Nadie las mueva

que estar no pueda con Roldán a prueba.

— Todo eso me parece de perlas —respondió Sancho—; y, si no fuera por la

falta que para el camino nos había de hacer Rocinante, también fuera bien

dejarle colgado.

— ¡Pues ni él ni las armas —replicó don Quijote— quiero que se ahorquen,

porque no se diga que a buen servicio, mal galardón!

— Muy bien dice vuestra merced —respondió Sancho—, porque, según opinión de

discretos, la culpa del asno no se ha de echar a la albarda; y, pues deste

suceso vuestra merced tiene la culpa, castíguese a sí mesmo, y no revienten

sus iras por las ya rotas y sangrientas armas, ni por las mansedumbres de

Rocinante, ni por la blandura de mis pies, queriendo que caminen más de lo

justo.

En estas razones y pláticas se les pasó todo aquel día, y aun otros cuatro,

sin sucederles cosa que estorbase su camino; y al quinto día, a la entrada

de un lugar, hallaron a la puerta de un mesón mucha gente, que, por ser

fiesta, se estaba allí solazando. Cuando llegaba a ellos don Quijote, un

labrador alzó la voz diciendo:

— Alguno destos dos señores que aquí vienen, que no conocen las partes, dirá

lo que se ha de hacer en nuestra apuesta.

— Sí diré, por cierto —respondió don Quijote—, con toda rectitud, si es que

alcanzo a entenderla.

— «Es, pues, el caso —dijo el labrador—, señor bueno, que un vecino deste

lugar, tan gordo que pesa once arrobas, desafió a correr a otro su vecino,

que no pesa más que cinco. Fue la condición que habían de correr una

carrera de cien pasos con pesos iguales; y, habiéndole preguntado al

desafiador cómo se había de igualar el peso, dijo que el desafiado, que

pesa cinco arrobas, se pusiese seis de hierro a cuestas, y así se

igualarían las once arrobas del flaco con las once del gordo.»

— Eso no —dijo a esta sazón Sancho, antes que don Quijote respondiese—. Y a

mí, que ha pocos días que salí de ser gobernador y juez, como todo el mundo

sabe, toca averiguar estas dudas y dar parecer en todo pleito.

— Responde en buen hora —dijo don Quijote—, Sancho amigo, que yo no estoy

para dar migas a un gato, según traigo alborotado y trastornado el juicio.

Con esta licencia, dijo Sancho a los labradores, que estaban muchos

alrededor dél la boca abierta, esperando la sentencia de la suya:

— Hermanos, lo que el gordo pide no lleva camino, ni tiene sombra de

justicia alguna; porque si es verdad lo que se dice, que el desafiado puede

escoger las armas, no es bien que éste las escoja tales que le impidan ni

estorben el salir vencedor; y así, es mi parecer que el gordo desafiador se

escamonde, monde, entresaque, pula y atilde, y saque seis arrobas de sus

carnes, de aquí o de allí de su cuerpo, como mejor le pareciere y

estuviere; y desta manera, quedando en cinco arrobas de peso, se igualará y

ajustará con las cinco de su contrario, y así podrán correr igualmente.

— ¡Voto a tal —dijo un labrador que escuchó la sentencia de Sancho— que este

señor ha hablado como un bendito y sentenciado como un canónigo! Pero a

buen seguro que no ha de querer quitarse el gordo una onza de sus carnes,

cuanto más seis arrobas.

— Lo mejor es que no corran —respondió otro—, porque el flaco no se muela

con el peso, ni el gordo se descarne; y échese la mitad de la apuesta en

vino, y llevemos estos señores a la taberna de lo caro, y sobre mí la capa

cuando llueva.

— Yo, señores —respondió don Quijote—, os lo agradezco, pero no puedo

detenerme un punto, porque pensamientos y sucesos tristes me hacen parecer

descortés y caminar más que de paso.

Y así, dando de las espuelas a Rocinante, pasó adelante, dejándolos

admirados de haber visto y notado así su estraña figura como la discreción

de su criado, que por tal juzgaron a Sancho. Y otro de los labradores dijo:

— Si el criado es tan discreto, ¡cuál debe de ser el amo! Yo apostaré que si

van a estudiar a Salamanca, que a un tris han de venir a ser alcaldes de

corte; que todo es burla, sino estudiar y más estudiar, y tener favor y

ventura; y cuando menos se piensa el hombre, se halla con una vara en la

mano o con una mitra en la cabeza.

Aquella noche la pasaron amo y mozo en mitad del campo, al cielo raso y

descubierto; y otro día, siguiendo su camino, vieron que hacia ellos venía

un hombre de a pie, con unas alforjas al cuello y una azcona o chuzo en la

mano, propio talle de correo de a pie; el cual, como llegó junto a don

Quijote, adelantó el paso, y medio corriendo llegó a él, y, abrazándole por

el muslo derecho, que no alcanzaba a más, le dijo, con muestras de mucha

alegría:

— ¡Oh mi señor don Quijote de la Mancha, y qué gran contento ha de llegar al

corazón de mi señor el duque cuando sepa que vuestra merced vuelve a su

castillo, que todavía se está en él con mi señora la duquesa!

— No os conozco, amigo —respondió don Quijote—, ni sé quién sois, si vos no

me lo decís.

— Yo, señor don Quijote —respondió el correo—, soy Tosilos, el lacayo del

duque mi señor, que no quise pelear con vuestra merced sobre el casamiento

de la hija de doña Rodríguez.

— ¡Válame Dios! —dijo don Quijote—. ¿Es posible que sois vos el que los

encantadores mis enemigos transformaron en ese lacayo que decís, por

defraudarme de la honra de aquella batalla?

— Calle, señor bueno —replicó el cartero—, que no hubo encanto alguno ni

mudanza de rostro ninguna: tan lacayo Tosilos entré en la estacada como

Tosilos lacayo salí della. Yo pensé casarme sin pelear, por haberme

parecido bien la moza, pero sucedióme al revés mi pensamiento, pues, así

como vuestra merced se partió de nuestro castillo, el duque mi señor me

hizo dar cien palos por haber contravenido a las ordenanzas que me tenía

dadas antes de entrar en la batalla, y todo ha parado en que la muchacha es

ya monja, y doña Rodríguez se ha vuelto a Castilla, y yo voy ahora a

Barcelona, a llevar un pliego de cartas al virrey, que le envía mi amo. Si

vuestra merced quiere un traguito, aunque caliente, puro, aquí llevo una

calabaza llena de lo caro, con no sé cuántas rajitas de queso de Tronchón,

que servirán de llamativo y despertador de la sed, si acaso está durmiendo.

— Quiero el envite —dijo Sancho—, y échese el resto de la cortesía, y

escancie el buen Tosilos, a despecho y pesar de cuantos encantadores hay en

las Indias.

— En fin —dijo don Quijote—, tú eres, Sancho, el mayor glotón del mundo y el

mayor ignorante de la tierra, pues no te persuades que este correo es

encantado, y este Tosilos contrahecho. Quédate con él y hártate, que yo me

iré adelante poco a poco, esperándote a que vengas.

Rióse el lacayo, desenvainó su calabaza, desalforjó sus rajas, y, sacando

un panecillo, él y Sancho se sentaron sobre la yerba verde, y en buena paz

compaña despabilaron y dieron fondo con todo el repuesto de las alforjas,

con tan buenos alientos, que lamieron el pliego de las cartas, sólo porque

olía a queso. Dijo Tosilos a Sancho:

— Sin duda este tu amo, Sancho amigo, debe de ser un loco.

— ¿Cómo debe? —respondió Sancho—. No debe nada a nadie, que todo lo paga, y

más cuando la moneda es locura. Bien lo veo yo, y bien se lo digo a él;

pero, ¿qué aprovecha? Y más agora que va rematado, porque va vencido del

Caballero de la Blanca Luna.

Rogóle Tosilos le contase lo que le había sucedido, pero Sancho le

respondió que era descortesía dejar que su amo le esperase; que otro día,

si se encontrasen, habría lugar par ello. Y, levantándose, después de

haberse sacudido el sayo y las migajas de las barbas, antecogió al rucio,

y, diciendo ''a Dios'', dejó a Tosilos y alcanzó a su amo, que a la sombra

de un árbol le estaba esperando.

Capítulo LXVII. De la resolución que tomó don Quijote de hacerse pastor y

seguir la vida del campo, en tanto que se pasaba el año de su promesa, con

otros sucesos en verdad gustosos y buenos

Si muchos pensamientos fatigaban a don Quijote antes de ser derribado,

muchos más le fatigaron después de caído. A la sombra del árbol estaba,

como se ha dicho, y allí, como moscas a la miel, le acudían y picaban

pensamientos: unos iban al desencanto de Dulcinea y otros a la vida que

había de hacer en su forzosa retirada. Llegó Sancho y alabóle la liberal

condición del lacayo Tosilos.

— ¿Es posible —le dijo don Quijote— que todavía, ¡oh Sancho!, pienses que

aquél sea verdadero lacayo? Parece que se te ha ido de las mientes haber

visto a Dulcinea convertida y transformada en labradora, y al Caballero de

los Espejos en el bachiller Carrasco, obras todas de los encantadores que

me persiguen. Pero dime agora: ¿preguntaste a ese Tosilos que dices qué ha

hecho Dios de Altisidora: si ha llorado mi ausencia, o si ha dejado ya en

las manos del olvido los enamorados pensamientos que en mi presencia la

fatigaban?

— No eran —respondió Sancho— los que yo tenía tales que me diesen lugar a

preguntar boberías. ¡Cuerpo de mí!, señor, ¿está vuestra merced ahora en

términos de inquirir pensamientos ajenos, especialmente amorosos?

— Mira, Sancho —dijo don Quijote—, mucha diferencia hay de las obras que se

hacen por amor a las que se hacen por agradecimiento. Bien puede ser que un

caballero sea desamorado, pero no puede ser, hablando en todo rigor, que

sea desagradecido. Quísome bien, al parecer, Altisidora; diome los tres

tocadores que sabes, lloró en mi partida, maldíjome, vituperóme, quejóse, a

despecho de la vergüenza, públicamente: señales todas de que me adoraba,

que las iras de los amantes suelen parar en maldiciones. Yo no tuve

esperanzas que darle, ni tesoros que ofrecerle, porque las mías las tengo

entregadas a Dulcinea, y los tesoros de los caballeros andantes son, como

los de los duendes, aparentes y falsos, y sólo puedo darle estos acuerdos

que della tengo, sin perjuicio, pero, de los que tengo de Dulcinea, a quien

tú agravias con la remisión que tienes en azotarte y en castigar esas

carnes, que vea yo comidas de lobos, que quieren guardarse antes para los

gusanos que para el remedio de aquella pobre señora.

— Señor —respondió Sancho—, si va a decir la verdad, yo no me puedo

persuadir que los azotes de mis posaderas tengan que ver con los

desencantos de los encantados, que es como si dijésemos: "Si os duele la

cabeza, untaos las rodillas". A lo menos, yo osaré jurar que en cuantas

historias vuesa merced ha leído que tratan de la andante caballería no ha

visto algún desencantado por azotes; pero, por sí o por no, yo me los daré,

cuando tenga gana y el tiempo me dé comodidad para castigarme.

— Dios lo haga —respondió don Quijote—, y los cielos te den gracia para que

caigas en la cuenta y en la obligación que te corre de ayudar a mi señora,

que lo es tuya, pues tú eres mío.

En estas pláticas iban siguiendo su camino, cuando llegaron al mesmo sitio

y lugar donde fueron atropellados de los toros. Reconocióle don Quijote;

dijo a Sancho:

— Éste es el prado donde topamos a las bizarras pastoras y gallardos

pastores que en él querían renovar e imitar a la pastoral Arcadia,

pensamiento tan nuevo como discreto, a cuya imitación, si es que a ti te

parece bien, querría, ¡oh Sancho!, que nos convirtiésemos en pastores,

siquiera el tiempo que tengo de estar recogido. Yo compraré algunas ovejas,

y todas las demás cosas que al pastoral ejercicio son necesarias, y

llamándome yo el pastor Quijotiz, y tú el pastor Pancino, nos andaremos por

los montes, por las selvas y por los prados, cantando aquí, endechando

allí, bebiendo de los líquidos cristales de las fuentes, o ya de los

limpios arroyuelos, o de los caudalosos ríos. Daránnos con abundantísima

mano de su dulcísimo fruto las encinas, asiento los troncos de los

durísimos alcornoques, sombra los sauces, olor las rosas, alfombras de mil

colores matizadas los estendidos prados, aliento el aire claro y puro, luz

la luna y las estrellas, a pesar de la escuridad de la noche, gusto el

canto, alegría el lloro, Apolo versos, el amor conceptos, con que podremos

hacernos eternos y famosos, no sólo en los presentes, sino en los venideros

siglos.

— Pardiez —dijo Sancho—, que me ha cuadrado, y aun esquinado, tal género de

vida; y más, que no la ha de haber aún bien visto el bachiller Sansón

Carrasco y maese Nicolás el barbero, cuando la han de querer seguir, y

hacerse pastores con nosotros; y aun quiera Dios no le venga en voluntad al

cura de entrar también en el aprisco, según es de alegre y amigo de

holgarse.

— Tú has dicho muy bien —dijo don Quijote—; y podrá llamarse el bachiller

Sansón Carrasco, si entra en el pastoral gremio, como entrará sin duda, el

pastor Sansonino, o ya el pastor Carrascón; el barbero Nicolás se podrá

llamar Miculoso, como ya el antiguo Boscán se llamó Nemoroso; al cura no sé

qué nombre le pongamos, si no es algún derivativo de su nombre, llamándole

el pastor Curiambro. Las pastoras de quien hemos de ser amantes, como entre

peras podremos escoger sus nombres; y, pues el de mi señora cuadra así al

de pastora como al de princesa, no hay para qué cansarme en buscar otro que

mejor le venga; tú, Sancho, pondrás a la tuya el que quisieres.

— No pienso —respondió Sancho— ponerle otro alguno sino el de Teresona, que

le vendrá bien con su gordura y con el propio que tiene, pues se llama

Teresa; y más, que, celebrándola yo en mis versos, vengo a descubrir mis

castos deseos, pues no ando a buscar pan de trastrigo por las casas ajenas.

El cura no será bien que tenga pastora, por dar buen ejemplo; y si quisiere

el bachiller tenerla, su alma en su palma.

— ¡Válame Dios —dijo don Quijote—, y qué vida nos hemos de dar, Sancho

amigo! ¡Qué de churumbelas han de llegar a nuestros oídos, qué de gaitas

zamoranas, qué tamborines, y qué de sonajas, y qué de rabeles! Pues, ¡qué

si destas diferencias de músicas resuena la de los albogues! Allí se verá

casi todos los instrumentos pastorales.

— ¿Qué son albogues —preguntó Sancho—, que ni los he oído nombrar, ni los he

visto en toda mi vida?

— Albogues son —respondió don Quijote— unas chapas a modo de candeleros de

azófar, que, dando una con otra por lo vacío y hueco, hace un son, si no

muy agradable ni armónico, no descontenta, y viene bien con la rusticidad

de la gaita y del tamborín; y este nombre albogues es morisco, como lo son

todos aquellos que en nuestra lengua castellana comienzan en al, conviene a

saber: almohaza, almorzar, alhombra, alguacil, alhucema, almacén, alcancía,

y otros semejantes, que deben ser pocos más; y solos tres tiene nuestra

lengua que son moriscos y acaban en i, y son: borceguí, zaquizamí y

maravedí. Alhelí y alfaquí, tanto por el al primero como por el i en que

acaban, son conocidos por arábigos. Esto te he dicho, de paso, por

habérmelo reducido a la memoria la ocasión de haber nombrado albogues; y

hanos de ayudar mucho al parecer en perfeción este ejercicio el ser yo

algún tanto poeta, como tú sabes, y el serlo también en estremo el

bachiller Sansón Carrasco. Del cura no digo nada; pero yo apostaré que debe

de tener sus puntas y collares de poeta; y que las tenga también maese

Nicolás, no dudo en ello, porque todos, o los más, son guitarristas y

copleros. Yo me quejaré de ausencia; tú te alabarás de firme enamorado; el

pastor Carrascón, de desdeñado; y el cura Curiambro, de lo que él más puede

servirse, y así, andará la cosa que no haya más que desear.

A lo que respondió Sancho:

— Yo soy, señor, tan desgraciado que temo no ha de llegar el día en que en

tal ejercicio me vea. ¡Oh, qué polidas cuchares tengo de hacer cuando

pastor me vea! ¡Qué de migas, qué de natas, qué de guirnaldas y qué de

zarandajas pastoriles, que, puesto que no me granjeen fama de discreto, no

dejarán de granjearme la de ingenioso! Sanchica mi hija nos llevará la

comida al hato. Pero, ¡guarda!, que es de buen parecer, y hay pastores más

maliciosos que simples, y no querría que fuese por lana y volviese

trasquilada; y también suelen andar los amores y los no buenos deseos por

los campos como por las ciudades, y por las pastorales chozas como por los

reales palacios, y, quitada la causa se quita el pecado; y ojos que no

veen, corazón que no quiebra; y más vale salto de mata que ruego de hombres

buenos.

— No más refranes, Sancho —dijo don Quijote—, pues cualquiera de los que has

dicho basta para dar a entender tu pensamiento; y muchas veces te he

aconsejado que no seas tan pródigo en refranes y que te vayas a la mano en

decirlos; pero paréceme que es predicar en desierto, y "castígame mi madre,

y yo trómpogelas".

— Paréceme —respondió Sancho— que vuesa merced es como lo que dicen: "Dijo

la sartén a la caldera: Quítate allá ojinegra". Estáme reprehendiendo que

no diga yo refranes, y ensártalos vuesa merced de dos en dos.

— Mira, Sancho —respondió don Quijote—: yo traigo los refranes a propósito,

y vienen cuando los digo como anillo en el dedo; pero tráeslos tan por los

cabellos, que los arrastras, y no los guías; y si no me acuerdo mal, otra

vez te he dicho que los refranes son sentencias breves, sacadas de la

experiencia y especulación de nuestros antiguos sabios; y el refrán que no

viene a propósito, antes es disparate que sentencia. Pero dejémonos desto,

y, pues ya viene la noche, retirémonos del camino real algún trecho, donde

pasaremos esta noche, y Dios sabe lo que será mañana.

Retiráronse, cenaron tarde y mal, bien contra la voluntad de Sancho, a

quien se le representaban las estrechezas de la andante caballería usadas

en las selvas y en los montes, si bien tal vez la abundancia se mostraba en

los castillos y casas, así de don Diego de Miranda como en las bodas del

rico Camacho, y de don Antonio Moreno; pero consideraba no ser posible ser

siempre de día ni siempre de noche, y así, pasó aquélla durmiendo, y su amo

velando.

Don Quijote · 第 111 / 114 题