En el juego y desquite que mi cerebro se toma, entreteniéndose en
presenciar y aun en provocar conflictos espirituales, encuentro un
aliciente inesperado: además de Annie, otra persona está pendiente de mi
escarceo. ¡Ya me lo sospechaba yo! Por lo visto, Desiderio Solís ha
caído; había caído, por mejor decir, en las redes de la común enemiga y
conservadora del género humano...
Vuelvo á concentrar mi atención, un momento distraída por un ampo de
blancura en una encarnación femenil, en el alma que creí atormentada,
complicada y simpática á la mía, del joven futuro preceptor... No,
preceptor no; no temas, Rafaelín; te buscaremos un guía no tan fácil en
soliviantarse, en aturdirse al olor del mosto de la mocedad; un hombre
en quien se hayan sedimentado las pasiones y que adore los libros:
vendrá el viejecito cura bibliófilo. Para mí, Desiderio ha bajado muchos
peldaños de la escala de valores. Soñar otras cosas, bueno; soñar á la
mujer, y de esta manera anticuada, prevista, folletinesca, con arrebatos
de celos y con sufrimientos enervantes, como el vulgacho... eso no me
interesa absolutamente nada, y me produce una reacción de humorismo, que
demuestro manteniendo al incauto en perpetuo estado de excitación y
tortura. Sufre, alma sin valor ni fuerza, sufre... ó elévate, como yo,
hasta más allá de los dolores y los goces pequeños... hasta más allá de
las epidermis de nieve, rosas y demás cursilerías!
A cada mirar insistente que en la mesa dirijo á miss Annie; á cada
palabra significativa que entre ella y yo se cruza--veo estremecerse á
Desiderio, y noto la descomposición de sus facciones, de su cara turbia
y movible como el mar. A la hora del baño, estoy convencido de que, si
le aplicásemos á Solís un termómetro clínico, se apreciaría elevación
en su temperatura. Adolece de una cuotidiana pasional, una calentura de
león. Mas tarde, está caído y deshecho; sus ojeras amoratadas descubren
la alteración de su organismo. Su violín solloza, y de noche me
complazco extrañamente en escuchar el gemido de las cuerdas, que me
parecen la queja de un condenado lamentándose más allá de la
sepultura... ¿Por qué me recreo en oir desesperarse á este hombre á
quien he querido sacar de la miseria? ¿Es mi eterno desprecio al
sentimiento, al dolor, á la flaqueza, á la necedad de mis... prójimos?
¡No, eso no; yo prójimos no tengo, ni quiero tener!
Degradado por el suplicio celoso, acaso el más humillante de todos,
Solís se rebaja hasta espiar. Juraría que de noche se quita los zapatos
y viene á pasos tácitos y furtivos á pegar el oído á mi puerta, movido
de sospecha vil, obsesa la imaginación por esa terrible facultad que
desarrollan los celos materiales, de representarse los sucesos
fantaseados con el realce y la plasticidad de lo escuchado y visto. Yo
disimulo con arte supremo, en el cual hallo una distracción digna de
mí. Veo retorcerse al poseso y sonrío desde mi altura, y tiro de los
hilos que mueven la mecánica de sus furores y de sus sensaciones
crueles, y me complazco en formarme, con este ejercicio, unos músculos
morales de acero templado...
Por las tardes se alivia un poco el mal de Solís: nota que yo paseo en
compañía de Rafaelín y que no trato de coincidir con la inglesa. Sin
duda él ha intentado ofrecerse á Annie por acompañante, y sin duda
Annie, cada vez más cebada en lo que cree mi conquista, le ha dado
buenas despachaderas, marchándose sola, en su bicicleta, por las
carreteras polvorosas. Bajo la presión de su idea fija, Solís se agrega
á mí, unas veces desde que salgo de casa, otras como por casualidad:
agregarse á mí, en efecto, es un modo de seguir á Annie los pasos y
saber que, por lo menos, no está conmigo; es la antipirina de su fiebre.
El alivio, el respiro que le dan estos paseos, en los cuales se mitiga
su rabiosa psicalgia, se nota en su fisonomía: va hasta jovial y
expansivo, con la involuntaria alegría saltante que presta la
desaparición de un dolor de muelas furibundo... A veces, me divierto en
aguarle la fiesta, diciendo negligentemente:
--No sé si encontraremos á miss... La he dicho la dirección de nuestro
paseo... Como ahora tiene bicicleta...
El artefacto deportivo había venido de Vigo, la población europeizada
más próxima á Portodor; y nos sucedía encontrar en las carreteras á la
joven, seductoramente masculinizada por los bombachos de paño café y
leche, la media escocesa y la gorrilla de tela blanca; sofoquinada por
la rápida carrera, alborotadas las guedejas color de cerveza blonda.
Ante mi movimiento retráctil, pues yo no quería ir con ella, la miss
sonreía maliciosamente, me lanzaba los dos rayos de zafir doblete de sus
pupilas y continuaba pedaleando...
Desiderio, ante aquella ojeada que no se dirigía á él, me insinuó evitar
las carreteras; eran lo trillado, lo previsto del paisaje. Nos dedicamos
á explorar un costado de Portodor, en el cual, desde nuestra llegada, no
habíamos sentado el pie todavía. Aun siendo la parte más selvática de
la comarca, era, en conjunto, amable y risueña; las orillas del río
Andía, para mí familiares en los primeros días del despertar, después
del semisueño brumoso de la infancia.
El río, próximo ya á desembocar y perderse en la ría, se hace más
profundo y caudaloso, y sus márgenes, no encajonadas entre montañas,
como las de otros ríos de la región, están guarnecidas de mimbres,
alisos, cañaverales y sauzales frondosísimos. La flora es vivaz y rica:
hay lirios morados y amarillos, y abunda una planta, cuyo nombre ignoro,
que echa unos ramilletes de flor de un rosa vivo, con emanaciones de
almendra amarga. No sólo al que tiene, como yo, aguzado el sentido del
olfato, sino á todos, probablemente, una fragancia ó un olor, aun siendo
grosero, les reconstituye íntegro un momento de la conciencia, tal vez
borrado, perdido en ese archivo obscuro donde se van almacenando los
sucesivos estados del alma. El balsámico olor de las umbelas rosa me
retrotrajo, instantáneamente, á la hora de mi adolescencia en que,
deprimido por caídas y enfangamientos, apretado del mayor dolor, que es
la vergüenza moral, vi en el fondo del río unos ojos de tinieblas que me
llamaban, y estuve á pique de irme hacia ellos, abriendo los brazos y
exhalando el «¡Por fin!» de todos los ansiosos amores...
Reconocí la peña donde me había sentado en la hora de la tentación. Y,
deseoso de ahondar en Solís, se me ocurrió volver á ocupar el mismo
sitial, á la misma melancólica hora de sol poniente, cuando en el río
cabrillean los mismos flamígeros toques, y se ensombrecen los mismos
remansos lóbregos--. Siempre me ha complacido reproducir lo externo de
una situación cuando falta lo interno, á fin de proclamar una vez más
que no tiene valor alguno lo que nos rodea; que somos nosotros los que
nos proyectamos sobre el paisaje y el ambiente--. Y, tomando pie de esta
observación, afectando la necesidad de confianza, que es una de las
flaquezas de nuestro espíritu,--enteré á Solís de lo que aquel paisaje
me recordaba.
--¿No es cosa rara que se desee con tal vehemencia dejar de ser?
Al formular esta pregunta le observo.
--¡Qué ha de ser raro eso! Lo extraño es que deseemos vivir, don
Gaspar--contesta el mozo.--Debe de estar bien claveteado allá dentro de
nuestro ser lo que llaman instinto de conservación, cuando todavía no se
ha despoblado de humanidad el globo. Tenemos mil razones de morir, y
ninguna de continuar sufriendo esta broma pesada.
--¿No cree usted que somos ahora más felices que en otras épocas? Los
adelantos...
--¡Los adelantos!--¡Maldición en ellos!...--exclamó violentamente.--Los
adelantos, en nuestro período actual, ahondan las diferencias sociales;
se consagran al dinero. Los pobres, los que estamos debajo, tenemos la
ventaja de ver cómo todo, ó casi todo, lo que se refina en la
civilización y en la cultura, es para una casta, la casta dorada... á la
cual nunca hemos de pertenecer. Soy de la casta del cobre. No hablarme
de adelantos.
--Sin embargo, amigo Solís--insinué traidoramente--, hay muchísimas
cosas que lo mismo son de los dorados que de los cobrizos. Los goces
intelectuales, por ejemplo...
--Don Gaspar... yo he empeñado á veces por dos pesetas mis
desencuadernados libros, atestados de notas y apostillas... Yo me he
retirado del Ateneo, porque no podía pagar las cuotas... Yo, obligado á
pasarme las mañanas traduciendo patochadas á diez duros el tomo, me he
embrutecido en esa tarea de macho de noria... Yo no he podido ver
trabajar á la Duse, porque no me gusta estar prensado en el gallinero y
no tenía para butaca... Hábleme usted de placeres intelectuales!...
Miré hacia el río, del cual se elevaba una frescura sepulcral, y
arrancando distraídamente un ramillo de flores rosa, jugueteando con
ellas, deslicé:
--¿Y el amor? Ahí tiene usted algo que ni reconoce cobre ni oro... Esa
fruición nos iguala.
Solís saltó, convulso. Se notaba en su voz la furia repentina.
--¿Que nos iguala? Basta que usted lo diga... ¡Para los cobrizos, las
del arroyo! Si tenemos aspiración hacia una mujer bonita, inteligente,
delicada... allí estará uno de la casta de oro con su oro en la mano, y
suya será la victoria!... ¡Como si no lo supiésemos!...
Y rompió en una risa sardónica, insultante.
--_Father_--gritó Rafaelín al pie de la peña que me servía de asiento--:
¡mira un pez! Un pez que salta del río!
--Una trucha, alma mía--respondí acariciándole.--Eso prueba que en el
río hay hondones, y los niños no deben acercarse á él.--Según
eso--insistí dirigiéndome al profesor--, ¿usted no está á bien con la
vida?..
--No estaré á mal, cuando vivo--declaró torvamente.--Incurro en la
contradicción general... Nos quejamos de la carga, y no soltamos el
lastre... Ó intentamos soltarlo una vez, y no lo conseguimos... y ya no
se repite el intento. ¿Verdad que es curioso? Tomamos una resolución...
la estorba una nimiedad... Nadie nos obligaba á resolver; nadie nos
impide volver á la carga... y no volvemos. Y las circunstancias son las
mismas ó peores; y no volvemos. Y estamos convencidos de que deberíamos
volver; y no volvemos. ¿Seremos necios?
--Somos una red de contradicciones... No somos animales lógicos...
--Pues hay que serlo--decidió Solís, contundente.--Persuadidos de que
una cosa conviene, se hace... Y se hace por cuenta propia y ajena. No
comprendo cómo los que se ponen en salvo no salvan á la vez á algún
amigo... ó enemigo. ¡Es tan fácil...! En la barca hay sitio para muchos
náufragos. Y por qué no darse, antes de partir, un refinado goce? Vea
usted: este goce es concedido igual á los cobrizos que á los dorados.
No: mejor á los cobrizos, porque los dorados están reblandecidos, y no
tienen el valor del gesto supremo...
--Sí--pronuncié retándole con una mirada serena y fija--, recuerdo su
artículo de usted en _El Ideal_, un periodiquito... Allí desarrollaba
usted la misma tesis.
--¿Llegó usted á leer aquello?--preguntó entre receloso y halagado.
--En efecto: lo leí. Es un artículo tranquilizador. Lo entendí como
deben entenderse las lucubraciones que se confían al papel. Aunque no
soy escritor, sé que en cuanto una idea sale de nosotros y cae sobre la
hoja, blanca, es como si se deja destapado un frasco de perfume: cátalo
desvirtuado... No creo en lo que se escribe.
--En lo que yo escribo, crea usted lo mismo que en lo que digo...
La amenaza del rival me arrancó una sonrisa. Paré la estocada,
murmurando negligentemente:
--En dichos creo menos aún... Escribir, hablar, son las válvulas por
donde desahogamos lo superfluo de la actividad del cerebro. Remedio
probado contra los impulsos absurdos que nos precipitan al disparate y á
la acción prohibida ó criminal. El alma se liberta con rasguños y
palabras, con aire y papel. No soy nada amigo de máximas; pero reconozco
que del dicho al hecho... Fanfarroneamos hasta con nosotros mismos; nos
contamos mentiras, nos juramos que haríamos esto y lo otro... y nada
hacemos, en puridad. Aire, ceniza de voluntades y deseos...
--No todos somos iguales, don Gaspar--recalcó Solís--. Hay hombres en el
mundo que han nacido cómicos; que, no teniendo auditorio, se
representan comedias á sí mismos. Hay también hombres--añadió con
glacial y cortante reticencia--que no pueden figurarse ciertos modos de
sentir, ó porque su sentir es obtuso, ó porque no lo afinaron las
desgracias, los conflictos, las tiranías de la vida... El dorado, que
encuentra todo preparado á su gusto, mesa puesta y alrededor de la mesa
una reunión divertida y amable, mujeres que le sonríen, parásitos que
cantan su gloria... ése ¿qué sabe de lo que se puede llegar á soñar para
sustituir con el sueño todo lo que nos ha negado la realidad? El único
goce de dominación del que ni posee riquezas ni poder ni amores... tiene
que ser ése: extinguir...--¿No lo comprende usted?--añadió, enviándome
la pregunta como un soplo de lo desconocido.
Resistí su mirada y se la devolví saturada de menosprecio. Y no lo hice
por afectación: era que, realmente, en aquel momento, le menospreciaba.
Su teoría de que el abismo del alma se colma con riquezas, poder y amor,
era para mí el más mezquino de los dislates. Estaba, el supuesto
intelectual, á la altura de los pintorescos mendigos, más alegres que
yo, cien veces más dichosos, á quienes limosneamos el domingo y que me
creen monstruo de la fortuna porque tengo siempre mucho y bueno que
comer y en la faltriquera monedas que repartirles. ¡Eres un mendiguillo,
Desiderio! ¡Y todo por un pedazo de carne blanca, donde la naturaleza
incrustó dos cuentas de vidrio azul y plantó un matorral de hebras de
pelo color cerveza blonda!...
--_Father_--dice la voz pura--: mira, ha vuelto á saltar el pez...
Péscalo, ¿di? Quiero verlo.
--Si lo pesco morirá... ¿Te gusta que muera?
--No... ¡Pobre pescadito!... Morir no--declara el nene, y fija en mí su
cándido mirar, asombrado de algo que no comprende.
Luego, asiéndose á mi mano, articula:
--_Father_, dime, anda... ¿Qué es morir? El pescadito, si muere, ¿cómo
quedará? Y su _father_, ¿llorará por él, di?