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Genio y figura
Por
Juan Valera
Librería de Fernando Fé
Madrid
1897
_Medio de fonte leporum_
_Surgit amari aliquid, quod in ipsis floribus augat_.
(Lucretii. _De nat. rer._ _libr. IV_).
-I-
En tres distintas y muy apartadas épocas de mi vida, peregrinando yo
por diversos países de Europa y América, o residiendo en las capitales,
he tratado al vizconde de Goivo-Formoso, diplomático portugués, con
quien he tenido amistad afectuosa y constante. En nuestras
conversaciones, cuando estábamos en el mismo punto, y por cartas, cuando
estábamos en punto distinto, discutíamos no poco, sosteniendo las más
opuestas opiniones, lo cual, lejos de desatar los lazos de nuestra
amistad, contribuía a estrecharlos, porque siempre teníamos qué
decirnos, y nuestras conversaciones y disputas nos parecían animadas y
amenas.
Firme creyente yo en el libre albedrío, aseguraba que todo ser humano,
ya por naturaleza, ya por gracia, que Dios le concede si de ella se hace
merecedor, puede vencer las más perversas inclinaciones, domar el
carácter más avieso y no incurrir ni en falta ni en pecado. El Vizconde,
por el contrario, lo explicaba todo por el determinismo; aseguraba que
toda persona era como Dios o el diablo la había hecho, y que no había
poder en su alma para modificar su carácter y para que las acciones de
su vida no fuesen sin excepción efecto lógico e inevitable de ese
carácter mismo.
Los ejemplos, en mi sentir, nada prueban. De ningún caso particular
pueden inferirse reglas generales. Por esto creo yo que siempre es falsa
o es vana cualquier moraleja que de una novela, de un cuento o de una
historia se saca.
Mi amigo quería sacarla de los sucesos de la vida de cierta dama que
ambos hemos conocido y tratado con alguna intimidad, y quería probar su
tesis y la verdad trascendente del refrán que dice: _genio y figura,
hasta la sepultura_.
Yo no quiero probar nada, y menos aún dejarme convencer; pero la vida,
el carácter y los varios lances, acciones y pasiones de la persona que
mi amigo ponía como muestra son tan curiosos y singulares, que me
inspiran el deseo de relatarlos aquí, contándolos como quien cuenta un
cuento.
Voy, pues, a ver si los relato, y si consigo, no adoctrinar ni enseñar
nada, sino divertir algunos momentos o interesar a quien me lea.
-II-
Hace ya muchos años, el vizconde y yo, jóvenes entonces ambos,
vivíamos en la hermosa ciudad de Río de Janeiro, capital del Brasil, de
la que estábamos encantados y se nos antojaba un paraíso, a pesar de
ciertos inconvenientes, faltas y aun sobras.
La fiebre amarilla, recién establecida en aquellas regiones, solía
ensañarse con los forasteros.
Las _baratas_, que así llaman allí a ciertas asquerosas cucarachas con
alas, nos daban muchísimo asco, sobre todo en los instantes que preceden
a la lluvia, porque dichos animalitos buscan refugio en las
habitaciones, las invaden, cuajan el aire formando espesas nubes, se
posan en los muebles, en las manos y en las caras y esparcen un olor
empalagoso y algo nauseabundo.
Otros inconvenientes y sobras había también por allí, aunque no hablo de
ellos por no pecar de prolijo. Pero en cambio, ¡cuánta hermosura y
cuánta magnificencia! El Bósforo de Tracia, el risueño golfo de Nápoles
y la dilatada extensión del Tajo frente de Lisboa, son mezquinos, feos y
pobres, comparados con la gran bahía de Río sembrada de islas
fertilísimas siempre floridas y verdes, y cuyos árboles llegan y se
inclinan hasta el mar y bañan los frondosos ramos en las ondas azules.
Los bosques de naranjos y de limoneros, con fruto y con flor a la vez,
embalsaman el aire. Los pintados pajarillos, las mariposas y las
libélulas de resplandecientes colores esmaltan y alegran el ambiente
diáfano. Por la noche, el cielo parece más hondo que en Europa, no negro
sino azul, y todo él lleno de estrellas más luminosas y grandes que las
que se ven en nuestro hemisferio.
Confieso que es lástima que la vista de todo aquello no despierte en
nuestra alma recuerdos históricos muy ricos de poesía, y que las
montañas que circundan la bahía tengan nombres tan vulgares. No es allí,
por ejemplo, como en Nápoles y en sus alrededores, donde cada piedra,
cada escollo y cada gruta tiene su leyenda y evoca las sombras de uno o
de muchos personajes históricos o míticos: Ulises, las Sirenas, Eneas,
la Sibila de Cumas, los héroes de Roma, los sabios de la magna Grecia,
Aníbal olvidándose de sus triunfos en las delicias de Capua, Alfonso de
Aragón el Magnánimo haciendo renacer y florecer la antigua clásica
cultura, todo esto acude a la mente del que vive en Nápoles y hasta se
pone en consonancia con los nombres sonoros y nobles que conservan los
sitios: el Posilipo, el Vómero, Capri, Ischia, Sorrento, el Vesubio,
Capua, Pestum, Cumas, Amalfi y Salerno.
En cambio, los nombres de los alrededores de Río no pueden ser más
vulgares ni más vacíos de todo poético significado: la Sierra de los
Órganos, el Corcobado, el Pan de Azúcar, Botafogo, las Larangeiras y la
Tejuca.
La falta, no obstante, de sonoridad y nobleza en los nombres, y de altos
recuerdos históricos en los sitios, está más que compensada por la
espléndida pompa y por la gala inmarcesible que la fértil naturaleza
despliega allí y difunde por todos lados.
Nuestro mayor recreo campestre era ir a caballo a la Tejuca, con la
fresca, casi al anochecer. Pasábamos la noche en una buena fonda que
allí había, donde nunca faltaba gente alegre que jugaba a los naipes y
cenaba ya tarde. También se solía bailar cuando había mujeres.
Aquel sitio era delicioso. El fresco y abundante caudal de agua
cristalina que traía un riachuelo se lanzaba desde la altura de unos
cuantos metros y formaba una cascada espumosa y resonante. Por todas
partes había gran espesura de siempre verdes árboles; palmas, cocoteros,
mangueras y enormes matas de bambúes. Innumerable multitud de
luciérnagas o cocuyos volaban y bullían por donde quiera, durante la
noche, e iluminaban con sus fugaces y fantásticos resplandores hasta lo
más esquivo y umbrío de las enramadas.
De las frecuentes expediciones a la Tejuca, ya volvíamos a altas horas
de la noche, formando alegre cabalgata, ya volvíamos al rayar el alba.
No se crea con todo, que las expediciones a la Tejuca eran el mayor
encanto que Río tenía para nosotros. Había otro encanto mucho mayor, la
casa de la Sra. de Figueredo, centro brillantísimo de la _high life_
_fluminense_.
La Sra. de Figueredo tendría entonces de veinticinco a treinta años: era
una de las mujeres más hermosas, elegantes y amables que he conocido. Su
marido, ya muy viejo, era quizá el más rico capitalista de todo el
Brasil. Prendado de su mujer, gustaba de que luciese, y lejos de
escatimar, prodigaba el dinero que dicho fin requería.
Su vivienda era un hotel espacioso, amueblado con primor y con lujo, en
el centro de un bello jardín, bastante dilatado para que por su
extensión casi pudiera llamarse parque.
Menos en las temporadas en que había teatro, la Sra. de Figueredo
recibía todas las noches. Cuando había teatro recibía también, pero no
siempre. Sus tertulias eran animadísimas y solían durar hasta después de
la una. Bien podía afirmarse que empezaban a las siete, porque la Sra.
de Figueredo rara vez dejaba de tener convidados a comer, agasajándolos
con cuantas delicadezas gastronómicas puede inventar y condimentar un
buen cocinero, sin freno ni tasa en el gasto. Pero lo que sobre todo
hacía agradable aquella casa, era la misma Sra. de Figueredo, que unía a
su elegancia, discreción y hermosura, el carácter más franco y
regocijado. Del sitio en que ella se presentaba, salía huyendo la
tristeza. En torno suyo y en su presencia, no había más que
conversaciones apacibles o jocosas, risas y burlas inocentes, sin
mordacidad ni grave perjuicio del prójimo. Natural era, pues, que el
primer obsequio que, no bien llegase a Río, se podía hacer a un
forastero, era presentarle a una dama tan hospitalaria y divertida.
-III-
En el tiempo de que voy hablando, aportó a Río, como secretario de
la Legación de Su Majestad Británica, un inglesito joven y guapo;
probablemente tendría ya cerca de treinta años, pero su rostro era muy
aniñado y parecía de mucha menor edad. Era blanco, rubio, con ojos
azules y con poquísima barba, que llevaba muy afeitada, salvo el
bigotillo, tan suave, que parecía bozo y que era más rubio que el
cabello. Era alto y esbelto, pero distaba no poco de ser un alfeñique.
En realidad era fuerte y muy ágil y adiestrado en todos los ejercicios
corporales. Tenía talento e instrucción, y hablaba bien francés, español
e italiano, aunque todo con el acento de su tierra. Tenía modales
finísimos, aire aristocrático y conversación muy amena cuando tomaba
confianza, pues en general parecía tímido y vergonzoso, y a cada paso,
por cualquier motivo y a veces sin aparente motivo, se ponía colorado
como la grana.
No está bien que se declare aquí el verdadero nombre de este inglesito.
Para designarle le daré un nombre cualquiera. El apellido Maury es muy
común. Hay Maurys en Francia, Inglaterra y España. Supongamos, pues, que
nuestro inglesito se llamaba Juan Maury.
El Vizconde y yo nos hicimos en seguida muy amigos suyos, y los tres
íbamos juntos a todas partes. Claro está que una de las primeras a donde
le llevamos fue a la tertulia de la Sra. de Figueredo, la cual le
recibió con extremada afabilidad, y dejó conocer desde luego que el
inglesito no le había parecido saco de paja. Él también, a pesar de ser
muy reservado, como tomó con nosotros grandísima confianza, nos confesó
que la Sra. de Figueredo era muy de su gusto, y se nos mostró
curiosísimo de saber sus antecedentes; su vida y milagros, como si
dijéramos. El Vizconde, que estaba bien informado de todo, y si no de
todo, de mucho, le contó cuanto sabía, haciendo una relación, que vamos
a reproducir aquí, poco más o menos como el Vizconde la hizo.
-IV-
Hace ya mucho tiempo que ciertas niñas españolas, y particularmente
las andaluzas, acuden a la gran ciudad de Lisboa, en busca de mejor
suerte. Los señoritos de por allí, los _janotas_, que es como si
dijéramos los jóvenes elegantes, _dandies_ o _gomosos_ de Portugal, se
pirran y despepitan por las tales niñas españolas. De ellas aprenden a
hablar un castellano muy chusco y andaluzado: _flamenco_, como ahora se
dice no sé porqué. Ignoro si persisten estas costumbres; pero sí diré
que, hace veinte años, todavía el vocablo españolita era en Lisboa
sinónimo de lo que por aquí pudiéramos llamar _hetera, suripanta_ o
_moza de rumbo_. La afición decidida a las españolitas era entonces el
más pronunciado síntoma y el más elocuente indicio de la posible unión
ibérica.
El Vizconde, al empezar su narración, sostenía sin rodeos ni disimulos
que ocho años antes del momento en que hablaba, había conocido a la Sra.
de Figueredo, soltera aún y figurando y descollando entre las
españolitas de Lisboa.
La llamaban Rafaela, y por sus altas prendas y rarísimas cualidades la
apellidaban _la Generosa_.
Rafaela apenas tenía entonces veinte abriles. Era gaditana, y hubiera
podido decirse que se había traído a Lisboa todo el salero, la gracia y
el garabato de Andalucía.
--Yo la vi por vez primera, decía el Vizconde, en aquella plaza de toros.
Al aparecer en un palco, con otras tres amigas, los cinco o seis mil
espectadores que había en la plaza, clavaron la vista en Rafaela y
rompieron en gritos de admiración y entusiasmo. Venía ella con vestido
de seda muy ceñido, que revelaba todas las airosas curvas de su cuerpo
juvenil, y en la graciosa cabeza, sobre el pelo negro como el azabache,
llevaba claveles rojos y una mantilla blanca de rica blonda catalana.
La función hacía tiempo que había empezado. Un diestro caballero en
plaza sobre fogoso caballo, que hacía caracolear con pasmosa maestría,
se aprestaba a poner un par de banderillas a un soberbio toro _puro_,
que de esta suerte califican en Portugal los toros que nunca han sido
lidiados.
Pero todo se suspendió y durante uno o dos minutos, nadie prestó
atención ni al diestro de las banderillas ni al toro _puro_ tampoco,
distraída y embelesada la gente por la aparición de Rafaela la Generosa.
En el brazo izquierdo llevaba ella un enorme pañolón de seda roja,
cubierto de lindas flores prolijamente bordadas en el Imperio Celeste;
y, según es uso en Lisboa, lo extendió como colgadura sobre el antepecho
del palco. En otros muchos había colgaduras por el estilo, lo cual daba
a la plaza apariencia vistosa y alegre, pero ningún pañolón era más
bonito que el de Rafaela ni había sido extendido con mayor garbo y
desenfado.
Así recordaba el Vizconde este y otros muchos triunfos de Rafaela; pero
no sin razón la llamaban la Generosa.
Su magnanimidad y su desprendimiento eran tales que siempre los ingresos
resultaban para ella muy inferiores a los gastos y el auge de su fortuna
distaba muchísimo de corresponder a sus triunfos.
Los _janotas_ que frecuentaban más a Rafaela, aseguraban que era toda
ella corazón. De aquí que sus negocios económicos fuesen de mal en peor
en Lisboa, donde llegó a tener mil desazones y apuros.
En ellos la socorrió generosamente cierto caballero principal,
entusiasta del arte y de la belleza, pero no bastante rico para ser muy
dadivoso. Rafaela además tenía estrecha conciencia, y aunque parezca
inverosímil en mujeres de su clase, no exigía ni pedía y hasta rehusaba
las dádivas de sus buenos amigos cuando pensaba que eran superiores a
sus medios y recursos.
En esta situación, el caballero que tanto se interesaba por ella, formó
un proyecto algo aventurado, pero que daba esperanzas de buen éxito.
En su sentir, la hermosura corporal no era el único mérito de la
muchacha. Aunque poco o nada cultivado, poseía además gran talento
artístico, que aquel su protector tal vez exageraba deslumbrado por el
cariño. Como quiera que fuese, él imaginaba que Rafaela tenía una voz
dulce y simpática; que cantaba lindamente canciones andaluzas y que
bailaba el fandango, el vito y el jaleo de Jerez por estilo admirable.
No había aprendido ni la música ni la danza, pero la misma carencia de
arte y de estudio prestaba a su baile y a su canto cierta originalidad
espontánea, llena de singular hechizo.
¿Porqué no había de ir Rafaela a un país remoto y presentarse allí no
como aventurera sino como artista?
El protector decidió, pues, que Rafaela fuese a Río de Janeiro a cantar
y a bailar.
Los brasileños son muy aficionados a la música, y asimismo muy músicos.
Sus _modinhas_ y sus _londums_ merecen la fama de que gozan, por lo
inspirados y graciosos, prestándoles singular carácter el elemento o
fondo que en ellos se nota de la música de los negros. Grande es mi
ignorancia del arte musical y temo incurrir en error; pero valiéndome de
una comparación, he de decir lo que me parece.
Figurémonos que hay en una pipa una solera de vino generoso, muy
exquisito y rancio; que se reparte la solera entre tres vinicultores, y
que cada uno de ellos aliña su vino y le da valor con el vino exquisito
que en su parte de la solera le ha tocado. Los tres vinos tendrán
distintas cualidades, pero habrá en los tres algo de común y de
idéntico, precisamente en lo de más valer y en lo más sustancioso. Así
encuentro yo que en las guajiras y en otros cantares y músicas de la
isla de Cuba, en los de los _minstrels_ de los Estados Unidos y en los
cantos y bailes populares del Brasil, hay un fondo idéntico que les da
singular carácter, y que proviene de la inspiración musical de la raza
camítica.
Si Rafaela iba al Brasil y cantaba y bailaba allí con originalidad de
muy distinto género, ya que el elemento o fondo primitivo de sus
canciones o era indígena de nuestra Península o provenía acaso de Arabia
o del Indostán por medio de los gitanos, Rafaela, sin duda, iba a pasmar
agradablemente a los brasileños por la exótica extrañeza de sus cantos y
de sus bailes.
Aprobó la muchacha el plan que su protector le propuso. Este, aunque no
sin fatiga y esfuerzo, le prestó dinero para el viaje y logró darle
también una muy valiosa carta de recomendación, dirigida con el mayor
empeño y ahínco y por persona de grande influjo al más rico capitalista
de Río de Janeiro, que era el Sr. de Figueredo, a quien ya conocemos.
El Sr. de Figueredo, sin embargo, era entonces un personaje muy distinto
del que más tarde fue. Sin dejar de enriquecerse, acometiendo, movido
por la codicia, las más atrevidas empresas, debía principalmente sus
grandes bienes de fortuna a una economía tan severa que rayaba en lo
sórdido, y al ejercicio de la usura prestando dinero sobre buenas
hipotecas y a interés muy alto.
Habitaba, se trataba y se vestía casi como un pordiosero, y exhalaba un
millón de suspiros y daba cincuenta vueltas a un _cruzado_ antes de
gastarle. Tales prendas y condiciones no eran las más apropósito para
que en Río le quisiesen y le respetasen. El Sr. de Figueredo era más
bien despreciado y aborrecido, y por lo tanto, el sujeto menos idóneo
para patrocinar e introducir ante el público a una artista que aspirase
a hacerse aplaudir.
Consternado recibió la carta, porque debía favores a quien se la
escribía, tenía obligación de complacerle y no se consideraba muy apto
para tan difícil empeño.
Rafaela era además tan mona, tan insinuante y tan dulce, que el Sr. de
Figueredo, a pesar de lo arisco e invulnerable que había sido toda su
vida, que por entonces contaba ya sesenta y cinco años de duración, se
sintió muy propenso a favorecer a la muchacha en cuanto estuviera a su
alcance. Así es que hizo muchas gestiones y consiguió que el periódico
de mayor circulación de Río, _O Jornal do comercio_, anunciase con bombo
y platillos la feliz llegada y próxima aparición en el teatro de la
famosa artista española, y consiguió también que el empresario la oyese,
la viese y la ajustase para dar un concierto con intermedios sabrosos de
danza andaluza. Pronto llegó la noche de la función. El teatro estaba de
bote en bote. El público había acudido, excitado por la curiosidad, mas
no por la benevolencia. Al contrario, el odio y el desprecio que el Sr.
de Figueredo inspiraba, tocaron como por carambola y se estrellaron
contra la pobre Rafaela. La mayoría de los oyentes sostuvo que Rafaela
desentonaba y daba feroces gallipavos, y las damas severas y virtuosas y
los honrados padres de familia clamaron contra el escándalo, e hicieron
que su pudor ofendido tocase a somatén. El resultado de todo fue una
espantosa silba, acompañada de variados proyectiles, con los que en
aquel fecundo suelo brinda Pomona. Sobre la pobre Rafaela cayó un
diluvio de aguacates, tomates, naranjas, bananas, cambucás y mantecosas
chirimoyas. Rafaela estaba dotada de un estoicismo, no sólo a prueba de
fruta, sino a prueba de bomba. Sufrió con calma el descalabro y hasta lo
tomó a risa, calificando de majaderos a los que suponían que cantaba mal
y de hipócritas a los que censuraban sus evoluciones y meneos
coreográficos.
-V-
Las burlas y los chistes con que Rafaela se vengaba de la silba,
hacían mucha gracia al señor de Figueredo, quien se consideraba también
vejado, lastimado, silbado y rechazado por la sociedad elegante de Río.
Entendía además el señor de Figueredo que Rafaela cantaba como un
_sabía_ o como un _gaturramo_, que son la calandria y el ruiseñor de por
allí, y que en punto a danzar echaba la zancadilla a la propia
Terpsícore. La silba, por consiguiente, de que Rafaela había sido
víctima, parecía injusta al viejo usurero y motivada por el odio que a
él le tenían, por donde imaginaba que debía consolar a Rafaela e
indemnizarla del daño que le había causado.
El oficio de darle consuelo le parecía gratísimo y en su modestia llegó
a creer que él, y no ella, era el verdadero consolado.
Cada día simpatizaba más con Rafaela. Se ponía melancólico cuando estaba
lejos de ella. Y no bien despachaba los asuntos de su casa, se iba a
acompañarla en la fonda donde ella vivía.
Con rapidez extraordinaria tomó Rafaela sobre el viejo omnímodo
ascendiente y le ejerció con discreción y provecho. El Sr. de Figueredo
estaba en borrador, y Rafaela se propuso y consiguió ponerle en limpio,
realizando en él una transfiguración de las más milagrosas.
Ella misma sabía por experiencia lo que era y valía transfigurarse. No
recordaba de dónde había salido ni cómo había crecido. En Cádiz, en el
Puerto, en Sevilla y en otros lugares andaluces, había pasado su primera
mocedad, tratándose con majos, contrabandistas, chalanes y otra gente
menuda, sin picar al principio muy alto y sin elevarse sino muy rara vez
hasta los señoritos. Así es, que en dicha primera mocedad, había sido
algo descuidadilla. En Lisboa fue donde se aristocratizó, se encumbró, y
con el trato de los _janotas_, acabó por asearse, pulirse, adobarse y
llegar en el esmero con que cuidaba su persona hasta el refinamiento más
exquisito.
El desaliño y la suciedad de los sujetos que andaban cerca de ella, como
ella era tan pulcra, le causaban repugnancia. Puso pues, en prensa su
claro y apremiante entendimiento para insinuar el concepto y el apetito
de la limpieza en la mente obscura y en la aletargada voluntad del Sr.
de Figueredo. Con mil perífrasis sutiles y con diez mil ingeniosos
rodeos le hizo conocer, sin decírselo, que era lo que vulgarmente
llamamos un cochino, y logró hacer en él, con la magia de su persuasiva
elocuencia, lo contrario de lo que hizo Circe en los compañeros de
Ulises, a quienes dio la forma del mencionado paquidermo. Tanto habló de
lo conveniente para la salud que eran los baños diarios, y el frotarse,
fregarse y escamondarse con jabón y con un guante áspero, que infundió
al Sr. de Figueredo la gana de hacer todas aquellas operaciones. Y las
hizo, y ya parecía otro y tan remozado como si él no fuese él sino su
hijo. Luego fue Rafaela a la _rua do Ouvidor_, donde están las mejores
tiendas, y en la perfumería de moda, compró cepillos de dientes y pelo,
polvos y loción vegetal para limpiárselos, y aguas olorosas, cosméticos,
peines y otros utensilios de tocador. Este fue el primer regalo que hizo
Rafaela a D. Joaquín, que tal era el nombre de pila del Sr. de
Figueredo. Y bueno será advertir en este lugar, porque yo soy muy
escrupuloso y no quiero apartarme un ápice de la verdad, que pongo el
Don antes del Joaquín por acomodarme al uso y lenguaje de España, porque
en Portugal, y más aún en el Brasil, son rarísimos los Dones y sólo le
llevan los hombres de pocas familias. Cuando yo estuve en el Brasil, si
no recuerdo mal, sólo habría media docena de Dones en todo el Imperio.
Las señoras en cambio tienen todas, no sólo Don sino excelencia, y hasta
la más humilde es la Excma. Sra. doña Fulana: prueba inequívoca de la
extremada galantería de los portugueses.
A pesar de lo dicho, se justifica el que yo llame _Don_ al Sr. de
Figueredo, porque, como al fin se casó con Rafaela que era española, y
esta dio en llamarle mi D. Joaquín, todos los amigos y conocidos, y
llegó a tener enjambres de ellos, aunque le suprimieron el _mi_, le
dejaron el _Don_, y él acabó por ser universalmente _donificado_. Pero
no adelantemos los sucesos.
-VI-
Mucho se ha discutido, se discute y se discutirá, sobre si la amena
literatura y otras artes del deleite, estéticas o bellas, deben o no ser
docentes. Afirman muchos que basta con que sean decentes, sin procurar
fuera de ellas fin alguno, y sin enseñar nada: pero es lo cierto, que la
creación de la belleza, y su contemplación, una vez creada, elevan el
alma de los hombres y los mejora, por donde casi siempre las bellas
artes enseñan sin querer, y tienen eficacia para convertir en buenas y
hasta en excelentes las almas que por su rudeza y por los fines vulgares
a que antes se habían consagrado eran menos que medianas, ya que no
malas. Algo de este influjo benéfico ejercieron en el espíritu de don
Joaquín las bellas artes de Rafaela. No me atreveré yo a calificarlas de
decentes por completo, pero no puede negarse que fueron docentes. Ella
las ejerció con certero instinto, superior a toda reflexión y a todo
cálculo. Procedió con lentitud prudentísima para que la transfiguración
no chocase, ni sorprendiese en extremo, ni al público que había de
verla, ni al transfigurado que en su propio ser había de realizarla.
Escamondado ya interiormente D. Joaquín, Rafaela le obligó a que se
afeitase casi de diario y a que se cortase bien las canas, que limpias,
lustrosas y alisadas tomaron apariencia de venerables.
A fin de que todas estas reformas fuesen persistentes y no efímeras,
buscó Rafaela para su amigo, en vez del negro ignorante que antes le
servía, un excelente ayuda de cámara, gallego desbastado, ágil y listo.
Después, y siempre poquito a poco, fue modificando el traje de D.
Joaquín, empezando por los pantalones, que, como se los pisaba por
detrás, los tenía con flecos o pingajos, que solían rebozarse en el lodo
de las calles. Después declaró Rafaela guerra a muerte a toda mancha o
lamparón que sus ojos de lince descubrían en el traje de D. Joaquín,
resultando de esta guerra la desaparición completa del antiguo
vestuario, que apenas pudo servir ya para los negros desvalidos, y la
adquisición de otro nuevo, hecho en Río con menos que mediana elegancia.
Pero Rafaela era insaciable en su anhelo de perfección; y, deseosa de
que D. Joaquín estuviese, no sólo aseado, sino _chic_, y como ella le
decía, hablando en portugués, _muito tafulo_ o _casquilho_, hizo que le
tomasen las medidas y escribió a París y Londres encargándole ropa, que
no tardaron en enviarle. Como por los pantalones era por donde más había
claudicado, mandó Rafaela que se los hiciese en adelante un famoso
sastre especialista, _culottier_, que por entonces había en París, _rue
de la Paix_, llamado Spiegelhalter. De los fracs y de las levitas se
encargaron en competencia Cheuvreuil, en París, y Poole, en Londres. Las
camisas, bien cortadas, sin bordados ni primores de mal gusto, pero
también sin buches, vinieron de las mejores casas parisienses que a la
sazón había, correspondientes a las de Charvet y Tremlett de ahora. Y
por último, como Rafaela aspiraba a que todo estuviese en consonancia,
hizo venir de París el calzado de D. Joaquín, encomendando al Hellstern
o al Costa, que florecía en aquel momento histórico, que reforzase con
clavitos los tacones y que pusiese los contrafuertes debidos, para que
D. Joaquín perdiese la perversa maña de torcer y deformar, como solía,
botines y zapatos.
En resolución, y para no cansar más a mis lectores, diré que antes de
cumplirse el año de conocerse y tratarse D. Joaquín y la bella Rafaela,
él, con asombro general de sus compatriotas, parecía un hombre nuevo:
era como la oruga, asquerosa y fea durante el período de nutrición y
crecimiento, que por milagroso misterio de Amor, y para que se cumplan
sus altos fines, transforma la mencionada deidad en brillante y pintada
mariposa.
-VII-
Como aún me queda no sé qué escozor y desasosiego de no haber dado,
a pesar de todo lo dicho, concepto cabal de la transfiguración visible y
palpable que en D. Joaquín se había verificado, quiero hablar aquí de un
solo perfil o toque, a fin de que por él se infiera, rastree y calcule
el cambio radical de aquel hombre. Era algo miope y tenía además la
vista un poco fatigada. Para remediar esta falta, usaba antiparras, que
en el Brasil y en Portugal llaman _cangalhas_. Siempre las tenía
prendidas en las orejas, y cuando no necesitaba de ellas para ver, se
las apartaba de los ojos y se las levantaba apoyadas sobre la frente, lo
cual no era nada bonito. Así es que Rafaela hizo que suprimiese las
_cangalhas_ y que, en lugar de ellas, gastase monóculo. Todo, pues,
contribuía a que tuviese el aspecto _fashionable_, atildado y digno de
un antiguo diplomático jubilado.
A su rara discreción y al entrañable afecto que había inspirado debió
Rafaela los mencionados triunfos; pero los debió también a sus lisonjas,
llenas de sinceridad y fundadas en fe _altruista_. Esto requiere
explicación, y voy a darla.
Seriamente no es lícito afirmar que Rafaela se enamorase de D. Joaquín;
pero sí puede, y debe afirmarse, que le cobró grande amistad y le estimó
en mucho, considerándole casi un genio para todo aquello que a la
crematística se refiere. Y como se lo decía, dándole encarecidas
alabanzas, le adulaba, le enamoraba y le animaba a la vez, todo sin el
menor artificio. Así el imperio que sobre él había adquirido se hizo más
firme y más completo.
No se vaya a creer que presentamos aquí a Rafaela como un pozo de
sabiduría. Su educación había sido descuidadísima, o mejor dicho,
Rafaela no había recibido ninguna educación; pero naturalmente era muy
lista. En sus ratos de ocio, había aprendido a leer y a escribir, aunque
escribía sin reglas y apenas leía de corrido. Sólo había leído algunas
novelas y los periódicos. Como tenía buen oído, excelente memoria y
notable facundia, hablaba, sin embargo, la lengua castellana con primor
y gracia, si bien con acento andaluz muy marcado. Y en Lisboa además,
con el trato constante de la gente fina, se había soltado a hablar en
portugués y hasta a chapurrear el francés un poquito. Pero lo que mejor
adquirió, no en escuelas ni en academias, ni menos con lecturas asiduas,
sino en la conversación y trato de personas de mérito, fue un temprano y
pasmoso conocimiento de los hombres, de la vida social y de los asuntos
que se llaman vulgarmente positivos. Para todo esto Rafaela tenía
disposición maravillosa. Era una mujer de prendas naturales nada
comunes.
Comprendido así el carácter y el entendimiento de Rafaela, no parecerá
inverosímil lo que tenemos que contar ahora y podremos contarlo en
resumen rápido, sin entrar en pormenores.
Luego que consiguió informarse con exactitud de lo que importaba todo el
caudal de don Joaquín, concibió un plan económico muy hábil, e hizo que
él le adoptase, cambiando enteramente su manera de vivir, como había
cambiado la apariencia de su persona. Rafaela dividió en dos partes los
cuantiosos bienes de D. Joaquín. A la parte más pequeña, aunque
suficiente para el fin a que ella la destinaba, llamó capital triunfante
y beatífico. Y a la otra parte, muchísimo mayor, llamó capital
militante.
El capital triunfante y beatífico estaba compuesto de predios rústicos y
urbanos y de valores públicos muy seguros; todo ello, hasta donde cabe
en la inestabilidad de los casos, al abrigo de los vaivenes, golpes y
reveses de la fortuna.
De la renta de dicho capital, que no había de ser ni alterado ni
mermado, viviría D. Joaquín con grande esplendor y lujo, y cuanto
sobrase, sin hacer ahorros mezquinos, se dedicaría a obras de caridad y
a socorrer y a aupar a los parientes pobres y menesterosos, de quienes
en manera alguna debe avergonzarse quien los tenga, si bien ha de
procurar ponerlos en situación de poder alternar con ellos sin el
disgusto que causa el alternar con gente zafia, hambrienta y mal
vestida.
Hecho esto, y asegurada ya una vida holgada, cómoda y generosa, D.
Joaquín quedaba con un gran capital militante para no tenerle ocioso ni
estarlo él, sino para emplearle y emplearse en empresas, no mezquinas y
ruines, sino grandiosas, y tanto para él como para la nación a que él
pertenecía, y aun para la sociedad entera bienhechoras o productivas.
Hasta entonces D. Joaquín, según Rafaela le hizo notar y comprender, no
había creado riqueza alguna: no había hecho más que dislocar la de los
otros, absorbiéndola y acumulándola por medios ingeniosos, más o menos
de acuerdo con la moral, pero que no infringían el menor precepto de los
códigos.
En esto se empeñó y consiguió Rafaela que D. Joaquín cambiase de método
y conducta. En adelante no había él de ganar un solo _rei_ que
presupusiese que otro le había perdido, sino que había de ser un _rei_
nuevo, si añadido a su caudal, añadido también a todo el acervo de la
riqueza de su nación y hasta del género humano.
En ninguna región del mundo mejor que en el Brasil podía entonces
conseguirse esta creación de la riqueza, aplicándose a tareas agrícolas,
industriales, mercantiles y constructoras. El territorio dilatado y
fertilísimo, la coexistencia en él de todos los climas y de las
producciones más varias, la apenas explotada virtud productiva del suelo
y del subsuelo, la carencia de vías de comunicación que convenía abrir,
los ríos caudalosos de curso dilatadísimo que se podían navegar, y las
risueñas y pomposas florestas vírgenes, bellísimas, pero inútiles al
hombre, que convidaban a que su codicia y su trabajo las trocase en
plantíos y sembrados ubérrimos, todo esto más que indicio era prueba
evidente de que, si D. Joaquín consagraba su ingenio, su actividad y el
capital ya acumulado a producir objetos provechosos a la generalidad de
los seres de su especie, podría hacerse mucho más rico de lo que ya era,
mereciendo, en vez de ser aborrecido, que sus conciudadanos le mirasen
como a un bienhechor con gratitud y con respeto.
No bien Rafaela trazó este plan, el obediente y sumiso Sr. de Figueredo
le aceptó y empezó a realizarle.
En la parte primera del plan había un punto que Rafaela no quiso tocar,
ni menos señalar, no por hábil, sino por modesta y desprendida. Este
punto le adivinó, le tocó y le señaló el propio D. Joaquín, impulsado
por el afecto y por la admiración que Rafaela le infundía. Sin duda para
animar y alegrar su magnífico hotel, necesitaba D. Joaquín de mujer
propia y elegante que en él viviera. ¿Y quién había de hacer este papel
y ejercer este cargo mejor que Rafaela? Es cierto que ella, aunque nos
sea muy simpática y nos duela decirlo, era lo que ruda, cruel y
groseramente se llama una perdida. Pero D. Joaquín nada tenía que perder
tampoco en lo que toca a buen nombre y fama. No eran en esto dos
nulidades o ceros cuya suma es siempre cero, sino dos cantidades
negativas que se convierten en positivas al multiplicarse.
Rafaela no empleó ni ardid, ni astucia, ni embustes, ni retrechería, ni
ningún otro artificio de los que suelen emplear las mujeres para
proveerse de un marido y sobre todo de un marido rico. Él fue quien
solicitó y quien rogó para el casamiento. Ella consintió al cabo, porque
le deseaba y le convenía, pero en todo puso y lució su lealtad, su
franqueza y su desprendimiento. Y no fueron menos dignos de aplauso la
moderación y el talento con que ella supo, ya que no evitar, amortiguar
el escándalo y el ruido. Para que no hubiese la cencerrada moral de las
hablillas, tomaron ambos, sin asesorarse con persona alguna, la
resolución de casarse, y se casaron luego, al año de conocerse, sin
boato ni fiestas y como si dijéramos a cencerros tapados.
Rafaela fue desde la fonda a instalarse en la casa de su marido: en el
hotel que ella le había hecho comprar y amueblar con el mejor gusto.
Ella eligió para la servidumbre los criados blancos que más convenían, y
los esclavos negros más hábiles y de mejor facha. El jefe de la cocina
era gallego, como el ayuda de cámara del señor, pero tan diestro e
inspirado artista como en las edades pretéritas pudo serlo Ruperto de
Nola y como puede serlo en el día el más aventajado y brillante
discípulo de Gouffé o del glorioso Antonio María Carême, más que
_oficial_, príncipe _de boca_.
El cocinero de los Sres. de Figueredo era cosmopolita en su arte,
poseyendo el de la clásica cocina francesa y lo más selecto de la
antigua y hoy degenerada cocina española. Se pintaba solo además para
confeccionar guisos y _acepipes_ a la brasileña, y para preparar ciertas
legumbres del país, como _palmito_ y _quinbombó_, haciendo deliciosos
_quitutes_, según en Río de Janeiro se llaman.
Con tales aprestos, D. Joaquín, mejorado de facha, empezó a ganar
amigos; y Rafaela, bien vestida, mejor hablada, decorosa e insinuante,
fue haciendo olvidar su vida pasada, se introdujo poco a poco entre la
flor y la crema de la sociedad, abrió sus salones y convidó a su mesa a
lo más encopetado y aristocrático de todo el Imperio: a los poetas, a
los Ministros, a los oradores, a los diplomáticos y a los militares.
-VIII-
Todas las anteriores noticias sobre la Sra. de Figueredo y algunas
otras que se omiten en obsequio de la brevedad, se las dio al inglesito
mi amigo el Vizconde de Goivo-Formoso, cuyo conocimiento y amistad con
Rafaela tenían ya fecha muy larga. La había conocido y tratado desde su
primera humilde aparición en la gran ciudad de Lisboa, cuando ella no
desdeñaba aún, sino que estimaba como el más delicado obsequio y regalo,
que algún amigo generoso la llevase al _Retiro de Camoens_, taberna,
_casa de pasto_ o figón muy frecuentado y celebrado, a comer los
excelentes _petiscos_ que allí se hacían y a beber los deliciosos vinos
de Colares y de Bucelas que allí se escanciaban.
Enteramente cambiadas las cosas en el momento de que vamos hablando,
Rafaela tenía toda la traza de una dama de muy alto copete, y, sin
aparecer orgullosa y soberbia, mostraba cierta dulce majestad y
aristocrático decoro.
No frecuentaban mucho su casa ni su tertulia las señoronas del país;
pero esto le importaba poco y nada hacía para conseguirlo. De lo que
ella gustaba, era de reunir en torno suyo lo más selecto de los
caballeros, y lo había conseguido. Sus salones parecían un club, que
tenía a una mujer por presidenta, o regio alcázar donde figuraba ella
como reina en día de besamanos. Las señoras, por lo general de medio
pelo, que se allanaban a ir a la tertulia, no parecían sus iguales, sino
las acompañantas y servidumbre de una princesa o las figurantas y
coristas que rodean en el escenario a la encumbrada y aplaudida _prima
donna_. Manifestó Juan Maury no pequeña curiosidad y deseo de enterarse
de cuanto se traslucía y decía acerca de cierto punto un tanto
escabroso. ¿Cuál había sido y cuál era la conducta de la señora de
Figueredo desde que se casó hasta aquellos días? El Vizconde de
Goivo-Formoso quiso indudablemente satisfacer con franqueza la
curiosidad del joven inglés; pero, como hay cosas que no se ven a las
claras y que suelen quedar en la penumbra o envueltas en más o menos
densa nube de misterio, el Vizconde no atinó a poner en claro la
certidumbre de los hechos, y se limitó a presentar hipótesis, no
fundadas en pruebas fehacientes, sino en sospechas y en indicios vagos.
Como quiera que ello sea, yo voy a dejar hablar al Vizconde. Oigamos lo
que sobre este particular decía:
--Rafaela es, a mi ver, una mezcla de extrañas cualidades. Las
espontáneas, las que debe a la naturaleza inculta, sin modificación ni
mejora, tienen cierta bondad radical. Sobre las que debe al arte hay que
decir no poco, empezando por hacer una distinción.
Por naturaleza Rafaela es leal, sincera y agradecida. Ni quiere mentir
ni pagar los beneficios con ofensas. El afecto y la gratitud que muestra
al Sr. de Figueredo, no pueden ser más verdaderos. Están además
sancionados y como santificados por las creencias religiosas. Rafaela es
católica ferviente. El anciano padre cura que la casó, el Padre García,
español como ella, no sólo es su confesor, sino su consultor para los
asuntos más arduos, en los seis años que lleva ya de matrimonio. Y a lo
que parece, no sólo discurre Rafaela con este padre sobre los casos de
moral y de conducta que en la vida práctica se presentan, sino que
también se eleva a disquisiciones metafísicas sobre lo divino y lo
eterno, pensando y hablando del cielo, de Dios, y del origen y fin de
las cosas creadas con notable acierto, elevación y ortodoxia. El Padre,
que es un excelente varón, y además instruido y discreto, la celebra
mucho. Y hay que dar crédito a sus alabanzas, porque el hombre es
desinteresado.
Si todo el ser de Rafaela consistiese en lo dicho, Penélope, Lucrecia y
cuantos modelos de perfectas casadas hubo después en el mundo hasta el
día de hoy, quedarían eclipsados y por su virtud conyugal
resplandecerían menos que Rafaela. Pero la mayor parte de los seres
humanos, y Rafaela entra en esta cuenta, no son sólo de un modo sino de
varios: se diría que no tienen un alma sola, sino dos almas con opuestas
propensiones y hasta con principios, conceptos y doctrinas filosóficas,
tal vez no aprendidas, sino nacidas en el alma, como en la tierra nacen
los hongos, los cuales conceptos, propensiones y doctrinas, acaso malas,
se insurreccionan contra las buenas y suelen dominarlos.
Como yo soy ferviente admirador de Rafaela, no se ha de extrañar que vea
y note cierta bondad ingénita hasta en aquella parte de su alma que la
induce e impulsa hacia lo malo. Si ella peca, según se murmura, a pesar
del honesto recato con que lo encubre, su pecado, en mi sentir, nace de
ciertas virtudes originales, que no sé cómo demonios se tuercen y se
ladean. Su generosidad y su piadosa misericordia son tan grandes que a
veces no sabe decir que no a quien ella cree verdaderamente necesitado y
a quien le pide con ahínco. Al mismo tiempo su comprensión de la
hermosura es clara y sublime, y se combina con la caridad, y está en su
mente unida en apretado lazo con la idea de un fin y de un propósito.
Ella, a no dudarlo, debe ver y reconocer su gallardo cuerpo, y sobre
todo ahora que se halla en la plenitud de su florecimiento, en el punto
culminante de su esplendidez y de su gala, como el sol en el meridiano.
Y de seguro que dice para sí, en misteriosos soliloquios: ¿Para qué
sirve, para qué vale todo esto, si no lo comunico y si lo escondo?
Cuando de mí depende la bienaventuranza de alguien, ¿cómo negarme a que
sea bienaventurado? ¿Del chico mal que causo a mi D. Joaquín, sin que él
lo sienta ni lo vea, no resulta un bien grandísimo para otros sujetos?
¿Qué cosa sustancial, qué tesoro, qué joya quito yo a mi D. Joaquín para
que un extraño la disfrute? ¿Por qué no regalar a quien lo merece y
puede con lo que mi D. Joaquín ya no sabe ni puede regalarse?
Tales son los execrables raciocinios que han de acudir en ocasiones a la
mente de Rafaela, y que, corroborados por la compasión y la ternura,
pueden haber dado al traste con todos sus propósitos de honestidad, en
tal cual deplorable momento.
Yo estoy segurísimo de que Rafaela se ha arrepentido después, ha llorado
como una Magdalena, ha confesado su culpa, ha hecho penitencia y
propósito de la enmienda; pero recelo que ha reincidido más tarde con
lastimosa flaqueza.
Ya que no para disculparla, para atenuar su falta y su responsabilidad
moral deben valer el descuido de su vida pasada; el nunca conocido por
ella vergonzoso temor de las niñas que se crían vigiladas por madres
virtuosas; los ejemplos, siempre desaforados, que ha visto en torno
suyo, en vez de verlos buenos, y hasta la carencia del orgullo señoril,
que no podía perder, porque nunca le había tenido, y que sólo podía
contrahacer para la generalidad de los hombres que le eran indiferentes,
mas no para aquellos cuyo talento, gallardía o elegancia le
entusiasmaban. Para estos no acertaba a ser arisca, y el escudo que
ponía contra ellos delante de su corazón se derretía como la escarcha
cuando se levanta el sol en el Oriente en las mañanas del mes de Mayo.
Así disertaba el Vizconde con profundidad filosófica, elevándose a las
causas sin determinar los efectos. Dejaba entrever, examinando las
causas, cuál había podido ser la conducta de Rafaela, pero no declaraba
cuál en realidad había sido. Esto me hace pensar que el método con que
hasta ahora voy escribiendo esta narración, más que de novela, es propio
de historia. Y como la historia, por falta de testigos, documentos
justificativos y otras pruebas, quedaría en no pocas interioridades
incompleta y obscura, voy en adelante a prescindir del método histórico
y a seguir el método novelesco, penetrando, con el auxilio del numen que
inspira a los novelistas, si logro que también me inspire, así en el
alma de los personajes como en los más apartados sitios donde ellos
viven, sin atenerme sólo a lo que el Vizconde o yo podríamos averiguar
vulgar y humanamente.
En lo sucesivo, además, yo me retiro de la escena, donde, como actor,
nada tengo que hacer. De esta suerte podré contar con menos dificultades
y tropiezos lo que hagan los otros. En cuanto a mi amigo el Vizconde, yo
no le retiro, sino que le dejo en la escena, porque es uno de los
principales actores.
-IX-
Todavía, antes de proseguir contando la vida y milagros de Rafaela,
me incumbe hacer una aclaración. Voy a penetrar, no ya como mero
historiador, sino como novelista, así en los más apartados rincones de
la casa de Rafaela, como en el centro más recóndito de su alma; pero por
ningún estilo quiero fingir nada, y sólo penetraré en las profundidades
donde el novelista penetra, cuando lo que yo muestre en dichas
profundidades sea tan lógica consecuencia de la verdad históricamente
demostrada que no pueda menos de ser también la verdad. Y sobre aquello
de que yo no esté seguro, sino dudoso, no imaginaré ni bordaré nada,
dejándolo en cierta penumbra y como entre nubes.
Es innegable que Rafaela pagaba a D. Joaquín la posición que le había
dado. Por ella andaba él aseado, elegantemente vestido y empleado en
negocios importantes que le daban honra y provecho. Ella le cuidaba, le
mimaba, mostraba quererle, y, sin duda, le quería. Lograba que fuera de
su casa olvidara o prescindiera el vulgo de los antecedentes de D.
Joaquín, no le quisiera mal y casi le respetara. Y lo que es en casa,
con sus mimos y con su dulzura, Rafaela le hacía dichoso, arrebolando y
dorando con luz alegre los días de su vejez y colmándolos de
satisfacción y de ventura.
De las coqueterías de Rafaela no había nadie que no tuviese certidumbre;
pero, si estas coqueterías no pasaban de cierto límite, más que ofender
a D. Joaquín lisonjeaban su amor propio. Lo que es él, estaba convencido
o se empeñaba en estar convencido de la fidelidad de Rafaela.
Los maldicientes y murmuradores tenían sus hablillas, pero con
certidumbre nada malo se dijo durante los tres primeros años del
matrimonio de los Sres. de Figueredo. Sólo se propalaban vagas
acusaciones.
Don Joaquín, entre las diversas empresas que había acometido, contaba
también la de agricultor en grande. No lejos de Petrópolis había
comprado extensísimos terrenos y había formado en ellos una magnífica
_fazenda_ de diversos plantíos y sembrados, donde empleaba para la
dirección y los más delicados trabajos a bastantes colonos alemanes y
para las faenas más rudas multitud de esclavos negros. En el sitio más
pintoresco de la propiedad, al borde de un riachuelo de agua cristalina
y cercada de ameno jardín, se parecía la _chácara_ o casa de campo, con
vivienda muy cómoda para señores. Allí iba D. Joaquín a menudo, ya para
inspeccionar la finca, ya para solazarse con algunos viejos amigos en el
ejercicio de la caza, a lo que convidaba no corta porción de la tierra
que poseía, inculta aún y formando risueña e intrincada floresta, en
cuyo seno abundaban los pájaros y no pocos otros animales silvestres,
como grandes lagartos y _tatúes_ o armadillos.
Aquel bosque, aun sin el aliciente de la caza, era delicioso, tanto por
los gigantescos árboles que le daban sombra y frescura, como por las
olorosas y variadas flores que cubrían el suelo, por las orquídeas que
crecían parásitas en los añosos troncos, y por las plantas enredaderas
que, formando guirnaldas y festones, entrelazaban los árboles, haciendo
a veces impenetrable la espesura, si un negro no caminaba delante con
una hoz abriendo camino.
Rafaela era poco campestre. Rara vez iba a la _chácara_. Y como D.
Joaquín iba a menudo y pasaba en ella tres o cuatro días seguidos y en
ocasiones hasta una semana, el vulgo malicioso murmuraba que, durante
estas ausencias, Rafaela usaba y hasta abusaba de la libertad en que la
dejaba su marido.
Como quiera que ello fuese, al menos durante los tres primeros años,
según ya queda dicho siempre fue de maravillar o la virtud de Rafaela o
su prudencia sigilosa. A pesar de la jactancia de muchos hombres que
gustan de hacer creer que son favorecidos, ninguna acusación terminante
hubo contra Rafaela. D. Joaquín, atendidas sus circunstancias y las de
su señora, podía pasar, por inverosímil milagro, como marido venturoso y
respetadísimo.
La primera sospecha que vino poco a poco a tomar cuerpo, adquiriendo
visos y trazas de certidumbre, fue de inusitada y singular importancia.
Se supuso que un egregio personaje, sin par en todo el imperio por su
elevación, en noches en que Rafaela no recibía a sus tertulianos por
tener jaqueca, penetraba en la casa de ella y permanecía allí no pocas
horas.
Hasta llegó a contarse una muy curiosa particularidad, que prueba cómo
el vulgo lo atisba, lo huele y lo descubre todo.