Nos sentamos á almorzar. Camila, frente á mí, preside. A su derecha,
Rafaelín. Solís, al otro lado. A mi derecha, Trini; la inglesa, en el
puesto inferior, á la izquierda.
Convencido como estoy de que la mayor parte de nuestros estados
psíquicos, aunque jamás carecerán de razones de ser, las tienen
frecuentemente tan ocultas que ni nosotros mismos las traducimos y
analizamos, no he intentado explicarme por qué aquel almuerzo fué una
hora excepcional en mi vida; por qué, desde que Trini se colocó á mi
lado, comprendí su deseo y su sinceridad, y presentí el desarrollo que
iban á tener los sucesos.
La mesa lucía un adorno muy vulgar, pero encantador: canalitos de vidrio
liso llenos de agua en que refrescan flores y ramillas tiernas de
helecho. Eran como riachuelos dormidos sobre la blancura del mantel.
Dado que en Portodor andamos mal de jardinería, Tadeo se había ingeniado
y traído del río buena provisión de las umbelas rosa que huelen á
almendra amarga; y el ligero olor, avivado por el calor y la frescura,
me penetraba en el alma como un cuchillo de oro. El cocinero, aunque
careciendo, según decía, de mil recursos que no faltan en Madrid, había
sacado partido de la mariscada y pesca tan abundante en Portodor, y
desde las menudas anchoas hasta los filetes de lenguado á la Morny y el
rodaballo á la Teodora braseado al Champagne, el menú, casi magro, era
para despertar el paladar del más gastado gastrónomo. Trini, que
habitualmente come poco, animada por mis bromas y mis obsequios, estuvo
hasta glotona; dos veces se sirvió del rodaballo, ensalzándolo. Solís,
aliviado de su tortura al notar cómo yo atendía á Trini y cómo ella se
esponjaba dichosa, y un tanto excitado quizás por los excelentes vinos
que ordené á Tadeo que sirviese, empezó por destacar alguna frase y, al
fin, habló brillantemente, desplegando ingenio, conocimientos y buen
humor irónico, que descargó sobre el pueblecillo de Portodor, sus
notabilidades, sus festejos, su Casino, sus bellezas.--Trini se reía;
hasta Camila desfrunció el entrecejo, sonrió, y dos ó tres veces aprobó.
Annie era la malhumorada silenciosa. A medida que adelantaba el
almuerzo, se acentuaba su hosca frialdad: con leves pretextos reprendió
ásperamente, en inglés, á Baby; el pequeñuelo hizo un mohín llantero,
mimoso; Trini le echó un beso volado, le hizo un guiño de inteligencia.
Los ojos azules, de claro doblete de zafir, se obscurecían, y los labios
bien cortados temblaban de ira al notar que el niño se entendía con otra
y que á esa otra yo le presentaba un fruto, le servía una salsa, le
ponía vino en el vaso. Alegando que Baby no debe permanecer tanto tiempo
seguido en la mesa, levantóse al servirse el asado intentando llevarse
al chiquitín; pero Trini intercedió:
--Miss Annie, ¡por Dios! déjenosle hoy, un día es un día. Rico, Faelín,
¿verdad que te quedas?
Entiendo: le hago un signo á la inglesa--nada más que un signo, pero de
amo--, y no hay remedio, mi voluntad se impone; el aya, en señal de
protesta, se retira. Entonces el almuerzo se hace más íntimo, más
atractivo; Trini respira, libre de las ojeadas de cristal azul; Camila,
con toda su altivez, se encuentra también más á sus anchas; Solís
especialmente se alegra; ¡mi acto de energía le da á entender tantas
cosas! Radiante, salpicada de Champagne su nada tersa pechera, vuelve á
sostener la conversación con un _esprit_ periodístico ameno y maligno á
la vez. Después de un ditirambo al «inflado» javanés con que termina el
delicado almuerzo, propongo ir á tomar el café bajo el emparrado, en la
enorme mesa de piedra toda bordada de vegetaciones que el sol metaliza.
Allí nos sentamos... y ¡yo no me miento nunca á mí mismo! viendo á Trini
con Rafaelín en brazos, explicándole por qué una mosca se ha preso las
patas en el azúcar de un platillo, lo cual el pequeñín celebra con risas
gorjeadas, con exclamaciones de asombro y gozo,--¡me encuentro
feliz!--El sortilegio del niño sobre la mujer actúa visiblemente; el
grupo inefable, símbolo de la vida, se ha formado y estrechado al
influjo del aire, de la libertad, del alejamiento de las ciudades, de la
naturaleza, en fin. Mientras yo fumo mi cigarro, Trini juega con el
niño; juegan á partir piñas y á descascarar piñones, sirviéndose de una
piedra, y las risas aumentan y el chiquitín toma confianza, y tiraniza á
Trini como me suele tiranizar á mí, y la empieza á soltar letanías de
cariño:
--Trini bonita, Trini buena, Trini de mi corazón...
Ella se anima, se entusiasma también. Pasamos las horas calurosas de la
tarde bajo el toldo de parra, oyendo surtir el agua, esa agua tan
fresca, tan leve, tan digestiva, que bebí de niño con los carrillos
sofocados de correr. El danés, Vértigo, sentado gravemente á mis pies,
abre por turno el ojo derecho y el izquierdo y estremece una oreja
cuando le importunan las moscas. El ambiente es pesado; pero á cada
minuto lo abanican brisas de mar. A eso de las cinco, al empezar á
aplacarse el calor, propongo que bajemos al pueblo, alquilemos un bote
y demos un paseo por la ría. Es muy probable que caigan algunos panchos.
Tadeo llevará anzuelos, cordel y el cesto para recoger lo que se pesque.
La proposición es acogida con transportes de júbilo por el niño, con
satisfacción por las señoras. Invito á Solís, que rehusa, y no invito á
miss Annie: acabamos de verla pasar allá á lo lejos por la carretera que
atraviesa la parte baja de la posesión, cabalgando en su bicicleta, muy
bien ensiluetada, muy airosa, muy decidida.
Vamos, pues, en familia, sin mercenarios de lujo. Desatraca el bote.
Sardiñete, el marinero, rema despacio, de un modo insensible; su hijo,
un rapazuelo de unos quince años, coge la caña del timón. Nosotros
echamos la _liña_ y esperamos que el pez pique. Trini ayuda y aconseja á
Rafaelín; le enseña á tener la cuerda quieta y á dejarla flotar según el
derive, casi imperceptible, del bote. Trini, en toda esta jornada, se
muestra mañosa, útil, viva. Al sentir el primer tirón, el chico pega un
grito de alegría nerviosa, tan penetrante, que el pez se asusta é
intenta huir, y no lo consigue, porque ya está enganchado. A la luz del
sol poniente vemos encorvarse y palpitar su cuerpo de plata, y,
arrancándolo del anzuelo, se lo entregamos á Rafaelín. La criatura coge
el pececillo; pero, al notar su agonía, la gota de sangre que mancha sus
agallas, quédase un momento pensativo, y después rompe á llorar,
escondiendo su preciosa cara en el seno de Trini, que le cubre de
caricias.
--No se pesca más, rico--dice ésta--. Se acabó la pesca por hoy. Verás;
á este pescadito le volvemos al agua y se pone tan contento y se va
junto á sus hermanitos, á contarles que por poco nos le comemos frito
esta noche.
--¿No mere el pescado?--pregunta, entre sus lágrimas, Rafael.
--No mere, vidita, no mere: ahora rompe á correr tan contento, y va á
tomar café con sus amigos, y á fumar, como tu _father_.
La risa sucede á las lágrimas. Por debajo del agua transparente, el niño
ve desaparecer el cuerpo del pez, en relampagueante fuga.
Se recogen los avíos de pesca. ¡Rafael es el que manda! Mi alma flota,
se disuelve en la placidez infinita de la hora moribunda. Hace bochorno;
no corre un soplo de viento. El sol, allá en la línea del horizonte,
desciende abrasado al fondo del agua obscura. Cae la noche, y apenas
desaparece el astro, surge claridad, no de la luna, que no se deja ver,
ni de las estrellas, altas y diamantinas, sino de la misma sábana del
agua, que se enciende en hervor nupcial, como inmensa luciérnaga.
Resplandores glaucos parecen venir del fondo de las olas, permitiendo
ver las miriadas de peces que cruzan sus profundidades y que son como
remolinos de prolongadas hojas de estaño, arrastrados por una corriente
de esmeralda pálida, derretida. El remo abre surcos de lumbre
fosforescente y al subir derrama cascadillas de gotas luminosas. El
pálido incendio nos alumbra con reflejos fantásticos de linterna
chinesca. El niño pregunta, y le explico el fenómeno como puedo. Estoy
cerca de Trini, y siento, en aquella noche de verano, en que arde hasta
el agua, su atractivo; pero estoy seguro de que no se trata de un
estímulo material, de que es la criatura quien vuelve á llevarme hacia
el hogar, hacia la paz, hacia la aceptación de la existencia completa,
vivida y transmitida á otros...
Camila nos da el alto: tienen que volverse al balneario; la excursión
exige hora y media lo menos, ¿cuándo llegarán, y qué pensarán de ellas
los demás bañistas?
Trini, suspirando, exclama:
--¡Qué lástima! ¡Qué buen día se ha pasado!
Saltamos en la playa, y ofrezco otra vez el brazo á Trini para llevarla
hasta el coche, que ya las espera al extremo del muelle. Es un breve
momento de soledad y de confianza. Camila se queda atrás, á propósito,
entreteniendo al niño, enseñándole las redes de pesca que negrean sobre
el blanco arenal.
--Gaspar--murmura Trini con voz temblona; y noto el golpeteo de su
corazón contra mi brazo derecho--: tiene usted un niño que es un
hechizo. Me voy prendada de él.
--Lo quiere usted á su lado siempre, Trini?--respondo, en un arranque
violento y espontáneo--. Ya sabe usted que se lo había ofrecido...
--Eso fué un día... Ahora... usted... ya... Y yo, entonces, no había
visto al pequeño...
--Ahora, igual... si usted...--Y estrecho el brazo; y el brazo contesta
á mi presión con otra muy ligera, pero sensible... La respuesta del
brazo es definitiva.
--Hemos quedado--advierto á Camila--en que volveréis á pasar aquí el día
del jueves. Iré á esperaros en el desembarcadero. Y antes, es probable
que me aparezca en San Roque...