XVII

Y apenas se aleja, con ruido apagado de rodadas, el coche que lleva á

las dos señoras, entrego á Tadeo la criatura soñolienta, para que la

suba en brazos á la Torre, hago una seña á los marineros y vuelvo á

saltar en el bote.

--¿Caradónde, señorito?..

--Adonde queráis... Un paseo.

Escupen en las manos y vuelven á empuñar remos y gobernalle.

Pausadamente, la barca corta la sábana de lumbre pálida y verdosa...

Caigo en pleno ensueño. Por última vez--á mí mismo me empeño la

palabra--me entrego á esas conversaciones interiores, en que dialoga mi

doble yo. Por última vez fumo opio... Dejo colgar el brazo sobre la

borda, y al rozar el agua parece mi derecha bañada en un livor

sobrenatural; la estela del barco es un trazo prolongado de lumbre, como

el rastro de un cometa en el firmamento. Es preciso que yo diga adiós á

los antiguos fantasmas, mis perseguidores, mis tétricos amigos; es

preciso que salga de mi espelunca, y no vuelva más á ella; tengo que

transmigrar y encarnarme en esposo, en ciudadano.

El agua se engalana como para un funeral con esta luz mortuoria, que me

recuerda la tez de espectro de Rita Quiñones; y de entre las praderías

de algas, donde ondulan vegetaciones de pesadilla, una forma se alza,

semejante á una de esas vislumbres que tiemblan al movimiento de las

múltiples capas de agua, y cuyas líneas se disuelven, entre las gasas

trémulas y fingidas, velo de los abismos. El que ve surgir una de esas

apariciones inciertas y borrosas, hijas del consorcio de la fantasía con

lo real, nunca deja de atribuir á la visión forma femenina. Cree

discernir, fugitivos en su diseño, los brazos que han de enlazarle, el

cabello donde se ha de enredar, la boca que ha de envenenar la suya, el

flexuoso torso que se pegará á su pecho. La mayoría de los hombres hacen

surgir de la obscura profundidad el amor. Mi visión, confusamente

alumbrada por la fosforescencia de las ondas, es de muerte, y su boca,

al acercarse á mi boca, la cuajaría en eterno hielo...

El cuerpo de mi sirena no es blanco, su pelo no es rubio: tiene su forma

lo indeterminado de los senos sombríos de donde sale, y su melena se

parece á la inextricable maraña de las algas, suspensas, enredadas y

penetradas por esta luz líquida. Creo verla ascender despacio, ávida y

amenazadora, como si me dijese: «Eres mío, no me huyas...»

--No soy tuyo--protesté--. Puedo huir. Me basta con desearlo. He jugado

contigo á un juego peligroso: basta ya. Quiero vivir. Vete...

No se iba. Agarrada á la borda con sus manos de sombra, fijaba en mí los

mismos ojos magnetizadores que había fijado desde el fondo del río. Y me

llamaba, me llamaba... Un sudor de angustia humedeció mis sienes, y,

por un hábito pueril, por uno de esos gestos maquinales que se han

hecho en la niñez y que sobreviven á todos los procesos analíticos,

demoledores, de la edad madura--bajé dos dedos, alcé otros dos y tracé

sobre mi frente la señal de la cruz...

En el mismo instante el agua palideció; sus reconditeces se velaron, y

como se extingue una bengala de teatro, se extinguió la fosforescencia,

dejando el agua incolora, tranquila, en la densa cerrazón de la noche.

--¿Se apaga el agua así de pronto?--pregunté á los marineros.

--Sí, señor... Siempre pasa así en Agosto. Dura muy poco la claridá. Aun

hoy duró más que otras veces.

--Vamos al muelle--ordené, como avergonzado de mi impresión y temeroso

de que me la conociesen; avergonzado del sentimiento, hasta en presencia

de tan ínfimo auditorio.

Salto á tierra. Emprendo la caminata á la Torre de Portodor, cuyas

iluminadas ventanas veo desde el muelle lucir como un faro. Voy

determinado á desenredar mi espíritu de los laberintos en que me he

perdido siempre. Ahora creo discernirlo con lucidez total: estaba

enfermo del alma, y es la salud lo que han de darme las dos supremas

representaciones de la existencia: el Niño y la Mujer. El reto que

acepté era insensato y absurdo, como era nefando y monstruoso el amor

que me había inspirado la Guadañadora. Cuando yo provocaba y exasperaba

á Solís, la buscaba indirectamente á _ella_; glosaba una cuarteta

conceptuosa que me embruja la imaginación:

Ven, muerte, tan escondida

que no te sienta venir,

porque el placer de morir

no me vuelva á dar la vida...

Subiendo por el sendero campestre donde, entre el olor recio del mar,

flota el almizclado vaho de esos escarabajos negros, enormes, llamados

en el país «vacas de San Antonio», formo mi plan. Mañana mismo, llamaré

á miss Annie, la daré rendidas gracias por sus servicios, la haré

generoso regalo y la enviaré á Vigo, en un buen coche. A Desiderio Solís

le enteraré de que mi matrimonio es cosa acordada; le ofreceré un

sueldo no despreciable en concepto de administrador y secretario, y le

advertiré que estos cargos los puede desempeñar fuera de mi casa, y que

así lo deseo. Y añadiré todo lo que baste á curar los escozores de sus

dudas y convertirle en amigo mío, al menos en indiferente. Y después...

Ya veremos: ante todo, conjurar este peligro; salir de esta situación

anómala en que me he puesto voluntariamente, jugando con mi propio

destino, por una caprichosa fantasía de poeta--sí, ahora entiendo la

verdad: yo soy un poeta loco, á quien las herencias de melancolía de las

edades dramáticas y de los antecesores desdichados, habían llevado á

desear el aniquilamiento... Penetrado de esa curiosidad palpitante que

da fiebre á las novias la víspera de sus bodas, yo esperaba ansioso,

estremecido, lo que iba á ser de mí en poder de una fiera por mí mismo

azuzada y desencadenada. Me había complacido en crear eso que llamamos

fatalidad, con la substancia de mis deseos, mis orgullos y mis antojos.

Quizás la fatalidad no existe, si nosotros no la fabricamos. En esta

hora de sana voluntad me parece todo el giro de mi suerte es mi obra.

Soy yo quien ha soltado en mi propia casa al tigre de los celos, y le he

visto avanzar exhalando su ronco rugido, y en vez de enjaularlo, me he

complacido en admirar su manchada piel... Ahora entiendo cuánto daño

pude hacer, no sólo á mí, sino á todos. Destejamos la infernal tela;

aprisa, borremos la huella de nuestros pasos, pisando al revés.

Mi proyecto era conferenciar aquella misma noche con Solís, dejando para

el día siguiente la entrevista con miss Annie. Al llegar á la Torre,

supe que el profesor, algo indispuesto, se había acostado, y que la

institutriz tampoco bajaría á cenar, por sufrir una jaqueca muy fuerte.

A otro perro con ese hueso: bien adiviné lo que ocurría. Solís y ella se

habían peleado; ella trepidaba de despecho y cólera de haber sido

excluída, suplantada. Me encogí de hombros. Mañana las siluetas de estos

dos seres, en mi espíritu, quedarán borradas de la pizarra con una

esponja...

Cené gratamente, abierta la ventana, por la cual entraban la lejanía y

la calma de la noche. Terminada la cena me levanté, y me puse de codos

en el antepecho á respirar. Recordaba que en otras épocas me había

acodado así, para contemplar las tempestades, que son en Portodor

magníficas é imponentes. Caen rayos á centenares, zigzagueando sobre el

mar; un espectáculo sublime. Ahora no se movía una hoja; algo de

neblina, presagio de calor, empezaba á alzarse. Yo sentía ese temblor

secreto, ese comienzo de embriaguez que causa todo cambio en nuestro

destino. Me esforcé en pensar en Trini,--pero la Seca todavía quiso

interponerse. Te he vencido--murmuraba yo... Y me reía de la derrota de

la muy coqueta, que me trae al retortero desde tantos años hace, sin

realizar nunca sus promesas de darme el olvido y el descanso...

Serían las diez y media cuando subí á mi cuarto, no sin decir á Tadeo

que no le necesitaba. El servidor se quedó abajo, trajinando,

recogiendo. El silencio era total: no se escuchaban ni ladridos de

canes, ni flauteos de sapos. Entré en mi dormitorio y cerré, sin echar

la llave. Sonaron unas pisadas ligeras en el pasillo, y antes de que

hubiese tenido tiempo de dar vuelta al grifo del lavabo, sentí que

llamaban á mi puerta unos dedos sonoros, de metal. Acudí á abrir, y me

quedé perplejo, pero no sorprendido, al encararme con miss Annie. La

inglesa venía muy guapa, es justo reconocerlo; su pelo de luz, sencilla

y hábilmente recogido, y su traje de linó gris, de corte original,

exageraban su aire pudibundo y prerrafaelista; era una deslumbradora

_girl_ de cromo, de esas en cuya cara la rosa se disuelve en leche y el

carmín se afina con transparencias de cristal. Olía bien--sin duda

usufructúa los perfumes de Rafaelín--y, en suma, llegaba á tiempo, si no

se interpusiese entre ella y yo algo nuevo que se había apoderado de mí.

Entró con marcialidad, derecha y seria, y ya dentro, dió vuelta á la

llave.

--No conviene que nadie nos interrumpa--dijo autoritariamente.

Me quedé mirándola, silencioso, sin protestar. ¿A ver por dónde

descargaba el nublado? Y ella, acercándose con desdén, y trepidando de

cólera y soberbia, profirió, en el buen español que gasta, sólo

extranjerizado por el acento:

--Es preciso que hablemos claro, don Gaspar. Conmigo no se juega.

Reclamo una contestación categórica. La señorita Trini, ¿es ó no es

novia de usted?

Sonreí, ofrecí con el gesto un asiento en mi mejor butaca á la quejosa,

y contesté al desgaire, graduando el efecto de mi respuesta, para que

molestase más:

--Naturalmente que esa señorita es mi novia. Pronto nos casaremos. ¿No

se lo había dicho ya? ¡Qué distraído soy! Discúlpeme, miss Annie.

Un momento permaneció estupefacta la inglesa. No quería fiarse de sus

oídos ni de sus ojos; no porque fuese inverosímil que yo tuviese novia,

sino porque era humillante que se lo notificase así. Las naturalezas

orgullosas se resisten á admitir la realidad de lo que las rebaja; el

primer movimiento de la altanería ofendida no es la indignación; es la

sorpresa. En aquella modesta institutriz era altanera la raza, la

civilización de presa y de fuerza de donde procedía; era altanera su

convicción de que á la mujer se la debe lealtad. Cerca de medio minuto

tardó en recobrar, no la palabra, sino la acción. Eso sí, la acción la

recobró por entero, súbitamente. Avanzó sobre mí, y su vigorosa palma de

jugadora de _tennis_ y ciclista, huesuda bajo la morbidez, cayó sobre mi

mejilla, respondiendo al claqueo de la bofetada un dolor vivo, un

escozor violento, un desquicie de dentadura, una serie de sensaciones

que todas actúan sobre lo puramente animal de nuestro organismo,

provocando en los hombres de baja educación el ejercicio del palo y del

puño, y en un hombre más culto, otra reacción diferente... Porque no sé

yo quién será el varón resignado á quedarse en situación tan ridícula

como la de verse abofeteado, y no con blandura, por una mujer, á puerta

cerrada, de noche, y cuando, anteriormente, esa mujer ha depositado en

sus sentidos un germen de impureza y de miseria fisiológica. Ciego y

disparado, aproveché, pues, el momento en que miss Annie, todavía

amenazadora, permanecía inmóvil,--y la enlacé y envolví y ahogué entre

las elásticas serpientes de mis brazos, riendo á carcajadas, con risa

nerviosa producida por la excitación que el golpe me causaba. La defensa

encarnizada de la mujer recrudeció mi repentina barbarie; y cuando digo

la mía, digo mal; la de aquel que no era yo, ó, al menos, no era mi yo

humano y consciente, sino uno de los varios hombres que hay en cada

hombre, que cometen lo que aborrecen y se preguntan después: «Pero ¿cómo

he podido? ¿Cómo me he dejado llevar de tal locura?..» sin encontrar

respuesta.

Ella, al pronto, hería, pegaba, mordía, usaba de sus uñas, de sus

dientes, de sus pies; pero yo, nervioso, frenético, luchaba sin sentir

los golpes, y la sujetaba é inutilizaba su defensa. Cuando arranqué un

jirón de la tela sutil de su corpiño y vi la blancura de su piel, me

ofusqué del todo. ¿Qué más? El resto fué para ella el ultraje, para mí

el pecado--ese pecado hermano de la muerte; el pecado que nos acecha en

cada latido de la sangre y en cada anhelo de la respiración. La vi

desplomada, sollozando con angustia infantil; después la vi erguirse,

desmelenada y echando espuma, epiléptica. No supe qué decirla: me

encontraba sin cerebro. Me limité á dar vuelta á la llave--ella no

acertaba--para que saliese. La mirada que me echó no fué ya de

reprobación ni de furor: fué esa ojeada de la alimaña atrapada en el

lazo, herida, sangrante, y que recoge para la última dentellada lo que

le queda de fuerza vital. Si existiese en la mirada el poder que algunos

antiguos autores le atribuyeron, yo me hubiese caído allí mismo redondo,

á los pies de la mísera mujer á quien acababa de robar su única

hacienda, su única prez,--más que la vida...

--Annie...--tartamudeé.--Annie... Oiga...

Ella seguía mirándome terrible. Sus labios se agitaban sin articular

palabras. Con mano insegura arreglaba su peinado, juntaba maquinalmente

los trozos desgarrados de su ropa. Lo incorrecto la dolía tanto como lo

impuro. Se volvió un momento, y desde el umbral me escupió, en inglés,

la injuria despreciativa; algo equivalente á

--Pillastre!

La Sirena Negra · 第 19 / 20 题