penetraba con misterioso recato en casa de Rafaela, se cuenta que poco
antes venía un sujeto de honrosa servidumbre trayendo en su coche dos
tatarretes.
¿Qué pensará el curioso lector que dichos tatarretes contenían? La gente
lo declaraba como si lo hubiese visto y probado. En el uno había leche,
y manteca de vacas en el otro. Es rareza inexplicable que en toda
nuestra península ibérica, y probablemente en sus colonias hasta tiempos
novísimos, apenas haya habido nunca vacas de leche ni con la leche de
vacas se haya hecho manteca. Tal vez, hará cuatro o cinco siglos, la
manteca de vacas se hacía en España y se llamaba _butiro_. Si la palabra
cayó en desuso fue porque antes dejó de usarse la sustancia que con la
palabra se significa. Apenas se comprende, pero es lo cierto, que cosa
tan primitiva no se haya hecho nunca o haya dejado de hacerse en España
durante cuatro o cinco siglos. Lejos de ser el _butiro_ una novedad,
traída por el progreso humano, parece que ya las hijas de los primitivos
arios, en las faldas del Parapamiso, ordeñaban las vacas y de su leche
sacaban exquisita y fresca manteca, tomando ellas nombre de este mismo
oficio o arte en que se empleaban, pues afirman los sabios etimólogos
que la palabra hija, en el lenguaje de los vedas, equivale a la que
ordeña las vacas y hace la manteca.
Pero pongamos a un lado estas sabias disquisiciones y contentémonos con
declarar que, allá por el tiempo en que ocurría lo que voy contando, era
punto menos que imposible proveerse en el Brasil de leche de vacas y
_butiro_ fresco para tomar el té, por donde, cuando un egregio personaje
quería tomarle en compañía de alguna dama muy querida, enviaba él de
antemano a la casa de ella la leche de vacas y la manteca.
Supuesto lo que antecede, murmuraban unos y celebraban otros que,
avergonzada Rafaela de no tener en su casa ni leche de vacas ni _butiro_
fresco, había inducido a D. Joaquín a fundar una buena casa de vacas en
la _chácara_ de Petrópolis, donde había ricos y abundantes pastos: un
_capim_ exquisito. D. Joaquín hizo venir, de Inglaterra, de Holanda y de
Suiza, vacas de leche de las mejores castas, y pronto tuvo _butiro_
fresco en abundancia y crema deliciosa.
-X-
Harto notarán los que lean con atención este relato, que el más
marcado rasgo del carácter de Rafaela era su propensión invencible a ser
didáctica. Y no puede negarse que para educar y perfeccionar a cuantos
seres la rodeaban poseía aptitud pasmosa. Ya hemos visto los milagros
que obró en su D. Joaquín.
En su confidenta, que las malas lenguas suponían su Enone, hizo también
maravillas. Era una francesa que antes de entrar en su casa se había
sustentado dando lecciones del propio idioma y del inglés, que sabía
casi con igual perfección. Rafaela, que la había tomado primero por
maestra, acabó por tomarla por acompañanta. La sentaba a su mesa, la
llevaba consigo a misa, a tiendas y a paseo, ya a pie, ya en coche, y en
sus tertulias le encomendaba que sirviese el té y que diese conversación
a los tertulianos más fastidiosos y ordinarios.
_Madame_ Duval, que así se llamaba la confidenta, por afirmar ella misma
que era viuda de un Comandante francés de caballería, muerto
heroicamente en Argelia matando moros, tenía cualidades excelentes, pero
era remilgadísima y empalagosamente afectada, y empleaba al hablar tres
o cuatro muletillas y frases sentimentales, que apenas se podían sufrir
y pervertían y maleaban todas las virtudes y excelencias de la buena
señora. Rafaela acertó a curarla de estos resabios, por tal arte, que, a
los pocos meses de tener a _Madame_ Duval a su servicio, se había esta
convertido en persona natural y sencilla, de trato franco y agradable,
el cual ya como antes no se quebraba de puro fino.
Tenía Rafaela la habilidad de insinuarse en los espíritus, de dominar
las voluntades y de hacer eficaces sus amonestaciones educadoras sin
ofender el amor propio de los educandos. De aquí que los criados de su
casa, blancos y negros, la respetasen y la amasen, resultando todos más
instruidos y hábiles a poco de entrar a servirla. El cocinero guisaba
mejor. El cochero mulato era un verdadero automedonte, y sentado en el
pescante del landó tenía la mejor facha: hubiera podido pasar por el
cochero del Príncipe de Gales, untada la cara con tizne. El jardinero
negro había llegado a saber casi tanta botánica como Spix y Martius,
doctísimos investigadores de la Flora brasílica. Entre los mozos de
caballeriza descollaba, cual hábil palafrenero, el ínclito y triunfador
Trajano, negro _mina_ que tenía singularmente a su cuidado los dos
hermosos caballos ingleses en que solía pasear la señora. El
maestresala, que era asturiano, se había pulido tanto en su oficio, que
hubiera podido escribir, en consonancia con los adelantos de la época
presente, una _Arte cisoria_ más bonita que la de D. Enrique de Villena.
Y por último, los otros criados de comedor, aunque eran negros, servían
con primor en los banquetes, y todos se habían acostumbrado a llevar
zapatos de continuo, y a no ir descalzos de pie y pierna, según la común
usanza de entonces.
El benéfico prurito de educar y de corregir que había en el alma de
Rafaela, llegó a tener influjo hasta en su confesor y director
espiritual el Padre García.
Era este un venerable siervo de Dios, diserto y suave en sus coloquios,
notable teólogo dogmático y severo moralista, cuyos consejos y
advertencias valieron mucho a Rafaela, aunque a menudo, y muy a pesar
suyo, no los seguía: culpa acaso del irresistible ímpetu de su
apasionado carácter.
Sólo deslustraba el indiscutible mérito del Padre García una inveterada
y perversa maña, que desde la infancia había en él, y que le había
valido entre sus condiscípulos del seminario el farmacéutico apodo de
_Pildorillas_. Era prodigiosa la inagotable fecundidad del filón de
donde el Padre García las sacaba y las fabricaba. Sus narices eran
venero inexhausto. Eran como los encantados cubiletes del
prestidigitador más aplaudido. En cuanto cabe en lo humano, daban una
idea aproximada del milagro de pan y peces. ¡Pues bien: apenas parece
creíble! Rafaela, con gracioso talento, con amistosa delicadeza, sin dar
a conocer que notaba en el Padre aquel vicio y censurándole sólo en los
otros, logró curarle de él radicalmente, y esto, hasta tal extremo de
perfecta curación, que, según los informes que he podido adquirir, el
Padre García en los muchos años, que para bien y provecho de las almas,
ha vivido después, no ha fabricado una sola píldora siquiera.
-XI-
Mientras mejor dotado de brillantes cualidades entendía Rafaela que
estaba un sujeto, y mientras mayores simpatías le inspiraba, mayor y más
vehemente era en ella el deseo de corregir sus faltas, haciendo de él un
dechado de perfección, hasta donde la perfección es dable a nuestra
decaída humana naturaleza. Por esto me atrevo a asegurar que con nadie
anheló más fervorosamente ejercer su eficaz magisterio que con el
ilustre Pedro Lobo, Ayudante de campo de Juan Manuel Rosas, dictador de
la República Argentina.
En 1850, Pedro Lobo había venido a Río con el carácter oficial de
Agregado militar a la Legación de su patria, si bien se susurraba que
tenía instrucciones secretas del dictador, cuyo favorito era.
La fama había precedido en Río a Pedro Lobo, refiriendo sus
extraordinarias hazañas contra los indios del extremo Sur de la Pampa,
más allá de Carmen de Patagones, y contra los unitarios refugiados en
Montevideo, dando cuenta, con mil novelescos pormenores, de sus
correrías por las más apartadas regiones de la misma Pampa, de los
Andes, y de la Patagonia, y ensalzando sus raras prendas de carácter, su
brío indómito y su agilidad y destreza en todos los ejercicios del
cuerpo. Nadie desbravaba mejor que él el más fogoso potro no domado;
nadie disparaba mejor las bolas ni detenía con el lazo, ya a los toros
bravos, ya a los ligeros avestruces o ñandúes, ni nadie manejaba mejor
el puñal y el machete, ni tenía tino más certero con la carabina.
Mil lances extraños y no pocos actos de inaudito arrojo habían dado a
Pedro Lobo fama de hábil y astuto capitán y de valeroso soldado,
sirviendo, durante seis años, en la República Oriental del Uruguay, en
favor de Rosas y a las órdenes de Oribe. Pedro Lobo se jactaba, y no sin
fundamento, de haberse hallado en cien combates, y de haber sido el más
rudo adversario de la valerosa legión italiana mandada por Garibaldi.
Sabedor Juan Manuel Rosas de los grandes servicios y del raro mérito de
Pedro Lobo, le llamó a su lado y le prestó toda su confianza.
Era Pedro Lobo fanático de americanismo. Nunca fue Rosas tan lejos como
él en su amor y en su entusiasmo por América y en su aborrecimiento de
los europeos.
Allá a su manera, no sabré decir si de su propio caletre, o de oídas, o
por lecturas de algunos libros, Pedro Lobo había sacado o construido una
singular filosofía de la historia. Según él era evidentísimo el progreso
del linaje humano, viniendo a realizarle sucesivamente razas cada vez
más nobles. Fue primero la raza negra: vino después la raza amarilla. Y
cuando la raza amarilla alcanzó el término de su cultura y puso en
práctica todo su ideal, apareció la raza blanca con su gloriosa historia
de persas, babilonios y fenicios, griegos y romanos, y naciones
cristianas, medioevales y modernas. Pero el fin de la civilización de
Europa tocaba ya a su término. De su propio seno habían de surgir sus
destructores: un proletariado inculto, hambriento, esclavo de la
miseria, atormentado por el trabajo continuo, y ofendido por el
desprecio, había de levantarse lleno de ira y acabar con todo. Las
abultadas noticias de las recientes luchas revolucionarias, promovidas
por el socialismo, corroboraban a Pedro Lobo en su opinión. Aquello era
para él el principio del fin. La evolución total de la cultura europea
vendría al cabo a terminar en espantosa tragedia; pero en América estaba
el porvenir del mundo. Una nueva raza, la americana, debía ya mostrar en
flor la aurora de más alta, sana, poderosa y duradera civilización, en
aquel nuevo continente. La audaz empresa de Colón y la venida de los
españoles habían retardado este florecimiento y aun puesto en peligro de
que se secara o se destruyera la planta en que había de darse. Según
Pedro Lobo, los españoles habían sido como venenoso reptil que trepa a
lo alto de la roca donde el cóndor tiene su nido, y devora o mutila a
los polluelos antes de que les crezcan las alas para enseñorearse del
espacio sin límites, remontarse más allá de las nubes, y mirar el sol de
hito en hito. Los españoles habían sido, cuando aportaron a América,
como granizo destructor que cae en fértil suelo, al empezar la
primavera, y rompe y destroza las yemas y los brotes de los árboles,
impidiendo que se revistan de flores y verdura, y que den más tarde
frutas sabrosas y dulces. En todas las tribus y lenguas que cubrían y
animaban el Nuevo Mundo, en el Anahuac, en el Yucatán, en Guatemala, en
la risueña meseta de los Andes, donde moraban los chibchas y en el resto
de la América del Sur, sobre todo, entre los quichúas y los guaraníes,
germinaba y estaba ya pronta a abrirse como flor hermosa una
civilización original e indígena que los españoles arrancaron de cuajo,
borrando sus huellas, aniquilando hasta su recuerdo, y, ora destruyendo
la raza que iba a dar al mundo esa civilización llena de novedad
inaudita, ora sumiendo en la abyección a esa raza por medio de la
servidumbre, del oprobio, de rudos trabajos y de inhumanos castigos.
Pedro Lobo tenía en sus venas mucha sangre india, pero también tenía en
sus venas sangre española. La sangre india, sin embargo, se sublevaba
furiosa contra todo cuanto había en él de español. Aún esperaba él el
remedio de tantos males: que manase de nuevo con abundancia el represado
manantial americano; que se regenerasen los pueblos del Nuevo Mundo, y
que su comprimida superior cultura retoñase y apareciese espléndida
antes de que desapareciese la civilización europea en medio de las
convulsiones de un horroroso cataclismo.
A veces columbraba Pedro Lobo, en visión profética, a toda Europa tan
arruinada ya y tan desierta como contemplamos hoy el centro de Asia. Se
figuraba a París, Londres y Viena, como contemplamos hoy los amontonados
escombros de Nínive y de Babilonia. Lo que es de Madrid afirmaba que
apenas quedaría rastro: sólo quedarían tal vez algunos cimientos del
Palacio Real. Y como estos cimientos estarían tan solos, los hombres de
las futuras edades imaginarían que había habitado en aquel alcázar un
tirano anacoreta, un monarca misántropo y amigo de la soledad, que había
ido a buscar para su vivienda un yermo inhospitable, feo y estéril.
Después de trazar de tan linda manera el cuadro de la Europa del
porvenir, Pedro Lobo pintaba en su imaginación una América
resplandeciente y dichosa, con artes y ciencias superiores a las
europeas, originalísimas y casi sin antecedentes. Y como ciudad
principal, centro y cabeza de este nuevo mundo, ponía él a Buenos Aires,
su patria, en cuya ingente plaza mayor se levantaría grandioso
monumento, más alto que la más alta de las pirámides, a la memoria de
Juan Manuel Rosas, precursor y fundador de la nueva era y tremendo
nivelador y constructor del camino por donde el linaje humano en América
había de subir a tamaña altura.
El profeta filósofo, sustentador de las teorías que aquí se ponen en
resumen, se hizo pronto uno de los más asiduos tertulianos de la señora
de Figueredo.
Apenas tendría él treinta y cinco años. A pesar de su odio a España,
tenía más apariencias de español que de indio. Parecía un andaluz
moreno, esbelto y gracioso, con un no sé qué de extraño que le
diferenciaba y distinguía. Y a pesar de su odio contra la civilización
europea y a pesar de su vida y hábitos de gaucho, se allanaba y se
resignaba, con naturalidad y sin esfuerzo, a aparecer, en la vida y
trato de las ciudades, como un caballero atildado, pulcro y bien
vestido, ya de frac, ya de levita, a la última moda, con botas de
charol, y por las noches con corbata blanca y guantes amarillos o lilas.
Rafaela le encontraba muy fino, y lo que es el señor de Figueredo aún
ponderaba más su finura.
Con lo único que Rafaela no podía transigir era con el fanatismo
anti-europeo y sobre todo anti-español de sus doctrinas históricas.
Rafaela se empeñó, pues, en convertir a Pedro Lobo, haciendo de él una
persona razonable.
Este empeño no podía ser más natural ni más propio de las mujeres.
¿Cuántas de ellas no han soñado con traer o han traído, ya herejes o
paganos al gremio de la cristiandad, ya desaforados criminales a una
vida penitente, y ya a la templanza, a la paz y a las costumbres
morigeradas a hombres crapulosos, jugadores y pendencieros?
La tentación de Rafaela era difícil de vencer. Rafaela se propuso hacer
de Pedro Lobo otro hombre. Y para ello decidió emplear su buena maña y
sus suaves rodeos; pero como Rafaela profesaba con ardor una filosofía
de la historia totalmente contraria a la del gaucho y era además una
española llena del más ardiente patriotismo, siempre le faltaban la
paciencia y el disimulo para no impugnar con violenta furia los asertos
del gaucho, que ella juzgaba intolerables errores y desaforadas
blasfemias.
De aquí que muy a menudo sus conversaciones con Pedro Lobo, más
frecuentes cada día, fuesen una acalorada disputa.
-XII-
Soliviantado el espíritu de Rafaela por la contradicción, extremaba
su doctrina casi tanto como extremaba la suya el gallardo gaucho. Según
ella todos los pueblos y tribus del Nuevo Mundo habían degenerado y se
habían depravado hasta tal punto, que jamás ellos solos hubieran podido
salir del tenebroso abismo en que se habían sumido. Fue menester que
vinieran los españoles y que para sacarlos de él les tendiesen la mano.
Aunque tarde, llegaron a tiempo. Si hubieran llegado pocos años después,
las semicivilizaciones que encontraron en Méjico, en Bogotá y en el
vasto dominio de los Incas, hubieran ya desaparecido. Todo hubiera caído
en el estado salvaje, y tal vez los sacrificios humanos, el canibalismo
y las guerras constantes de unas tribus con otras hubieran barrido de
sobre la faz de aquel inmenso continente la degradada especie humana.
Los indios, por lo tanto, debían estar eternamente agradecidos a los
españoles que los habían levantado de la abyección y que les habían
devuelto el ser de criaturas racionales que casi habían perdido.
Los razonamientos empleados por Rafaela para sostener su tesis excitaban
la cólera de Pedro Lobo y hacían brotar de sus labios feroces discursos
en contra.
Solían verificarse tales controversias después de la comida, cuando
Pedro Lobo estaba convidado a comer en casa de los Sres. de Figueredo.
A menudo, arrullado por los gritos de los contendientes, el Anfitrión se
quedaba dormido; pero cuando no se dormía, o bien cuando despertaba y
veía a su mujer y a Pedro Lobo enfurecidos ambos y en la más encarnizada
contienda, se apuraba y hasta se asustaba, porque era hombre conciliador
y benigno; procuraba ponerlos en paz; y agarraba la mano de él y la mano
de ella y los atraía para que se las diesen, aconsejándoles que echasen
pelillos a la mar, para lo cual pronunciaba también su discurso,
buscando y quizás hallando un juicioso término medio entre las dos
opuestas doctrinas.
--Confesemos--decía--que los españoles fueron unos heroicos desalmados, lo
peor de cada casa, y que, cuando el descubrimiento y la conquista,
hicieron infinidad de barbaridades; pero confesemos también que los
indios en su mayor parte estaban empecatados y entregados a todos los
diablos. Su ignorancia era tal que no sabían escribir ni leer, ni
alumbrarse con un candil durante la noche, ni valerse de más bestias de
carga que de ellos mismos, ni criar animales domésticos, ni ser pastores
siquiera. En cambio se sacrificaban a millares a sus ídolos y estaban
corroídos por la gangrena de los vicios más nefandos, y sobre todo por
la afición de comerse unos a otros. Los españoles vinieron a remediar
todo esto, y aunque trajeron inquisición, intolerancia religiosa, cruel
codicia, malos tratamientos y trabajos forzados para los indios que se
les _encomendaban_, todavía puede asegurarse que trajeron más bienes que
males; animales de carga para que el indio no lo fuese, animales
sabrosos para que el indio se los comiese en vez de comerse a otro
indio, y otras muchísimas cosas, que sería prolijo enumerar, así para
bienestar del cuerpo como para solaz y consuelo del alma. Y en cuanto a
la ruina de Europa que mi amigo Lobo presiente, yo no la veo tan
cercana. Por allá son listos y ya irán pasteleando y allanando
dificultades, hasta que todos los hombres, a fuerza de máquinas,
ingeniaturas y otras invenciones sutiles, coman mejor, vivan más
cómodamente y luzcan trapitos de cristianar de diario. Esto no obsta
para que progresemos también por aquí, sin que nuestra prosperidad nazca
de la ruina del mundo viejo, sino que, al contrario, por allá y por acá
prosperemos en competencia y nos amemos como hermanos. Así pues, hija
mía, tú y el Sr. D. Pedro Lobo debéis empezar por dar el ejemplo, y tú
como representante de Europa y singularmente de España, y él como si
fuera el propio genio de América, lejos de pelearos y de maltrataros con
insultantes recriminaciones, debéis formar estrecha alianza fraternal y
ser clarísimo espejo de amistad y de concordia.
Con tal discurso y con otros de la misma laya sosegaba D. Joaquín los
ánimos exaltados de su gentil esposa y del fanático americano.
Estos, en efecto, ya que no perpetua paz, tenían largos momentos y aun
horas de tregua agradabilísima; se hablaban al oído sin disputarse
cuando así hablaban; y solían salir juntos a caballo y dar deliciosos
paseos, galopando y trotando por los fértiles y pintorescos alrededores
de la ciudad, ya cuando se ponía el sol a la caída de la tarde, ya en
noches apacibles de luna.
Cierto egregio personaje no tuvo noticia de las disputas
histórico-filosóficas, pero la tuvo pronto de las intimidades y de los
paseos. En su dignidad, jamás quiso darse por entendido ni mostrarse
quejoso, pero desistió por completo de acudir y aun de pedir nuevas
citas, dado que las antiguas hubiesen sido realidad y no invención o
fábula de desocupados maldicientes.
-XIII-
Aunque dicen que de la discusión sale la luz, fuerza es confesar
aquí que no salió luz ninguna de la discusión constante que Rafaela y el
gaucho tenían, y en la que a veces tomaban parte varios tertulianos de
la casa, diputados, senadores, hombres políticos y poetas, que siempre
en el Brasil los hubo eminentes, descollando entonces entre todos
Magalhaens, Gonzálvez Díaz y Araujo Portoalegre, los cuales eran
comensales de la casa, complaciéndose Rafaela en tratarlos y
agasajarlos.
Gustaba ella de lucir por todos estilos y de dar a sus salones cierto
tinte de sabiduría y refinamiento aristocráticos.
Había educado tan bien a D. Joaquín, espoleándole para aquellos trotes,
que él había ido, en su carrera desenfrenada, más allá de la meta que
ella le puso. De aquí algunos percances y desengaños, que aguaron algo
el contento con que D. Joaquín vivía, pero que a Rafaela no le
importaron un comino.
D. Joaquín había prestado al gobierno Imperial muy notables servicios,
en premio de los cuales, le habían dado la encomienda de la Rosa y hasta
se habló de que acaso le darían un título, si bien el título no llegó
nunca.
Para no hacer ruido y para no dar qué decir, D. Joaquín pretendió con
mucho disimulo, tentando antes el vado, que Rafaela fuese presentada a
la emperatriz; pero la augusta señora no quiso recibirla, ya pensando en
la vida que se decía que Rafaela había hecho en España y en Lisboa, ya
recordando que en el gran teatro de Río la habían silbado cuando ella
bailaba el vito o cantaba canciones del maestro Iradier, muy celebradas
entonces.
Ella rabió algo, riñó a D. Joaquín por haber andado en tales
pretensiones sin consultarla antes, y, al fin, olvidó el desaire y se
quedó tan fresca. ¿Qué necesidad tenía ella de emperatrices, cuando era
en su casa la Emperatriz de la hermosura, de la discreción, de la
elegancia y del buen tono: una princesa de Lieven o una _madame_
Recamier de entretrópicos?
D. Joaquín fue el que se sintió quemado del desaire, originándose de la
quema ciertos humos nobiliarios, que antes nadie había notado en él y
que aparecieron de repente.
Hasta entonces D. Joaquín había sido despreocupadísimo, pero, con el
boato y magnificencia de su casa, se desenvolvieron en su espíritu los
instintos de nobleza, combinados con la afición a la poesía. En suma, D.
Joaquín hizo saber a todos sus amigos que descendía nada menos que del
heroico trovador Güesto Ansures, el cual machucó a un enjambre de moros
con un ramo de higuera, por donde tomó el apellido de Figueredo, que D.
Joaquín todavía llevaba.
Aunque Rafaela lo repugnó, D. Joaquín no quiso ceder nunca: no la
obedeció contra su costumbre, e hizo bordar en los tapices, reposteros y
cortinas de su antecámara, y pintar en sus coches, el escudo de armas de
los Figueredos, con las cinco hojas de higuera, en memoria de las cinco
doncellas que Güesto Ansures había libertado, cuando las llevaban a la
morería para pagar el feudo de ciento a que se obligó al rey Mauregato.