Era fresca la mañana, y daba muestras de serlo asimesmo el día en que don
Quijote salió de la venta, informándose primero cuál era el más derecho
camino para ir a Barcelona sin tocar en Zaragoza: tal era el deseo que
tenía de sacar mentiroso aquel nuevo historiador que tanto decían que le
vituperaba.
Sucedió, pues, que en más de seis días no le sucedió cosa digna de ponerse
en escritura, al cabo de los cuales, yendo fuera de camino, le tomó la
noche entre unas espesas encinas o alcornoques; que en esto no guarda la
puntualidad Cide Hamete que en otras cosas suele.
Apeáronse de sus bestias amo y mozo, y, acomodándose a los troncos de los
árboles, Sancho, que había merendado aquel día, se dejó entrar de rondón
por las puertas del sueño; pero don Quijote, a quien desvelaban sus
imaginaciones mucho más que la hambre, no podía pegar sus ojos; antes iba y
venía con el pensamiento por mil géneros de lugares. Ya le parecía hallarse
en la cueva de Montesinos; ya ver brincar y subir sobre su pollina a la
convertida en labradora Dulcinea; ya que le sonaban en los oídos las
palabras del sabio Merlín que le referían las condiciones y diligencias que
se habían de hacer y tener en el desencanto de Dulcinea. Desesperábase de
ver la flojedad y caridad poca de Sancho su escudero, pues, a lo que creía,
solos cinco azotes se había dado, número desigual y pequeño para los
infinitos que le faltaban; y desto recibió tanta pesadumbre y enojo, que
hizo este discurso:
— Si nudo gordiano cortó el Magno Alejandro, diciendo: ''Tanto monta cortar
como desatar'', y no por eso dejó de ser universal señor de toda la Asia,
ni más ni menos podría suceder ahora en el desencanto de Dulcinea, si yo
azotase a Sancho a pesar suyo; que si la condición deste remedio está en
que Sancho reciba los tres mil y tantos azotes, ¿qué se me da a mí que se
los dé él, o que se los dé otro, pues la sustancia está en que él los
reciba, lleguen por do llegaren?
Con esta imaginación se llegó a Sancho, habiendo primero tomado las riendas
de Rocinante, y acomodádolas en modo que pudiese azotarle con ellas,
comenzóle a quitar las cintas, que es opinión que no tenía más que la
delantera, en que se sustentaban los greguescos; pero, apenas hubo llegado,
cuando Sancho despertó en todo su acuerdo, y dijo:
— ¿Qué es esto? ¿Quién me toca y desencinta?
— Yo soy —respondió don Quijote—, que vengo a suplir tus faltas y a remediar
mis trabajos: véngote a azotar, Sancho, y a descargar, en parte, la deuda a
que te obligaste. Dulcinea perece; tú vives en descuido; yo muero deseando;
y así, desatácate por tu voluntad, que la mía es de darte en esta soledad,
por lo menos, dos mil azotes.
— Eso no —dijo Sancho—; vuesa merced se esté quedo; si no, por Dios
verdadero que nos han de oír los sordos. Los azotes a que yo me obligué han
de ser voluntarios, y no por fuerza, y ahora no tengo gana de azotarme;
basta que doy a vuesa merced mi palabra de vapularme y mosquearme cuando en
voluntad me viniere.
— No hay dejarlo a tu cortesía, Sancho —dijo don Quijote—, porque eres duro
de corazón, y, aunque villano, blando de carnes.
Y así, procuraba y pugnaba por desenlazarle. Viendo lo cual Sancho Panza,
se puso en pie, y, arremetiendo a su amo, se abrazó con él a brazo partido,
y, echándole una zancadilla, dio con él en el suelo boca arriba; púsole
la rodilla derecha sobre el pecho, y con las manos le tenía las manos, de
modo que ni le dejaba rodear ni alentar. Don Quijote le decía:
— ¿Cómo, traidor? ¿Contra tu amo y señor natural te desmandas? ¿Con quien te
da su pan te atreves?
— Ni quito rey, ni pongo rey —respondió Sancho—, sino ayúdome a mí, que soy
mi señor. Vuesa merced me prometa que se estará quedo, y no tratará de
azotarme por agora, que yo le dejaré libre y desembarazado; donde no,
Aquí morirás, traidor,
enemigo de doña Sancha.
Prometióselo don Quijote, y juró por vida de sus pensamientos no tocarle en
el pelo de la ropa, y que dejaría en toda su voluntad y albedrío el
azotarse cuando quisiese.
Levantóse Sancho, y desvióse de aquel lugar un buen espacio; y, yendo a
arrimarse a otro árbol, sintió que le tocaban en la cabeza, y, alzando las
manos, topó con dos pies de persona, con zapatos y calzas. Tembló de miedo;
acudió a otro árbol, y sucedióle lo mesmo. Dio voces llamando a don Quijote
que le favoreciese. Hízolo así don Quijote, y, preguntándole qué le había
sucedido y de qué tenía miedo, le respondió Sancho que todos aquellos
árboles estaban llenos de pies y de piernas humanas. Tentólos don Quijote,
y cayó luego en la cuenta de lo que podía ser, y díjole a Sancho:
— No tienes de qué tener miedo, porque estos pies y piernas que tientas y no
vees, sin duda son de algunos forajidos y bandoleros que en estos árboles
están ahorcados; que por aquí los suele ahorcar la justicia cuando los
coge, de veinte en veinte y de treinta en treinta; por donde me doy a
entender que debo de estar cerca de Barcelona.
Y así era la verdad como él lo había imaginado.
Al parecer alzaron los ojos, y vieron los racimos de aquellos árboles, que
eran cuerpos de bandoleros. Ya, en esto, amanecía, y si los muertos los
habían espantado, no menos los atribularon más de cuarenta bandoleros vivos
que de improviso les rodearon, diciéndoles en lengua catalana que
estuviesen quedos, y se detuviesen, hasta que llegase su capitán.
Hallóse don Quijote a pie, su caballo sin freno, su lanza arrimada a un
árbol, y, finalmente, sin defensa alguna; y así, tuvo por bien de cruzar
las manos e inclinar la cabeza, guardándose para mejor sazón y coyuntura.
Acudieron los bandoleros a espulgar al rucio, y a no dejarle ninguna cosa
de cuantas en las alforjas y la maleta traía; y avínole bien a Sancho que
en una ventrera que tenía ceñida venían los escudos del duque y los que
habían sacado de su tierra, y, con todo eso, aquella buena gente le
escardara y le mirara hasta lo que entre el cuero y la carne tuviera
escondido, si no llegara en aquella sazón su capitán, el cual mostró ser de
hasta edad de treinta y cuatro años, robusto, más que de mediana
proporción, de mirar grave y color morena. Venía sobre un poderoso caballo,
vestida la acerada cota, y con cuatro pistoletes —que en aquella tierra se
llaman pedreñales— a los lados. Vio que sus escuderos, que así llaman a los
que andan en aquel ejercicio, iban a despojar a Sancho Panza; mandóles que
no lo hiciesen, y fue luego obedecido; y así se escapó la ventrera.
Admiróle ver lanza arrimada al árbol, escudo en el suelo, y a don Quijote
armado y pensativo, con la más triste y melancólica figura que pudiera
formar la misma tristeza. Llegóse a él diciéndole:
— No estéis tan triste, buen hombre, porque no habéis caído en las manos de
algún cruel Osiris, sino en las de Roque Guinart, que tienen más de
compasivas que de rigurosas.
— No es mi tristeza —respondió don Quijote— haber caído en tu poder, ¡oh
valeroso Roque, cuya fama no hay límites en la tierra que la encierren!,
sino por haber sido tal mi descuido, que me hayan cogido tus soldados sin
el freno, estando yo obligado, según la orden de la andante caballería, que
profeso, a vivir contino alerta, siendo a todas horas centinela de mí
mismo; porque te hago saber, ¡oh gran Roque!, que si me hallaran sobre mi
caballo, con mi lanza y con mi escudo, no les fuera muy fácil rendirme,
porque yo soy don Quijote de la Mancha, aquel que de sus hazañas tiene
lleno todo el orbe.
Luego Roque Guinart conoció que la enfermedad de don Quijote tocaba más en
locura que en valentía, y, aunque algunas veces le había oído nombrar,
nunca tuvo por verdad sus hechos, ni se pudo persuadir a que semejante
humor reinase en corazón de hombre; y holgóse en estremo de haberle
encontrado, para tocar de cerca lo que de lejos dél había oído; y así, le
dijo:
— Valeroso caballero, no os despechéis ni tengáis a siniestra fortuna ésta
en que os halláis, que podía ser que en estos tropiezos vuestra torcida
suerte se enderezase; que el cielo, por estraños y nunca vistos rodeos, de
los hombres no imaginados, suele levantar los caídos y enriquecer los
pobres.
Ya le iba a dar las gracias don Quijote, cuando sintieron a sus espaldas un
ruido como de tropel de caballos, y no era sino un solo, sobre el cual
venía a toda furia un mancebo, al parecer de hasta veinte años, vestido de
damasco verde, con pasamanos de oro, greguescos y saltaembarca, con
sombrero terciado, a la valona, botas enceradas y justas, espuelas, daga y
espada doradas, una escopeta pequeña en las manos y dos pistolas a los
lados. Al ruido volvió Roque la cabeza y vio esta hermosa figura, la cual,
en llegando a él, dijo:
— En tu busca venía, ¡oh valeroso Roque!, para hallar en ti, si no remedio,
a lo menos alivio en mi desdicha; y, por no tenerte suspenso, porque sé que
no me has conocido, quiero decirte quién soy: y soy Claudia Jerónima, hija
de Simón Forte, tu singular amigo y enemigo particular de Clauquel
Torrellas, que asimismo lo es tuyo, por ser uno de los de tu contrario
bando; y ya sabes que este Torrellas tiene un hijo que don Vicente
Torrellas se llama, o, a lo menos, se llamaba no ha dos horas. Éste, pues,
por abreviar el cuento de mi desventura, te diré en breves palabras la que
me ha causado. Viome, requebróme, escuchéle, enamoréme, a hurto de mi
padre; porque no hay mujer, por retirada que esté y recatada que sea, a
quien no le sobre tiempo para poner en ejecución y efecto sus atropellados
deseos. Finalmente, él me prometió de ser mi esposo, y yo le di la palabra
de ser suya, sin que en obras pasásemos adelante. Supe ayer que, olvidado
de lo que me debía, se casaba con otra, y que esta mañana iba a desposarse,
nueva que me turbó el sentido y acabó la paciencia; y, por no estar mi
padre en el lugar, le tuve yo de ponerme en el traje que vees, y
apresurando el paso a este caballo, alcancé a don Vicente obra de una legua
de aquí; y, sin ponerme a dar quejas ni a oír disculpas, le disparé estas
escopetas, y, por añadidura, estas dos pistolas; y, a lo que creo, le debí
de encerrar más de dos balas en el cuerpo, abriéndole puertas por donde
envuelta en su sangre saliese mi honra. Allí le dejo entre sus criados, que
no osaron ni pudieron ponerse en su defensa. Vengo a buscarte para que me
pases a Francia, donde tengo parientes con quien viva, y asimesmo a rogarte
defiendas a mi padre, porque los muchos de don Vicente no se atrevan a
tomar en él desaforada venganza.
Roque, admirado de la gallardía, bizarría, buen talle y suceso de la
hermosa Claudia, le dijo:
— Ven, señora, y vamos a ver si es muerto tu enemigo, que después veremos lo
que más te importare.
Don Quijote, que estaba escuchando atentamente lo que Claudia había dicho y
lo que Roque Guinart respondió, dijo:
— No tiene nadie para qué tomar trabajo en defender a esta señora, que lo
tomo yo a mi cargo: denme mi caballo y mis armas, y espérenme aquí, que yo
iré a buscar a ese caballero, y, muerto o vivo, le haré cumplir la palabra
prometida a tanta belleza.
— Nadie dude de esto —dijo Sancho—, porque mi señor tiene muy buena mano
para casamentero, pues no ha muchos días que hizo casar a otro que también
negaba a otra doncella su palabra; y si no fuera porque los encantadores
que le persiguen le mudaron su verdadera figura en la de un lacayo, ésta
fuera la hora que ya la tal doncella no lo fuera.
Roque, que atendía más a pensar en el suceso de la hermosa Claudia que en
las razones de amo y mozo, no las entendió; y, mandando a sus escuderos que
volviesen a Sancho todo cuanto le habían quitado del rucio, mandándoles
asimesmo que se retirasen a la parte donde aquella noche habían estado
alojados, y luego se partió con Claudia a toda priesa a buscar al herido, o
muerto, don Vicente. Llegaron al lugar donde le encontró Claudia, y no
hallaron en él sino recién derramada sangre; pero, tendiendo la vista por
todas partes, descubrieron por un recuesto arriba alguna gente, y diéronse
a entender, como era la verdad, que debía ser don Vicente, a quien sus
criados, o muerto o vivo, llevaban, o para curarle, o para enterrarle;
diéronse priesa a alcanzarlos, que, como iban de espacio, con facilidad lo
hicieron.
Hallaron a don Vicente en los brazos de sus criados, a quien con cansada y
debilitada voz rogaba que le dejasen allí morir, porque el dolor de las
heridas no consentía que más adelante pasase.
Arrojáronse de los caballos Claudia y Roque, llegáronse a él, temieron los
criados la presencia de Roque, y Claudia se turbó en ver la de don Vicente;
y así, entre enternecida y rigurosa, se llegó a él, y asiéndole de las
manos, le dijo:
— Si tú me dieras éstas, conforme a nuestro concierto, nunca tú te vieras en
este paso.
Abrió los casi cerrados ojos el herido caballero, y, conociendo a Claudia,
le dijo:
— Bien veo, hermosa y engañada señora, que tú has sido la que me has muerto:
pena no merecida ni debida a mis deseos, con los cuales, ni con mis obras,
jamás quise ni supe ofenderte.
— Luego, ¿no es verdad —dijo Claudia— que ibas esta mañana a desposarte con
Leonora, la hija del rico Balvastro?
— No, por cierto —respondió don Vicente—; mi mala fortuna te debió de llevar
estas nuevas, para que, celosa, me quitases la vida, la cual, pues la dejo
en tus manos y en tus brazos, tengo mi suerte por venturosa. Y, para
asegurarte desta verdad, aprieta la mano y recíbeme por esposo, si
quisieres, que no tengo otra mayor satisfación que darte del agravio que
piensas que de mí has recebido.
Apretóle la mano Claudia, y apretósele a ella el corazón, de manera que
sobre la sangre y pecho de don Vicente se quedó desmayada, y a él le tomó
un mortal parasismo. Confuso estaba Roque, y no sabía qué hacerse.
Acudieron los criados a buscar agua que echarles en los rostros, y
trujéronla, con que se los bañaron. Volvió de su desmayo Claudia, pero no
de su parasismo don Vicente, porque se le acabó la vida. Visto lo cual de
Claudia, habiéndose enterado que ya su dulce esposo no vivía, rompió los
aires con suspiros, hirió los cielos con quejas, maltrató sus cabellos,
entregándolos al viento, afeó su rostro con sus propias manos, con todas
las muestras de dolor y sentimiento que de un lastimado pecho pudieran
imaginarse.
— ¡Oh cruel e inconsiderada mujer —decía—, con qué facilidad te moviste a
poner en ejecución tan mal pensamiento! ¡Oh fuerza rabiosa de los celos, a
qué desesperado fin conducís a quien os da acogida en su pecho! ¡Oh esposo
mío, cuya desdichada suerte, por ser prenda mía, te ha llevado del tálamo a
la sepultura!
Tales y tan tristes eran las quejas de Claudia, que sacaron las lágrimas de
los ojos de Roque, no acostumbrados a verterlas en ninguna ocasión.
Lloraban los criados, desmayábase a cada paso Claudia, y todo aquel
circuito parecía campo de tristeza y lugar de desgracia. Finalmente, Roque
Guinart ordenó a los criados de don Vicente que llevasen su cuerpo al lugar
de su padre, que estaba allí cerca, para que le diesen sepultura. Claudia
dijo a Roque que querría irse a un monasterio donde era abadesa una tía
suya, en el cual pensaba acabar la vida, de otro mejor esposo y más eterno
acompañada. Alabóle Roque su buen propósito, ofreciósele de acompañarla
hasta donde quisiese, y de defender a su padre de los parientes y de todo
el mundo, si ofenderle quisiese. No quiso su compañía Claudia, en ninguna
manera, y, agradeciendo sus ofrecimientos con las mejores razones que supo,
se despedió dél llorando. Los criados de don Vicente llevaron su cuerpo, y
Roque se volvió a los suyos, y este fin tuvieron los amores de Claudia
Jerónima. Pero, ¿qué mucho, si tejieron la trama de su lamentable historia
las fuerzas invencibles y rigurosas de los celos?
Halló Roque Guinart a sus escuderos en la parte donde les había ordenado, y
a don Quijote entre ellos, sobre Rocinante, haciéndoles una plática en que
les persuadía dejasen aquel modo de vivir tan peligroso, así para el alma
como para el cuerpo; pero, como los más eran gascones, gente rústica y
desbaratada, no les entraba bien la plática de don Quijote. Llegado que fue
Roque, preguntó a Sancho Panza si le habían vuelto y restituido las alhajas
y preseas que los suyos del rucio le habían quitado. Sancho respondió que
sí, sino que le faltaban tres tocadores, que valían tres ciudades.
— ¿Qué es lo que dices, hombre? —dijo uno de los presentes—, que yo los
tengo, y no valen tres reales.
— Así es —dijo don Quijote—, pero estímalos mi escudero en lo que ha dicho,
por habérmelos dado quien me los dio.
Mandóselos volver al punto Roque Guinart, y, mandando poner los suyos en
ala, mandó traer allí delante todos los vestidos, joyas, y dineros, y todo
aquello que desde la última repartición habían robado; y, haciendo
brevemente el tanteo, volviendo lo no repartible y reduciéndolo a dineros,
lo repartió por toda su compañía, con tanta legalidad y prudencia que no
pasó un punto ni defraudó nada de la justicia distributiva. Hecho esto, con
lo cual todos quedaron contentos, satisfechos y pagados, dijo Roque a don
Quijote:
— Si no se guardase esta puntualidad con éstos, no se podría vivir con
ellos.
A lo que dijo Sancho:
— Según lo que aquí he visto, es tan buena la justicia, que es necesaria que
se use aun entre los mesmos ladrones.
Oyólo un escudero, y enarboló el mocho de un arcabuz, con el cual, sin
duda, le abriera la cabeza a Sancho, si Roque Guinart no le diera voces que
se detuviese. Pasmóse Sancho, y propuso de no descoser los labios en tanto
que entre aquella gente estuviese.
Llegó, en esto, uno o algunos de aquellos escuderos que estaban puestos por
centinelas por los caminos para ver la gente que por ellos venía y dar
aviso a su mayor de lo que pasaba, y éste dijo:
— Señor, no lejos de aquí, por el camino que va a Barcelona, viene un gran
tropel de gente.
A lo que respondió Roque:
— ¿Has echado de ver si son de los que nos buscan, o de los que nosotros
buscamos?
— No, sino de los que buscamos —respondió el escudero.
— Pues salid todos —replicó Roque—, y traédmelos aquí luego, sin que se os
escape ninguno.
Hiciéronlo así, y, quedándose solos don Quijote, Sancho y Roque, aguardaron
a ver lo que los escuderos traían; y, en este entretanto, dijo Roque a don
Quijote:
— Nueva manera de vida le debe de parecer al señor don Quijote la nuestra,
nuevas aventuras, nuevos sucesos, y todos peligrosos; y no me maravillo que
así le parezca, porque realmente le confieso que no hay modo de vivir más
inquieto ni más sobresaltado que el nuestro. A mí me han puesto en él no sé
qué deseos de venganza, que tienen fuerza de turbar los más sosegados
corazones; yo, de mi natural, soy compasivo y bien intencionado; pero, como
tengo dicho, el querer vengarme de un agravio que se me hizo, así da con
todas mis buenas inclinaciones en tierra, que persevero en este estado, a
despecho y pesar de lo que entiendo; y, como un abismo llama a otro y un
pecado a otro pecado, hanse eslabonado las venganzas de manera que no sólo
las mías, pero las ajenas tomo a mi cargo; pero Dios es servido de que,
aunque me veo en la mitad del laberinto de mis confusiones, no pierdo la
esperanza de salir dél a puerto seguro.
Admirado quedó don Quijote de oír hablar a Roque tan buenas y concertadas
razones, porque él se pensaba que, entre los de oficios semejantes de
robar, matar y saltear no podía haber alguno que tuviese buen discurso, y
respondióle:
— Señor Roque, el principio de la salud está en conocer la enfermedad y en
querer tomar el enfermo las medicinas que el médico le ordena: vuestra
merced está enfermo, conoce su dolencia, y el cielo, o Dios, por mejor
decir, que es nuestro médico, le aplicará medicinas que le sanen, las
cuales suelen sanar poco a poco y no de repente y por milagro; y más, que
los pecadores discretos están más cerca de enmendarse que los simples; y,
pues vuestra merced ha mostrado en sus razones su prudencia, no hay sino
tener buen ánimo y esperar mejoría de la enfermedad de su conciencia; y si
vuestra merced quiere ahorrar camino y ponerse con facilidad en el de su
salvación, véngase conmigo, que yo le enseñaré a ser caballero andante,
donde se pasan tantos trabajos y desventuras que, tomándolas por
penitencia, en dos paletas le pondrán en el cielo.
Rióse Roque del consejo de don Quijote, a quien, mudando plática, contó el
trágico suceso de Claudia Jerónima, de que le pesó en estremo a Sancho, que
no le había parecido mal la belleza, desenvoltura y brío de la moza.
Llegaron, en esto, los escuderos de la presa, trayendo consigo dos
caballeros a caballo, y dos peregrinos a pie, y un coche de mujeres con
hasta seis criados, que a pie y a caballo las acompañaban, con otros dos
mozos de mulas que los caballeros traían. Cogiéronlos los escuderos en
medio, guardando vencidos y vencedores gran silencio, esperando a que el
gran Roque Guinart hablase, el cual preguntó a los caballeros que quién
eran y adónde iban, y qué dinero llevaban. Uno dellos le respondió:
— Señor, nosotros somos dos capitanes de infantería española; tenemos
nuestras compañías en Nápoles y vamos a embarcarnos en cuatro galeras, que
dicen están en Barcelona con orden de pasar a Sicilia; llevamos hasta
docientos o trecientos escudos, con que, a nuestro parecer, vamos ricos y
contentos, pues la estrecheza ordinaria de los soldados no permite mayores
tesoros.
Preguntó Roque a los peregrinos lo mesmo que a los capitanes; fuele
respondido que iban a embarcarse para pasar a Roma, y que entre entrambos
podían llevar hasta sesenta reales. Quiso saber también quién iba en el
coche, y adónde, y el dinero que llevaban; y uno de los de a caballo dijo:
— Mi señora doña Guiomar de Quiñones, mujer del regente de la Vicaría de
Nápoles, con una hija pequeña, una doncella y una dueña, son las que van en
el coche; acompañámosla seis criados, y los dineros son seiscientos
escudos.
— De modo —dijo Roque Guinart—, que ya tenemos aquí novecientos escudos y
sesenta reales; mis soldados deben de ser hasta sesenta; mírese a cómo le
cabe a cada uno, porque yo soy mal contador.
Oyendo decir esto los salteadores, levantaron la voz, diciendo:
— ¡Viva Roque Guinart muchos años, a pesar de los lladres que su perdición
procuran!
Mostraron afligirse los capitanes, entristecióse la señora regenta, y no se
holgaron nada los peregrinos, viendo la confiscación de sus bienes. Túvolos
así un rato suspensos Roque, pero no quiso que pasase adelante su tristeza,
que ya se podía conocer a tiro de arcabuz, y, volviéndose a los capitanes,
dijo:
— Vuesas mercedes, señores capitanes, por cortesía, sean servidos de
prestarme sesenta escudos, y la señora regenta ochenta, para contentar
esta escuadra que me acompaña, porque el abad, de lo que canta yanta, y
luego puédense ir su camino libre y desembarazadamente, con un salvoconduto
que yo les daré, para que, si toparen otras de algunas escuadras mías que
tengo divididas por estos contornos, no les hagan daño; que no es mi
intención de agraviar a soldados ni a mujer alguna, especialmente a las que
son principales.
Infinitas y bien dichas fueron las razones con que los capitanes
agradecieron a Roque su cortesía y liberalidad, que, por tal la tuvieron,
en dejarles su mismo dinero. La señora doña Guiomar de Quiñones se quiso
arrojar del coche para besar los pies y las manos del gran Roque, pero él
no lo consintió en ninguna manera; antes le pidió perdón del agravio que le
hacía, forzado de cumplir con las obligaciones precisas de su mal oficio.
Mandó la señora regenta a un criado suyo diese luego los ochenta escudos
que le habían repartido, y ya los capitanes habían desembolsado los
sesenta. Iban los peregrinos a dar toda su miseria, pero Roque les dijo que
se estuviesen quedos, y volviéndose a los suyos, les dijo:
— Destos escudos dos tocan a cada uno, y sobran veinte: los diez se den a
estos peregrinos, y los otros diez a este buen escudero, porque pueda decir
bien de esta aventura.
Y, trayéndole aderezo de escribir, de que siempre andaba proveído, Roque
les dio por escrito un salvoconduto para los mayorales de sus escuadras, y,
despidiéndose dellos, los dejó ir libres, y admirados de su nobleza, de su
gallarda disposición y estraño proceder, teniéndole más por un Alejandro
Magno que por ladrón conocido. Uno de los escuderos dijo en su lengua
gascona y catalana:
— Este nuestro capitán más es para frade que para bandolero: si de aquí
adelante quisiere mostrarse liberal séalo con su hacienda y no con la
nuestra.
No lo dijo tan paso el desventurado que dejase de oírlo Roque, el cual,
echando mano a la espada, le abrió la cabeza casi en dos partes,
diciéndole:
— Desta manera castigo yo a los deslenguados y atrevidos.
Pasmáronse todos, y ninguno le osó decir palabra: tanta era la obediencia
que le tenían.
Apartóse Roque a una parte y escribió una carta a un su amigo, a Barcelona,
dándole aviso como estaba consigo el famoso don Quijote de la Mancha, aquel
caballero andante de quien tantas cosas se decían; y que le hacía saber que
era el más gracioso y el más entendido hombre del mundo, y que de allí a
cuatro días, que era el de San Juan Bautista, se le pondría en mitad de la
playa de la ciudad, armado de todas sus armas, sobre Rocinante, su caballo,
y a su escudero Sancho sobre un asno, y que diese noticia desto a sus
amigos los Niarros, para que con él se solazasen; que él quisiera que
carecieran deste gusto los Cadells, sus contrarios, pero que esto era
imposible, a causa que las locuras y discreciones de don Quijote y los
donaires de su escudero Sancho Panza no podían dejar de dar gusto general a
todo el mundo. Despachó estas cartas con uno de sus escuderos, que, mudando
el traje de bandolero en el de un labrador, entró en Barcelona y la dio a
quien iba.
Capítulo LXI. De lo que le sucedió a don Quijote en la entrada de
Barcelona, con otras cosas que tienen más de lo verdadero que de lo
discreto
Tres días y tres noches estuvo don Quijote con Roque, y si estuviera
trecientos años, no le faltara qué mirar y admirar en el modo de su vida:
aquí amanecían, acullá comían; unas veces huían, sin saber de quién, y
otras esperaban, sin saber a quién. Dormían en pie, interrompiendo el
sueño, mudándose de un lugar a otro. Todo era poner espías, escuchar
centinelas, soplar las cuerdas de los arcabuces, aunque traían pocos,
porque todos se servían de pedreñales. Roque pasaba las noches apartado de
los suyos, en partes y lugares donde ellos no pudiesen saber dónde estaba;
porque los muchos bandos que el visorrey de Barcelona había echado sobre su
vida le traían inquieto y temeroso, y no se osaba fiar de ninguno, temiendo
que los mismos suyos, o le habían de matar, o entregar a la justicia: vida,
por cierto, miserable y enfadosa.
En fin, por caminos desusados, por atajos y sendas encubiertas, partieron
Roque, don Quijote y Sancho con otros seis escuderos a Barcelona. Llegaron
a su playa la víspera de San Juan en la noche, y, abrazando Roque a don
Quijote y a Sancho, a quien dio los diez escudos prometidos, que hasta
entonces no se los había dado, los dejó, con mil ofrecimientos que de la
una a la otra parte se hicieron.
Volvióse Roque; quedóse don Quijote esperando el día, así, a caballo, como
estaba, y no tardó mucho cuando comenzó a descubrirse por los balcones del
Oriente la faz de la blanca aurora, alegrando las yerbas y las flores, en
lugar de alegrar el oído; aunque al mesmo instante alegraron también el
oído el son de muchas chirimías y atabales, ruido de cascabeles, ''¡trapa,
trapa, aparta, aparta!'' de corredores, que, al parecer, de la ciudad
salían. Dio lugar la aurora al sol, que, un rostro mayor que el de una
rodela, por el más bajo horizonte, poco a poco, se iba levantando.
Tendieron don Quijote y Sancho la vista por todas partes: vieron el mar,
hasta entonces dellos no visto; parecióles espaciosísimo y largo, harto más
que las lagunas de Ruidera, que en la Mancha habían visto; vieron las
galeras que estaban en la playa, las cuales, abatiendo las tiendas, se
descubrieron llenas de flámulas y gallardetes, que tremolaban al viento y
besaban y barrían el agua; dentro sonaban clarines, trompetas y chirimías,
que cerca y lejos llenaban el aire de suaves y belicosos acentos.
Comenzaron a moverse y a hacer modo de escaramuza por las sosegadas aguas,
correspondiéndoles casi al mismo modo infinitos caballeros que de la ciudad
sobre hermosos caballos y con vistosas libreas salían. Los soldados de las
galeras disparaban infinita artillería, a quien respondían los que estaban
en las murallas y fuertes de la ciudad, y la artillería gruesa con
espantoso estruendo rompía los vientos, a quien respondían los cañones de
crujía de las galeras. El mar alegre, la tierra jocunda, el aire claro,
sólo tal vez turbio del humo de la artillería, parece que iba infundiendo y
engendrando gusto súbito en todas las gentes.
No podía imaginar Sancho cómo pudiesen tener tantos pies aquellos bultos
que por el mar se movían. En esto, llegaron corriendo, con grita, lililíes
y algazara, los de las libreas adonde don Quijote suspenso y atónito
estaba, y uno dellos, que era el avisado de Roque, dijo en alta voz a don
Quijote:
— Bien sea venido a nuestra ciudad el espejo, el farol, la estrella y el
norte de toda la caballería andante, donde más largamente se contiene. Bien
sea venido, digo, el valeroso don Quijote de la Mancha: no el falso, no el
ficticio, no el apócrifo que en falsas historias estos días nos han
mostrado, sino el verdadero, el legal y el fiel que nos describió Cide
Hamete Benengeli, flor de los historiadores.
No respondió don Quijote palabra, ni los caballeros esperaron a que la
respondiese, sino, volviéndose y revolviéndose con los demás que los
seguían, comenzaron a hacer un revuelto caracol al derredor de don Quijote;
el cual, volviéndose a Sancho, dijo:
— Éstos bien nos han conocido: yo apostaré que han leído nuestra historia y
aun la del aragonés recién impresa.
Volvió otra vez el caballero que habló a don Quijote, y díjole:
— Vuesa merced, señor don Quijote, se venga con nosotros, que todos somos
sus servidores y grandes amigos de Roque Guinart.
A lo que don Quijote respondió:
— Si cortesías engendran cortesías, la vuestra, señor caballero, es hija o
parienta muy cercana de las del gran Roque. Llevadme do quisiéredes, que yo
no tendré otra voluntad que la vuestra, y más si la queréis ocupar en
vuestro servicio.
Con palabras no menos comedidas que éstas le respondió el caballero, y,
encerrándole todos en medio, al son de las chirimías y de los atabales, se
encaminaron con él a la ciudad, al entrar de la cual, el malo, que todo lo
malo ordena, y los muchachos, que son más malos que el malo, dos dellos
traviesos y atrevidos se entraron por toda la gente, y, alzando el uno de
la cola del rucio y el otro la de Rocinante, les pusieron y encajaron
sendos manojos de aliagas. Sintieron los pobres animales las nuevas
espuelas, y, apretando las colas, aumentaron su disgusto, de manera que,
dando mil corcovos, dieron con sus dueños en tierra. Don Quijote, corrido y
afrentado, acudió a quitar el plumaje de la cola de su matalote, y Sancho,
el de su rucio. Quisieran los que guiaban a don Quijote castigar el
atrevimiento de los muchachos, y no fue posible, porque se encerraron entre
más de otros mil que los seguían.
Volvieron a subir don Quijote y Sancho; con el mismo aplauso y música
llegaron a la casa de su guía, que era grande y principal, en fin, como de
caballero rico; donde le dejaremos por agora, porque así lo quiere Cide
Hamete.
Capítulo LXII. Que trata de la aventura de la cabeza encantada, con otras
niñerías que no pueden dejar de contarse
Don Antonio Moreno se llamaba el huésped de don Quijote, caballero rico y
discreto, y amigo de holgarse a lo honesto y afable, el cual, viendo en su
casa a don Quijote, andaba buscando modos como, sin su perjuicio, sacase a
plaza sus locuras; porque no son burlas las que duelen, ni hay pasatiempos
que valgan si son con daño de tercero. Lo primero que hizo fue hacer
desarmar a don Quijote y sacarle a vistas con aquel su estrecho y acamuzado
vestido —como ya otras veces le hemos descrito y pintado— a un balcón que
salía a una calle de las más principales de la ciudad, a vista de las
gentes y de los muchachos, que como a mona le miraban. Corrieron de nuevo
delante dél los de las libreas, como si para él solo, no para alegrar aquel
festivo día, se las hubieran puesto; y Sancho estaba contentísimo, por
parecerle que se había hallado, sin saber cómo ni cómo no, otras bodas de
Camacho, otra casa como la de don Diego de Miranda y otro castillo como el
del duque.
Comieron aquel día con don Antonio algunos de sus amigos, honrando todos y
tratando a don Quijote como a caballero andante, de lo cual, hueco y
pomposo, no cabía en sí de contento. Los donaires de Sancho fueron tantos,
que de su boca andaban como colgados todos los criados de casa y todos
cuantos le oían. Estando a la mesa, dijo don Antonio a Sancho:
— Acá tenemos noticia, buen Sancho, que sois tan amigo de manjar blanco y de
albondiguillas, que, si os sobran, las guardáis en el seno para el otro
día.
— No, señor, no es así —respondió Sancho—, porque tengo más de limpio que de
goloso, y mi señor don Quijote, que está delante, sabe bien que con un puño
de bellotas, o de nueces, nos solemos pasar entrambos ocho días. Verdad es
que si tal vez me sucede que me den la vaquilla, corro con la soguilla;
quiero decir que como lo que me dan, y uso de los tiempos como los hallo; y
quienquiera que hubiere dicho que yo soy comedor aventajado y no limpio,
téngase por dicho que no acierta; y de otra manera dijera esto si no mirara
a las barbas honradas que están a la mesa.
— Por cierto —dijo don Quijote—, que la parsimonia y limpieza con que Sancho
come se puede escribir y grabar en láminas de bronce, para que quede en
memoria eterna de los siglos venideros. Verdad es que, cuando él tiene
hambre, parece algo tragón, porque come apriesa y masca a dos carrillos;
pero la limpieza siempre la tiene en su punto, y en el tiempo que fue
gobernador aprendió a comer a lo melindroso: tanto, que comía con tenedor
las uvas y aun los granos de la granada.
— ¡Cómo! —dijo don Antonio—. ¿Gobernador ha sido Sancho?
— Sí —respondió Sancho—, y de una ínsula llamada la Barataria. Diez días la
goberné a pedir de boca; en ellos perdí el sosiego, y aprendí a despreciar
todos los gobiernos del mundo; salí huyendo della, caí en una cueva, donde
me tuve por muerto, de la cual salí vivo por milagro.
Contó don Quijote por menudo todo el suceso del gobierno de Sancho, con que
dio gran gusto a los oyentes.
Levantados los manteles, y tomando don Antonio por la mano a don Quijote,
se entró con él en un apartado aposento, en el cual no había otra cosa de
adorno que una mesa, al parecer de jaspe, que sobre un pie de lo mesmo se
sostenía, sobre la cual estaba puesta, al modo de las cabezas de los
emperadores romanos, de los pechos arriba, una que semejaba ser de bronce.
Paseóse don Antonio con don Quijote por todo el aposento, rodeando muchas
veces la mesa, después de lo cual dijo:
— Agora, señor don Quijote, que estoy enterado que no nos oye y escucha
alguno, y está cerrada la puerta, quiero contar a vuestra merced una de las
más raras aventuras, o, por mejor decir, novedades que imaginarse pueden,
con condición que lo que a vuestra merced dijere lo ha de depositar en los
últimos retretes del secreto.
— Así lo juro —respondió don Quijote—, y aun le echaré una losa encima, para
más seguridad; porque quiero que sepa vuestra merced, señor don Antonio
— que ya sabía su nombre—, que está hablando con quien, aunque tiene oídos
para oír, no tiene lengua para hablar; así que, con seguridad puede vuestra
merced trasladar lo que tiene en su pecho en el mío y hacer cuenta que lo
ha arrojado en los abismos del silencio.
— En fee de esa promesa —respondió don Antonio—, quiero poner a vuestra
merced en admiración con lo que viere y oyere, y darme a mí algún alivio de
la pena que me causa no tener con quien comunicar mis secretos, que no son
para fiarse de todos.
Suspenso estaba don Quijote, esperando en qué habían de parar tantas
prevenciones. En esto, tomándole la mano don Antonio, se la paseó por la
cabeza de bronce y por toda la mesa, y por el pie de jaspe sobre que se
sostenía, y luego dijo:
— Esta cabeza, señor don Quijote, ha sido hecha y fabricada por uno de los
mayores encantadores y hechiceros que ha tenido el mundo, que creo era
polaco de nación y dicípulo del famoso Escotillo, de quien tantas
maravillas se cuentan; el cual estuvo aquí en mi casa, y por precio de mil
escudos que le di, labró esta cabeza, que tiene propiedad y virtud de
responder a cuantas cosas al oído le preguntaren. Guardó rumbos, pintó
carácteres, observó astros, miró puntos, y, finalmente, la sacó con la
perfeción que veremos mañana, porque los viernes está muda, y hoy, que lo
es, nos ha de hacer esperar hasta mañana. En este tiempo podrá vuestra
merced prevenirse de lo que querrá preguntar, que por esperiencia sé que
dice verdad en cuanto responde.
Admirado quedó don Quijote de la virtud y propiedad de la cabeza, y estuvo
por no creer a don Antonio; pero, por ver cuán poco tiempo había para hacer
la experiencia, no quiso decirle otra cosa sino que le agradecía el haberle
descubierto tan gran secreto. Salieron del aposento, cerró la puerta don
Antonio con llave, y fuéronse a la sala, donde los demás caballeros
estaban. En este tiempo les había contado Sancho muchas de las aventuras y
sucesos que a su amo habían acontecido.
Aquella tarde sacaron a pasear a don Quijote, no armado, sino de rúa,
vestido un balandrán de paño leonado, que pudiera hacer sudar en aquel
tiempo al mismo yelo. Ordenaron con sus criados que entretuviesen a Sancho
de modo que no le dejasen salir de casa. Iba don Quijote, no sobre
Rocinante, sino sobre un gran macho de paso llano, y muy bien aderezado.
Pusiéronle el balandrán, y en las espaldas, sin que lo viese, le cosieron
un pargamino, donde le escribieron con letras grandes: Éste es don Quijote
de la Mancha. En comenzando el paseo, llevaba el rétulo los ojos de cuantos
venían a verle, y como leían: Éste es don Quijote de la Mancha, admirábase
don Quijote de ver que cuantos le miraban le nombraban y conocían; y,
volviéndose a don Antonio, que iba a su lado, le dijo:
— Grande es la prerrogativa que encierra en sí la andante caballería, pues
hace conocido y famoso al que la profesa por todos los términos de la
tierra; si no, mire vuestra merced, señor don Antonio, que hasta los
muchachos desta ciudad, sin nunca haberme visto, me conocen.
— Así es, señor don Quijote —respondió don Antonio—, que, así como el fuego
no puede estar escondido y encerrado, la virtud no puede dejar de ser
conocida, y la que se alcanza por la profesión de las armas resplandece y
campea sobre todas las otras.
Acaeció, pues, que, yendo don Quijote con el aplauso que se ha dicho, un
castellano que leyó el rétulo de las espaldas, alzó la voz, diciendo:
— ¡Válgate el diablo por don Quijote de la Mancha! ¿Cómo que hasta aquí has
llegado, sin haberte muerto los infinitos palos que tienes a cuestas? Tu
eres loco, y si lo fueras a solas y dentro de las puertas de tu locura,
fuera menos mal; pero tienes propiedad de volver locos y mentecatos a
cuantos te tratan y comunican; si no, mírenlo por estos señores que te
acompañan. Vuélvete, mentecato, a tu casa, y mira por tu hacienda, por tu
mujer y tus hijos, y déjate destas vaciedades que te carcomen el seso y te
desnatan el entendimiento.
— Hermano —dijo don Antonio—, seguid vuestro camino, y no deis consejos a
quien no os los pide. El señor don Quijote de la Mancha es muy cuerdo, y
nosotros, que le acompañamos, no somos necios; la virtud se ha de honrar
dondequiera que se hallare, y andad en hora mala, y no os metáis donde no
os llaman.
— Pardiez, vuesa merced tiene razón —respondió el castellano—, que aconsejar
a este buen hombre es dar coces contra el aguijón; pero, con todo eso, me
da muy gran lástima que el buen ingenio que dicen que tiene en todas las
cosas este mentecato se le desagüe por la canal de su andante caballería; y
la enhoramala que vuesa merced dijo, sea para mí y para todos mis
descendientes si de hoy más, aunque viviese más años que Matusalén, diere
consejo a nadie, aunque me lo pida.
Apartóse el consejero; siguió adelante el paseo; pero fue tanta la priesa
que los muchachos y toda la gente tenía leyendo el rétulo, que se le hubo
de quitar don Antonio, como que le quitaba otra cosa.
Llegó la noche, volviéronse a casa; hubo sarao de damas, porque la mujer de
don Antonio, que era una señora principal y alegre, hermosa y discreta,
convidó a otras sus amigas a que viniesen a honrar a su huésped y a gustar
de sus nunca vistas locuras. Vinieron algunas, cenóse espléndidamente y
comenzóse el sarao casi a las diez de la noche. Entre las damas había dos
de gusto pícaro y burlonas, y, con ser muy honestas, eran algo
descompuestas, por dar lugar que las burlas alegrasen sin enfado. Éstas
dieron tanta priesa en sacar a danzar a don Quijote, que le molieron, no
sólo el cuerpo, pero el ánima. Era cosa de ver la figura de don Quijote,
largo, tendido, flaco, amarillo, estrecho en el vestido, desairado, y,
sobre todo, no nada ligero. Requebrábanle como a hurto las damiselas, y él,
también como a hurto, las desdeñaba; pero, viéndose apretar de requiebros,
alzó la voz y dijo:
— Fugite, partes adversae!: dejadme en mi sosiego, pensamientos mal venidos.
Allá os avenid, señoras, con vuestros deseos, que la que es reina de los
míos, la sin par Dulcinea del Toboso, no consiente que ningunos otros que
los suyos me avasallen y rindan.
Y, diciendo esto, se sentó en mitad de la sala, en el suelo, molido y
quebrantado de tan bailador ejercicio. Hizo don Antonio que le llevasen en
peso a su lecho, y el primero que asió dél fue Sancho, diciéndole:
— ¡Nora en tal, señor nuestro amo, lo habéis bailado! ¿Pensáis que todos los
valientes son danzadores y todos los andantes caballeros bailarines? Digo
que si lo pensáis, que estáis engañado; hombre hay que se atreverá a matar
a un gigante antes que hacer una cabriola. Si hubiérades de zapatear, yo
supliera vuestra falta, que zapateo como un girifalte; pero en lo del
danzar, no doy puntada.
Con estas y otras razones dio que reír Sancho a los del sarao, y dio con su
amo en la cama, arropándole para que sudase la frialdad de su baile.
Otro día le pareció a don Antonio ser bien hacer la experiencia de la
cabeza encantada, y con don Quijote, Sancho y otros dos amigos, con las dos
señoras que habían molido a don Quijote en el baile, que aquella propia
noche se habían quedado con la mujer de don Antonio, se encerró en la
estancia donde estaba la cabeza. Contóles la propiedad que tenía,
encargóles el secreto y díjoles que aquél era el primero día donde se había
de probar la virtud de la tal cabeza encantada; y si no eran los dos amigos
de don Antonio, ninguna otra persona sabía el busilis del encanto, y aun si
don Antonio no se le hubiera descubierto primero a sus amigos, también
ellos cayeran en la admiración en que los demás cayeron, sin ser posible
otra cosa: con tal traza y tal orden estaba fabricada.
El primero que se llegó al oído de la cabeza fue el mismo don Antonio, y
díjole en voz sumisa, pero no tanto que de todos no fuese entendida:
— Dime, cabeza, por la virtud que en ti se encierra: ¿qué pensamientos tengo
yo agora?
Y la cabeza le respondió, sin mover los labios, con voz clara y distinta,
de modo que fue de todos entendida, esta razón:
— Yo no juzgo de pensamientos.
Oyendo lo cual, todos quedaron atónitos, y más viendo que en todo el
aposento ni al derredor de la mesa no había persona humana que responder
pudiese.
— ¿Cuántos estamos aquí? —tornó a preguntar don Antonio.
Y fuele respondido por el propio tenor, paso:
— Estáis tú y tu mujer, con dos amigos tuyos, y dos amigas della, y un
caballero famoso llamado don Quijote de la Mancha, y un su escudero que
Sancho Panza tiene por nombre.
¡Aquí sí que fue el admirarse de nuevo, aquí sí que fue el erizarse los
cabellos a todos de puro espanto! Y, apartándose don Antonio de la cabeza,
dijo:
— Esto me basta para darme a entender que no fui engañado del que te me
vendió, ¡cabeza sabia, cabeza habladora, cabeza respondona y admirable
cabeza! Llegue otro y pregúntele lo que quisiere.
Y, como las mujeres de ordinario son presurosas y amigas de saber, la
primera que se llegó fue una de las dos amigas de la mujer de don Antonio,
y lo que le preguntó fue:
— Dime, cabeza, ¿qué haré yo para ser muy hermosa?
Y fuele respondido:
— Sé muy honesta.
— No te pregunto más —dijo la preguntanta.
Llegó luego la compañera, y dijo:
— Querría saber, cabeza, si mi marido me quiere bien, o no.
Y respondiéronle:
— Mira las obras que te hace, y echarlo has de ver.
Apartóse la casada diciendo:
— Esta respuesta no tenía necesidad de pregunta, porque, en efecto, las
obras que se hacen declaran la voluntad que tiene el que las hace.
Luego llegó uno de los dos amigos de don Antonio, y preguntóle:
— ¿Quién soy yo?
Y fuele respondido:
— Tú lo sabes.
— No te pregunto eso —respondió el caballero—, sino que me digas si me
conoces tú.
— Sí conozco —le respondieron—, que eres don Pedro Noriz.
— No quiero saber más, pues esto basta para entender, ¡oh cabeza!, que lo
sabes todo.
Y, apartándose, llegó el otro amigo y preguntóle:
— Dime, cabeza, ¿qué deseos tiene mi hijo el mayorazgo?
— Ya yo he dicho —le respondieron— que yo no juzgo de deseos, pero, con todo
eso, te sé decir que los que tu hijo tiene son de enterrarte.
— Eso es —dijo el caballero—: lo que veo por los ojos, con el dedo lo
señalo.
Y no preguntó más. Llegóse la mujer de don Antonio, y dijo:
— Yo no sé, cabeza, qué preguntarte; sólo querría saber de ti si gozaré
muchos años de buen marido.
Y respondiéronle:
— Sí gozarás, porque su salud y su templanza en el vivir prometen muchos
años de vida, la cual muchos suelen acortar por su destemplanza.
Llegóse luego don Quijote, y dijo:
— Dime tú, el que respondes: ¿fue verdad o fue sueño lo que yo cuento que me
pasó en la cueva de Montesinos? ¿Serán ciertos los azotes de Sancho mi
escudero? ¿Tendrá efeto el desencanto de Dulcinea?
— A lo de la cueva —respondieron— hay mucho que decir: de todo tiene; los
azotes de Sancho irán de espacio, el desencanto de Dulcinea llegará a
debida ejecución.
— No quiero saber más —dijo don Quijote—; que como yo vea a Dulcinea
desencantada, haré cuenta que vienen de golpe todas las venturas que
acertare a desear.
El último preguntante fue Sancho, y lo que preguntó fue:
— ¿Por ventura, cabeza, tendré otro gobierno? ¿Saldré de la estrecheza de
escudero? ¿Volveré a ver a mi mujer y a mis hijos?
A lo que le respondieron:
— Gobernarás en tu casa; y si vuelves a ella, verás a tu mujer y a tus
hijos; y, dejando de servir, dejarás de ser escudero.
— ¡Bueno, par Dios! —dijo Sancho Panza—. Esto yo me lo dijera: no dijera más
el profeta Perogrullo.
— Bestia —dijo don Quijote—, ¿qué quieres que te respondan? ¿No basta que
las respuestas que esta cabeza ha dado correspondan a lo que se le
pregunta?
— Sí basta —respondió Sancho—, pero quisiera yo que se declarara más y me
dijera más.
Con esto se acabaron las preguntas y las respuestas, pero no se acabó la
admiración en que todos quedaron, excepto los dos amigos de don Antonio,
que el caso sabían. El cual quiso Cide Hamete Benengeli declarar luego, por
no tener suspenso al mundo, creyendo que algún hechicero y extraordinario
misterio en la tal cabeza se encerraba; y así, dice que don Antonio Moreno,
a imitación de otra cabeza que vio en Madrid, fabricada por un estampero,
hizo ésta en su casa, para entretenerse y suspender a los ignorantes; y la
fábrica era de esta suerte: la tabla de la mesa era de palo, pintada y
barnizada como jaspe, y el pie sobre que se sostenía era de lo mesmo, con
cuatro garras de águila que dél salían, para mayor firmeza del peso. La
cabeza, que parecía medalla y figura de emperador romano, y de color de
bronce, estaba toda hueca, y ni más ni menos la tabla de la mesa, en que se
encajaba tan justamente, que ninguna señal de juntura se parecía. El pie de
la tabla era ansimesmo hueco, que respondía a la garganta y pechos de la
cabeza, y todo esto venía a responder a otro aposento que debajo de la
estancia de la cabeza estaba. Por todo este hueco de pie, mesa, garganta y
pechos de la medalla y figura referida se encaminaba un cañón de hoja de
lata, muy justo, que de nadie podía ser visto. En el aposento de abajo
correspondiente al de arriba se ponía el que había de responder, pegada la
boca con el mesmo cañón, de modo que, a modo de cerbatana, iba la voz de
arriba abajo y de abajo arriba, en palabras articuladas y claras; y de esta
manera no era posible conocer el embuste. Un sobrino de don Antonio,
estudiante agudo y discreto, fue el respondiente; el cual, estando avisado
de su señor tío de los que habían de entrar con él en aquel día en el
aposento de la cabeza, le fue fácil responder con presteza y puntualidad a
la primera pregunta; a las demás respondió por conjeturas, y, como
discreto, discretamente. Y dice más Cide Hamete: que hasta diez o doce días
duró esta maravillosa máquina; pero que, divulgándose por la ciudad que don
Antonio tenía en su casa una cabeza encantada, que a cuantos le preguntaban
respondía, temiendo no llegase a los oídos de las despiertas centinelas de
nuestra Fe, habiendo declarado el caso a los señores inquisidores, le
mandaron que lo deshiciese y no pasase más adelante, porque el vulgo
ignorante no se escandalizase; pero en la opinión de don Quijote y de
Sancho Panza, la cabeza quedó por encantada y por respondona, más a
satisfación de don Quijote que de Sancho.
Los caballeros de la ciudad, por complacer a don Antonio y por agasajar a
don Quijote y dar lugar a que descubriese sus sandeces, ordenaron de correr
sortija de allí a seis días; que no tuvo efecto por la ocasión que se dirá
adelante. Diole gana a don Quijote de pasear la ciudad a la llana y a pie,
temiendo que, si iba a caballo, le habían de perseguir los mochachos, y
así, él y Sancho, con otros dos criados que don Antonio le dio, salieron a
pasearse.
Sucedió, pues, que, yendo por una calle, alzó los ojos don Quijote, y vio
escrito sobre una puerta, con letras muy grandes: Aquí se imprimen libros;
de lo que se contentó mucho, porque hasta entonces no había visto emprenta
alguna, y deseaba saber cómo fuese. Entró dentro, con todo su
acompañamiento, y vio tirar en una parte, corregir en otra, componer en
ésta, enmendar en aquélla, y, finalmente, toda aquella máquina que en las
emprentas grandes se muestra. Llegábase don Quijote a un cajón y preguntaba
qué era aquéllo que allí se hacía; dábanle cuenta los oficiales, admirábase
y pasaba adelante. Llegó en otras a uno, y preguntóle qué era lo que hacía.
El oficial le respondió:
— Señor, este caballero que aquí está —y enseñóle a un hombre de muy buen
talle y parecer y de alguna gravedad— ha traducido un libro toscano en
nuestra lengua castellana, y estoyle yo componiendo, para darle a la
estampa.
— ¿Qué título tiene el libro? —preguntó don Quijote.
— A lo que el autor respondió:
— Señor, el libro, en toscano, se llama Le bagatele.
— Y ¿qué responde le bagatele en nuestro castellano? —preguntó don Quijote.
— Le bagatele —dijo el autor— es como si en castellano dijésemos los
juguetes; y, aunque este libro es en el nombre humilde, contiene y
encierra en sí cosas muy buenas y sustanciales.
— Yo —dijo don Quijote— sé algún tanto de el toscano, y me precio de cantar
algunas estancias del Ariosto. Pero dígame vuesa merced, señor mío, y no
digo esto porque quiero examinar el ingenio de vuestra merced, sino por
curiosidad no más: ¿ha hallado en su escritura alguna vez nombrar piñata?
— Sí, muchas veces —respondió el autor.
— Y ¿cómo la traduce vuestra merced en castellano? —preguntó don Quijote.
— ¿Cómo la había de traducir —replicó el autor—, sino diciendo olla?
— ¡Cuerpo de tal —dijo don Quijote—, y qué adelante está vuesa merced en el
toscano idioma! Yo apostaré una buena apuesta que adonde diga en el toscano
piache, dice vuesa merced en el castellano place; y adonde diga più, dice
más, y el su declara con arriba, y el giù con abajo.
— Sí declaro, por cierto —dijo el autor—, porque ésas son sus propias
correspondencias.
— Osaré yo jurar —dijo don Quijote— que no es vuesa merced conocido en el
mundo, enemigo siempre de premiar los floridos ingenios ni los loables
trabajos. ¡Qué de habilidades hay perdidas por ahí! ¡Qué de ingenios
arrinconados! ¡Qué de virtudes menospreciadas! Pero, con todo esto, me
parece que el traducir de una lengua en otra, como no sea de las reinas de
las lenguas, griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por
el revés, que, aunque se veen las figuras, son llenas de hilos que las
escurecen, y no se veen con la lisura y tez de la haz; y el traducir de
lenguas fáciles, ni arguye ingenio ni elocución, como no le arguye el que
traslada ni el que copia un papel de otro papel. Y no por esto quiero
inferir que no sea loable este ejercicio del traducir; porque en otras
cosas peores se podría ocupar el hombre, y que menos provecho le trujesen.
Fuera desta cuenta van los dos famosos traductores: el uno, el doctor
Cristóbal de Figueroa, en su Pastor Fido, y el otro, don Juan de Jáurigui,
en su Aminta, donde felizmente ponen en duda cuál es la tradución o cuál el
original. Pero dígame vuestra merced: este libro, ¿imprímese por su cuenta,
o tiene ya vendido el privilegio a algún librero?
— Por mi cuenta lo imprimo —respondió el autor—, y pienso ganar mil ducados,
por lo menos, con esta primera impresión, que ha de ser de dos mil cuerpos,
y se han de despachar a seis reales cada uno, en daca las pajas.
— ¡Bien está vuesa merced en la cuenta! —respondió don Quijote—. Bien parece
que no sabe las entradas y salidas de los impresores, y las
correspondencias que hay de unos a otros; yo le prometo que, cuando se vea
cargado de dos mil cuerpos de libros, vea tan molido su cuerpo, que se
espante, y más si el libro es un poco avieso y no nada picante.
— Pues, ¿qué? —dijo el autor—. ¿Quiere vuesa merced que se lo dé a un
librero, que me dé por el privilegio tres maravedís, y aún piensa que me
hace merced en dármelos? Yo no imprimo mis libros para alcanzar fama en el
mundo, que ya en él soy conocido por mis obras: provecho quiero, que sin él
no vale un cuatrín la buena fama.
— Dios le dé a vuesa merced buena manderecha —respondió don Quijote.
Y pasó adelante a otro cajón, donde vio que estaban corrigiendo un pliego
de un libro que se intitulaba Luz del alma; y,en viéndole, dijo:
— Estos tales libros, aunque hay muchos deste género, son los que se deben
imprimir, porque son muchos los pecadores que se usan, y son menester
infinitas luces para tantos desalumbrados.
Pasó adelante y vio que asimesmo estaban corrigiendo otro libro; y,
preguntando su título, le respondieron que se llamaba la Segunda parte del
Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, compuesta por un tal vecino de
Tordesillas.
— Ya yo tengo noticia deste libro —dijo don Quijote—, y en verdad y en mi
conciencia que pensé que ya estaba quemado y hecho polvos, por
impertinente; pero su San Martín se le llegará, como a cada puerco, que las
historias fingidas tanto tienen de buenas y de deleitables cuanto se llegan
a la verdad o la semejanza della, y las verdaderas tanto son mejores cuanto
son más verdaderas.
Y, diciendo esto, con muestras de algún despecho, se salió de la emprenta.
Y aquel mesmo día ordenó don Antonio de llevarle a ver las galeras que en
la playa estaban, de que Sancho se regocijó mucho, a causa que en su vida
las había visto. Avisó don Antonio al cuatralbo de las galeras como aquella
tarde había de llevar a verlas a su huésped el famoso don Quijote de la
Mancha, de quien ya el cuatralbo y todos los vecinos de la ciudad tenían
noticia; y lo que le sucedió en ellas se dirá en el siguiente capítulo.
Capítulo LXIII. De lo mal que le avino a Sancho Panza con la visita de las
galeras, y la nueva aventura de la hermosa morisca
Grandes eran los discursos que don Quijote hacía sobre la respuesta de la
encantada cabeza, sin que ninguno dellos diese en el embuste, y todos
paraban con la promesa, que él tuvo por cierto, del desencanto de Dulcinea.
Allí iba y venía, y se alegraba entre sí mismo, creyendo que había de ver
presto su cumplimiento; y Sancho, aunque aborrecía el ser gobernador, como
queda dicho, todavía deseaba volver a mandar y a ser obedecido; que esta
mala ventura trae consigo el mando, aunque sea de burlas.
En resolución, aquella tarde don Antonio Moreno, su huésped, y sus dos
amigos, con don Quijote y Sancho, fueron a las galeras. El cuatralbo, que
estaba avisado de su buena venida, por ver a los dos tan famosos Quijote y
Sancho, apenas llegaron a la marina, cuando todas las galeras abatieron
tienda, y sonaron las chirimías; arrojaron luego el esquife al agua,
cubierto de ricos tapetes y de almohadas de terciopelo carmesí, y, en
poniendo que puso los pies en él don Quijote, disparó la capitana el cañón
de crujía, y las otras galeras hicieron lo mesmo, y, al subir don Quijote
por la escala derecha, toda la chusma le saludó como es usanza cuando una
persona principal entra en la galera, diciendo: ''¡Hu, hu, hu!'' tres
veces. Diole la mano el general, que con este nombre le llamaremos, que era
un principal caballero valenciano; abrazó a don Quijote, diciéndole:
— Este día señalaré yo con piedra blanca, por ser uno de los mejores que
pienso llevar en mi vida, habiendo visto al señor don Quijote de la Mancha:
tiempo y señal que nos muestra que en él se encierra y cifra todo el valor
del andante caballería.
Con otras no menos corteses razones le respondió don Quijote, alegre
sobremanera de verse tratar tan a lo señor. Entraron todos en la popa, que
estaba muy bien aderezada, y sentáronse por los bandines, pasóse el cómitre
en crujía, y dio señal con el pito que la chusma hiciese fuera ropa, que se
hizo en un instante. Sancho, que vio tanta gente en cueros, quedó pasmado,
y más cuando vio hacer tienda con tanta priesa, que a él le pareció que
todos los diablos andaban allí trabajando; pero esto todo fueron tortas y
pan pintado para lo que ahora diré. Estaba Sancho sentado sobre el
estanterol, junto al espalder de la mano derecha, el cual ya avisado de lo
que había de hacer, asió de Sancho, y, levantándole en los brazos, toda la
chusma puesta en pie y alerta, comenzando de la derecha banda, le fue dando
y volteando sobre los brazos de la chusma de banco en banco, con tanta
priesa, que el pobre Sancho perdió la vista de los ojos, y sin duda pensó
que los mismos demonios le llevaban, y no pararon con él hasta volverle por
la siniestra banda y ponerle en la popa. Quedó el pobre molido, y jadeando,
y trasudando, sin poder imaginar qué fue lo que sucedido le había.
Don Quijote, que vio el vuelo sin alas de Sancho, preguntó al general si
eran ceremonias aquéllas que se usaban con los primeros que entraban en las
galeras; porque si acaso lo fuese, él, que no tenía intención de profesar
en ellas, no quería hacer semejantes ejercicios, y que votaba a Dios que,
si alguno llegaba a asirle para voltearle, que le había de sacar el alma a
puntillazos; y, diciendo esto, se levantó en pie y empuñó la espada.
A este instante abatieron tienda, y con grandísimo ruido dejaron caer la
entena de alto abajo. Pensó Sancho que el cielo se desencajaba de sus
quicios y venía a dar sobre su cabeza; y, agobiándola, lleno de miedo, la
puso entre las piernas. No las tuvo todas consigo don Quijote; que también
se estremeció y encogió de hombros y perdió la color del rostro. La chusma
izó la entena con la misma priesa y ruido que la habían amainado, y todo
esto, callando, como si no tuvieran voz ni aliento. Hizo señal el cómitre
que zarpasen el ferro, y, saltando en mitad de la crujía con el corbacho o
rebenque, comenzó a mosquear las espaldas de la chusma, y a largarse poco a
poco a la mar. Cuando Sancho vio a una moverse tantos pies colorados, que
tales pensó él que eran los remos, dijo entre sí:
— Éstas sí son verdaderamente cosas encantadas, y no las que mi amo dice.
¿Qué han hecho estos desdichados, que ansí los azotan, y cómo este hombre
solo, que anda por aquí silbando, tiene atrevimiento para azotar a tanta
gente? Ahora yo digo que éste es infierno, o, por lo menos, el purgatorio.
Don Quijote, que vio la atención con que Sancho miraba lo que pasaba, le
dijo:
— ¡Ah Sancho amigo, y con qué brevedad y cuán a poca costa os podíades vos,
si quisiésedes, desnudar de medio cuerpo arriba, y poneros entre estos
señores, y acabar con el desencanto de Dulcinea! Pues con la miseria y pena
de tantos, no sentiríades vos mucho la vuestra; y más, que podría ser que
el sabio Merlín tomase en cuenta cada azote déstos, por ser dados de buena
mano, por diez de los que vos finalmente os habéis de dar.
Preguntar quería el general qué azotes eran aquéllos, o qué desencanto de
Dulcinea, cuando dijo el marinero:
— Señal hace Monjuí de que hay bajel de remos en la costa por la banda del
poniente.
Esto oído, saltó el general en la crujía, y dijo:
— ¡Ea hijos, no se nos vaya! Algún bergantín de cosarios de Argel debe de
ser éste que la atalaya nos señala.
Llegáronse luego las otras tres galeras a la capitana, a saber lo que se
les ordenaba. Mandó el general que las dos saliesen a la mar, y él con la
otra iría tierra a tierra, porque ansí el bajel no se les escaparía. Apretó
la chusma los remos, impeliendo las galeras con tanta furia, que parecía
que volaban. Las que salieron a la mar, a obra de dos millas descubrieron
un bajel, que con la vista le marcaron por de hasta catorce o quince
bancos, y así era la verdad; el cual bajel, cuando descubrió las galeras,
se puso en caza, con intención y esperanza de escaparse por su ligereza;
pero avínole mal, porque la galera capitana era de los más ligeros bajeles
que en la mar navegaban, y así le fue entrando, que claramente los del
bergantín conocieron que no podían escaparse; y así, el arráez quisiera que
dejaran los remos y se entregaran, por no irritar a enojo al capitán que
nuestras galeras regía. Pero la suerte, que de otra manera lo guiaba,
ordenó que, ya que la capitana llegaba tan cerca que podían los del bajel
oír las voces que desde ella les decían que se rindiesen, dos toraquís, que
es como decir dos turcos borrachos, que en el bergantín venían con estos
doce, dispararon dos escopetas, con que dieron muerte a dos soldados que
sobre nuestras arrumbadas venían. Viendo lo cual, juró el general de no
dejar con vida a todos cuantos en el bajel tomase, y, llegando a embestir
con toda furia, se le escapó por debajo de la palamenta. Pasó la galera
adelante un buen trecho; los del bajel se vieron perdidos, hicieron vela en
tanto que la galera volvía, y de nuevo, a vela y a remo, se pusieron en
caza; pero no les aprovechó su diligencia tanto como les dañó su
atrevimiento, porque, alcanzándoles la capitana a poco más de media milla,
les echó la palamenta encima y los cogió vivos a todos.
Llegaron en esto las otras dos galeras, y todas cuatro con la presa
volvieron a la playa, donde infinita gente los estaba esperando, deseosos
de ver lo que traían. Dio fondo el general cerca de tierra, y conoció que
estaba en la marina el virrey de la ciudad. Mandó echar el esquife para
traerle, y mandó amainar la entena para ahorcar luego luego al arráez y a
los demás turcos que en el bajel había cogido, que serían hasta treinta y
seis personas, todos gallardos, y los más, escopeteros turcos. Preguntó el
general quién era el arráez del bergantín y fuele respondido por uno de los
cautivos, en lengua castellana, que después pareció ser renegado español:
— Este mancebo, señor, que aquí vees es nuestro arráez.
Y mostróle uno de los más bellos y gallardos mozos que pudiera pintar la
humana imaginación. La edad, al parecer, no llegaba a veinte años.
Preguntóle el general:
— Dime, mal aconsejado perro, ¿quién te movió a matarme mis soldados, pues
veías ser imposible el escaparte? ¿Ese respeto se guarda a las capitanas?
¿No sabes tú que no es valentía la temeridad? Las esperanzas dudosas han de
hacer a los hombres atrevidos, pero no temerarios.
Responder quería el arráez; pero no pudo el general, por entonces, oír la
respuesta, por acudir a recebir al virrey, que ya entraba en la galera, con
el cual entraron algunos de sus criados y algunas personas del pueblo.
— ¡Buena ha estado la caza, señor general! —dijo el virrey.
— Y tan buena —respondió el general— cual la verá Vuestra Excelencia agora
colgada de esta entena.
— ¿Cómo ansí? —replicó el virrey.
— Porque me han muerto —respondió el general—, contra toda ley y contra toda
razón y usanza de guerra, dos soldados de los mejores que en estas galeras
venían, y yo he jurado de ahorcar a cuantos he cautivado, principalmente a
este mozo, que es el arráez del bergantín.
Y enseñóle al que ya tenía atadas las manos y echado el cordel a la
garganta, esperando la muerte.
Miróle el virrey, y, viéndole tan hermoso, y tan gallardo, y tan humilde,
dándole en aquel instante una carta de recomendación su hermosura, le vino
deseo de escusar su muerte; y así, le preguntó:
— Dime, arráez, ¿eres turco de nación, o moro, o renegado?
A lo cual el mozo respondió, en lengua asimesmo castellana:
— Ni soy turco de nación, ni moro, ni renegado.
— Pues, ¿qué eres? —replicó el virrey.
— Mujer cristiana —respondió el mancebo.
— ¿Mujer y cristiana, y en tal traje y en tales pasos? Más es cosa para
admirarla que para creerla.
— Suspended —dijo el mozo—, ¡oh señores!, la ejecución de mi muerte, que no
se perderá mucho en que se dilate vuestra venganza en tanto que yo os
cuente mi vida.
¿Quién fuera el de corazón tan duro que con estas razones no se ablandara,
o, a lo menos, hasta oír las que el triste y lastimado mancebo decir
quería? El general le dijo que dijese lo que quisiese, pero que no esperase
alcanzar perdón de su conocida culpa. Con esta licencia, el mozo comenzó a
decir desta manera:
— «De aquella nación más desdichada que prudente, sobre quien ha llovido
estos días un mar de desgracias, nací yo, de moriscos padres engendrada. En
la corriente de su desventura fui yo por dos tíos míos llevada a Berbería,
sin que me aprovechase decir que era cristiana, como, en efecto, lo soy, y
no de las fingidas ni aparentes, sino de las verdaderas y católicas. No me
valió, con los que tenían a cargo nuestro miserable destierro, decir esta
verdad, ni mis tíos quisieron creerla; antes la tuvieron por mentira y por
invención para quedarme en la tierra donde había nacido, y así, por fuerza
más que por grado, me trujeron consigo. Tuve una madre cristiana y un padre
discreto y cristiano, ni más ni menos; mamé la fe católica en la leche;
criéme con buenas costumbres; ni en la lengua ni en ellas jamás, a mi
parecer, di señales de ser morisca. Al par y al paso destas virtudes, que
yo creo que lo son, creció mi hermosura, si es que tengo alguna; y, aunque
mi recato y mi encerramiento fue mucho, no debió de ser tanto que no
tuviese lugar de verme un mancebo caballero, llamado don Gaspar Gregorio,
hijo mayorazgo de un caballero que junto a nuestro lugar otro suyo tiene.
Cómo me vio, cómo nos hablamos, cómo se vio perdido por mí y cómo yo no muy
ganada por él, sería largo de contar, y más en tiempo que estoy temiendo
que, entre la lengua y la garganta, se ha de atravesar el riguroso cordel
que me amenaza; y así, sólo diré cómo en nuestro destierro quiso
acompañarme don Gregorio. Mezclóse con los moriscos que de otros lugares
salieron, porque sabía muy bien la lengua, y en el viaje se hizo amigo de
dos tíos míos que consigo me traían; porque mi padre, prudente y prevenido,
así como oyó el primer bando de nuestro destierro, se salió del lugar y se
fue a buscar alguno en los reinos estraños que nos acogiese. Dejó
encerradas y enterradas, en una parte de quien yo sola tengo noticia,
muchas perlas y piedras de gran valor, con algunos dineros en cruzados y
doblones de oro. Mandóme que no tocase al tesoro que dejaba en ninguna
manera, si acaso antes que él volviese nos desterraban. Hícelo así, y con
mis tíos, como tengo dicho, y otros parientes y allegados pasamos a
Berbería; y el lugar donde hicimos asiento fue en Argel, como si le
hiciéramos en el mismo infierno. Tuvo noticia el rey de mi hermosura, y la
fama se la dio de mis riquezas, que, en parte, fue ventura mía. Llamóme
ante sí, preguntóme de qué parte de España era y qué dineros y qué joyas
traía. Díjele el lugar, y que las joyas y dineros quedaban en él
enterrados, pero que con facilidad se podrían cobrar si yo misma volviese
por ellos. Todo esto le dije, temerosa de que no le cegase mi hermosura,
sino su codicia. Estando conmigo en estas pláticas, le llegaron a decir
cómo venía conmigo uno de los más gallardos y hermosos mancebos que se
podía imaginar. Luego entendí que lo decían por don Gaspar Gregorio, cuya
belleza se deja atrás las mayores que encarecer se pueden. Turbéme,
considerando el peligro que don Gregorio corría, porque entre aquellos
bárbaros turcos en más se tiene y estima un mochacho o mancebo hermoso que
una mujer, por bellísima que sea. Mandó luego el rey que se le trujesen
allí delante para verle, y preguntóme si era verdad lo que de aquel mozo le
decían. Entonces yo, casi como prevenida del cielo, le dije que sí era;
pero que le hacía saber que no era varón, sino mujer como yo, y que le
suplicaba me la dejase ir a vestir en su natural traje, para que de todo en
todo mostrase su belleza y con menos empacho pareciese ante su presencia.
Díjome que fuese en buena hora, y que otro día hablaríamos en el modo que
se podía tener para que yo volviese a España a sacar el escondido tesoro.
Hablé con don Gaspar, contéle el peligro que corría el mostrar ser hombre;
vestíle de mora, y aquella mesma tarde le truje a la presencia del rey, el
cual, en viéndole, quedó admirado y hizo disignio de guardarla para hacer
presente della al Gran Señor; y, por huir del peligro que en el serrallo de
sus mujeres podía tener y temer de sí mismo, la mandó poner en casa de unas
principales moras que la guardasen y la sirviesen, adonde le llevaron
luego. Lo que los dos sentimos (que no puedo negar que no le quiero) se
deje a la consideración de los que se apartan si bien se quieren. Dio luego
traza el rey de que yo volviese a España en este bergantín y que me
acompañasen dos turcos de nación, que fueron los que mataron vuestros
soldados. Vino también conmigo este renegado español —señalando al que
había hablado primero—, del cual sé yo bien que es cristiano encubierto y
que viene con más deseo de quedarse en España que de volver a Berbería; la
demás chusma del bergantín son moros y turcos, que no sirven de más que de
bogar al remo. Los dos turcos, codiciosos e insolentes, sin guardar el
orden que traíamos de que a mí y a este renegado en la primer parte de
España, en hábito de cristianos, de que venimos proveídos, nos echasen en
tierra, primero quisieron barrer esta costa y hacer alguna presa, si
pudiesen, temiendo que si primero nos echaban en tierra, por algún acidente
que a los dos nos sucediese, podríamos descubrir que quedaba el bergantín
en la mar, y si acaso hubiese galeras por esta costa, los tomasen. Anoche
descubrimos esta playa, y, sin tener noticia destas cuatro galeras,
fuimos descubiertos, y nos ha sucedido lo que habéis visto. En resolución:
don Gregorio queda en hábito de mujer entre mujeres, con manifiesto peligro
de perderse, y yo me veo atadas las manos, esperando, o, por mejor decir,
temiendo perder la vida, que ya me cansa.» Éste es, señores, el fin de mi
lamentable historia, tan verdadera como desdichada; lo que os ruego es que
me dejéis morir como cristiana, pues, como ya he dicho, en ninguna cosa he
sido culpante de la culpa en que los de mi nación han caído.
Y luego calló, preñados los ojos de tiernas lágrimas, a quien acompañaron
muchas de los que presentes estaban. El virrey, tierno y compasivo, sin
hablarle palabra, se llegó a ella y le quitó con sus manos el cordel que
las hermosas de la mora ligaba.
En tanto, pues, que la morisca cristiana su peregrina historia trataba,
tuvo clavados los ojos en ella un anciano peregrino que entró en la galera
cuando entró el virrey; y, apenas dio fin a su plática la morisca, cuando
él se arrojó a sus pies, y, abrazado dellos, con interrumpidas palabras de
mil sollozos y suspiros, le dijo:
— ¡Oh Ana Félix, desdichada hija mía! Yo soy tu padre Ricote, que volvía a
buscarte por no poder vivir sin ti, que eres mi alma.
A cuyas palabras abrió los ojos Sancho, y alzó la cabeza (que inclinada
tenía, pensando en la desgracia de su paseo), y, mirando al peregrino,
conoció ser el mismo Ricote que topó el día que salió de su gobierno, y
confirmóse que aquélla era su hija, la cual, ya desatada, abrazó a su
padre, mezclando sus lágrimas con las suyas; el cual dijo al general y al
virrey:
— Ésta, señores, es mi hija, más desdichada en sus sucesos que en su nombre.
Ana Félix se llama, con el sobrenombre de Ricote, famosa tanto por su
hermosura como por mi riqueza. Yo salí de mi patria a buscar en reinos
estraños quien nos albergase y recogiese, y, habiéndole hallado en
Alemania, volví en este hábito de peregrino, en compañía de otros alemanes,
a buscar mi hija y a desenterrar muchas riquezas que dejé escondidas. No
hallé a mi hija; hallé el tesoro, que conmigo traigo, y agora, por el
estraño rodeo que habéis visto, he hallado el tesoro que más me enriquece,
que es a mi querida hija. Si nuestra poca culpa y sus lágrimas y las mías,
por la integridad de vuestra justicia, pueden abrir puertas a la
misericordia, usadla con nosotros, que jamás tuvimos pensamiento de
ofenderos, ni convenimos en ningún modo con la intención de los nuestros,
que justamente han sido desterrados.
Entonces dijo Sancho:
— Bien conozco a Ricote, y sé que es verdad lo que dice en cuanto a ser Ana
Félix su hija; que en esotras zarandajas de ir y venir, tener buena o mala
intención, no me entremeto.
Admirados del estraño caso todos los presentes, el general dijo:
— Una por una vuestras lágrimas no me dejarán cumplir mi juramento: vivid,
hermosa Ana Félix, los años de vida que os tiene determinados el cielo, y
lleven la pena de su culpa los insolentes y atrevidos que la cometieron.
Y mandó luego ahorcar de la entena a los dos turcos que a sus dos soldados
habían muerto; pero el virrey le pidió encarecidamente no los ahorcase,
pues más locura que valentía había sido la suya. Hizo el general lo que el
virrey le pedía, porque no se ejecutan bien las venganzas a sangre helada.
Procuraron luego dar traza de sacar a don Gaspar Gregorio del peligro en
que quedaba. Ofreció Ricote para ello más de dos mil ducados que en perlas
y en joyas tenía. Diéronse muchos medios, pero ninguno fue tal como el que
dio el renegado español que se ha dicho, el cual se ofreció de volver a
Argel en algún barco pequeño, de hasta seis bancos, armado de remeros
cristianos, porque él sabía dónde, cómo y cuándo podía y debía desembarcar,
y asimismo no ignoraba la casa donde don Gaspar quedaba. Dudaron el general
y el virrey el fiarse del renegado, ni confiar de los cristianos que habían
de bogar el remo; fióle Ana Félix, y Ricote, su padre, dijo que salía a dar
el rescate de los cristianos, si acaso se perdiesen.
Firmados, pues, en este parecer, se desembarcó el virrey, y don Antonio
Moreno se llevó consigo a la morisca y a su padre, encargándole el virrey
que los regalase y acariciase cuanto le fuese posible; que de su parte le
ofrecía lo que en su casa hubiese para su regalo. Tanta fue la benevolencia
y caridad que la hermosura de Ana Félix infundió en su pecho.
Capítulo LXIV. Que trata de la aventura que más pesadumbre dio a don
Quijote de cuantas hasta entonces le habían sucedido
La mujer de don Antonio Moreno cuenta la historia que recibió grandísimo
contento de ver a Ana Félix en su casa. Recibióla con mucho agrado, así
enamorada de su belleza como de su discreción, porque en lo uno y en lo
otro era estremada la morisca, y toda la gente de la ciudad, como a campana
tañida, venían a verla.
Dijo don Quijote a don Antonio que el parecer que habían tomado en la
libertad de don Gregorio no era bueno, porque tenía más de peligroso que de
conveniente, y que sería mejor que le pusiesen a él en Berbería con sus
armas y caballo; que él le sacaría a pesar de toda la morisma, como había
hecho don Gaiferos a su esposa Melisendra.
— Advierta vuesa merced —dijo Sancho, oyendo esto— que el señor don Gaiferos
sacó a sus esposa de tierra firme y la llevó a Francia por tierra firme;
pero aquí, si acaso sacamos a don Gregorio, no tenemos por dónde traerle a
España, pues está la mar en medio.
— Para todo hay remedio, si no es para la muerte —respondió don Quijote—;
pues, llegando el barco a la marina, nos podremos embarcar en él, aunque
todo el mundo lo impida.
— Muy bien lo pinta y facilita vuestra merced —dijo Sancho—, pero del dicho
al hecho hay gran trecho, y yo me atengo al renegado, que me parece muy
hombre de bien y de muy buenas entrañas.
Don Antonio dijo que si el renegado no saliese bien del caso, se tomaría el
espediente de que el gran don Quijote pasase en Berbería.
De allí a dos días partió el renegado en un ligero barco de seis remos por
banda, armado de valentísima chusma; y de allí a otros dos se partieron las
galeras a Levante, habiendo pedido el general al visorrey fuese servido de
avisarle de lo que sucediese en la libertad de don Gregorio y en el caso de
Ana Félix; quedó el visorrey de hacerlo así como se lo pedía.
Y una mañana, saliendo don Quijote a pasearse por la playa armado de todas
sus armas, porque, como muchas veces decía, ellas eran sus arreos, y su
descanso el pelear, y no se hallaba sin ellas un punto, vio venir hacía él
un caballero, armado asimismo de punta en blanco, que en el escudo traía
pintada una luna resplandeciente; el cual, llegándose a trecho que podía
ser oído, en altas voces, encaminando sus razones a don Quijote, dijo:
— Insigne caballero y jamás como se debe alabado don Quijote de la Mancha,
yo soy el Caballero de la Blanca Luna, cuyas inauditas hazañas quizá te le
habrán traído a la memoria. Vengo a contender contigo y a probar la fuerza
de tus brazos, en razón de hacerte conocer y confesar que mi dama, sea
quien fuere, es sin comparación más hermosa que tu Dulcinea del Toboso; la
cual verdad si tú la confiesas de llano en llano, escusarás tu muerte y el
trabajo que yo he de tomar en dártela; y si tú peleares y yo te venciere,
no quiero otra satisfación sino que, dejando las armas y absteniéndote de
buscar aventuras, te recojas y retires a tu lugar por tiempo de un año,
donde has de vivir sin echar mano a la espada, en paz tranquila y en
provechoso sosiego, porque así conviene al aumento de tu hacienda y a la
salvación de tu alma; y si tú me vencieres, quedará a tu discreción mi
cabeza, y serán tuyos los despojos de mis armas y caballo, y pasará a la
tuya la fama de mis hazañas. Mira lo que te está mejor, y respóndeme luego,
porque hoy todo el día traigo de término para despachar este negocio.
Don Quijote quedó suspenso y atónito, así de la arrogancia del Caballero de
la Blanca Luna como de la causa por que le desafiaba; y con reposo y ademán
severo le respondió:
— Caballero de la Blanca Luna, cuyas hazañas hasta agora no han llegado a mi
noticia, yo osaré jurar que jamás habéis visto a la ilustre Dulcinea; que
si visto la hubiérades, yo sé que procurárades no poneros en esta demanda,
porque su vista os desengañara de que no ha habido ni puede haber belleza
que con la suya comparar se pueda; y así, no diciéndoos que mentís, sino
que no acertáis en lo propuesto, con las condiciones que habéis referido,
aceto vuestro desafío, y luego, porque no se pase el día que traéis
determinado; y sólo exceto de las condiciones la de que se pase a mí la
fama de vuestras hazañas, porque no sé cuáles ni qué tales sean: con las
mías me contento, tales cuales ellas son. Tomad, pues, la parte del campo
que quisiéredes, que yo haré lo mesmo, y a quien Dios se la diere, San
Pedro se la bendiga.
Habían descubierto de la ciudad al Caballero de la Blanca Luna, y díchoselo
al visorrey que estaba hablando con don Quijote de la Mancha. El visorrey,
creyendo sería alguna nueva aventura fabricada por don Antonio Moreno, o
por otro algún caballero de la ciudad, salió luego a la playa con don
Antonio y con otros muchos caballeros que le acompañaban, a tiempo cuando
don Quijote volvía las riendas a Rocinante para tomar del campo lo
necesario.
Viendo, pues, el visorrey que daban los dos señales de volverse a
encontrar, se puso en medio, preguntándoles qué era la causa que les movía
a hacer tan de improviso batalla. El Caballero de la Blanca Luna respondió
que era precedencia de hermosura, y en breves razones le dijo las mismas
que había dicho a don Quijote, con la acetación de las condiciones del
desafío hechas por entrambas partes. Llegóse el visorrey a don Antonio, y
preguntóle paso si sabía quién era el tal Caballero de la Blanca Luna, o si
era alguna burla que querían hacer a don Quijote. Don Antonio le respondió
que ni sabía quién era, ni si era de burlas ni de veras el tal desafío.
Esta respuesta tuvo perplejo al visorrey en si les dejaría o no pasar
adelante en la batalla; pero, no pudiéndose persuadir a que fuese sino
burla, se apartó diciendo:
— Señores caballeros, si aquí no hay otro remedio sino confesar o morir, y
el señor don Quijote está en sus trece y vuestra merced el de la Blanca
Luna en sus catorce, a la mano de Dios, y dense.
Agradeció el de la Blanca Luna con corteses y discretas razones al visorrey
la licencia que se les daba, y don Quijote hizo lo mesmo; el cual,
encomendándose al cielo de todo corazón y a su Dulcinea —como tenía de
costumbre al comenzar de las batallas que se le ofrecían—, tornó a tomar
otro poco más del campo, porque vio que su contrario hacía lo mesmo, y, sin
tocar trompeta ni otro instrumento bélico que les diese señal de arremeter,
volvieron entrambos a un mesmo punto las riendas a sus caballos; y, como
era más ligero el de la Blanca Luna, llegó a don Quijote a dos tercios
andados de la carrera, y allí le encontró con tan poderosa fuerza, sin
tocarle con la lanza (que la levantó, al parecer, de propósito), que dio
con Rocinante y con don Quijote por el suelo una peligrosa caída. Fue luego
sobre él, y, poniéndole la lanza sobre la visera, le dijo:
— Vencido sois, caballero, y aun muerto, si no confesáis las condiciones de
nuestro desafío.
Don Quijote, molido y aturdido, sin alzarse la visera, como si hablara
dentro de una tumba, con voz debilitada y enferma, dijo:
— Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más
desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude
esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza, y quítame la vida, pues me has
quitado la honra.
— Eso no haré yo, por cierto —dijo el de la Blanca Luna—: viva, viva en su
entereza la fama de la hermosura de la señora Dulcinea del Toboso, que sólo
me contento con que el gran don Quijote se retire a su lugar un año, o
hasta el tiempo que por mí le fuere mandado, como concertamos antes de
entrar en esta batalla.
Todo esto oyeron el visorrey y don Antonio, con otros muchos que allí
estaban, y oyeron asimismo que don Quijote respondió que como no le pidiese
cosa que fuese en perjuicio de Dulcinea, todo lo demás cumpliría como
caballero puntual y verdadero.
Hecha esta confesión, volvió las riendas el de la Blanca Luna, y, haciendo
mesura con la cabeza al visorrey, a medio galope se entró en la ciudad.
Mandó el visorrey a don Antonio que fuese tras él, y que en todas maneras
supiese quién era. Levantaron a don Quijote, descubriéronle el rostro y
halláronle sin color y trasudando. Rocinante, de puro malparado, no se pudo
mover por entonces. Sancho, todo triste, todo apesarado, no sabía qué
decirse ni qué hacerse: parecíale que todo aquel suceso pasaba en sueños y
que toda aquella máquina era cosa de encantamento. Veía a su señor rendido
y obligado a no tomar armas en un año; imaginaba la luz de la gloria de sus
hazañas escurecida, las esperanzas de sus nuevas promesas deshechas, como
se deshace el humo con el viento. Temía si quedaría o no contrecho
Rocinante, o deslocado su amo; que no fuera poca ventura si deslocado
quedara. Finalmente, con una silla de manos, que mandó traer el visorrey,
le llevaron a la ciudad, y el visorrey se volvió también a ella, con deseo
de saber quién fuese el Caballero de la Blanca Luna, que de tan mal talante
había dejado a don Quijote.
Capítulo LXV. Donde se da noticia quién era el de la Blanca Luna, con la
libertad de Don Gregorio, y de otros sucesos
Siguió don Antonio Moreno al Caballero de la Blanca Luna, y siguiéronle
también, y aun persiguiéronle, muchos muchachos, hasta que le cerraron en
un mesón dentro de la ciudad. Entró el don Antonio con deseo de conocerle;
salió un escudero a recebirle y a desarmarle; encerróse en una sala baja, y
con él don Antonio, que no se le cocía el pan hasta saber quién fuese.
Viendo, pues, el de la Blanca Luna que aquel caballero no le dejaba, le
dijo:
— Bien sé, señor, a lo que venís, que es a saber quién soy; y, porque no hay
para qué negároslo, en tanto que este mi criado me desarma os lo diré, sin
faltar un punto a la verdad del caso. Sabed, señor, que a mí me llaman el
bachiller Sansón Carrasco; soy del mesmo lugar de don Quijote de la Mancha,
cuya locura y sandez mueve a que le tengamos lástima todos cuantos le
conocemos, y entre los que más se la han tenido he sido yo; y, creyendo que
está su salud en su reposo y en que se esté en su tierra y en su casa, di
traza para hacerle estar en ella; y así, habrá tres meses que le salí al
camino como caballero andante, llamándome el Caballero de los Espejos, con
intención de pelear con él y vencerle, sin hacerle daño, poniendo por
condición de nuestra pelea que el vencido quedase a discreción del
vencedor; y lo que yo pensaba pedirle, porque ya le juzgaba por vencido,
era que se volviese a su lugar y que no saliese dél en todo un año, en el
cual tiempo podría ser curado; pero la suerte lo ordenó de otra manera,
porque él me venció a mí y me derribó del caballo, y así, no tuvo efecto mi
pensamiento: él prosiguió su camino, y yo me volví, vencido, corrido y
molido de la caída, que fue además peligrosa; pero no por esto se me quitó
el deseo de volver a buscarle y a vencerle, como hoy se ha visto. Y como él
es tan puntual en guardar las órdenes de la andante caballería, sin duda
alguna guardará la que le he dado, en cumplimiento de su palabra. Esto es,
señor, lo que pasa, sin que tenga que deciros otra cosa alguna; suplícoos
no me descubráis ni le digáis a don Quijote quién soy, porque tengan efecto
los buenos pensamientos míos y vuelva a cobrar su juicio un hombre que le
tiene bonísimo, como le dejen las sandeces de la caballería.
— ¡Oh señor —dijo don Antonio—, Dios os perdone el agravio que habéis hecho
a todo el mundo en querer volver cuerdo al más gracioso loco que hay en él!
¿No veis, señor, que no podrá llegar el provecho que cause la cordura de
don Quijote a lo que llega el gusto que da con sus desvaríos? Pero yo
imagino que toda la industria del señor bachiller no ha de ser parte para
volver cuerdo a un hombre tan rematadamente loco; y si no fuese contra
caridad, diría que nunca sane don Quijote, porque con su salud, no
solamente perdemos sus gracias, sino las de Sancho Panza, su escudero, que
cualquiera dellas puede volver a alegrar a la misma melancolía. Con todo
esto, callaré, y no le diré nada, por ver si salgo verdadero en sospechar
que no ha de tener efecto la diligencia hecha por el señor Carrasco.
El cual respondió que ya una por una estaba en buen punto aquel negocio, de
quien esperaba feliz suceso. Y, habiéndose ofrecido don Antonio de hacer lo
que más le mandase, se despidió dél; y, hecho liar sus armas sobre un
macho, luego al mismo punto, sobre el caballo con que entró en la batalla,
se salió de la ciudad aquel mismo día y se volvió a su patria, sin
sucederle cosa que obligue a contarla en esta verdadera historia.
Contó don Antonio al visorrey todo lo que Carrasco le había contado, de lo
que el visorrey no recibió mucho gusto, porque en el recogimiento de don
Quijote se perdía el que podían tener todos aquellos que de sus locuras
tuviesen noticia.
Seis días estuvo don Quijote en el lecho, marrido, triste, pensativo y mal
acondicionado, yendo y viniendo con la imaginación en el desdichado suceso
de su vencimiento. Consolábale Sancho, y, entre otras razones, le dijo:
— Señor mío, alce vuestra merced la cabeza y alégrese, si puede, y dé
gracias al cielo que, ya que le derribó en la tierra, no salió con alguna
costilla quebrada; y, pues sabe que donde las dan las toman, y que no
siempre hay tocinos donde hay estacas, dé una higa al médico, pues no le ha
menester para que le cure en esta enfermedad: volvámonos a nuestra casa y
dejémonos de andar buscando aventuras por tierras y lugares que no sabemos;
y, si bien se considera, yo soy aquí el más perdidoso, aunque es vuestra
merced el más mal parado. Yo, que dejé con el gobierno los deseos de ser
más gobernador, no dejé la gana de ser conde, que jamás tendrá efecto si
vuesa merced deja de ser rey, dejando el ejercicio de su caballería; y así,
vienen a volverse en humo mis esperanzas.
— Calla, Sancho, pues ves que mi reclusión y retirada no ha de pasar de un
año; que luego volveré a mis honrados ejercicios, y no me ha de faltar
reino que gane y algún condado que darte.
— Dios lo oiga —dijo Sancho—, y el pecado sea sordo, que siempre he oído
decir que más vale buena esperanza que ruin posesión.
En esto estaban cuando entró don Antonio, diciendo con muestras de
grandísimo contento:
— ¡Albricias, señor don Quijote, que don Gregorio y el renegado que fue por
él está en la playa! ¿Qué digo en la playa? Ya está en casa del visorrey, y
será aquí al momento.
Alegróse algún tanto don Quijote, y dijo:
— En verdad que estoy por decir que me holgara que hubiera sucedido todo al
revés, porque me obligara a pasar en Berbería, donde con la fuerza de mi
brazo diera libertad no sólo a don Gregorio, sino a cuantos cristianos
cautivos hay en Berbería. Pero, ¿qué digo, miserable? ¿No soy yo el
vencido? ¿No soy yo el derribado? ¿No soy yo el que no puede tomar arma en
un año? Pues, ¿qué prometo? ¿De qué me alabo, si antes me conviene usar de
la rueca que de la espada?
— Déjese deso, señor —dijo Sancho—: viva la gallina, aunque con su pepita,
que hoy por ti y mañana por mí; y en estas cosas de encuentros y porrazos
no hay tomarles tiento alguno, pues el que hoy cae puede levantarse
mañana, si no es que se quiere estar en la cama; quiero decir que se deje
desmayar, sin cobrar nuevos bríos para nuevas pendencias. Y levántese
vuestra merced agora para recebir a don Gregorio, que me parece que anda la
gente alborotada, y ya debe de estar en casa.
Y así era la verdad; porque, habiendo ya dado cuenta don Gregorio y el
renegado al visorrey de su ida y vuelta, deseoso don Gregorio de ver a Ana
Félix, vino con el renegado a casa de don Antonio; y, aunque don Gregorio,
cuando le sacaron de Argel, fue con hábitos de mujer, en el barco los trocó
por los de un cautivo que salió consigo; pero en cualquiera que viniera,
mostrara ser persona para ser codiciada, servida y estimada, porque era
hermoso sobremanera, y la edad, al parecer, de diez y siete o diez y ocho
años. Ricote y su hija salieron a recebirle: el padre con lágrimas y la
hija con honestidad. No se abrazaron unos a otros, porque donde hay mucho
amor no suele haber demasiada desenvoltura. Las dos bellezas juntas de don
Gregorio y Ana Félix admiraron en particular a todos juntos los que
presentes estaban. El silencio fue allí el que habló por los dos amantes, y
los ojos fueron las lenguas que descubrieron sus alegres y honestos
pensamientos.
Contó el renegado la industria y medio que tuvo para sacar a don Gregorio;
contó don Gregorio los peligros y aprietos en que se había visto con las
mujeres con quien había quedado, no con largo razonamiento, sino con breves
palabras, donde mostró que su discreción se adelantaba a sus años.
Finalmente, Ricote pagó y satisfizo liberalmente así al renegado como a los
que habían bogado al remo. Reincorporóse y redújose el renegado con la
Iglesia, y, de miembro podrido, volvió limpio y sano con la penitencia y el
arrepentimiento.
De allí a dos días trató el visorrey con don Antonio qué modo tendrían para
que Ana Félix y su padre quedasen en España, pareciéndoles no ser de
inconveniente alguno que quedasen en ella hija tan cristiana y padre, al
parecer, tan bien intencionado. Don Antonio se ofreció venir a la corte a
negociarlo, donde había de venir forzosamente a otros negocios, dando a
entender que en ella, por medio del favor y de las dádivas, muchas cosas
dificultosas se acaban.
— No —dijo Ricote, que se halló presente a esta plática— hay que esperar en
favores ni en dádivas, porque con el gran don Bernardino de Velasco, conde
de Salazar, a quien dio Su Majestad cargo de nuestra expulsión, no valen
ruegos, no promesas, no dádivas, no lástimas; porque, aunque es verdad que
él mezcla la misericordia con la justicia, como él vee que todo el cuerpo
de nuestra nación está contaminado y podrido, usa con él antes del cauterio
que abrasa que del ungüento que molifica; y así, con prudencia, con
sagacidad, con diligencia y con miedos que pone, ha llevado sobre sus
fuertes hombros a debida ejecución el peso desta gran máquina, sin que
nuestras industrias, estratagemas, solicitudes y fraudes hayan podido
deslumbrar sus ojos de Argos, que contino tiene alerta, porque no se le
quede ni encubra ninguno de los nuestros, que, como raíz escondida, que con
el tiempo venga después a brotar, y a echar frutos venenosos en España, ya
limpia, ya desembarazada de los temores en que nuestra muchedumbre la
tenía. ¡Heroica resolución del gran Filipo Tercero, y inaudita prudencia en
haberla encargado al tal don Bernardino de Velasco!
— Una por una, yo haré, puesto allá, las diligencias posibles, y haga el
cielo lo que más fuere servido —dijo don Antonio—. Don Gregorio se irá
conmigo a consolar la pena que sus padres deben tener por su ausencia; Ana
Félix se quedará con mi mujer en mi casa, o en un monasterio, y yo sé que
el señor visorrey gustará se quede en la suya el buen Ricote, hasta ver
cómo yo negocio.
El visorrey consintió en todo lo propuesto, pero don Gregorio, sabiendo lo
que pasaba, dijo que en ninguna manera podía ni quería dejar a doña Ana
Félix; pero, teniendo intención de ver a sus padres, y de dar traza de
volver por ella, vino en el decretado concierto. Quedóse Ana Félix con la
mujer de don Antonio, y Ricote en casa del visorrey.
Llegóse el día de la partida de don Antonio, y el de don Quijote y Sancho,
que fue de allí a otros dos; que la caída no le concedió que más presto se
pusiese en camino. Hubo lágrimas, hubo suspiros, desmayos y sollozos al
despedirse don Gregorio de Ana Félix. Ofrecióle Ricote a don Gregorio mil
escudos, si los quería; pero él no tomó ninguno, sino solos cinco que le
prestó don Antonio, prometiendo la paga dellos en la corte. Con esto, se
partieron los dos, y don Quijote y Sancho después, como se ha dicho: don
Quijote desarmado y de camino, Sancho a pie, por ir el rucio cargado con
las armas.
Capítulo LXVI. Que trata de lo que verá el que lo leyere, o lo oirá el que
lo escuchare leer
Al salir de Barcelona, volvió don Quijote a mirar el sitio donde había
caído, y dijo:
— ¡Aquí fue Troya! ¡Aquí mi desdicha, y no mi cobardía, se llevó mis
alcanzadas glorias; aquí usó la fortuna conmigo de sus vueltas y revueltas;
aquí se escurecieron mis hazañas; aquí, finalmente, cayó mi ventura para
jamás levantarse!
Oyendo lo cual Sancho, dijo:
— Tan de valientes corazones es, señor mío, tener sufrimiento en las
desgracias como alegría en las prosperidades; y esto lo juzgo por mí mismo,
que si cuando era gobernador estaba alegre, agora que soy escudero de a
pie, no estoy triste; porque he oído decir que esta que llaman por ahí
Fortuna es una mujer borracha y antojadiza, y, sobre todo, ciega, y así, no
vee lo que hace, ni sabe a quién derriba, ni a quién ensalza.
— Muy filósofo estás, Sancho —respondió don Quijote—, muy a lo discreto
hablas: no sé quién te lo enseña. Lo que te sé decir es que no hay fortuna
en el mundo, ni las cosas que en él suceden, buenas o malas que sean,
vienen acaso, sino por particular providencia de los cielos, y de aquí
viene lo que suele decirse: que cada uno es artífice de su ventura. Yo lo
he sido de la mía, pero no con la prudencia necesaria, y así, me han salido
al gallarín mis presunciones; pues debiera pensar que al poderoso grandor
del caballo del de la Blanca Luna no podía resistir la flaqueza de
Rocinante. Atrevíme en fin, hice lo que puede, derribáronme, y, aunque
perdí la honra, no perdí, ni puedo perder, la virtud de cumplir mi palabra.
Cuando era caballero andante, atrevido y valiente, con mis obras y con mis
manos acreditaba mis hechos; y agora, cuando soy escudero pedestre,
acreditaré mis palabras cumpliendo la que di de mi promesa. Camina, pues,
amigo Sancho, y vamos a tener en nuestra tierra el año del noviciado, con
cuyo encerramiento cobraremos virtud nueva para volver al nunca de mí
olvidado ejercicio de las armas.
— Señor —respondió Sancho—, no es cosa tan gustosa el caminar a pie, que me
mueva e incite a hacer grandes jornadas. Dejemos estas armas colgadas de
algún árbol, en lugar de un ahorcado, y, ocupando yo las espaldas del
rucio, levantados los pies del suelo, haremos las jornadas como vuestra
merced las pidiere y midiere; que pensar que tengo de caminar a pie y
hacerlas grandes es pensar en lo escusado.
— Bien has dicho, Sancho —respondió don Quijote—: cuélguense mis armas por
trofeo, y al pie dellas, o alrededor dellas, grabaremos en los árboles lo
que en el trofeo de las armas de Roldán estaba escrito: