Soneto

El muro rompe la doncella hermosa

que de Píramo abrió el gallardo pecho:

parte el Amor de Chipre, y va derecho

a ver la quiebra estrecha y prodigiosa.

Habla el silencio allí, porque no osa

la voz entrar por tan estrecho estrecho;

las almas sí, que amor suele de hecho

facilitar la más difícil cosa.

Salió el deseo de compás, y el paso

de la imprudente virgen solicita

por su gusto su muerte; ved qué historia:

que a entrambos en un punto, ¡oh estraño caso!,

los mata, los encubre y resucita

una espada, un sepulcro, una memoria.

— ¡Bendito sea Dios! —dijo don Quijote habiendo oído el soneto a don

Lorenzo—, que entre los infinitos poetas consumidos que hay, he visto un

consumado poeta, como lo es vuesa merced, señor mío; que así me lo da a

entender el artificio deste soneto.

Cuatro días estuvo don Quijote regaladísimo en la casa de don Diego, al

cabo de los cuales le pidió licencia para irse, diciéndole que le agradecía

la merced y buen tratamiento que en su casa había recebido; pero que, por

no parecer bien que los caballeros andantes se den muchas horas a ocio y al

regalo, se quería ir a cumplir con su oficio, buscando las aventuras, de

quien tenía noticia que aquella tierra abundaba, donde esperaba entretener

el tiempo hasta que llegase el día de las justas de Zaragoza, que era el de

su derecha derrota; y que primero había de entrar en la cueva de

Montesinos, de quien tantas y tan admirables cosas en aquellos contornos se

contaban, sabiendo e inquiriendo asimismo el nacimiento y verdaderos

manantiales de las siete lagunas llamadas comúnmente de Ruidera.

Don Diego y su hijo le alabaron su honrosa determinación, y le dijeron que

tomase de su casa y de su hacienda todo lo que en grado le viniese, que le

servirían con la voluntad posible; que a ello les obligaba el valor de su

persona y la honrosa profesión suya.

Llegóse, en fin, el día de su partida, tan alegre para don Quijote como

triste y aciago para Sancho Panza, que se hallaba muy bien con la

abundancia de la casa de don Diego, y rehusaba de volver a la hambre que se

usa en las florestas, despoblados, y a la estrecheza de sus mal proveídas

alforjas. Con todo esto, las llenó y colmó de lo más necesario que le

pareció; y al despedirse dijo don Quijote a don Lorenzo:

— No sé si he dicho a vuesa merced otra vez, y si lo he dicho lo vuelvo a

decir, que cuando vuesa merced quisiere ahorrar caminos y trabajos para

llegar a la inacesible cumbre del templo de la Fama, no tiene que hacer

otra cosa sino dejar a una parte la senda de la poesía, algo estrecha, y

tomar la estrechísima de la andante caballería, bastante para hacerle

emperador en daca las pajas.

Con estas razones acabó don Quijote de cerrar el proceso de su locura, y

más con las que añadió, diciendo:

— Sabe Dios si quisiera llevar conmigo al señor don Lorenzo, para enseñarle

cómo se han de perdonar los sujetos, y supeditar y acocear los soberbios,

virtudes anejas a la profesión que yo profeso; pero, pues no lo pide su

poca edad, ni lo querrán consentir sus loables ejercicios, sólo me contento

con advertirle a vuesa merced que, siendo poeta, podrá ser famoso si se

guía más por el parecer ajeno que por el propio, porque no hay padre ni

madre a quien sus hijos le parezcan feos, y en los que lo son del

entendimiento corre más este engaño.

De nuevo se admiraron padre y hijo de las entremetidas razones de don

Quijote, ya discretas y ya disparatadas, y del tema y tesón que llevaba de

acudir de todo en todo a la busca de sus desventuradas aventuras, que las

tenía por fin y blanco de sus deseos. Reiteráronse los ofrecimientos y

comedimientos, y, con la buena licencia de la señora del castillo, don

Quijote y Sancho, sobre Rocinante y el rucio, se partieron.

Capítulo XIX. Donde se cuenta la aventura del pastor enamorado, con otros

en verdad graciosos sucesos

Poco trecho se había alongado don Quijote del lugar de don Diego, cuando

encontró con dos como clérigos o como estudiantes y con dos labradores que

sobre cuatro bestias asnales venían caballeros. El uno de los estudiantes

traía, como en portamanteo, en un lienzo de bocací verde envuelto, al

parecer, un poco de grana blanca y dos pares de medias de cordellate; el

otro no traía otra cosa que dos espadas negras de esgrima, nuevas, y con

sus zapatillas. Los labradores traían otras cosas, que daban indicio y

señal que venían de alguna villa grande, donde las habían comprado, y las

llevaban a su aldea; y así estudiantes como labradores cayeron en la misma

admiración en que caían todos aquellos que la vez primera veían a don

Quijote, y morían por saber qué hombre fuese aquél tan fuera del uso de los

otros hombres.

Saludóles don Quijote, y, después de saber el camino que llevaban, que era

el mesmo que él hacía, les ofreció su compañía, y les pidió detuviesen el

paso, porque caminaban más sus pollinas que su caballo; y, para obligarlos,

en breves razones les dijo quién era, y su oficio y profesión, que era de

caballero andante que iba a buscar las aventuras por todas las partes del

mundo. Díjoles que se llamaba de nombre propio don Quijote de la Mancha, y

por el apelativo, el Caballero de los Leones. Todo esto para los labradores

era hablarles en griego o en jerigonza, pero no para los estudiantes, que

luego entendieron la flaqueza del celebro de don Quijote; pero, con todo

eso, le miraban con admiración y con respecto, y uno dellos le dijo:

— Si vuestra merced, señor caballero, no lleva camino determinado, como no

le suelen llevar los que buscan las aventuras, vuesa merced se venga con

nosotros: verá una de las mejores bodas y más ricas que hasta el día de hoy

se habrán celebrado en la Mancha, ni en otras muchas leguas a la redonda.

Preguntóle don Quijote si eran de algún príncipe, que así las ponderaba.

— No son —respondió el estudiante— sino de un labrador y una labradora: él,

el más rico de toda esta tierra; y ella, la más hermosa que han visto los

hombres. El aparato con que se han de hacer es estraordinario y nuevo,

porque se han de celebrar en un prado que está junto al pueblo de la novia,

a quien por excelencia llaman Quiteria la hermosa, y el desposado se llama

Camacho el rico; ella de edad de diez y ocho años, y él de veinte y dos;

ambos para en uno, aunque algunos curiosos que tienen de memoria los

linajes de todo el mundo quieren decir que el de la hermosa Quiteria se

aventaja al de Camacho; pero ya no se mira en esto, que las riquezas son

poderosas de soldar muchas quiebras. En efecto, el tal Camacho es liberal y

hásele antojado de enramar y cubrir todo el prado por arriba, de tal suerte

que el sol se ha de ver en trabajo si quiere entrar a visitar las yerbas

verdes de que está cubierto el suelo. Tiene asimesmo maheridas danzas, así

de espadas como de cascabel menudo, que hay en su pueblo quien los repique

y sacuda por estremo; de zapateadores no digo nada, que es un juicio los

que tiene muñidos; pero ninguna de las cosas referidas ni otras muchas que

he dejado de referir ha de hacer más memorables estas bodas, sino las que

imagino que hará en ellas el despechado Basilio. Es este Basilio un zagal

vecino del mesmo lugar de Quiteria, el cual tenía su casa pared y medio de

la de los padres de Quiteria, de donde tomó ocasión el amor de renovar al

mundo los ya olvidados amores de Píramo y Tisbe, porque Basilio se enamoró

de Quiteria desde sus tiernos y primeros años, y ella fue correspondiendo a

su deseo con mil honestos favores, tanto, que se contaban por

entretenimiento en el pueblo los amores de los dos niños Basilio y

Quiteria. Fue creciendo la edad, y acordó el padre de Quiteria de estorbar

a Basilio la ordinaria entrada que en su casa tenía; y, por quitarse de

andar receloso y lleno de sospechas, ordenó de casar a su hija con el rico

Camacho, no pareciéndole ser bien casarla con Basilio, que no tenía tantos

bienes de fortuna como de naturaleza; pues si va a decir las verdades sin

invidia, él es el más ágil mancebo que conocemos: gran tirador de barra,

luchador estremado y gran jugador de pelota; corre como un gamo, salta más

que una cabra y birla a los bolos como por encantamento; canta como una

calandria, y toca una guitarra, que la hace hablar, y, sobre todo, juega

una espada como el más pintado.

— Por esa sola gracia —dijo a esta sazón don Quijote—, merecía ese mancebo

no sólo casarse con la hermosa Quiteria, sino con la mesma reina Ginebra,

si fuera hoy viva, a pesar de Lanzarote y de todos aquellos que estorbarlo

quisieran.

— ¡A mi mujer con eso! —dijo Sancho Panza, que hasta entonces había ido

callando y escuchando—, la cual no quiere sino que cada uno case con su

igual, ateniéndose al refrán que dicen "cada oveja con su pareja". Lo que

yo quisiera es que ese buen Basilio, que ya me le voy aficionando, se

casara con esa señora Quiteria; que buen siglo hayan y buen poso, iba a

decir al revés, los que estorban que se casen los que bien se quieren.

— Si todos los que bien se quieren se hubiesen de casar —dijo don Quijote—,

quitaríase la eleción y juridición a los padres de casar sus hijos con

quien y cuando deben; y si a la voluntad de las hijas quedase escoger los

maridos, tal habría que escogiese al criado de su padre, y tal al que vio

pasar por la calle, a su parecer, bizarro y entonado, aunque fuese un

desbaratado espadachín; que el amor y la afición con facilidad ciegan los

ojos del entendimiento, tan necesarios para escoger estado, y el del

matrimonio está muy a peligro de errarse, y es menester gran tiento y

particular favor del cielo para acertarle. Quiere hacer uno un viaje largo,

y si es prudente, antes de ponerse en camino busca alguna compañía segura y

apacible con quien acompañarse; pues, ¿por qué no hará lo mesmo el que ha

de caminar toda la vida, hasta el paradero de la muerte, y más si la

compañía le ha de acompañar en la cama, en la mesa y en todas partes, como

es la de la mujer con su marido? La de la propia mujer no es mercaduría que

una vez comprada se vuelve, o se trueca o cambia, porque es accidente

inseparable, que dura lo que dura la vida: es un lazo que si una vez le

echáis al cuello, se vuelve en el nudo gordiano, que si no le corta la

guadaña de la muerte, no hay desatarle. Muchas más cosas pudiera decir en

esta materia, si no lo estorbara el deseo que tengo de saber si le queda

más que decir al señor licenciado acerca de la historia de Basilio.

A lo que respondió el estudiante bachiller, o licenciado, como le llamó don

Quijote, que:

— De todo no me queda más que decir sino que desde el punto que Basilio supo

que la hermosa Quiteria se casaba con Camacho el rico, nunca más le han

visto reír ni hablar razón concertada, y siempre anda pensativo y triste,

hablando entre sí mismo, con que da ciertas y claras señales de que se le

ha vuelto el juicio: come poco y duerme poco, y lo que come son frutas, y

en lo que duerme, si duerme, es en el campo, sobre la dura tierra, como

animal bruto; mira de cuando en cuando al cielo, y otras veces clava los

ojos en la tierra, con tal embelesamiento, que no parece sino estatua

vestida que el aire le mueve la ropa. En fin, él da tales muestras de tener

apasionado el corazón, que tememos todos los que le conocemos que el dar el

sí mañana la hermosa Quiteria ha de ser la sentencia de su muerte.

— Dios lo hará mejor —dijo Sancho—; que Dios, que da la llaga, da la

medicina; nadie sabe lo que está por venir: de aquí a mañana muchas horas

hay, y en una, y aun en un momento, se cae la casa; yo he visto llover y

hacer sol, todo a un mesmo punto; tal se acuesta sano la noche, que no se

puede mover otro día. Y díganme, ¿por ventura habrá quien se alabe que

tiene echado un clavo a la rodaja de la Fortuna? No, por cierto; y entre el

sí y el no de la mujer no me atrevería yo a poner una punta de alfiler,

porque no cabría. Denme a mí que Quiteria quiera de buen corazón y de buena

voluntad a Basilio, que yo le daré a él un saco de buena ventura: que el

amor, según yo he oído decir, mira con unos antojos que hacen parecer oro

al cobre, a la pobreza riqueza, y a las lagañas perlas.

— ¿Adónde vas a parar, Sancho, que seas maldito? —dijo don Quijote—; que

cuando comienzas a ensartar refranes y cuentos, no te puede esperar sino el

mesmo Judas, que te lleve. Dime, animal, ¿qué sabes tú de clavos, ni de

rodajas, ni de otra cosa ninguna?

— ¡Oh! Pues si no me entienden —respondió Sancho—, no es maravilla que mis

sentencias sean tenidas por disparates. Pero no importa: yo me entiendo, y

sé que no he dicho muchas necedades en lo que he dicho; sino que vuesa

merced, señor mío, siempre es friscal de mis dichos, y aun de mis hechos.

— Fiscal has de decir —dijo don Quijote—, que no friscal, prevaricador del

buen lenguaje, que Dios te confunda.

— No se apunte vuestra merced conmigo —respondió Sancho—, pues sabe que no

me he criado en la Corte, ni he estudiado en Salamanca, para saber si añado

o quito alguna letra a mis vocablos. Sí, que, ¡válgame Dios!, no hay para

qué obligar al sayagués a que hable como el toledano, y toledanos puede

haber que no las corten en el aire en esto del hablar polido.

— Así es —dijo el licenciado—, porque no pueden hablar tan bien los que se

crían en las Tenerías y en Zocodover como los que se pasean casi todo el

día por el claustro de la Iglesia Mayor, y todos son toledanos. El lenguaje

puro, el propio, el elegante y claro, está en los discretos cortesanos,

aunque hayan nacido en Majalahonda: dije discretos porque hay muchos que no

lo son, y la discreción es la gramática del buen lenguaje, que se acompaña

con el uso. Yo, señores, por mis pecados, he estudiado Cánones en

Salamanca, y pícome algún tanto de decir mi razón con palabras claras,

llanas y significantes.

— Si no os picáredes más de saber más menear las negras que lleváis que la

lengua —dijo el otro estudiante—, vos llevárades el primero en licencias,

como llevastes cola.

— Mirad, bachiller —respondió el licenciado—: vos estáis en la más errada

opinión del mundo acerca de la destreza de la espada, teniéndola por vana.

— Para mí no es opinión, sino verdad asentada —replicó Corchuelo—; y si

queréis que os lo muestre con la experiencia, espadas traéis, comodidad

hay, yo pulsos y fuerzas tengo, que acompañadas de mi ánimo, que no es

poco, os harán confesar que yo no me engaño. Apeaos, y usad de vuestro

compás de pies, de vuestros círculos y vuestros ángulos y ciencia; que yo

espero de haceros ver estrellas a mediodía con mi destreza moderna y zafia,

en quien espero, después de Dios, que está por nacer hombre que me haga

volver las espaldas, y que no le hay en el mundo a quien yo no le haga

perder tierra.

— En eso de volver, o no, las espaldas no me meto —replico el diestro—;

aunque podría ser que en la parte donde la vez primera clavásedes el pie,

allí os abriesen la sepultura: quiero decir que allí quedásedes muerto por

la despreciada destreza.

— Ahora se verá —respondió Corchuelo.

Y, apeándose con gran presteza de su jumento, tiró con furia de una de las

espadas que llevaba el licenciado en el suyo.

— No ha de ser así —dijo a este instante don Quijote—, que yo quiero ser el

maestro desta esgrima, y el juez desta muchas veces no averiguada cuestión.

Y, apeándose de Rocinante y asiendo de su lanza, se puso en la mitad del

camino, a tiempo que ya el licenciado, con gentil donaire de cuerpo y

compás de pies, se iba contra Corchuelo, que contra él se vino, lanzando,

como decirse suele, fuego por los ojos. Los otros dos labradores del

acompañamiento, sin apearse de sus pollinas, sirvieron de aspetatores en la

mortal tragedia. Las cuchilladas, estocadas, altibajos, reveses y mandobles

que tiraba Corchuelo eran sin número, más espesas que hígado y más menudas

que granizo. Arremetía como un león irritado, pero salíale al encuentro un

tapaboca de la zapatilla de la espada del licenciado, que en mitad de su

furia le detenía, y se la hacía besar como si fuera reliquia, aunque no con

tanta devoción como las reliquias deben y suelen besarse.

Finalmente, el licenciado le contó a estocadas todos los botones de una

media sotanilla que traía vestida, haciéndole tiras los faldamentos, como

colas de pulpo; derribóle el sombrero dos veces, y cansóle de manera que de

despecho, cólera y rabia asió la espada por la empuñadura, y arrojóla por

el aire con tanta fuerza, que uno de los labradores asistentes, que era

escribano, que fue por ella, dio después por testimonio que la alongó de sí

casi tres cuartos de legua; el cual testimonio sirve y ha servido para que

se conozca y vea con toda verdad cómo la fuerza es vencida del arte.

Sentóse cansado Corchuelo, y llegándose a él Sancho, le dijo:

— Mía fe, señor bachiller, si vuesa merced toma mi consejo, de aquí adelante

no ha de desafiar a nadie a esgrimir, sino a luchar o a tirar la barra,

pues tiene edad y fuerzas para ello; que destos a quien llaman diestros he

oído decir que meten una punta de una espada por el ojo de una aguja.

— Yo me contento —respondió Corchuelo— de haber caído de mi burra, y de que

me haya mostrado la experiencia la verdad, de quien tan lejos estaba.

Y, levantándose, abrazó al licenciado, y quedaron más amigos que de antes,

y no queriendo esperar al escribano, que había ido por la espada, por

parecerle que tardaría mucho; y así, determinaron seguir, por llegar

temprano a la aldea de Quiteria, de donde todos eran.

En lo que faltaba del camino, les fue contando el licenciado las

excelencias de la espada, con tantas razones demostrativas y con tantas

figuras y demostraciones matemáticas, que todos quedaron enterados de la

bondad de la ciencia, y Corchuelo reducido de su pertinacia.

Era anochecido, pero antes que llegasen les pareció a todos que estaba

delante del pueblo un cielo lleno de inumerables y resplandecientes

estrellas. Oyeron, asimismo, confusos y suaves sonidos de diversos

instrumentos, como de flautas, tamborinos, salterios, albogues, panderos y

sonajas; y cuando llegaron cerca vieron que los árboles de una enramada,

que a mano habían puesto a la entrada del pueblo, estaban todos llenos de

luminarias, a quien no ofendía el viento, que entonces no soplaba sino tan

manso que no tenía fuerza para mover las hojas de los árboles. Los músicos

eran los regocijadores de la boda, que en diversas cuadrillas por aquel

agradable sitio andaban, unos bailando, y otros cantando, y otros tocando

la diversidad de los referidos instrumentos. En efecto, no parecía sino que

por todo aquel prado andaba corriendo la alegría y saltando el contento.

Otros muchos andaban ocupados en levantar andamios, de donde con comodidad

pudiesen ver otro día las representaciones y danzas que se habían de hacer

en aquel lugar dedicado para solenizar las bodas del rico Camacho y las

exequias de Basilio. No quiso entrar en el lugar don Quijote, aunque se lo

pidieron así el labrador como el bachiller; pero él dio por disculpa,

bastantísima a su parecer, ser costumbre de los caballeros andantes dormir

por los campos y florestas antes que en los poblados, aunque fuese debajo

de dorados techos; y con esto, se desvió un poco del camino, bien contra la

voluntad de Sancho, viniéndosele a la memoria el buen alojamiento que había

tenido en el castillo o casa de don Diego.

Capítulo XX. Donde se cuentan las bodas de Camacho el rico, con el suceso

de Basilio el pobre

Apenas la blanca aurora había dado lugar a que el luciente Febo, con el

ardor de sus calientes rayos, las líquidas perlas de sus cabellos de oro

enjugase, cuando don Quijote, sacudiendo la pereza de sus miembros, se puso

en pie y llamó a su escudero Sancho, que aún todavía roncaba; lo cual visto

por don Quijote, antes que le despertase, le dijo:

— ¡Oh tú, bienaventurado sobre cuantos viven sobre la haz de la tierra, pues

sin tener invidia ni ser invidiado, duermes con sosegado espíritu, ni te

persiguen encantadores, ni sobresaltan encantamentos! Duerme, digo otra

vez, y lo diré otras ciento, sin que te tengan en contina vigilia celos de

tu dama, ni te desvelen pensamientos de pagar deudas que debas, ni de lo

que has de hacer para comer otro día tú y tu pequeña y angustiada familia.

Ni la ambición te inquieta, ni la pompa vana del mundo te fatiga, pues los

límites de tus deseos no se estienden a más que a pensar tu jumento; que el

de tu persona sobre mis hombros le tienes puesto: contrapeso y carga que

puso la naturaleza y la costumbre a los señores. Duerme el criado, y está

velando el señor, pensando cómo le ha de sustentar, mejorar y hacer

mercedes. La congoja de ver que el cielo se hace de bronce sin acudir a la

tierra con el conveniente rocío no aflige al criado, sino al señor, que ha

de sustentar en la esterilidad y hambre al que le sirvió en la fertilidad y

abundancia.

A todo esto no respondió Sancho, porque dormía, ni despertara tan presto si

don Quijote con el cuento de la lanza no le hiciere volver en sí. Despertó,

en fin, soñoliento y perezoso, y, volviendo el rostro a todas partes, dijo:

— De la parte desta enramada, si no me engaño, sale un tufo y olor harto más

de torreznos asados que de juncos y tomillos: bodas que por tales olores

comienzan, para mi santiguada que deben de ser abundantes y generosas.

— Acaba, glotón —dijo don Quijote—; ven, iremos a ver estos desposorios, por

ver lo que hace el desdeñado Basilio.

— Mas que haga lo que quisiere —respondió Sancho—: no fuera él pobre y

casárase con Quiteria. ¿No hay más sino tener un cuarto y querer alzarse

por las nubes? A la fe, señor, yo soy de parecer que el pobre debe de

contentarse con lo que hallare, y no pedir cotufas en el golfo. Yo apostaré

un brazo que puede Camacho envolver en reales a Basilio; y si esto es así,

como debe de ser, bien boba fuera Quiteria en desechar las galas y las

joyas que le debe de haber dado, y le puede dar Camacho, por escoger el

tirar de la barra y el jugar de la negra de Basilio. Sobre un buen tiro de

barra o sobre una gentil treta de espada no dan un cuartillo de vino en la

taberna. Habilidades y gracias que no son vendibles, mas que las tenga el

conde Dirlos; pero, cuando las tales gracias caen sobre quien tiene buen

dinero, tal sea mi vida como ellas parecen. Sobre un buen cimiento se puede

levantar un buen edificio, y el mejor cimiento y zanja del mundo es el

dinero.

— Por quien Dios es, Sancho —dijo a esta sazón don Quijote—, que concluyas

con tu arenga; que tengo para mí que si te dejasen seguir en las que a cada

paso comienzas, no te quedaría tiempo para comer ni para dormir, que todo

le gastarías en hablar.

— Si vuestra merced tuviera buena memoria —replicó Sancho—, debiérase

acordar de los capítulos de nuestro concierto antes que esta última vez

saliésemos de casa: uno dellos fue que me había de dejar hablar todo

aquello que quisiese, con que no fuese contra el prójimo ni contra la

autoridad de vuesa merced; y hasta agora me parece que no he contravenido

contra el tal capítulo.

— Yo no me acuerdo, Sancho —respondió don Quijote—, del tal capítulo; y,

puesto que sea así, quiero que calles y vengas, que ya los instrumentos que

anoche oímos vuelven a alegrar los valles, y sin duda los desposorios se

celebrarán en el frescor de la mañana, y no en el calor de la tarde.

Hizo Sancho lo que su señor le mandaba, y, poniendo la silla a Rocinante y

la albarda al rucio, subieron los dos, y paso ante paso se fueron entrando

por la enramada.

Lo primero que se le ofreció a la vista de Sancho fue, espetado en un

asador de un olmo entero, un entero novillo; y en el fuego donde se había

de asar ardía un mediano monte de leña, y seis ollas que alrededor de la

hoguera estaban no se habían hecho en la común turquesa de las demás ollas,

porque eran seis medias tinajas, que cada una cabía un rastro de carne: así

embebían y encerraban en sí carneros enteros, sin echarse de ver, como si

fueran palominos; las liebres ya sin pellejo y las gallinas sin pluma que

estaban colgadas por los árboles para sepultarlas en las ollas no tenían

número; los pájaros y caza de diversos géneros eran infinitos, colgados de

los árboles para que el aire los enfriase.

Contó Sancho más de sesenta zaques de más de a dos arrobas cada uno, y

todos llenos, según después pareció, de generosos vinos; así había rimeros

de pan blanquísimo, como los suele haber de montones de trigo en las eras;

los quesos, puestos como ladrillos enrejados, formaban una muralla, y dos

calderas de aceite, mayores que las de un tinte, servían de freír cosas de

masa, que con dos valientes palas las sacaban fritas y las zabullían en

otra caldera de preparada miel que allí junto estaba.

Los cocineros y cocineras pasaban de cincuenta: todos limpios, todos

diligentes y todos contentos. En el dilatado vientre del novillo estaban

doce tiernos y pequeños lechones, que, cosidos por encima, servían de darle

sabor y enternecerle. Las especias de diversas suertes no parecía haberlas

comprado por libras, sino por arrobas, y todas estaban de manifiesto en una

grande arca. Finalmente, el aparato de la boda era rústico, pero tan

abundante que podía sustentar a un ejército.

Todo lo miraba Sancho Panza, y todo lo contemplaba, y de todo se

aficionaba: primero le cautivaron y rindieron el deseo las ollas, de quién

él tomara de bonísima gana un mediano puchero; luego le aficionaron la

voluntad los zaques; y, últimamente, las frutas de sartén, si es que se

podían llamar sartenes las tan orondas calderas; y así, sin poderlo sufrir

ni ser en su mano hacer otra cosa, se llegó a uno de los solícitos

cocineros, y, con corteses y hambrientas razones, le rogó le dejase mojar

un mendrugo de pan en una de aquellas ollas. A lo que el cocinero

respondió:

— Hermano, este día no es de aquellos sobre quien tiene juridición la

hambre, merced al rico Camacho. Apeaos y mirad si hay por ahí un cucharón,

y espumad una gallina o dos, y buen provecho os hagan.

— No veo ninguno —respondió Sancho.

— Esperad —dijo el cocinero—. ¡Pecador de mí, y qué melindroso y para poco

debéis de ser!

Y, diciendo esto, asió de un caldero, y, encajándole en una de las medias

tinajas, sacó en él tres gallinas y dos gansos, y dijo a Sancho:

— Comed, amigo, y desayunaos con esta espuma, en tanto que se llega la hora

del yantar.

— No tengo en qué echarla —respondió Sancho.

— Pues llevaos —dijo el cocinero— la cuchara y todo, que la riqueza y el

contento de Camacho todo lo suple.

En tanto, pues, que esto pasaba Sancho, estaba don Quijote mirando cómo,

por una parte de la enramada, entraban hasta doce labradores sobre doce

hermosísimas yeguas, con ricos y vistosos jaeces de campo y con muchos

cascabeles en los petrales, y todos vestidos de regocijo y fiestas; los

cuales, en concertado tropel, corrieron no una, sino muchas carreras por el

prado, con regocijada algazara y grita, diciendo:

— ¡Vivan Camacho y Quiteria: él tan rico como ella hermosa, y ella la más

hermosa del mundo!

Oyendo lo cual don Quijote, dijo entre sí:

— Bien parece que éstos no han visto a mi Dulcinea del Toboso, que si la

hubieran visto, ellos se fueran a la mano en las alabanzas desta su

Quiteria.

De allí a poco comenzaron a entrar por diversas partes de la enramada

muchas y diferentes danzas, entre las cuales venía una de espadas, de hasta

veinte y cuatro zagales de gallardo parecer y brío, todos vestidos de

delgado y blanquísimo lienzo, con sus paños de tocar, labrados de varias

colores de fina seda; y al que los guiaba, que era un ligero mancebo,

preguntó uno de los de las yeguas si se había herido alguno de los

danzantes.

— Por ahora, bendito sea Dios, no se ha herido nadie: todos vamos sanos.

Y luego comenzó a enredarse con los demás compañeros, con tantas vueltas y

con tanta destreza que, aunque don Quijote estaba hecho a ver semejantes

danzas, ninguna le había parecido tan bien como aquélla.

También le pareció bien otra que entró de doncellas hermosísimas, tan mozas

que, al parecer, ninguna bajaba de catorce ni llegaba a diez y ocho años,

vestidas todas de palmilla verde, los cabellos parte tranzados y parte

sueltos, pero todos tan rubios, que con los del sol podían tener

competencia, sobre los cuales traían guirnaldas de jazmines, rosas,

amaranto y madreselva compuestas. Guiábalas un venerable viejo y una

anciana matrona, pero más ligeros y sueltos que sus años prometían.

Hacíales el son una gaita zamorana, y ellas, llevando en los rostros y en

los ojos a la honestidad y en los pies a la ligereza, se mostraban las

mejores bailadoras del mundo.

Tras ésta entró otra danza de artificio y de las que llaman habladas. Era

de ocho ninfas, repartidas en dos hileras: de la una hilera era guía el

dios Cupido, y de la otra, el Interés; aquél, adornado de alas, arco,

aljaba y saetas; éste, vestido de ricas y diversas colores de oro y seda.

Las ninfas que al Amor seguían traían a las espaldas, en pargamino blanco y

letras grandes, escritos sus nombres: poesía era el título de la primera,

el de la segunda discreción, el de la tercera buen linaje, el de la cuarta

valentía; del modo mesmo venían señaladas las que al Interés seguían: decía

liberalidad el título de la primera, dádiva el de la segunda, tesoro el de

la tercera y el de la cuarta posesión pacífica. Delante de todos venía un

castillo de madera, a quien tiraban cuatro salvajes, todos vestidos de

yedra y de cáñamo teñido de verde, tan al natural, que por poco espantaran

a Sancho. En la frontera del castillo y en todas cuatro partes de sus

cuadros traía escrito: castillo del buen recato. Hacíanles el son cuatro

diestros tañedores de tamboril y flauta.

Comenzaba la danza Cupido, y, habiendo hecho dos mudanzas, alzaba los ojos

y flechaba el arco contra una doncella que se ponía entre las almenas del

castillo, a la cual desta suerte dijo:

-Yo soy el dios poderoso

en el aire y en la tierra

y en el ancho mar undoso,

y en cuanto el abismo encierra

en su báratro espantoso.

Nunca conocí qué es miedo;

todo cuanto quiero puedo,

aunque quiera lo imposible,

y en todo lo que es posible

mando, quito, pongo y vedo.

Acabó la copla, disparó una flecha por lo alto del castillo y retiróse a

su puesto. Salió luego el Interés, y hizo otras dos mudanzas; callaron los

tamborinos, y él dijo:

-Soy quien puede más que Amor,

y es Amor el que me guía;

soy de la estirpe mejor

que el cielo en la tierra cría,

más conocida y mayor.

Soy el Interés, en quien

pocos suelen obrar bien,

y obrar sin mí es gran milagro;

y cual soy te me consagro,

por siempre jamás, amén.

Retiróse el Interés, y hízose adelante la Poesía; la cual, después de haber

hecho sus mudanzas como los demás, puestos los ojos en la doncella del

castillo, dijo:

-En dulcísimos conceptos,

la dulcísima Poesía,

altos, graves y discretos,

señora, el alma te envía

envuelta entre mil sonetos.

Si acaso no te importuna

mi porfía, tu fortuna,

de otras muchas invidiada,

será por mí levantada

sobre el cerco de la luna.

Desvióse la Poesía, y de la parte del Interés salió la Liberalidad, y,

después de hechas sus mudanzas, dijo:

-Llaman Liberalidad

al dar que el estremo huye

de la prodigalidad,

y del contrario, que arguye

tibia y floja voluntad.

Mas yo, por te engrandecer,

de hoy más, pródiga he de ser;

que, aunque es vicio, es vicio honrado

y de pecho enamorado,

que en el dar se echa de ver.

Deste modo salieron y se retiraron todas las dos figuras de las dos

escuadras, y cada uno hizo sus mudanzas y dijo sus versos, algunos

elegantes y algunos ridículos, y sólo tomó de memoria don Quijote —que la

tenía grande— los ya referidos; y luego se mezclaron todos, haciendo y

deshaciendo lazos con gentil donaire y desenvoltura; y cuando pasaba el

Amor por delante del castillo, disparaba por alto sus flechas, pero el

Interés quebraba en él alcancías doradas.

Finalmente, después de haber bailado un buen espacio, el Interés sacó un

bolsón, que le formaba el pellejo de un gran gato romano, que parecía estar

lleno de dineros, y, arrojándole al castillo, con el golpe se desencajaron

las tablas y se cayeron, dejando a la doncella descubierta y sin defensa

alguna. Llegó el Interés con las figuras de su valía, y, echándola una gran

cadena de oro al cuello, mostraron prenderla, rendirla y cautivarla; lo

cual visto por el Amor y sus valedores, hicieron ademán de quitársela; y

todas las demostraciones que hacían eran al son de los tamborinos, bailando

y danzando concertadamente. Pusiéronlos en paz los salvajes, los cuales con

mucha presteza volvieron a armar y a encajar las tablas del castillo, y la

doncella se encerró en él como de nuevo, y con esto se acabó la danza con

gran contento de los que la miraban.

Preguntó don Quijote a una de las ninfas que quién la había compuesto y

ordenado. Respondióle que un beneficiado de aquel pueblo, que tenía gentil

caletre para semejantes invenciones.

— Yo apostaré —dijo don Quijote— que debe de ser más amigo de Camacho que de

Basilio el tal bachiller o beneficiado, y que debe de tener más de satírico

que de vísperas: ¡bien ha encajado en la danza las habilidades de Basilio y

las riquezas de Camacho!

Sancho Panza, que lo escuchaba todo, dijo:

— El rey es mi gallo: a Camacho me atengo.

— En fin —dijo don Quijote—, bien se parece, Sancho, que eres villano y de

aquéllos que dicen: "¡Viva quien vence!"

— No sé de los que soy —respondió Sancho—, pero bien sé que nunca de ollas

de Basilio sacaré yo tan elegante espuma como es esta que he sacado de las

de Camacho.

Y enseñóle el caldero lleno de gansos y de gallinas, y, asiendo de una,

comenzó a comer con mucho donaire y gana, y dijo:

— ¡A la barba de las habilidades de Basilio!, que tanto vales cuanto tienes,

y tanto tienes cuanto vales. Dos linajes solos hay en el mundo, como decía

una agüela mía, que son el tener y el no tener, aunque ella al del tener se

atenía; y el día de hoy, mi señor don Quijote, antes se toma el pulso al

haber que al saber: un asno cubierto de oro parece mejor que un caballo

enalbardado. Así que vuelvo a decir que a Camacho me atengo, de cuyas ollas

son abundantes espumas gansos y gallinas, liebres y conejos; y de las de

Basilio serán, si viene a mano, y aunque no venga sino al pie, aguachirle.

— ¿Has acabado tu arenga, Sancho? —dijo don Quijote.

— Habréla acabado —respondió Sancho—, porque veo que vuestra merced recibe

pesadumbre con ella; que si esto no se pusiera de por medio, obra había

cortada para tres días.

— Plega a Dios, Sancho —replicó don Quijote—, que yo te vea mudo antes que

me muera.

— Al paso que llevamos —respondió Sancho—, antes que vuestra merced se muera

estaré yo mascando barro, y entonces podrá ser que esté tan mudo que no

hable palabra hasta la fin del mundo, o, por lo menos, hasta el día del

Juicio.

— Aunque eso así suceda, ¡oh Sancho! —respondió don Quijote—, nunca llegará

tu silencio a do ha llegado lo que has hablado, hablas y tienes de hablar

en tu vida; y más, que está muy puesto en razón natural que primero llegue

el día de mi muerte que el de la tuya; y así, jamás pienso verte mudo, ni

aun cuando estés bebiendo o durmiendo, que es lo que puedo encarecer.

— A buena fe, señor —respondió Sancho—, que no hay que fiar en la

descarnada, digo, en la muerte, la cual también come cordero como carnero;

y a nuestro cura he oído decir que con igual pie pisaba las altas torres de

los reyes como las humildes chozas de los pobres. Tiene esta señora más de

poder que de melindre: no es nada asquerosa, de todo come y a todo hace, y

de toda suerte de gentes, edades y preeminencias hinche sus alforjas. No es

segador que duerme las siestas, que a todas horas siega, y corta así la

seca como la verde yerba; y no parece que masca, sino que engulle y traga

cuanto se le pone delante, porque tiene hambre canina, que nunca se harta;

y, aunque no tiene barriga, da a entender que está hidrópica y sedienta de

beber solas las vidas de cuantos viven, como quien se bebe un jarro de agua

fría.

— No más, Sancho —dijo a este punto don Quijote—. Tente en buenas, y no te

dejes caer; que en verdad que lo que has dicho de la muerte por tus

rústicos términos es lo que pudiera decir un buen predicador. Dígote,

Sancho que si como tienes buen natural y discreción, pudieras tomar un

púlpito en la mano y irte por ese mundo predicando lindezas...

— Bien predica quien bien vive —respondió Sancho—, y yo no sé otras

tologías.

— Ni las has menester —dijo don Quijote—; pero yo no acabo de entender ni

alcanzar cómo, siendo el principio de la sabiduría el temor de Dios, tú,

que temes más a un lagarto que a Él, sabes tanto.

— Juzgue vuesa merced, señor, de sus caballerías —respondió Sancho—, y no se

meta en juzgar de los temores o valentías ajenas, que tan gentil temeroso

soy yo de Dios como cada hijo de vecino; y déjeme vuestra merced despabilar

esta espuma, que lo demás todas son palabras ociosas, de que nos han de

pedir cuenta en la otra vida.

Y, diciendo esto, comenzó de nuevo a dar asalto a su caldero, con tan

buenos alientos que despertó los de don Quijote, y sin duda le ayudara, si

no lo impidiera lo que es fuerza se diga adelante.

Capítulo XXI. Donde se prosiguen las bodas de Camacho, con otros gustosos

sucesos

Cuando estaban don Quijote y Sancho en las razones referidas en el capítulo

antecedente, se oyeron grandes voces y gran ruido, y dábanlas y causábanle

los de las yeguas, que con larga carrera y grita iban a recebir a los

novios, que, rodeados de mil géneros de instrumentos y de invenciones,

venían acompañados del cura, y de la parentela de entrambos, y de toda la

gente más lucida de los lugares circunvecinos, todos vestidos de fiesta. Y

como Sancho vio a la novia, dijo:

— A buena fe que no viene vestida de labradora, sino de garrida palaciega.

¡Pardiez, que según diviso, que las patenas que había de traer son ricos

corales, y la palmilla verde de Cuenca es terciopelo de treinta pelos! ¡Y

montas que la guarnición es de tiras de lienzo, blanca!, ¡voto a mí que es

de raso!; pues, ¡tomadme las manos, adornadas con sortijas de azabache!: no

medre yo si no son anillos de oro, y muy de oro, y empedrados con pelras

blancas como una cuajada, que cada una debe de valer un ojo de la cara. ¡Oh

hideputa, y qué cabellos; que, si no son postizos, no los he visto mas

luengos ni más rubios en toda mi vida! ¡No, sino ponedla tacha en el brío y

en el talle, y no la comparéis a una palma que se mueve cargada de racimos

de dátiles, que lo mesmo parecen los dijes que trae pendientes de los

cabellos y de la garganta! Juro en mi ánima que ella es una chapada moza, y

que puede pasar por los bancos de Flandes.

Rióse don Quijote de las rústicas alabanzas de Sancho Panza; parecióle que,

fuera de su señora Dulcinea del Toboso, no había visto mujer más hermosa

jamás. Venía la hermosa Quiteria algo descolorida, y debía de ser de la

mala noche que siempre pasan las novias en componerse para el día venidero

de sus bodas. Íbanse acercando a un teatro que a un lado del prado estaba,

adornado de alfombras y ramos, adonde se habían de hacer los desposorios, y

de donde habían de mirar las danzas y las invenciones; y, a la sazón que

llegaban al puesto, oyeron a sus espaldas grandes voces, y una que decía:

— Esperaos un poco, gente tan inconsiderada como presurosa.

A cuyas voces y palabras todos volvieron la cabeza, y vieron que las daba

un hombre vestido, al parecer, de un sayo negro, jironado de carmesí a

llamas. Venía coronado —como se vio luego— con una corona de funesto

ciprés; en las manos traía un bastón grande. En llegando más cerca, fue

conocido de todos por el gallardo Basilio, y todos estuvieron suspensos,

esperando en qué habían de parar sus voces y sus palabras, temiendo algún

mal suceso de su venida en sazón semejante.

Llegó, en fin, cansado y sin aliento, y, puesto delante de los desposados,

hincando el bastón en el suelo, que tenía el cuento de una punta de acero,

mudada la color, puestos los ojos en Quiteria, con voz tremente y ronca,

estas razones dijo:

— Bien sabes, desconocida Quiteria, que conforme a la santa ley que

profesamos, que viviendo yo, tú no puedes tomar esposo; y juntamente no

ignoras que, por esperar yo que el tiempo y mi diligencia mejorasen los

bienes de mi fortuna, no he querido dejar de guardar el decoro que a tu

honra convenía; pero tú, echando a las espaldas todas las obligaciones que

debes a mi buen deseo, quieres hacer señor de lo que es mío a otro, cuyas

riquezas le sirven no sólo de buena fortuna, sino de bonísima ventura. Y

para que la tenga colmada, y no como yo pienso que la merece, sino como se

la quieren dar los cielos, yo, por mis manos, desharé el imposible o el

inconveniente que puede estorbársela, quitándome a mí de por medio. ¡Viva,

viva el rico Camacho con la ingrata Quiteria largos y felices siglos, y

muera, muera el pobre Basilio, cuya pobreza cortó las alas de su dicha y le

puso en la sepultura!

Y, diciendo esto, asió del bastón que tenía hincado en el suelo, y,

quedándose la mitad dél en la tierra, mostró que servía de vaina a un

mediano estoque que en él se ocultaba; y, puesta la que se podía llamar

empuñadura en el suelo, con ligero desenfado y determinado propósito se

arrojó sobre él, y en un punto mostró la punta sangrienta a las espaldas,

con la mitad del acerada cuchilla, quedando el triste bañado en su sangre y

tendido en el suelo, de sus mismas armas traspasado.

Acudieron luego sus amigos a favorecerle, condolidos de su miseria y

lastimosa desgracia; y, dejando don Quijote a Rocinante, acudió a

favorecerle y le tomó en sus brazos, y halló que aún no había espirado.

Quisiéronle sacar el estoque, pero el cura, que estaba presente, fue de

parecer que no se le sacasen antes de confesarle, porque el sacársele y el

espirar sería todo a un tiempo. Pero, volviendo un poco en sí Basilio, con

voz doliente y desmayada dijo:

— Si quisieses, cruel Quiteria, darme en este último y forzoso trance la

mano de esposa, aún pensaría que mi temeridad tendría desculpa, pues en

ella alcancé el bien de ser tuyo.

El cura, oyendo lo cual, le dijo que atendiese a la salud del alma antes

que a los gustos del cuerpo, y que pidiese muy de veras a Dios perdón de

sus pecados y de su desesperada determinación. A lo cual replicó Basilio

que en ninguna manera se confesaría si primero Quiteria no le daba la mano

de ser su esposa: que aquel contento le adobaría la voluntad y le daría

aliento para confesarse.

En oyendo don Quijote la petición del herido, en altas voces dijo que

Basilio pedía una cosa muy justa y puesta en razón, y además, muy hacedera,

y que el señor Camacho quedaría tan honrado recibiendo a la señora Quiteria

viuda del valeroso Basilio como si la recibiera del lado de su padre:

— Aquí no ha de haber más de un sí, que no tenga otro efecto que el

pronunciarle, pues el tálamo de estas bodas ha de ser la sepultura.

Todo lo oía Camacho, y todo le tenía suspenso y confuso, sin saber qué

hacer ni qué decir; pero las voces de los amigos de Basilio fueron tantas,

pidiéndole que consintiese que Quiteria le diese la mano de esposa, porque

su alma no se perdiese, partiendo desesperado desta vida, que le movieron,

y aun forzaron, a decir que si Quiteria quería dársela, que él se

contentaba, pues todo era dilatar por un momento el cumplimiento de sus

deseos.

Luego acudieron todos a Quiteria, y unos con ruegos, y otros con lágrimas,

y otros con eficaces razones, la persuadían que diese la mano al pobre

Basilio; y ella, más dura que un mármol y más sesga que una estatua,

mostraba que ni sabía ni podía, ni quería responder palabra; ni la

respondiera si el cura no la dijera que se determinase presto en lo que

había de hacer, porque tenía Basilio ya el alma en los dientes, y no daba

lugar a esperar inresolutas determinaciones.

Entonces la hermosa Quiteria, sin responder palabra alguna, turbada, al

parecer triste y pesarosa, llegó donde Basilio estaba, ya los ojos vueltos,

el aliento corto y apresurado, murmurando entre los dientes el nombre de

Quiteria, dando muestras de morir como gentil, y no como cristiano. Llegó,

en fin, Quiteria, y, puesta de rodillas, le pidió la mano por señas, y no

por palabras. Desencajó los ojos Basilio, y, mirándola atentamente, le

dijo:

— ¡Oh Quiteria, que has venido a ser piadosa a tiempo cuando tu piedad ha de

servir de cuchillo que me acabe de quitar la vida, pues ya no tengo fuerzas

para llevar la gloria que me das en escogerme por tuyo, ni para suspender

el dolor que tan apriesa me va cubriendo los ojos con la espantosa sombra

de la muerte! Lo que te suplico es, ¡oh fatal estrella mía!, que la mano

que me pides y quieres darme no sea por cumplimiento, ni para engañarme de

nuevo, sino que confieses y digas que, sin hacer fuerza a tu voluntad, me

la entregas y me la das como a tu legítimo esposo; pues no es razón que en

un trance como éste me engañes, ni uses de fingimientos con quien tantas

verdades ha tratado contigo.

Entre estas razones, se desmayaba, de modo que todos los presentes pensaban

que cada desmayo se había de llevar el alma consigo. Quiteria, toda honesta

y toda vergonzosa, asiendo con su derecha mano la de Basilio, le dijo:

— Ninguna fuerza fuera bastante a torcer mi voluntad; y así, con la más

libre que tengo te doy la mano de legítima esposa, y recibo la tuya, si es

que me la das de tu libre albedrío, sin que la turbe ni contraste la

calamidad en que tu discurso acelerado te ha puesto.

— Sí doy —respondió Basilio—, no turbado ni confuso, sino con el claro

entendimiento que el cielo quiso darme; y así, me doy y me entrego por tu

esposo.

— Y yo por tu esposa —respondió Quiteria—, ahora vivas largos años, ahora te

lleven de mis brazos a la sepultura.

— Para estar tan herido este mancebo —dijo a este punto Sancho Panza—, mucho

habla; háganle que se deje de requiebros y que atienda a su alma, que, a mi

parecer, más la tiene en la lengua que en los dientes.

Estando, pues, asidos de las manos Basilio y Quiteria, el cura, tierno y

lloroso, los echó la bendición y pidió al cielo diese buen poso al alma del

nuevo desposado; el cual, así como recibió la bendición, con presta

ligereza se levantó en pie, y con no vista desenvoltura se sacó el estoque,

a quien servía de vaina su cuerpo.

Quedaron todos los circunstantes admirados, y algunos dellos, más simples

que curiosos, en altas voces, comenzaron a decir:

— ¡Milagro, milagro!

Pero Basilio replicó:

— ¡No "milagro, milagro", sino industria, industria!

El cura, desatentado y atónito, acudió con ambas manos a tentar la herida,

y halló que la cuchilla había pasado, no por la carne y costillas de

Basilio, sino por un cañón hueco de hierro que, lleno de sangre, en aquel

lugar bien acomodado tenía; preparada la sangre, según después se supo, de

modo que no se helase.

Finalmente, el cura y Camacho, con todos los más circunstantes, se tuvieron

por burlados y escarnidos. La esposa no dio muestras de pesarle de la

burla; antes, oyendo decir que aquel casamiento, por haber sido engañoso,

no había de ser valedero, dijo que ella le confirmaba de nuevo; de lo cual

coligieron todos que de consentimiento y sabiduría de los dos se había

trazado aquel caso, de lo que quedó Camacho y sus valedores tan corridos

que remitieron su venganza a las manos, y, desenvainando muchas espadas,

arremetieron a Basilio, en cuyo favor en un instante se desenvainaron casi

otras tantas. Y, tomando la delantera a caballo don Quijote, con la lanza

sobre el brazo y bien cubierto de su escudo, se hacía dar lugar de todos.

Sancho, a quien jamás pluguieron ni solazaron semejantes fechurías, se

acogió a las tinajas, donde había sacado su agradable espuma, pareciéndole

aquel lugar como sagrado, que había de ser tenido en respeto. Don Quijote,

a grandes voces, decía:

— Teneos, señores, teneos, que no es razón toméis venganza de los agravios

que el amor nos hace; y advertid que el amor y la guerra son una misma

cosa, y así como en la guerra es cosa lícita y acostumbrada usar de ardides

y estratagemas para vencer al enemigo, así en las contiendas y competencias

amorosas se tienen por buenos los embustes y marañas que se hacen para

conseguir el fin que se desea, como no sean en menoscabo y deshonra de la

cosa amada. Quiteria era de Basilio, y Basilio de Quiteria, por justa y

favorable disposición de los cielos. Camacho es rico, y podrá comprar su

gusto cuando, donde y como quisiere. Basilio no tiene más desta oveja, y no

se la ha de quitar alguno, por poderoso que sea; que a los dos que Dios

junta no podrá separar el hombre; y el que lo intentare, primero ha de

pasar por la punta desta lanza.

Y, en esto, la blandió tan fuerte y tan diestramente, que puso pavor en

todos los que no le conocían, y tan intensamente se fijó en la imaginación

de Camacho el desdén de Quiteria, que se la borró de la memoria en un

instante; y así, tuvieron lugar con él las persuasiones del cura, que era

varón prudente y bien intencionado, con las cuales quedó Camacho y los de

su parcialidad pacíficos y sosegados; en señal de lo cual volvieron las

espadas a sus lugares, culpando más a la facilidad de Quiteria que a la

industria de Basilio; haciendo discurso Camacho que si Quiteria quería bien

a Basilio doncella, también le quisiera casada, y que debía de dar gracias

al cielo, más por habérsela quitado que por habérsela dado.

Consolado, pues, y pacífico Camacho y los de su mesnada, todos los de la de

Basilio se sosegaron, y el rico Camacho, por mostrar que no sentía la

burla, ni la estimaba en nada, quiso que las fiestas pasasen adelante como

si realmente se desposara; pero no quisieron asistir a ellas Basilio ni su

esposa ni secuaces; y así, se fueron a la aldea de Basilio, que también los

pobres virtuosos y discretos tienen quien los siga, honre y ampare, como

los ricos tienen quien los lisonjee y acompañe.

Llevarónse consigo a don Quijote, estimándole por hombre de valor y de pelo

en pecho. A sólo Sancho se le escureció el alma, por verse imposibilitado

de aguardar la espléndida comida y fiestas de Camacho, que duraron hasta la

noche; y así, asenderado y triste, siguió a su señor, que con la cuadrilla

de Basilio iba, y así se dejó atrás las ollas de Egipto, aunque las llevaba

en el alma, cuya ya casi consumida y acabada espuma, que en el caldero

llevaba, le representaba la gloria y la abundancia del bien que perdía; y

así, congojado y pensativo, aunque sin hambre, sin apearse del rucio,

siguió las huellas de Rocinante.

Capítulo XXII. Donde se da cuenta de la grande aventura de la cueva de

Montesinos, que está en el corazón de la Mancha, a quien dio felice cima el

valeroso don Quijote de la Mancha

Grandes fueron y muchos los regalos que los desposados hicieron a don

Quijote, obligados de las muestras que había dado defendiendo su causa, y

al par de la valentía le graduaron la discreción, teniéndole por un Cid en

las armas y por un Cicerón en la elocuencia. El buen Sancho se refociló

tres días a costa de los novios, de los cuales se supo que no fue traza

comunicada con la hermosa Quiteria el herirse fingidamente, sino industria

de Basilio, esperando della el mesmo suceso que se había visto; bien es

verdad que confesó que había dado parte de su pensamiento a algunos de sus

amigos, para que al tiempo necesario favoreciesen su intención y abonasen

su engaño.

— No se pueden ni deben llamar engaños —dijo don Quijote— los que ponen la

mira en virtuosos fines.

Y que el de casarse los enamorados era el fin de más excelencia,

advirtiendo que el mayor contrario que el amor tiene es la hambre y la

continua necesidad, porque el amor es todo alegría, regocijo y contento, y

más cuando el amante está en posesión de la cosa amada, contra quien son

enemigos opuestos y declarados la necesidad y la pobreza; y que todo esto

decía con intención de que se dejase el señor Basilio de ejercitar las

habilidades que sabe, que, aunque le daban fama, no le daban dineros, y que

atendiese a granjear hacienda por medios lícitos e industriosos, que nunca

faltan a los prudentes y aplicados.

— El pobre honrado, si es que puede ser honrado el pobre, tiene prenda en

tener mujer hermosa, que, cuando se la quitan, le quitan la honra y se la

matan. La mujer hermosa y honrada, cuyo marido es pobre, merece ser

coronada con laureles y palmas de vencimiento y triunfo. La hermosura, por

sí sola, atrae las voluntades de cuantos la miran y conocen, y como a

señuelo gustoso se le abaten las águilas reales y los pájaros altaneros;

pero si a la tal hermosura se le junta la necesidad y la estrecheza,

también la embisten los cuervos, los milanos y las otras aves de rapiña; y

la que está a tantos encuentros firme bien merece llamarse corona de su

marido. Mirad, discreto Basilio —añadió don Quijote—: opinión fue de no sé

qué sabio que no había en todo el mundo sino una sola mujer buena, y daba

por consejo que cada uno pensase y creyese que aquella sola buena era la

suya, y así viviría contento. Yo no soy casado, ni hasta agora me ha venido

en pensamiento serlo; y, con todo esto, me atrevería a dar consejo al que

me lo pidiese del modo que había de buscar la mujer con quien se quisiese

casar. Lo primero, le aconsejaría que mirase más a la fama que a la

hacienda, porque la buena mujer no alcanza la buena fama solamente con ser

buena, sino con parecerlo; que mucho más dañan a las honras de las mujeres

las desenvolturas y libertades públicas que las maldades secretas. Si traes

buena mujer a tu casa, fácil cosa sería conservarla, y aun mejorarla, en

aquella bondad; pero si la traes mala, en trabajo te pondrá el enmendarla:

que no es muy hacedero pasar de un estremo a otro. Yo no digo que sea

imposible, pero téngolo por dificultoso.

Oía todo esto Sancho, y dijo entre sí:

— Este mi amo, cuando yo hablo cosas de meollo y de sustancia suele decir

que podría yo tomar un púlpito en las manos y irme por ese mundo adelante

predicando lindezas; y yo digo dél que cuando comienza a enhilar sentencias

y a dar consejos, no sólo puede tomar púlpito en las manos, sino dos en

cada dedo, y andarse por esas plazas a ¿qué quieres boca? ¡Válate el diablo

por caballero andante, que tantas cosas sabes! Yo pensaba en mi ánima que

sólo podía saber aquello que tocaba a sus caballerías, pero no hay cosa

donde no pique y deje de meter su cucharada.

Murmuraba esto algo Sancho, y entreoyóle su señor, y preguntóle:

— ¿Qué murmuras, Sancho?

— No digo nada, ni murmuro de nada —respondió Sancho—; sólo estaba diciendo

entre mí que quisiera haber oído lo que vuesa merced aquí ha dicho antes

que me casara, que quizá dijera yo agora: "El buey suelto bien se lame".

— ¿Tan mala es tu Teresa, Sancho? —dijo don Quijote.

— No es muy mala —respondió Sancho—, pero no es muy buena; a lo menos, no es

tan buena como yo quisiera.

— Mal haces, Sancho —dijo don Quijote—, en decir mal de tu mujer, que, en

efecto, es madre de tus hijos.

— No nos debemos nada —respondió Sancho—, que también ella dice mal de mí

cuando se le antoja, especialmente cuando está celosa, que entonces súfrala

el mesmo Satanás.

Finalmente, tres días estuvieron con los novios, donde fueron regalados y

servidos como cuerpos de rey. Pidió don Quijote al diestro licenciado le

diese una guía que le encaminase a la cueva de Montesinos, porque tenía

gran deseo de entrar en ella y ver a ojos vistas si eran verdaderas las

maravillas que de ella se decían por todos aquellos contornos. El

licenciado le dijo que le daría a un primo suyo, famoso estudiante y muy

aficionado a leer libros de caballerías, el cual con mucha voluntad le

pondría a la boca de la mesma cueva, y le enseñaría las lagunas de Ruidera,

famosas ansimismo en toda la Mancha, y aun en toda España; y díjole que

llevaría con él gustoso entretenimiento, a causa que era mozo que sabía

hacer libros para imprimir y para dirigirlos a príncipes. Finalmente, el

primo vino con una pollina preñada, cuya albarda cubría un gayado tapete o

arpillera. Ensilló Sancho a Rocinante y aderezó al rucio, proveyó sus

alforjas, a las cuales acompañaron las del primo, asimismo bien proveídas,

y, encomendándose a Dios y despediéndose de todos, se pusieron en camino,

tomando la derrota de la famosa cueva de Montesinos.

En el camino preguntó don Quijote al primo de qué género y calidad eran sus

ejercicios, su profesión y estudios; a lo que él respondió que su

profesión era ser humanista; sus ejercicios y estudios, componer libros

para dar a la estampa, todos de gran provecho y no menos entretenimiento

para la república; que el uno se intitulaba el de las libreas, donde pinta

setecientas y tres libreas, con sus colores, motes y cifras, de donde

podían sacar y tomar las que quisiesen en tiempo de fiestas y regocijos los

caballeros cortesanos, sin andarlas mendigando de nadie, ni lambicando,

como dicen, el cerbelo, por sacarlas conformes a sus deseos e intenciones.

— Porque doy al celoso, al desdeñado, al olvidado y al ausente las que les

convienen, que les vendrán más justas que pecadoras. Otro libro tengo

también, a quien he de llamar Metamorfóseos, o Ovidio español, de invención

nueva y rara; porque en él, imitando a Ovidio a lo burlesco, pinto quién

fue la Giralda de Sevilla y el Ángel de la Madalena, quién el Caño de

Vecinguerra, de Córdoba, quiénes los Toros de Guisando, la Sierra Morena,

las fuentes de Leganitos y Lavapiés, en Madrid, no olvidándome de la del

Piojo, de la del Caño Dorado y de la Priora; y esto, con sus alegorías,

metáforas y translaciones, de modo que alegran, suspenden y enseñan a un

mismo punto. Otro libro tengo, que le llamo Suplemento a Virgilio Polidoro,

que trata de la invención de las cosas, que es de grande erudición y

estudio, a causa que las cosas que se dejó de decir Polidoro de gran

sustancia, las averiguo yo, y las declaro por gentil estilo. Olvidósele a

Virgilio de declararnos quién fue el primero que tuvo catarro en el mundo,

y el primero que tomó las unciones para curarse del morbo gálico, y yo lo

declaro al pie de la letra, y lo autorizo con más de veinte y cinco

autores: porque vea vuesa merced si he trabajado bien y si ha de ser útil

el tal libro a todo el mundo.

Sancho, que había estado muy atento a la narración del primo, le dijo:

— Dígame, señor, así Dios le dé buena manderecha en la impresión de sus

libros: ¿sabríame decir, que sí sabrá, pues todo lo sabe, quién fue el

primero que se rascó en la cabeza, que yo para mí tengo que debió de ser

nuestro padre Adán?

— Sí sería —respondió el primo—, porque Adán no hay duda sino que tuvo

cabeza y cabellos; y, siendo esto así, y siendo el primer hombre del mundo,

alguna vez se rascaría.

— Así lo creo yo —respondió Sancho—; pero dígame ahora: ¿quién fue el primer

volteador del mundo?

— En verdad, hermano —respondió el primo—, que no me sabré determinar por

ahora, hasta que lo estudie. Yo lo estudiaré, en volviendo adonde tengo mis

libros, y yo os satisfaré cuando otra vez nos veamos, que no ha de ser ésta

la postrera.

— Pues mire, señor —replicó Sancho—, no tome trabajo en esto, que ahora he

caído en la cuenta de lo que le he preguntado. Sepa que el primer volteador

del mundo fue Lucifer, cuando le echaron o arrojaron del cielo, que vino

volteando hasta los abismos.

— Tienes razón, amigo —dijo el primo.

Y dijo don Quijote:

— Esa pregunta y respuesta no es tuya, Sancho: a alguno las has oído decir.

— Calle, señor —replicó Sancho—, que a buena fe que si me doy a preguntar y

a responder, que no acabe de aquí a mañana. Sí, que para preguntar

necedades y responder disparates no he menester yo andar buscando ayuda de

vecinos.

— Más has dicho, Sancho, de lo que sabes —dijo don Quijote—; que hay algunos

que se cansan en saber y averiguar cosas que, después de sabidas y

averiguadas, no importan un ardite al entendimiento ni a la memoria.

En estas y otras gustosas pláticas se les pasó aquel día, y a la noche se

albergaron en una pequeña aldea, adonde el primo dijo a don Quijote que

desde allí a la cueva de Montesinos no había más de dos leguas, y que si

llevaba determinado de entrar en ella, era menester proverse de sogas, para

atarse y descolgarse en su profundidad.

Don Quijote dijo que, aunque llegase al abismo, había de ver dónde paraba;

y así, compraron casi cien brazas de soga, y otro día, a las dos de la

tarde, llegaron a la cueva, cuya boca es espaciosa y ancha, pero llena de

cambroneras y cabrahígos, de zarzas y malezas, tan espesas y intricadas,

que de todo en todo la ciegan y encubren. En viéndola, se apearon el primo,

Sancho y don Quijote, al cual los dos le ataron luego fortísimamente con

las sogas; y, en tanto que le fajaban y ceñían, le dijo Sancho:

— Mire vuestra merced, señor mío, lo que hace: no se quiera sepultar en

vida, ni se ponga adonde parezca frasco que le ponen a enfriar en algún

pozo. Sí, que a vuestra merced no le toca ni atañe ser el escudriñador

desta que debe de ser peor que mazmorra.

— Ata y calla —respondió don Quijote—, que tal empresa como aquésta, Sancho

amigo, para mí estaba guardada.

Y entonces dijo la guía:

— Suplico a vuesa merced, señor don Quijote, que mire bien y especule con

cien ojos lo que hay allá dentro: quizá habrá cosas que las ponga yo en el

libro de mis Transformaciones.

— En manos está el pandero que le sabrá bien tañer —respondió Sancho Panza.

Dicho esto y acabada la ligadura de don Quijote —que no fue sobre el arnés,

sino sobre el jubón de armar—, dijo don Quijote:

— Inadvertidos hemos andado en no habernos proveído de algún esquilón

pequeño, que fuera atado junto a mí en esta mesma soga, con cuyo sonido se

entendiera que todavía bajaba y estaba vivo; pero, pues ya no es posible, a

la mano de Dios, que me guíe.

Y luego se hincó de rodillas y hizo una oración en voz baja al cielo,

pidiendo a Dios le ayudase y le diese buen suceso en aquella, al parecer,

peligrosa y nueva aventura, y en voz alta dijo luego:

— ¡Oh señora de mis acciones y movimientos, clarísima y sin par Dulcinea del

Toboso! Si es posible que lleguen a tus oídos las plegarias y rogaciones

deste tu venturoso amante, por tu inaudita belleza te ruego las escuches,

que no son otras que rogarte no me niegues tu favor y amparo, ahora que

tanto le he menester. Yo voy a despeñarme, a empozarme y a hundirme en el

abismo que aquí se me representa, sólo porque conozca el mundo que si tú me

favoreces, no habrá imposible a quien yo no acometa y acabe.

Y, en diciendo esto, se acercó a la sima; vio no ser posible descolgarse,

ni hacer lugar a la entrada, si no era a fuerza de brazos, o a cuchilladas,

y así, poniendo mano a la espada, comenzó a derribar y a cortar de aquellas

malezas que a la boca de la cueva estaban, por cuyo ruido y estruendo

salieron por ella una infinidad de grandísimos cuervos y grajos, tan

espesos y con tanta priesa, que dieron con don Quijote en el suelo; y si él

fuera tan agorero como católico cristiano, lo tuviera a mala señal y

escusara de encerrarse en lugar semejante.

Finalmente se levantó, y, viendo que no salían más cuervos ni otras aves

noturnas, como fueron murciélagos, que asimismo entre los cuervos salieron,

dándole soga el primo y Sancho, se dejó calar al fondo de la caverna

espantosa; y, al entrar, echándole Sancho su bendición y haciendo sobre él

mil cruces, dijo:

— ¡Dios te guíe y la Peña de Francia, junto con la Trinidad de Gaeta, flor,

nata y espuma de los caballeros andantes! ¡Allá vas, valentón del mundo,

corazón de acero, brazos de bronce! ¡Dios te guíe, otra vez, y te vuelva

libre, sano y sin cautela a la luz desta vida, que dejas por enterrarte en

esta escuridad que buscas!

Casi las mismas plegarias y deprecaciones hizo el primo.

Iba don Quijote dando voces que le diesen soga y más soga, y ellos se la

daban poco a poco; y cuando las voces, que acanaladas por la cueva salían,

dejaron de oírse, ya ellos tenían descolgadas las cien brazas de soga, y

fueron de parecer de volver a subir a don Quijote, pues no le podían dar

más cuerda. Con todo eso, se detuvieron como media hora, al cabo del cual

espacio volvieron a recoger la soga con mucha facilidad y sin peso alguno,

señal que les hizo imaginar que don Quijote se quedaba dentro; y,

creyéndolo así, Sancho lloraba amargamente y tiraba con mucha priesa por

desengañarse, pero, llegando, a su parecer, a poco más de las ochenta

brazas, sintieron peso, de que en estremo se alegraron. Finalmente, a las

diez vieron distintamente a don Quijote, a quien dio voces Sancho,

diciéndole:

— Sea vuestra merced muy bien vuelto, señor mío, que ya pensábamos que se

quedaba allá para casta.

Pero no respondía palabra don Quijote; y, sacándole del todo, vieron que

traía cerrados los ojos, con muestras de estar dormido. Tendiéronle en el

suelo y desliáronle, y con todo esto no despertaba; pero tanto le volvieron

y revolvieron, sacudieron y menearon, que al cabo de un buen espacio volvió

en sí, desperezándose, bien como si de algún grave y profundo sueño

despertara; y, mirando a una y otra parte, como espantado, dijo:

— Dios os lo perdone, amigos; que me habéis quitado de la más sabrosa y

agradable vida y vista que ningún humano ha visto ni pasado. En efecto,

ahora acabo de conocer que todos los contentos desta vida pasan como sombra

y sueño, o se marchitan como la flor del campo. ¡Oh desdichado Montesinos!

¡Oh mal ferido Durandarte! ¡Oh sin ventura Belerma! ¡Oh lloroso Guadiana, y

vosotras sin dicha ijas de Ruidera, que mostráis en vuestras aguas las que

lloraron vuestros hermosos ojos!

Escuchaban el primo y Sancho las palabras de don Quijote, que las decía

como si con dolor inmenso las sacara de las entrañas. Suplicáronle les

diese a entender lo que decía, y les dijese lo que en aquel infierno había

visto.

— ¿Infierno le llamáis? —dijo don Quijote—; pues no le llaméis ansí, porque

no lo merece, como luego veréis.

Pidió que le diesen algo de comer, que traía grandísima hambre. Tendieron

la arpillera del primo sobre la verde yerba, acudieron a la despensa de sus

alforjas, y, sentados todos tres en buen amor y compaña, merendaron y

cenaron, todo junto. Levantada la arpillera, dijo don Quijote de la Mancha:

— No se levante nadie, y estadme, hijos, todos atentos.

Capítulo XXIII. De las admirables cosas que el estremado don Quijote contó

que había visto en la profunda cueva de Montesinos, cuya imposibilidad y

grandeza hace que se tenga esta aventura por apócrifa

Las cuatro de la tarde serían cuando el sol, entre nubes cubierto, con luz

escasa y templados rayos, dio lugar a don Quijote para que, sin calor y

pesadumbre, contase a sus dos clarísimos oyentes lo que en la cueva de

Montesinos había visto. Y comenzó en el modo siguiente:

— A obra de doce o catorce estados de la profundidad desta mazmorra, a la

derecha mano, se hace una concavidad y espacio capaz de poder caber en ella

un gran carro con sus mulas. Éntrale una pequeña luz por unos resquicios o

agujeros, que lejos le responden, abiertos en la superficie de la tierra.

Esta concavidad y espacio vi yo a tiempo cuando ya iba cansado y mohíno de

verme, pendiente y colgado de la soga, caminar por aquella escura región

abajo, sin llevar cierto ni determinado camino; y así, determiné entrarme

en ella y descansar un poco. Di voces, pidiéndoos que no descolgásedes más

soga hasta que yo os lo dijese, pero no debistes de oírme. Fui recogiendo

la soga que enviábades, y, haciendo della una rosca o rimero, me senté

sobre él, pensativo además, considerando lo que hacer debía para calar al

fondo, no teniendo quién me sustentase; y, estando en este pensamiento y

confusión, de repente y sin procurarlo, me salteó un sueño profundísimo; y,

cuando menos lo pensaba, sin saber cómo ni cómo no, desperté dél y me hallé

en la mitad del más bello, ameno y deleitoso prado que puede criar la

naturaleza ni imaginar la más discreta imaginación humana. Despabilé los

ojos, limpiémelos, y vi que no dormía, sino que realmente estaba despierto;

con todo esto, me tenté la cabeza y los pechos, por certificarme si era yo

mismo el que allí estaba, o alguna fantasma vana y contrahecha; pero el

tacto, el sentimiento, los discursos concertados que entre mí hacía, me

certificaron que yo era allí entonces el que soy aquí ahora. Ofrecióseme

luego a la vista un real y suntuoso palacio o alcázar, cuyos muros y

paredes parecían de transparente y claro cristal fabricados; del cual

abriéndose dos grandes puertas, vi que por ellas salía y hacía mí se venía

un venerable anciano, vestido con un capuz de bayeta morada, que por el

suelo le arrastraba: ceñíale los hombros y los pechos una beca de colegial,

de raso verde; cubríale la cabeza una gorra milanesa negra, y la barba,

canísima, le pasaba de la cintura; no traía arma ninguna, sino un rosario

de cuentas en la mano, mayores que medianas nueces, y los dieces asimismo

como huevos medianos de avestruz; el continente, el paso, la gravedad y la

anchísima presencia, cada cosa de por sí y todas juntas, me suspendieron y

admiraron. Llegóse a mí, y lo primero que hizo fue abrazarme estrechamente,

y luego decirme: ''Luengos tiempos ha, valeroso caballero don Quijote de la

Mancha, que los que estamos en estas soledades encantados esperamos verte,

para que des noticia al mundo de lo que encierra y cubre la profunda cueva

por donde has entrado, llamada la cueva de Montesinos: hazaña sólo guardada

para ser acometida de tu invencible corazón y de tu ánimo stupendo. Ven

conmigo, señor clarísimo, que te quiero mostrar las maravillas que este

transparente alcázar solapa, de quien yo soy alcaide y guarda mayor

perpetua, porque soy el mismo Montesinos, de quien la cueva toma nombre''.

Apenas me dijo que era Montesinos, cuando le pregunté si fue verdad lo que

en el mundo de acá arriba se contaba: que él había sacado de la mitad del

pecho, con una pequeña daga, el corazón de su grande amigo Durandarte y

llevádole a la Señora Belerma, como él se lo mandó al punto de su muerte.

Respondióme que en todo decían verdad, sino en la daga, porque no fue daga,

ni pequeña, sino un puñal buido, más agudo que una lezna.

— Debía de ser —dijo a este punto Sancho— el tal puñal de Ramón de Hoces, el

sevillano.

— No sé —prosiguió don Quijote—, pero no sería dese puñalero, porque Ramón

de Hoces fue ayer, y lo de Roncesvalles, donde aconteció esta desgracia, ha

muchos años; y esta averiguación no es de importancia, ni turba ni altera

la verdad y contesto de la historia.

— Así es —respondió el primo—; prosiga vuestra merced, señor don Quijote,

que le escucho con el mayor gusto del mundo.

— No con menor lo cuento yo —respondió don Quijote—; y así, digo que el

venerable Montesinos me metió en el cristalino palacio, donde en una sala

baja, fresquísima sobremodo y toda de alabastro, estaba un sepulcro de

mármol, con gran maestría fabricado, sobre el cual vi a un caballero

tendido de largo a largo, no de bronce, ni de mármol, ni de jaspe hecho,

como los suele haber en otros sepulcros, sino de pura carne y de puros

huesos. Tenía la mano derecha (que, a mi parecer, es algo peluda y nervosa,

señal de tener muchas fuerzas su dueño) puesta sobre el lado del corazón,

y, antes que preguntase nada a Montesinos, viéndome suspenso mirando al del

sepulcro, me dijo: ''Éste es mi amigo Durandarte, flor y espejo de los

caballeros enamorados y valientes de su tiempo; tiénele aquí encantado,

como me tiene a mí y a otros muchos y muchas, Merlín, aquel francés

encantador que dicen que fue hijo del diablo; y lo que yo creo es que no

fue hijo del diablo, sino que supo, como dicen, un punto más que el diablo.

El cómo o para qué nos encantó nadie lo sabe, y ello dirá andando los

tiempos, que no están muy lejos, según imagino. Lo que a mí me admira es

que sé, tan cierto como ahora es de día, que Durandarte acabó los de su

vida en mis brazos, y que después de muerto le saqué el corazón con mis

propias manos; y en verdad que debía de pesar dos libras, porque, según los

naturales, el que tiene mayor corazón es dotado de mayor valentía del que

le tiene pequeño. Pues siendo esto así, y que realmente murió este

caballero, ¿cómo ahora se queja y sospira de cuando en cuando, como si

estuviese vivo?'' Esto dicho, el mísero Durandarte, dando una gran voz,

dijo:

''¡Oh, mi primo Montesinos!

Lo postrero que os rogaba,

que cuando yo fuere muerto,

y mi ánima arrancada,

que llevéis mi corazón

adonde Belerma estaba,

sacándomele del pecho,

ya con puñal, ya con daga.''

Oyendo lo cual el venerable Montesinos, se puso de rodillas ante el

lastimado caballero, y, con lágrimas en los ojos, le dijo: ''Ya, señor

Durandarte, carísimo primo mío, ya hice lo que me mandastes en el aciago

día de nuestra pérdida: yo os saqué el corazón lo mejor que pude, sin que

os dejase una mínima parte en el pecho; yo le limpié con un pañizuelo de

puntas; yo partí con él de carrera para Francia, habiéndoos primero puesto

en el seno de la tierra, con tantas lágrimas, que fueron bastantes a

lavarme las manos y limpiarme con ellas la sangre que tenían, de haberos

andado en las entrañas; y, por más señas, primo de mi alma, en el primero

lugar que topé, saliendo de Roncesvalles, eché un poco de sal en vuestro

corazón, porque no oliese mal, y fuese, si no fresco, a lo menos amojamado,

a la presencia de la señora Belerma; la cual, con vos, y conmigo, y con

Guadiana, vuestro escudero, y con la dueña Ruidera y sus siete hijas y dos

sobrinas, y con otros muchos de vuestros conocidos y amigos, nos tiene aquí

encantados el sabio Merlín ha muchos años; y, aunque pasan de quinientos,

no se ha muerto ninguno de nosotros: solamente faltan Ruidera y sus hijas y

sobrinas, las cuales llorando, por compasión que debió de tener Merlín

dellas, las convirtió en otras tantas lagunas, que ahora, en el mundo de

los vivos y en la provincia de la Mancha, las llaman las lagunas de

Ruidera; las siete son de los reyes de España, y las dos sobrinas, de los

caballeros de una orden santísima, que llaman de San Juan. Guadiana,

vuestro escudero, plañendo asimesmo vuestra desgracia, fue convertido en un

río llamado de su mesmo nombre; el cual, cuando llegó a la superficie de la

tierra y vio el sol del otro cielo, fue tanto el pesar que sintió de ver

que os dejaba, que se sumergió en las entrañas de la tierra; pero, como no

es posible dejar de acudir a su natural corriente, de cuando en cuando sale

y se muestra donde el sol y las gentes le vean. Vanle administrando de sus

aguas las referidas lagunas, con las cuales y con otras muchas que se

llegan, entra pomposo y grande en Portugal. Pero, con todo esto, por

dondequiera que va muestra su tristeza y melancolía, y no se precia de

criar en sus aguas peces regalados y de estima, sino burdos y desabridos,

bien diferentes de los del Tajo dorado; y esto que agora os digo, ¡oh primo

mío!, os lo he dicho muchas veces; y, como no me respondéis, imagino que no

me dais crédito, o no me oís, de lo que yo recibo tanta pena cual Dios lo

sabe. Unas nuevas os quiero dar ahora, las cuales, ya que no sirvan de

alivio a vuestro dolor, no os le aumentarán en ninguna manera. Sabed que

tenéis aquí en vuestra presencia, y abrid los ojos y veréislo, aquel gran

caballero de quien tantas cosas tiene profetizadas el sabio Merlín, aquel

don Quijote de la Mancha, digo, que de nuevo y con mayores ventajas que en

los pasados siglos ha resucitado en los presentes la ya olvidada andante

caballería, por cuyo medio y favor podría ser que nosotros fuésemos

desencantados; que las grandes hazañas para los grandes hombres están

guardadas''. ''Y cuando así no sea —respondió el lastimado Durandarte con

voz desmayada y baja—, cuando así no sea, ¡oh primo!, digo, paciencia y

barajar''. Y, volviéndose de lado, tornó a su acostumbrado silencio, sin

hablar más palabra. Oyéronse en esto grandes alaridos y llantos,

acompañados de profundos gemidos y angustiados sollozos; volví la cabeza, y

vi por las paredes de cristal que por otra sala pasaba una procesión de dos

hileras de hermosísimas doncellas, todas vestidas de luto, con turbantes

blancos sobre las cabezas, al modo turquesco. Al cabo y fin de las hileras

venía una señora, que en la gravedad lo parecía, asimismo vestida de negro,

con tocas blancas tan tendidas y largas, que besaban la tierra. Su turbante

era mayor dos veces que el mayor de alguna de las otras; era cejijunta y la

nariz algo chata; la boca grande, pero colorados los labios; los dientes,

que tal vez los descubría, mostraban ser ralos y no bien puestos, aunque

eran blancos como unas peladas almendras; traía en las manos un lienzo

delgado, y entre él, a lo que pude divisar, un corazón de carne momia,

según venía seco y amojamado. Díjome Montesinos como toda aquella gente de

la procesión eran sirvientes de Durandarte y de Belerma, que allí con sus

dos señores estaban encantados, y que la última, que traía el corazón entre

el lienzo y en las manos, era la señora Belerma, la cual con sus doncellas

cuatro días en la semana hacían aquella procesión y cantaban, o, por mejor

decir, lloraban endechas sobre el cuerpo y sobre el lastimado corazón de su

primo; y que si me había parecido algo fea, o no tan hermosa como tenía la

fama, era la causa las malas noches y peores días que en aquel encantamento

pasaba, como lo podía ver en sus grandes ojeras y en su color quebradiza.

''Y no toma ocasión su amarillez y sus ojeras de estar con el mal mensil,

ordinario en las mujeres, porque ha muchos meses, y aun años, que no le

tiene ni asoma por sus puertas, sino del dolor que siente su corazón por el

que de contino tiene en las manos, que le renueva y trae a la memoria la

desgracia de su mal logrado amante; que si esto no fuera, apenas la

igualara en hermosura, donaire y brío la gran Dulcinea del Toboso, tan

celebrada en todos estos contornos, y aun en todo el mundo''. ''¡Cepos

quedos! —dije yo entonces—, señor don Montesinos: cuente vuesa merced su

historia como debe, que ya sabe que toda comparación es odiosa, y así, no

hay para qué comparar a nadie con nadie. La sin par Dulcinea del Toboso es

quien es, y la señora doña Belerma es quien es, y quien ha sido, y quédese

aquí''. A lo que él me respondió: ''Señor don Quijote, perdóneme vuesa

merced, que yo confieso que anduve mal, y no dije bien en decir que apenas

igualara la señora Dulcinea a la señora Belerma, pues me bastaba a mí haber

entendido, por no sé qué barruntos, que vuesa merced es su caballero, para

que me mordiera la lengua antes de compararla sino con el mismo cielo''.

Con esta satisfación que me dio el gran Montesinos se quietó mi corazón del

sobresalto que recebí en oír que a mi señora la comparaban con Belerma.

— Y aun me maravillo yo —dijo Sancho— de cómo vuestra merced no se subió

sobre el vejote, y le molió a coces todos los huesos, y le peló las barbas,

sin dejarle pelo en ellas.

— No, Sancho amigo —respondió don Quijote—, no me estaba a mí bien hacer

eso, porque estamos todos obligados a tener respeto a los ancianos, aunque

no sean caballeros, y principalmente a los que lo son y están encantados;

yo sé bien que no nos quedamos a deber nada en otras muchas demandas y

respuestas que entre los dos pasamos.

A esta sazón dijo el primo:

— Yo no sé, señor don Quijote, cómo vuestra merced en tan poco espacio de

tiempo como ha que está allá bajo, haya visto tantas cosas y hablado y

respondido tanto.

— ¿Cuánto ha que bajé? —preguntó don Quijote.

— Poco más de una hora —respondió Sancho.

— Eso no puede ser —replicó don Quijote—, porque allá me anocheció y

amaneció, y tornó a anochecer y amanecer tres veces; de modo que, a mi

cuenta, tres días he estado en aquellas partes remotas y escondidas a la

vista nuestra.

— Verdad debe de decir mi señor —dijo Sancho—, que, como todas las cosas que

le han sucedido son por encantamento, quizá lo que a nosotros nos parece un

hora, debe de parecer allá tres días con sus noches.

— Así será —respondió don Quijote.

— Y ¿ha comido vuestra merced en todo este tiempo, señor mío? —preguntó el

primo.

Don Quijote · 第 96 / 114 题