticas, sin poderlo remediar ella, se

aplicaban a la comparación. Y comparando al joven inglés con Arturo,

Arturo salía siempre muy mal parado. Arturo era de menos que mediana

estatura y estrecho de hombros. El inglés alto, sin dejar de ser bien

proporcionado, y ancho de espaldas, sin que la esbeltez y la elegancia

le faltasen. Era el uno moreno pálido, casi cetrino, blanco y sonrosado

el otro y rubio como las candelas. Y por último, en lo tocante a las

prendas intelectuales y morales, al ingenio, al saber y a la energía de

voluntad que en medio de su aparente timidez en el inglesito se notaba,

la diferencia aparecía enorme en la mente escrutadora de Rafaela.

Empezó, pues, a tener vergüenza del afecto que Arturito le había

inspirado. La compasión hacia él fue disminuyéndose casi hasta

desaparecer. Y el anhelo de elevarse hasta la virtud más sólida, de

consagrarse fielmente a D. Joaquín y de ser modelo de casadas y señora

muy respetable vino a ser la constante obsesión de su alma. Aunque ella

era un lince para notar los defectos de las personas que trataba, no sé

cómo se las compuso que no halló el menor defecto en el inglesito. Todo

él le pareció una perfección. Y en vez de pensar en educarle para

elevarle a su altura, pensó en educarse a sí misma para subir a la

altura en que le veía colocado.

Bullían todos estos pensamientos en la mente de Rafaela de modo harto

confuso. Lejos de ella el imaginarse enamorada del inglesito. El

propósito de enamorarle más lejos aún. Sólo meditaba entonces virtud,

abnegación y toda clase de sublimidades.

La única determinación firme que nacía de todo ello era la de despedir a

Arturito, que ya le parecía insufrible.

Pero Rafaela era la bondad misma y, antes de hacer la herida que

consideraba indispensable hacer, preparaba bálsamos para curarla.

Pensó en que el término dichoso, honesto y santo de la educación que a

Arturito había dado, era casarle con la más linda señorita que hubiese

en Río de Janeiro, cristiana y recatadamente educada, bonita y amable y

de distinguida familia, en quien Arturito hallase una compañera digna y

fiel y lograse dar a su padre el Sr. D. Gregorio algunos graciosos y

queridísimos nietos, que fueran el hechizo y el consuelo de su cansada

senectud.

No acierto a encarecer cuánto se deleitó Rafaela al concebir este

proyecto y el arte delicado y el impaciente afán con que trató de

realizarle.

Rafaela, que gustaba tanto de educar a los otros, no se había descuidado

en aquellos últimos años, y singularmente desde que era gran señora, en

formar su corazón y su espíritu, leyendo no pocos libros, sobre todo de

novelas y poesías. Según vulgarmente se dice, se había hecho bastante

_licurga_ o marisabidilla. Con el inglesito hablaba de artes, de

religión, de historia y hasta de filosofía. Arturito estaba presente a

estas conversaciones, que nada tenían de misteriosas, pero no entendía

palabra y no tomaba parte en ellas.

Así mientras duraban estos coloquios, como después al retraerlos a la

memoria, Rafaela lo veía todo tan pulcro, tan acicalado y tan moralmente

pulido y lustroso, que se desesperaba de sus amistosas relaciones con

Arturito como si fuesen fea mancha en medio de tanto resplandor, nitidez

y aseo. En suma, no había ya remedio; era menester borrar aquella

mancha, pero sin rasgar la tela; era menester dar a Arturito su

pasaporte, pero en forma de cucurucho repleto de delicadísimos confites.

-XVI-

Llegó por fin el día prefijado por Rafaela para tomar la cruel

resolución, inevitable ya según su atormentada conciencia, de decir al

pobre Arturito: hasta aquí llegó, no sigamos adelante.

D. Joaquín se había ido a la _chácara_ por una semana en compañía de

tres o cuatro amigos.

Rafaela no recibía a sus tertulianos, pretextando frecuentes jaquecas,

única enfermedad que solía alterar levemente su salud envidiable.

En las noches de jaqueca muchos tertulianos acrecentaban el mal de

Rafaela, pero la visita de uno sólo podía aliviarla.

Arturito acudió, pues, aquella noche, esperando tener la satisfacción de

dar el alivio mencionado. Como de costumbre, el portero negro que

guardaba la puerta de la verja de hierro que rodeaba el jardín, le dio

paso franco sin sonar la campana, porque estaba industriado y al

corriente de todo y sabía bien su oficio.

_Madame_ Duval, que aún sabía mejor el suyo y que tenía ojos de lince y

oído de liebre, se hallaba atisbando a la hora convenida, abrió la

puerta y, sin hacer ruido, introdujo al joven brasileño en el

confortable y primoroso _boudoir_ de su señora.

Lo primero que notó Arturito, con desagradable sorpresa, aunque parezca

extraño y nada compasivo, fue que la Sra. de Figueredo debía de estar

aquella noche muy poco atormentada por la jaqueca, porque en vez de

hallarla en vaporoso _deshabillé_, de bata, peinada muy al descuido y

recostada o casi tendida en su _chaise-longue_, la encontró bastante

atildada y compuesta, con traje casi de ceremonia, y sentada en un

sillón, como si fuese a recibir una visita de mucho cumplido.

El recibimiento correspondió al traje y aumentó la sorpresa y el

disgusto del joven visitante.

Rafaela le alargó, sin duda, cariñosamente la mano, si bien con cierta

tibia y lánguida indiferencia. Y luego, como él se acercase mucho, ella

le rechazó con suave dignidad y casi le obligó a que se sentase en una

silla frente de ella.

Después de algunas frases que entre ambos mediaron, Arturito empezó a

dar sentidas quejas de recibimiento tan frío. Ella entonces, con el

incontrastable imperio que tenía sobre él, le cortó la palabra, y sobre

poco más o menos, pronunció las siguientes, que casi podemos calificar

de discurso:

--Días ha, mi querido Arturito, que tengo la conciencia muy escrupulosa y

atribulada. Es infame mi modo de proceder con D. Joaquín. Indigno pago

estoy dando a sus grandes beneficios, a su entrañable afecto, a la

sublime confianza que en mí tiene. Dios podrá perdonarme porque es todo

misericordia; mi marido es tan bueno que también me perdonaría si

supiese lo que pasa, aunque sería muy capaz de morirse de pena: yo soy

quien no me perdono, quien necesita romper este lazo criminal que nos

une, si he de vivir en paz y si no he de seguir aumentando las causas de

mi remordimiento y de mi vergüenza. Todo se lo he confesado al Padre

García, mi confesor, que es un santo, severo consigo mismo y con sus

prójimos indulgente. Pero, a pesar de su indulgencia, se resiste a darme

la absolución si no me aparto para siempre del mal camino. Es, pues,

necesario que nuestras relaciones concluyan.

Al llegar a este punto, Arturito se puso tan enternecido que las

lágrimas asomaron a sus ojos. Rafaela lo notó y siguió hablando con

mayor dulzura:

--Ten valor, hijo mío. Acaso no me expresé bien, o tú no me entendiste.

Yo no quiero dejar de ser tu amiga. Tú tienes y tendrás siempre

preferente lugar en mi corazón. Te he querido, te quiero y te querré

toda mi vida. Huérfano tú desde la infancia, no has gozado del afecto

puro y santo de una madre. Yo te ofrezco hoy un amor que debe

purificarse y adquirir la apariencia, si no el ser de amor maternal. No

le desdeñes con perversión soberbia, seducido por amor vicioso y lleno

de liviandades. Hoy que te amo yo con amistad inmaculada, entiendo que

te amo más que te he amado nunca y no hago sino pensar en tu dicha.

Considera que tu padre es ya muy anciano, que pronto acaso tendrá que

rendir el inevitable tributo que a la naturaleza rendimos todos, y que

te dejará dueño de un nombre respetadísimo en este país y de cuantiosos

bienes de fortuna. ¡Cuánto se alegraría tu padre de ver, en vida,

asegurada en más extenso porvenir su sucesión y en contemplar y

acariciar a los legítimos y preciosos nietos que tú puedes y debes

darle!

Aquí se enterneció más Arturito y pasó de las lágrimas a los sollozos.

Rafaela, algo conmovida y muy piadosa, se levantó de su asiento, se

llegó a él y le dio para animarle tres o cuatro blandos cogotacitos con

la blanca y linda mano. Volvió luego a sentarse lejos de él y con grave

autoridad le informó de que andaba buscándole novia y aun le citó los

nombres y le habló de las condiciones de tres o cuatro muchachas de la

ciudad en quienes ella había puesto ya la mira.

--Tú eres muy buena, muy buena, decía Arturito; pero es inútil el trabajo

que estás tomando. Yo no quiero casarme. Yo sólo me casaría contigo.

--Sí... hombre del diablo--exclamó Rafaela riendo--. ¿Qué crimen meditas?

¿Quieres matar a mi excelente D. Joaquín?

--Guárdeme Dios de semejante pecado--contestó Arturito--; pero si él

buenamente se muriera....

--No pienses ni digas tan abominable desatino. Es horroroso desear la

muerte de alguien, y más aún la de una persona que tanto te quiere.

En efecto, D. Joaquín, según su constante modo de ser, había concebido

por Arturito la amistad más entrañable. Bien había querido al gaucho

Pedro Lobo, pero a Arturito le quería mil veces más, por lo manso y

apacible que era, por paisano y hasta por hijo del Sr. Gregorio, con

quien tenía, desde hacía muchos años, estrechos lazos de amistoso

compañerismo.

Conoció Arturito que no debía desear la muerte de D. Joaquín y se

compungió del improvisado deseo que había asaltado su corazón en un

instante de descuido.

Entonces apeló a otros medios para disuadir a Rafaela de la ruptura. Le

dijo que ella le sostenía y guiaba por la senda de orden y de conducta

juiciosa que él había emprendido, y que, no bien ella le dejase,

descarrilaría él de nuevo, y sólo Dios o el diablo sabía en qué

infernales abismos podría él hundirse.

A esto replicó Rafaela, que pecar era detestable medio de prevenir el

pecado; le aseguró que velaría sobre él para que no se extraviase, y

reiterándole repetidas veces la seguridad y la promesa de que aún le

amaba con la amistad más pura, y de que seguiría amándole siempre, se

quejó de dolor de cabeza, dijo que necesitaba estar sola y hasta le

empujó con maternal familiaridad para que se largase, llamando a

_Madame_ Duval, a fin de que le acompañara hasta la misma puerta del

hotel. Arturito tuvo que irse muy triste y desolado.

No se le ocurrió, ni por un momento, dudar de la sinceridad de Rafaela

ni de su reciente empeño de volverse santa. A todos los hombres nos

ciega algo la vanidad y no acertamos a ver, en ocasiones, al rival que

aparece, ni a descubrir en él mayor mérito que en nosotros, ni más

seductores recursos. Y por otra parte, los diálogos entre Rafaela y Juan

Maury, que Arturito había oído, y que versaban sobre historia,

metafísica y otros objetos profundos, apartaban del pensamiento de

Arturito toda sospecha de que los interlocutores pudieran enamorarse. Lo

que es él ni con las mujeres de San Pablo, ni con las de Olinda, ni por

último, con las ninfas que había tratado en París, se había engolfado

nunca en tales honduras y discreteos. En París, dígase lo que se diga,

no abundan las Aspasias. Al menos él no las había encontrado, o bien

ellas, considerándole profano, le habían ocultado su retórica y su

filosofía, guardándolas para los Pericles y los Sócrates, y luciendo, a

lo más, su ingenio en _calembours_ más o menos desvergonzados y burdos.

Dicho sea en honor de la verdad y en alabanza de Rafaela, su sinceridad

en todo aquello era completísima. Rafaela creía en la propia contrición,

en su horror al pecado y en su firme propósito de la enmienda que la

movían a despedir a Arturito. Lejos, muy lejos de ella la idea de que

Juan Maury diese o pudiese dar el menor impulso para aquel acto.

Si algún cálculo extraño a la contrición y al arrepentimiento era parte

en la resolución que Rafaela había tomado, este cálculo la honraba,

demostrando que era prudente y buena.

La noche en que Rafaela despidió a Arturito, era el 5 de Febrero de

1852. Rafaela acababa de saber, con no pequeño sobresalto, que el

dictador Juan Manuel Rosas, al frente de sus parciales, había presentado

la batalla en Monte Casero a los coligados que habían acudido para

despojarle de la dictadura. La derrota del dictador había sido completa.

Disfrazado de gaucho, se había refugiado en el barco de vapor inglés

_Locusta_ y navegaba ya con rumbo a Inglaterra.

Genio y figura · 第 3 / 12 段