— No me he desayunado de bocado —respondió don Quijote—, ni aun he tenido

hambre, ni por pensamiento.

— Y los encantados, ¿comen? —dijo el primo.

— No comen —respondió don Quijote—, ni tienen escrementos mayores; aunque es

opinión que les crecen las uñas, las barbas y los cabellos.

— ¿Y duermen, por ventura, los encantados, señor? —preguntó Sancho.

— No, por cierto —respondió don Quijote—; a lo menos, en estos tres días que

yo he estado con ellos, ninguno ha pegado el ojo, ni yo tampoco.

— Aquí encaja bien el refrán —dijo Sancho— de dime con quién andas, decirte

he quién eres: ándase vuestra merced con encantados ayunos y vigilantes,

mirad si es mucho que ni coma ni duerma mientras con ellos anduviere. Pero

perdóneme vuestra merced, señor mío, si le digo que de todo cuanto aquí ha

dicho, lléveme Dios, que iba a decir el diablo, si le creo cosa alguna.

— ¿Cómo no? —dijo el primo—, pues ¿había de mentir el señor don Quijote,

que, aunque quisiera, no ha tenido lugar para componer e imaginar tanto

millón de mentiras?

— Yo no creo que mi señor miente —respondió Sancho.

— Si no, ¿qué crees? —le preguntó don Quijote.

— Creo —respondió Sancho— que aquel Merlín, o aquellos encantadores que

encantaron a toda la chusma que vuestra merced dice que ha visto y

comunicado allá bajo, le encajaron en el magín o la memoria toda esa

máquina que nos ha contado, y todo aquello que por contar le queda.

— Todo eso pudiera ser, Sancho —replicó don Quijote—, pero no es así, porque

lo que he contado lo vi por mis propios ojos y lo toqué con mis mismas

manos. Pero, ¿qué dirás cuando te diga yo ahora cómo, entre otras infinitas

cosas y maravillas que me mostró Montesinos, las cuales despacio y a sus

tiempos te las iré contando en el discurso de nuestro viaje, por no ser

todas deste lugar, me mostró tres labradoras que por aquellos amenísimos

campos iban saltando y brincando como cabras; y, apenas las hube visto,

cuando conocí ser la una la sin par Dulcinea del Toboso, y las otras dos

aquellas mismas labradoras que venían con ella, que hablamos a la salida

del Toboso? Pregunté a Montesinos si las conocía, respondióme que no, pero

que él imaginaba que debían de ser algunas señoras principales encantadas,

que pocos días había que en aquellos prados habían parecido; y que no me

maravillase desto, porque allí estaban otras muchas señoras de los pasados

y presentes siglos, encantadas en diferentes y estrañas figuras, entre las

cuales conocía él a la reina Ginebra y su dueña Quintañona, escanciando el

vino a Lanzarote,

cuando de Bretaña vino.

Cuando Sancho Panza oyó decir esto a su amo, pensó perder el juicio, o

morirse de risa; que, como él sabía la verdad del fingido encanto de

Dulcinea, de quien él había sido el encantador y el levantador de tal

testimonio, acabó de conocer indubitablemente que su señor estaba fuera de

juicio y loco de todo punto; y así, le dijo:

— En mala coyuntura y en peor sazón y en aciago día bajó vuestra merced,

caro patrón mío, al otro mundo, y en mal punto se encontró con el señor

Montesinos, que tal nos le ha vuelto. Bien se estaba vuestra merced acá

arriba con su entero juicio, tal cual Dios se le había dado, hablando

sentencias y dando consejos a cada paso, y no agora, contando los mayores

disparates que pueden imaginarse.

— Como te conozco, Sancho —respondió don Quijote—, no hago caso de tus

palabras.

— Ni yo tampoco de las de vuestra merced —replicó Sancho—, siquiera me

hiera, siquiera me mate por las que le he dicho, o por las que le pienso

decir si en las suyas no se corrige y enmienda. Pero dígame vuestra merced,

ahora que estamos en paz: ¿cómo o en qué conoció a la señora nuestra ama? Y

si la habló, ¿qué dijo, y qué le respondió?

— Conocíla —respondió don Quijote— en que trae los mesmos vestidos que traía

cuando tú me le mostraste. Habléla, pero no me respondió palabra; antes, me

volvió las espaldas, y se fue huyendo con tanta priesa, que no la alcanzara

una jara. Quise seguirla, y lo hiciera, si no me aconsejara Montesinos que

no me cansase en ello, porque sería en balde, y más porque se llegaba la

hora donde me convenía volver a salir de la sima. Díjome asimesmo que,

andando el tiempo, se me daría aviso cómo habían de ser desencantados él, y

Belerma y Durandarte, con todos los que allí estaban; pero lo que más pena

me dio, de las que allí vi y noté, fue que, estándome diciendo Montesinos

estas razones, se llegó a mí por un lado, sin que yo la viese venir, una de

las dos compañeras de la sin ventura Dulcinea, y, llenos los ojos de

lágrimas, con turbada y baja voz, me dijo: ''Mi señora Dulcinea del Toboso

besa a vuestra merced las manos, y suplica a vuestra merced se la haga de

hacerla saber cómo está; y que, por estar en una gran necesidad, asimismo

suplica a vuestra merced, cuan encarecidamente puede, sea servido de

prestarle sobre este faldellín que aquí traigo, de cotonía, nuevo, media

docena de reales, o los que vuestra merced tuviere, que ella da su palabra

de volvérselos con mucha brevedad''. Suspendióme y admiróme el tal recado,

y, volviéndome al señor Montesinos, le pregunté: ''¿Es posible, señor

Montesinos, que los encantados principales padecen necesidad?'' A lo que él

me respondió: ''Créame vuestra merced, señor don Quijote de la Mancha, que

ésta que llaman necesidad adondequiera se usa, y por todo se estiende, y a

todos alcanza, y aun hasta los encantados no perdona; y, pues la señora

Dulcinea del Toboso envía a pedir esos seis reales, y la prenda es buena,

según parece, no hay sino dárselos; que, sin duda, debe de estar puesta en

algún grande aprieto''. ''Prenda, no la tomaré yo —le respondí—, ni menos

le daré lo que pide, porque no tengo sino solos cuatro reales''; los cuales

le di (que fueron los que tú, Sancho, me diste el otro día para dar limosna

a los pobres que topase por los caminos), y le dije: ''Decid, amiga mía, a

vuesa señora que a mí me pesa en el alma de sus trabajos, y que quisiera

ser un Fúcar para remediarlos; y que le hago saber que yo no puedo ni debo

tener salud careciendo de su agradable vista y discreta conversación, y que

le suplico, cuan encarecidamente puedo, sea servida su merced de dejarse

ver y tratar deste su cautivo servidor y asendereado caballero. Diréisle

también que, cuando menos se lo piense, oirá decir como yo he hecho un

juramento y voto, a modo de aquel que hizo el marqués de Mantua, de vengar

a su sobrino Baldovinos, cuando le halló para espirar en mitad de la

montiña, que fue de no comer pan a manteles, con las otras zarandajas que

allí añadió, hasta vengarle; y así le haré yo de no sosegar, y de andar las

siete partidas del mundo, con más puntualidad que las anduvo el infante don

Pedro de Portugal, hasta desencantarla''. ''Todo eso, y más, debe vuestra

merced a mi señora'', me respondió la doncella. Y, tomando los cuatro

reales, en lugar de hacerme una reverencia, hizo una cabriola, que se

levantó dos varas de medir en el aire.

— ¡Oh santo Dios! —dijo a este tiempo dando una gran voz Sancho—. ¿Es

posible que tal hay en el mundo, y que tengan en él tanta fuerza los

encantadores y encantamentos, que hayan trocado el buen juicio de mi señor

en una tan disparatada locura? ¡Oh señor, señor, por quien Dios es, que

vuestra merced mire por sí y vuelva por su honra, y no dé crédito a esas

vaciedades que le tienen menguado y descabalado el sentido!

— Como me quieres bien, Sancho, hablas desa manera —dijo don Quijote—; y,

como no estás experimentado en las cosas del mundo, todas las cosas que

tienen algo de dificultad te parecen imposibles; pero andará el tiempo,

como otra vez he dicho, y yo te contaré algunas de las que allá abajo he

visto, que te harán creer las que aquí he contado, cuya verdad ni admite

réplica ni disputa.

Capítulo XXIV. Donde se cuentan mil zarandajas tan impertinentes como

necesarias al verdadero entendimiento desta grande historia

Dice el que tradujo esta grande historia del original, de la que escribió

su primer autor Cide Hamete Benengeli, que, llegando al capítulo de la

aventura de la cueva de Montesinos, en el margen dél estaban escritas, de

mano del mesmo Hamete, estas mismas razones:

''No me puedo dar a entender, ni me puedo persuadir, que al valeroso don

Quijote le pasase puntualmente todo lo que en el antecedente capítulo queda

escrito: la razón es que todas las aventuras hasta aquí sucedidas han sido

contingibles y verisímiles, pero ésta desta cueva no le hallo entrada

alguna para tenerla por verdadera, por ir tan fuera de los términos

razonables. Pues pensar yo que don Quijote mintiese, siendo el más

verdadero hidalgo y el más noble caballero de sus tiempos, no es posible;

que no dijera él una mentira si le asaetearan. Por otra parte, considero

que él la contó y la dijo con todas las circunstancias dichas, y que no

pudo fabricar en tan breve espacio tan gran máquina de disparates; y si

esta aventura parece apócrifa, yo no tengo la culpa; y así, sin afirmarla

por falsa o verdadera, la escribo. Tú, letor, pues eres prudente, juzga lo

que te pareciere, que yo no debo ni puedo más; puesto que se tiene por

cierto que al tiempo de su fin y muerte dicen que se retrató della, y dijo

que él la había inventado, por parecerle que convenía y cuadraba bien con

las aventuras que había leído en sus historias''.

Y luego prosigue, diciendo:

Espantóse el primo, así del atrevimiento de Sancho Panza como de la

paciencia de su amo, y juzgó que del contento que tenía de haber visto a su

señora Dulcinea del Toboso, aunque encantada, le nacía aquella condición

blanda que entonces mostraba; porque, si así no fuera, palabras y razones

le dijo Sancho, que merecían molerle a palos; porque realmente le pareció

que había andado atrevidillo con su señor, a quien le dijo:

— Yo, señor don Quijote de la Mancha, doy por bien empleadísima la jornada

que con vuestra merced he hecho, porque en ella he granjeado cuatro cosas.

La primera, haber conocido a vuestra merced, que lo tengo a gran felicidad.

La segunda, haber sabido lo que se encierra en esta cueva de Montesinos,

con las mutaciones de Guadiana y de las lagunas de Ruidera, que me servirán

para el Ovidio español que traigo entre manos. La tercera, entender la

antigüedad de los naipes, que, por lo menos, ya se usaban en tiempo del

emperador Carlomagno, según puede colegirse de las palabras que vuesa

merced dice que dijo Durandarte, cuando, al cabo de aquel grande espacio

que estuvo hablando con él Montesinos, él despertó diciendo: ''Paciencia y

barajar''; y esta razón y modo de hablar no la pudo aprender encantado,

sino cuando no lo estaba, en Francia y en tiempo del referido emperador

Carlomagno. Y esta averiguación me viene pintiparada para el otro libro que

voy componiendo , que es Suplemento de Virgilio Polidoro, en la invención

de las antigüedades; y creo que en el suyo no se acordó de poner la de los

naipes, como la pondré yo ahora, que será de mucha importancia, y más

alegando autor tan grave y tan verdadero como es el señor Durandarte. La

cuarta es haber sabido con certidumbre el nacimiento del río Guadiana,

hasta ahora ignorado de las gentes.

— Vuestra merced tiene razón —dijo don Quijote—, pero querría yo saber, ya

que Dios le haga merced de que se le dé licencia para imprimir esos sus

libros, que lo dudo, a quién piensa dirigirlos.

— Señores y grandes hay en España a quien puedan dirigirse —dijo el primo.

— No muchos —respondió don Quijote—; y no porque no lo merezcan, sino que no

quieren admitirlos, por no obligarse a la satisfación que parece se debe al

trabajo y cortesía de sus autores. Un príncipe conozco yo que puede suplir

la falta de los demás, con tantas ventajas que, si me atreviere a decirlas,

quizá despertara la invidia en más de cuatro generosos pechos; pero quédese

esto aquí para otro tiempo más cómodo, y vamos a buscar adonde recogernos

esta noche.

— No lejos de aquí —respondió el primo— está una ermita, donde hace su

habitación un ermitaño, que dicen ha sido soldado, y está en opinión de ser

un buen cristiano, y muy discreto y caritativo además. Junto con la ermita

tiene una pequeña casa, que él ha labrado a su costa; pero, con todo,

aunque chica, es capaz de recibir huéspedes.

— ¿Tiene por ventura gallinas el tal ermitaño? —preguntó Sancho.

— Pocos ermitaños están sin ellas —respondió don Quijote—, porque no son los

que agora se usan como aquellos de los desiertos de Egipto, que se vestían

de hojas de palma y comían raíces de la tierra. Y no se entienda que por

decir bien de aquéllos no lo digo de aquéstos, sino que quiero decir que al

rigor y estrecheza de entonces no llegan las penitencias de los de agora;

pero no por esto dejan de ser todos buenos; a lo menos, yo por buenos los

juzgo; y, cuando todo corra turbio, menos mal hace el hipócrita que se

finge bueno que el público pecador.

Estando en esto, vieron que hacia donde ellos estaban venía un hombre a

pie, caminando apriesa, y dando varazos a un macho que venía cargado de

lanzas y de alabardas. Cuando llegó a ellos, los saludó y pasó de largo.

Don Quijote le dijo:

— Buen hombre, deteneos, que parece que vais con más diligencia que ese

macho ha menester.

— No me puedo detener, señor —respondió el hombre—, porque las armas que

veis que aquí llevo han de servir mañana; y así, me es forzoso el no

detenerme, y a Dios. Pero si quisiéredes saber para qué las llevo, en la

venta que está más arriba de la ermita pienso alojar esta noche; y si es

que hacéis este mesmo camino, allí me hallaréis, donde os contaré

maravillas. Y a Dios otra vez.

Y de tal manera aguijó el macho, que no tuvo lugar don Quijote de

preguntarle qué maravillas eran las que pensaba decirles; y, como él era

algo curioso y siempre le fatigaban deseos de saber cosas nuevas, ordenó

que al momento se partiesen y fuesen a pasar la noche en la venta, sin

tocar en la ermita, donde quisiera el primo que se quedaran.

Hízose así, subieron a caballo, y siguieron todos tres el derecho camino de

la venta, a la cual llegaron un poco antes de anochecer. Dijo el primo a

don Quijote que llegasen a ella a beber un trago. Apenas oyó esto Sancho

Panza, cuando encaminó el rucio a la ermita, y lo mismo hicieron don

Quijote y el primo; pero la mala suerte de Sancho parece que ordenó que el

ermitaño no estuviese en casa; que así se lo dijo una sotaermitaño que en

la ermita hallaron. Pidiéronle de lo caro; respondió que su señor no lo

tenía, pero que si querían agua barata, que se la daría de muy buena gana.

— Si yo la tuviera de agua —respondió Sancho—, pozos hay en el camino,

donde la hubiera satisfecho. ¡Ah bodas de Camacho y abundancia de la casa

de don Diego, y cuántas veces os tengo de echar menos!

Con esto, dejaron la ermita y picaron hacia la venta; y a poco trecho

toparon un mancebito, que delante dellos iba caminando no con mucha priesa;

y así, le alcanzaron. Llevaba la espada sobre el hombro, y en ella puesto

un bulto o envoltorio, al parecer de sus vestidos; que, al parecer, debían

de ser los calzones o greguescos, y herreruelo, y alguna camisa, porque

traía puesta una ropilla de terciopelo con algunas vislumbres de raso, y la

camisa, de fuera; las medias eran de seda, y los zapatos cuadrados, a uso

de corte; la edad llegaría a diez y ocho o diez y nueve años; alegre de

rostro, y, al parecer, ágil de su persona. Iba cantando seguidillas, para

entretener el trabajo del camino. Cuando llegaron a él, acababa de cantar

una, que el primo tomó de memoria, que dicen que decía:

A la guerra me lleva

mi necesidad;

si tuviera dineros,

no fuera, en verdad.

El primero que le habló fue don Quijote, diciéndole:

— Muy a la ligera camina vuesa merced, señor galán. Y ¿adónde bueno?

Sepamos, si es que gusta decirlo.

A lo que el mozo respondió:

— El caminar tan a la ligera lo causa el calor y la pobreza, y el adónde voy

es a la guerra.

— ¿Cómo la pobreza? —preguntó don Quijote—; que por el calor bien puede ser.

— Señor —replicó el mancebo—, yo llevo en este envoltorio unos greguescos de

terciopelo, compañeros desta ropilla; si los gasto en el camino, no me

podré honrar con ellos en la ciudad, y no tengo con qué comprar otros; y,

así por esto como por orearme, voy desta manera, hasta alcanzar unas

compañías de infantería que no están doce leguas de aquí, donde asentaré mi

plaza, y no faltarán bagajes en que caminar de allí adelante hasta el

embarcadero, que dicen ha de ser en Cartagena. Y más quiero tener por amo y

por señor al rey, y servirle en la guerra, que no a un pelón en la corte.

— Y ¿lleva vuesa merced alguna ventaja por ventura? —preguntó el primo.

— Si yo hubiera servido a algún grande de España, o algún principal

personaje —respondió el mozo—, a buen seguro que yo la llevara, que eso

tiene el servir a los buenos: que del tinelo suelen salir a ser alférez o

capitanes, o con algún buen entretenimiento; pero yo, desventurado, serví

siempre a catarriberas y a gente advenediza, de ración y quitación tan

mísera y atenuada, que en pagar el almidonar un cuello se consumía la mitad

della; y sería tenido a milagro que un paje aventurero alcanzase alguna

siquiera razonable ventura.

— Y dígame, por su vida, amigo —preguntó don Quijote—: ¿es posible que en

los años que sirvió no ha podido alcanzar alguna librea?

— Dos me han dado —respondió el paje—; pero, así como el que se sale de

alguna religión antes de profesar le quitan el hábito y le vuelven sus

vestidos, así me volvían a mí los míos mis amos, que, acabados los negocios

a que venían a la corte, se volvían a sus casas y recogían las libreas que

por sola ostentación habían dado.

— Notable espilorchería, como dice el italiano —dijo don Quijote—; pero, con

todo eso, tenga a felice ventura el haber salido de la corte con tan buena

intención como lleva; porque no hay otra cosa en la tierra más honrada ni

de más provecho que servir a Dios, primeramente, y luego, a su rey y señor

natural, especialmente en el ejercicio de las armas, por las cuales se

alcanzan, si no más riquezas, a lo menos, más honra que por las letras,

como yo tengo dicho muchas veces; que, puesto que han fundado más

mayorazgos las letras que las armas, todavía llevan un no sé qué los de las

armas a los de las letras, con un sí sé qué de esplendor que se halla en

ellos, que los aventaja a todos. Y esto que ahora le quiero decir llévelo

en la memoria, que le será de mucho provecho y alivio en sus trabajos; y es

que, aparte la imaginación de los sucesos adversos que le podrán venir, que

el peor de todos es la muerte, y como ésta sea buena, el mejor de todos es

el morir. Preguntáronle a Julio César, aquel valeroso emperador romano,

cuál era la mejor muerte; respondió que la impensada, la de repente y no

prevista; y, aunque respondió como gentil y ajeno del conocimiento del

verdadero Dios, con todo eso, dijo bien, para ahorrarse del sentimiento

humano; que, puesto caso que os maten en la primera facción y refriega, o

ya de un tiro de artillería, o volado de una mina, ¿qué importa? Todo es

morir, y acabóse la obra; y, según Terencio, más bien parece el soldado

muerto en la batalla que vivo y salvo en la huida; y tanto alcanza de fama

el buen soldado cuanto tiene de obediencia a sus capitanes y a los que

mandarle pueden. Y advertid, hijo, que al soldado mejor le está el oler a

pólvora que algalia, y que si la vejez os coge en este honroso ejercicio,

aunque sea lleno de heridas y estropeado o cojo, a lo menos no os podrá

coger sin honra, y tal, que no os la podrá menoscabar la pobreza; cuanto

más, que ya se va dando orden cómo se entretengan y remedien los soldados

viejos y estropeados, porque no es bien que se haga con ellos lo que suelen

hacer los que ahorran y dan libertad a sus negros cuando ya son viejos y no

pueden servir, y, echándolos de casa con título de libres, los hacen

esclavos de la hambre, de quien no piensan ahorrarse sino con la muerte. Y

por ahora no os quiero decir más, sino que subáis a las ancas deste mi

caballo hasta la venta, y allí cenaréis conmigo, y por la mañana seguiréis

el camino, que os le dé Dios tan bueno como vuestros deseos merecen.

El paje no aceptó el convite de las ancas, aunque sí el de cenar con él en

la venta; y, a esta sazón, dicen que dijo Sancho entre sí:

— ¡Válate Dios por señor! Y ¿es posible que hombre que sabe decir tales,

tantas y tan buenas cosas como aquí ha dicho, diga que ha visto los

disparates imposibles que cuenta de la cueva de Montesinos? Ahora bien,

ello dirá.

Y en esto, llegaron a la venta, a tiempo que anochecía, y no sin gusto de

Sancho, por ver que su señor la juzgó por verdadera venta, y no por

castillo, como solía. No hubieron bien entrado, cuando don Quijote preguntó

al ventero por el hombre de las lanzas y alabardas; el cual le respondió

que en la caballeriza estaba acomodando el macho. Lo mismo hicieron de sus

jumentos el primo y Sancho, dando a Rocinante el mejor pesebre y el mejor

lugar de la caballeriza.

Capítulo XXV. Donde se apunta la aventura del rebuzno y la graciosa del

titerero, con las memorables adivinanzas del mono adivino

No se le cocía el pan a don Quijote, como suele decirse, hasta oír y saber

las maravillas prometidas del hombre condutor de las armas. Fuele a buscar

donde el ventero le había dicho que estaba, y hallóle, y díjole que en todo

caso le dijese luego lo que le había de decir después, acerca de lo que le

había preguntado en el camino. El hombre le respondió:

— Más despacio, y no en pie, se ha de tomar el cuento de mis maravillas:

déjeme vuestra merced, señor bueno, acabar de dar recado a mi bestia, que

yo le diré cosas que le admiren.

— No quede por eso —respondió don Quijote—, que yo os ayudaré a todo.

Y así lo hizo, ahechándole la cebada y limpiando el pesebre, humildad que

obligó al hombre a contarle con buena voluntad lo que le pedía; y,

sentándose en un poyo y don Quijote junto a él, teniendo por senado y

auditorio al primo, al paje, a Sancho Panza y al ventero, comenzó a decir

desta manera:

— «Sabrán vuesas mercedes que en un lugar que está cuatro leguas y media

desta venta sucedió que a un regidor dél, por industria y engaño de una

muchacha criada suya, y esto es largo de contar, le faltó un asno, y,

aunque el tal regidor hizo las diligencias posibles por hallarle, no fue

posible. Quince días serían pasados, según es pública voz y fama,— que el

asno faltaba, cuando, estando en la plaza el regidor perdidoso, otro

regidor del mismo pueblo le dijo: ''Dadme albricias, compadre, que vuestro

jumento ha parecido''. ''Yo os las mando y buenas, compadre —respondió el

otro—, pero sepamos dónde ha parecido''. ''En el monte —respondió el

hallador—, le vi esta mañana, sin albarda y sin aparejo alguno, y tan flaco

que era una compasión miralle. Quísele antecoger delante de mí y traérosle,

pero está ya tan montaraz y tan huraño, que, cuando llegé a él, se fue

huyendo y se entró en lo más escondido del monte. Si queréis que volvamos

los dos a buscarle, dejadme poner esta borrica en mi casa, que luego

vuelvo''. ''Mucho placer me haréis —dijo el del jumento—, e yo procuraré

pagároslo en la mesma moneda''. Con estas circunstancias todas, y de la

mesma manera que yo lo voy contando, lo cuentan todos aquellos que están

enterados en la verdad deste caso. En resolución, los dos regidores, a pie

y mano a mano, se fueron al monte, y, llegando al lugar y sitio donde

pensaron hallar el asno, no le hallaron, ni pareció por todos aquellos

contornos, aunque más le buscaron. Viendo, pues, que no parecía, dijo el

regidor que le había visto al otro: ''Mirad, compadre: una traza me ha

venido al pensamiento, con la cual sin duda alguna podremos descubrir este

animal, aunque esté metido en las entrañas de la tierra, no que del monte;

y es que yo sé rebuznar maravillosamente; y si vos sabéis algún tanto, dad

el hecho por concluido''. ''¿Algún tanto decís, compadre? —dijo el otro—;

por Dios, que no dé la ventaja a nadie, ni aun a los mesmos asnos''.

''Ahora lo veremos —respondió el regidor segundo—, porque tengo determinado

que os vais vos por una parte del monte y yo por otra, de modo que le

rodeemos y andemos todo, y de trecho en trecho rebuznaréis vos y rebuznaré

yo, y no podrá ser menos sino que el asno nos oya y nos responda, si es que

está en el monte''. A lo que respondió el dueño del jumento: ''Digo,

compadre, que la traza es excelente y digna de vuestro gran ingenio''. Y,

dividiéndose los dos según el acuerdo, sucedió que casi a un mesmo tiempo

rebuznaron, y cada uno engañado del rebuzno del otro, acudieron a buscarse,

pensando que ya el jumento había parecido; y, en viéndose, dijo el

perdidoso: ''¿Es posible, compadre, que no fue mi asno el que rebuznó?''

''No fue, sino yo'', respondió el otro. ''Ahora digo —dijo el dueño—, que

de vos a un asno, compadre, no hay alguna diferencia, en cuanto toca al

rebuznar, porque en mi vida he visto ni oído cosa más propia''. ''Esas

alabanzas y encarecimiento —respondió el de la traza—, mejor os atañen y

tocan a vos que a mí, compadre; que por el Dios que me crió que podéis dar

dos rebuznos de ventaja al mayor y más perito rebuznador del mundo; porque

el sonido que tenéis es alto; lo sostenido de la voz, a su tiempo y compás;

los dejos, muchos y apresurados, y, en resolución, yo me doy por vencido y

os rindo la palma y doy la bandera desta rara habilidad''. ''Ahora digo

— respondió el dueño—, que me tendré y estimaré en más de aquí adelante, y

pensaré que sé alguna cosa, pues tengo alguna gracia; que, puesto que

pensara que rebuznaba bien, nunca entendí que llegaba el estremo que

decís''. ''También diré yo ahora —respondió el segundo— que hay raras

habilidades perdidas en el mundo, y que son mal empleadas en aquellos que

no saben aprovecharse dellas''. ''Las nuestras —respondió el dueño—, si no

es en casos semejantes como el que traemos entre manos, no nos pueden

servir en otros, y aun en éste plega a Dios que nos sean de provecho''.

Esto dicho, se tornaron a dividir y a volver a sus rebuznos, y a cada paso

se engañaban y volvían a juntarse, hasta que se dieron por contraseño que,

para entender que eran ellos, y no el asno, rebuznasen dos veces, una tras

otra. Con esto, doblando a cada paso los rebuznos, rodearon todo el monte

sin que el perdido jumento respondiese, ni aun por señas. Mas, ¿cómo había

de responder el pobre y mal logrado, si le hallaron en lo más escondido del

bosque, comido de lobos? Y, en viéndole, dijo su dueño: ''Ya me maravillaba

yo de que él no respondía, pues a no estar muerto, él rebuznara si nos

oyera, o no fuera asno; pero, a trueco de haberos oído rebuznar con tanta

gracia, compadre, doy por bien empleado el trabajo que he tenido en

buscarle, aunque le he hallado muerto''. ''En buena mano está, compadre

— respondió el otro—, pues si bien canta el abad, no le va en zaga el

monacillo''. Con esto, desconsolados y roncos, se volvieron a su aldea,

adonde contaron a sus amigos, vecinos y conocidos cuanto les había

acontecido en la busca del asno, exagerando el uno la gracia del otro en el

rebuznar; todo lo cual se supo y se estendió por los lugares circunvecinos.

Y el diablo, que no duerme, como es amigo de sembrar y derramar rencillas y

discordia por doquiera, levantando caramillos en el viento y grandes

quimeras de nonada, ordenó e hizo que las gentes de los otros pueblos, en

viendo a alguno de nuestra aldea, rebuznase, como dándoles en rostro con el

rebuzno de nuestros regidores. Dieron en ello los muchachos, que fue dar en

manos y en bocas de todos los demonios del infierno, y fue cundiendo el

rebuzno de en uno en otro pueblo, de manera que son conocidos los naturales

del pueblo del rebuzno, como son conocidos y diferenciados los negros de

los blancos; y ha llegado a tanto la desgracia desta burla, que muchas

veces con mano armada y formado escuadrón han salido contra los burladores

los burlados a darse la batalla, sin poderlo remediar rey ni roque, ni

temor ni vergüenza. Yo creo que mañana o esotro día han de salir en campaña

los de mi pueblo, que son los del rebuzno, contra otro lugar que está a dos

leguas del nuestro, que es uno de los que más nos persiguen: y, por salir

bien apercebidos, llevo compradas estas lanzas y alabardas que habéis

visto.» Y éstas son las maravillas que dije que os había de contar, y si no

os lo han parecido, no sé otras.

Y con esto dio fin a su plática el buen hombre; y, en esto, entró por la

puerta de la venta un hombre todo vestido de camuza, medias, greguescos y

jubón, y con voz levantada dijo:

— Señor huésped, ¿hay posada? Que viene aquí el mono adivino y el retablo de

la libertad de Melisendra.

— ¡Cuerpo de tal —dijo el ventero—, que aquí está el señor mase Pedro! Buena

noche se nos apareja.

Olvidábaseme de decir como el tal mase Pedro traía cubierto el ojo

izquierdo, y casi medio carrillo, con un parche de tafetán verde, señal que

todo aquel lado debía de estar enfermo; y el ventero prosiguió, diciendo:

— Sea bien venido vuestra merced, señor mase Pedro. ¿Adónde está el mono y

el retablo, que no los veo?

— Ya llegan cerca —respondió el todo camuza—, sino que yo me he adelantado,

a saber si hay posada.

— Al mismo duque de Alba se la quitara para dársela al señor mase Pedro

— respondió el ventero—; llegue el mono y el retablo, que gente hay esta

noche en la venta que pagará el verle y las habilidades del mono.

— Sea en buen hora —respondió el del parche—, que yo moderaré el precio, y

con sola la costa me daré por bien pagado; y yo vuelvo a hacer que camine

la carreta donde viene el mono y el retablo.

Y luego se volvió a salir de la venta.

Preguntó luego don Quijote al ventero qué mase Pedro era aquél, y qué

retablo y qué mono traía. A lo que respondió el ventero:

— Éste es un famoso titerero, que ha muchos días que anda por esta Mancha de

Aragón enseñando un retablo de Melisendra, libertada por el famoso don

Gaiferos, que es una de las mejores y más bien representadas historias que

de muchos años a esta parte en este reino se han visto. Trae asimismo

consigo un mono de la más rara habilidad que se vio entre monos, ni se

imaginó entre hombres, porque si le preguntan algo, está atento a lo que le

preguntan y luego salta sobre los hombros de su amo, y, llegándosele al

oído, le dice la respuesta de lo que le preguntan, y maese Pedro la declara

luego; y de las cosas pasadas dice mucho más que de las que están por

venir; y, aunque no todas veces acierta en todas, en las más no yerra, de

modo que nos hace creer que tiene el diablo en el cuerpo. Dos reales lleva

por cada pregunta, si es que el mono responde; quiero decir, si responde el

amo por él, después de haberle hablado al oído; y así, se cree que el tal

maese Pedro esta riquísimo; y es hombre galante, como dicen en Italia y bon

compaño, y dase la mejor vida del mundo; habla más que seis y bebe más que

doce, todo a costa de su lengua y de su mono y de su retablo.

En esto, volvió maese Pedro, y en una carreta venía el retablo, y el mono,

grande y sin cola, con las posaderas de fieltro, pero no de mala cara; y,

apenas le vio don Quijote, cuando le preguntó:

— Dígame vuestra merced, señor adivino: ¿qué peje pillamo? ¿Qué ha de ser de

nosotros?. Y vea aquí mis dos reales.

Y mandó a Sancho que se los diese a maese Pedro, el cual respondió por el

mono, y dijo:

— Señor, este animal no responde ni da noticia de las cosas que están por

venir; de las pasadas sabe algo, y de las presentes, algún tanto.

— ¡Voto a Rus —dijo Sancho—, no dé yo un ardite porque me digan lo que por

mí ha pasado!; porque, ¿quién lo puede saber mejor que yo mesmo? Y pagar yo

porque me digan lo que sé, sería una gran necedad; pero, pues sabe las

cosas presentes, he aquí mis dos reales, y dígame el señor monísimo qué

hace ahora mi mujer Teresa Panza, y en qué se entretiene.

No quiso tomar maese Pedro el dinero, diciendo:

— No quiero recebir adelantados los premios, sin que hayan precedido los

servicios.

Y, dando con la mano derecha dos golpes sobre el hombro izquierdo, en un

brinco se le puso el mono en él, y, llegando la boca al oído, daba diente

con diente muy apriesa; y, habiendo hecho este ademán por espacio de un

credo, de otro brinco se puso en el suelo, y al punto, con grandísima

priesa, se fue maese Pedro a poner de rodillas ante don Quijote, y,

abrazándole las piernas, dijo:

— Estas piernas abrazo, bien así como si abrazara las dos colunas de

Hércules, ¡oh resucitador insigne de la ya puesta en olvido andante

caballería!; ¡oh no jamás como se debe alabado caballero don Quijote de la

Mancha, ánimo de los desmayados, arrimo de los que van a caer, brazo de los

caídos, báculo y consuelo de todos los desdichados!

Quedó pasmado don Quijote, absorto Sancho, suspenso el primo, atónito el

paje, abobado el del rebuzno, confuso el ventero, y, finalmente, espantados

todos los que oyeron las razones del titerero, el cual prosiguió diciendo:

— Y tú, ¡oh buen Sancho Panza!, el mejor escudero y del mejor caballero del

mundo, alégrate, que tu buena mujer Teresa está buena, y ésta es la hora en

que ella está rastrillando una libra de lino, y, por más señas, tiene a su

lado izquierdo un jarro desbocado que cabe un buen porqué de vino, con que

se entretiene en su trabajo.

— Eso creo yo muy bien —respondió Sancho—, porque es ella una

bienaventurada, y, a no ser celosa, no la trocara yo por la giganta

Andandona, que, según mi señor, fue una mujer muy cabal y muy de pro; y es

mi Teresa de aquellas que no se dejan mal pasar, aunque sea a costa de sus

herederos.

— Ahora digo —dijo a esta sazón don Quijote—, que el que lee mucho y anda

mucho, vee mucho y sabe mucho. Digo esto porque, ¿qué persuasión fuera

bastante para persuadirme que hay monos en el mundo que adivinen, como lo

he visto ahora por mis propios ojos? Porque yo soy el mesmo don Quijote de

la Mancha que este buen animal ha dicho, puesto que se ha estendido algún

tanto en mis alabanzas; pero comoquiera que yo me sea, doy gracias al

cielo, que me dotó de un ánimo blando y compasivo, inclinado siempre a

hacer bien a todos, y mal a ninguno.

— Si yo tuviera dineros —dijo el paje—, preguntara al señor mono qué me ha

de suceder en la peregrinación que llevo.

A lo que respondió maese Pedro, que ya se había levantado de los pies de

don Quijote:

— Ya he dicho que esta bestezuela no responde a lo por venir; que si

respondiera, no importara no haber dineros; que, por servicio del señor don

Quijote, que está presente, dejara yo todos los intereses del mundo. Y

agora, porque se lo debo, y por darle gusto, quiero armar mi retablo y dar

placer a cuantos están en la venta, sin paga alguna.

Oyendo lo cual el ventero, alegre sobremanera, señaló el lugar donde se

podía poner el retablo, que en un punto fue hecho.

Don Quijote no estaba muy contento con las adivinanzas del mono, por

parecerle no ser a propósito que un mono adivinase, ni las de por venir, ni

las pasadas cosas; y así, en tanto que maese Pedro acomodaba el retablo, se

retiró don Quijote con Sancho a un rincón de la caballeriza, donde, sin ser

oídos de nadie, le dijo:

— Mira, Sancho, yo he considerado bien la estraña habilidad deste mono, y

hallo por mi cuenta que sin duda este maese Pedro, su amo, debe de tener

hecho pacto, tácito o espreso, con el demonio.

— Si el patio es espeso y del demonio —dijo Sancho—, sin duda debe de ser

muy sucio patio; pero, ¿de qué provecho le es al tal maese Pedro tener esos

patios?

— No me entiendes, Sancho: no quiero decir sino que debe de tener hecho

algún concierto con el demonio de que infunda esa habilidad en el mono, con

que gane de comer, y después que esté rico le dará su alma, que es lo que

este universal enemigo pretende. Y háceme creer esto el ver que el mono no

responde sino a las cosas pasadas o presentes, y la sabiduría del diablo no

se puede estender a más, que las por venir no las sabe si no es por

conjeturas, y no todas veces; que a solo Dios está reservado conocer los

tiempos y los momentos, y para Él no hay pasado ni porvenir, que todo es

presente. Y, siendo esto así, como lo es, está claro que este mono habla

con el estilo del diablo; y estoy maravillado cómo no le han acusado al

Santo Oficio, y examinádole y sacádole de cuajo en virtud de quién adivina;

porque cierto está que este mono no es astrólogo, ni su amo ni él alzan, ni

saben alzar, estas figuras que llaman judiciarias, que tanto ahora se usan

en España, que no hay mujercilla, ni paje, ni zapatero de viejo que no

presuma de alzar una figura, como si fuera una sota de naipes del suelo,

echando a perder con sus mentiras e ignorancias la verdad maravillosa de la

ciencia. De una señora sé yo que preguntó a uno destos figureros que si una

perrilla de falda pequeña, que tenía, si se empreñaría y pariría, y cuántos

y de qué color serían los perros que pariese. A lo que el señor judiciario,

después de haber alzado la figura, respondió que la perrica se empreñaría,

y pariría tres perricos, el uno verde, el otro encarnado y el otro de

mezcla, con tal condición que la tal perra se cubriese entre las once y

doce del día, o de la noche, y que fuese en lunes o en sábado; y lo que

sucedió fue que de allí a dos días se moría la perra de ahíta, y el señor

levantador quedó acreditado en el lugar por acertadísimo judiciario, como

lo quedan todos o los más levantadores.

— Con todo eso, querría —dijo Sancho— que vuestra merced dijese a maese

Pedro preguntase a su mono si es verdad lo que a vuestra merced le pasó en

la cueva de Montesinos; que yo para mí tengo, con perdón de vuestra merced,

que todo fue embeleco y mentira, o por lo menos, cosas soñadas.

— Todo podría ser —respondió don Quijote—, pero yo haré lo que me aconsejas,

puesto que me ha de quedar un no sé qué de escrúpulo.

Estando en esto, llegó maese Pedro a buscar a don Quijote y decirle que ya

estaba en orden el retablo; que su merced viniese a verle, porque lo

merecía. Don Quijote le comunicó su pensamiento, y le rogó preguntase luego

a su mono le dijese si ciertas cosas que había pasado en la cueva de

Montesinos habían sido soñadas o verdaderas; porque a él le parecía que

tenían de todo. A lo que maese Pedro, sin responder palabra, volvió a traer

el mono, y, puesto delante de don Quijote y de Sancho, dijo:

— Mirad, señor mono, que este caballero quiere saber si ciertas cosas que le

pasaron en una cueva llamada de Montesinos, si fueron falsas o verdaderas.

Y, haciéndole la acostumbrada señal, el mono se le subió en el hombro

izquierdo, y, hablándole, al parecer, en el oído, dijo luego maese Pedro:

— El mono dice que parte de las cosas que vuesa merced vio, o pasó, en la

dicha cueva son falsas, y parte verisímiles; y que esto es lo que sabe, y

no otra cosa, en cuanto a esta pregunta; y que si vuesa merced quisiere

saber más, que el viernes venidero responderá a todo lo que se le

preguntare, que por ahora se le ha acabado la virtud, que no le vendrá

hasta el viernes, como dicho tiene.

— ¿No lo decía yo —dijo Sancho—, que no se me podía asentar que todo lo que

vuesa merced, señor mío, ha dicho de los acontecimientos de la cueva era

verdad, ni aun la mitad?

— Los sucesos lo dirán, Sancho —respondió don Quijote—; que el tiempo,

descubridor de todas las cosas, no se deja ninguna que no las saque a la

luz del sol, aunque esté escondida en los senos de la tierra. Y, por hora,

baste esto, y vámonos a ver el retablo del buen maese Pedro, que para mí

tengo que debe de tener alguna novedad.

— ¿Cómo alguna? —respondió maese Pedro—: sesenta mil encierra en sí este mi

retablo; dígole a vuesa merced, mi señor don Quijote, que es una de las

cosas más de ver que hoy tiene el mundo, y operibus credite, et non verbis;

y manos a labor, que se hace tarde y tenemos mucho que hacer y que decir y

que mostrar.

Obedeciéronle don Quijote y Sancho, y vinieron donde ya estaba el retablo

puesto y descubierto, lleno por todas partes de candelillas de cera

encendidas, que le hacían vistoso y resplandeciente. En llegando, se metió

maese Pedro dentro dél, que era el que había de manejar las figuras del

artificio, y fuera se puso un muchacho, criado del maese Pedro, para servir

de intérprete y declarador de los misterios del tal retablo: tenía una

varilla en la mano, con que señalaba las figuras que salían.

Puestos, pues, todos cuantos había en la venta, y algunos en pie, frontero

del retablo, y acomodados don Quijote, Sancho, el paje y el primo en los

mejores lugares, el trujamán comenzó a decir lo que oirá y verá el que le

oyere o viere el capítulo siguiente.

Capítulo XXVI. Donde se prosigue la graciosa aventura del titerero, con

otras cosas en verdad harto buenas

Callaron todos, tirios y troyanos; quiero decir, pendientes estaban todos

los que el retablo miraban de la boca del declarador de sus maravillas,

cuando se oyeron sonar en el retablo cantidad de atabales y trompetas, y

dispararse mucha artillería, cuyo rumor pasó en tiempo breve, y luego alzó

la voz el muchacho, y dijo:

— Esta verdadera historia que aquí a vuesas mercedes se representa es sacada

al pie de la letra de las corónicas francesas y de los romances españoles

que andan en boca de las gentes, y de los muchachos, por esas calles. Trata

de la libertad que dio el señor don Gaiferos a su esposa Melisendra, que

estaba cautiva en España, en poder de moros, en la ciudad de Sansueña, que

así se llamaba entonces la que hoy se llama Zaragoza; y vean vuesas

mercedes allí cómo está jugando a las tablas don Gaiferos, según aquello

que se canta:

Jugando está a las tablas don Gaiferos,

que ya de Melisendra está olvidado.

Y aquel personaje que allí asoma, con corona en la cabeza y ceptro en las

manos, es el emperador Carlomagno, padre putativo de la tal Melisendra, el

cual, mohíno de ver el ocio y descuido de su yerno, le sale a reñir; y

adviertan con la vehemencia y ahínco que le riñe, que no parece sino que le

quiere dar con el ceptro media docena de coscorrones, y aun hay autores que

dicen que se los dio, y muy bien dados; y, después de haberle dicho muchas

cosas acerca del peligro que corría su honra en no procurar la libertad de

su esposa, dicen que le dijo:

"Harto os he dicho: miradlo".

Miren vuestras mercedes también cómo el emperador vuelve las espaldas y

deja despechado a don Gaiferos, el cual ya ven como arroja, impaciente de

la cólera, lejos de sí el tablero y las tablas, y pide apriesa las armas, y

a don Roldán, su primo, pide prestada su espada Durindana, y cómo don

Roldán no se la quiere prestar, ofreciéndole su compañía en la difícil

empresa en que se pone; pero el valeroso enojado no lo quiere aceptar;

antes, dice que él solo es bastante para sacar a su esposa, si bien

estuviese metida en el más hondo centro de la tierra; y, con esto, se entra

a armar, para ponerse luego en camino. Vuelvan vuestras mercedes los ojos a

aquella torre que allí parece, que se presupone que es una de las torres

del alcázar de Zaragoza, que ahora llaman la Aljafería; y aquella dama que

en aquel balcón parece, vestida a lo moro, es la sin par Melisendra, que

desde allí muchas veces se ponía a mirar el camino de Francia, y, puesta la

imaginación en París y en su esposo, se consolaba en su cautiverio. Miren

también un nuevo caso que ahora sucede, quizá no visto jamás. ¿No veen

aquel moro que callandico y pasito a paso, puesto el dedo en la boca, se

llega por las espaldas de Melisendra? Pues miren cómo la da un beso en

mitad de los labios, y la priesa que ella se da a escupir, y a limpiárselos

con la blanca manga de su camisa, y cómo se lamenta, y se arranca de pesar

sus hermosos cabellos, como si ellos tuvieran la culpa del maleficio. Miren

también cómo aquel grave moro que está en aquellos corredores es el rey

Marsilio de Sansueña; el cual, por haber visto la insolencia del moro,

puesto que era un pariente y gran privado suyo, le mandó luego prender, y

que le den docientos azotes, llevándole por las calles acostumbradas de la

ciudad,

con chilladores delante

y envaramiento detrás;

y veis aquí donde salen a ejecutar la sentencia, aun bien apenas no

habiendo sido puesta en ejecución la culpa; porque entre moros no hay

"traslado a la parte", ni "a prueba y estése", como entre nosotros.

— Niño, niño —dijo con voz alta a esta sazón don Quijote—, seguid vuestra

historia línea recta, y no os metáis en las curvas o transversales; que,

para sacar una verdad en limpio, menester son muchas pruebas y repruebas.

También dijo maese Pedro desde dentro:

— Muchacho, no te metas en dibujos, sino haz lo que ese señor te manda, que

será lo más acertado; sigue tu canto llano, y no te metas en contrapuntos,

que se suelen quebrar de sotiles.

— Yo lo haré así —respondió el muchacho; y prosiguió, diciendo—: Esta figura

que aquí parece a caballo, cubierta con una capa gascona, es la mesma de

don Gaiferos, a quien su esposa, ya vengada del atrevimiento del enamorado

moro, con mejor y más sosegado semblante, se ha puesto a los miradores de

la torre, y habla con su esposo, creyendo que es algún pasajero, con quien

pasó todas aquellas razones y coloquios de aquel romance que dicen:

Caballero, si a Francia ides,

por Gaiferos preguntad;

las cuales no digo yo ahora, porque de la prolijidad se suele engendrar el

fastidio; basta ver cómo don Gaiferos se descubre, y que por los ademanes

alegres que Melisendra hace se nos da a entender que ella le ha conocido, y

más ahora que veemos se descuelga del balcón, para ponerse en las ancas del

caballo de su buen esposo. Mas, ¡ay, sin ventura!, que se le ha asido una

punta del faldellín de uno de los hierros del balcón, y está pendiente en

el aire, sin poder llegar al suelo. Pero veis cómo el piadoso cielo socorre

en las mayores necesidades, pues llega don Gaiferos, y, sin mirar si se

rasgará o no el rico faldellín, ase della, y mal su grado la hace bajar al

suelo, y luego, de un brinco, la pone sobre las ancas de su caballo, a

horcajadas como hombre, y la manda que se tenga fuertemente y le eche los

brazos por las espaldas, de modo que los cruce en el pecho, porque no se

caiga, a causa que no estaba la señora Melisendra acostumbrada a semejantes

caballerías. Veis también cómo los relinchos del caballo dan señales que va

contento con la valiente y hermosa carga que lleva en su señor y en su

señora. Veis cómo vuelven las espaldas y salen de la ciudad, y alegres y

regocijados toman de París la vía. ¡Vais en paz, oh par sin par de

verdaderos amantes! ¡Lleguéis a salvamento a vuestra deseada patria, sin

que la fortuna ponga estorbo en vuestro felice viaje! ¡Los ojos de vuestros

amigos y parientes os vean gozar en paz tranquila los días, que los de

Néstor sean, que os quedan de la vida!

Aquí alzó otra vez la voz maese Pedro, y dijo:

— Llaneza, muchacho; no te encumbres, que toda afectación es mala.

No respondió nada el intérprete; antes, prosiguió, diciendo:

— No faltaron algunos ociosos ojos, que lo suelen ver todo, que no viesen la

bajada y la subida de Melisendra, de quien dieron noticia al rey Marsilio,

el cual mandó luego tocar al arma; y miren con qué priesa, que ya la ciudad

se hunde con el son de las campanas que en todas las torres de las

mezquitas suenan.

— ¡Eso no! —dijo a esta sazón don Quijote—: en esto de las campanas anda muy

impropio maese Pedro, porque entre moros no se usan campanas, sino

atabales, y un género de dulzainas que parecen nuestras chirimías; y esto

de sonar campanas en Sansueña sin duda que es un gran disparate.

Lo cual oído por maese Pedro, cesó el tocar y dijo:

— No mire vuesa merced en niñerías, señor don Quijote, ni quiera llevar las

cosas tan por el cabo que no se le halle. ¿No se representan por ahí, casi

de ordinario, mil comedias llenas de mil impropiedades y disparates, y, con

todo eso, corren felicísimamente su carrera, y se escuchan no sólo con

aplauso, sino con admiración y todo? Prosigue, muchacho, y deja decir; que,

como yo llene mi talego, si quiere represente más impropiedades que tiene

átomos el sol.

— Así es la verdad —replicó don Quijote.

Y el muchacho dijo:

— Miren cuánta y cuán lucida caballería sale de la ciudad en siguimiento de

los dos católicos amantes, cuántas trompetas que suenan, cuántas dulzainas

que tocan y cuántos atabales y atambores que retumban. Témome que los han

de alcanzar, y los han de volver atados a la cola de su mismo caballo, que

sería un horrendo espetáculo.

Viendo y oyendo, pues, tanta morisma y tanto estruendo don Quijote,

parecióle ser bien dar ayuda a los que huían; y, levantándose en pie, en

voz alta, dijo:

— No consentiré yo en mis días y en mi presencia se le haga superchería a

tan famoso caballero y a tan atrevido enamorado como don Gaiferos.

¡Deteneos, mal nacida canalla; no le sigáis ni persigáis; si no, conmigo

sois en la batalla!

Y, diciendo y haciendo, desenvainó la espada, y de un brinco se puso junto

al retablo, y, con acelerada y nunca vista furia, comenzó a llover

cuchilladas sobre la titerera morisma, derribando a unos, descabezando a

otros, estropeando a éste, destrozando a aquél, y, entre otros muchos, tiró

un altibajo tal, que si maese Pedro no se abaja, se encoge y agazapa, le

cercenara la cabeza con más facilidad que si fuera hecha de masa de

mazapán. Daba voces maese Pedro, diciendo:

— Deténgase vuesa merced, señor don Quijote, y advierta que estos que

derriba, destroza y mata no son verdaderos moros, sino unas figurillas de

pasta. ¡Mire, pecador de mí, que me destruye y echa a perder toda mi

hacienda!

Mas no por esto dejaba de menudear don Quijote cuchilladas, mandobles,

tajos y reveses como llovidos. Finalmente, en menos de dos credos dio con

todo el retablo en el suelo, hechas pedazos y desmenuzadas todas sus

jarcias y figuras: el rey Marsilio, mal herido, y el emperador Carlomagno,

partida la corona y la cabeza en dos partes. Alborotóse el senado de los

oyentes, huyóse el mono por los tejados de la ventana, temió el primo,

acobardóse el paje, y hasta el mesmo Sancho Panza tuvo pavor grandísimo,

porque, como él juró después de pasada la borrasca, jamás había visto a su

señor con tan desatinada cólera. Hecho, pues, el general destrozo del

retablo, sosegóse un poco don Quijote y dijo:

— Quisiera yo tener aquí delante en este punto todos aquellos que no creen,

ni quieren creer, de cuánto provecho sean en el mundo los caballeros

andantes: miren, si no me hallara yo aquí presente, qué fuera del buen don

Gaiferos y de la hermosa Melisendra; a buen seguro que ésta fuera ya la

hora que los hubieran alcanzado estos canes, y les hubieran hecho algún

desaguisado. En resolución, ¡viva la andante caballería sobre cuantas cosas

hoy viven en la tierra!

— ¡Vivan en hora buena —dijo a esta sazón con voz enfermiza maese Pedro—, y

muera yo, pues soy tan desdichado que puedo decir con el rey don Rodrigo:

Ayer fui señor de España...

y hoy no tengo una almena

que pueda decir que es mía!

No ha media hora, ni aun un mediano momento, que me vi señor de reyes y de

emperadores, llenas mis caballerizas y mis cofres y sacos de infinitos

caballos y de innumerables galas, y agora me veo desolado y abatido, pobre

y mendigo, y, sobre todo, sin mi mono, que a fe que primero que le vuelva a

mi poder me han de sudar los dientes; y todo por la furia mal considerada

deste señor caballero, de quien se dice que ampara pupilos, y endereza

tuertos, y hace otras obras caritativas; y en mí solo ha venido a

faltar su intención generosa, que sean benditos y alabados los cielos, allá

donde tienen más levantados sus asientos. En fin, el Caballero de la Triste

Figura había de ser aquel que había de desfigurar las mías.

Enternecióse Sancho Panza con las razones de maese Pedro, y díjole:

— No llores, maese Pedro, ni te lamentes, que me quiebras el corazón; porque

te hago saber que es mi señor don Quijote tan católico y escrupuloso

cristiano, que si él cae en la cuenta de que te ha hecho algún agravio, te

lo sabrá y te lo querrá pagar y satisfacer con muchas ventajas.

— Con que me pagase el señor don Quijote alguna parte de las hechuras que me

ha deshecho, quedaría contento, y su merced aseguraría su conciencia,

porque no se puede salvar quien tiene lo ajeno contra la voluntad de su

dueño y no lo restituye.

— Así es —dijo don Quijote—, pero hasta ahora yo no sé que tenga nada

vuestro, maese Pedro.

— ¿Cómo no? —respondió maese Pedro—; y estas reliquias que están por este

duro y estéril suelo, ¿quién las esparció y aniquiló, sino la fuerza

invencible dese poderoso brazo?, y ¿cúyos eran sus cuerpos sino míos?, y

¿con quién me sustentaba yo sino con ellos?

— Ahora acabo de creer —dijo a este punto don Quijote— lo que otras muchas

veces he creído: que estos encantadores que me persiguen no hacen sino

ponerme las figuras como ellas son delante de los ojos, y luego me las

mudan y truecan en las que ellos quieren. Real y verdaderamente os digo,

señores que me oís, que a mí me pareció todo lo que aquí ha pasado que

pasaba al pie de la letra: que Melisendra era Melisendra, don Gaiferos don

Gaiferos, Marsilio Marsilio, y Carlomagno Carlomagno: por eso se me alteró

la cólera, y, por cumplir con mi profesión de caballero andante, quise dar

ayuda y favor a los que huían, y con este buen propósito hice lo que habéis

visto; si me ha salido al revés, no es culpa mía, sino de los malos que me

persiguen; y, con todo esto, deste mi yerro, aunque no ha procedido de

malicia, quiero yo mismo condenarme en costas: vea maese Pedro lo que

quiere por las figuras deshechas, que yo me ofrezco a pagárselo luego, en

buena y corriente moneda castellana.

Inclinósele maese Pedro, diciéndole:

— No esperaba yo menos de la inaudita cristiandad del valeroso don Quijote

de la Mancha, verdadero socorredor y amparo de todos los necesitados y

menesterosos vagamundos; y aquí el señor ventero y el gran Sancho serán

medianeros y apreciadores, entre vuesa merced y mí, de lo que valen o

podían valer las ya deshechas figuras.

El ventero y Sancho dijeron que así lo harían, y luego maese Pedro alzó del

suelo, con la cabeza menos, al rey Marsilio de Zaragoza, y dijo:

— Ya se vee cuán imposible es volver a este rey a su ser primero; y así, me

parece, salvo mejor juicio, que se me dé por su muerte, fin y acabamiento

cuatro reales y medio.

— ¡Adelante! —dijo don Quijote.

— Pues por esta abertura de arriba abajo —prosiguió maese Pedro, tomando en

las manos al partido emperador Carlomagno—, no sería mucho que pidiese yo

cinco reales y un cuartillo.

— No es poco —dijo Sancho.

— Ni mucho —replicó el ventero—; médiese la partida y señálensele cinco

reales.

— Dénsele todos cinco y cuartillo —dijo don Quijote—, que no está en un

cuartillo más a menos la monta desta notable desgracia; y acabe presto

maese Pedro, que se hace hora de cenar, y yo tengo ciertos barruntos de

hambre.

— Por esta figura —dijo maese Pedro— que está sin narices y un ojo menos,

que es de la hermosa Melisendra, quiero, y me pongo en lo justo, dos reales

y doce maravedís.

— Aun ahí sería el diablo —dijo don Quijote—, si ya no estuviese Melisendra

con su esposo, por lo menos, en la raya de Francia; porque el caballo en

que iban, a mí me pareció que antes volaba que corría; y así, no hay para

qué venderme a mí el gato por liebre, presentándome aquí a Melisendra

desnarigada, estando la otra, si viene a mano, ahora holgándose en Francia

con su esposo a pierna tendida. Ayude Dios con lo suyo a cada uno, señor

maese Pedro, y caminemos todos con pie llano y con intención sana. Y

prosiga.

Maese Pedro, que vio que don Quijote izquierdeaba y que volvía a su

primer tema, no quiso que se le escapase; y así, le dijo:

— Ésta no debe de ser Melisendra, sino alguna de las doncellas que la

servían; y así, con sesenta maravedís que me den por ella quedaré contento

y bien pagado.

Desta manera fue poniendo precio a otras muchas destrozadas figuras, que

después los moderaron los dos jueces árbitros, con satisfación de las

partes, que llegaron a cuarenta reales y tres cuartillos; y, además desto,

que luego lo desembolsó Sancho, pidió maese Pedro dos reales por el trabajo

de tomar el mono.

— Dáselos, Sancho —dijo don Quijote—, no para tomar el mono, sino la mona; y

docientos diera yo ahora en albricias a quien me dijera con certidumbre que

la señora doña Melisendra y el señor don Gaiferos estaban ya en Francia y

entre los suyos.

— Ninguno nos lo podrá decir mejor que mi mono —dijo maese Pedro—, pero no

habrá diablo que ahora le tome; aunque imagino que el cariño y la hambre le

han de forzar a que me busque esta noche, y amanecerá Dios y verémonos.

En resolución, la borrasca del retablo se acabó y todos cenaron en paz y en

buena compañía, a costa de don Quijote, que era liberal en todo estremo.

Antes que amaneciese, se fue el que llevaba las lanzas y las alabardas, y

ya después de amanecido, se vinieron a despedir de don Quijote el primo y

el paje: el uno, para volverse a su tierra; y el otro, a proseguir su

camino, para ayuda del cual le dio don Quijote una docena de reales. Maese

Pedro no quiso volver a entrar en más dimes ni diretes con don Quijote, a

quien él conocía muy bien, y así, madrugó antes que el sol, y, cogiendo las

reliquias de su retablo y a su mono, se fue también a buscar sus aventuras.

El ventero, que no conocía a don Quijote, tan admirado le tenían sus

locuras como su liberalidad. Finalmente, Sancho le pagó muy bien, por orden

de su señor, y, despidiéndose dél, casi a las ocho del día dejaron la venta

y se pusieron en camino, donde los dejaremos ir; que así conviene para dar

lugar a contar otras cosas pertenecientes a la declaración desta famosa

historia.

Capítulo XXVII. Donde se da cuenta quiénes eran maese Pedro y su mono, con

el mal suceso que don Quijote tuvo en la aventura del rebuzno, que no la

acabó como él quisiera y como lo tenía pensado

Entra Cide Hamete, coronista desta grande historia, con estas palabras en

este capítulo: ''Juro como católico cristiano...''; a lo que su traductor

dice que el jurar Cide Hamete como católico cristiano, siendo él moro, como

sin duda lo era, no quiso decir otra cosa sino que, así como el católico

cristiano cuando jura, jura, o debe jurar, verdad, y decirla en lo que

dijere, así él la decía, como si jurara como cristiano católico, en lo que

quería escribir de don Quijote, especialmente en decir quién era maese

Pedro, y quién el mono adivino que traía admirados todos aquellos pueblos

con sus adivinanzas.

Dice, pues, que bien se acordará, el que hubiere leído la primera parte

desta historia, de aquel Ginés de Pasamonte, a quien, entre otros galeotes,

dio libertad don Quijote en Sierra Morena, beneficio que después le fue mal

agradecido y peor pagado de aquella gente maligna y mal acostumbrada. Este

Ginés de Pasamonte, a quien don Quijote llamaba Ginesillo de Parapilla, fue

el que hurtó a Sancho Panza el rucio; que, por no haberse puesto el cómo ni

el cuándo en la primera parte, por culpa de los impresores, ha dado en qué

entender a muchos, que atribuían a poca memoria del autor la falta de

emprenta. Pero, en resolución, Ginés le hurtó, estando sobre él durmiendo

Sancho Panza, usando de la traza y modo que usó Brunelo cuando, estando

Sacripante sobre Albraca, le sacó el caballo de entre las piernas, y

después le cobró Sancho, como se ha contado. Este Ginés, pues, temeroso de

no ser hallado de la justicia, que le buscaba para castigarle de sus

infinitas bellaquerías y delitos, que fueron tantos y tales, que él mismo

compuso un gran volumen contándolos, determinó pasarse al reino de Aragón y

cubrirse el ojo izquierdo, acomodándose al oficio de titerero; que esto y

el jugar de manos lo sabía hacer por estremo.

Sucedió, pues, que de unos cristianos ya libres que venían de Berbería

compró aquel mono, a quien enseñó que, en haciéndole cierta señal, se le

subiese en el hombro y le murmurase, o lo pareciese, al oído. Hecho esto,

antes que entrase en el lugar donde entraba con su retablo y mono, se

informaba en el lugar más cercano, o de quien él mejor podía, qué cosas

particulares hubiesen sucedido en el tal lugar, y a qué personas; y,

llevándolas bien en la memoria, lo primero que hacía era mostrar su

retablo, el cual unas veces era de una historia, y otras de otra; pero

todas alegres y regocijadas y conocidas. Acabada la muestra, proponía las

habilidades de su mono, diciendo al pueblo que adivinaba todo lo pasado y

lo presente; pero que en lo de por venir no se daba maña. Por la respuesta

de cada pregunta pedía dos reales, y de algunas hacía barato, según tomaba

el pulso a los preguntantes; y como tal vez llegaba a las casas de quien él

sabía los sucesos de los que en ella moraban, aunque no le preguntasen nada

por no pagarle, él hacía la seña al mono, y luego decía que le había dicho

tal y tal cosa, que venía de molde con lo sucedido. Con esto cobraba

crédito inefable, y andábanse todos tras él. Otras veces, como era tan

discreto, respondía de manera que las respuestas venían bien con las

preguntas; y, como nadie le apuraba ni apretaba a que dijese cómo adevinaba

su mono, a todos hacía monas, y llenaba sus esqueros.

Así como entró en la venta, conoció a don Quijote y a Sancho, por cuyo

conocimiento le fue fácil poner en admiración a don Quijote y a Sancho

Panza, y a todos los que en ella estaban; pero hubiérale de costar caro si

don Quijote bajara un poco más la mano cuando cortó la cabeza al rey

Marsilio y destruyó toda su caballería, como queda dicho en el antecedente

capítulo.

Esto es lo que hay que decir de maese Pedro y de su mono.

Y, volviendo a don Quijote de la Mancha, digo que, después de haber salido

de la venta, determinó de ver primero las riberas del río Ebro y todos

aquellos contornos, antes de entrar en la ciudad de Zaragoza, pues le daba

tiempo para todo el mucho que faltaba desde allí a las justas. Con esta

intención siguió su camino, por el cual anduvo dos días sin acontecerle

cosa digna de ponerse en escritura, hasta que al tercero, al subir de una

loma, oyó un gran rumor de atambores, de trompetas y arcabuces. Al

principio pensó que algún tercio de soldados pasaba por aquella parte, y

por verlos picó a Rocinante y subió la loma arriba; y cuando estuvo en la

cumbre, vio al pie della, a su parecer, más de docientos hombres armados de

diferentes suertes de armas, como si dijésemos lanzones, ballestas,

partesanas, alabardas y picas, y algunos arcabuces, y muchas rodelas. Bajó

del recuesto y acercóse al escuadrón, tanto, que distintamente vio las

banderas, juzgó de las colores y notó las empresas que en ellas traían,

especialmente una que en un estandarte o jirón de raso blanco venía, en el

cual estaba pintado muy al vivo un asno como un pequeño sardesco, la cabeza

levantada, la boca abierta y la lengua de fuera, en acto y postura como si

estuviera rebuznando; alrededor dél estaban escritos de letras grandes

estos dos versos:

No rebuznaron en balde

el uno y el otro alcalde.

Por esta insignia sacó don Quijote que aquella gente debía de ser del

pueblo del rebuzno, y así se lo dijo a Sancho, declarándole lo que en el

estandarte venía escrito. Díjole también que el que les había dado noticia

de aquel caso se había errado en decir que dos regidores habían sido los

que rebuznaron; pero que, según los versos del estandarte, no habían sido

sino alcaldes. A lo que respondió Sancho Panza:

— Señor, en eso no hay que reparar, que bien puede ser que los regidores que

entonces rebuznaron viniesen con el tiempo a ser alcaldes de su pueblo, y

así, se pueden llamar con entrambos títulos; cuanto más, que no hace al

caso a la verdad de la historia ser los rebuznadores alcaldes o regidores,

como ellos una por una hayan rebuznado; porque tan a pique está de rebuznar

un alcalde como un regidor.

Finalmente, conocieron y supieron como el pueblo corrido salía a pelear con

otro que le corría más de lo justo y de lo que se debía a la buena

vecindad.

Fuese llegando a ellos don Quijote, no con poca pesadumbre de Sancho, que

nunca fue amigo de hallarse en semejantes jornadas. Los del escuadrón le

recogieron en medio, creyendo que era alguno de los de su parcialidad. Don

Quijote, alzando la visera, con gentil brío y continente, llegó hasta el

estandarte del asno, y allí se le pusieron alrededor todos los más

principales del ejército, por verle, admirados con la admiración

acostumbrada en que caían todos aquellos que la vez primera le miraban. Don

Quijote, que los vio tan atentos a mirarle, sin que ninguno le hablase ni

le preguntase nada, quiso aprovecharse de aquel silencio, y, rompiendo el

suyo, alzó la voz y dijo:

— Buenos señores, cuan encarecidamente puedo, os suplico que no interrumpáis

un razonamiento que quiero haceros, hasta que veáis que os disgusta y

enfada; que si esto sucede, con la más mínima señal que me hagáis pondré un

sello en mi boca y echaré una mordaza a mi lengua.

Todos le dijeron que dijese lo que quisiese, que de buena gana le

escucharían. Don Quijote, con esta licencia, prosiguió diciendo:

Yo, señores míos, soy caballero andante, cuyo ejercicio es el de las armas,

y cuya profesión la de favorecer a los necesitados de favor y acudir a los

menesterosos. Días ha que he sabido vuestra desgracia y la causa que os

mueve a tomar las armas a cada paso, para vengaros de vuestros enemigos; y,

habiendo discurrido una y muchas veces en mi entendimiento sobre vuestro

negocio, hallo, según las leyes del duelo, que estáis engañados en teneros

por afrentados, porque ningún particular puede afrentar a un pueblo entero,

si no es retándole de traidor por junto, porque no sabe en particular quién

cometió la traición por que le reta. Ejemplo desto tenemos en don Diego

Ordóñez de Lara, que retó a todo el pueblo zamorano, porque ignoraba que

solo Vellido Dolfos había cometido la traición de matar a su rey; y así,

retó a todos, y a todos tocaba la venganza y la respuesta; aunque bien es

verdad que el señor don Diego anduvo algo demasiado, y aun pasó muy

adelante de los límites del reto, porque no tenía para qué retar a los

muertos, a las aguas, ni a los panes, ni a los que estaban por nacer, ni a

las otras menudencias que allí se declaran; pero, ¡vaya!, pues cuando la

cólera sale de madre, no tiene la lengua padre, ayo ni freno que la

corrija. Siendo, pues, esto así, que uno solo no puede afrentar a reino,

provincia, ciudad, república ni pueblo entero, queda en limpio que no hay

para qué salir a la venganza del reto de la tal afrenta, pues no lo es;

porque, ¡bueno sería que se matasen a cada paso los del pueblo de la Reloja

con quien se lo llama, ni los cazoleros, berenjeneros, ballenatos,

jaboneros, ni los de otros nombres y apellidos que andan por ahí en boca de

los muchachos y de gente de poco más a menos! ¡Bueno sería, por cierto, que

todos estos insignes pueblos se corriesen y vengasen, y anduviesen contino

hechas las espadas sacabuches a cualquier pendencia, por pequeña que fuese!

No, no, ni Dios lo permita o quiera. Los varones prudentes, las repúblicas

bien concertadas, por cuatro cosas han de tomar las armas y desenvainar las

espadas, y poner a riesgo sus personas, vidas y haciendas: la primera, por

defender la fe católica; la segunda, por defender su vida, que es de ley

natural y divina; la tercera, en defensa de su honra, de su familia y

hacienda; la cuarta, en servicio de su rey, en la guerra justa; y si le

quisiéremos añadir la quinta, que se puede contar por segunda, es en

defensa de su patria. A estas cinco causas, como capitales, se pueden

agregar algunas otras que sean justas y razonables, y que obliguen a tomar

las armas; pero tomarlas por niñerías y por cosas que antes son de risa y

pasatiempo que de afrenta, parece que quien las toma carece de todo

razonable discurso; cuanto más, que el tomar venganza injusta, que justa no

puede haber alguna que lo sea, va derechamente contra la santa ley que

profesamos, en la cual se nos manda que hagamos bien a nuestros enemigos y

que amemos a los que nos aborrecen; mandamiento que, aunque parece algo

dificultoso de cumplir, no lo es sino para aquellos que tienen menos de

Dios que del mundo, y más de carne que de espíritu; porque Jesucristo, Dios

y hombre verdadero, que nunca mintió, ni pudo ni puede mentir, siendo

legislador nuestro, dijo que su yugo era suave y su carga liviana; y así,

no nos había de mandar cosa que fuese imposible el cumplirla. Así que, mis

señores, vuesas mercedes están obligados por leyes divinas y humanas a

sosegarse.

— El diablo me lleve —dijo a esta sazón Sancho entre sí— si este mi amo no

es tólogo; y si no lo es, que lo parece como un güevo a otro.

Tomó un poco de aliento don Quijote, y, viendo que todavía le prestaban

silencio, quiso pasar adelante en su plática, como pasara ni no se pusiere

en medio la agudeza de Sancho, el cual, viendo que su amo se detenía, tomó

la mano por él, diciendo:

— Mi señor don Quijote de la Mancha, que un tiempo se llamó el Caballero de

la Triste Figura y ahora se llama el Caballero de los Leones, es un hidalgo

muy atentado, que sabe latín y romance como un bachiller, y en todo cuanto

trata y aconseja procede como muy buen soldado, y tiene todas las leyes y

ordenanzas de lo que llaman el duelo en la uña; y así, no hay más que hacer

sino dejarse llevar por lo que él dijere, y sobre mí si lo erraren; cuanto

más, que ello se está dicho que es necedad correrse por sólo oír un

rebuzno, que yo me acuerdo, cuando muchacho, que rebuznaba cada y cuando

que se me antojaba, sin que nadie me fuese a la mano, y con tanta gracia y

propiedad que, en rebuznando yo, rebuznaban todos los asnos del pueblo, y

no por eso dejaba de ser hijo de mis padres, que eran honradísimos; y,

aunque por esta habilidad era invidiado de más de cuatro de los estirados

de mi pueblo, no se me daba dos ardites. Y, porque se vea que digo verdad,

esperen y escuchen, que esta ciencia es como la del nadar: que, una vez

aprendida, nunca se olvida.

Y luego, puesta la mano en las narices, comenzó a rebuznar tan reciamente,

que todos los cercanos valles retumbaron. Pero uno de los que estaban junto

a él, creyendo que hacía burla dellos, alzó un varapalo que en la mano

tenía, y diole tal golpe con él, que, sin ser poderoso a otra cosa, dio con

Sancho Panza en el suelo. Don Quijote, que vio tan malparado a Sancho,

arremetió al que le había dado, con la lanza sobre mano, pero fueron tantos

los que se pusieron en medio, que no fue posible vengarle; antes, viendo

que llovía sobre él un nublado de piedras, y que le amenazaban mil

encaradas ballestas y no menos cantidad de arcabuces, volvió las riendas a

Rocinante, y a todo lo que su galope pudo, se salió de entre ellos,

encomendándose de todo corazón a Dios, que de aquel peligro le librase,

temiendo a cada paso no le entrase alguna bala por las espaldas y le

saliese al pecho; y a cada punto recogía el aliento, por ver si le faltaba.

Pero los del escuadrón se contentaron con verle huir, sin tirarle. A Sancho

le pusieron sobre su jumento, apenas vuelto en sí, y le dejaron ir tras su

amo, no porque él tuviese sentido para regirle; pero el rucio siguió las

huellas de Rocinante, sin el cual no se hallaba un punto. Alongado, pues,

don Quijote buen trecho, volvió la cabeza y vio que Sancho venía, y

atendióle, viendo que ninguno le seguía.

Los del escuadrón se estuvieron allí hasta la noche, y, por no haber salido

a la batalla sus contrarios, se volvieron a su pueblo, regocijados y

alegres; y si ellos supieran la costumbre antigua de los griegos,

levantaran en aquel lugar y sitio un trofeo.

Capítulo XXVIII. De cosas que dice Benengeli que las sabrá quien le leyere,

si las lee con atención

Cuando el valiente huye, la superchería está descubierta, y es de varones

prudentes guardarse para mejor ocasión. Esta verdad se verificó en don

Quijote, el cual, dando lugar a la furia del pueblo y a las malas

intenciones de aquel indignado escuadrón, puso pies en polvorosa, y, sin

acordarse de Sancho ni del peligro en que le dejaba, se apartó tanto cuanto

le pareció que bastaba para estar seguro. Seguíale Sancho, atravesado en su

jumento, como queda referido. Llegó, en fin, ya vuelto en su acuerdo, y al

llegar, se dejó caer del rucio a los pies de Rocinante, todo ansioso, todo

molido y todo apaleado. Apeóse don Quijote para catarle las feridas; pero,

como le hallase sano de los pies a la cabeza, con asaz cólera le dijo:

— ¡Tan en hora mala supistes vos rebuznar, Sancho! Y ¿dónde hallastes vos

ser bueno el nombrar la soga en casa del ahorcado? A música de rebuznos,

¿qué contrapunto se había de llevar sino de varapalos? Y dad gracias a

Dios, Sancho, que ya que os santiguaron con un palo, no os hicieron el per

signum crucis con un alfanje.

— No estoy para responder —respondió Sancho—, porque me parece que hablo por

las espaldas. Subamos y apartémonos de aquí, que yo pondré silencio en mis

rebuznos, pero no en dejar de decir que los caballeros andantes huyen, y

dejan a sus buenos escuderos molidos como alheña, o como cibera, en poder

de sus enemigos.

— No huye el que se retira —respondió don Quijote—, porque has de saber,

Sancho, que la valentía que no se funda sobre la basa de la prudencia se

llama temeridad, y las hazañas del temerario más se atribuyen a la buena

fortuna que a su ánimo. Y así, yo confieso que me he retirado, pero no

huido; y en esto he imitado a muchos valientes, que se han guardado para

tiempos mejores, y desto están las historias llenas, las cuales, por no

serte a ti de provecho ni a mí de gusto, no te las refiero ahora.

En esto, ya estaba a caballo Sancho, ayudado de don Quijote, el cual

asimismo subió en Rocinante, y poco a poco se fueron a emboscar en una

alameda que hasta un cuarto de legua de allí se parecía. De cuando en

cuando daba Sancho unos ayes profundísimos y unos gemidos dolorosos; y,

preguntándole don Quijote la causa de tan amargo sentimiento, respondió

que, desde la punta del espinazo hasta la nuca del celebro, le dolía de

manera que le sacaba de sentido.

— La causa dese dolor debe de ser, sin duda —dijo don Quijote—, que, como

era el palo con que te dieron largo y tendido, te cogió todas las espaldas,

donde entran todas esas partes que te duelen; y si más te cogiera, más te

doliera.

— ¡Por Dios —dijo Sancho—, que vuesa merced me ha sacado de una gran duda, y

que me la ha declarado por lindos términos! ¡Cuerpo de mí! ¿Tan encubierta

estaba la causa de mi dolor que ha sido menester decirme que me duele todo

todo aquello que alcanzó el palo? Si me dolieran los tobillos, aún pudiera

ser que se anduviera adivinando el porqué me dolían, pero dolerme lo que me

molieron no es mucho adivinar. A la fe, señor nuestro amo, el mal ajeno de

pelo cuelga, y cada día voy descubriendo tierra de lo poco que puedo

esperar de la compañía que con vuestra merced tengo; porque si esta vez me

ha dejado apalear, otra y otras ciento volveremos a los manteamientos de

marras y a otras muchacherías, que si ahora me han salido a las espaldas,

después me saldrán a los ojos. Harto mejor haría yo, sino que soy un

bárbaro, y no haré nada que bueno sea en toda mi vida; harto mejor haría

yo, vuelvo a decir, en volverme a mi casa, y a mi mujer, y a mis hijos, y

sustentarla y criarlos con lo que Dios fue servido de darme, y no andarme

tras vuesa merced por caminos sin camino y por sendas y carreras que no las

tienen, bebiendo mal y comiendo peor. Pues, ¡tomadme el dormir! Contad,

hermano escudero, siete pies de tierra, y si quisiéredes más, tomad otros

tantos, que en vuestra mano está escudillar, y tendeos a todo vuestro buen

talante; que quemado vea yo y hecho polvos al primero que dio puntada en la

andante caballería, o, a lo menos, al primero que quiso ser escudero de

tales tontos como debieron ser todos los caballeros andantes pasados. De

los presentes no digo nada, que, por ser vuestra merced uno dellos, los

tengo respeto, y porque sé que sabe vuesa merced un punto más que el diablo

en cuanto habla y en cuanto piensa.

— Haría yo una buena apuesta con vos, Sancho —dijo don Quijote—: que ahora

que vais hablando sin que nadie os vaya a la mano, que no os duele nada en

todo vuestro cuerpo. Hablad, hijo mío, todo aquello que os viniere al

pensamiento y a la boca; que, a trueco de que a vos no os duela nada,

tendré yo por gusto el enfado que me dan vuestras impertinencias. Y si

tanto deseáis volveros a vuestra casa con vuestra mujer y hijos, no permita

Dios que yo os lo impida; dineros tenéis míos: mirad cuánto ha que esta

tercera vez salimos de nuestro pueblo, y mirad lo que podéis y debéis ganar

cada mes, y pagaos de vuestra mano.

— Cuando yo servía —respondió Sancho— a Tomé Carrasco, el padre del

bachiller Sansón Carrasco, que vuestra merced bien conoce, dos ducados

ganaba cada mes, amén de la comida; con vuestra merced no sé lo que puedo

ganar, puesto que sé que tiene más trabajo el escudero del caballero

andante que el que sirve a un labrador; que, en resolución, los que

servimos a labradores, por mucho que trabajemos de día, por mal que suceda,

a la noche cenamos olla y dormimos en cama, en la cual no he dormido

después que ha que sirvo a vuestra merced. Si no ha sido el tiempo breve

que estuvimos en casa de don Diego de Miranda, y la jira que tuve con la

espuma que saqué de las ollas de Camacho, y lo que comí y bebí y dormí en

casa de Basilio, todo el otro tiempo he dormido en la dura tierra, al cielo

abierto, sujeto a lo que dicen inclemencias del cielo, sustentándome con

rajas de queso y mendrugos de pan, y bebiendo aguas, ya de arroyos, ya de

fuentes, de las que encontramos por esos andurriales donde andamos.

— Confieso —dijo don Quijote— que todo lo que dices, Sancho, sea verdad.

¿Cuánto parece que os debo dar más de lo que os daba Tomé Carrasco?

— A mi parecer —dijo Sancho—, con dos reales más que vuestra merced añadiese

cada mes me tendría por bien pagado. Esto es cuanto al salario de mi

trabajo; pero, en cuanto a satisfacerme a la palabra y promesa que vuestra

merced me tiene hecha de darme el gobierno de una ínsula, sería justo que

se me añadiesen otros seis reales, que por todos serían treinta.

— Está muy bien —replicó don Quijote—; y, conforme al salario que vos os

habéis señalado, 23 días ha que salimos de nuestro pueblo: contad, Sancho,

rata por cantidad, y mirad lo que os debo, y pagaos, como os tengo dicho,

de vuestra mano.

— ¡Oh, cuerpo de mí! —dijo Sancho—, que va vuestra merced muy errado en esta

cuenta, porque en lo de la promesa de la ínsula se ha de contar desde el

día que vuestra merced me la prometió hasta la presente hora en que

estamos.

— Pues, ¿qué tanto ha, Sancho, que os la prometí? —dijo don Quijote.

— Si yo mal no me acuerdo —respondió Sancho—, debe de haber más de veinte

años, tres días más a menos.

Diose don Quijote una gran palmada en la frente, y comenzó a reír muy de

gana, y dijo:

— Pues no anduve yo en Sierra Morena, ni en todo el discurso de nuestras

salidas, sino dos meses apenas, y ¿dices, Sancho, que ha veinte años que te

prometí la ínsula? Ahora digo que quieres que se consuman en tus salarios

el dinero que tienes mío; y si esto es así, y tú gustas dello, desde aquí

te lo doy, y buen provecho te haga; que, a trueco de verme sin tan mal

escudero, holgaréme de quedarme pobre y sin blanca. Pero dime, prevaricador

de las ordenanzas escuderiles de la andante caballería, ¿dónde has visto

tú, o leído, que ningún escudero de caballero andante se haya puesto con su

señor en tanto más cuánto me habéis de dar cada mes porque os sirva?

Éntrate, éntrate, malandrín, follón y vestiglo, que todo lo pareces;

éntrate, digo, por el mare magnum de sus historias, y si hallares que algún

escudero haya dicho, ni pensado, lo que aquí has dicho, quiero que me le

claves en la frente, y, por añadidura, me hagas cuatro mamonas selladas en

mi rostro. Vuelve las riendas, o el cabestro, al rucio, y vuélvete a tu

casa, porque un solo paso desde aquí no has de pasar más adelante conmigo.

¡Oh pan mal conocido! ¡Oh promesas mal colocadas! ¡Oh hombre que tiene más

de bestia que de persona! ¿Ahora, cuando yo pensaba ponerte en estado, y

tal, que a pesar de tu mujer te llamaran señoría, te despides? ¿Ahora te

vas, cuando yo venía con intención firme y valedera de hacerte señor de la

mejor ínsula del mundo? En fin, como tú has dicho otras veces, no es la

miel... etc. Asno eres, y asno has de ser, y en asno has de parar cuando se

te acabe el curso de la vida; que para mí tengo que antes llegará ella a su

último término que tú caigas y des en la cuenta de que eres bestia.

Miraba Sancho a don Quijote de en hito en hito, en tanto que los tales

vituperios le decía, y compungióse de manera que le vinieron las lágrimas a

los ojos, y con voz dolorida y enferma le dijo:

— Señor mío, yo confieso que para ser del todo asno no me falta más de la

cola; si vuestra merced quiere ponérmela, yo la daré por bien puesta, y le

serviré como jumento todos los días que me quedan de mi vida. Vuestra

merced me perdone y se duela de mi mocedad, y advierta que sé poco, y que

si hablo mucho, más procede de enfermedad que de malicia; mas, quien yerra

y se enmienda, a Dios se encomienda.

— Maravillárame yo, Sancho, si no mezclaras algún refrancico en tu coloquio.

Ahora bien, yo te perdono, con que te emiendes, y con que no te muestres de

aquí adelante tan amigo de tu interés, sino que procures ensanchar el

corazón, y te alientes y animes a esperar el cumplimiento de mis promesas,

que, aunque se tarda, no se imposibilita.

Sancho respondió que sí haría, aunque sacase fuerzas de flaqueza.

Con esto, se metieron en la alameda, y don Quijote se acomodó al pie de un

olmo, y Sancho al de una haya; que estos tales árboles y otros sus

semejantes siempre tienen pies, y no manos. Sancho pasó la noche

penosamente, porque el varapalo se hacía más sentir con el sereno. Don

Quijote la pasó en sus continuas memorias; pero, con todo eso, dieron los

ojos al sueño, y al salir del alba siguieron su camino buscando las riberas

del famoso Ebro, donde les sucedió lo que se contará en el capítulo

venidero.

Don Quijote · 第 97 / 114 题