El día siguiente á la tarde en que pasamos este diálogo Solís y yo,
domingo era, y había limosneo. Conservo y restauro esta costumbre,
procedente del tiempo de mis padres, no porque me parece caritativa,
sino únicamente por encontrarla estética, complemento adecuado de la
torre de tostadas almenas picudas, inútiles para la defensa, pero
bonitas sobre el celaje. Además, ¡el niño goza tanto con la
distribución! razón babosa que ejerce sobre mí suma fuerza.--Nos
sentábamos bajo el emparrado, entonces cubierto de pámpanos, entre los
cuales comenzaban á pintarse de un carmín claro aún los racimos. Al
lado, la fuente gorgoriteaba su canción monótona y deleitosa. Frente á
nosotros, descubría la vista la extensión de la ría, espejeante,
rebrilladora, salpicada de espuma un momento por el brinco de un delfín,
ó cortada por el vuelo airoso de una barca de pesca, tendida el ala de
su vela latina. Los puertecillos de la costa agrupaban diminutos, como
casas de juguete, su caserío. Olía á helechos frescos, á madreselva y á
soplos de mar, que llegaban por bocanadas. Yo, cauto, me provistaba de
un frasquito primoroso de sal inglesa, por si los mendigos esparcían su
acostumbrado vaho á hormigas, á salmuera, á aguardiente de caña en
estómagos mal nutridos.
Presos los perros, irreconciliables enemigos de los pobres, presentaba
el mayordomo el cestón atestado de trozos de pantrigo--no de sobras, eso
lo prohibía yo, sino de mollete fresco--y de tortas de borona. A
Rafaelín se le entregaba un bolsón repleto de cobre. En mi bolsillo
danzaba plata menuda, para los casos de mayor simpatía ó capricho de la
criatura. Los pordioseros, según orden que se les había dado, aguardaban
formados en doble fila. Yo conocía ya á muchos de ellos; pero cada
domingo venían algunos nuevos, de otras parroquias, atraídos por la fama
que cundía de mi liberalidad y buen corazón. Se respetaba jerarquía y
antigüedad: los de la parroquia eran socorridos primero, luego los de
las circunvecinas, por orden de proximidad á Portodor. La expresión de
todas las caras, ó de casi todas, es de júbilo y de una malicia humilde,
como la de los legos bobos que fían en Dios y chorrean esperanza. La
presencia de Rafaelín les saca de sus casillas, y ríen más, y exclaman
cosas más chuscas y optimistas; vejezuelas desdentadas ríen como niños
de pecho; vejezuelos reumáticos, arrastrándose sostenidos en un palo,
ríen plegando el rancio cuero de su cara de manzana tabardilla muy
madura; un lelo ríe de felicidad al tocarle la manecita del nene, y se
olvida de devorar el mendrugo; un ciego es el más jovial, y se empeña en
mosconear en la _zanfona_ y en dedicarnos coplas alusivas, aduladoras,
donde nos llama reyes.
--¡Peseta para el ciego, _father_!--suplica el pequeñín. Y allá va la
peseta...
Una mujer flaca, que lacta á dos gemelos, es la única que pone gesto
melancólico; pero al darle Rafael ración doble y peseta, ensarta
bendiciones y sonríe, desenfurruñada.--Un chiquillo de unos ocho años se
adelanta con una esportilla, marmoneando no sé qué.
--¿Tú quién eres? No te habíamos visto.
La de los gemelitos explica:
--Es de Naimor... Es así, tiene la habla trabada... Pide para su abuela,
que está encamada con la _paralís_...
Rafael, entonces, se adelanta, coge de la mano al chico, y
misteriosamente le entrega algo.
--¿Qué le das, Faelín? Si no te riño; si no te riño...
--Un bizcocho mío; es mío, es mío; que no lo quise con el topolate...--y
en la voz hay una entonación de protesta.
--Bueno, querido... Traiga usted más bizcochos--ordeno al mayordomo, que
extraña un poco la orden--. Vas á repartir tú bizcochos ahora, cielo.
Enfaenado Rafael en distribuir el contenido de la bandeja, entre el coro
de «¡Vivan cuanto deseen! ¡Dios le guarde de una envidia! ¡Dios le haga
santo!» de los pordioseros engolosinados,--no advertí que dos señoras
subían la cuesta que conduce desde el pueblo de Portodor á la torre.
Hasta el mismo instante en que desembocaron en el camino de serventía
que rodea la tapia del patio, tampoco era fácil verlas, porque los
viñedos hojosos, los matorrales de zarza y saúco, los brabádigos y los
altozanos del terreno lo impedirían. Me levanto, me precipito, echo mano
al _canotier_... Son Camila y Trini, risueñas, con sobrealiento, bajo
quitasoles de seda tornasolada.
Sin duda buscaban precisamente esto--cogerme desprevenido, en plena vida
libre--, á ver qué posición adopto cuando estoy solo... La emboscada es
doblemente cautelosa, puesto que Camila, hará una semana, me escribía
desde Madrid que Trini no acababa de decidirse á venir á las aguas de
San Roque, y que más bien la veía inclinada á tomar el rumbo de
Alemania, deteniéndose una semana en París--. Es indudable el complot.
¿Qué importa? La visita me distrae...
Lanzo las inevitables exclamaciones de sorpresa...
--Qué es eso? Caemos mal, por casualidad?--pregunta Camila derrumbándose
en el pretil, porque viene que no puede más de la subida--. Ya ves,
hemos seguido tus indicaciones; nos presentamos por la mañana, á pedirte
de almorzar...
--Sentiría mucho que le causásemos molestia...--murmura Trini,
confusa--. Camila me ha animado tanto... Me ha dicho que usted le había
dicho en Madrid...
--¡Por Dios, Trini... No sé cómo manifestar á usted que estoy
verdaderamente agradecido!.. Venga usted, venga á descansar un momento á
casa, á arreglarse; en fin, á lo que quieran... Pronto almorzaremos...
Miss Annie--ordeno á la inglesa, que acababa de presentarse,
súbitamente, de piqué verde claro, con una rosa lacre en el corpiño--:
¿quiere usted hacerme el favor..? Estas señoras...
Y dándome cuenta del motivo porque la inglesa, con un molinillo dentro,
no se mueve, lleno la fórmula:
--Miss Annie Dogson, la señorita que cuida del pequeño... Mi hermana...
la señorita de Dávila...
Si con afectación se inclinaron las damas, con rígida tiesura cabeceó
Annie. Dijérase que una barrilla de hierro pasaba á lo largo de su
espinazo.
--Gracias, Gaspar--exclamó Camila--; no nos hace falta arreglarnos por
ahora: el camino es corto; un cuarto de hora para cruzar la ría y una
hora de coche... El ratito de venir á pie es lo peor... pero no hay
tiempo de notar mucha fatiga; son diez minutos...
Desde que Trini había llegado, no apartaba los ojos de Rafaelín. Le
miraba encantada, sorprendida, sin duda, de su belleza. De pronto, con
movimiento simpático, se bajó y le tomó en brazos.
--Es el niño! El niño!--repitió enfáticamente--. Qué precioso! Parece un
angelito de los que se ven en los cuadros de Murillo... Pedirás á Dios
por don Gaspar, eh, nenito? Pídele mucho.
--No va á entender, Trini... Dígale usted que pida por _father_. Don
Gaspar es un personaje que para él no existe. ¿Verdad, _baby_? Soy su
papá... en inglés.
Como la señorita se disponía á besarle en los carrillos, miss Annie se
interpuso rápida, dando una orden secatona:
--_Baby... shake hand._
Desiderio Solís, que bajaba la rampa emparrada que conduce desde la
cocina de Portador hasta el patio, se paró en firme al ver á las
señoras. Hubo en su gesto algo de esquivez felina, si así puede decirse;
fué la retracción de una alimaña sorprendida en su cueva. La cueva de
Solís, ¡ya la conozco!: es la sombría madriguera de sus pensamientos
desesperados y ansiosos, entre los cuales se revuelve. En esa madriguera
me encuentra á mí y me destroza á mí; y se acentúa la intensidad de mi
goce al desafiarle, y en un desenfrenado imaginar me figuro la pronta
supresión de la existencia que puede darme un loco lúcido como éste, al
filo del cuchillo ó á la bala del revólver... Experimento una fruición
de orgullo, íntima, deleitosa--y, encontrándome á la altura de un poeta
favorito, comprendo la gentileza del morir, y, sobre todo, la gentileza
de jugar con la sensación del peligro oculto, inminente, como se juega
con un lindo kriss malayo de afiladísima hoja serpentina, envenenado con
zumo de euforbia. El atractivo de todos los seres que por un momento han
fijado mi atención, solicitado mis sentidos, hasta buscado el camino de
mi corazón--Rita, Annie, Camila, Trini, el mismo Rafaelín--cede, se
eclipsa ante este amor antiguo como mi juventud, esta curiosidad y sed
del gran Secreto... Ya que no me decido á ir, á paso tranquilo, hacia
él, que venga él á mí, sin las decadencias de la enfermedad, sin las
torturas de los padecimientos, sin los delirios de las fiebres y con el
hechizo peculiar del drama psicológico... ¿A que no es verdad, menguado
Solís? ¿A que no te resuelves, una mañana..? Yo te daré vapor,
pobrecillo celoso de la podredumbre, de la mísera carne de la mujer. Te
estiraré el cordel, te haré tascar el freno en los pocos días que nos
restan de verano y de baños salobres. Y estoy de ello seguro: nada
ocurrirá digno de referirse; tu amenaza tácita ó explícita será otro
poco de aire; no sabrás proporcionarte y disfrutar la sensación suprema,
el trago de infernal ambrosía de suprimir con tus manos una existencia
humana... No serás tú quien me haya asustado, profesorzuelo; no están
nuestros espíritus al par. Espera...
Y le llamo, complaciéndome en saber yo solo lo que tiene de
significativo el rostro descompuesto y demacrado, la chispa siniestra
del mirar de Solís. También interpreto perfectamente la vislumbre de
satisfacción que le causa la presencia de las dos señoras. La misma
sospecha que hace fruncir el rubio ceño á Annie, despeja momentáneamente
la frente de Solís, que se acerca titubeando.
--El futuro ayo de Rafael, don Desiderio Solís... Mi hermana, etc...
Trini es la más espontánea: le tiende la mano con afabilidad; él, entre
remiso y lisonjeado (no son sino sacos de vanidad estos aparentes
bohemios), la estrecha desmañadamente. Camila le mira, reprobando para
sí las negligencias de su atavío y sus maneras hoscas, insociales.
Toda esta escena, más breve que mi relato, se desarrolla entre el corro
de pordioseros, los cuales, á fuer de genuinos mendigos españoles, se
interesan más por lo que sucede á su alrededor que por su negocio de
pedigüeñería. Las mujeres, con la boca abierta, no se sacian de admirar
los trajes de batista floreada, los sombreros frondosos y botánicos de
las dos señoras. Una medalla de Juana de Arco, cercada de rubíes
_calibrés_, que Trini ostenta al cuello, les arranca exclamaciones
admirativas y bendiciones desinteresadas. Trini, se apresura á registrar
su bolsa de malla de oro, y á distribuir el cambio que lleva. Luego,
acepta mi brazo para subir la rampa.
Desiderio Solís, después de unos instantes de angustiosa vacilación, se
resuelve á ofrecer el suyo á Camila. Ella hace que no ha visto la
actitud, y sube derecha, sola, prontamente, como quien conoce bien los
lugares donde se encuentra. Solís se encoge de hombros, creyendo que no
le veo, para fanfarronear con miss Annie, que acaba de dirigirle una
mirada irónica. Rafael nos precede corriendo, alborozado, guiando á
Trini, con la cual ha hecho migas; y, alzando cuanto puede su manita, le
cuenta cosas:
--Tengo un pero así de gande... Lo pendieron porque muede á los pobes...
Yo no quiero que los mueda...
Entramos en la «sala de la torre». Camila se encarga de explicar á Trini
esas cosas que se explican siempre al que pisa una casa por primera vez.
Sobre el sofá hay un retrato de mujer, con el pelo en moño de rizos, los
hombros caídos, el corpiño picudo de talle y el cuellecito blanco
vuelto, característicos de la moda de 1860.
--¡Cómo se te parece esta señora!--exclama Trini.
--No tiene nada de particular... Es mamá--dice Camila.
La mirada de Trini pasa del retrato á la cara, no de Camila, sino mía.
Toma un pretexto para mirarme,--lo he notado.--Quizás esta mujer ha
pensado mucho en mí á solas. Viene, me parece indudable, bajo el
influjo de una inquietud dolorosa respecto á miss Annie. Para Trini,
como para la muchedumbre, yo me entiendo con la nívea inglesa... Y
siento un chispazo de cólera al reconocer que, una vez más, el sentido
común de las gentes no es tan vano y hueco como pensamos los soberbios,
que nos situamos fuera de la grey; porque, no hace veinte días, si me
dejo llevar del instinto...
Visitan la casa las señoras, gustosamente. Se detienen mucho en
recorrerla. Lo que las interesa, al parecer, es la distribución de las
habitaciones. Camila lo revuelve todo, lo pescuda todo, con su ojeada
maliciosa, digna y escandalizada á la vez. El examen resulta
inquietante. Yo ocupo, en el segundo piso de la torre, un cuarto no muy
amplio; detrás de él, en otro más chico, duerme Tadeo, mi ayuda de
cámara; y enfrente, dos habitaciones de dimensiones iguales, separadas
por un pasillo, corresponden á Rafael y miss Annie. El primer piso de la
torre queda reservado para un salón. Y al cuerpo de edificio, detrás del
despacho y comedor, está relegado Solís. De aquí, los espionajes
nocturnos. Le veo que observa á Camila y nota su actitud; dijérase que
los dos pensamientos, las dos sospechas, se encuentran, cruzan y abrazan
en el aire, como dos espadas desnudas. Al contacto de la sospecha de
Camila, la de Solís acaso se hace certidumbre.